Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 4 de junio de 2023

Tampico: VIERNES DE DOLORES, de Miguel Ángel Asturias


(
Fragmento del primer capítulo)

- ¡Me agarró el luto parrandero, qué culpa tengo yo! ¡Me agarró el luto de la Mujer X… mi mujercita se volvió en México, la Mujer X… la parranda más negra… pobrecita, viva me quiso mucho y muerta ya no me quiere, ya no le gusto, y lo peor es qué ¿qué le va uno a explicar en su descargo a una piedra, a una lápida, a una cruz, a la tiniebla, al vacío…? -tras una pausa limpióse la boca salivosa con la manga del saco y añadió, después de observar atentamente los botoncitos de la bocamanga-, lo que escrito está, escrito se queda… fondear aquí, no… ¡nunca!… aquí vengo a que me mueran…!

- Pues si es para eso -pacientó el cantinero, tomando de un plato un rabanito pelado-, allí enfrente, donde los muertos le hacen el favor. Pregunte por el guardián del cementerio, un verdugo, un tal Tenazón… Vaya, pase, atraviese la calle, pues allí no sólo lo mueren, sino que lo entierran…

- No fondeo, vaya… aquí yo no fondeo… -monólogo de briago, la cabeza colgada sobre el pecho, el pelo en la frente-, tampoco enfrente… -reaccionó, alzando la cabeza, una fúnebre sonrisa entre los dientes-, enfrente, en el cementerio, por baboso! ¡Ni en tan… poco… ni en Tampico… y lo que ahora me está haciendo falta es otro elíxir!

Miguel Ángel Asturias (Guatemalteco fallecido en España, 1899-1974).
Obtuvo el premio Nobel en 1967.

El texto íntegro puede leerse en literatura.us.

lunes, 16 de enero de 2023

Enero: EN UNA DE SUS ANTIGUAS LECTURAS..., de Jaroslav Seifert

"... cuanto antes, pudiera recostar mi cabeza sobre las flores de tu cuerpo."

Na jedné ze svých dávných přednášek...

(Fragmentos)

En una de sus antiguas lecturas
Jiri Mahen sacó una copia del
Periódico del pueblo*
la enrolló en un embudo y,
como a través de un altavoz, exclamó:
“¡Viva la poesía!
                        ¡Viva la juventud!”
Entonces, esa juventud aún nos pertenecía.

En esos años inflamados de pasión
nuestras vidas ardían más rápido.
Jiri Wolker fue el primero en morir.
Hablamos frente a su ataúd.
Era enero y estaba helando.

Me alejé apresurado de la tumba como si
las eslingas del ataúd serpentearan
tras de mí entre la nieve.
Corrí a la estación del tren
para que, cuanto antes, pudiera
recostar mi cabeza sobre las flores de tu cuerpo.

(...) 

Cuando Halas estaba muriendo
escribí algunas líneas sosegadas para él
sobre nuestra juventud.
No eran particularmente buenas
pero fueron lo último que leyó.
Sonrió como sonríe la gente cuando sabe
que pronto morirá. Hasta hoy
su sonrisa melancólica
sigue a mis versos.

Escribí donde quiera que pude hacerlo:
en mesas frente a las ventanas de los cafés,
en los escritorios manchados con tinta de las oficinas de correos,
con el telégrafo repiqueteando.
Pero más bien me gustaba escribir en casa,
te puedes sentar junto a la lámpara
y escuchar tu aguja perforando
el lienzo estirado.
A veces sentía celos de mis poemas.
Andan a la deriva con Dios sabe quién
y Dios sabe dónde, y tú estabas
muy cerca, tan cerca, no más de dos, tres pasos.

¿Alguna vez has visto a un guitarrista?
La forma en que coloca suavemente su palma
a través de las cuerdas
y todas permanecen en silencio.
He cruzado el umbral
de ese inexorable momento
y en mi boca siento un resabio amargo
como si hubiera mordido un tallo de ajenjo
que no pude romper.

Jaroslav Seifert (Chequia, 1901-1986)
Obtuvo el premio Nobel en 1984.

(Traducido al español por Jules Etienne).
* Lidové Novini.

domingo, 19 de julio de 2020

Epidemias: LA INDIA (un viaje iniciático), de Mircea Eliade

"Aquí, la contemplación del cielo provoca extrañas interrogantes y meditaciones."

(Fragmento)

No sé lo que harán los otros, como se enfrentarán a esa dulce tristeza que desciende de un cielo tan cercano. Yo me llevé la silla y la cama a la azotea. Descubrí que tenía unas debilidades y nostalgias insospechadas. Comprendí que la noche entrañaba un cierto peligro que no procedía ni de la oscuridad ni del pecado. Hay una serie de tentaciones que turban sólo en una noche de cuento de hadas como ésa. El silencio pétreo de los bosques de Madrás, las sombras que nacen y mueren junto con la luna, inoculan en el alma desconfianza en los dioses del día, incitan y estimulan el culto a los ídolos telúricos que desde hace mucho creíamos extirpado.

La noche de la India meridional no es la noche de Dobrogea, no es la noche de nuestras montañas, no es la noche de Italia. Entre ésta y las otras noches se extiende Arabia. Aquí, la contemplación del cielo inevitablemente provoca extrañas interro- gantes y meditaciones. La noche en todas partes ha sido signo de misterio. Pero existe una noche de los poetas latinos, una noche de los románticos franceses, una noche de Novalis. Podríamos intentar hacer una clasificación según la compañía que nos imponga la noche: Dios, la mujer, el alma. Aquí, en la India, el acompañante es siempre el mismo: el alma. Por ello, los poetas y pensadores de la India parecen tan extraños; han pasado demasiado tiempo con ellos mismos.
Diciembre, 1928.

110° Fahrenheit, ciclón dirección SO

 Abril... Azota la epidemia: se anuncia el hambre. Muertos y más muertos. Día tras día el miedo se extiende, se esconde, amenaza más de cerca.

La gente de aquí ha renunciado a luchar. En primavera pagan el tributo de la pobreza; solamente en Calcuta hay cien muertos por semana, y sólo de cólera. En las ciudades, el cólera y la viruela; en las aldeas, la malaria y el hambre. ¿Se habrá visto alguna vez  a gente que durante diez meses al año se vaya a dormir en ayunas?

De Bombay los trenes traen cada vez menos «turistas». En vagones con doble venti- lador, los americanos se hacen lenguas de las ventajas de su país y de las reformas de la civilización en una tierra bárbara. Estaciones espaciosas, servicio rápido, hielo y alcohol.

Mircea Eliade (Rumano fallecido en Estados Unidos, 1907-1986).

viernes, 8 de mayo de 2020

Epidemias: NARCISO Y GOLDMUN- DO, de Hermann Hesse

"En una ciudad, Goldmundo vio arder (…) todo el barrio judío, casa por casa..."

(Fragmento del capítulo XIV)

Y, sin embargo, lo que le esperaba era aún peor de lo que se había figurado. La cosa empezó ya en las primeras caserías y aldeas, y persistió y se fue haciendo más grave cuanto más avanzaba. Toda la comarca, el país entero estaban bajo una nube de muerte, bajo un velo de congoja, horror y taciturnidad y lo peor no eran las casas deshabitadas ni los perros muertos de hambre que se pudrían atados a la cadena, ni los cadáveres insepultos, ni los niños mendicantes, ni las grandes fosas comunes junto a las ciudades. Lo peor eran los vivos, que, bajo el peso de terrores y angustias mortales, parecían haber perdido los ojos y el alma. Cosas extrañas y terribles oyó y vio por dondequiera el vagabundo. Hubo padres que abandonaron a sus hijos y maridos que abandonaron a sus mujeres cuando se enfermaron. Los sayones de la peste y los esbirros que del hospital mandaban como verdugos saqueaban las casas sin moradores y, cuando les parecía, dejaban sin enterrar los cadáveres, o bien sacaban de sus lechos a los moribundos antes de que hubiesen expirado y los echaban a las carretas mortuorias. Aterrados fugitivos vagaban solitarios de un lado para otro, alocados, rehuyendo todo contacto con los hombres, aguijados por el miedo a la muerte. Otros se juntaban en un frenético y espantado afán de vivir y celebraban francachelas y fiestas danzantes y amatorias en que la muerte tocaba el violín. Desamparados, plañiendo o blasfemando, permanecían algunos acurrucados junto a los cementerios o ante sus casas desiertas. Y, lo que era peor aún que todo eso, cada cual buscaba una cabeza de turco para aquella sufrida calamidad, cada cual afirmaba conocer a los malvados, culpables y causantes de la peste. Decíase que había ciertos hombres diabólicos que, recreándose en el mal ajeno, procuraban la difusión de la mortandad recogiendo en los cadáveres el morbo de la epidemia y untando luego con él paredes y picaportes y emponzoñando los aljibes y el ganado. Aquel sobre quien recayera la sospecha de tal atrocidad estaba perdido si no era advertido a tiempo y podía darse a la fuga; la justicia o el populacho lo liquidaban. Además, los ricos culpaban a los pobres y viceversa, o bien los acusados eran los judíos o los extranjeros o los médicos. En una ciudad, Goldrnundo vio arder, reventando de indignación, todo el barrio judío, casa por casa; el pueblo contemplaba el espectáculo con gran algazara, y a los que huían dando gritos se les obligaba a retornar al fuego. En el desvarío del miedo y de la exasperación fueron muertos, quemados y atormentados muchos inocentes, en todas partes. Con ira y asco observaba Goldmundo aquel panorama, el mundo parecía desquiciado  emponzoñado, parecía que no hubiese ya alegría, inocencia, amor alguno sobre la tierra.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

(Traducido al español por Luis Tobío).

miércoles, 29 de mayo de 2019

Tu boca: EL BESO DE LA MUERTE (El inexorable), de Carmen Sylva

"... un horrible esqueleto le sonreía, casi la aplastaba con sus brazos huesudos y la cabeza de la muerte la besó."

(Fragmento)

Cuando nada más podía verse sino árboles desnudos, hierba descolorida y flores marchitas, levantó su guadaña y miró con tristeza alrededor del valle, como si esperara que todo floreciera de nuevo. Pero la tierra permaneció cruda y muerta, así que regresó una vez más al mar. Éste iba y venía entre sus mareas eternas, tan indiferente como siempre. Pero él se puso de pie, miró hacia abajo y no permaneció indiferente. Pensó en la doncella a la que había herido, y su anhelo era tan grande como el océano a sus pies. Y ese anhelo lo transfiguró en una belleza maravillosa. Entonces fue visto por una pálida doncella con el cabello descuidado y la ropa desgarrada, que cayó a sus pies; pero él estaba aterrorizado ante ella, y dio un paso atrás.

- ¿Ya no me conoces? -preguntó la doncella-. Tú solías conocerme bien y sabías que yo perecería por el anhelo de ti. Soy la desesperación ¿Has olvidado que prometiste besarme? Darme sólo un beso sería la felicidad para siempre.

Los ojos del joven se oscurecieron como la noche y su voz sonaba severa cuando dijo:

- ¿Y te atreves a hablar de felicidad? ¿Sabes lo que es la felicidad? ¡Si te acercas a mí, sólo una vez, puedes ser convertida en piedra.

- Si yo tuviera que ser convertida en piedra... sin embargo, imploro un beso de tu boca.

El joven se estremeció y pensó en los labios que lo habían tocado y le enseñaron a sonreír, y al pensar en ellos sonrió. Cuando la doncella que yacía a sus pies vio esto, arrojó los brazos sobre su cuello y puso la cabeza en su pecho. Ella no alcanzó a ver la aversión y el odio que brillaba en sus ojos, pues en ese momento un horrible esqueleto le sonreía, casi la aplastaba con sus brazos huesudos y la cabeza de la muerte la besó.

Entonces la tierra tembló y se abrió. Las ciudades desaparecieron, el fuego se extendió desde las montañas, los bosques fueron arrancados de sus raíces, las rocas volaron por el aire, el cielo se incendió y el mar inundó la tierra. Cuando todo estuvo de nuevo en calma, la desesperación elevó por encima de las aguas una imagen de piedra. La muerte se precipitó como el viento de la tormenta para perseguir esa nube rosada bajo su disfraz.

Carmen Sylva: Pauline Elisabeth Ottilie Luise de Wied, reina de Rumania.
(Nació en Alemania en 1843 y falleció en Rumania en 1916).

(Traducido del alemán por Helen Zimmern).

sábado, 22 de diciembre de 2018

Día de los muertos: SOBRE LA MUERTE Y OTRAS SOLEDADES


"Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido."
José Gorostiza

Nada le es ajeno a la muerte. De entre todas las fases que conforman la vida, la muerte es la única certeza. Se le ha rendido culto desde las civilizaciones más antiguas y, por lo tanto, tampoco a la mexicana le resulta ajena. De hecho, ha encontrado un vasto campo de expresión y encuentra eco en todas sus tradiciones. La presencia de la muerte en la literatura es abundante y simbólica. Pedro Páramo, la breve y espléndida novela de Juan Rulfo, se erige en el punto de partida más apropiado, debido a que la acción transcurre entre personajes muertos:

- ¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado? Yo te encontré en la plaza, muy lejos de la casa de Donis, y junto a mí también estaba él, diciendo que te estabas haciendo el muerto. Entre los dos te arrastramos a la sombra del portal, ya bien tirante, acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo. De no haber habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos hubieran faltado las fuerzas para llevarte y contimás para enterrarte. Y ya ves, te enterramos.

A lo que el personaje da respuesta con su propia explicación:

- Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de los portales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo el murmullo como de mucha gente en día de mercado. Un rumor parejo, sin ton ni son, parecido al que hace el viento contra las ramas de un árbol en la noche, cuando no se ven ni el árbol ni las ramas, pero se oye el murmurar. Así. Ya no di un paso más. Comencé a sentir que se me acercaba y daba vueltas a mi alrededor aquel bisbiseo apretado como un enjambre, hasta que alcancé a distinguir unas palabras vacías de ruido: «Ruega a Dios por nosotros». Eso oí que me decían. Entonces se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto.

También en Aura, de Carlos Fuentes, se establece ese juego en el que quienes deberían estar muertos interactúan con los vivos en el tiempo presente: "Habrás calculado: la señora Consuelo tendrá hoy ciento nueve años.. . cierras el folio. Cuarenta y nueve al morir su esposo." Una mujer centenaria que se manifiesta rejuvenecida en el cuerpo de la joven a quien presenta como su sobrina.
 
El párrafo con el que da principio la novela El luto humano, de José Revueltas, es como un presagio:

La muerte estaba ahí, blanca, en la silla con su rostro. El aire de campanas con fiebre, de penentrantes inyecciones, de alcohol quemado y arsénico, movíase como la llama de una vela con los golpes de aquella respiración última -y tan tierna, tan querida- que se oía. Que se oía: de un lado para otro, de uno a otro rincón, del mosquitero a las sábanas, del quinqué opaco a la vidriera gris, como un péndulo. La muerte estaba ahí en la silla.

Porque la muerte no es morir, sino lo anterior al morir, lo inmediatamente anterior, cuando aun no entra en el cuerpo, y está inmóvil y blanca, negra...

Pues toda la vida es acumulación de desprecios hasta que sobreviene el desprecio final, el gran desprecio que es la muerte.

Juan José Arreola también se merece un lugar preponderante gracias a su texto El amor como metáfora de la muerte: "El amor es un símbolo de ese regreso al seno terrenal, al seno de la gran madre. Por eso el amor viene a ser una metáfora de la muerte. Cuando amamos físicamente a una mujer, nos insertemos en la tierra. Incluso el espasmo amoroso, el orgasmo, tiene algo de agonía, del sentimiento de la muerte: es una muerte feliz. Quizá se podría decir que tememos a la muerte como tememos al amor absoluto."

Y también por el remate de su cuento Botella de Klein: "Tienes miedo en pie como falso suicida, jugando metafísico el peligroso juguete en tus manos, revólver de vidrio y vaso de veneno... Porque tienes miedo de beberte hasta el fondo, miedo de saber a qué sabe tu muerte , mientras te crece en la boca el sabor, la sal del dormido que reside en la tierra..."

El poeta Xavier Villaurrutia escribía que vivimos en una permanente Nostalgia de la muerte, en tanto que José Gorostiza prefería hablar de la Muerte sin fin. Podríamos resumirlo en una paráfrasis hurtada al entrañable Edmundo Valadés: La muerte siempre tendrá permiso.

El indispensable Octavio Paz se refiere a ambos poetas en El laberinto de la soledad:

Así, frente a la muerte hay dos actitudes: una, hacia adelante, que la concibe como creación; otra, de regreso, que se expresa como fascinación ante la nada o como nostalgia del limbo. Ningún poeta mexicano o hispanoamericano, con la excepción, acaso, de César Vallejo, se aproxima a la primera de estas dos concepciones. En cambio, dos poetas mexicanos, José Gorostiza y Xavier Villaurrutia, encarnan la segunda de estas dos direcciones. Si para Gorostiza la vida es "una muerte sin fin", un continuo despeñarse en la nada, para Villaurrutia la vida no es más que "nostalgia de la muerte".

La afortunada imagen que da título al libro de Villaurrutia, Nostalgia de la muerte, es algo más que un acierto verbal. Con él, su autor quiere señalarnos la significación última de la poesía. La muerte como nostalgia y no como fruto o fin de la vida, equivale a afirmar que no venimos de la vida sino de la muerte. Lo antiguo y original, la entraña materna, es la huesa y no la nariz. Esta aseveración corre el riesgo de parecer una vana paradoja o la reiteración de un viejo lugar común: todos somos polvos y vamos al polvo. Creo, pues, que el poeta desea encontrar en la muerte (que es, en efecto, nuestro origen) una revelación que la vida temporal no le ha dado: la de la verdadera vida.
 
Al morir
la aguja del instantero
recorrerá su cuadrante
todo cabrá en un instante
(...)
Y será posible acaso
vivir, después de haber muerto.

Regresar a la muerte original será volver a la vida de antes de la vida, a la vida de antes de la muerte: al limbo, a la entraña materna.
 
Por supuesto que la muerte es tema recurrente en la literatura mexicana, en todos sus géneros, desde la narrativa y la poesía hasta la solemne prosa del ensayo. Los autores citados en este texto son sólo unos cuantos, pero se les puede considerar entre los más representativos. Suficientes para concluir con el tema del día de los muertos, al que nos hemos referido durante estas últimas semanas.
 

Jules Etienne  

viernes, 27 de abril de 2018

Abril: LA TIERRA BALDÍA, de T. S. Eliot

 "... engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos..."
 
1. El entierro de los muertos
 
(Fragmento)
 
Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con las lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.

Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergersee
con un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,
y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,
y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,
mi primo, él me sacó en trineo.
Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,
Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.
Uno se siente libre, allí en las montañas.
Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
 


Frisch weht der Wind
der Heimat zu
mein Irisch Kind,
Wo weilest du?
              
«Hace un año me diste jacintos por primera vez;
me llamaron la muchacha de los jacintos.»
- Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pude
hablar, mis ojos se empañaron, no estaba
ni vivo ni muerto, y no sabía nada,
mirando el silencio dentro del corazón de la luz.

Oed' und leer das Meer. Madame Sosostris, famosa pitonisa,
tenía un mal catarro, aun cuando
se la considera como la mujer más sabia de Europa,
con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—
está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,
(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)
aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,
la dama de las peripecias.
Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,
y aquí el comerciante tuerto, y este naipe
en blanco es algo que lleva sobre la espalda
y que no puedo ver. No encuentro
al Ahorcado. Temed, la muerte por agua.
Veo una muchedumbre girar en círculo.
Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,
dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:
¡una tiene que andar con cuidado en estos días!

Ciudad Irreal,
bajo la parda niebla del amanecer invernal,
una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!
Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.
Exhalaban cortos y rápidos suspiros
y cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.
Cuesta arriba y después calle King William abajo
hacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horas
con un repique sordo al final de la novena campanada.
Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,
¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!
¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿No turba su lecho la súbita escarcha?
¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,
pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!
Tú, hypocrite lecteur! -mon semblable- mon frère!»

 

Thomas Stearns Eliot
(Estadounidense nacionalizado inglés, 1888-1965). Obtuvo el premio Nobel en 1948.

(Traducido al español por Agustí Bartra)

sábado, 23 de enero de 2016

Unicornios: Y LA MUERTE PERDERÁ SU DOMINIO, de Dylan Thomas


Y la muerte perderá su dominio.
Los muertos desnudos serán un solo muerto.
Con el hombre en el viento y la Luna de occidente;
cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos.
Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas.
Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir.
Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Bajo los remolinos del mar
aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad
retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones
atados a una rueda no podrán destrozarse;
entre sus manos la fe se romperá en dos
y el Unicornio del mal los atravesará.
Y hendidos por todas partes no se desmembrarán.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos
o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera;
allí donde se abrió una flor nunca más otra flor
ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia.
Y aún locas o muertas como clavos
atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras;
irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda.
Y la muerte perderá su dominio.



Dylan Thomas (Inglaterra, 1914-1953)

(Traducido al español por Waldo Rojas)

sábado, 10 de mayo de 2014

Espejos (9): VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS, de Cesare Pavese

"... como contemplar en el espejo resurgir un rostro muerto..."

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos-
esta muerte que nos acompaña
desde el alba hasta la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito contenido, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. ¡Oh querida esperanza,
aquel día también sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada!

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio
como contemplar en el espejo
resurgir un rostro muerto
como escuchar unos labios cerrados.
Descenderemos en el abismo, mudos.
 
 
(Verrà la morte e avrà i tuoi occhi-
questa morte che ci accompagna
dal mattino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo. I tuoi occhi
saranno una vana parola
un grido taciuto, un silenzio.
Così li vedi ogni mattina
quando su te sola ti pieghi
nello specchio. O cara speranza,
quel giorno sapremo anche noi
che sei la vita e sei il nulla.

Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Sarà come smettere un vizio,
come vedere nello specchio
riemergere un viso morto,
come ascoltare un labbro chiuso.
Scenderemo nel gorgo muti
.)


Cesare Pavese (Italia, 1908-1950)

(Traducido del italiano por Jules Etienne)

lunes, 5 de mayo de 2014

Espejos (4): LA MUERTA, de Guy de Maupassant

"... el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días..."

(Fragmento)

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
 
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
 
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
 
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
 
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.
 
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
 
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:
 
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»
 
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
 
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»
 
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
 
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
 
«Amó, fue amada y murió.»
 
Ahora leí: «Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»
 
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.
 
 
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893) 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Los sueños funerales de Álvaro Mutis

"Otra vez el tiempo... como el tren en la noche de los páramos."
 
Ahora con su muerte, el alud de información superficial nos inunda -valga la paradoja, en la temporada de desastres naturales que incluyen precisamente lluvias torrenciales y sus consecuentes deslaves-, ya todos sabemos la manera precipitada en que Álvaro Mutis llegó a la ciudad de México para quedarse hasta morir en ella, su cercana amistad con García Márquez y que recién había cumplido noventa años el pasado mes de agosto, también que ha sido el único poeta en nuestra lengua en obtener tanto el premio Reina Sofía de poesía iberoamericana, en 1997, como el Cervantes, en 2001. Ahora todos somos lectores de ese gaviero llamado Maqroll -a propósito y según la definición del diccionario de la Real Academia, gaviero es un "marinero a cuyo cuidado está la gavia y el registrar cuanto se pueda ver desde ella"-. Mientras que para la gran mayoría Álvaro Mutis seguirá siendo la voz del narrador en la serie televisiva Los intocables o el publicista creador del famoso lema "la chispa de la vida".

Buscando entre sus poemas alguno apropiado para la situación, me encontré con sus reflexiones sobre la muerte en El diario del Gaviero, que incluí ayer aquí mismo en Mitos y reincidencias, y recordé una frase suya que se repite en un par de poemas: "sueños funerales".

No es necesario que un poeta posea la celebridad de Mutis, basta que sea más o menos reconocido, para impedirnos el uso de ciertas expresiones. Por ejemplo, hace algunos años, al momento de concluir mi poema titulado Arrecife, me di a la tarea de buscar entre algunos autores importantes que mis metáforas y analogías no coincidieran, y así fue como corroboré que "idioma de agua" ya había sido utilizada por Pablo Neruda en su Canto General:

Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.
 
En verdad fue una pena porque la figura se ajustaba perfecto al "idioma de agua" con el que debería cantar la sirena de mi poema:  "Hubiera querido comprender el idioma de agua de su canto y navegar en sus caderas..." Me vi entonces en la necesidad de transformarla en "la humedad de su canto", porque de otra manera no habría sido más que una copia -no le llamaría plagio puesto que fue más bien una coincidencia involuntaria- de una frase acuñada por Neruda, nada menos.

Lo mismo me sucedería con sueños funerales. Satisfecho por lo afortunado del hallazgo al verificar su paternidad me fui a encontrar con que Álvaro Mutis los había empleado no una sino hasta dos veces. Sonata pertenece a Los trabajos perdidos, volumen publicado en México por editorial Era en 1965, y Lied marino es el noveno de los Diez Lieder, que aparecieron veinte años después, en 1985. Estos son sus reiterados sueños funerales:

Sonata
 
Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
como el tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que se enjuta en la fiebre de los ghettos.
A la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.
 
 
Lied marino
 
Vine a llamarte
a los acantilados.
Lancé tu nombre
y sólo el mar me respondió
desde la leche instantánea
y voraz de sus espumas.
Por el desorden recurrente
de las aguas cruza tu nombre
como un pez que se debate y huye
hacia la vasta lejanía.
Hacia un horizonte
de menta y sombra,
viaja tu nombre
rodando por el mar del verano.
Con la noche que llega
regresan la soledad y su cortejo
de sueños funerales.
 
Jules Etienne

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: LA NIEVE DEL ALMIRANTE, de Álvaro Mutis

 
(Dos reflexiones sobre la muerte en El diario del Gaviero)
 
Abril
 
Todo lo que digamos sobre la muerte, todo lo que se quiera bordar alrededor del tema, no deja de ser una labor estéril, por entero inútil. ¿No valdría más callar para siempre y esperar? No se lo pidas a los hombres. En el fondo deben necesitar la parca, tal vez pertenezcan exclusivamente a sus dominios.
 
Junio

Pasamos los rápidos sin mayor percance, pero fue una prueba en muchos aspectos reveladora de la imagen que hasta ayer tenía del peligro y de la presencia real de la muerte. Cuando digo real me refiero a que no se trata de ese fantasma que solemos invocar con la imaginación y darle cuerpo con elementos tomados del recuerdo de quienes hemos visto morir en las más variadas circunstancias. No. Se trata de percibir con la plenitud de nuestra conciencia y de nuestros sentidos, la proximidad inmediata e irrebatible del propio perecer, de la suspensión irrevocable de la existencia. Allí, al alcance de la mano, irrecusable. Buena prueba, larga lección. Tardía, como todas las lecciones que nos atañen directa y profundamente.
 
 
Álvaro Mutis (Colombia, 1923-2013) 

miércoles, 5 de junio de 2013

Páginas ajenas: VLAD, de Carlos Fuentes

".. y el matrimonio del sexo y el horror, la mujer y el miedo..."

(Fragmento del primer capítulo)

Su oscuro origen (o su gélida razón sin concesiones sentimentales) excluía de la casona de piedra gris, separada de la calle por un brevísimo jardín desgarbado que conducía a una escalinata igualmente corta, toda referencia de tipo familiar. En vano se buscarían fotografías de mujeres, padres, hijos, amigos. En cambio, abundaban los artículos de decoración fuera de moda que le daban a la casa un aire de almacén de anticuario. Floreros de Sévres, figurines de Dresden, desnudos de bronce y bustos de mármol, sillas raquíticas de respaldos dorados, mesitas del estilo Biedermeier, una que otra intrusión de lámparas art nouveau, pesados sillones de cuero bruñido… Una casa, en otras palabras, sin un detalle de gusto femenino.
 
En las paredes forradas de terciopelo rojo se encontraban, en cambio, tesoros artísticos que, vistos de cerca, dejaban apreciar un común sello macabro. Grabados angustiosos del mexicano Julio Ruelas: cabezas taladradas por insectos monstruosos. Cuadros fantasmagóricos del suizo Henry Füssli, especialista en descripción de pesadillas, distorsiones y el matrimonio del sexo y el horror, la mujer y el miedo…
 
- Imagínese -me sonreía el abogado Zurinaga-. Füssli era un clérigo que se enemistó con un juez que lo expulsó del sacerdocio y lo lanzó al arte…
 
Zurinaga juntó los dedos bajo el mentón.
 
- A veces, a mí me hubiese gustado ser un juez que se expulsa a sí mismo de la judicatura y es condenado al arte...

Suspiró. - Demasiado tarde. Para mí la vida se ha convertido en un largo desfile de cadáveres… Sólo me consuela contar a los que aún no se van, a los que se hacen viejos conmigo…

Hundido en el sillón de cuero gastado por los años y el uso, Zurinaga acarició los brazos del mueble como otros hombres acarician los de una mujer. En esos dedos largos y blancos, había un placer más perdurable, como si el abogado dijese: - La carne perece, el mueble permanece. Escoja usted entre una piel y otra…


El patrón estaba sentado cerca de una chimenea encendida de día y de noche, aunque hiciese calor, como si el frío fuese un estado de ánimo, algo inmerso en el alma de Zurinaga como su temperatura espiritual.
 
Tenía un rostro blanco en el que se observaba la red de venas azules, dándole un aspecto transparente pero saludable a pesar de la minuciosa telaraña de arrugas que le circulaban entre el cráneo despoblado y el mentón bien rasurado, formando pequeños remolinos de carne vieja alrededor de los labios y gruesas cortinas en la mirada, a pesar de todo, honda y alerta -más aún, quizás, porque la piel vencida le hundía en el cráneo los ojos muy negros.
 

Carlos Fuentes (1929-2012)
 
 La ilustración corresponde a La pesadilla (1781), de Johann Heinrich Füssli.
 
 
 

La lectura de las primeras páginas de la novela es posible en el sitio de Editorial Alfaguara: http://www.alfaguara.com/mx/libro/vlad/