Vancouver: atardecer en la bahía al final de la primavera. (Fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Eclipse: TERCER POEMA DE AUSENCIA, de Homero Aridjis

"... y nadie de nosotros pensaba en el eclipse..."

Tú has escondido la luz en alguna parte
y me niegas el retorno,
sé que esta oscuridad no es cierta
porque antes de mis manos volaban las luciérnagas,
y yo te buscaba
y tú eras tú
y éramos unos ojos
en un mismo lecho
y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,
pero nos hicimos fríos y conocidos
y la noche se hizo inaccesible
para bajarla juntos.
Tú has escondido la luz en alguna parte,
la has plantado en otros ojos,
porque desde que ya no existes
nada de lo que está junto a mí amanece.


Homero Aridjis (México, 1940).

martes, 26 de diciembre de 2017

Eclipse: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse..."
 
Interludio
 
(Fragmento)

En la tumba que es mi memoria la veo ahora enterrada a ella, a la que amé más que a nadie, más que al mundo, más que a Dios, más que mis propias carne y sangre. La veo pudrirse en ella, en esa sanguinolenta herida de amor, tan próxima a mí que no la podría distinguir de la propia tumba. La veo luchar para liberarse, para limpiarse del dolor del amor, y sumergirse más con cada forcejeo en la herida, atascada, ahogada, retorciéndose en la sangre. Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda, la mirada del animal atrapado. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia. Oigo las paredes caer, derrumbarse sobre nosotros y la casa deshacerse en llamas. Oigo que nos llaman desde la calle, las órdenes de trabajar, las llamadas a las armas, pero estamos clavados al suelo y las ratas nos están devorando. La tumba y la matriz del amor nos sepultan, la noche nos llena las entrañas y las estrellas brillan sobre el negro lago sin fondo. Pierdo el recuerdo de las palabras, incluso de su nombre que pronuncié como un monomaníaco. Olvidé qué aspecto tenía, qué sensación producía, cómo olía, mientras penetraba cada vez más profundamente en la noche de la caverna insondable. La seguía hasta el agujero más profundo de su ser, hasta el osario de su alma, hasta el aliento que todavía no había expirado de sus labios. Busqué incansablemente aquella cuyo nombre no estaba escrito en ninguna parte, penetré hasta el altar mismo y no encontré... nada. Me enrosqué en torno a esa concha de nada como una serpiente de anillos flameantes, me quedé inmóvil durante seis siglos sin respirar, mientras los acontecimientos del mundo se colaban y formaban en el fondo un viscoso lecho de moco. Vi el Dragón agitarse y liberarse del dharma y del karma, vi a la nueva raza del hombre cociéndose en la yema del porvenir. Vi hasta el último signo y el último símbolo, pero no pude interpretar las expresiones de su rostro. Sólo pude ver sus ojos brillando, enormes, luminosos, como senos carnosos, como si yo estuviera nadando por detrás de ellos en los efluvios eléctricos de su visión incandescente.
 
¿Cómo había llegado a dilatarse así, más allá del alcance de la conciencia? ¿En virtud de qué monstruosa ley se había esparcido por la faz del mundo, revelando todo y, sin embargo, ocultándose a sí misma? Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse; era un espejo que había perdido el mercurio, el espejo que refleja tanto la imagen como el horror. Al mirar la parte posterior de sus ojos, la carne pulposa y translúcida, vi la estructura cerebral de todas las formaciones, de todas las relaciones, de toda la evanescencia. Vi el cerebro dentro del cerebro, la máquina eterna girando eternamente, la palabra Esperanza dando vueltas en un asador, asándose, chorreando grasa, girando sin cesar en la cavidad del tercer ojo. Oí sus sueños musitados en lenguas desaparecidas, los gritos ahogados que reverberaban en grietas diminutas, los jadeos, los gemidos, los suspiros de placer, el silbido de látigos al flagelar. Le oí gritar mi nombre que todavía no había pronunciado, le oí maldecir y chillar de rabia. Oí todo amplificado mil veces, como un homúnculo aprisionado en el vientre de un órgano. Percibí la respiración apagada del mundo, como si estuviera fija en la propia encrucijada del mundo.
 
Así caminamos, dormimos y comimos juntos, los gemelos siameses a quienes Dios había juntado y a quienes sólo la muerte podría separar.

 
Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

lunes, 25 de diciembre de 2017

Eclipse: POEMAS POR AMOR, de Tahar Ben Jelun

"Eclipse y silencio de las piedras atormentadas."

(Fragmento final)

 El pájaro me dice
ella es una sílaba que debe pronunciarse suavemente
entre un pensamiento y una risa
y si la mirada se ausenta
déjate atrapar entre los dedos del sol
que tu sueño quede suspendido de las trenzas de la
noche
y recoge las estrellas que ya no pertenecen al cielo
conserva la mano fértil cuando pienses en la citadela de
ese cuerpo frágil

Eclipse
y
silencio
de las piedras atormentadas
 
 
Tahar Ben Jelun o Jelloun (Escritor marroquí en lengua francesa, 1944).
 
(Traducido al español por Laura López Morales).

sábado, 23 de diciembre de 2017

Eclipse: CANCIÓN DE LUNA POR LA MAÑANA, de Sylvia Plath

"...toda la magia lunar es disoluta: No hay dulces disfraces que resistan esa mirada cuyo candor revela la pálida esfera del amor."
 
Oh luna de ilusión,
encantando hombres
con visiones de oropel
que corren por sus venas,

los gallos cacarean al rival
para burlarse en tu cara
y el eclipse es un óvalo
que nos conjura
 
dejar nuestra razón
y llegar a este
horizonte fabulado
de capricho.
 
El amanecer rasgará
tu velo de plata
que deja a los amantes pensar
en su hermosura;
 
la luz de la lógica
nos lo demuestra
toda la magia lunar
es disoluta:
 
No hay dulces disfraces
que resistan esa mirada
cuyo candor revela
la pálida esfera del amor.
 
En jardines de miseria
los durmientes despiertan
porque su dorado carcelero
cierra la rejilla.
 
Cada cuerpo sagrado
que a la noche cede
es desfigurado por el estudio
del microscopio:
 
los hechos han destrozado
del ángel su entorno
y la cruda verdad ha sesgado
al radiante limbo.
 
Reflejo aterrado
del sol abrasador:
se sumerge en tu espejo
y en él se ahoga.
 
(Moonsong at Morning
O moon of illusion,
enchanting men
with tinsel vision
along the vein,
 
cocks crow up a rival
to mock your face
and eclipse that oval
which conjured us
 
to leave our reason
and come to this
fabled horizon
of caprice.
 
Dawn shall dissever
your silver veil
which let lover think lover
beautiful;
the light of logic
will show us that
all moonstruck magic
is dissolute:
 
no sweet disguises
withstand that stare
whose candor exposes
love's paling sphere.
 
In gardens of squalor
the sleepers wake
as their golden jailer
turns the rack;
 
each sacred body
night yielded up
is mangled by study
of microscope:
 
facts have blasted
the angel's frame
and stern truth twisted
the radiant limb.
 
Reflect in terror
the scorching sun:
dive at your mirror
and drown within
.)
 
Sylvia Plath (Estadounidense fallecida en Inglaterra, 1932-1963). 

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

jueves, 21 de diciembre de 2017

Eclipse: ABADDÓN EL EXTERMINA- DOR, de Ernesto Sabato

"... una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima."
 
Cuando Bruno llegó al café

encontró a S. como ausente, corno quien está fascinado por algo que lo aísla de la realidad, pues apenas pareció verlo y ni siquiera lo saludó. Observaba a una gata perversa y somnolienta, que unas cuantas mesas más allá leía o simulaba leer un gran libro. Y estudiándola, cavilaba sobre el abismo que muchas veces existe entre la edad que figura en los registros civiles y la otra, la que resulta de los desastres y pasiones. Porque mientras la sangre hace su recorrido de células y años, ese recorrido que candorosamente examinan y hasta miden los médicos con aparatos y tratan de paliar con píldoras y vendajes, mientras se festejan (pero por qué, por qué?) los aniversarios que marcan los almanaques, el alma sufre decenios y hasta milenios, por obra de implacables poderes. O porque ese cuerpo, que inocentemente manejan los médicos campesinos que expulsan o matan plagas de hongos o gorgojos en una tierra que más abajo oculta cavernas con dragones ha heredado el alma de otros cuerpos moribundos, de hombres o peces, de pájaros o reptiles. De manera que su edad puede ser de cientos o de miles de años. Y también porque, como decía Sabato, aun sin transmigraciones, el alma envejece mientras el cuerpo descansa, por su visita a los antros infernales en la noche. Motivo por el cual se suelen observar hasta en niños miradas y sentimientos o pasiones que sólo pueden explicarse mediante esa turbia herencia de murciélago o de rata, o por esos descensos nocturnos al infierno, descensos que calcinan y agrietan el alma, mientras el cuerpo que duerme se mantiene joven y engaña a esos doctores que consultan sus manómetros, en lugar de escrutar sutiles signos en sus movimientos o en el brillo de sus ojos. Porque esa calcinación, ese encallamiento es posible detectarlo en cierto temblor al caminar, en alguna torpeza, en peculiares pliegues de la frente; pero también, o sobre todo, en la mirada, ya que el mundo que observa no es más el del chico inocente sino el de un monstruo que ha presenciado el horror. De modo que esos hombres de ciencia deberían más bien acercarse a la cara, analizar con extremo cuidado y hasta con malicia las pequeñísimas marcas que van esbozándose. Y especialmente tratando de sorprender algún fugacísimo brillo en los ojos, porque, de todos los intersticios que permiten espiar lo que sucede allá abajo, los ojos son los más importantes; recurso supremo que resulta imposible con los Ciegos, que de esa manera preservan sus tenebrosos secretos. Desde su rincón, le era imposible estudiar esos indicios en la cara. Pero le quedaban los otros, le bastaba seguir los lentos y apenas esbozados movimientos de sus largas piernas al reacomodarse, de su mano al llevar el cigarrillo a la boca, para saber que aquella mujer tenía infinita- mente más edad que los veintitantos de su cuerpo: experiencia proveniente de alguna serpientegato prehistórica. Un animal que pérfidamente aparentaba indolencia, pero que tenía la sigilosa sexualidad de la víbora, lista para el salto traicionero y mortal.
 
Porque a medida que pasaba el tiempo y el examen se hacía más minucioso, sentía que ella estaba en acecho, con esa virtud que tienen los felinos para controlar, aun en la oscuridad, los más insignificantes movimientos de la presa, para percibir rumores que para otros animales pasan inadvertidos, para calcular el más ligero amago del adversario. Sus manos eran largas, como sus brazos y piernas. Tenía un pelo muy renegrido y lacio, que le llegaba hasta los hombros, que se desplazaba a cada movimiento que hacía con mórbida amortiguación. Fumaba con chupadas lentísimas pero muy hondas. Había algo en su cara que producía desazón, hasta que pudo entender que era causado por la excesiva separación de sus ojos: grandes y rasgados, pero casi defectuosamente separados, lo que le confería una especie de inhumana belleza. Sí, era evidente que ella también los escrutaba, a través de sus párpados semicerrados, como somnolientos, en lentas y disimuladas miradas de soslayo, que hacía como sin mirar, como si únicamente levantase la vista del libro para pensar, o para ese abandonarse a las corrientes profundas pero vagas a que uno se abandona cuando está leyendo un texto que hace meditar en la propia existencia. Estiraba voluptuosamente las piernas, echaba una desvaída ojeada sobre las otras gentes, pareciendo detenerse un instante en S., para luego recogerse de nuevo en su impenetrable universo gatoserpentoso.
 
Bruno intuyó que una misteriosa sustancia había caído en el fondo de las aguas profundas de su amigo y, desde allá abajo, mientras se disolvía, desprendía miasmas que seguramente llegaban hasta su conciencia. Sensaciones muy oscuras, pero que para él, para S., eran siempre anuncios de acontecimientos decisivos. Y que producían un malestar, una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima. Porque era inverosímil que pudiese hacerlo de semejante modo, con los párpados caídos y esas largas pestañas que debían de velarle aún más la poca luz de que disponía. Equívoca y silenciosamente enviaba sus radiaciones sobre S., que más con su piel que con su cabeza debería de estar percibiendo esa presencia, a través de miríadas de infinitesimales receptores en el extremo de sus nervios, como esos sistemas de radar que en las fronteras vigilan la llegada del enemigo. Señales que a través de complicadas redes llegaban en esos momentos hasta sus vísceras, pero (lo conocía demasiado) no sólo excitándolo sino alertándolo angustiosamente. Allí podía verlo, como recogido en una sombría guarida, hasta que de pronto se levantó, y sin saludarlo sólo dijo a manera de despedida:
 
- Otro día hablaremos de lo que le dije por teléfono.

Ernesto Sábato
(Argentina, 1911-2011).

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Eclipse: LA CAÍDA, de Vladimir Holan

"... hasta que tuviera en las esquinas de los ojos un eclipse de luna..."

En cada libro hay un lugar donde se halla una mujer
a la que quemamos besar,
hasta que tuviera en las esquinas de los ojos un eclipse de luna,
y nosotros, como si antes de la ejecución
ella nos hubiera vendado los ojos…
 
En cada libro hay también un lugar,
donde amamos el pecado. No es siempre un amor desgraciado.
Sí, sé que hasta de la sangre sale humo…
Sexo del libro… Pero los sueños no se explican…


Vladimir Holan (República Checa, 1905-1980).

lunes, 18 de diciembre de 2017

Eclipse: DOS TEXTOS IRÓNICOS DE ESCRITORES ARGENTINOS (Anderson Imbert y Marco Denevi)


 
Granadas
 
El Emperador de la China declaró públicamente que a él, y solo a él, debía culpársele por el último eclipse de sol: lo había causado, sin querer, al cometer un error administrativo. La corte alabó al Emperador por ese admirable rasgo de humildad y contrición.
 
Enrique Anderson Imbert (Argentina, 1910-2000).

 
Gente a la page

Nuestra desgracia es ser personas demasiado avanzadas para un país tan retrógrado. Ese desfase nos causa no pocos disgustos. Cuando nos enteramos, por el Times de Londres, de que el 27 de julio habría un eclipse total de luna, subimos todos a la terraza y nos pasamos la noche bajo un relente feroz, atisbando el cielo. No hubo ningún eclipse. No hubo ni siquiera luna. Lo que sí conseguimos fueron bronquitis y pulmonías.
 
- Será que el eclipse es visible sólo desde las Europas -dijo mamá.
 
- Eso nos da la pauta del atraso en que se debate este pobre país -le contestó papá.
 
Uno o dos años después se anunció un eclipse parcial de luna en Buenos Aires y sus alrededores. Pero nosotros nos negamos a escrutar el firmamento. No nos interesan eclipses de segunda mano, para colmo parciales, antiguallas que Europa no querrá ni regaladas.
 

Marco Denevi (Argentina, 1922-1998).

domingo, 17 de diciembre de 2017

ECLIPSE, de Cristian Petru Balan

"... la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -eclipse de Luna..."

Los eclipses son visitas cósmicas (y recíprocas),
visitas raras, de cortesía, casi protocolarias:
la sombra de la Luna visita la Tierra -eclipse de Sol,
o alguna otra visita, no tan rara, pero oportuna:
la sombra de la Tierra pasa alrededor del astro nocturno -
eclipse de Luna...

(Eclipsele sunt vizite cosmice (și-s reciproce),
vizite rare, de curtoazie, aproape protocolare:
umbra Lunii în vizită pe Pământ - eclipsa de Soare,
sau o altă vizită, nu atât de rară, dar oportună:
umbra Terrei în trecere pe rotundul astrului nopții -
eclipsa de Lună
...)



Cristian Petru Balan (Rumania, 1936).
 
(Traducido del rumano por Jules Etienne).

viernes, 15 de diciembre de 2017

Eclipse: ALTAZOR, de Vicente Huidobro

"Con una voz llena de eclipses y distancias Solemne como un combate de estrellas o galeras lejanas. Una voz que se desfonda en la noche de las rocas..."
 
(Fragmento)

Quiero darte una música de espíritu
Música mía de esta cítara plantada en mi cuerpo
Música que hace pensar en el crecimiento de los árboles
Y estalla en luminarias adentro del sueño.
Yo hablo en nombre de un astro por nadie conocido
Hablo en una lengua mojada en mares no nacidos
Con una voz llena de eclipses y distancias
Solemne como un combate de estrellas o galeras lejanas.
Una voz que se desfonda en la noche de las rocas
Una voz que da vista a los ciegos atentos
Los ciegos escondidos al fondo de las casas
Como el fondo de sí mismos.
Los veleros que parten a distribuir mi alma por el mundo
Volverán convertidos en pájaros
Una hermosa mañana alta de muchos metros
Alta como el árbol cuyo fruto es el sol
Una mañana frágil y rompible
A la hora en que las flores se lavan la cara
Y los últimos sueños huyen por las ventanas

 
Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948).

jueves, 14 de diciembre de 2017

Eclipse: LAS CIUDADES INVISIBLES, de Italo Calvino

"... previendo que cada una encuadrase un eclipse de luna en los próximos mil años."
 
Las ciudades y el cielo

Llamados a dictar las normas para la fundación de Perinzia, los astrónomos establecieron el lugar y el día según la posición de las estrellas, trazaron las líneas cruzadas de las calles principales orientadas una como el curso del sol y la otra como el eje en torno al cual giran los cielos, dividieron el mapa según las doce casas del zodíaco de manera que cada templo y cada barrio recibiese el justo influjo de las constelaciones oportunas, fijaron el punto de los muros donde se abrirían las puertas previendo que cada una encuadrase un eclipse de luna en los próximos mil años. Perinzia –aseguraron- reflejaría la armonía del firmamento; la razón de la naturaleza y la gracia de los dioses daría forma a los destinos de los habitantes.
 
Siguiendo con exactitud los cálculos de los astrónomos, fue edificada Perinzia; gentes diversas vinieron a poblarla; la primera generación de los nacidos en Perinzia empezó a crecer entre sus muros, y aquellos a su vez llegaron a la edad de casarse y tener hijos.
 
En las calles y plazas de Perinzia hoy encuentras lisiados, enanos, jorobados, obesos, mujeres barbudas. Pero lo peor no se ve; gritos guturales suben desde los sótanos y los graneros, donde las familias esconden a los hijos de tres cabezas o seis piernas.
 
Los astrónomos de Perinzia se encuentran frente a una difícil opción: o admitir que todos sus cálculos están equivocados y sus cifras no consiguen describir el cielo, o revelar que el orden de los dioses es exactamente el que se refleja en la ciudad de los monstruos.
 
 
Italo Calvino (Italiano nacido en Cuba, 1923-1985).

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Eclipse: 1984, de George Orwell

"Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano..."
 
(Fragmento del capítulo III de la tercera parte)

- Desde luego, para ciertos fines es eso verdad. Cuando navegamos por el océano o cuando predecimos un eclipse, nos puede resultar conveniente dar por cierto que la Tierra gira alrededor del sol y que las estrellas se encuentran a millones y millones de kilómetros de nosotros. Pero, ¿qué importa eso? ¿Crees que está fuera de nuestros medios un sistema dual de astronomía? Las estrellas pueden estar cerca o lejos según las necesitemos. ¿Crees que ésa es tarea difícil para nuestros matemáticos? ¿Has olvidado el doblepensar?
 
Winston se encogió en el lecho. Dijera lo que dijese, le venía encima la veloz respuesta como un porrazo, y, sin embargo, sabía –sabía- que llevaba razón. Seguramente había alguna manera de demostrar que la creencia de que nada existe fuera de nuestra mente es una absoluta falsedad. ¿No se había demostrado hace ya mucho tiempo que era una teoría indefendible? Incluso había un nombre para eso, aunque él lo había olvidado. Una fina sonrisa recorrió los labios de O'Brien, que lo estaba mirando.
 
- Te digo, Winston, que la metafísica no es tu fuerte. La palabra que tratas de encontrar es solipsismo. Pero estás equivocado. En este caso no hay solipsismo. En todo caso, habrá solipsismo colectivo, pero eso es muy diferente; es precisamente lo contrario. En fin, todo esto es una digresión -añadió con tono distinto-. El verdadero poder, el poder por el que tenemos que luchar día y noche, no es poder sobre las cosas, sino sobre los hombres. -Después de una pausa, asumió de nuevo su aire de maestro de escuela examinando a un discípulo prometedor-: Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
 
Winston pensó un poco y respondió: - Haciéndole sufrir.
 
- Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia.
 
La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento. Todo lo demás lo destruiremos, todo. Ya estamos suprimiendo los hábitos mentales que han sobrevivido de antes de la Revolución. Hemos cortado los vínculos que unían al hijo con el padre, un hombre con otro y al hombre con la mujer. Nadie se fía ya de su esposa, de su hijo ni de un amigo. Pero en el futuro no habrá ya esposas ni amigos. Los niños se les quitarán a las madres al nacer, como se les quitan los huevos a la gallina cuando los pone. El instinto sexual será arrancado donde persista. La procreación consistirá en una formalidad anual como la renovación de la cartilla de racionamiento. Suprimiremos el orgasmo. Nuestros neurólogos trabajan en ello. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente.


George Orwell: Eric Arthur Blair (Inglés nacido en India, 1903-1950).

lunes, 11 de diciembre de 2017

Eclipse: LA PROSA DEL OBSERVATORIO, de Julio Cortázar

"... arrancarle un jirón de clave, hundirle en el peor de los casos la flecha de la hipótesis, la anticipación del eclipse..."

(Fragmento)

De Jai Singh se presume que hizo construir los observatorios con el elegante desencanto de una decadencia que nada podía esperar ya de las conquistas militares, ni siquiera tal vez de los serrallos donde sus mayores habían preferido un cielo de estrellas tibias en un tiempo de aromas y de músicas; serrallo del alto aire, un espacio inconquistable tendía el deseo del sultán en el límite de las rampas de mármol; sus noches de pavorreales blancos y de lejanas llamaradas en las aldeas, su mirada y sus máquinas organizando el frío caos violeta y verde y tigre: medir, computar, entender, ser parte, entrar, morir menos pobre, oponerse pecho a pecho a esa incomprensibilidad tachonada, arrancarle un jirón de clave, hundirle en el peor de los casos la flecha de la hipótesis, la anticipación del eclipse, reunir en un puño mental las riendas de esa multitud de caballos centelleantes y hostiles. También la señorita Callamand y el profesor Fontaine ahíncan las teorías de nombres y de fases, embalsaman las anguilas en una nomenclatura, una genética, un proceso neurendocrino, del amarillo al plateado, de los estanques a los estuarios, y las estrellas huyen de los ojos de Jai Singh como las anguilas de las palabras de la ciencia, hay ese momento prodigioso en que desaparecen para siempre, en que más allá de la desembocadura de los ríos nada ni nadie, red o parámetro o bioquímica pueden alcanzar eso que vuelve a su origen sin que se sepa cómo, eso que es otra vez la serpiente atlántica, inmensa cinta plateada con bocas de agudos dientes y ojos vigilantes, deslizándose en lo hondo, no ya movida pasivamente por una corriente, hija de una voluntad para la que no se conocen palabras de este lado del delirio, retornando al útero inicial, a los sargazos donde las hembras inseminadas buscarán otra vez la profundidad para desovar, para incorporarse a la tiniebla y morir en lo más hondo del vientre de leyendas y pavores. ¿Por qué, se pregunta la señorita Callamand, un retomo que condenará a las larvas a reiniciar el interminable remonte hacia los ríos europeos? Pero qué sentido puede tener ese por qué cuando lo que se busca en la respuesta no es más que cegar un agujero, poner la tapa a una olla escandalosa que hierve y hierve para nadie? Anguilas, sultán, estrellas, profesor de la Academia de Ciencias: de otra manera, desde otro punto de partida, hacia otra cosa hay que emplumar y lanzar la flecha de la pregunta.
   

Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914 y fallecido en París, Francia, en 1984).

domingo, 10 de diciembre de 2017

Eclipse: EL SAPO ATACA A LA LUNA DE YAO-TAI, de Li Po


El sapo ataca a la luna de Yao-Tai
y se la traga.*
El disco brillante se extingue en el seno del firmamento,
las tinieblas se engullen el alma de oro.
El arcoiris atraviesa las constelaciones de Sen-Wei,
el sol naciente opaca la luz matinal.
Las nubes flotantes separan a los dos astros,
todo es incierto como en un sueño.
Aislado, aislado el palacio de Tchang Men:
antes inspiraba a nuestros antepasados, ¡ahora no existe ya!
El laurel roído por los insectos florece, pero no trae frutos,
el cielo duplica su desgracia cubriéndolo de escarcha.
Me entristece. Suspiro en la larga noche solitaria
y las lágrimas humedecen mi ropa.
 

Li Po: Li Bai (China, 701-762)

 
* El sapo era considerado en China como el responsable de los eclipses lunares. De acuerdo con creencias ancestrales, el sapo que vivía en la luna era en realidad una mujer hechizada quien tras haberse robado el elíxir de la inmortalidad, había sido desterrada a la luna. Según señala Arthur Waley en su ensayo sobre la poesía de Li Po, publicado en 1950, tenía fuerzas demiúrgicas y se tragaba la luna, lo que provocaba su desaparición total o parcial.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Eclipse: EL ÁNGEL CAÍDO (Corazón satánico), de William Hjortsberg

"Me han gustado los blues que has interpretado al final."
 
(Fragmento del capítulo XIII)

Toots Sweet tenía una carota tan ancha y oscura y arrugada como una tableta de tabaco curado. Su cabello tupido era del color de la ceniza de cigarro. Llenaba su brillante traje de sarga hasta poner tirantes las costuras, y sin embargo los pies, calzados con escarpines bicolores, negros y blancos, eran pequeños y delicados como los de una mujer.
 
- Me han gustado los blues que has interpretado al final.
 
- Los escribí un día en Houston, hace muchos años, sobre el dorso de una servilleta de papel. -Rió. La súbita blancura de los dientes partió su cara oscura como el final de un eclipse de luna. Uno de los dientes de delante tenía una funda de oro. El esmalte blanco de abajo brillaba a través de un recorte con forma de estrella de cinco puntas invertida. Era algo que saltaba a la vista.
 
- ¿Es tu ciudad natal?
 
- ¿Houston? No, por Dios. Estaba de paso.
 
- ¿De dónde eres?
 
- ¿Yo? Soy de Nueva Orleans, hijo, de pura estirpe. Tienes delante de ti al sueño de un antropólogo. Tocaba en los burdeles de Storyville antes de cumplir los catorce años. Conocía a toda la pandilla: Bunk y Jelly y Satchelmouth. Subí «río arriba» hasta Chicago. Jo, jo, jo. -Toots rió a carcajadas y se palmeó las enormes rodillas. La luz mortecina hizo centellear los anillos de sus dedos regordetes.
 
 
William Hjorstberg (Estados Unidos, 1941-2017).

La ilustración corresponde a Brownie McGhee como Toots y Mickey Rourke en un fotograma de la película Corazón Satánico (Angel Heart, 1987).

viernes, 8 de diciembre de 2017

Eclipse: LA CONDESA SANGRIENTA, de Valentine Penrose

"... caían del cielo durante los eclipses de luna, esa luna que gobierna al mundo de los venenos."
 
(Párrafos finales del capítulo XVI)

Por la parte alta de la ciudad, en los alrededores de la iglesia más antigua de Viena, Sant-Rüprecht, que mira cómo se pone el sol iluminando su campanario triste y pequeño, había muchas cosas que podían atraer a Erzsébet. Sigue siendo la judería. Aún es posible encontrar en ella mandrágoras y esos mismos dientes de peces fósiles, color jade, tan buscados a la sazón. Se encontraban también, en torno a la vieja sinagoga, judías muy jóvenes. Jó Ilona consiguió convencer a algunas de que entrasen al servicio de la Condesa. Un día incluso, una vieja trajo a una niña judía de unos diez años que había encontrado vagando por la ciudad. Las tiendas donde se vendían las plantas y las piedras mágicas, así como los animales disecados, se ocultaban alrededor de la Juden Platz, y la litera de Erzsébet hizo frecuentes apariciones entre las viejas casas cargadas de escudos. Venía, sombría y centelleante, a escoger en persona amuletos de cuarzo y dientes de lobo, lenguas de serpiente o esos minerales que la propia naturaleza marcaba a veces, los misteriosos gamahés firmados por los astros.
 
Esto es lo que acudían a buscar las sirvientas de Erzébet a este barrio de la ciudad, al tiempo que se fijaban en si no habría por allí alguna joven campesina desocupada a la que pudieran convencer para que las siguiera.
 
Existen aún en Viena tiendas de ésas donde se venden cosas extraordinarias: estatuillas en forma de momias tendidas en minúsculos sarcófagos, amuletos colgados entre los collares de granates y de topacios, montados en cadenas de plata o engastados en el oro más fino; o también corazones de madréporas lívidos y salpicados de manchas, y otros hechos con esa espuma de mar blanca que contiene algo que se asemeja a gotas de sangre. Otros corazones de jaspe, también sanguinolento, perforados en ocasiones, y que habían hecho morir a alguien. Ágatas, dientes y garras de animales salvajes y el fascinante, el duro diente de tiburón que se supone que nace donde cae el rayo, en la tierra o en el agua. Pues se pensaba que estos dientes fósiles los producía la propia tierra. Plinio había creído que caían del cielo durante los eclipses de luna, esa luna que gobierna al mundo de los venenos. Aquellas piedras recibían el nombre de ceraunias o piedras de rayo; tardaban un tiempo infinito en volver a la superficie del suelo donde se habían hundido bajo forma, se decía, de hacha o de flecha de jade verdoso. Se encontraban allí concreciones que no pertenecían al reino mineral, como esas alectorias que se forman en el hígado de los gallos viejos y una piedrecilla hueca que tenía grabada una especie de ojo que era una batracita.
 
 
Valentine Penrose (Francesa fallecida en Inglaterra, 1898-1978).

jueves, 7 de diciembre de 2017

Eclipse: CUENTOS ORIENTALES, de Marguerite Yourcenar

"Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse..."

Kali decapitada
 
(Fragmento)

Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.
 
Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.
 
Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.
 
Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.
 
Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un brahmán. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.
 
Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavastu, de Bangalore a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.
 
 
Marguerite Yourcenar (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).

martes, 5 de diciembre de 2017

Eclipse: LOS ÁNGELES COLEGIALES, de Rafael Alberti

"... y que un eclipse de luna equivoca a las flores y adelanta el reloj de los pájaros."

Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras
ni por qué la esfera armilar se exaltaba tan sola cuando la mirábamos.
Sólo sabíamos que una circunferencia puede no ser redonda
y que un eclipse de luna equivoca a las flores
y adelanta el reloj de los pájaros.

Ninguno comprendíamos nada:
ni por qué nuestros dedos eran de tinta china
y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.
Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada
y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.


Rafael Alberti (España, 1902-1999).