Vancouver: la nieve en otoño como preludio del invierno.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Año nuevo: LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ, de Carlos Fuentes

"De la puerta que comunicaba con el comedor avanzó otro criado con una charola entre las manos."

(Fragmento de: 1955 - Diciembre 31)

Mucho dinero, mucho lujo, pero sin alegría, sin diversiones, sin el derecho de beber una copita siquiera. Claro, si lo quiere mucho. Se lo ha dicho mil veces. Las mujeres se acostumbran a todo; depende del cariño que les den. Igual puede acostumbrarlas un amor juvenil que un amor paternal. Claro que le tiene cariño; no faltaba más... Ya van para ocho años de vivir juntos y él no hizo escenas, no la regañó... Nada más la obligó... ¡Pero qué bien le vendría otra cana al aire!... ¿Qué? ¿La imaginaba tan tonta?... Ya, ya, nunca ha sabido aguantar una broma. De acuerdo, pero se da cuenta de las cosas... Nadie dura eternamente... Patas de gallo alrededor de los ojos... Los cuerpos... Sólo que él también está acostumbrado a ella, ¿verdad que sí? A su edad le costaría volver a empezar. Por más millones... cuesta trabajo y se pierde mucho tiempo buscando a una mujer... las condenadas... conocen tantas salidas, les gusta tanto hacerse las remolonas... prolongar los momentos iniciales... la negativa, la duda, la espera, la tentación, ¡ay, todo eso!... y hacer tontos a los viejos... Claro que ella es cómoda... Y no se queja, no, qué va. Hasta le halaga la vanidad que vengan a rendirle cada Año Nuevo... Y lo quiere, sí, se lo jura, ya está demasiado acostumbrada a él... ¡pero cómo se aburre!... a ver, ¿qué hay de malo en tener unas cuantas amigas íntimas, en salir de vez en cuando a divertirse, en... tomar una copita allá cada semana... ?

Él permaneció inmóvil. No le concedía este derecho de hostigarlo y sin embargo... una lasitud tibia y abúlica... escuchando las sandeces de esta mujer cada día más vulgar e... e... no, era apetecible aún... aunque insoportable... ¿Cómo la iba a dominar?... Todo lo que dominaba obedecía, ahora, sólo a cierta prolongación virtual, inerte... de la fuerza de sus años jóvenes... Lilia podría abandonarle... le oprimió el corazón... No bastaba para conjurar eso... ese miedo... Quizá no habría otra oportunidad... quedarse solo... Movió con dificultad los dedos, el antebrazo, el codo y el cenicero cayó sobre la alfombra y derramó las colillas mojadas y amarillas en un cabo, el polvo de capa blanca, escama gris, entraña negra. Se agachó, respirando con dificultad.

- No te agaches. Ahorita llamo a Serafín.

- Sí.

Quizá... Tedio. Pero asco, repulsión... Siempre, imaginando de mano de la duda... Una ternura involuntaria le hizo volver el rostro para mirarla...

Lo observaba, desde el marco de la puerta... Rencorosa, dulce... El pelo teñido de rubio ceniza y esa piel morena... Tampoco ella podía regresar... jamás lo recuperaría y eso los igualaba... por más que la edad o el carácter los separara... Escenas ¿para qué?... Se sintió fatigado. Nada más... Decidieron la voluntad y el destino... Nada más... No más cosas, más recuerdos, más nombres que los conocidos... Volvió a acariciar el damasco... Las colillas, la ceniza derramada no olían bien. Y Lilia, detenida allí con el rostro grasoso. Ella en el umbral.

Él sentado en el sillón de damasco.

Entonces ella suspiró y se fue chancleteando a la recámara y él esperó sentado, sin pensar en nada, hasta que la oscuridad le sorprendió al verse reflejado con tanta nitidez en las puertas de cristal que conducían al jardín. El mozo entró con el saco, un pañuelo y una botella de agua de Colonia. De pie, el viejo permitió que le pusieran la prenda y después abrió el pañuelo para que el mozo derramara unas gotas de loción. Cuando colocó el pañuelo en la bolsa del corazón, cambió una mirada con el criado. El criado bajó los ojos. No. ¿Por qué iba a pensar en lo que podría sentir ese hombre?

- Serafín, rápido las colillas...

Se incorporó, apoyándose con ambas manos, sobre los brazos del sillón. Dio unos cuantos pasos hacia la chimenea y acarició los fierros toledanos y sintió la respiración del fuego sobre el rostro y las manos. Se adelantó al escuchar los primeros murmullos de voces -encantadas, admirativas- en el pasillo de la casa. Serafín terminaba de recoger las colillas.

Ordenó que se atizara el fuego y los Régules entraron mientras el mozo manejaba los fierros y una gran llamarada ascendía por el tiro. De la puerta que comunicaba con el comedor avanzó otro criado con una charola entre las manos. Robergo Régules recibió una copa mientras la pareja joven -Betina y su marido, el joven Ceballos- tomada de la mano, recorría el salón y elogiaba las viejas pinturas, las molduras de yeso y oro, las tallas suntuosas, los copetes y faldones barrocos, los travesaños torneados, los mascarones policromos. Él daba la espalda a la puerta cuando el vaso se estrelló contra el piso con un ritmo de campana rota y la voz de Lilia gritó algo en son de burla. El viejo y los invitados vieron el rostro de esa mujer despintada que asomaba prendida a la manija de la puerta: -¡Lero, lero! ¡Feliz Año Nuevo!... No te preocupes, viejito, que en una hora se me baja... y bajo como si nada...

Carlos Fuentes (Mexicano nacido en Panamá, 1928-2012).

viernes, 30 de diciembre de 2022

Año nuevo: EL CARRETERO DE LA MUERTE, de Selma Lagerlöf

"Su madre se había instalado junto a su lecho. La pena le había partido el corazón..."
 
(Fragmento inicial del primer capítulo)

Una pobre muchachita del Ejército de Salvación agonizaba enferma de tuberculosis, de esas rápidas y brutales que no se resisten más de un año.
 
Mientras pudo, había continuado sus guardias y cumplido sus deberes; pero cuando le faltaron las fuerzas, fue enviada a un sanatorio. Allí había sido cuidada durante algunos meses, sin experimentar mejoría alguna; y comprendiendo que estaba perdida, volvió al lado de su madre, que vivía en una casita propia en una calle de las afueras. Allí, postrada en cama, en una alcoba mísera, en la que había pasado su infancia y su juventud, esperaba la muerte.
 
Su madre se había instalado junto a su lecho. La pena le había partido el corazón, pero estaba tan absorta en sus cuidados de enfermera, que apenas le quedaba tiempo para llorar. Una salutista que, como la enferma, pertenecía a la clase de las visitadoras se hallaba al pie del lecho y vertía silenciosas lágrimas. Sus miradas se detenían con la mayor devoción sobre el rostro de la moribunda, y, cuando las obscurecían las lágrimas, se secaba los ojos con un rápido gesto. Sobre una sillita baja muy incómoda, que la enferma había tenido siempre en gran estima y que la había llevado consigo en todas sus mudanzas, yacía sentada una mujer recia, con la S de las salutistas bordada en el cuello de su corpiño. Le habían ofrecido un lugar más cómodo, pero ella deseaba continuar en aquel sitio, poco confortable, como si quisiera con ello, en cierto modo, honrar a la moribunda.
 
Aquel día no se parecía a los demás. Era el de San Silvestre. Estaba el cielo pesado y plomizo. En las casas se notaba el frío y el mal tiempo; pero, afuera, el aire era asombrosamente tibio y dulce. El cielo permanecía negro, sin nieve. Algunos copos desperdigados caían lentamente, fundiéndose en cuanto tocaban la tierra. Era inminente una gran nevazón; pero aún no se producía. Se hubiera dicho que el viento y la nieve juzgaban inútil comenzar ya nada el último día del año, y se reservaban para el nuevo, tan próximo ya.
 
El mismo influjo parecía dominar a los hombres. No tomaban decisión alguna. Las calles no estaban animadas; no se trabajaba en las casas. Frente a la morada de la agonizante, se extendía un terreno en el que se había comenzado a echar los cimientos para una edificación. Algunos obreros se habían presentado por la mañana, habían alzado sus gruesos martillos, cantando, como de costumbre; después los habían dejado caer; pero no continuaron haciéndolo mucho tiempo, y pronto el solar quedó desierto con sus piedras.
 
Habían pasado algunas mujeres, cesta al brazo, dirigiéndose al mercado, pero esto sólo había durado unos instantes. Se había recogido a los chiquillos que jugaban en la calle, pues era preciso vestirlos para aquella tarde de fiesta, y luego no volvieron ya a salir. Los caballos arrastraban carros vacíos y se sumían en las lejanías del arrabal a disfrutar de un reposo de veinticuatro horas. La calma iba extendiéndose más y más, a medida que la hora del mediodía se acercaba.
 
- Es bueno para ella morir la víspera de una fiesta -dijo la madre-. Muy pronto no oirá ya nada del exterior que pueda turbar sus momentos finales.
  
Selma Lagerlöf (Suecia, 1858-1940).
Obtuvo el premio Nobel en 1909.

La ilustración corresponde a un fotograma de la película silente El carretero de la muerte (Körkarlen),
adaptación de la novela dirigida por Victor Sjöström en 1921.

Navidad: LA LADRONA DE LIBROS, de Markus Zusak

"Días después de navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre los libros."

(Fragmento del capítulo El placer de los cigarrillos)

Cuando el colegio cerró durante las vacaciones de Weihnachten, Liesel incluso se permitió desear unas felices navidades a la hermana Maria antes de irse. Consciente de que los Hubermann casi estaban en la ruina y que tenían que seguir pagando las deudas y el alquiler aunque apenas entrara dinero, no esperaba ningún regalo. Tal vez una comida especial. Para su sorpresa, al volver a casa después de asistir en Nochebuena a la misa de medianoche con su madre, su padre, Hans hijo y Trudy, se encontró con algo envuelto en papel de periódico debajo del árbol de Navidad.
 
- De Santa Claus -aseguró Hans, aunque la niña no se lo tragó.
 
Abrazó a sus padres de acogida, todavía con nieve en los hombros.
 
Al desenvolver el papel descubrió dos libritos. El primero, El perro Fausto, que había escrito un hombre llamado Mattheus Ottleberg. Acabaría leyendo ese libro trece veces. En Nochebuena leyó las primeras veinte páginas en la mesa de la cocina, mientras su padre y Hans hijo discutían sobre algo que ella no entendía, algo llamado política.
 
Más tarde, leyeron un poco más en la cama, siguiendo la tradición de marcar con un círculo las palabras que Liesel no conocía y luego escribirlas. El perro Fausto también tenía ilustraciones, preciosas curvas, orejas y caricaturas de un pastor alemán con un obsceno problema de babeo y el don del habla.
 
El segundo libro se titulaba El faro, y lo había escrito una mujer, Ingrid Rippinstein. Era un poco más largo, de modo que Liesel sólo consiguió leerlo nueve veces, aunque su velocidad de lectura había incrementado ligeramente al final de sesiones tan prolíficas.
 
Días después de Navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre los libros. Estaban comiendo en la cocina. Decidió concentrar su atención en su padre al ver las cucharadas de sopa de guisantes que se metía en la boca su madre.
 
- Me gustaría preguntar algo.
 
Al principio nadie dijo nada, por lo que acabó interviniendo su madre, con la boca medio llena.
 
- ¿Y?
 
- Sólo quería saber de dónde habéis sacado el dinero para comprarme los libros.
 
Una sonrisita se reflejó en la cuchara de su padre.
 
- ¿De verdad quieres saberlo?
 
- Claro. Hans sacó del bolsillo lo que le quedaba de su ración de tabaco y empezó a liar un cigarrillo. Liesel comenzó a impacientarse.
 
- ¿Vas a decírmelo o no? Su padre se echó a reír.
 
- Pero si te lo estoy diciendo. -Acabó el cigarrillo, lo lanzó sobre la mesa y empezó a liar otro-. Así.
 
En ese momento su madre se acabó la sopa, dejó la cuchara de golpe reprimiendo un eructo acartonado y contestó por él.
 
- Este Saukerl... ¿Sabes lo que ha hecho? Lió todos sus asquerosos cigarrillos, se fue al mercadillo cuando vino a la ciudad y se los vendió a unos gitanos.
 
 
Markus Zusak (Australia, 1975).

jueves, 29 de diciembre de 2022

Navidad: UN RECUERDO NAVIDEÑO, de Truman Capote

"Tendría que ser (...) el doble de alto que un chico. Para que ninguno pueda robarle la estrella."

(Fragmento)

De mañana. La escarcha helada da brillo al pasto; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como una luna de verano, cuelga en el horizonte y bruñe los plateados bosques invernales. Chilla un pavo salvaje. Un cerdo renegado gruñe entre la maleza. Pronto, junto a la orilla del poco profundo riachuelo de aguas veloces, tenemos que abandonar el coche. Queenie es la primera en vadear la corriente; chapotea hasta el otro lado, ladrando en son de queja porque la corriente es muy fuerte, tan fría que seguro que se agarra una pulmonía.

Nosotros la seguimos, con el calzado y los utensilios (un hacha pequeña, una bolsa de arpillera) sostenidos encima de la cabeza. Dos kilómetros más de espinas, erizos y zarzas que se nos enganchan en la ropa; de herrumbrosas agujas de pino, y con el brillo de los coloridos hongos y las plumas caídas. Aquí, allí, un brillo, un temblor, un éxtasis de trinos nos recuerdan que no todos los pájaros han volado hacia el Sur. El camino serpentea siempre por entre charcos alimonados de sol y sombríos túneles de enredaderas. Hay que cruzar otro arroyo: una agotada flota de moteadas truchas espumea el agua alrededor nuestro, mientras unas ranas del tamaño de platos se entrenan tirándose de panza; unos castores obreros construyen un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. También tiembla mi amiga: no de frío, sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero deja caer un pétalo cuando levanta la cabeza para inhalar el aire cargado del aroma de los pinos.

- Ya casi llegamos. ¿Lo hueles, Buddy? -dice, como si estuviéramos acercándonos al océano.

En efecto, es algo semejante al océano. Aromáticas e ilimitadas extensiones de árboles navideños, de acebos de hojas punzantes. Bayas rojas tan brillantes como campanillas sobre las que se ciernen, gritando, negros cuervos. Después de haber llenado nuestras bolsas de arpillera con la cantidad suficiente de verde y rojo como para adornar una docena de ventanas, nos disponemos a elegir el árbol.

- Tendría que ser -dice mi amiga- el doble de alto que un chico. Para que ninguno pueda robarle la estrella.

Truman CapoteTruman Streckford Persons, Truman García Capote
(Estados Unidos, 1924-1984).

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Navidad: EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO, de José Saramago


(Fragmento del capítulo Pilatos)

Estaban ya dispuestos para la marcha, sólo faltaba cubrir de tierra el fuego y salir, cuando José, haciendo una señal a la mujer para que no viniera con él, se acercó a la entrada de la cueva y miró afuera. Un crepúsculo ceniciento confundía el cielo con la tierra. Aún no se había puesto el sol, pero una niebla espesa, lo bastante alta como para no perjudicar la visión de los campos de alrededor, impedía que la luz se difundiera. José aguzó el oído, dio unos pasos y de repente se le erizaron los cabellos, alguien gritaba en la aldea, un grito agudísimo que no parecía voz humana, y luego, inmediatamente, todavía resonaban los ecos de colina en colina, un clamor de nuevos gritos y llantos llenó la atmósfera, no eran los ángeles llorando la desgracia de los hombres, eran los hombres enloqueciendo bajo un cielo vacío. Lentamente, como si temiese que lo pudieran oír, José retrocedió hacia la entrada de la cueva y tropezó con María, que aún no había acatado la orden. Toda ella temblaba, Qué gritos son esos, preguntó, pero el marido no respondió, la empujó hacia dentro y con movimientos rápidos lanzó tierra sobre la hoguera, Qué gritos eran esos, volvió a preguntar María, invisible en la oscuridad, y José respondió tras un silencio, Están matando gente.

Hizo una pausa y añadió como en secreto, Niños, por orden de Herodes. Se le quebró la voz en un sollozo seco, Por eso quise que nos fuéramos. Se oyó un rumor de paños y de paja movida, María estaba alzando al hijo del comedero y lo apretaba contra su pecho, Jesús, que te quieren matar, con la última palabra afloraron las lágrimas, Cállate, dijo José, no hagas ruido, es posible que los soldados no vengan hasta aquí, la orden es matar a los niños de Belén que tengan menos de tres años, Cómo lo has sabido, Lo oí decir en el Templo, por eso vine corriendo hasta aquí, Y ahora, qué hacemos, Estamos fuera de la aldea, no es lógico que los soldados vengan a rebuscar por estas cuevas, la orden era sólo para las casas, si nadie nos denuncia, nos salvamos. Salió otra vez a mirar, asomándose apenas, habían cesado los gritos, no se oía más que un coro lloroso que iba menguando poco a poco, la matanza de los inocentes estaba consumada. El cielo seguía cubierto, empezaba la noche y la niebla alta hizo desaparecer Belén del horizonte de los habitantes celestes. José dijo, hablando hacia dentro, No salgas, voy hasta el camino a ver si ya se han ido los soldados, Ten cuidado, dijo María, sin darse cuenta de que el marido no corría ningún peligro, la muerte era para los niños de menos de tres años, a no ser que alguien que anduviera por el camino lo denunciase diciendo, Ese es el carpintero José, padre de un niño que aún no tiene dos meses y se llama Jesús, tal vez sea él el de la profecía, que de nuestros hijos nunca leímos ni oímos que estuvieran destinados a realezas y ahora todavía menos, que están muertos.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

La ilustración corresponde a las esculturas de la masacre de los inocentes en la catedral de Chartres.

martes, 27 de diciembre de 2022

Navidad: IN MEMORIAM, de José María Pemán

"Y el belén de su Amor como tú lo ponías."

La navidad sin ti, pero contigo.
Como el volver a ser
cuando empieza a nacer
verde de vida y de memoria, el trigo.

Porque tú no estás lejos.
No sé si es que te veo o que te escucho.
Me iluminan, me templan tus reflejos.
Voy hacia ti... No puedo tardar mucho.

Pagando estrellas por salario
te escondes en la barbas torrenciales de Dios.
Recuerdo el ritmo lento de tu horario.
Humilde en la infinita paciencia del rosario:
y en la fe penetrante de tu voz.

Y el belén de su Amor,
como tú lo ponías.
Tú, la niña mayor,
la flor más pura de las flores mías,.

Como es la luz del río
y el canto es de la fuente:
este cariño ardiente
es todo tuyo, a fuerza de tan mío.
 
 
José María Pemán (España, 1898-1981).

lunes, 26 de diciembre de 2022

Navidad: CUENTO DE NAVIDAD, de Vladimir Nabokov

"Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descarademente iluminado..."

(Fragmento)

Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían trans- currido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles…

Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos… Pero ahí no había ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil… Exiliados que lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía abofetear a sus soldados… Pensó entonces en un general que había conocido personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad…

“Pero, con todo, ahora voy por buen camino.” Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su imaginación: una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles. Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada…

Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.

“El insolente árbol de Navidad -escribió Novodyortsev- ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris.”

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza, 1899-1977).

domingo, 25 de diciembre de 2022

Navidad: RESPLANDOR DEL SER, de Rosario Castellanos

"Mi corazón ardiendo en alabanzas."

Para la adoración no traje oro.
(Aquí muestro mis manos despojadas)
Para la adoración no traje mirra.
(¿Quién cargaría tanta ciencia amarga?)
Para la adoración traje un grano de incienso:
mi corazón ardiendo en alabanzas.

Rosario Castellanos
(Mexicana fallecida en Israel, 1925-1974).

sábado, 24 de diciembre de 2022

Navidad: UNA CENA DE NOCHEBUENA, de Guy de Maupassant

"... ante el fuego de la chimenea, donde asaban un lomo de liebre..."

(Fragmento)

Aquel día había helado de una manera horrible. Al llegar la noche nos sentamos a la mesa, ante el gran fuego de la chimenea, donde asaban un lomo de liebre y dos perdices, que olían muy bien. Mi primo levantó la cabeza, y dijo:

- No hará calor cuando nos acostemos.

Indiferente, repliqué:

- No, pero tendremos patos en los estanques mañana por la mañana.

La sirvienta, que ponía nuestros cubiertos en un extremo de la mesa y los de los domésticos en el otro, preguntó:

- ¿Saben los señores que esta noche es Nochebuena?

Seguramente no nos habíamos enterado, pues apenas mirábamos el calendario. Mi compañero contestó:

- Entonces esta noche es la misa del gallo. ¡Y por eso las campanas han estado sonando todo el día!

La sirvienta replicó:

- Sí y no, señor; también han tocado porque ha muerto Fournel padre.

Fournel padre, anciano pastor, era una celebridad del país. Tenía ochenta y seis años de edad, y nunca había estado enfermo hasta el momento en que, un mes antes, había cogido un frío al caerse dentro de una charca en una noche oscura. Al día siguiente se había quedado en cama, y desde entonces estaba agonizando. Mi primo se volvió hacia mí:

- Si quieres –dijo–, iremos dentro de un rato a ver a esa pobre gente.

Quería hablar de la familia del viejo, de su nieto. que tenía cincuenta y ocho años de edad, y de su nieta política, que era un año más joven. La generación intermedia no existía ya desde hacía mucho tiempo. Vivían en un miserable chamizo, a la entrada de la aldea, a la derecha. Pero no sé por qué esta idea de la Nochebuena, en medio de nuestra soledad, nos dio ganas de charlar. A solas los dos, nos contábamos antiguas historias de Nochebuena, aventuras de esta noche loca, los pasados lances amorosos y los despertares del día siguiente, acompañados de otra persona, con sus sorpresas imprevistas, y el asombro de los descubrimientos.

De esta manera, nuestra cena duró mucho tiempo, fumando numerosas pipas; y embriagados por esas alegrías de los solitarios, alegrías contagiosas que nacen de repente entre dos amigos íntimos, hablamos sin parar, rebuscando en nuestros propios casos para comunicarnos esos recuerdos confidenciales del corazón que se escapan en las horas de efusión.

- Voy a la misa, señor.

- ¡Ya!

- Son las once y cuarto.

- ¿Y si fuésemos también a la iglesia? –me preguntó Jules–; esta misa de Nochebuena es muy curiosa en el campo.

Acepté, y nos fuimos, envueltos en nuestras pieles de caza. Un filo agudo pinchaba el rostro y hacía saltar las lágrimas en los ojos. El aire crudo entraba de golpe en los pulmones y secaba la garganta. El cielo profundo, limpio y duro, estaba tachonado de estrellas, que parecían pálidas por la helada; brillaban no como si fuesen unos astros de fuego, sino de cristal, como unas cristalizaciones brillantes. A lo lejos, sobre la tierra de acero, seca y retumbante, resonaban los chanclos de los campesinos; y por todo el horizonte, las campanitas de los pueblos tañían, lanzaban sus sones penetrantes, como friolentos también, en la vasta noche helada.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

viernes, 23 de diciembre de 2022

NAVIDAD, de José Saramago

"¿Brillan luces en el cielo? Siempre brillaron."

Ni aquí, ni ahora. Vana promesa
De otro calor y nuevo descubrimiento
Se deshace bajo la hora que anochece.
¿Brillan luces en el cielo? Siempre brillaron.
De esa vieja ilusión desengañémonos:
Es día de Navidad. No pasa nada.

José Saramago
(Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

(Traducido al español por Ángel Campos Pámpano).

jueves, 22 de diciembre de 2022

Navidad: VAÑKA, de Antón Chéjov

"Vañka exhaló un suspiro, mojó la pluma y continuó escribiendo."

Vañka Jukov, chicuelo de nueve años, que tres meses antes fuera llevado al zapatero Aliajin para ser adiestrado por éste en el oficio, pasó la Nochebuena sin acostarse. Después de esperar a que amos y oficiales salieran de casa para asistir a la misa del alba, sacó del armario una botellita con tinta, un mango de pluma provisto de una plumilla roñosa, y tras colocar ante sí una arrugada hoja de papel, se dispuso a escribir. Antes de trazar la primera letra miró varias veces asustado al oscuro icono, a continuación del cual corrían por la pared los estantes cargados de hormas, y dejó escapar un suspiro entrecortado. El papel descansaba sobre el banco, ante el que se hallaba de rodillas.
 
«Mi querido abuelito Konstantin Makarich -escribía-: Te mando esta carta. Te felicito por la fiesta de Navidad y te deseo todo lo que pueda darte Nuestro Señor. No tengo padre ni mamita. No me queda nadie más que tú.»
 
Vañka paseó la mirada por la oscura ventana, sobre la que oscilaba el reflejo de la vela, representándosele claramente en ella la imagen del abuelo Konstantin Makarich, guardián nocturno en casa de los señores Jivariov. Es éste un viejecito de unos sesenta y cinco años, menudo, raquitiquillo, extraordinariamente movible y vivaracho, de cara perennemente risueña y ojos borrachines. De día duerme en la cocina de servicio o pasa el tiempo bromeando con las cocineras, mientras que de noche, arropado en un amplio talup, da vueltas por la hacienda acompañándose del golpeteo de un chuzo. Con la cabeza baja le sigue Kaschtanka, su viejo perro, a más de otro, de nombre Vium, llamado así por la negrura de su pelo y su cuerpo alargado como el de una serpiente. Este Vium es un perro sumamente respetuoso y amable. Mira de la misma manera conmovida a propios y extraños; pero no se le concede crédito. Bajo su respetuosa sumisión se esconde la más jesuítica hipocresía. Nadie mejor que él sabe acercarse oportunamente, agarrar por la pierna, introducirse en la cueva en que se guardan las provisiones para mantenerlas frescas o sustraer una gallina. Varias veces sufrió que le pegaran en las patas traseras, dos ha sido colgado, y todas las semanas se le azota hasta dejarle medio muerto, pero siempre revive.
 
Seguramente que el abuelo está ahora junto al portalón guiñando los ojos a las ventanas rojo vivo de la iglesia de la aldea, dando pataditas en el suelo con sus valenkii y bromeando con la servidumbre. Lleva el chuzo atado al cinturón, mueve las manos, se encoge de frío y con su risita de viejo pellizca tan pronto a una doncella como a una cocinera.
 
- ¿Un poco de rapé? -dice ofreciendo su tabaquera a las babas.
 
Las babas toman rapé y estornudan. El abuelo se llena de indescriptible entusiasmo y de una alegre risa, mientras dice en voz alta:
 
- ¡Arranca..., que se te hiela!
 
También da a sorber tabaco a los perros. Kaschtanka estornuda, mueve el hocico y ofendido se retira hacia un lado, en tanto que Vium, que por respeto se abstiene de estornudar, se limita a mover el rabo. El tiempo es espléndido: el aire, quieto, transparente y fresco. Y aunque la noche es oscura, se acierta a distinguir la aldea con sus blancos tejados y sus hilillos de humo saliendo de las chimeneas; los árboles están plateados de escarcha y hay montones de nieve. El cielo aparece cuajado de estrellas que parpadean alegres, y la Vía Láctea se destaca de él tan claramente como si hubiera sido para la fiesta lavada y frotada con nieve…
 
Vañka exhaló un suspiro, mojó la pluma y continuó escribiendo:
 
«Ayer me gané un regaño. El amo me sacó al patio, tirándome del pelo, y me zurró, porque cuando les estaba meciendo al niñito en la cuna, que quedé dormido sin querer. También la semana pasada el ama me mandó que le limpiara el arenque, y porque yo empecé por la cola, me lo quitó de las manos y se puso a darme en los morros con su cabezota. Los oficiales hacen burla de mi. Me dicen que vaya a la taberna por vodka y me mandan que robe pepinos al amo, que luego me pega con lo primero que se le viene a mano... De comer tampoco hay aquí nada. Por la mañana te dan pan para tomar el kascha; pero no te dan té ni schi. Se lo zampan los amos. También me manda que vaya a dormir al zaguán; pero, cuando su niñito llora, no puedo dormir nada y tengo que estar meneándole la cuna... Querido abuelito: ¡Hazme una merced en nombre de Dios! ¡Sácame de aquí y llévame a la casa de la aldea! ¡Ya no puedo aguantar más!... Te saludo hasta tus piececitos y rezaré a Dios por ti eternamente. ¡Llévame de aquí porque me voy a morir!...»
 
Vañka torció la boca, se frotó los ojos con un puño negro y dejó escapar un sollozo.
 
«Yo te prepararé el rapé -prosiguió escribiendo-. Rezaré a Dios por ti, y si hago algo malo, azótame todo lo que quieras. Si crees que no hay allí trabajo para mí, le pediré entonces al administrador que me tome para limpiarle las botas o que me mande en lugar de Fedka cuando lleven a pastar al ganado. ¡Abuelito querido!... ¡No puedo soportar más esto! ¡Es, sencillamente, la muerte! Quería escaparme a pie a la aldea, pero no tengo botas y me da miedo la helada. Cuando sea grande, yo, en cambio te daré de comer. No permitiré que nadie te haga daño y si te mueres rezaré por ti lo mismo que rezo por mi madrecita Pelagueia. Moscú es una ciudad muy grande; todas las casas son de señores y hay muchos caballos. Lo que no hay son ovejas, y lo perros no son malos. Los chicos aquí no salen con la estrella, y en el coro no dejan entrar a nadie. He visto una tienda donde vendían anzuelos y sedales para toda clase de peces. Los tenían en el escaparate. Eran muy buenos. Había uno que podría hasta con un salmón de un pud. También he visto tiendas en que se vendían escopetas de todas clases, parecidas a las del señor. A lo mejor cada una de ellas vale cien rublos. En las carnicerías tienen perdices y codornices y liebres, pero no te dicen dónde las matan...
 
«Querido abuelito, cuando los señores pongan el árbol de Navidad con los dulces, coge para mí una nuez dorada y guárdamela en el baulito verde. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna. Dile que es para Vañka.»
 
Vañka suspiró convulsivamente y fijó de nuevo la mirada en la ventana. Recordaba que cuando el abuelo iba al bosque a buscar el abeto de Navidad para los señores, le llevaba consigo. ¡Qué tiempo tan alegre aquel!... La garganta del abuelo deja oír un a modo de crujido, cruje también el árbol, y Vañka, mirando, les imita. El abuelo, generalmente, antes de empezar a cortar el árbol se pone a fumar su cachimba, luego invierte largo rato en tomar rapé y burlarse de Vañka porque siente frío... Los jóvenes abetos, revestidos de escarcha, esperan inmóviles, sin saber cuál de ellos ha de morir. De repente, sin que se sepa cómo ni de dónde, sobre los montones de nieve pasa rauda una liebre. El abuelo no puede contenerse y grita:
 
- ¡Coge..., coge..., cógela!... ¡Demonio de bicho!...
 
El abeto cortado es conducido a la casa de los señores, donde se procede a su adorno. Más que nadie, se agita la señorita Olga Ignatievna, la favorita de Vañka. Cuando todavía vivía Pelagueia, la madre de Vañka, prestaba servicios de doncella en la casa de los señores. Olga Ignatievna daba caramelos a Vañka, y como no tenía otra cosa que hacer, le había enseñado a leer, a escribir, a contar hasta ciento y hasta a bailar el cuadrille. Sin embargo, cuando Pelagueia murió, el huerfanito Vañka fue enviado a la cocina de la servidumbre, junto al abuelo, y de la cocina pasó a la casa del zapatero Aliajin, en Moscú.
 
«¡Ven, querido abuelito!... -proseguía Vañka-. ¡Por el amor de Dios te lo pido!... ¡Sácame de aquí!... ¡Ten piedad de mí! ¡De este desgraciado huérfano! ¡Todos me pegan y tengo tantas ganas de comer!... Además, ¡tengo una tristeza tan grande que no te la puedo contar!... ¡Me paso el tiempo llorando!... El amo me pegó el otro día un porrazo tan fuerte en la cabeza con una horma, que me caí al suelo y tardé mucho en volver a respirar... ¡Mí vida es una perdición!... ¡Peor que la de un perro!... También mando mis saludos a Alona, a Egor, el tuerto, y al cochero. Mi armónica no se la dejes a nadie... Quedo de ti tu nieto. Iván Jukov.»
 
«¡Ven, querido abuelito!»
 
Vañka plegó la hoja escrita en cuatro dobleces y la introdujo en el sobre comprado la víspera por un kopek... Después de meditar un momento, mojó la pluma y escribió las señas. «Para el abuelito que está en la aldea».
 
Luego se rascó y, tras un instante de cavilación, añadió a lo escrito: «Para Konstantin Makarich».
 
En seguida y contento de no haber sido molestado mientras escribía, se caló el gorro y, sin ponerse la pellicita, en mangas de camisa, echó a correr a la calle... Por los dependientes de la carnicería a quienes había preguntado la víspera, sabia que las cartas se depositaban en los buzones, desde donde eran repartidas por toda la tierra por cocheros borrachos montados en las troikas de correos y entre un resonar de campanillas. Vañka llegó de una carrera al primer buzón e introdujo la preciosa carta por la ranura...
 
Una hora después, mecido en sus dulces esperanzas, dormía profundamente. Soñaba con la estufa. En la yacija, junto a la estufa, veía sentado al abuelo, descalzo, con las piernas colgando y leyendo la carta a las cocineras. Vium daba vueltas junto a la estufa, moviendo el rabo...

Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904).
 
(Traducido al español por E. Podgursky y A. Aguilar).

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Solsticio: SOLSTICIO DE INVIERNO, de Rosamunde Pilcher

"Contempló la ordenada disposición de los vasos y copas, como pompas de jabón..."
 
(Fragmento del capítulo La fiesta de Elfrida)
 
Oscar fue el primero en salir. Cerró la puerta del cuarto de baño y, deteniéndose por un momento, saboreó a solas la transformación navideña de su casa, lista para la afluencia de invitados. Contempló la ordenada disposición de los vasos y copas, como pompas de jabón, los colores verde y oro de las botellas de champán, enterradas en el hielo del cubilete, el hilo blanco y almidonado de servilletas y mantel. La cortina echada del descansillo dejaba fuera la noche, y enredadas a la barandilla, en los cuatro tramos de escalera, había oscuras trenzas de hojas verdes, ramas de acebo con bayas rojas y vivas luces. Hay que ver, pensó con ironía, en qué ha acabado el parco y lúgubre solsticio de invierno (que era lo único que había prometido a Elfrida). Y se dijo que la antigua casa del administrador, normalmente tan escueta y austera pero ahora engalanada y vestida de tiros largos, era en cierto modo como una tía anciana y mojigata pero muy querida, que se había puesto sus mejores galas y joyas para una ocasión especial y finalmente no había quedado del todo fea.
 
 
Rosamunde Pilcher (Inglaterra, 1924-2019).

martes, 20 de diciembre de 2022

NAVIDAD, de Fernando Pessoa

 
Un Dios ha nacido. Otros mueren. La realidad
Que no ha venido ni se ha ido: un cambio de Error.
Tenemos ahora otra Eternidad,
Y siempre lo pasado fue mejor.
Ciega, la ciencia trabaja en el inútil suelo
Loca, la Fe vive el sueño de su culto.
Un nuevo Dios es una palabra -o un nuevo sonido
No busques ni tampoco creas: todo está oculto.
  
Fernando Pessoa (Portugal, 1888-1935).
 
(Traducido al español por Rafael Díaz Borbón).

lunes, 19 de diciembre de 2022

Navidad: AL SUR DE LA FRONTERA, AL OESTE DEL SOL, de Haruki Murakami

"Nat King Cole cantaba Preterid. Yo, claro está, no entendía ni una palabra de la canción en inglés."

(Fragmento del primer capítulo)

Un día del mes de diciembre, próxima ya la Navidad, me encontraba con Shimamoto en la sala de estar de su casa. Escuchábamos música, en el sofá, como de costumbre. Su madre había salido por alguna razón y estábamos los dos solos. Era una tarde de invierno oscura, nublada y gris. La luz del sol resaltaba las micros- cópicas partículas de polvo y asomaba tímidamente a través de unas nubes plomizas. Todo cuanto se reflejaba en mis pupilas carecía de contornos definidos y movimiento. El atardecer se acercaba y la habitación estaba tan oscura como si fuera de noche. Creo que no había ninguna luz encendida. Sólo la placa al rojo vivo de la estufa de gas iluminaba tenuemente las paredes. Nat King Colé cantaba Preterid. Yo, claro está, no entendía ni una palabra de la canción en inglés. A mis oídos sonaba como un conjuro. Pero a nosotros nos gustaba y, como la habíamos escuchado tantas veces, nos habíamos aprendido de memoria los primeros versos.

Preterid you're happy when you're blue
It isn 't very hard to do.

Ahora sí entiendo lo que significa. «Cuando estés triste, finge que eres feliz. No es tan difícil»: igual que la sonrisa que ella esbozaba siempre. Ésa es, desde luego, una manera de ver las cosas. Pero a veces cuesta.

Haruki Murakami (Japón, 1949).

domingo, 18 de diciembre de 2022

Navidad: GUARDA SIEMPRE MI PALABRA, de Osip Mandelstam

"Ojalá me amaran sólo a mí estos parajes helados..."

Guarda siempre mi palabra tras un dejo de desgracia y humo,
 Tras la resina de la paciencia circular, tras la brea vergonzosa del trabajo...
 Como el agua que en los pozos de Novgorod debe ser negra y dulce,
 Para que en la Navidad se refleje en ella la estrella de siete alas.
 Y por ello, padre mío, mi amigo y burdo ayudante,
 Soy un hermano bastardo, un renegado del pueblo,
 Que promete edificar grandes y frondosas construcciones
 Para que en ellas se mueran los príncipes.
 Ojalá me amaran sólo a mí estos parajes helados
 Como los bolos que, apuntando a la muerte, golpean el jardín.
 Aunque pase toda la vida en una camisa de hierro
 Encontraré para la ejecución un hacha en el bosque.
 
 
Osip Mandelstam (Rusia, 1891-1938).

sábado, 17 de diciembre de 2022

Navidad: EL REGALO (The Gift), de Ray Bradbury

"... el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas."
 
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
 
- ¿Qué haremos?
- Nada, ¿qué podemos hacer?
- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

- Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
- ¿Qué...? -preguntó el niño.

El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

- Quiero mirar por el ojo de buey.
- Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
- Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
- Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

- Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
- Oh -dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
- Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
- Pero... -empezó a decir la madre.
- Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

- Ya es casi la hora.
- ¿Me prestas tu reloj? -preguntó el niño.

El padre le prestó su reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos mientras el resto de la hora se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
- Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

- No entiendo.
- Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

- Entra, hijo.
- Está oscuro.
- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

- Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.
 
Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012).