Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 9 de mayo de 2021

Leyendo MIÉRCOLES DE CENIZA, de T. S. Eliot

 
En El mago de Viena, el mexicano Sergio Pitol, se ocupa de la poesía de T. S. Eliot en un episodio al que denomina Suite colombiana para Darío Jaramillo:

"Los tés de las cinco fueron parte importantísima de la educación sentimental para varios jóvenes mexicanos de mi generación. Doña Rosario tenía cinco hijas, la menor era Lucy, dos de las otras, Esperanza, que vivía en Bogotá, y Marta, en Nueva York, pasaban largas temporadas con su madre; las dos restantes no tienen ningún interés para esta historia. Esperanza era también filósofa, y había hecho un posgrado en una universidad norteamericana. Durante el té se hablaba constantemente de fenomeno- logía y existencialismo, de Heidegger, Jaspers y Sartre, pero también de las sórdidas noticias recibidas de Colombia, aunque siempre, omnipotente, estaba en el aire la poesía. Bastaba una alusión a ella para que la reunión se iluminara. La poesía era el reino, el jardín, el auténtico paraíso de esas damas estudiosas. Aun en la conversa- ción cotidiana, la más rudimentaria, se entreveraban los versos, a veces se ampliaban en estrofas o aun en poemas completos. Esperanza Bonilla, la doctorada en los Estados Unidos, decía largos trozos de Miércoles de ceniza, de La tierra baldía, y con mucha frecuencia Los hombres huecos en inglés o en castellano en la sonora traducción de León Felipe..."

También el español Javier Marías en Berta Isla, publicada en 2017, describe a un grupo de lectores interesados en Eliot, quienes coinciden entre los estantes de una librería:

"Eso decía uno de los últimos versos, y entonces salió de su ensimismamiento y levantó la vista y descubrió que había no uno, sino dos hombres, hojeando sendos libros de Eliot: To Criticize the Critic, tenía entre las manos el de la raya diplomática; Ash Wednesday, sostenía otro que no había advertido, un recién llegado. No quiso volver la cara para mirarlo, se apartó  un poco para observarlo con discreción, muy parcialmente: era un individuo corpulento y ancho y alto, mucho más alto que él.

No había tenido la delicadeza de descubrirse pese a estar bajo techado, y figuraba inverosímilmente embebido en aquel otro poema, Miércoles de ceniza (Ceniza en la manga de un viejo, se le había quedado a Tom ese verso y varios otros). Estaba a su derecha y el funcionario presumido a su izquierda (también podía ser un ejecutivo inexperto de la City tratando de asimilarse a los veteranos en su atildamiento), no daban la impresión de ir juntos y Tomás se preguntó cuál sería Mr. Tupra, era mala suerte que a un tercer bibliófilo se le hubiera ocurrido hojear algo de Eliot allí y en aquel instante."

Procedo a concluir con Signos vanos, donde el poeta sevillano Fernando Ortiz refiere: "Y un estertor de Mozart era Eliot, esperando en su desolado/ Miércoles de Ceniza que el fuego y las rosas fueran uno".

Jules Etienne

lunes, 5 de octubre de 2015

Venecia: PASIONES PASADAS, de Javier Marías

"... Lucifer. A su derecha, unos ángeles con lanzas arrojan a las llamas del infierno a los soberbios..."
 
(Fragmento de Venecia, un interior)

Pero es en Torcello donde en buena medida se originó Venecia, la primera isla que tuvo visos de ser habitada permanentemente por los refugiados de Aquileia, Altino, Concordia y Padua que huían a la laguna temporalmente y erigían palafitos en el estuario ante las invasiones bárbaras del siglo V. Torcello fue la isla más importante de los primeros tiempos, y hoy sólo quedan en pie dos iglesias, precisamente de aquellos primeros tiempos. Es un lugar, por tanto, que ha vuelto a su ser. La catedral de Santa Maria Assunta y la pequeña iglesia de Santa Fosca son dos restos inverosímiles del estilo véneto-bizantino de los siglos XI y XII (aunque en la primera se conserven elementos del siglo VII) y de una población que, a diferencia de Venecia misma (que creció y se detuvo), creció y decayó hasta el punto de que su suelo se tragara los palacios y las demás iglesias, los monasterios y los edificios civiles y su floreciente industria lanar. Venecia no es verdadera ruina, Torcello sí, víctima de sus aguas progresivamente palúdicas y de la malaria. En uno de los mosaicos del interior de la catedral (el que muestra el Juicio Universal) hay una extraordinaria figura de Lucifer. A su derecha, unos ángeles con lanzas arrojan a las llamas del infierno a los soberbios -testas coronadas, mitradas, cuellos de armiño, orejas ornamentadas-. Esas testas son de inmediato aprehendidas por diminutos ángeles verdes, los ángeles caídos. Lucifer, sentado en un trono cuyos brazos son dos cabezas de dragón que devoran cuerpos humanos, tiene la cara y el gesto de Dios Padre: la barba y el pelo abundantes y blancos, el aspecto venerable, la mano derecha en ademán de saludo o de serena orden; sobre sus rodillas, un niño de bonito rostro vestido de blanco: parece un Niño Redentor, un Dios Hijo. Pero la cara y el cuerpo de Lucifer son de color verde oscuro: es un Dios Padre invertido, o mejor dicho, en negativo, y quien se sienta sobre su regazo es el Anticristo, que también saluda con su mano derecha -el mismo gesto-, como un pequeño príncipe que invitara con suavidad a acercarse a los muertos.
 
 
Javier Marías (España, 1951)
 
Es posible la lectura del texto íntegro en el sitio de Javier Marías: Venecia, un interior