Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 4 de mayo de 2024

Mirándolas dormir: CARTA A MI JUEZ, de Georges Simenon

"Entonces acudieron los fantasmas, los más feos, los más inmundos, y era demasiado tarde (...) Martine estaba dormida."

(
Fragmento del capítulo 10)

Y sin embargo, yo no sabía nada, no preveía nada. Dispuse de unos segundos para dar media vuelta. También ella tuvo tiempo de escapar a su destino, de escapar de mí. Veo su nuca en el momento en que encendí la luz eléctrica, su nuca, igual que el primer día ante la ventanilla de Nantes, con unos pelillos sueltos.

- ¿Te acuestas enseguida? Dije que sí. ¿Qué nos pasaba aquella noche y por qué tantas cosas nos subían a la garganta? Le preparé su vaso de leche. Cada noche, en la cama, después de hacer el amor, ella bebía un vaso de leche. Lo bebió aquella noche, la noche del domingo 3 de septiembre. Lo que significa que hicimos el amor, que ella tuvo tiempo después para -sentada en la cama- beber a sorbitos su vaso de leche. Yo no le había pegado. Había echado fuera los fantasmas.

- Buenas noches, Charles.

- Buenas noches, Martine.

Su cabeza se acomodó en el hueco de mi hombro y dio un suspiro, el suspiro de todas las noches; murmuró, como siempre, antes de dormirse:

- No es cristiano...

Entonces acudieron los fantasmas, los más feos, los más inmundos, y era demasiado tarde -ellos lo sabían- para que yo pudiera defenderme. Martine estaba dormida. O bien, hacía como quien duerme, para apaciguarme. Mi mano, lentamente, subió a lo largo de su cadera, acariciando la piel suave, su piel tan suave, y siguió la curva de la cintura, deteniéndose al pasar sobre la firme dulzura de un pecho. Imágenes, más imágenes, otras manos, otras caricias... La redondez del hombro donde la piel es más lisa, luego un hueco tibio, el cuello... Yo sabía que era demasiado tarde. Todos los fantasmas estaban allí, la otra Martine estaba allí, aquella a quien ensuciaron todos, la que se había dejado ensuciar con una especie de frenesí. ¿Acaso mi Martine, la mía, la que reía tan inocentemente aquella mañana con la criada, tenía que sufrir eternamente? ¿Tendríamos que sufrir los dos hasta el final de nuestros días? ¿No sería mejor liberarnos, liberarla a ella de todos sus miedos, de toda su vergüenza? No estaba oscuro. Nunca estaba del todo oscuro en nuestro cuarto de Issy, porque sólo una cortina de lienzo pardo tapaba las ventanas y enfrente había una farola de gas. Podía verla. La estaba viendo. Veía mi mano alrededor de su cuello y apreté, señor juez, brutalmente, vi abrirse sus ojos, vi su primera mirada que era una mirada de espanto y luego, enseguida, otra, una mirada de resignación y de liberación, una mirada de amor. Apreté. Eran mis dedos los que apretaban. No podía hacer otra cosa. Le gritaba:

- Perdóname, Martine...

Y sentía que ella me animaba a seguir, que lo quería así, que siempre había previsto aquel momento, que era la única manera de arreglar las cosas. Había que matar a la otra de una vez por todas, para que mi Martine pudiese al fin vivir. Maté a la otra. Con todo conocimiento de causa. Ya ve usted que hubo premeditación, tiene que haber premeditación, si no, sería un gesto absurdo. La maté para que viviese, y nuestras miradas continuaron abrazándose hasta el final. Hasta el final, señor juez. Tras lo cual, nuestra inmovilidad era semejante en ambos. Mi mano seguía aferrada a su cuello, y permaneció así mucho tiempo. Le cerré los ojos. Los besé. Me levanté, titubeante, y no sé lo que hubiera hecho si no hubiese oído el ruido de una llave en la cerradura. Era Elise, que entraba en casa. Ya la oyó usted, a la vez en la audiencia y en su gabinete. No hizo más que repetir:

- El señor estaba muy tranquilo, pero no parecía un hombre normal.

Georges Simenon
(Belga fallecido en Suiza, 1903-1989).

domingo, 5 de julio de 2020

Epidemias: LLUVIA*. de Georges Simenon


"Por eso me acuerdo de dos semanas durante las cuales el reloj del mercado quedó parado en las nueve y diez..."

(Fragmento)

Llover negro, en todo caso, sigue siendo para mí algo muy especial, algo íntimamente vinculado a nuestra pequeña ciudad normanda, con la plaza del mercado en la que vivíamos, con determinada época del año, e incluso con ciertas horas del día.

Y no me refiero a las abundantes lluvias tormentosas que, detrás de los cristales de mi ventana en forma de media luna, yo veía caer en grandes gotas claras que crepitaban en el alero de cinc y en los adoquines de la plaza, ni tampoco a la niebla lluviosa del pálido invierno.

Cuando llovía negro, la habitación baja de techo se hacía sombría y todo su fondo, hacia el tabique que la separaba del cuarto de mis padres, quedaba como afelpado por la penumbra.

Desde mi sitio, apenas podía ver el cielo. Todos los caserones de la plaza, en medio de la cual se alzaba el mercado con su tejado de pizarra, habían sido edificados a la vez, bajo un mismo modelo. Las ventanas de la planta baja, donde sólo había tiendas, eran muy altas y terminaban en arco. Más tarde, las dividieron en dos en el sentido de la altura al añadir un entarimado que formaba un entresuelo. Éste recibía la luz por una media luna a ras del piso de madera.

Allí me encontraba yo, en medio de mis juguetes, y la luz, más bien que del cielo, procedía de los reflejos del pavimento mojado. Casi todas las tiendas, como la nuestra, se iluminaban. Alguna vez oía el timbre de la farmacia o la campanilla de mi casa. El crepúsculo duraba horas, poblado por siluetas que pasaban de prisa, por paraguas brillantes, por zuecos que castañeteaban presurosos; en el café Costard el humo se espesaba, y abajo, en la tienda, la voz dulzona de mi madre, de mi madre que siempre temía no ser lo suficientemente cortés, murmuraba:

- Se lo aseguro, señora. Le garantizo el color… Es un artículo que vendemos desde hace años, y nunca hemos tenido una queja…

¿Llovía, verdaderamente? La lluvia fluía más bien como un río, con un movimiento suave y regular. Después, cuando la oscuridad era total, mi madre gritaba, al pie de la escalera de caracol:

- ¡Jerôme! Ya es hora de bajar…

Para no tener que encender varios mecheros. ¿Cómo no comprende que el menor cambio en los ritos diarios tenía que grabarse fatalmente en mi memoria? Por eso me acuerdo de las dos semanas durante las cuales el reloj del mercado quedó parado en las nueve y diez, así como del hombrecillo barbudo que se pasó un día entero en lo alto de una escalera de bombero, para repararlo.

Por lo que se refiere a mi tía Valérie, todo es todavía más claro, pues entonces yo tenía siete años y, si no estaba en la escuela, era porque se hablaba de una epidemia de escarlatina, y mi madre temía más a las epidemias que a cualquier otro incon- veniente.

Georges Simenon
(Belga fallecido en Suiza, 1903-1989).

* El título original de la novela en francés es Il pleut bergère, que es parte del estribillo de una canción infantil, por eso su traducción literal no tiene sentido. En inglés se le ha traducido como Black Rain y en italiano el correspondiente Pioggia nera, aunque en español por lo general se le conoce sólo como Lluvia.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Día de los muertos: EL VIAJERO DEL DÍA DE LOS MUERTOS*, de Georges Simenon

"... como la mañana en la que había regresado a la ciudad casi desierta."

(Fragmento del capítulo 2)
 
Las velas se encendieron delante de la mayoría de las tumbas y, a cada soplo de aire, todas las pequeñas llamas se estiraban de un mismo lado, como si tuvieran vida, parecía que estuvieran a punto de morir, después se enderezaban milagrosamente. Sobre la grava húmeda de los pasillos la gente caminaba con pasos más delicados que lo habitual, hablando en voz baja.
 
Gilles leyó los nombres tallados en la piedra y a algunos los reconocía porque los había escuchado decir por sus padres: Vitaline Basse, entre otros, una amiga de su madre a quien le hablaba a menudo y que estaba jorobada.

... piadosamente fallecida a la edad de 32 años
Rezar por ella.

Gilles pensó que podría dejar unas flores en la tumba de la amiga de su madre, porque no había ninguna, ni velas tampoco. A menudo le inspiraban pensamientos de ese tipo. Pero entonces reflexionó. Tendría que salir del cementerio y pedir el precio de los crisantemos. El vendedor lo miraría con asombro. Al regresar, le dejaría sus flores. ¿Y si alguien lo viera poniendo un ramo en una tumba casi desconocida?
 
Se detuvo frente a uno de los monumentos funerarios más imponentes, una enorme bóveda a la que se podía entrar de pie, la piedra seguía siendo blanca y solamente un nombre fue grabado: Octave Mauvoisin.
 
Era el hermano de su padre, el de los autocares, y fue por la inscripción en la lápida que Gilles supo que su tío había fallecido cuatro meses antes. Poco a poco lo fue abrazando un sentimiento de angustia que no quiso analizar. Dio la vuelta en redondo por el cementerio, como la mañana en la que había regresado a la ciudad casi desierta. Su padre y su madre estaban muertos allí y no había una flor en sus tumbas. Su tío Mauivoisin, de quien siempre había hablado como de un oso poderoso, estaba muerto. Vitaline Basse, la jorobada, estaba muerta.


 
Georges Simenon (Belga fallecido en Suiza, 1903-1989).

* La traducción literal del título en francés Le Voyageur de la Toussaint, sería El viajero del día de todos los santos, que además posee un gran aliento poético, sin embargo, debido a que en Francia el día de los muertos tiene lugar el primero de noviembre, la Tousaint, y no el dos, como sucede en los países hispanos y en Italia, El viajero del día de los muertos recoge en mejor medida la intención original del autor. 

domingo, 9 de julio de 2017

Carnaval: PEDIGRÍ, de Georges Simenon

"... recuerda haber visto toda una estantería llena de máscaras, de narices de cartón y de carracas."

 (Fragmento del capítulo 2)

Recuerda que antes, al pasar ante la tienda de Kreutz, el comerciante de muñecas, al lado de su casa -su casa, como dice siempre, es la casa de sus padres-, recuerda haber visto toda una estantería llena de máscaras, de narices de cartón y de carracas.
 
- Es el primer domingo de carnaval -anuncia.
 
Élise no comprende por qué habla de eso, pues el primer domingo es el carnaval de los niños. Pero es que Désiré recuerda los carnavales de cuando él era pequeño.
 
- ¿Están lo bastante azucaradas las zanahorias?
 
- Están muy buenas. ¿Las has preparado tú, Valérie?
 
- ¡Pobre Valérie, si supieras todo lo que hace! ¡Me pregunto lo que habríamos hecho sin ella!
 
- Pero la tenemos aquí. ¿Y no es así? Puesto que Valérie está aquí, ¿por qué torturarse? Désiré no comprende.
 
- Ha venido Félicie.
 
- ¿Iba achispada?
 
Una palabra que le sirve para indicar que no del todo bebida…, pero tampoco en ayunas.
 
- ¡Désiré!
 
Y le indica a Valérie.
 
- ¿Y qué? ¿Acaso Valérie no sabe que tu hermana…? ¿Un poco más de carne, Valérie? Que sí, mujer; hay que recuperar fuerzas.
 
Hasta las tres, las calles permanecen vacías, o casi, y después se ven algunas familias con ropas oscuras y que, sin convicción, llevan con ellas niños disfrazados. Un torero minúsculo tiembla bajo un abrigo de paño y hace girar una carraca, mientras tiran de su mano.
 

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)

lunes, 8 de mayo de 2017

Carnaval: MAIGRET Y LA ESPINGARDA, de Georges Simenon

"... mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente."
 
(Fragmento del capítulo 8: Donde la Espingarda se deja tirar de la lengua, y donde Maigret se decide por fin a cambiar de adversario)

«Ayer me reí mucho. G… estaba en mi habitación, no para lo que te imaginas, sino para hablarme del plan que yo le había contado la víspera de ir a pasar dos días a Niza.
»A esta gente le horrorizan los viajes. Sólo han salido de Francia una vez en su vida. Su único viaje al extranjero se remonta a la época en que el padre aún vivía y fueron a Londres los tres. Parece ser que además se marearon todos y tuvo que atenderles el médico del barco.
»Pero no iba por ahí la cosa. Cuando les comento algo que no les gusta, no me contestan enseguida. Se callan y, como suele decirse, se oye pasar un ángel.
»Luego, más tarde o al día siguiente, G… se presenta en mi habitación, con cara de apuro, empieza andándose por las ramas y acaba soltando lo que lleva dentro. Total, que parece que mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente. No me ha ocultado que su madre está escandalizada y me suplica que renuncie a mi proyecto.
»Bueno, pues resulta que el cajón de mi mesita de noche se había quedado entreabierto. G… lo miró maquinalmente y de pronto vi que se ponía palidísimo.
»“¿Qué es eso?”, balbució señalándome la pequeña automática con culata de nácar que compré durante mi viaje a Egipto.
»¿Te acuerdas? Ya te lo comenté entonces. Me habían dicho que una mujer sola no está segura por aquellos países. No sé por qué la metí en aquel cajón. Contesté tranquilamente:
»“Es una pistola”.
»“¿Está cargada?”.
»“No me acuerdo”.
»“La cogí y miré el cargador. No había balas”. “¿Tienes munición?”.
»“Estará en algún sitio”.
»Una hora más tarde se presentó mi suegra con un pretexto, porque no entra nunca en mi habitación sin algún motivo. Se pasó un buen rato también dando rodeos y al final me explicó que no era decente que una mujer tuviera un arma.
»“Pero si es más un juguete que otra cosa”, repliqué. “Lo guardo como un recuerdo, porque la culata es bonita y están grabadas mis iniciales. Además, creo que es más bien inofensiva”.
»Acabó cediendo. Pero no hasta que accedí a entregarle la caja de balas que estaba en el fondo del cajón.
»Lo más gracioso es que, apenas se marchó, encontré en uno de mis bolsos otra caja de balas que se me había olvidado. No se lo dije…».

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)

sábado, 3 de octubre de 2015

Venecia: EL TREN DE VENECIA, de Georges Simenon

"Y, de pronto, la vista de Venecia irrumpió en aquel amanecer..."
 
(Fragmento del primer capítulo)

Todo aquello resultaba confuso, al igual que la luz de la mañana y que aquel vapor centelleante y cálido, que casi podía tocarse y que flotaba entre al agua y el cielo.
 
Todavía notaba en las extremidades y en la cabeza la vibración del barco que los había llevado desde el Lido, su movimiento regular sobre las largas y planas olas y las bruscas sacudidas cada vez que se cruzaban con otro barco.
 
Y, de pronto, la vista de Venecia irrumpió en aquel amanecer ya caluroso. Allí estaban las torres, las cúpulas, los palacios, San Marcos y el Gran Canal, las góndolas y, como era domingo, tañían las campanas en todas las iglesias, en todos los campaniles.
 
- ¿Puedo comprar  un  helado, papá?
- ¿A  las  ocho  de  la  mañana?
- ¿Y yo? -preguntó el niño, que sólo tenía seis años.
 
Aunque se llamaba Louis, desde muy pequeño le llamaban Bib, pues así era como él reclamaba el biberón.
 
También Bib iba en traje de baño, con una camisa a cuadros por encima. Ambos niños llevaban sombreros de paja de gondolero, de sopa y borde planos, con un lazo rojo el de Josée y azul el de su hermano.
 
En el fondo, puede que a Calmar no le gustase estar lejos de su país. Y hacía ya quince días que se sentía desterrado, sin raíces, sin nada sólido donde apoyarse. No fue él, sino su mujer, quien quiso pasar las vacaciones en Venecia. Y, por supuesto, los niños le hicieron coro enseguida.
 
También odiaba las partidas y las despedidas.Seguía allí, plantado delante de la ventanilla bajada de uncompartimiento que ni siquiera estaba limpio, pues era el único vagón que venía de más lejos, de Trieste y aun de más allá, un vagón que tenía un color distinto de los otros,un aspecto extraño y un olor diferente.
 
Sentado tan cerca de él que casi se tocaban, un hombre lo miraba de arriba abajo. ¿Estaba ya en el vagón cuando lo engancharon al tren de Venecia?
 
En realidad, Calmar no se formulaba preguntas concretas. Se limitaba a tomar nota mentalmente de todo sin querer, con cierta impaciencia, mientras contemplaba el andén bañado en la luz dorada, con el quiosco de periódicos en el extremo izquierdo de la imagen encuadrada por la ventanilla y, a ambos lados de éste, otras personas que esperaban, como su mujer y sus hijos, con la mirada fija en algún pariente o amigo.
 
No había ocurrido nada extraordinario. El tren debía partir a las siete y cincuenta y cuatro, pero dos minutos antes un hombre de uniforme recorrió el convoy de arriba a abajo para cerrar las puertas, mientras un mecánico pasaba de vagón en vagón golpeando aquí y allá con un martillo. Cada vez que tomaba el tren, Calmar asistía al mismo ritual, y siempre se preguntaba qué golpeaba aquel hombre de esa forma, pero después siempre se le olvidaba informarse.
 
El jefe de estación salió de su oficina con un silbato en la boca y, en la mano, un banderín rojo enrollado como un paraguas. De alguna parte salía vapor. En realidad no se trataba de vapor, puesto que el tren era eléctrico, pero, aunque lo fuera, igualmente limpiaban los frenos de todos los trenes con la misma agua a presión y las mismas sacudidas que antaño.
 
Por fin se oyó el silbato. Josée, que lamía un helado, un gelato, como ahora lo llamaba, levantó una mano en señal de despedida.
 
- Sobre todo, cuídate mucho y ve a comer a Chez Étienne -le recomendó Dominique.
 
Se refería a un restaurante que ambos conocían en el Boulevard des Batignolles, a dos pasos de su casa, y donde, según Dominique, la cocina estaba limpia y la comida era saludable.
 
Con el banderín rojo desplegado, el jefe de estación levantó el brazo, igual que Josée y Bib, que había empezado a imitar a su hermana.
 
El tren tenía que partir. El reloj marcaba las 7:55.
 
Sin embargo, el jefe de estación, ante el que se enfilaba el convoy, interrumpió su gesto y bajó el brazo, al tiempo que emitía una serie de silbidos breves e imperiosos.
 
El tren no arrancaba. La gente del andén miraba hacia la locomotora. Calmar se asomó, pero no vio más que otras cabezas asomadas como la suya.
 
- ¿Qué sucede?
 
- No lo sé –contestó Dominique-, no veo nada raro.
 
Era delgada, aunque no tanto como su hija, e incluso con pantalón corto tenía aún buen tipo. Ocultaba sus ojos azules tras unas gafas y, a diferencia de los niños, no había llegado a broncearse, sino que tenía la piel enrojecida por el sol.
 
El jefe de estación, en quien convergían todas las miradas, ya no parecía tener prisa. Con el banderín bajo el brazo, seguía mirando en dirección a la locomotora, sin impacientarse, esperando quién sabe qué. Parecía que la estación fuera una película súbitamente congelada en una imagen fija, en una simple fotografía en color.
 
Algunas manos no sabían qué hacer con el pañuelo que habían desplegado segundos antes. Las sonrisas de despedida se quedaban en suspenso y se tornaban muecas.

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)
 
(Traducido al español por Mercedes Abad)