Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Solsticio de invierno: EL RAYO VERDE, de Jules Verne

"... en un segmento de arco que el astro radiante roza sólo en la época del solsticio de invierno."

(Fragmento del capítulo IV: El descenso por el Clyde)
 
¡No! La señorita Campbell buscaba con la mirada llena de impaciencia la torre en ruinas de Leven. ¿Esperaba ver aparecer en ella algún duende? Nada de esto, pero ella quería ser la primera en distinguir el faro de Cloch que ilumina la salida del Firth of Clyde.
 
Por fin apareció el faro, como una gigantesca lámpara, al volver la orilla.

- Cloch, tío Sam -dijo ella-. ¡Cloch, Cloch! 

 - ¡Sí, Cloch! -contestó el hermano Sam, con la precisión de un eco de los Highlands.

- ¡El mar, tío Sib!

- El mar, en efecto -contestó el hermano Sib.
 
- ¡Qué hermoso es! -repitieron los dos hermanos a la vez.

Parecía que lo contemplaban por primera vez.

No había error posible: a la apertura del golfo, aparecía claramente el horizonte del mar.

Sin embargo, el sol todavía no estaba a la mitad de su recorrido diurno. En el paralelo cincuenta y seis tenían que transcurrir siete horas, al menos, antes de que desapareciera por el horizonte. Siete horas de impaciencia para la señorita Campbell. Además, aquel horizonte se dibujaba en el suroeste, es decir, en un segmento de arco que el astro radiante roza sólo en la época del solsticio de invierno. No era allí, pues, donde tenían que buscar la aparición del fenómeno; tendría que ser más hacia el oeste, e incluso un poco hacia el norte, ya que los primeros días del mes de agosto preceden de seis semanas al equinoccio de septiembre.

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

La ilustración corresponde al faro de Cloch, en Escocia. La fotografía es de Peter Ribbeck.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Eclipse solar: EL PAÍS DE LAS PIELES, de Jules Verne

"El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente."
 
(Fragmento del capítulo XXIII: El eclipse del 18 de julio de 1860)

Llegó, por fin, el gran día, ¡el 18 de julio! El eclipse total debía durar, según los cálculos de los almanaques, cuatro minutos treinta y siete segundos, es decir, desde las once cuarenta y tres minutos y quince segundos, hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos de la mañana.
 
- Pero, ¿tanto es lo que pido? -exclamaba con lastimero acento el astrónomo, mesándose las cabellos-; pido tan solamente que un pedazo de cielo, nada más que el pequeño rincón donde se ha de verificar el eclipse, quede limpio de nubes. ¿Y por cuánto tiempo lo pido? ¡Durante cuatro tristes minutos! ¡Y después que nieve, que truene, que se desencadenen todos los elementos! ¡Todo me importará un bledo!
 
Tomás Black tenía algunas razones para desesperar por completo. Parecía probable que la observación no pudiera efectuarse. Al amanecer, los horizontes estaban cubiertos de brumas. Se elevaban espesas nubes por la parte del Sur, precisamente en la región del cielo en que el eclipse debía verificarse. Pero, sin duda alguna, el dios de los astrónomos tuvo piedad de Black; porque, a eso de las ocho de la mañana, saltó una brisa bastante fresca del Norte que barrió todas las brumas y despejó el firmamento. ¡Ah! ¡qué gritos de gratitud! ¡qué exclamaciones de júbilo se escaparon del pecho del abnegado sabio! En medio de un cielo puro resplandecía un magnífico sol esperando que la Luna, cuya faz eclipsaba aún sus rayos, lo fuese obscureciendo poco a poco. Se llevaron en seguida a la cumbre del promontorio los instrumentos de Tomás Black, quien después de instalarlos debidamente, dirigió sus objetivos hacia el horizonte del Sur, y esperó.
 
Había recuperado toda su acostumbrada paciencia, toda la sangre fría necesaria para su observación. ¿Qué podía temer ahora? Nada, a no ser que el cielo se desplomase sobre su cabeza. A las nueve, no había ni una sola nube, ni el más ligero vapor del horizonte al cénit. ¡Jamás una observación astronómica habíase presentado en condiciones más favorables!
 
Jasper Hobson, Paulina Barnett y todos los habitantes del fuerte habían querido presenciar la operación. La colonia entera hallábase reunida sobre el cabo Bathurst, alrededor del astrónomo. El Sol se elevaba lentamente, describiendo un arco muy amplio sobre la inmensa planicie que se extendía hacia el Sur. Nadie se atrevía a hablar, esperando todos con solemne ansiedad la realización del fenómeno.
 
A eso de las nueve y media comenzó la ocultación. El disco de la Luna mordió el disco del Sol; pero el primero no debía cubrir por completo al segundo más que desde las once, cuarenta y tres minutos y quince segundos; hasta las once, cuarenta y siete minutos y cincuenta y siete segundos, que era el tiempo señalado por el almanaque para el eclipse total; y nadie ignora que no puede haber ningún error en estos cálculos hechos, comprobados y revisados por los astrónomos de todos los observatorios del mundo.
 
Tomás, Black había traído en su equipaje cierta cantidad de cristales ennegrecidos que distribuyó entre sus compañeros, de suerte que todos pudieron seguir los progresos del fenómeno sin detrimento de su vista. El pardo disco de la Luna avanzaba lentamente. Ya los objetos terrestres adquirían un tinte especial anaranjado. La atmósfera en el cénit había cambiado de color. A las diez y cuarto, la mitad del disco solar hallábase obscurecido. Algunos perros, que gozaban de libertad, iban y venían de un lado para otro, dando muestras de cierta inquietud y ladrando en ocasiones de un modo lastimero. Los patos, inmóviles en las orillas del lago, gritaban como en la hora del crepúsculo y buscaban un lugar a propósito para entregarse al sueño. Las madres llamaban a sus pequeñuelos, que se refugiaban debajo de sus alas. Para todos aquellos animales se aproximaba la noche, y con ella la hora del sueño.
 
A las once, las dos terceras partes del disco solar se hallaban cubiertas. Los objetos habían adquirido un tinte vinoso. Reinaba entonces una semiobscuridad que debía hacerse completa durante los cuatro minutos que el eclipse total iba a durar. Pero ya se distinguían algunos planetas, como Mercurio y Venus, y las principales estrellas de ciertas constelaciones, sobresaliendo entre ellas las del Toro y Orion. Las tinieblas aumentaban de minuto en minuto.
 
Tomás Black, sin apartar la pupila del ocular de su potente anteojo, seguía los progresos del fenómeno inmóvil y silencioso. A las once y cuarenta y tres los dos discos debían encontrarse colocados exactamente el uno delante del otro.
 
- ¡Las once y cuarenta y tres! -dijo Jasper Hobson, que observaba atentamente el segundero de su cronómetro.
 
Tomás Black, inclinado sobre el instrumento, no se movía en absoluto. Transcurrió medio minuto.
 
Tomás Black se enderezó con los ojos desmesuradamente abiertos. Se colocó en seguida otra vez delante del ocular durante otro medio minuto, y, enderezándose de nuevo, gritó con voz ahogada:
 
- ¡Se va! ¡Se va! ¡La Luna! ¡La Luna se marcha! ¡Huye! ¡Desaparece! Y, en efecto, el disco lunar se deslizaba sobre el del Sol sin haberlo cubierto todo entero. ¡Solamente las dos terceras parte habían sido obscurecidas!
 
¡Tomás Black se había quedado estupefacto! Los cuatro minutos habían transcurrido ya. La luz iba aumentando. ¡La corona luminosa no se había producido!
 
- Pero, ¿qué ocurre? — preguntó Jasper Hobson.
 
- ¿Qué ocurre? -exclamó el astrónomo—. ¡Ocurre que el eclipse no ha sido total para este lugar del Globo! ¿Me entiende usted? ¡Que no ha sido total!


Jules Verne (Francia, 1828-1905).

Eclipse solar: ALREDEDOR DE LA LUNA, de Jules Verne

"Sí, eclipses de sol (...), cuando los tres astros se encuentran en la misma línea, hallándose la Tierra en medio."

(Fragmento del capítulo VI: Preguntas y respuestas)

- ¡Bello país! -dijo Miguel-. Pero no importa; quisiera estar ya en él. ¡Ah, camaradas, qué curioso sería tener la Tierra por Luna, verla alzarse en el horizonte, reconocer la configuración de sus continentes y decir: allí está Europa; allí América; y seguirla después, cuando va a perderse en los rayos del Sol! A propósito, amigo Barbicane, ¿tienen eclipses los selenitas?
 
- Sí, eclipses de Sol -respondió Barbicane-, cuando los centros de los tres astros se encuentran en la misma línea, hallándose la Tierra en medio. Pero son eclipses anulares, durante los cuales la Tierra, proyectándose como una pantalla sobre el disco solar, deja ver a su alrededor gran parte de éste.
 
- ¿Y por qué -preguntó Nicholl- no hay eclipse total? ¿Acaso no se extiende más allá de la Luna el cono de sombra que la Tierra proyecta?
 
- Sí, no teniendo en cuenta la refracción producida por la atmósfera terrestre; no, sí se cuenta con esa refracción. Así, por ejemplo, llamemos delta prima a la pareja horizontal, y prima al semidiámetro aparente...
 
- ¡Adiós! -exclamó Miguel-. Ya tenemos otra vez el v subcero elevado cuadrado; hable un idioma que todos comprendamos y deja esa endemoniada álgebra de una vez.
 
- Pues bien, en lengua vulgar -respondió Barbicane-, siendo la distancia media de la Luna a la Tierra 60 radios terrestres, la longitud del cono de sombra pura, y que el Sol envía, no sólo los rayos de su circunferencia, sino también los de su centro.
 
- Entonces -dijo Miguel, en tono burlón-, ¿cómo hay eclipse, puesto que no debe haberlo?
 
- Únicamente porque estos rayos solares quedan debilitados por la refracción, y la atmósfera que atraviesa apaga la mayor parte.
 
- Me satisface esa razón -respondió Miguel-, además de que ya lo veremos mejor cuando estemos allí.
 
- Ahora bien, Barbicane; ¿crees que la Luna pueda ser un antiguo cometa?
 
- ¡Vaya una idea!
 
- Sí -replicó Miguel, con cierta presunción benévola-; tengo algunas ideas por el estilo y...
 
- No es tuya esa idea, Miguel -respondió Nicholl.
 
- ¡Bueno! ¿Es decir que soy un plagiario?
 
- ¡Ya lo creo! -respondió Nicholl-. Según antiguas tradiciones, los de Arcadia aseguraban que sus antepasados habían habitado la Tierra antes que hubiese Luna. Y de ahí han deducido algunos sabios que nuestro satélite fue en otros tiempos un cometa cuya órbita pasaba tan cerca de la Tierra que una vez el astro errante fue capturado por la atracción terrestre, y mantenido en la órbita que desde entonces recorre.
 
- ¿Y qué hay de cierto en esa hipótesis? -preguntó Miguel.
 
- Absolutamente nada -respondió Barbicane- y la prueba es que la una no ha conservado restos de la envoltura gaseosa que acompaña siempre a los cometas.
 
- Pero -replicó Nicholl-, ¿no ha podido suceder que la Luna, antes de ser satélite de la Tierra, y en el, momento de hallarse en su perihelio, pasase tan cerca del Sol que dejara en él por evaporación todas esas sustancias gaseosas?
 
- No sería imposible, amigo Nicholl, pero no es probable.
 
- ¿Por qué?
 
- El porqué... no te lo podré decir a punto fijo.
 
- ¡Ah! —exclamó Miguel—. ¡Cuántos centenares de libros se podrían escribir con todo lo que no se sabe!
 
Jules Verne (Francia, 1828-1905).

miércoles, 19 de abril de 2023

Tampico: DE LA TIERRA A LA LUNA, de Jules Verne

"...llegaron a Nueva Orléans, donde se embarcaron de inmediato en el Tampico..."

(Fragmento del capítulo XIII: Stone's Hill)

Al día siguiente, los cuatro compañeros de viaje llegaron a Nueva Orléans, donde se embarcaron de inmediato en el Tampico, buque de la marina federal que el gobierno ponía a su disposición, y, calentadas las calderas, las orillas de la Luisiana desapare- cieron pronto de su vista.

La travesía no fue larga. Dos días después de partir el Tampico, que había recorrido 480 millas, distinguióse la costa floridense. Al acercarse a ésta, Barbicane se halló en presencia de una tierra baja, llana, de aspecto bastante árido. Después de haber costeado una cadena de ensenadas materialmente cubiertas de ostras y cangrejos, el Tampico entró en la bahía del Espíritu Santo.

Dicha bahía se divide en dos radas prolongadas: la rada de Tampa y la rada de Hillisboro, por cuya boca penetró el buque. Poco tiempo después, el fuerte Broke descubrió sus baterías rasantes por encima de las olas, y apareció la ciudad de Tampa, negligentemente echada en el fondo de un puertecillo natural formado por la desembocadura del río Hillisboro. Allí fondeó el Tampico el 22 de octubre, a las siete de la tarde, y los cuatro pasajeros desembarcaron inmediatamente.

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

viernes, 4 de noviembre de 2022

Noviembre: LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA DÍAS, de Jules Verne

"Durante los días 3 y 4 de noviembre fue aquello una especie de tempestad. La borrasca batió el mar con vehemencia."

(Fragmento inicial del capítulo XVIII)

Durante los primeros días de la travesía, el tiempo fue bastante malo. El viento arreció mucho. Fijándose en el Noroeste, contrarió la marcha del vapor, y el "Rangoon", demasiado inestable cabeceó considerablemente, adquiriendo los pasajeros el derecho de guardar rencor a esas anchurosas oleadas que el viento levantaba sobre la superficie del mar.

Durante los días 3 y 4 de noviembre fue aquello una especie de tempestad. La borrasca batió el mar con vehemencia. El "Rangoon" debió estarse a la capa durante media jornada, manteniéndose con diez vueltas de hélice nada más, y tomando de sesgo a las olas. Todas las velas estaban arriadas, y aun sobraban todos los aparejos que silbaban en medio de las ráfagas.La velocidad del vapor, como es fácil concebirlo, quedó notablemente rebajada, y se pudo calcular que la llegada a Hong-Kong llevaría veinte horas de atraso y quizá más si la tempestad no cesaba.

Phileas Fogg asistía a aquel espectáculo de un mar furioso que parecía luchar directamente contra él, sin perder su habitual impasibilidad. Su frente no se nubló ni un instante, y sin embargo, una tardanza de veinte horas podía comprometer su viaje, haciéndole perder la salida del vapor de Yokohama. Pero ese hombre sin nervios no experimentaba ni impaciencia ni aburrimiento. Hasta parecía que la tempestad estaba en su programa y estaba prevista. Mistress Aouda que habló de este contratiempo con su compañero, lo encontró tan sereno como antes.

Fix no veía las cosas del mismo modo. Antes al contrario. La tempestad le agradaba. Su satisfacción no hubiera tenido límites si el "Rangoon" se llegase a ver obligado a huir ante la tormenta. Todas estas tardanzas le cuadraban bien, porque pondrían a mister Fogg en la precisión de permanecer algunos días en Hong-Kong. Por último, el cielo, con sus ráfagas y borrascas, estaba a su favor. Se encontraba algo indispuesto; ¡pero qué importa! No hacía caso de sus náuseas, y cuando su cuerpo se retorcía por el mareo, su ánimo se ensanchaba con satisfacción inmensa.

En cuanto a Picaporte, bien se puede presumir a que cólera se entregaría durante ese tiempo de prueba. ¡Hasta entonces todo había marchado bien! La tierra y el agua parecían haber estado a disposición de su amo. Vapores y ferrocarriles, todo le obedecía. El viento y el vapor se habían concertado para favorecer su viaje. ¿Había llegado la hora de los desengaños? Picaporte, como si debieran salir de su bolsillo, no vivía las veinte mil libras de la apuesta ya. Aquella tempestad lo exasperaba, la ráfaga lo enfurecía, y de buen grado hubiera azotado a aquel mar tan desobediente. ¡Pobre mozo! Fix le ocultó cuidadosamente su satisfacción personal, e hizo bien, porque, si Picaporte hubiera adivinado la alegría secreta de Fix, éste lo hubiera pasado mal.

Picaporte, durante toda la duración de la borrasca, permaneció sobre el puente del "Rangoon". No hubiera podido estarse abajo. Se encaramaba a la arboladura y ayudaba las maniobras con la ligereza de un mono, asombrando a todos. Dirigía preguntas al capitán, a los oficiales, a los marineros, que no podían menos de reírse al verle tan desconcertado. Picaporte quería a toda costa saber cuánto duraría la tempestad, y le designaban el barómetro que no se decidía a subir. Picaporte sacudía el barómetro, pero nada obtenía, ni aun con las injurias que prodigaba al irresponsa- ble instrumento.

Por fin la tempestad se apaciguó; el estado del mar se modificó en la jornada del 4 de noviembre. El viento volvió dos cuartos al Sur y se tornó favorable.


Jules Verne (Francia, 1828-1905).

viernes, 30 de septiembre de 2022

Septiembre: DE LA TIERRA A LA LUNA, de Jules Verne


Capítulo XVII: Un parte telegráfico 

Pudiera decirse que estaban terminados los grandes trabajos emprendidos por el Gun-Club, y, sin embargo, tenían aún que transcurrir dos meses antes de enviar el proyectil a la Luna. Dos meses que debían parecer largos como años a la impaciencia universal. Hasta entonces los periódicos habían dado diariamente cuenta de los más insignificantes pormenores de la operación, y sus columnas eran devoradas con avidez; pero era de temer que en lo sucesivo disminuyese mucho el dividendo de interés distribuido entre todas las gentes, y no había quien no temiese que iba a dejar pronto de percibir la parte de emociones que diariamente le correspondía.

No fue así. El más inesperado, el más extraordinario, increíble e inverosímil incidente volvió a fanatizar los ánimos anhelantes y a causar en el mundo una sorpresa y una sobreexcitación hasta entonces desconocidas.

Un día, el 30 de septiembre, a las tres y cuarenta y siete minutos de la tarde llegó a Tampa, con destino al presidente Barbicane, un telegrama transmitido por el cable sumergido entre Valentia (Irlanda), Terranova y la costa americana.

El presidente Barbicane rasgó el sobre, leyó el parte, y, no obstante su fuerza de voluntad para hacerse dueño de sí mismo, sus labios palidecieron y su vista se turbó a la lectura de las veinte palabras del telegrama.

He aquí el texto del mismo, que se conserva aún en los archivos del Gun-Club:

«Francia, París.
»30 septiembre, 4 h. mañana.
»Barbicane. Tampa, Florida.
»Estados Unidos.

»Reemplazad granada esférica por proyectil cilindro cónico. Partiré dentro. Llegaré por vapor Atlanta.

Michel Ardan.»

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

sábado, 19 de marzo de 2022

Día de reyes: 1919, de John Dos Passos

"... y entonces sacaba Veinte mil leguas de viaje submarino, un libro que guardaba debajo del colchón..."

(Fragmento de Richard Ellsworth Savage)

Al pensar en aquello recordaba el sol y el viento; Dick se cansaba y se sentía mal cuando trataba de recordar cómo había sido todo aquello y no conseguía estudiar las lecciones de mañana y entonces sacaba Veinte mil leguas de viaje submarino, un libro que guardaba debajo del colchón porque su madre le quitaba los libros que no fueran estrictamente para estudiar, y leyendo enseguida se olvidaba de todo, con sólo leer un poco le bastaba, y entonces no se sabía la lección al día siguiente.

A pesar de eso, se lo pasaba muy bien en la escuela y a los maestros les gustaba, en especial a la señorita Teazle, la profesora de inglés, porque hacía y decía cosas sin importancia que, sin llegar a ser atrevidas la hacían reír. La señorita Teazle dijo que demostraba una auténtica disposición para la redacción. Una Navidad, Dick le mandó unos versos que había escrito sobre el Niño Jesús y los Reyes Magos, y ella declaró que tenía grandes dotes.

John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970). 

miércoles, 11 de agosto de 2021

Venecia: ANALOGÍAS VENECIANAS DE JULES VERNE

"... durante el trayecto en un singular artefacto volador, se expresan algunas analogías con Venecia."

No deja de ser curioso que la mayoría de las novelas de Jules Verne giran en torno a las aventuras y peripecias de viajeros, como sería el caso de La vuelta al mundo en ochenta días o Cinco semanas en globo, y en ningún pasaje se hace mención alguna a Venecia. Si bien, éste no sería el caso de Robur, el conquistador, en cuyo capítulo VII, durante el trayecto en un singular artefacto volador, se expresan algunas analogías con Venecia:

"Phil Evans no se engañaba. Debajo del Albatros aparecía Montreal, muy conocido por el Victoria-Bridge, puente tubular lanzado sobre el San Lorenzo, como el viaducto del ferrocarril encima de las lagunas de Venecia. Además, se distinguían sus anchas calles, sus inmensos almacenes, los palacios de sus Bancos, y su catedral basílica, recién construida según el modelo de San Pedro de Roma; y en fin, el Mont-Royald, que domina el conjunto de la ciudad y del cual se ha hecho un parque magnífico."

Más adelante, en el décimo capítulo resulta más enfático:

"Durante la mañana, el Albatros voló sobre Srinagar, más conocido bajo el nombre de Cachemira. Uncle Prudent y su compañero vieron una magnífica ciudad exten- dida sobre las dos márgenes del río, sus puentes de madera tendidos como unos hilos, sus casas de recreo adornadas con ventanas rasgadas, sus vergeles sombreados por altos y copudos árboles, sus múltiples canales, con barcas como cáscaras de nueces y remeros como hormigas, sus palacios, templos, kioscos, mezquitas, sus bungalows a la entrada de los barrios, todo aquel panorama envuelto por la reverberación de las aguas; además, su antigua ciudadela de Hari Parvati, situada sobre una colina como el más importante de los fuertes de París enfrente del Monte Valeriano.

- Esto se llamaría Venecia -dijo Phil Evans-, si estuviéramos en Europa."

En su novela Una ciudad flotante, cuyo título por sí mismo merecería haberse dedicado a una exploración de Venecia, en el capítulo XXXVI refiere:

"El Saint-John y su gemelo el Dean Richmond, eran los más hermosos steam-boats del río; son más bien edificios que barcos. Tienen dos o tres pisos con plataformas, corredores, galerías y paseos, asemejándose a la morada flotante de un plantador; el conjunto lo dominan unos veinte postes empavesados y ligados entre si por armaduras de hierro que consolidan el total de la construcción: sus dos enormes tambores estaban pintados al fresco como los tímpanos de la iglesia de San Marcos de Venecia; detrás de cada rueda se eleva la chimenea de las dos calderas, las cuales no van colocadas dentro del casco del steamboat, precaución muy prudente para el caso de una explosión. En el centro, entre los tambores, se mueve una máquina de extremada sencillez: un cilindro, un émbolo que pone en movimiento un largo balancín, el cual sube y baja como el enorme martillo de una fragua y una sola biela que mueve el árbol de aquellas macizas ruedas."

Entre tantos viajeros que habitan y se desplazan por las páginas de la obra de Verne, uno de ellos es un noble veneciano de nombre Luis Conaro. Aparece en Claudio Bombarnac, traducida al español como A través de la estepa y en una versión más actual bajo el título de Aventura en el Transasiático, un tren similar al legendario expreso de Oriente. En el capítulo XII se establece que: "Estas maravillas se hallan en el mismo estado en que las encontró Marco Polo, el viajero veneciano del siglo XIII."

Entre las obras más conocidas de Verne, sólo en Veinte mil leguas de viaje subma- rino aparecen alusiones a Venecia, en un párrafo de su capítulo 11: El Nautilus.

"Además de las obras de arte, las curiosidades naturales ocupaban un lugar muy importante. Consistían principalmente en plantas, conchas y otras producciones del océano, que debían ser los hallazgos personales del capitán Nemo. En medio del salón, un surtidor iluminado eléctricamente caía sobre un pilón formado por una sola tridacna. Esta concha, perteneciente al mayor de los moluscos acéfalos, con unos bordes delicadamente festoneados, medía una circunferencia de unos seis metros; excedía, pues, en dimensiones alas bellas tridacnas regaladas a Francisco I por la República de Venecia y de las que la iglesia de San Sulpicio, en París, ha hecho dos gigantescas pilas de agua bendita."

De lo anteriro se puede inferir que el papel de Venecia en la extensa obra de Verne resulta apenas limitado. Sobre todo si se toma en cuenta el enfásis que ponen sus protagostas para trasladarse a los más variados puntos del planeta.

Jules Etienne 

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

sábado, 6 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: KERABÁN EL TESTARUDO, de Jules Verne

"Si durante el día aparece triste, insulsa y lamentable como en un miércoles de ceniza..."

(Fragmento del capítulo I: En el cual Van Mitten y su criado Bruno se pasean, miran y hablan sin comprender nada de lo que ven)

- Encuentro que es algo largo este ayuno del Ramadàn.

- ¡Como todos los ayunos!

Otros dos extranjeros, que se paseaban por delante del café, cambiaban sus impresiones sobre el particular.

- ¡Qué raros son estos turcos! -decía uno de ellos-. En verdad que si un viajero cualquiera visitase Constantinopla, durante esta especie de obligada cuaresma, llevaría una idea bien triste de la capital de Mahomet II.

- Sin embargo -replicó el otro-, Londres no es mucho más alegre los domingos, y si los turcos ayunan durante el día, se desquitan durante la noche, pues con el cañonazo que anuncia la puesta del sol comienzan a tomar las calles su habitual aspecto y a sentirse el olor de la carne asada, mezclada con el perfume de las bebidas y con el humo de los chibuquíes y cigarrillos.

En corroboración de lo antedicho, llamó el cafetero al mozo de su establecimiento, diciéndole:

- Es necesario que todo esté dispuesto. Dentro de una hora afluirán los ayunadores y no sabremos cómo entendérnoslas.

Los dos extranjeros continuaron su conversación, diciendo:

- Creo que Constantinopla ofrece más curiosidades en este período del Ramadàn. Si durante el día aparece triste, insulsa y lamentable como en un Miércoles de Ceniza, en cambio, son sus noches alegres, ruidosas y desordenadas como un Martes de Carnaval.

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

viernes, 29 de mayo de 2020

Epidemias: EL DOCTOR OX, de Jules Verne

"Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera."

(Fragmento del capítulo X)

En el cual se verá que la epidemia invade la población entera y el efecto que produce

Durante los meses que siguieron, el mal, en vez de disiparse, no hizo más que exten- derse. De las casas particulares, pasó a las calles. La población de Quiquendone no era ya la misma.

Y, fenómeno más extraño aún que los observados hasta entonces, no solamente el reino animal, sino también el vegetal, estaban sometidos a esa influencia. Según el curso ordinario de las cosas, las epidemias son especiales. Las que atacan al hombre no se ceban en los animales, las que persiguen a éstos dejan libres a los vegetales. Jamás se ha visto a un caballo atacado de viruela, ni a un hombre de la peste bovina, así como los carneros no pescan la enfermedad de las patatas. Pero en Quiquendone todas las leyes de la naturaleza parecían trastornadas. No tan sólo se habían modificado el temperamento, el carácter y las ideas de los quiquendoneses, sino que los animales domésticos, perros o gatos, bueyes o caballos, asnos o cabras, sufrían aquella influencia epidémica, como si su medio habitual se hubiera cambiado. Las mismas plantas se emancipaban, si se quiere perdonarnos esta expresión.

En efecto, en los jardines, en las huertas, en los vergeles, se manifestaban síntomas sumamente curiosos. Las plantas enredaderas trepaban con más audacia. Los arbustos se tornaban árboles. Las semillas apenas sembradas ostentaban su verde brote y en igual transcurso de tiempo alcanzaban en pulgadas lo que antes y en las circunstancias más favorables crecían en líneas. Los espárragos llegaban a dos pies de altura; las alcachofas se hacían tan gruesas como melones, y éstos como calabazones, los cuales llegaban al tamaño de la campana mayor, que contaba nueve pies de diámetro. Las berzas se tornaban arbustos y las setas en paraguas.

Las frutas no tardaron en seguir el ejemplo de las verduras. Se necesitaban dos personas para comer una fresa y cuatro para una pera. Los racimos de uva eran todos iguales al pintado tan admirablemente por Poussin en su «Regreso de los enviados a la Tierra Prometida».

Jules Verne (Francia, 1828-1905).

viernes, 21 de septiembre de 2018

Equinoccio: UN DRAMA EN MÉXICO, de Jules Verne

"... del fuerte de San Diego. Este último, provisto de treinta piezas de artillería, dominaba toda la rada..."
 
(Fragmento)

En esta época, Acapulco estaba protegido por tres bastiones que la flanqueaban por la derecha, mientras que la bocana del puerto estaba defendida por una batería de siete cañones que podía, si era preciso, cruzar sus fuegos en ángulo recto con los del fuerte de San Diego. Este último, provisto de treinta piezas de artillería, dominaba toda la rada y podía hundir, con toda certeza, cualquier navío que intentara forzar la entrada del puerto.
 
La ciudad no tenía, pues, nada que temer; no obstante, tres meses después de los acontecimientos arriba descritos, fue sobrecogida por un pánico general.
 
En efecto, se había indicado la presencia de un navío en alta mar. Sumamente inquietos por las intenciones de la embarcación sospechosa, los habitantes de Acapulco se sentían poco seguros. La causa era que la nueva Confederación aún temía, y no sin razón, la vuelta de la dominación española; porque, a pesar de los tratados de comercio firmados con Gran Bretaña y por más que hubiera llegado ya de Londres un embajador que había reconocido a la nueva República, el gobierno mexicano no tenía ni un solo navío que protegiera sus costas.
 
Quien quiera que fuese, el barco no podría pertenecer más que a un osado aventurero, y los vientos del nordeste que tan furiosamente soplan en estos parajes desde el equinoccio de otoño a la primavera, iban a someter a dura prueba sus relingas. Por eso los habitantes de Acapulco no sabían qué pensar, y se preparaban, por si acaso, a rechazar un desembarco extranjero, cuando el tan temido navío ¡desplegó en lo alto del mástil la bandera de la independencia mexicana!
 
Llegado casi al alcance de los cañones del puerto, la Constancia, cuyo nombre se podía distinguir claramente en el espejo de popa, fondeó repentinamente. Se plegaron las velas en las vergas y desabordó una chalupa que poco después atracaba en el muelle.
 
Tan pronto como desembarcó, el teniente Martínez se dirigió a la casa del gobernador y le puso al corriente de las circunstancias que hasta él le traían. Este aprobó la determinación del teniente de dirigirse a México para obtener del general Guadalupe Victoria, presidente de la Confederación, la ratificación del trato. Apenas fue conocida esta noticia en la ciudad, estallaron los transportes de alegría. Toda la población acudió a admirar el primer navío de la marina mexicana, y vio en su posesión, junto con una prueba de la indisciplina española, el medio de oponerse más radicalmente aún a cualquier nueva tentativa de sus antiguos dueños.

 
Jules Verne (Francia, 1828-1905).
 
La ilustración corresponde a la entrada al fuerte de San Diego, en Acapulco.

martes, 14 de agosto de 2018

Algunos solsticios de novela


Son abundantes las novelas que se ocupan del solsticio, tanto el correspondiente al invierno como el de verano, al que le hemos dedicado estos últimos dos meses en Mitos y reincidencias. La obra más simbólica podría ser el relato Las noches blancas, de Dostievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en San Petersburgo, en Rusia, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que el sol brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

En una novela comentada previamente, París en el siglo XX, de Jules Verne, la presencia del solsticio de verano es exaltada en el siguiente párrafo:
 
"Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un patio impedían que entrara. Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente."

Por su parte Umberto Eco, en El péndulo de Foucault, le concede una importancia dramática que lo vuelve esencial como punto de referencia en la trama: "Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad."
 
En El último adiós, de la australiana Kate Morton, se lee: "Había pasado casi un año entero desde que lo vio por primera vez. Llegó a Loeanneth el verano de 1932, durante ese glorioso periodo seco en el que, con toda la emoción de la fiesta de solsticio detrás de ellos, no había nada que hacer salvo entregarse al soporífero calor."
 
Por último, en la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine narcisista y arrogante, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. El capítulo 24 se inicia estableciendo desde el primer párrafo: "Ese sábado por la tarde, la aldea estaba celebrando el solsticio de verano con fuegos artificiales y fogatas en la playa. A lo largo de todo el día se escucharon las explosiones."

Estas son apenas unos cuantos títulos que refieren este fenómeno natural que hace sólo unas semanas tuvo lugar en el hemisferio boreal. Para una relación más detallada se puede visitar la etiqueta relativa al solsticio en este mismo blog.

Jules Etienne

domingo, 5 de agosto de 2018

Solsticio: PARÍS EN EL SIGLO XX, de Jules Verne


(Fragmento)

Debería darle el sol a mediodía; pero las altas paredes de un patio impedían que entrara. Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana, se posaba como un pájaro en el ángulo de un estante o sobre el lomo de un libro, temblaba allí un instante y coloreaba con su proyección luminosa los pequeños átomos de polvo; después, al cabo de un minuto, retomaba vuelo y se marchaba hasta el año siguiente. El tío Huguenin conocía este rayo de luz, que era siempre el mismo; lo acechaba, con el corazón palpitante, con la atención de un astrónomo; se bañaba en su luz bienhechora, regulaba la hora de su viejo reloj a su paso, y agradecía al sol por no haberlo olvidado.


Jules Verne (Francia, 1928-1905).

sábado, 4 de agosto de 2018

El solsticio de verano según Jules Verne


 
Para Jules Verne, a quien se le reconocía como miembro de diferentes agrupaciones secretas -tal sería el caso de los Rosacruces y la Sociedad de la Niebla-, la celebración de los solsticios, tanto el de verano como el invernal, era de particular trascendencia. De ahí que hasta la lápida de su propia tumba fuese una suerte de acertijo iniciático. J. J. Benítez en su obra Yo, Julio Verne, decía respecto al uso de una expresión enigmática relativa al verano: "... esa jornada sólo podía ser la del solsticio; es decir, en el caso del verano, una fecha mágica y sagrada desde la más remota antigüedad. El día más largo, que simboliza el triunfo del sol. Tratándose, por tanto, de la época estival, ese «día mágico» sólo podía señalar el 21 de junio." Y más adelante, prosigue el propio Benítez:

«Aquello», ni remotamente intuido, sí tenía sentido. El sol, en efecto, «por el camino del oeste», en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro..., justamente en el «día mágico» del verano.

Salté como un gato sobre la hornacina. No había duda: la mano abierta de «Verne» proyectaba su sombra sobre el muro, oscureciendo dos de los dieciséis conceptos que integran la mencionada leyenda: ¡1828 y 1905! El resto, en cambio, aparecía iluminado por la ya débil radiación solar.

El fenómeno, naturalmente, tuvo una escasa duración. A los pocos minutos, todo volvió a la normalidad. Incrédulo y nervioso repetí las mediciones. Situé la brújula sobre la frente del «hombre» de mármol. El cálculo era correcto: oeste. Y otro tanto sucedió con la mano derecha. Ambos —rostro y mano— miran exacta e intencionadamente hacia poniente.

Entonces, si no era víctima de un alucinación, el enigma empezaba a cobrar sentido...

Roze, de acuerdo con los cálculos de Verne, había esculpido y situado el monumento de forma tal que, durante la puesta de sol de cada solsticio de verano, la mano derecha sombreara parte de la leyenda funeraria.

Ésta tenía que ser la «señal»...

En cuanto a la constante presencia de los solsticios en el conjunto de su obra, en esta ocasión me limitaré a aquellas que se refieran al que tiene lugar al principio del verano, esto es, al día más luminoso del año: "Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal..", según sus propias palabras en Robur, el conquistador. Y en París en el siglo XX, novela de la que ya me he ocupado en ocasiones anteriores, decía: "Una sola vez en el año, el solsticio del 21 de junio, si hacía buen tiempo, el más alto de los rayos del astro radiante rozaba el techo vecino, se deslizaba velozmente por la ventana..."

En su clásica aventura Veinte mil leguas de viaje submarino, se vale de los equinoccios y los solsticios para establecer la ubicación del submarino Nautilus. Cabe la acotación de que el siguiente fragmento corresponde al capítulo 14 de la segunda parte, titulado El polo sur, por lo que las fechas en el hemisferio austral son las opuestas a las que estamos acostumbrados quienes habitamos en el norte:

Era la fatalidad. Imposible efectuar la observación. Y si ésta no podía hacerse al día siguiente, tendríamos que renunciar definitivamente a fijar nuestra posición. En efecto, aquel día -era precisamente el 20 de marzo. Y al día siguiente, 21, el día del equinoccio, el sol, si no teníamos en cuenta la refracción, desaparecería del horizonte por un período de seis meses y con su desaparición comenzaría la larga noche polar. Surgido con el equinoccio de septiembre por el horizonte septentrional, el sol había ido elevándose en espirales alargadas hasta el 21 de diciembre. Desde ese día, solsticio de verano de las regiones boreales, había ido descendiendo y ahora se disponía a lanzar sus últimos rayos.

En contraste, su novela Una invernada entre los hielos acontece en el Ártico y este es un par de párrafos del séptimo capítulo:

Según la costumbre de los navegantes árticos, el aparejo permaneció tal como estaba; las velas fueron cuidadosamente plegadas sobre las vergas y metidas en su funda, y el nido de cornejas se quedó en su sitio, tanto para permitir observar a lo lejos corno para atraer la atención sobre el navío.

El sol ya apenas se levantaba por encima del horizonte. Desde el solsticio de junio, las espirales que había descrito eran cada vez más bajas, y no tardaría en desaparecer del todo.

Si bien en Los náufragos del Jonathan habla del solsticio de junio, esto sucede de nueva cuenta, al igual que en Veinte mil leguas de viaje submarino, desde una perspectiva al sur del planeta:

Estos, como niños grandes que eran, gozaron del sol mientras éste brilló, después, volviendo el cielo a mostrarse inclemente, se escondieron en sus refugios viviendo, confinados allí, como la primera vez, para salir en cuanto volvió a aclarar. Transcurrió así un mes, con alternativas de días buenos, poquísimos, y de malos que fueron muy numerosos, y se llegó al 21 de junio, fecha del solsticio de invierno en el hemisferio austral.

Aunque luego, en los pasajes culminantes del mismo relato, se refiere a los días largos y las noches breves:

Se estaba llegando al solsticio de verano. La noche cerrada apenas si duraba cuatro horas. Desde las dos de la mañana, el cielo se iluminó con los primeros resplandores del alba. De un mismo impulso, los hostelianos se dirigieron entonces al espaldón del sur, desde donde vislumbraron la larga línea del campamento enemigo.

Finalmente, no está de más consignar que las alusiones al solsticio en El volcán de oro, corresponden al invierno: "no se sabría decir si por la tarde o por la mañana, ya que en esa época del año, próxima al solsticio, ya no había mañana ni tarde." Lo mismo que en El rayo verde: "Además, aquel horizonte se dibujaba en el suroeste, es decir, en un segmento de arco que el astro radiante roza sólo en la época del solsticio de invierno."

El texto correspondiente al día de mañana lo estaré dedicando al párrafo completo de París en el siglo XX que aquí he mencionado de manera sucinta.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a la tumba de Jules Verne en el cementerio La Madeleine, en Amiens, Francia.

jueves, 21 de junio de 2018

Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO


Las menciones al solsticio en la literatura, tanto en novelas y relatos como en la poesía, suelen darse de manera indistinta entre el invernal y el que corresponde al estío. Llegado el momento preciso, en diciembre, me ocuparé del primero de ellos con la amplitud que se merece, pero ahora, por tratarse de la época en que estamos al norte del planeta, me referiré únicamente al que nos concierne en el inicio del verano.

Robert Graves explicaba en Los mitos griegos que “En Atenas las muchachas salían a la luz de la luna llena en el solsticio de verano para recoger rocío —la misma costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta el siglo pasado— para fines sagrados. El festival se llamaba las Herseforias, o «recolección de rocío».”

Resulta difícil encontrar a otro experto en el tema de los solsticios más calificado que el rumano Mircea Eliade. En Tratado de historia de las religiones establece su importancia: “Muchas hierofanías arcaicas del sol se han conservado en las tradiciones populares, integradas en mayor o menor grado en otros sistemas religiosos. Las ruedas en llamas que se hacen rodar montaña abajo en los solsticios, sobre todo en el solsticio de verano; las procesiones medievales en las que llevaban ruedas montadas en carros o en barcas, de las que se conocen antecedentes prehistóricos; la costumbre de atar hombres a las ruedas (en “la caza fantástica”, por ejemplo)…”

El propio Eliade es autor de las novelas Isabel y las aguas del diablo y La noche de San Juan, en las que el solsticio de verano se erige como un elemento dramático esencial en su estructura narrativa. Por ese motivo, antes de agotar este tema, más adelante incluiré un texto dedicado exclusivamente a comentar dicho autor.

La obra más simbólica al respecto podría ser el relato Las noches blancas, de Dostoievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en algunas regiones de Rusia, como en San Petersburgo, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que la luz brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

Es muy frecuente que se haga referencia al solsticio de verano en la noche de San Juan, aunque no coincidan sus fechas, puesto que el día más luminoso suele ser el 21 de junio, como lo establecen Jules Verne en su novela Robur, el conquistador: “Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal…” y James Joyce en el capítulo 17 –se dice que era su favorito-, de Ulises: “… durante las noches cada vez más largas que seguían gradualmente al solsticio de verano en el día siguiente más tres, a saber, el martes, 21 de junio (San Luis Gonzaga), el sol sale a las 3.33 de la mañana, se pone a las 8.29 de la tarde.”

En tanto que la noche de San Juan tiene lugar tres días después, como aclara Marguerite Yourcenar en Los fuegos del solsticio: “El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.” Por eso es que en algunas de las versiones al español del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, prefieren llamarlo Sueño de una noche de San Juan, como sería el caso de la traducción de Luis Astrana Marín.

Y a propósito de Marguerite Yourcenar, el siguiente es un párrafo de su novela Memorias de Adriano: “Días alciónicos, solsticio de mi vida… Lejos de embellecer mi dicha distante, tengo que luchar para no empalidecer su imagen; hasta su recuerdo es ya demasiado fuerte para mí.”
 
Por su parte, la costarricense Yolanda Oreamuno, autora de La ruta de su evasión, escribió: ".... fue en el solsticio de un verano...viajaban hacia la ciudad unas mujeres de largas crines, rizadas...oscuras como el azabache... con atuendos vivaces y conspicuos atributos....acarreaban gigantescos frutos....soñé que llegaban desde Canaán... pero respondieron con voces altaneras que procedían de Fanzara....la otra tierra de promisión..."
 
Para no dejar a los autores en nuestra lengua, habría que mencionar Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier: “Yo había visto a las parejas ascender, en noches de solsticio, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos votivos, desprovistos ya de todo sentido.” El otro, menos conocido, es el uruguayo Francisco Piria, a su novela El socialismo triunfante corresponde “Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el solsticio de verano."

Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920, hace una de las descripciones más logradas sin tener siquiera que mencionar la palabra solsticio en su novela Pan:

Comenzó a no haber noche, el sol apenas sumergía su disco en el mar para volver a emerger, rojo y renovado, como si se hubiera sumergido a beber. Por la noches se me ocurrían las cosas más extrañas; ningún ser humano podría creerlas. ¿Pan estaba sentado en un árbol observando mi comportamiento? ¿Tenía el estómago abierto, y estaba tan encogido que bebía de su propio estómago? Hacía todo eso sólo para espiarme, y el árbol entero temblaba con su risa callada cuando veía que mis pensamientos se desbordaban. El bosque entero estaba ajetreado: animales que husmeaban, pájaros que se llamaban los unos a los otros y cuyos reclamos llenaban el aire. Era el año del vuelo del abejorro, sus zumbidos se mezclaban con los de las mariposas nocturnas, parecían susurros, susurros que recorrían el bosque. ¡Cuántas cosas podían escucharse! No dormí en tres noches pensando en Diderik e Iselin."
 
Para Jules Verne, quien era miembro de algunas sociedades secretas, el solsticio tenía un gran valor simbólico. Por eso es frecuente que se encuentren referencias a dicho fenómeno en varias de sus novelas, además de la ya citada Robur, el conquistador, como sería el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, París en el siglo XX o Los náufragos del Jonathan, entre otras. Pero ese es un tema que también estaré abordando en su momento.
 
Esos serían algunas autores notables. La lista podría ampliarse incluyendo a Tim Powers, escritor estadounidense considerado como el alumno más destacado de Philip K. Dick -autor del relato que dio origen a la película de culto Blade Runner-, y en La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard), ubica el acontecimiento en determinado momento de la narración: “Aquella noche era el solsticio de verano, y los dos se quedaron levantados hasta una hora más tardía que cualquiera de los demás ocupantes de la casa, aunque podían oír a Ed Williams hablando en voz baja en su habitación, seguramente con su esposa.”

También la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad, acontece durante la celebración del solsticio de verano. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. Y al llegar a este punto me he topado con una curiosa coincidencia, porque en la pieza escénica La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, la protagonista no sólo se llama igual que la adolescente de Casa de verano con piscina, sino que la acción da principio durante el mismo festejo, como queda establecido en uno de sus parlamentos: “¿Se trata quizás de algún filtro mágico que las señoras preparan en la noche de San Juan? ¿Algo con que poder leer en las estrellas propicias del nombre de nuestra prometida?”.

Y a propósito de teatro, en La noche de San Juan, obra de Lope de Vega, el personaje de Pedro asegura que: “Extrañas cosas suceden una noche de San Juan”.

Desde Cervantes en Don Quijote y Dante en la Divina Comedia hasta Henry Miller en Trópico de Capricornio, pasando por La montaña mágica, de Thomas Mann o El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, relatos de Rudyard Kipling, Hermann Hesse y Julio Cortázar, el solsticio siempre ha estado presente en la literatura, como lo podremos corroborar en los días subsecuentes.
 
Este es el archivo correspondiente al solsticio aquí en Mitos y reincidencias:
 

Jules Etienne