Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 12 de julio de 2024

Mirándolas dormir: CACHONDEOS, ESCARCEOS Y OTROS MENEOS, de Camilo José Cela

"Después expelió un cuesco abacial y se quedó dormida sobre la mesa."

Los amores paganos


(Fragmento)

Mi invitada cenó revuelto de ajos frescos, patatas con angulas en salsa verde (dos raciones), rabo de buey estofado y jamoncitos de zancarrón, y bebió vermú y gaseosa; de postre tomó arroz con leche con chinchón dulce y torrijas con moscatel. Después expelió un cuesco abacial y se quedó dormida sobre la mesa.

¡Criaturita! Llegado que hubimos a su señorial mansión, el sereno del comercio y vecindad (a lo mejor era un bombero de paisano) me ayudó a desnudarla y a soltarle el corsé y, a renglón seguido, mientras yo cantaba la jota de La Dolores bajo la ducha donde me había metido al objeto de refrescar las partes, la enguiló presto y por derecho, quizá para que no se desencuadernara demasiado y desmereciera al tacto y a la vista.

- ¿Qué tal? ¿Qué tal?

¡Vaya! ¡Para lo que se estila, tampoco hay queja! En peores garitas hizo uno guardia y, gracias sean dadas a Dios, aquí sigo sin que se me haya caído nada todavía.

Camilo José Cela
(España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

lunes, 11 de abril de 2022

Día de reyes: LOS REYES MAGOS NO EXISTEN, Camilo José Cela, Gabriel García Márquez y Cabrera Infante

"Los pesebres domésticos eran prodigios de la imaginación familiar..."

"Como alguien nos dijo -hace muchos años ya- que era un tanto dudosa la existencia de los Reyes Magos cabalgando sus caballos alados y velocísimos con un completo bazar a cuestas, por todos los caminos el mundo, nosotros miramos, pasado el primer momento de estupor, para nuestros zapatos, para nuestros traidores zapatos que, estando en el secreto, tan callado se lo tenían." Así principia la crónica de Camilo José Cela titulada Los zapatos de la Noche de Reyes, escrita a principios de los años sesenta y que rescata ese momento de desengaño en la vida de cualquier niño que comienza a dejar de serlo.

"Nosotros los miramos implacablemente -no más que un momento- y nuestros zapatos, como en las últimas confesiones, mostraron un ejemplar arrepentimiento que nos desarmó. Pero ¡ay!, que no nos quitó de encima el disgusto, el inmenso y doble disgusto que invadía nuestro corazón. Grande como las montañas y doble, decíamos, porque pecaba contra la lealtad y la fantasía."

Y prosigue el desencanto: "Aquella mañana se borró de nuestra mente todo un mundo misterioso, afable y sobrecogedor, y otro mundo -si no misterioso, indescifrable; si no lleno de amabilidad, si pletórico de hiel; si no sobrecogedor como un cuento de brujas en la alta noche, sí espantable como una cierta y concreta terrible evidencia- pasó a llenar la infantil cabeza recién vacía, como un vaso que se derrama."

Años después, en diciembre de 1980, Gabriel García Márquez, publicó el artículo Estas navidades siniestras, en el que expresaba: "Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de la imaginación familiar. El Niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más pequeñas que la virgen y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los reyes magos el camino de salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau."

Después de eso, García Márquez -al igual que le aconteció a Cela-, recuerda su amarga confrontación con el realismo del mundo adulto:

"La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los reyes magos -como sucede en España con toda razón- sino el Niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión, no sólo porque yo creía de veras que era el Niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque habría querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños y me quedé en el limbo. Aquel día -como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdería la inocencia. Pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora."Mi madre se rió con una risa apenada.

El cubano Guillermo Cabrera Infante, en un texto autobiográfico que lleva por título El día que terminó mi niñez, narra:

"- Todavía eres más niño de lo que yo pensaba. No es eso, es referente a los Reyes Magos.

 Por fin: lo había visto venir desde el principio. ¿Qué será?

 - ¿Lo de los Reyes?

 - Sí, hijito, lo de los Reyes. ¿No te diste cuenta que ella trataba de decirles a ustedes que los Reyes no existían?

 No me había dado cuenta de ello, pero comenzaba a darme cuenta de lo que mi madre se traía entre manos. Ella tomó aliento.

 - Pues bien: ella lo hizo sin malicia, pero de despreocupada que es, yo lo hago por necesidad. Silvestre, los Reyes Magos no existen.

 Eso fue todo lo que dijo. No: dijo más, pero yo no oí nada más. Sentí pena, rabia, ganas de llorar y ansias de hacer algo malo. Sentí el ridículo en todas sus fuerzas al recordarme mirando al cielo en busca del camino por donde vendrían los Reyes Magos tras la estrella. Mi madre no había dejado de hablar y la miré y vi que lloraba.

 - Mi hijito, ahora quiero pedirte un favor: quiero que mañana vayas con este peso y compres para ti y para tu hermano algún regalito barato y lo guardamos hasta pasado. Tu hermano es muy chiquito para comprender.

 Eso o algo parecido fue lo último que dijo, luego agregó: «Mi niño», pero yo sentí que no era sincera, porque esas palabras no me correspondían: yo no era ya un niño, mi niñez acababa de terminar.

 Pero las lecciones de la hipocresía las aprende uno rápido y hay que seguir viviendo. Todavía faltaban muchos años para hacerme hombre, así que debía seguir fingiendo que era un niño. Al día siguiente me encontré con Fernandito cuando venía de la tienda. Llevaba yo bajo el brazo un par de sables de latón y sus vainas y un pito de auxilio, que me habían costado setenta centavos. Me acerqué a Fernandito que pretendía no haberme visto.

 - Oye, Fernandito -le dije, amistoso-, un amigo vale más que un secreto. Te voy a decir lo que le pedí a los Reyes.

 Me miró radiante, sonriendo.

 - ¿Sí? ¿Dime, dime qué cosa?

 - Un sable de guerra.

 Y para completar el gesto infantil, imité un guerrero con su sable en la mano, el pelo revuelto y una mueca de furia en el rostro."

En fin, que los reyes magos no existen pero en algún momento fueron posibles porque en el universo infinito de la imaginación infantil así quisimos que fuese. Negarlos, dice Cela, es pecar contra la fantasía, al hacerlo, según García Márquez, habremos perdido la inocencia. Parecerá ridículo, pero he decidido volver a dejar mis zapatos a la vista durante la próxima noche de reyes, sólo para "seguir creyen- do". Qué importa que amanezcan vacíos.

Jules Etienne

miércoles, 5 de mayo de 2021

Miércoles de ceniza: EL ASESINATO DEL PERDEDOR, de Camilo José Cela


(Fragmento inicial)

Un miércoles de ceniza de hace ya muchos años, lo menos doscientos años, el caballero Michael Percival el Agachadizo, se encaró con su propia silueta y desenfundando el cuchillo de monte, el de rematar jabalíes, cortar cayados de cerezo o sabina o haya y grabar corazones y flechas en la corteza de los fresnos, le habló con cierta estudiada serenidad y a media voz.

- Con este cuchillo puedos quitaros la vida con facilidad pero no voy a hacerlo, sólo quiero advertiroslo. Escuchademe con atención. No despreciéis jamás el enemigo, procurad contagiarle alguna enfermedad humillante, tampoco es preciso, digamos el sida o la lepra o la nostalgia, si os sintierais alemán podríais recurrir a las paperas, basta con cualquier enfermedad vergonzosa, cualquier enfermedad tediosa y secreta, quizá con ambos matices a la vez, y mostraos muy orgulloso y compungido en el en- tierro, grandes alaridos, ya sabéis, llanto y sudor, también baba y espuma y pus, gra- nos de pus, esto es más difícil.

Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989).

lunes, 3 de diciembre de 2018

Día de los muertos: MAZURCA PARA DOS MUERTOS, de Camilo José Cela

"... antes era costumbre ir a tocar la gaita y a comer rosquillas al camposanto..."
 
(Fragmento)

El día de difuntos conviene pasarlo en paz, antes era costumbre ir a tocar la gaita y a comer rosquillas al camposanto, pesan mucho los muertos y nadie debe distraerse.
 
- ¿Podrán contarse alguna vez todos los muertos?
 
- Nunca jamás, hay quien dice que los muertos crían más muertos, puede ser pero a mí no me lo parece.
 
El día de difuntos del año 1939 ya había empezado la segunda guerra mundial, el día de San Carlos va poco después del día de difuntos, el día de San Carlos del año 1939 y convocados por Robín Lebozán se juntan veintidós hombres, todos parientes de la sangre, en casa de la señorita Ramona: Raimundo el de los Casandulfes, nadie le llama nunca por el apellido porque encierra mucho dolor, ésta es una historia cuyo cuento sería muy largo y doloroso...
 
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

domingo, 1 de julio de 2018

Noche de San Juan: MAZURKA PARA DOS MUERTOS, de Camilo José Cela

"El que cruza la laguna de Antela pierde la memoria..."

(Fragmento)
 
En el fondo de la laguna de Antela duerme, sepultada bajo las aguas, la ciudad de Antioquía, que paga por los siglos de los siglos sus pecados nefandos. Un amo no puede darse gusto a la carne con la carne del pastor de sus cabras, aunque después lo estrangule con el cinto, porque eso lo prohíbe la ley de Dios; tampoco un lobo puede montar a una cierva, ni una mujer coronar de flores a otra mujer desnuda, preñada o leprosa. Los muertos de Antioquía piden perdón volteando las campanas la noche de San Juan, pero ni les llega ni les llegará nunca porque están condenados por toda la eternidad. El que cruza la laguna de Antela pierde la memoria, no sé si yendo de aquí para allá o viniendo de allá para aquí, y al rey Artús, cuando andaba a la busca del Santo Grial, los soldados se le volvieron mosquitos; la laguna de Antela está llena de mosquitos, también hay ranas y culebras de agua.
 
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002).
Obtuvo el premio Nobel en 1989.
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la Laguna de Antela en Galicia, España.

jueves, 29 de marzo de 2018

Nieve: MRS. CALDWELL HABLA CON SU HIJO, de Camilo José Cela

"Amo la nieve sucia, la nieve pisada por las gentes que no sé cómo se llaman."

(Párrafo del capítulo 144: La  nieve sucia)

Amo la nieve sucia, la nieve pisada por las gentes que no sé cómo se llaman. Sobre esta nieve dulcemente sucia me dejaría morir de abandono. Sobre esta nieve carnalmente sucia pienso que no me habría de pesar la muerte. Yo amo la nieve sucia, la nieve entregada a todos los hombres de la ciudad.
 
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Eclipse: SAN CAMILO, 1936, de Camilo José Cela

"... es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor vuela..."

(Fragmento de la segunda parte: El día de San Camilo)
 
Don Máximo sabe que algo acontece, no hay noticias muy concretas pero algo acontece, don Diego le llama por teléfono, véngase por aquí, ¿pasa algo don Diego?, usted véngase por aquí, ¿no ha oído la radio?, no señor, pues hay que oír la radio, usted véngase por aquí y le informaré, allá voy, en cinco minutos estaré en su casa, hay noticias de que el ejército de Marruecos se ha sublevado, son muy confusas y contradictorias pero conviene estar listos para hacer frente a los acontecimientos, usted manda don Diego, usted sabrá lo que debemos hacer, lo que yo le digo es que estamos sobre un polvorín, tiene usted razón, lo que más me preocupa es que el polvorín ha empezado a arder, convoque usted a la minoría para dentro de una hora, no debe faltar nadie, convoque también a don Felipe Sánchez Román, sí señor. De repente es como un fogonazo, también como un eclipse, la radio la escucha poca gente pero el rumor en cambio vuela a una velocidad increíble, tarda en arrancar pero después se extiende vertiginoso, ¿Cómo un reguero de pólvora?, eso, como un reguero de pólvora, en una ciudad de un millón de habitantes basta con que dos docenas oigan la radio, si el rumor nace de doce chorros diferentes inunda en dos horas la ciudad.
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

jueves, 27 de abril de 2017

Carnaval: MAZURCA PARA DOS MUERTOS, de Camilo José Cela

"... esto no es la justicia y sí la careta del carnaval de los mudos..."

(Fragmento)

- A lo mejor es la única que hay en toda Galicia, acaba de traérmela el mayor de los Venceás de Portugal, guárdala bien.
 
Fue un error encargar el ajuste de cuentas al cuerpo jurídico, lo hubiera hecho mejor la infantería, más rápido y clemente, alguna pifia no importa, en la Eneida se lee que los dioses también marran el abrazo, tampoco algún desmán hubiera importado, lo grave no es la confusa violencia del valeroso putero y bebedor que se sabe jugar la vida con elegancia y con desprecio sino la del cobarde administrativo, cobarde escalafonario, que sólo sabe ganarla con cautelosa avaricia, es un tipo repugnante y baboso, lo malo es la fría y mantenida violencia de la mediocridad empapelando el lozano chorro de la vida, esto no es la justicia y sí la careta del carnaval de los mudos, es peor la polilla de la covachuela que la bestia del monte, es más ruin y vengativa, entonces el hombre se desorienta, se desquicia y cae, no se aburre y huye y se mata, no, sino que se asusta y se encoge y languidece, se está haciendo lo más amargo y torpe, se está dando pábulo a la necedad y al reglamento, no tienes más que leer el periódico para enterarte, esto no es justo ni gallardo, la justicia es aún un sueño muy poco maduro y la gallardía se quedó en triste flor ajada por el balduque: a las seis de la mañana del día de ayer, en cumplimiento de las setenta y tres sentencias de muerte dictadas por el consejo de guerra celebrado el jueves, etc.
 

Camilo José Cela (España, 1916-2002). Obtuvo el premio Nobel en 1989.

jueves, 23 de enero de 2014

El paso de Camilo José Cela por Sudamérica

 
En contraste con los autores sudamericanos -Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Ernesto Sabato-, de quienes ya hemos visto se refieren al mes de enero con los calificativos propios del verano, Camilo José Cela, desde su perspectiva hispana inicia su Divagación ante la navidad subrayando la presencia de la nieve como una suerte de requisito: "Si la navidad, sin albo sombrero aquí en el hemisferio norte, virase con el mundo cualquier mañana para presentársenos de pronto florida y primaveral, un temblor de desasosiego recorrería, tembloroso, como un ciempiés con sus mil patitas dormidas, el espinazo de la humanidad."

Animada por esa misma idea parecería la siguiente descripción que aparece en su novela La colmena: "Han pasado tres o cuatro días. El aire va tomando cierto color de Navidad. Sobre Madrid, que es como una vieja planta con tiernos tallitos verdes, se oye, a veces, entre el hervir de la calle, el dulce voltear, el cariñoso voltear de las campanas de alguna capilla."

Siendo la hispanofilia una de las características recurrentes en su trabajo literario -Juan Carlos Mainer advierte "una alacena de desplantes castizos" en su obra-, su perspectiva iberocéntrica no constituye ninguna sorpresa. Sobre todo si se toma en cuenta que siempre radicó en España. A diferencia de otros escritores notables, Cela permaneció durante casi toda su vida anclado en su patria. Sin embargo, bien valdría la pena recordar su fugaz aventura hispanoamericana. Con mayor razón tratándose de un personaje polémico, acusado legalmente de plagio debido a su novela La cruz de San Andrés, con la que obtuvo el premio Planeta en 1994, por parte de María del Carmen Formoso, autora de Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia).*

Su hijo, de nombre Camilo José Arcadio -cuyas reminiscencias garciamarquianas son inevitables- Cela Marín, escribió una obra de carácter biográfico: Cela, mi padre. En ella presume que su progenitor, "en el mes de mayo de mil novecientos cincuenta y tres, mi padre cruzó el Atlántico a bordo de un avión de hélice, con cien pesetas en el bolsillo y un divieso en la nalga izquierda", para luego agregar que "El joven y ya famoso escritor español sobrevivió en Colombia, Ecuador y Venezuela como los soldados de la gloriosa Infantería: a fuerza de improvisar sobre el terreno con los recursos que le iban saliendo al paso." Desafortunadamente para el vástago del premio Nobel, no tomó en cuenta que el viajero mantenía al tanto de su itinerario a García de Llera, director de relaciones culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores y el diario ABC, en su edición del 24 de mayo de 1953, anunciaba que Cela viajaba como invitado oficial del Ministerio de Educación Nacional de Colombia, y que el modesto avión de hélice al que se refiere -por aquella época no había de otros-, era nada menos que El Colombiano, de Avianca, un Constellation de reciente modelo al servicio de la presidencia, "y lo que lo espera al otro lado del Atlántico no es el improvisado destino de un inmigrante ni los rigores de las cordilleras y las selvas americanas, tan temidos por los soldados de la gloriosa Infantería. Lo esperan los cócteles y agasajos para un huésped de honor de la República de Colombia, lo esperan los tules y las sedas de la vida diplomática...", señala Gustavo Guerrero en su bien documentado ensayo Historia de un encargo: La catira de Camilo José Cela, indispensable para conocer este episodio. Por cierto, existen abundantes testimonios gráficos de Cela brindando en banquetes con funcionarios de los países anfitriones de su gira: Colombia, Venezuela y Ecuador. Por lo tanto, la imagen romántica que pretende construir su hijo, del humilde escritor que sale a la aventura hacia países lejanos y desconocidos, no es más que una falsificación permeada por la nugacidad.

Entrando de lleno a la anécdota de la novela La catira, una de las obras menos difundidas de Cela, como epígrafe de su ensayo, Gustavo Guerrero incluye la definición de la palabra por parte de la Real Academia Española: "catire, ra (De or. cumanagoto.) adj. Am. Dicho de una persona: Rubia, en especial con el pelo rojizo y ojos verdosos o amarillentos, por lo común hija de blanco y mulata, o viceversa." Sobre la mujer que inspiró al personaje del que proviene el título de la novela, se sugiere que se llamaba Amelia Góngora y era la hija de un inmigrante español.

A su paso por Venezuela, en ese 1953, Cela se encontró con que el dictador en turno, el coronel Marcos Pérez Jiménez, quien había derrocado a Rómulo Gallegos, trataba de borrar toda memoria posible de su antecesor y para ello le encomendó al escritor que lo visitaba, que escribiera un novela de carácter eminentemente localista que pudiera opacar a Doña Bárbara. Ese sería el génesis de La catira. Y hasta hay quienes aseguran que se le pagaron tres millones de pesetas por dicha tarea. Guerrero procura demostrar algo muy diferente. Finalmente, prevalece la idea de que se trató de una suerte de autoencargo para quedar bien con el dictador venezolano y, sobre todo, con el régimen franquista, del que Cela fue más que un decidido defensor, un informante y colaborador durante su juventud. De ahí que apoyados en dicha investigación de Guerrero, en la prensa española hay quienes -sería el caso del ya citado Mainer-, se han referido a la novela como un timo: "De los trancos de picaresca literaria protagonizados por Cela, el encargo de la novela La catira (1955), primera y única de sus «Historias de Venezuela», fue uno de los más pintorescos. Lo esencial lo sabíamos, porque Cela presumió de él: fue un encargo -mejor, un autoencargo, como se demuestra ahora- del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez, pagado a peso de oro, que acabó en fiasco. La crítica americana despellejó la obra, aunque en España obtuviera un efímero éxito, pero el cómputo total de la aventura tampoco fue tan malo para su protagonista."

He rescatado un par de párrafos que se ocupan del invierno en la región del hemisferio sur en el que transcurre la acción de La catira, ya que, a final de cuentas, era la intención original del presente texto: "Cuando las lluvias se abren sobre la tierra y por el cielo retumba la maraca áspera del invierno tropical..." (página 92) Y por último, tan sólo un par de páginas más adelante: "Durante el invierno, allá por junio, por julio y por agosto, el chicuaco y el pato real -yaguazo, le dicen los llaneros- cruzan el aire de la sabana, graznando amargamente..." (página 94)

Jules Etienne

* Es posible abundar en dicho episodio en un texto previo de este blog:
http://mitosyreincidencias.blogspot.ca/2010/09/coincidencia-o-plagio.html