Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 17 de noviembre de 2022

La novela de la revolución mexicana


Existen definiciones académicas de lo que se pudiera considerar la denominada novela de la revolución mexicana, como la de Antonio Castro Leal que, en mi ciriterio, son taxativas. Rescato de ella el hecho de que "se ocupan de las acciones militares y populares", aunque no tanto del lapso en el que transcurren: "del 20 de noviembre de 1910 hasta el 21 de mayo de 1920, con la caída y muerte de Venustiano Carranza." Eso dejaría fuera de la clasificación a obras como La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, ya que en ambos casos se trata de militares surgidos de la revolución dedicados a una actividad política posterior, aunque no exenta de rebeliones y ejecuciones. Lo que Martín Luis Guzmán llamaba: "la revolución hecha gobierno". Carlos Monsiváis, en cambio, es bastante más enfático en cuanto a su esencia al señalar la visión pesimista que impregna lo mismo Los de abajo, de Mariano Azuela, que La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

No es el objetivo en este breve texto, una enumeración acuciosa de las novelas que se incluyen dentro de este tema, de manera arbitraria se pueden mencionar algunas de las más notables, como sería el caso de los relatos El compadre Mendoza, de Mauricio Magdaleno y Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, que resultaron ambas dos de las películas más significativas en la filmografía de Fernando de Fuentes. También sería posible elaborar una extensa lista de autores que incluiría a Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, o Nellie Campobello, entre otros. Sin pasar por alto la novela de Clifford Irving, escrita originalmente en inglés, Tom Mix y Pancho Villa.

Pero quisiera referirme, de manera muy breve, a tres novelas: El águila y la serpien- te, de Martín Luis Guzmán; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; y Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Se encontraba Martín Luis Guzmán en su destierro en Madrid -tras haberse opuesto a la elección de Plutarco Elías Calles como presidente de la república, ya que decía que un "clan de asesinos" se había adueñado del poder-, escribiendo para El Debate, cuando inició en 1928 las entregas de Bajo la sombra de Pancho Villa (episodios de la revolución mexicana), a la manera de los folletines del siglo XIX, que al publicar ya en forma de libro quiso llamar A la hora de Pancho Villa, pero fue Vicente Blasco Ibáñez quien lo convenció de modificar el título por el de El águila y la serpiente, dividida en dos partes: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo, que reflejaban sobre todo sus propias vivencias en la lucha armada, al lado de Carranza y de Pancho Villa. La novela apareció al mismo tiempo que Obregón fue reelecto presidente, en 1928, y se dice que Calles la quiso prohibir. Por cierto, de acuerdo con Carlos Fuentes en La silla del águila: "Obregón, el vencedor de Pancho Villa, el brillante estratega político, asesinado en un banquete por un fanático religioso en el momento en que alargaba la mano pidiendo, - Más totopos..." (página 380).

Probablemente no existe otra novela sobre el tema que derroche tanto sentido del humor como lo hace Los relámpagos de agosto. Con una visión plena de ironía cuenta las memorias del ficticio general revolucionario José Guadalupe Arroyo. El origen de su título, por cierto, resulta muy simpático: contaba Ibargüengoitia, originario de Guanajuato, que en esa región del Bajío, los relámpagos siempre aparecen por el mismo punto cardinal, excepto durante el mes de agosto. De ahí que cuando alguien se desorienta dicen que "anda como los relámpagos de agosto, a lo pendejo". Y es que, según el autor, así es como andaban los revolucionarios, desorientados.

Gringo Viejo tiene el mérito de ser la primera novela mexicana en figurar en la lista de los diez libros más destacados del New York Times -para tener una idea, sólo otras dos novelas originalmente escritas en español han figurado en dicha lista en los últimos treinta años: La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez-. Se inspira en la experiencia real del escritor Ambrose Bierce, desaparecido a finales de 1913, después de unirse a las tropas villistas. En una de sus cartas postreras, Bierce decía que: "Ser un gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia".

Nada más adecuado para concluir que unas palabras de Artemio Cruz -junto con Demetrio Macías-, uno de los personajes literarios más representativos de la revolución: "Y la guerra sin acabarse. Claro que éstas eran las últimas operaciones. Cruzó los brazos sobre el pecho y trató de respirar regularmente. Una vez que dominaran al ejército desbaratado de Pancho Villa, habría paz. Paz."

Jules Etienne

lunes, 8 de junio de 2020

Epidemias: UNA LUCHA TENAZ, de Ambrose Bierce


"... al no ser enterrados se convertían en una auténtica amenaza, (…) Los muertos expandían la peste."

Definición de epidemia:
"Enfermedad de naturaleza sociable y sin prejuicios."
Ambrose Bierce en El diccionario del diablo.

(Fragmento)

Apartó entonces la mirada y se dirigió de nuevo al tronco del árbol en el que antes se había sentado, tratando de reírse de sus impresiones primeras una vez supo que aquello que le había espantado el sueño era un muerto. No volvió a sentarse, sin embargo, sino que siguió caminando, entregándose de nuevo a sus pensamientos.

«Parece ser que nuestros ancestros de Asia Central -se decía el joven oficial- no tenían la costumbre del enterramiento. Es fácil comprender, pues, su horror ante los muertos, que al no ser enterrados se convertían en una auténtica amenaza, en algo perfectamente diabólico. Los muertos expandían la peste. Cuando la peste se cebaba en una población había que evacuar a los niños, que así experimentaban una repulsión no sólo física ante los cadáveres, pues eran éstos los culpables de que se vieran obligados a dejar el lugar donde vivían… Pero creo que haría mejor ocupándome de otras cosas y dejando a un lado estas reflexiones».

Se dispuso a hacerlo. Pensó en sus sargentos y recordó que un poco más allá del claro en donde se había sentado, en una zona más cubierta, lo relevaría de su guardia otro oficial cuando llegase el momento. Pero aún no se dirigiría a ese punto. Si lo hacía, se dijo, tendría la sensación de irse por el miedo que le inspiraba el cadáver, como si fuera él mismo uno de aquellos ancestros a los que había evocado. Es más, no tendría inconveniente en que el oficial al mando de los hombres de refresco le hiciera el relevo de la guardia allí mismo, cerca de donde estaba el cuerpo sin vida del soldado de la Confederación. Nadie podría decir que se había asustado al descubrir un cadáver en mitad de la noche. No era un cobarde y bajo ningún concepto consentiría que alguien pudiera pensarlo. Detestaba el ridículo. Así que volvió a sentarse en el mismo tronco, aún faltaba tiempo para el relevo de la guardia. Tenía que probarse, una vez más, su valor.

Se levantó entonces para dirigirse al cadáver. A medida que se acercaba lo miraba con bastante desprecio. El brazo derecho del cuerpo estaba oculto ahora por las sombras, pero se le veía bien la mano, junto a las raíces de un laurel. No parecía haberse producido cambio alguno en su posición, más allá de lo que pudiera sugerir el capricho de las sombras. Eso hizo que el oficial se sintiese más seguro de sí mismo, aunque no quería preguntarse el porqué de esa sensación. Tampoco quería preguntarse por qué no era capaz ahora de quitar sus ojos del muerto, atraído por una fascinación irresistible. Pero no podía hacer lo que hacen las mujeres: la necedad -o la sabiduría- de taparse la cara y mirar entre los dedos.

Byring sintió de repente un agudo dolor en su mano derecha. Apartó entonces los ojos del muerto para mirarse la mano y comprobó que la hebilla del cinturón del sable le había hecho una pequeña herida. Se descubrió entonces en una actitud extraña, como un gladiador dispuesto a rebanar el pescuezo a un contrario. Respiraba agitadamente y le rechinaban los dientes. Se recuperó pronto, sin embargo; sus músculos se relajaron y volvió a respirar con calma; incluso lamentó el incidente, más allá del dolor causado por la herida de la mano derecha. Incluso rio. ¡Por todos los cielos! ¿Qué sonido era ése, el de su risa, ante la presencia de un cadáver? ¿Cómo podía mostrarse tan diabólicamente sarcástico ante aquella evidencia incontestable de la podredumbre humana? ¿A qué venía olvidar el respeto debido a los muertos?

Se miró de arriba abajo, como si le fuese imposible reconocer su propia risa.


Ambrose Bierce (Estadounidense fallecido en México, 1842-1914).

(Traducido al español por José Luis Moreno Ruiz).

jueves, 1 de mayo de 2014

Escribiendo sobre el espejo: la literatura especular

 
Ya en la antigua Roma, el poeta Marcial, protegido de Séneca, en uno de sus versos se refirió al espejo como un "consejero de la hermosura". José Saramago emprende una reflexión de raíces borgianas en su novela El evangelio según Jesucristo, cuando propone: "El espejo y sus sueños son cosas semejantes, son como la imagen del hombre ante sí mismo". Por su parte, Octavio Paz en el Laberinto de la soledad establece que "La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida".
 
Para Xavier Villaurrutia el mar es el espejo del cielo, mientras que Paul Éluard se refería al espejo de un instante y James Joyce recordaba a los que a medianoche se hablan ante el espejo. Allen Ginsberg, símbolo de la denominada generación beat, con su marcada óptica existencialista hablaba de un "espejo vacío". Más sencillo era Luis Alcaraz, quien en su canción Bonita le pedía a la bella que hiciera pedazos su espejo para ver si así él dejaba de sufrir, a la manera de Pierre de Ronsard en su Madrigal: "¡Que se rompa el espejo en que se mira llenándose de orgullo tu hermosura!". Y Manuel Machado inicia el poema Chouette dando por hecho que: "En cualquier parte hay un espejo..."

Stéphane Mallarmé, en Herodías lo describía así: "¡Oh espejo! Agua fría que el tedio logró ver congelada..." Lo cual me remite a una frase de Yasunari Kawabata que proviene de su espléndida novela País de nieve, en la que el espejo adquiere un papel preponderante a lo largo de la misma: "Aquella blancura que habitaba en las profundidades del espejo era la nieve".

Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, definía de esta manera a los espejos: “Cristal plano sobre el que aparece un espectáculo efímero que produce desilusión al hombre”. Jorge Luis Borges, en un poema que le dedicó a María Kodama, decía que la luna, colmada por el llanto de largos siglos de vigilia humana, es nuestro espejo.

El primer espejo fue un obsequio de la naturaleza, en el momento en que el ser humano pudo ver el reflejo de su propia imagen sobre la superficie del agua. Los primeros espejos eran de metal brillante como la plata y el bronce. La historia ubica la invención del espejo en Sidón. Se cuenta que el sabio Arquímedes, cuando tenía 73 años de edad, utilizando unos espejos ustorios para provocar el fuego en las naves romanas, logró evitar la invasión de Siracusa. Antes de que eso ocurriera, la mitología griega le asignaba a Perseo la leyenda de haber vencido a la Medusa utilizando su escudo como un espejo en el que ella vio reflejado su rostro, lo que ocasionó su destrucción.

En Mesoamérica, los espejos se hacían con pirita -un mineral metálico de color amarillo- y se les concedían cualidades adivinatorias ya que les permitían comunicarse con los dioses y sus ancestros, por lo que poseían un valor de oráculos llenos de presagios y conocimientos ocultos, además de que se les consideraba una puerta de acceso a otro mundo.

Los espejos fueron objeto del primer caso de espionaje industrial de que se tenga memoria y de ese modo el rey Luis XIV, de Francia, pudo llenar con espejos el Palacio de Versalles, robando a unos venecianos de la isla de Murano la fórmula que amalgama el metal con mercurio. El proceso de fabricar espejos con plata fue descubierta en el siglo XIX y se le atribuye su invención al alemán Justus von Liebig, en 1835.

Según Bertolt Brecht, el arte refleja la vida con espejos especiales, y Karl Marx afirmaba: "El espejo era defectuoso porque el hombre es una parte interesada de la realidad que observa. No existe ojo ideal posible en una sociedad dividida por la lucha de clases."

Imposible pasar por alto que don Quijote venció al caballero de los espejos, ni tampoco que después de visitar el país de las maravillas la nueva aventura de Alicia era: "Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa, de manera que pudiéramos pasar a través de él", en A través del espejo, de Lewis Carroll. "Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento... Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas", diría Max Estrella, el personaje teatral de la obra Luces de Bohemia, de Ramón del Valle Inclán, y que después refiere José Hierro en su poema Lear King en los claustros: "... reflejo mío en los espejos cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán."

Julio Cortázar describe en un texto titulado El otro Narciso, la manera como una minúscula ave tropical, más pequeña que un gorrión, se encuentra con su propia imagen en el espejo retrovisor de un automóvil estacionado "enfrentando el espejo y viéndose, reconociendo al otro pájaro idéntico a él, y entonces salta agitado en el aire frente a su imagen, se precipita contra el espejo, y otra vez rechazado tiene que subir hasta posarse perplejo en el borde". Continúa observándolo y reflexiona: "Bruscamente vuela hacia los árboles y se pierde en el follaje; es nuestro turno de comentar enternecidos esa ilusión, ese diminuto teatro del artificio donde hemos visto representarse una vez más el drama de Narciso." En contraste con "el adolescente enamorado que se buscará hasta la muerte en el cruel espejo engañoso del estanque, el pajarito habrá olvidado ya su ansiedad y su deseo, sin duda porque en el no hay ansiedad ni deseo y mucho menos memoria."
 
El párrafo con el que concluye su reflexión, tras enumerar una serie de personajes míticos y la respectiva metamorfosis del deseo que se procuran a través de los espejos del sueño y del inconsciente, advierte que el pájaro ha regresado para insistir en un encuentro imposible:
 
"Sólo entonces sentimos, sólo entonces sabemos que eso no era un simulacro en el que buscábamos una analogía con nuestra condición solitaria de humanos, de narcisos aislados y excepcionales; ahora comprendemos que eso que estamos viviendo puede decirse con las palabras que nos han parecido solamente las de nuestro lado, y que Narciso puede tener alas o escamas o élitros o ramas y también memoria y deseo y amor. De pronto estamos menos separados del latir del día; nuestros espejos  llaman y devuelven otras imágenes; juegan con otros deseos, sostienen otras esperanzas; no somos la excepción. Narciso pajarito repite el mismo juego interminable en su pequeño estanque de azogue, en su engaño de amor que abraza la totalidad del mundo y sus criaturas."
 
De las obsesiones metafísicas a la expresión romántica o el delirio surrealista, incluidas las fobias de la fantasía vampírica, del lejano Oriente al sur del continente americano, el espejo ha sido un tema recurrente para los poetas desde antes de que Narciso -tema que aborda Lezama Lima en su poema La muerte de Narciso- se enamorara de su propia imagen y de quien también se ocupa Sor Juana Inés de la Cruz en la pieza teatral El divino Narciso, "Serpiente ponzoñosa no llega a tus espejos: lejos, lejos", establece la Naturaleza Humana para culminar luego:
 
Mi imagen representa
si Narciso repara,
clara, clara,
porque al mirarla sienta
del amor los efectos,
ansias, deseos, lágrimas y afectos.

Jules Etienne

martes, 21 de mayo de 2013

Vampiros: DICCIONARIO DEL DIABLO, de Ambrose Bierce


(Definición de vampiro)

Vampiro, s. Demonio que tiene la censurable costumbre de devorar los muertos. Su existencia ha sido disputada por polemistas más interesados en privar al mundo de creencias reconfortantes que de reemplazarlas por otras mejores. En 1640 el padre Sechi vio un vampiro en un cementerio próximo a Florencia y lo espantó con el signo de la cruz. Lo describe dotado de muchas cabezas y de un número extraordinario de piernas, y no dice que le vio en más de un lugar al mismo tiempo. El buen hombre venía de cenar y explica que si no hubiera estado “pesado de comida”, habría atrapado al demonio contra todo riesgo. Atholston relata que unos robustos campesinos de Sudbury capturaron un vampiro en un cementerio y lo arrojaron en un bebedero de caballos. (Parece creer que un criminal tan distinguido debió ser echado a un tanque de agua de rosas). El agua se convirtió instantáneamente en sangre “y así continúa hasta el día de hoy”, escribe Atholston. Más tarde el bebedero fue drenado por medio de una zanja. A comienzos del siglo XIV un vampiro fue acorralado en la cripta de la catedral de Amiens y la población entera rodeó el lugar. Veinte hombres armados con un sacerdote a la cabeza, llevando un crucifijo, entraron y capturaron al vampiro que, pensando escapar mediante una estratagema, había asumido el aspecto de un conocido ciudadano, lo que no impidió que lo ahorcaran y descuartizaran en medio de abominables orgías populares. El ciudadano cuya forma había asumido el demonio quedó tan afectado por el siniestro episodio, que no volvió a aparecer en Amiens, y su destino sigue siendo un misterio.


Ambrose Bierce (Estados Unidos, 1842-1913)