Otoño en el vecino suburbio de Burnaby. (Fotografía de Ann Badjura).

domingo, 30 de octubre de 2022

Noche de brujas: TEMA EN AMARILLO, de Carl Sandburg


Yo distingo las colinas
con bolas amarillas en otoño.
Ilumino los campos de maíz en la pradera,
racimos anaranjados con un dorado rojizo
y me llaman calabazas.
Al final de octubre
cuando cae el atardecer
los niños se toman de la mano
y en círculo me rodean
entonando canciones de fantasmas
y de amor a la luna de la cosecha;
soy la linterna de la noche de brujas
con dientes espantosos
y los chiquillos lo saben:
estoy bromeando.

(I spot the hills
With yellow balls in autumn.
I light the prairie cornfields
Orange and tawny gold clusters
And I am called pumpkins.
On the last of October
When dusk is fallen
Children join hands
And circle round me
Singing ghost songs
And love to the harvest moon;
I am a jack-o’-lantern
With terrible teeth
And the children know
I am fooling.)

Carl Sandburg (Estados Unidos, 1878-1967).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

sábado, 29 de octubre de 2022

Octubre: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe

"Pensó en los hombres que habían sido enterrados aquel día, y en todas las mujeres que lloraban..."

(Fragmento del capítulo 37)

Era octubre, y las hojas tiritaban. Empezaba el crepúsculo. El sol se había hundido en el horizonte, las montañas del oeste se desvanecían en una fría niebla purpúrea, pero el cielo ardía todavía en melladas franjas de color naranja. Era octubre.

Eugene andaba rápidamente, siguiendo el curso sinuoso y pavimentado de la calle Rutledge. Flotaba un olor a niebla y a cena en el aire: un cálido vapor empañaba los cristales de las ventanas, y se oía el fuerte siseo del yantar puesto a cocer. Había voces confusas y lejanas, y olor a hojas quemadas, y un cálido fulgor amarillo de luces.

Se adentró en un camino sin pavimentar, junto al gran sanatorio rodeado de árboles. Oyó las risas frescas de las negras en la cocina, el mantecoso susurro de la comida en la sartén, las toses secas de los enfermos de los pulmones en la galería.

Caminó vivamente por el camino lleno de hoyos, entre un seco arrastrar de hojas. El aire era frío, perlino, crepuscular; en lo alto, brillaban pálidamente unas pocas estrellas. La villa y la casa habían quedado atrás. Había canciones en los grandes pinos del monte.

Dos mujeres bajaron por el camino y se cruzaron con él. Vio que eran campesinas. Vestían viejas prendas negras, y una de ellas estaba llorando. Pensó en los hombres que habían sido enterrados aquel día, y en todas las mujeres que lloraban. ¿Volve- rán?, se preguntó.

Cuando llegó a la puerta del cementerio la encontró abierta. Entró rápidamente y anduvo a paso vivo por el ondulado camino que serpenteaba alrededor de la cresta de la colina. Las hierbas estaban secas y marchitas; una ajada corona de laurel reposaba sobre una tumba. Al acercarse a la parcela de su familia, su pulso se acele- ró un poco.

Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).

La ilustración corresponde al detalle de una fotografía de Jolene Hansen.

jueves, 27 de octubre de 2022

Otoño: LA BROMA, de Milan Kundera


(Fragmento)
 
El otoño en octubre...

Como para escarnio, de pronto mejoró la temperatura, el cielo estaba azul y el mes de octubre se puso precioso. Las hojas de los árboles eran de colores y la naturaleza (la mísera naturaleza de Ostrava) festejaba la despedida del otoño con un éxtasis enloquecido. No podía dejar de considerarlo un escarnio porque no llegaba ninguna respuesta a mis desesperadas cartas y junto a la alambrada únicamente se detenían (bajo un sol provocativo) gentes horriblemente ajenas. Al cabo de unas dos semanas recibí devuelta una de mis cartas; la dirección estaba tachada y con un lápiz de tinta habían añadido: el destinatario cambió de domicilio.
 
Me quedé horrorizado. Desde mi último encuentro con Lucie me había repetido mil veces a mí mismo todo lo que entonces le dije y lo que ella me dijo a mí, cien veces me maldije y cien veces me justifiqué ante mí mismo, cien veces me convencí de que había perdido a Lucie para siempre y cien veces me convencí de que Lucie me com- prendería y sabría perdonarme. Pero la nota del sobre sonaba como una condena.
 
Era incapaz de controlar mi intranquilidad y al día siguiente hice una locura. Digo locura, pero en realidad no fue nada más peligroso que mi anterior huida del cuartel, de modo que el calificativo de locura es más bien producto de su posterior fracaso que del riesgo. Sabía que Honza lo había hecho antes que yo, cuando estuvo liado con una búlgara cuyo marido trabajaba por las mañanas. Así que lo imité: llegué por la mañana con los demás a la galería, cogí la contraseña, la lámpara, me manché la cara de hollín y me despisté disimuladamente, corrí al internado de Lucie y le pregunté a la portera. Me enteré de que Lucie se había ido hacía unos catorce días con un maletín en el que metió todas sus pertenencias; nadie sabe a dónde fue, no le dijo nada a nadie. Me asusté: ¿no le habrá pasado nada? La portera me miró e hizo un gesto despectivo con la mano: «Qué va, estas eventuales suelen hacerlo. Llegan, se van, no le dicen nada a nadie». Fui hasta su empresa y pregunté en el departamento de personal; pero no averigüé nada más. Anduve dando vueltas por Ostrava y regresé a la mina al final del turno, para mezclarme con mis compañeros que salían del pozo; pero seguramente se me escapó algo del método que empleaba Honza para este tipo de fugas; me descubrieron. A las dos semanas estaba ante un tribunal militar; me cayeron diez meses por deserción.
 
Sí, fue aquí, en el momento en que perdí a Lucie, donde en realidad comenzó esa larga época de desesperanza y vacío, en cuya imagen se me convirtió por un momento el turbio escenario periférico de mi ciudad natal, a la que he venido a hacer una breve visita. Sí, a partir de aquel instante comenzó todo: durante los diez meses que pasé en la cárcel se murió mi madre y yo ni siquiera pude asistir al entierro. Luego regresé a Ostrava con los negros y estuve otro año entero en el servicio. En esa época firmé el compromiso de quedarme, después de la mili, tres años trabajando en las minas, porque corrió la noticia de que los que no firmasen se quedarían en el cuartel algún año más. Así que seguí de minero otros tres años, ya de civil.
 
 
Milan Kundera (escritor checo nacionalizado francés, 1929).

La ilustración corresponde al parque Landek durante el otoño en Ostrava, República Checa.

domingo, 23 de octubre de 2022

Otoño: CUANDO ESTABAS, LAS FLORES LLENABAN LA CASA..., de Li Po

"... pero tu fragancia no se disipa. Te añoro, y de los árboles caen hojas amarillas."

Cuando estabas, las flores llenaban la casa.
Al irte, dejaste el lecho vacío.
La manta bordada, doblada,
permanece intacta.
Tres años ya han transcurrido,
pero tu fragancia no se disipa.
Te añoro, y de los árboles caen hojas amarillas.
Lloro, y sobre el verde musgo brilla el rocío.

Li Po (China, 701-762).

sábado, 22 de octubre de 2022

Otoño: BAJO EL YUGO, de Iván Vazov

"... el abad caminó cabizbajo de un lado a otro. Disfrutando de la belleza de este romántico lugar..."

(Fragmento del capítulo XIII: El camino a Silistra)

Tal era el nombre dado a un delicioso prado cubierto de hierba en el valle del monasterio, rodeado de ramificados sauces y altos nogales y olmos, aunque ya era finales de otoño, este dulce y umbrío lugar aún conservaba intacto todo su verdor y frescura, como la isla de Calipso donde reinaba la eterna primavera. se podían ver, al norte de este feliz valle, dos picos de los Montes Balcanes entre los que se extendía la cordillera principal, con sus agudos precipicios y rocas dentadas, debajo de las cuales murmuraba y centelleaba el riachuelo. La fresca brisa de la montaña avivaba suavemente las hojas y acercaba el olor de los Balcanes y el murmullo de los molinos. Al otro lado brillaban los lechos secos y blanquecinos de los torrentes que las inundaciones invernales habían excavado y vaciado. El sol estaba en su punto más alto y sus rayos, atravesando los árboles, llovían sobre la hierba una lluvia de copos temblorosos, redondos y dorados.

Una frescura y una quietud maravillosas reinaban en aquel lugar poético, que sin embargo llevaba un nombre tan prosaico como inexacto. Porque ningún camino, ni a Silistria ni a ninguna otra parte, había atravesado nunca el prado solitario, que anidaba tan graciosamente bajo la inaccesible Stara Planina. No debió su designación a su situación geográfica, sino a una circunstancia totalmente diferente y, por así decirlo, histórica.

(Fragmento del capítulo XX: El fugitivo)

Por la mañana Ognyanov salió hacia el pueblo. Atravesó el pasadizo que lo llevaba fuera del monasterio. En la pradera, bajo un gran almendro frente al monasterio, el abad caminó cabizbajo de un lado a otro. Disfrutando de la belleza de este romántico lugar y embebido por la fragancia de la montaña. El paisaje otoñal tenía un nuevo encanto, las hojas doradas de los árboles, las amarillas y aterciopeladas colinas del horizonte balcánico, y la atmósfera de la dulce y tierna melancólica decadencia...
 
Iván Minchov Vazov (Bulgaria, 1950-1921).

viernes, 21 de octubre de 2022

Otoño: CANCIÓN DE OTOÑO, de Paul Verlaine


Los largos sollozos
De los violines
Del otoño
Hieren mi corazón
Con monótona
Languidez

Todo sofocante
Y pálido, cuando
Suena la hora,
Yo me acuerdo
De los días de antes
Y lloro

Y me voy
Con el viento malvado
Que me lleva
De acá para allá,
Igual que a la
Hoja muerta.

Paul Verlaine (Francia, 1844-1896).

miércoles, 19 de octubre de 2022

Otoño: POEMA SEIS, de Pablo Neruda

"Eras la boina gris y el corazón en calma."

Te recuerdo como eras el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

lunes, 17 de octubre de 2022

Otoño: EL JOVEN ARQUÍMEDES, de Aldous Huxley

"... estábamos envueltos en un blanco vapor en donde los olivos color de bruma, que bajaban ante nuestras ventanas, hacia el valle, desaparecían..."

(Fragmento)

Había días de otoño en que todos los valles estaban llenos de neblina y las crestas de los Apeninos emergían, oscuras, de un liso largo blanco. Había días en que esa niebla invadía nuestras alturas y en que estábamos envueltos en un blando vapor en donde los olivos color de bruma, que bajaban ante nuestras ventanas, hacia el valle, desaparecían, fundidos, se diría, en su propia esencia; y las dos únicas cosas firmes y definidas del pequeño mundo vago en que estábamos confinados eran los dos altos cipreses negros que se elevaban sobre una pequeña terraza en saliente a unos cien pies cuesta abajo. Se levantaban negros, agudos y sólidos, gemelas columnas de Hércules en el confín del mundo conocido; y más allá sólo había nubes pálidas y alrededor nebulosos olivares.

Aldous Huxley (Inglaterra, 1894-1963).

(Traducido del inglés por Leonor de Acevedo).

domingo, 16 de octubre de 2022

Otoño: DÍA DE OTOÑO, de Rainer María Rilke

"... deambulará por las avenidas inquieto como el rodar de las hojas."

Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares
y suelta a los vientos por las llanuras.

Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.

No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas.

Rainer María Rilke (Alemán fallecido en Francia, 1797-1856).

sábado, 15 de octubre de 2022

Octubre: EL MAESTRO Y MARGARITA, de Mijaíl Bulgákov

"Eso ocurrió al anochecer, a mediados de octubre, (...) Mi reloj de bolsillo maarcaba las dos de la mañana."

(Fragmento del capítulo 13: La aparición del héroe)


Le dije que tenía miedo de los ladrones y le pedí que lo guardara hasta el día de mi partida. Cogió el dinero, lo guardó en su bolso y me dijo, abrazándome, que le parecía más fácil morirse que abandonarme en aquel estado; pero que la estaban esperando y que no tenía más remedio que marcharse. Prometió venir al día siguiente. Me pidió que no tuviera miedo de nada.

Eso ocurrió al anochecer, a mediados de octubre. Se fue. Me acosté en el sofá y dormí, sin encender la luz. Me despertó la sensación de que el pulpo estaba allí. A duras penas pude dar con la luz. Mi reloj de bolsillo marcaba las dos de la mañana. Me acosté sintiéndome ya mal y desperté enfermo del todo. De pronto me pareció que la oscuridad del otoño iba a romper los cristales, a entrar en la habitación y que yo me moriría como ahogado en tinta. Cuando me levanté era ya un hombre incapaz de dominarse. Di un grito y sentí el deseo de correr para estar con alguien, aunque fuera con el dueño de mi casa. Luchaba conmigo mismo como un demente. Tuve fuerzas para llegar hasta la estufa y encender fuego. Cuando los leños empezaron a crujir y la puertecilla dio varios golpes, me pareció que me sentía algo mejor. 


Mijaíl Bulgákov (Ruso nacido en Ucrania, 1891-1940).

jueves, 13 de octubre de 2022

Octubre: CIUDAD DE LOS ÁNGELES CAIDOS, de Cassandra Clare

"... pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia..."

(Fragmento del capítulo I: El maestro)
 
Era a mediados de octubre y acababan de instalar la decoración típica de Halloween, entre la que destacaba un tambaleante cartel que rezaba «¡Susto o sopa de remolacha!» y un recortable de cartón que representaba a un vampiro llamado conde Blintzula. En otros tiempos, Simon y Clary habían encontrado de lo más graciosa aquella decoración festiva de baratillo, pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia a Simon, cuando miró por la ventana. Era una noche gélida y el viento levantaba las hojas que cubrían el suelo de la Segunda Avenida como si fueran puñados de confeti. Se fijó en una chica que pasaba por la calle, una chica con una gabardina ceñida por un cinturón y melena negra agitada por el viento. La gente se volvía a su paso para mirarla. En el pasado, Simon también se quedaba mirando a chicas como aquélla, preguntándose adónde irían o con quién habrían quedado. Nunca era con chicos como él, eso lo sabía con certeza. Excepto que aquélla sí. La campanilla de la puerta del restaurante sonó en el momento en que Isabelle Lightwood hacía su entrada. Sonrió al ver a Simon y se dirigió hacia él, despojándose de la gabardina y doblándola sobre el respaldo de la silla antes de tomar asiento. Debajo de la gabardina lucía lo que Clary calificaría como «uno de los conjuntos típicos de Isabelle»: un vestido corto y ceñido de terciopelo, medias de redecilla y botas altas. En la parte superior de la bota izquierda llevaba un cuchillo escondido que sólo Simon podía ver; pero aun así, todos los presentes en el restaurante se quedaron mirando cómo tomaba asiento y se echaba el pelo hacia atrás. Isabelle llamaba la atención como un espectáculo de fuegos artificiales. La bella Isabelle Lightwood. Cuando Simon la conoció, dio por sentado que una chica como aquélla nunca tendría tiempo para un tipo como él. Y acertó casi del todo. A Isabelle le gustaban los chicos que sus padres desaprobaban, y en su universo eso significaba habitantes del mundo subterráneo: hadas, hombres lobo y vampiros.

Que llevaran los dos últimos meses saliendo le sorprendía, por mucho que su relación se limitase a encuentros puntuales como aquél. Y aun así, no podía evitar preguntar- se si estarían saliendo si él no se hubiese transformado en vampiro, si su vida no se hubiese visto alterada por completo.
 
 
Cassandra Clare: Judith Rumelt (Estadounidense nacida en Irán, 1973). 

jueves, 6 de octubre de 2022

Octubre: POEMA DE OCTUBRE, de Dylan Thomas

"... en el mediodía del verano aunque la villa al fondo se cubriera de hojas por la sangre de octubre."

Cumplía treinta años, mi aniversario despertó hacia el cielo
cuando oí cómo hacía señales la mañana
con la oración del agua y el grito de cornejas y gaviotas
y el roce de las barcas en el muro trenzado por las redes
desde el puerto y los bosques vecinos
y los mejillones en sus charcas y la playa con garzas clericales
para que en un segundo me pusiera de pie
y echara a andar en el pueblo todavía dormido.

Mi cumpleaños empezó con los pájaros acuáticos
y con pájaros de árboles alados que volaban mi nombre
sobre las granjas y los blancos caballos
y yo me levanté en el lluvioso otoño
y eché a andar en el chaparrón de todos mis días,
Era en la pleamar y las garzas buceaban
cuando tomé el camino fronterizo
y aún cerrados los portales del pueblo mientras se iba despertando.

Toda una primavera de alondras en una nube rodante
y las matas a orillas del camino desbordaban de mirlos silbadores
y el sol de octubre a la manera del verano
sobre el hombro del cerro
fueron climas amigos y hubo dulces cantores
que llegaron de pronto en aquella mañana por la que yo vagaba
y escuchaba cómo se escurría la lluvia;
frío, el viento soplaba
en el bosque, muy lejos, a mis pies.

Pálida lluvia sobre el puerto encogido
sobre la iglesia mojada por el mar, tan pequeña
que semejaba un caracol con sus cuernos a través de la niebla
y del castillo pardo como los búhos;
pero todos los jardines de primavera y de verano
florecían en los cuentos fantásticos
detrás de la frontera y abajo de la nube invadida de alondras.
Allí podía yo maravillarme
mi cumpleaños se iba yendo pero el tiempo giraba alrededor.

Girando me apartaba del país jubiloso
bajaba por el aire cambiado y por el cielo alterado de azul
fluía de nuevo una maravilla de verano
con manzanas y peras y grosellas rojas:
y vi tan claro en el rodar del tiempo
aquellas olvidadas mañanas cuando un niño paseaba con su madre
por entre las parábolas del sol
y las leyendas de las verdes capillas

y por los campos de la infancia ya dos veces contados
porque sus lágrimas quemaron mis mejillas y su corazón se conmovió en el mío.
Estos eran los bosques y era el río y el mar
allí donde un muchacho
en el verano atento de los muertos
murmuraba la verdad de su gozo
a los árboles, las piedras y el pez en la marea.
Y el misterio cantó vivo
en el agua y en el gorjeo de los pájaros.

Y allí podía yo maravillarme
mientras mi cumpleaños se alejaba aunque el clima diera vuelta en redondo
y el gozo verdadero del niño muerto hace tanto tiempo
cantaba ardiendo bajo el sol.
Cumplía treinta años hacia el cielo y en el mediodía del verano
aunque la villa al fondo se cubriera de hojas por la sangre de octubre.

Oh la verdad de mi corazón
se cantará todavía
desde esta alta colina a la vuelta de un año.

Dylan Thomas (Inglaterra, 1914-1953).

La ilustración corresponde al otoño en Littondale, Yorkshire Dales, Inglaterra. Fotografía de David Noton.

martes, 4 de octubre de 2022

Octubre: UNA MAÑANA DE MARZO, de Joaquim M. Barrero

"Al acercarse, todavía a lo lejos, una masa de tierra se aproximó: la isla Vasílievsky..."

(Fragmento del capítulo 16)

Era el 4 de octubre. El invierno estaba agazapado pero las nieves no habían acampado aún. Un sol luminoso se esforzaba en esquivar las nubes para garantizar que el acto tuviera calor y color. El barco embocó el delta del río Neva. Al acercarse, todavía a lo lejos, una masa de tierra se aproximó: la isla Vasílievski. Un hormiguero de gente estaba en el muelle, delante de grandes edificaciones de colores. El vapor lanzó un mugido repetido, que fue contestado por las sirenas de otros barcos atracados. En el malecón cientos de personas gesticulantes gritaban y agitaban banderas, manos y pañuelos. El Kooperatsija atracó en medio de exclamaciones de júbilo. Ramiro no entendía aquel tumulto, los cánticos, la charanga, los tambores. ¿Quiénes eran ellos para tal recibimiento? Sólo niños desplazados, aún temerosos y desvalidos. No tenía sentido ese clamor. Pero allí estaba la gente. Y en primera fila, con ramos de flores y bolsitas de caramelos, una hilera de niñas y niños bien alimentados que reían y saludaban felices. La mayoría eran rubios y blancos como ellos, otros con rostros asiáticos y ojos esquinados; todos con camisas blancas y pañuelos rojos al cuello. Los niños evacuados miraban con asombro el espectáculo y luego lo hacían entre ellos extasiados, olvidadas las penas y las añoranzas. Sus padres tuvieron razón al enviarlos allí: habían llegado al mundo feliz prometido. ¿Acaso no era una prueba esa multitud riente y alegre, luciendo cuerpos y ropas limpias con el fondo de los armónicos e impresionantes edificios de piedra y de mármol blanco? ¿Cómo comparar el mísero El Musel de mezquinas casas, allá en España; la gente empobrecida y desesperanzada, sus rostros húmedos y frugales, con el esplendoroso espectáculo de música y alegría que se abría a sus ojos?

Joaquín M. Barrero (España, 1939).

lunes, 3 de octubre de 2022

Octubre: BOCETO EN OCTUBRE, de Tomas Tranströmer


El remolcador, pecoso de herrumbre. ¿Qué hace tierra adentro?
Es una pesada lámpara, apagada en el frío.
Pero los árboles tienen colores salvajes. ¡Señales hacia la otra costa!
Como si algunos pidieran que los recojan.

Camino a casa veo los hongos surgir en la granilla.
Son dedos que piden ayuda, dedos de uno
que para sí mismo sollozó largo tiempo, en la oscuridad de abajo.
Pertenecemos a la Tierra.


Tomas Tranströmmer (Suecia, 1931-2015).
Obtuvo el premio Nobel en 2011.

(Traducido del sueco por Roberto Mascaró).

domingo, 2 de octubre de 2022

Octubre: LOS TRES PENIQUES NEGROS, de Joseph Hergesheimer

"Una bandada de gansos salvajes volaba a poca altura sobre las colinas, en el sereno anochecer ceniciento."

(Fragmento inicial)

Un crepúsculo de polvo azul cayó en una hondonada de las colinas cubiertas de espeso arbolado. Era a primeros de octubre, pero la escarcha había estampado ya en los arces marcas de oro, los robles tenían manchas de rojo vinoso, el zumaque brillaba en la oscura maleza. Una bandada de gansos salvajes volaba a poca altura sobre las colinas, en el sereno anochecer ceniciento. Howat Penny, de pie en un claro del camino, decidió que los patos no se acercarían bastante para tirarles. No tenía ganas de cazar. Con la caída del sol su entusiasmo se había evaporado; volvió la indiferencia habitual. Dejó caer la culata del arma al suelo. Luego la levantó de nuevo, examinando el martillo; El pedernal estaba suelto, insatisfactorio. Había una probabi- lidad de que fallara el disparo.

Joseph Hergesheimer (Estados Unidos, 1880-1954).

sábado, 1 de octubre de 2022

Octubre: LANGUIDEZ, de Alfonsina Storni

"Me he tendido en la hamaca, muy cerca de la puerta, un poco amodorrada."

Está naciendo octubre
con sus mañanas claras.

He dejado mi alcoba
envuelta en telas claras,
anudado el cabello
al descuido; mis plantas
libres, desnudas, juegan.

Me he tendido en la hamaca,
muy cerca de la puerta,
un poco amodorrada.
El sol que está subiendo
ha encontrado mis plantas
y las tiñe de oro...

Perezosa, mi alma
ha sentido que, lento,
el sol subiendo estaba
por mis pies y tobillos
así como buscándola.

Yo sonrío: este bueno
de sol no ha de encontrarla,
pues yo, que soy su dueña,
no sé por donde anda:
cazadora, ella parte
y trae, azul, la caza...

Un niño viene ahora,
la cabeza dorada...

Se ha sentado a mi lado,
cerrada la palabra;
como yo el cielo mira,
como yo, sin ver nada.
Me acaricia los dedos
de los pies, con la blanca
mano; por los tobillos
las yemas delicadas
de sus dedos desliza...
Por fin, sobre mis plantas
ha puesto su mejilla,
de flor recién regada.*

Cae el sol dulcemente,
oigo voces lejanas,
está el cielo muy lejos...

Yo sigo amodorrada
con la rubia cabeza
muerta sobre mis plantas.

... Un pájaro... la arteria
que por su cuello pasa...

Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, (1892-1938).

* En su versión original, publicada en el poemario titulado Languidez, en lugar de "flor recién regada" decía:
Y en la fría pizarra
Del piso el cuerpo tiende
Con infinita gracia.
Así es como fue publicada por la Cooperativa Editorial Buenos Aires, en 1920.