Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 8 de agosto de 2013

Los mosqueteros de Julio Cortázar

Los tres mosqueteros en la estación Alexandre Dumas del metro de París.
 
Julio Cortázar jamás negó su particular inclinación por la novela de Dumas al grado de que visitaba sus páginas con regularidad. En una entrevista aseguraba: "Casi nunca releo la gran literatura, aunque confieso la relectura periódica de Los tres mosqueteros y de mis Julio Verne preferidos."

El alguna ocasión, se refirió a su infancia como una época estimulada por el universo ficticio que le obsequiaba la literatura: "Yo pienso que eso también puede venir de una ilusión infantil. Mis recuerdos son muy claros en este sentido: a los siete, ocho o nueve años, la lectura de un libro, de una novela, sucedía en otra época, en otro tiempo, con otras costumbres, y en una geografía totalmente distinta de la argentina. Yo la vivía, la absorbía con una tal pasión que creo que eso era una especie de gimnasia mental que me desligaba, durante el tiempo de la lectura, de una manera absoluta, de la circunstancia que me rodeaba. Un niño que en el pueblo de Banfield está en quinto año de la escuela primaria se encuentra de tal manera absorbido, sometido y entregado a la acción de la novela, hay una tal empatía y tal contacto con la lectura que cada vez que oía la voz de una tía que gritaba "Julio, vení que es la lección de piano", o "Julio, andá a bañarte", experimentaba un sentimiento de pérdida, de desencanto. En ese momento yo tenía que cerrar el libro y abandonar a los personajes con los que había estado: D'Artagnan, Athos, Aramís. Yo estaba metido en ese mundo de Los tres mosqueteros, absolutamente fascinante."
 
Al final de su novela Los premios aparece una nota que advierte: "Por último, sospecho que este libro desconcertará a aquellos lectores que apoyan a sus escritores preferidos, entendiendo por apoyo el deseo y casi la orden de que sigan por el mismo camino..." Más tarde ampliaría la explicación recurriendo, de nueva cuenta, al ejemplo de Los tres mosqueteros:
 
"Sí, hay un cierto tipo de lector que espera siempre de un novelista que continúe incluso una línea argumental, de la misma manera que algunos lectores de Alejandro Dumas esperaban siempre una especie de continuación de la aventura de Los tres mosqueteros. Es la gente a la que no le gustan las sorpresas y quiere estar siempre en terreno conocido. Como escritor, siempre me he rebelado contra esa idea. Porque soy el primero en no estar satisfecho con una especie de continuación o variaciones sobre el mismo tema. La experimentación y el cambio para mí, en todo caso, son fundamentales."
 
De tal manera que resulta congruente el hecho de que las alusiones tanto a la obra como de sus célebres protagonistas, se hayan repetido en diversas ocasiones en los textos autoría del propio Cortázar. Como es el caso de Clone, que forma parte de Queremos tanto a Glenda:
 
"Yo te entiendo, suspira Lucho, es cierto, es cierto, el canto y la vida y hasta los pensamientos eran una sola cosa en ocho cuerpos. ¿Cómo los tres mosqueteros, pegunta Paola, todos para uno y uno para todos?"
 
Con el mismo tono coloquial los vuelve a referir en el capítulo 29 de su novela Los premios:
 
" - Y así ocurrió que los tres mosqueteros, que esta vez no eran cuatro, fueron por popa y volvieron trasquilados -dijo Paula-. Cuando usted quiera, Nora, nos damos una vuelta nosotras dos y en todo caso agregaremos a la novia de Presutti para componer un número sagrado. Seguro que no paramos hasta las hélices."
 
Cabría aquí una breve digresión, ya que, en efecto, siempre se ha cuestionado que la novela llevase el título de Los tres mosqueteros, cuando junto con D'Artagnan sumaban cuatro, como se establece en el capítulo introductorio de El club Dumas, de Arturo Pérez Reverte:

"El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver. El agente de las huellas digitales se levantaba con el libro en las manos.
- Es curioso lo de esa página.
El policía alto se encogió de hombros.
- Yo leo poco —dijo—. Pero el tal Porthos era uno de esos personajes, ¿no?… Athos, Porthos, Aramis y d’Artagnan —contaba con el pulgar sobre los dedos de una mano y al concluir se detuvo, pensativo—. Tiene gracia. Siempre me he preguntado por qué se les llama los tres mosqueteros, si en realidad eran cuatro."
 
Ya para concluir, este párrafo que corresponde al texto Un Julio habla de otro Julio, en el volumen de relatos La vuelta al día en ochenta mundos:
 
"Cosas como ésa le han ocurrido muchas a Julio, pero mi estima se basa sobre todo en la forma en que se posesionó poco a poco de un excelente piso situado nada menos que en una casa de la rue de Beaune donde vivieron los mosqueteros (todavía pueden verse los soportes de hierro forjado en los que Porthos y Athos colgaban las espadas antes de entrar en sus habitaciones, y uno imagina a Constance Bonacieux mirando tímidamente, desde la esquina de la rue de Lille, las ventanas de las cuales D’Artagnan soñaba quimeras y herretes de diamantes)."
 
Cortázar radicó la mayor parte de su vida y murió en París. Era entonces, por decirlo a la manera de Dumas, una especie de mohicano -o cronopio- de París.


Jules Etienne 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Páginas ajenas: LOS TRES MOSQUETEROS (El vino de Anjou), de Alexandre Dumas

 
(Fragmento inicial del capítulo XLII: El vino de Anjou)

Tras las noticias casi desesperadas del rey, el rumor de su convalecencia comenzaba a esparcirse por el campamento; y como tenía mucha prisa por llegar en persona al asedio, se decía que tan pronto como pudiera montar a caballo se pondría en camino.
 
En este tiempo, Monsieur, que sabía que de un día para otro iba a ser reemplazado en su mando bien por el duque de Angulema, bien por Bassompierre, bien por Schomberg, que se disputaban el mando, hacía poco, perdía las jornadas en tanteos, y no se atrevía a arriesgar una gran empresa para echar a los ingleses de la isla de Ré, donde asediaban constantemente la ciudadela Saint-Martin y el fuerte de La Prée, mientras que por su lado los franceses asediaban La Rochelle.
 
D'Artagnan, como hemos dicho, se había tranquilizado, como ocurre siempre tras un peligro pasado, y cuando el peligro pareció desvanecido, sólo le quedaba una inquietud, la de no tener noticia alguna de sus amigos. Pero una mañana a principios del mes de noviembre, todo quedó explicado por esta carta, datada en Villeroi:

«Señor D'Artagnan:

Los señores Athos, Porthos y Aramis, tras haber jugado una buena partida en mi casa y haberse divertido mucho, han armado tal escándalo que el preboste del castillo, hombre muy rígido, los ha acuartelado algunos días; pero yo he cumplido las órdenes que me dieron de enviar doce botellas de vino de Anjou, que apreciaron mucho: quieren que vos bebáis a su salud con su vino favorito.

Lo he hecho, y soy, señor, con gran respeto,
Vuestro muy humilde y obediente servidor,
Godeau, Hostelero de los Señores Mosqueteros

- ¡Sea en buena hora! -exclamó D'Artagnan-. Piensan en mí en sus placeres como yo pensaba en ellos en mi aburrimiento; desde luego, beberé a su salud y de muy buena gana, pero no beberé solo.
 
Y D'Artagnan corrió a casa de dos guardias con los que había hecho más amistad que con los demás, a fin de invitarlos a beber con él el delicioso vinillo de Anjou que acababa de llegar de Villeroi. Uno de los guardias estaba invitado para aquella misma noche y otro para el día siguiente; la reunión fue fijada por tanto para dos días después.
 
Al volver, D'Artagnan envió las doce botellas de vino a la cantina de los guardias, recomendando que se las guardasen con cuidado; luego, el día de la celebración, como la comida estaba fijada para la hora del mediodía, D'Artagnan envió a las nueve a Planchet para prepararlo todo.
 
Planchet, muy orgulloso de ser elevado a la dignidad de maître, pensó en preparar todo como hombre inteligente; a este efecto, se hizo ayudar del criado de uno de los invitados de su amo, llamado Fourreau, y de aquel falso soldado que había querido matar a D'Artagnan, y que por no pertenecer a ningún cuerpo, había entrado a su servicio, o mejor, al de Planchet, desde que D'Artagnan le había salvado la vida.

 
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)

martes, 6 de agosto de 2013

Páginas ajenas: EL CLUB DUMAS, de Arturo Pérez Reverte


(Fragmento sobre un manuscrito de Alexandre Dumas)

- Hace mal. Scaramouche es a Sabatini lo que Los tres mosqueteros a Dumas -hice un breve gesto de homenaje en dirección al retrato-. Nació con el don de la risa… No hay en la historia del folletín de aventuras dos primeras líneas comparables a ésas.

- Quizá sea cierto -concedió tras aparente reflexión, y entonces puso el manuscrito sobre la mesa, en su carpeta protectora con fundas de plástico, una por página-. Y es una coincidencia que haya mencionado a Dumas. Empujó la carpeta hasta mí, volviéndola de modo que yo pudiese leer su contenido. Todas las hojas estaban escritas en francés por una sola cara y había dos clases de papel: uno blanco, ya amarillento por el tiempo, y otro azul pálido con fina cuadrícula, envejecido también por los años. A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul -trazada con tinta negra- figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña y picuda. Había quince hojas en total, y once eran azules.

- Curioso -levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta-. ¿Dónde ha encontrado esto? Se rascó una ceja, calculando sin duda hasta qué punto la información que iba a pedirme lo obligaba a corresponder con ese tipo de detalles. El resultado fue una tercera mueca, esta vez de conejo inocente. Corso era un profesional.

- Por ahí. Un cliente de un cliente.

- Comprendo. Hizo una corta pausa, cauto. Además de precaución y reserva, cautela significa astucia. Y eso lo sabíamos ambos.

- Claro que -añadió- le diré nombres si usted me los pide. Respondí que no era necesario y eso pareció tranquilizarlo. Se ajustó las gafas con un dedo antes de pedir mi opinión sobre lo que tenía en las manos. Sin responder en seguida, pasé las páginas del manuscrito hasta llegar a la primera. El encabezamiento estaba en mayúsculas, con trazos más gruesos: LE VIN D’ANJOU. Leí en voz alta las primeras líneas:

Après de nouvelles presque désespérées du roi, le bruit de sa convalescence commençait à se répandre dans le camp…

No pude evitar una sonrisa. Corso hizo un gesto de asentimiento, invitándome a pronunciar veredicto.

- Sin la menor duda -dije- esto es de Alejandro Dumas, padre. El vino de Anjou: capítulo cuarenta y tantos, creo recordar, de Los tres mosqueteros.

- Cuarenta y dos -confirmó Corso-. Capítulo cuarenta y dos.

—¿Es el original?… ¿El auténtico manuscrito de Dumas?

- Para eso estoy aquí. Para que me lo diga. Encogí un poco los hombros, a fin de eludir una responsabilidad que sonaba excesiva.

- ¿Por qué yo? Era una pregunta estúpida, de las que sólo sirven para ganar tiempo. A Corso debió de parecerle falsa modestia, porque reprimió una mueca de impaciencia.


 Arturo Pérez Reverte (España, 1951)
 
 
 
 La lectura del primer capítulo de la novela: El vino de Anjou, es posible en el sitio de editorial Alfaguara: