Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Ciudadanos del mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ciudadanos del mundo. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de octubre de 2013

Ciudadanos del mundo: VOCACIÓN ERRANTE, NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ


Ya en otras ocasiones me he referido al concepto de ciudadano del mundo que, al parecer, tuvo su origen en una frase de Sócrates: "No soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo". Al margen de las ocupaciones cuya esencia es viajera -como los exploradores, marinos, pilotos aviadores y azafatas o transportistas-, en ese aspecto uno de los oficios más paradójicos es el de escritor. Y es que para serlo se requieren largas jornadas de aislamiento que supondrían una naturaleza sedentaria, sin embargo, es bien sabido que entre los individuos más inquietos se cuentan los escritores. Es raro aquel que nace y muere en el mismo lugar. Casi todos han radicado en distintas naciones en determinada época de sus vidas. Algunos con motivo de sus estudios, otros porque tampoco les es ajeno el desempeño de encomiendas diplomáticas, la mayoría por la mera inquietud de conocer el mundo, y desafortunadamente muchos -más de los que sería deseable-, lo hacemos en un exilio forzoso.

Esto último se debe al papel que los escritores asumen con frecuencia como la voz de una sociedad o de ser también quienes llevan el recuento histórico de una nación. Sabido es que para quienes ejercen el poder siempre resulta incómodo afrontar los juicios sobre su desempeño, la enumeración de sus abusos y hasta recibir las propuestas para enmendar los errores cometidos. El escritor, por esencia, no puede ni debe permanecer en silencio, a reserva de convertirse en cómplice de los políticos y dejar de merecer su condición de conciencia crítica.

Jean-Marie Gustave Le Clézio, francés que recibió el premio Nobel de literatura en 2008, sería el epítome del trotamundos: su infancia transcurrió entre la Francia ocupada de la segunda guerra y Nigeria, luego vivió en Tailandia, México (tradujo Las profecías del Chilam Balam al francés y escribió una tesis sobre la conquista de Michoacán), Panamá, Estados Unidos y, sobre todo, en la remota isla de Mauricio, en busca de sus raíces genealógicas. Por si no fuera suficiente, se casó con una mujer originaria de Marruecos, de nombre Jemia, con quien tuvo dos hijas. Esta es una de sus reflexiones sobre nuestro mundo globalizado:

La condición de extranjero hoy nos define como humanos, pese a que vivimos en sociedades en las que el hogar, las fronteras y las leyes sociales son importantes. Lo que se llama mundialización es el invento de un ser humano nuevo que supera las fronteras y se comunica de diversas maneras nuevas. Un extranjero es alguien que puede imaginar los otros mundos y puede trasladarse a otras civilizaciones. En el mundo actual no existe choque de culturas. Hay un poder central del mundo industrial y tecnológico, pero las culturas se resisten a ese poder y se afirman en su medio. Ese enfrentamiento responde al esfuerzo por sobrevivir.

Francia no tuvo la suerte de países como los de América Central o del Sur, que aceptaron una inmigración sin prejuicios. Alemania, España, Italia y Francia se congelaron en un autorrespeto de su historia, y eso es ilusorio. Ahora construyen murallas mentales para impedir la mezcla, pero ésta es una corriente natural. Son sociedades que se vuelven más racistas, más xenófobas.”

Y así nos encontramos con que entre los españoles que llegaron a México durante la guerra civil, estaban Luis Cernuda, Max Aub, Ramón Xirau y Tomás Segovia -estos dos últimos todavía adolescentes-, mientras que León Felipe decía: "Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo..." A Rafael Alberti no le permitieron desembarcar en Tampico, de otra manera su nombre seguramente se habría unido a los mencionados, en cambio, junto con Gómez de la Serna y Francisco Ayala, se exilió en Argentina. También Antonio Machado tuvo que salir de España, aunque el prefirió permanecer en Europa y quedó enterrado en el poblado francés de Coilloure: "Murió el poeta lejos del hogar/ le cubre el polvo de un país vecino."

Con el ascenso de Hitler al poder, en 1933, Thomas Mann se trasladó a Suiza –donde le había precedido Hermann Hesse-, y después a Estados Unidos, durante la guerra. Adquirió la ciudadanía checoeslovaca, primero, y la estadonidense más tarde, por lo que le retiraron la nacionalidad alemana. Años después de concluida la guerra se le restituyó en forma honoraria en Lübeck, su ciudad natal. Murió, al igual que Hesse, en Suiza. Su hermano Heinrich fue declarado persona non grata por los nazis y logró huír a Francia, para después encontrarse con Thomas en Estados Unidos.

Al igual que los hermanos Mann, el ruso Vladimir Nabokov llegó a radicar en los Estados Unidos durante la guerra, cuando tenía cuarenta años de edad. Y si bien su biografía indica que nació en San Petersburgo y murió en Suiza, su novela más conocida, Lolita, fue escrita en idioma inglés cuando vivía en Ashland, Oregon.

En su discurso de agradecimiento al recibir el premio Nobel de literatura ante la Academia Sueca, en 1971, Pablo Neruda narraba la forma en que tuvo que atravesar los Andes a caballo, para poder salir de Chile rumbo a Argentina. Vivió su exilio primero en París y, sobre todo, en Italia.

Cuando T. S. Eliot obtuvo ese mismo premio en 1948, su nacionalidad era la británica -nació en St. Louis Missouri, en Estados Unidos-. En cambio, Saul Bellow era originario de Lachine, en la provincia canadiense de Québec, pero al recibir el Nobel en 1976, era ciudadano estadounidense.

El colombiano García Márquez se había establecido en México y el peruano Vargas Llosa en Barcelona, cuando a su vez también recibieron el Nobel. Julio Cortázar nació en Bruselas y falleció en París, sin embargo, es uno de los escritores argentinos más destacados del siglo 20. Otro argentino, Jorge Luis Borges, pasó los últimos años de su vida en Suiza -como Chaplin-, donde murió en 1986. El mexicano Carlos Fuentes radicó en Venecia por una corta temporada, después en París cuando ocupaba el cargo de embajador, más tarde se estableció en Londres para finalmente regresar a morir en México, que tampoco era su país natal, puesto que nació en Panamá, lugar en el que su padre desempeñaba un cargo diplomático en 1928. Sus restos reposan en un cementerio parisino al igual que los de Julio Cortázar.

Malcolm Lowry era un inglés que vivía en North Vancouver -al otro lado de la bahía-, durante la época en la que escribió su célebre novela Bajo el volcán, que transcurre durante un día de muertos en la ciudad de Cuernavaca, en México. Por su parte, William Gibson es un estadounidense que reside desde la década de los años setenta en una de las pequeñas islas del estrecho de Georgia (el mismo al que José Emilio Pacheco le dedicó un poema con ese título, ya que radicó en Vancouver en una época de su vida), en esta provincia canadiense de la Columbia Británica –desde la que también escribo la presente crónica-. A él se debe la creación del término hoy de uso común ciberespacio, en su obra de ciencia ficción Neuromante (Neuromantic), la gran ironía del asunto estriba en que tan avanzado futurismo fue creado en una antigua máquina de escribir todavía mecánica.

Y como los anteriores hay numerosos ejemplos más. Es como si los escritores hubiesen venido repitiendo la expresión socrática con la que inicia este texto, a lo largo de todos estos siglos, frase a la que Facundo Cabral parecería haberle puesto música: "No soy de aquí, ni soy de allá".

 
Jules Etienne

martes, 1 de octubre de 2013

Exilio: LA TIERRA NATAL, de Ana Ajmátova

"Esa tierra que con nada se mezcla. Pero en ella yacemos y somos ella..."

No la llevamos en oscuros amuletos,
Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
No perturba nuestro amargo sueño,
Ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
En objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
Ni siquiera la recordamos.
 
Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
Esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
Y por eso, dichosos, la llamamos nuestra.
 
 
Ana Ajmátova (Rusa nacida en Ucrania, 1889-1966)
 
(Traducido al español por María Fernanda Palacio)

viernes, 1 de julio de 2011

Ciudadanos del mundo



Acabo de acompañar a mi amigo Raúl Herrera a recibir formalmente su ciudadanía canadiense. Fue un evento bastante más concurrido de lo habitual debido a que se quiso aprovechar que hoy viernes se celebra el Día de Canadá (Canada Day) o la Fiesta de Canadá (Fete du Canadá, en las provincias francófonas). Es el equivalente de los festejos de independencia en las naciones del continente americano o del aniversario de la revolución en Francia. Se conmemora la unión de todas las colonias, es decir, el origen de Canadá como país. Con ese motivo se llevaron a cabo ceremonias colectivas en todas las provincias y se aprovechó el viaje del recién casado príncipe William y su esposa Kate, para que estuvieran presentes en la que tuvo lugar en la capital.

Durante su discurso, la juez que presidió el acto en Vancouver fue muy enfática en cuanto a que quienes hemos llegado a este país tras sufrir persecuciones y acosos o como víctimas de la guerra, podremos vivir con la seguridad que confiere la paz y la confianza de la libertad. Les concedió un lugar muy especial a aquellos que provienen de los campamentos de refugiados y al final mencionó una cifra que no dejó de impresionarme, junto con Raúl, mexicano, había personas provenientes de otros 56 países. Al término del día, tras concluir las otras dos ceremonias aún pendientes de realizarse, sumarían 97 en total. Todos ellos tendrán, en el futuro, una doble nacionalidad, la del país del que son originarios y desde ahora, como canadienses, serán también súbditos de la reina Isabel II -quien asumió el trono a la muerte de su padre, Jorge VI, en 1952, cuando tenía 25 años de edad-.

Parece que el tiempo ha terminado por concederle la razón a Marshall McLuhan en cuanto a la desaparición progresiva de las fronteras para asimilarnos en su concepto de la Aldea Global. Es cada vez más común que los habitantes del planeta nos comuniquemos de manera cotidiana en dos o más idiomas y que tengamos también diferentes ciudadanías. Somos los ciudadanos globales, para aprovechar el término acuñado por el propio McLuhan -por cierto, canadiense-. Lo cual no deja de recordarme aquella famosa respuesta de Charles Chaplin, víctima de la cacería de brujas encabezada por el senador McCarthy, cuando le preguntaron si era comunista, a lo que contestó: "Soy un patriota de la humanidad. Soy un ciudadano del mundo". Frase a la que también recurrió en el discurso culminante de su película El gran dictador (1940). Aunque, para ser precisos, siglos antes Sócrates había dicho que "no soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo", y Erasmo de Rotterdam pedía ser llamado así. Gandhi hablaba del deber que todos tenemos como ciudadanos del mundo y Borges aseguraba algo que ahora resulta tan válido como cuando lo dijo: "La idea de fronteras y de naciones me parece absurda. Lo único que nos puede salvar es ser ciudadanos del mundo". Y es que, según Montesquieu, ante todo somos humanos, la nacionalidad es algo que viene por azar.

Aunque tengo la fortuna de experimentar de manera cotidiana la llamada multiculturalidad de la sociedad canadiense, una de las más cosmopolitas del mundo, no dejó de emocionarme que durante el acto en el que se reunieron individuos provenientes de países tan lejanos entre sí, algunos de ellos sin aparente conexión alguna, otros, como el caso de Mauricio Vázquez, un amigo que también nos acompañaba, al ser colombiano, nos acercaba nuestra hispanidad. Qué paradoja, si todavía viviese en mi natal Tampico, no mantengo duda alguna de que consideraríamos a Mauricio como un extranjero, en cambio aquí, entre asiáticos, europeos y africanos, al sentarnos juntos para compartir el evento, era como estar con un paisano. Una novela de Ciro Alegría se titula El mundo es ancho y ajeno, creo que ahora, en esta sociedad globalizada, la anchura del mundo ha comenzado a dejar de ser ajena.
 
 
Jules Etienne