Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 20 de abril de 2024

Mirándolas dormir: LOLITA, de Vladimir Nabokov


Primera parte

(Fragmento final del capítulo 27)

- ¡Azul! -exclamó-. Azul violeta. ¿De qué son?

- De Cielos estivales -dije-, plumas e higos, y la uva de sangre de emperadores.

- No, en serio... por favor...

- Oh, sólo vitaminas X. Dan la fuerza de un buey. ¿Quieres probar una?

Lolita extendió la mano, asintiendo vigorosamente. Yo esperaba que la droga obrara rápidamente. Así fue, por cierto. Lolita había tenido un día agotador; había remado por la mañana con Bárbara, cuya hermana era jefa costera. Así empezó a contarme la nínfula adorable y accesible, entre bostezos contenidos contra el paladar, de volumen creciente. Y había hecho muchas otras cosas, además. Cuando bogamos desde el comedor, Lolita olvidó, desde luego, la película que había pasado vagamente por su cabeza. En el ascensor se inclinó contra mí, sonriendo apenas -¿no quieres contarme?-, con los ojos de oscuras pestañas semicerrados. «Sueño, ¿eh?», dijo el tío Tom que subía al tranquilo caballero franco-irlandés y a su hija, así como a dos damas marchitas, expertas en rosas. Miraron con simpatía a mi amada frágil, tostada, vacilante y aturdida. Casi tuve que llevarla a nuestro cuarto. Se sentó en el borde de la cama, meciéndose ligeramente, hablando con voz arrastrada, con gravedad de paloma:

- Si te lo digo... si te lo digo... me prometes (dormida, tan dormida... cabeza colgando, los ojos en blanco... ) que no te quejarás...

- Después, Lo. Ahora, a la cama. Te dejaré sola, y te meterás en la cama. Te doy diez minutos.

- Oh, he sido una niña tan repugnante... -siguió, sacudiendo el pelo, quitándose con dedos lentos una cinta de terciopelo de la cabeza-. Déjame contarte...

- Mañana, Lo. Ahora vete a la cama, vete a la cama... por Dios, vete a la cama.

Me metí la llave en el bolsillo y bajé las escaleras.


(Fragmento inicial del capítulo 28)

¡Señores del jurado! ¡Sobrellevadme! ¡Permitidme tomar sólo un instante de vuestro precioso tiempo! De modo que había llegado le grand moment. Había dejado a mi Lolita sentada al borde de la cama abismal, levantando letárgicamente un pie, tanteando con los cordones de los zapatos, mostrando al hacerlo el lado interior de los muslos hasta el borde de los calzones -siempre había sido singularmente descuidada o desvergonzada o ambas cosas, al mostrar las piernas. Ésa, pues, fue la hermética visión de Lo que encerré, después de comprobar que la puerta no tenía cerrojo por dentro. La llave, con su ficha numerada de madera, se convirtió desde ese instante en el poderoso sésamo de un futuro formidable y arrebatado. Era mía, era parte de mi puño caliente y velludo. Pocos minutos después -unos veinte, una media hora, sicher ist sichercomo solía decir mi tío Gustave- entraría en el 342 para encontrar a mi nínfula, a mi belleza, a mi prometida, aprisionada en su sueño de cristal. ¡Señores del jurado! Si mi felicidad hubiera podido hablar, habría llenado el recatado hotel con un rugido ensordecedor. Y hoy mi único pesar es que no deposité tranquilamente la llave «342» en el escritorio para marcharme de la ciudad, del país, del continente, del hemisferio... del globo mismo, esa misma noche.

Permítaseme explicarme. Yo no me sentía indebidamente perturbado por sus insinua- ciones autoacusadoras. Estaba bien resuelto a proseguir mi táctica de preservar su pureza actuando sólo en el secreto de la noche, sólo en una niña desnuda y completamente anestesiada. Contención y reverencia eran aún mi lema, aunque esa «pureza» -al fin completamente descartada por la ciencia moderna- hubiera sido ligeramente turbada por alguna experiencia juvenil erótica, sin duda homosexual, en ese maldito campamento.


(Fragmento inicial del capítulo 29)

La puerta del cuarto de baño iluminado estaba abierta; además, un esqueleto de luz provenía de las lámparas exteriores más allá de las persianas. Esos rayos entrecru- zados penetraban la oscuridad del dormitorio y revelaban esta situación:

Vestida con uno de sus viejos camisones, mi Lolita estaba acostada de lado, volvién- dome la espalda, en medio de la cama. Su cuerpo apenas velado y sus piernas desnudas formaban una Z. Se había puesto las dos almohadas bajo la oscura cabeza despeinada; una banda de luz pálida atravesaba sus últimas vértebras.

Me pareció que me desvestía y me ponía el pijama con esa fantástica instantaneidad que se produce al cortarse en una escena cinematográfica el proceso de sustitución. Ya había puesto mi rodilla en el borde de la cama, cuando Lolita volvió la cabeza y me miró a través de las sombras listeadas.

Eso era algo que el intruso no esperaba. La treta de las píldoras (cosa bastante sórdida, entre nous dit) tenía por objeto producir un sueño profundo, imperturbable para todo un regimiento... y allí estaba ella, mirándome y llamándome confusamente «Bárbara». Y Bárbara, vestida con mi pijama -demasiado apretado para ella-, permaneció inmóvil, en suspenso, sobre la pequeña sonámbula. Suavemente, con un suspiro indefenso, Dolly se volvió, recobrando su posición anterior. Durante dos minutos, por lo menos, esperé inmovilizado sobre el borde mismo, como aquel sastre con su paracaídas casero, hace cuarenta años, a punto de arrojarse desde la torre Eiffel. Su respiración débil tenía el ritmo del sueño. Al fin me tendí en mi estrecho margen de cama, tiré de las sábanas, deslicé hacia el sur mis pies fríos como una piedra... y Lolita levantó la cabeza y me bostezó.

Vladimir Nabokov
(Ruso fallecido en Suiza, 1899-1977).

(Traducido al español por Enrique Tejedor).

Las ilustraciones corresponden a un fotomontaje publicitario de la película filmada en 1962 con Sue Lyon como Lolita y a Dominique Swain caracterizando al personaje en la versión en colores de 1997. 

lunes, 26 de diciembre de 2022

Navidad: CUENTO DE NAVIDAD, de Vladimir Nabokov

"Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descarademente iluminado..."

(Fragmento)

Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían trans- currido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles…

Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos… Pero ahí no había ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil… Exiliados que lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía abofetear a sus soldados… Pensó entonces en un general que había conocido personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad…

“Pero, con todo, ahora voy por buen camino.” Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su imaginación: una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles. Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada…

Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.

“El insolente árbol de Navidad -escribió Novodyortsev- ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris.”

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza, 1899-1977).

domingo, 18 de septiembre de 2022

Septiembre: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (El día en que ocurrió lo que narro era el 22)..."

(Acontecimientos de septiembre de 1952: hace setenta años)

Querido papá:

¿Cómo van las cosas? Me he casado. Voy a tener un hijo. Creo que será muy grande. Creo que nacerá para Navidad. Es difícil escribirte esta carta. Estoy medio loca, porque no podemos pagar nuestras deudas y marcharnos de aquí. Le han prometido a Dick una buena colocación en Alaska, dentro de su espacialidad en la mecánica. No sé cuál es, pero tengo entendido que es muy importante. Perdona que no te dé mi dirección, pero quizás sigas enfadado conmigo, y Dick no debe saber lo ocurrido. Esta ciudad es algo increíble. El humo de las fábricas se mezcla con la niebla y no deja ver a los idiotas que viven aquí. Por favor, mándanos un cheque, papá. Podemos arre- glarnos con trescientos o cuatrocientos, o quizás menos, cualquier suma vendría bien; puedes vender mis cosas viejas, pues una vez que lleguemos allí nos lloverá el dinero. Escríbeme, por favor. He pasado muchas tristezas y sinsabores.

Tu hija que espera ansiosa,

Dolly (señora de Richard F. Schiller)
...

La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (el día en que ocurrió lo que narro era el 22), y la dirección que me indicaba Lolita era "Lista de correos, Coalmont" (omito si se hallaba en Virginia, Pennsylvania o Tennessee; aunque el nombre de la ciudad tampoco era Coalmont; lo he camuflado todo, amor mío). Averigué que era una pequeña comunidad industrial a unos mil quinientos kilómetros de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas, próxima ya la madrugada, en un motel, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza,1899-1977).

sábado, 17 de septiembre de 2022

Septiembre: LOLITA, UNA LECTURA PROHIBIDA

"... hasta que por fin la editorial francesa Olympia Press (...) se animara a ofrecerla a la venta al público en septiembre de 1955."

Cuando Vladimir Nabokov envió el manuscrito de Lolita a diferentes empresas editoriales en Estados Unidos, fue rechazado en principio por Viking, en tanto que Simon & Schuster la calificó como "pura pornografía", además de que fue rechazada en otras tres ocasiones, hasta que por fin la editorial francesa Olympia Press, especializada en publicar las obras en inglés que la censura rechazaba -tal había sido el caso de Trópico de Cáncer, de Henry Miller y de otros autores como Lawrence Durrell y Samuel Beckett-, se animara a ofrecerla a la venta al público en septiembre de 1955.

Quién se iba a imaginar que casi setenta años después, tal y como reflexiona el protagonista de mi novela En el nombre de Bogart, "Paradoja soñada por Zaratustra, lo que en su momento fue un acto de liberación da un giro de ciento ochenta grados para imponer el recato neoconservador de la corrección política: el eterno retorno", ese mismo fantasma que revive para condenar -otra vez igual que entonces- la supuesta vocación perversa de su pedofilia.
Jules Etienne 

sábado, 16 de julio de 2022

Julio: HABLA, MEMORIA, de Vladimir Nabokov

"Aquella silenciosa tarde de julio en que la encontré completamente quieta (sólo se movían sus ojos) en una arboleda de abedules..."

(Fragmento inicial del capítulo duodécimo)

I

Cuando conocí a Tamara -por darle un nombre que concuerde con su nombre real- ella tenía quince años, y yo uno más. El lugar era la accidentada pero bonita región (negros abetos, blancos abedules, turberas, henares y baldíos) que se encuentra justo al sur de San Petersburgo. Una guerra lejana continuaba acercándose poco a poco. Dos años después, ese trillado deus ex machina que fue la Revolución Rusa, hizo que me alejase de ese inolvidable escenario. De hecho, ya entonces, en julio de 1915, ciertos borrosos agüeros y retumbos entre bastidores, y el cálido aliento de fabulosos cataclismos, estaban afectando a la llamada escuela «simbolista» de la poesía rusa, sobre todo a los versos de Alexander Blok.

Durante el comienzo de ese verano y a todo lo largo del anterior, el nombre de Tamara había estado aflorando (con esa fingida ingenuidad que suele adoptar el Destino, cuando va en serio) aquí y allá en nuestra finca (Prohibido el paso) y en las tierras que mi tío poseía (Estrictamente prohibido el paso) al otro lado del Oredezh. Lo encontraba escrito con un palo en la arena rojiza de alguna de las avenidas del parque, o a lápiz en un enjalbegado portillo, o recién grabado a navaja (pero sin terminar) en la madera de algún viejo banco, como si la Madre Naturaleza me estuviese dando misteriosos avisos de la existencia de Tamara. Aquella silenciosa tarde de julio en que la encontré completamente quieta (sólo se movían sus ojos) en una arboleda de abedules, pareció que Tamara hubiese surgido allí por generación espontánea, entre aquellos árboles vigilantes, con la silenciosa cabalidad de una manifestación mitológica.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza, 1899-1977).

(Traducido al español por Enrique Murillo).

lunes, 27 de enero de 2020

Tu boca: ADA O EL ARDOR, de Vladimir Nabokov

"Puedo prestarte mi lengua -dijo la niña. Dicho y hecho. Una gran fresa hervida, todavía muy caliente."

(Fragmento del capítuo XVII)

El más voluminoso diccionario de la biblioteca decía, en el artículo «Labio»: «Cada uno de los dos pliegues carnosos que rodean una abertura».

Mileyshiy Emile (según llamaba Ada a monsieur Littré) lo decía así: «Parte exterior y carnosa que forma el contorno de la boca... Los dos bordes de una herida simple.» (Es que con nuestras heridas, hablamos; por nuestras heridas, tenemos hijos.) «Miembro que lame.» (¡Querido Emile!)

Una enciclopedia rusa, pequeña pero gruesa, no quería ver en la palabra gouba («labio») más que un tribunal administrativo de la antigua Lyaska, o un golfo del Ártico.

Los labios de Van y Ada eran absurdamente idénticos, en color y en textura. Por su forma, el labio superior de Van recordaba un ave marina de largas alas vista de frente, y el inferior, grueso y hosco, comunicaba a su expresión habitual un aire de brutalidad. No era así, desde luego, en el caso de Ada; pero, por lo demás, la curva de su labio superior y el grosor del inferior, con su mueca desdeñosa y su color rosa opaco, eran la réplica, en estilo femenino, de la boca de Van. Durante la «fase de los besos» de sus amorcillos (quince días de largos besuqueos húmedos y pegajosos, nada recomendables para su salud de adolescentes), parecía que entre sus cuerpos sedientos se interponía una pantalla de extraña pudibundez; era, no obstante, inevitable que ciertos contactos y contracontactos atravesasen aquella pantalla, como lejanas vibraciones de gritos de socorro. Concienzudamente, incansablemente, delicadamente, Van pasaba y repasaba sus labios sobre los labios de Ada, atacando, a contrapelo, su terciopelo ardiente, de arriba abajo, de derecha a izquierda, hacia dentro, hacia fuera, hacia la vida y hacia la muerte, y encontraba un sabor deleitable en el contraste entre la caricia alada del idilio visible y la congestión brutal de la carne escondida.

Y la imaginación les pedía nuevos besos.

- Querría -dijo él en cierta ocasión- probar el interior de tu boca. ¡Dios, cómo me gustaría ser un Gulliver minúsculo para poder explorar esa cueva!

- Puedo prestarte mi lengua -dijo la niña. Dicho y hecho.

Una gran fresa hervida, todavía muy caliente. Van la degustaba, se la tragaba todo lo dentro que ella se dejaba tragar, y luego, abrazando estrechamente a Ada, le lamía el paladar. Ambas barbillas se llenaban de saliva, «pañuelo», pidió la chica, y sin más preámbulo metió la mano en el bolsillo del pantalón de Van; pero la retiró al instante, y dijo a su compañero que le pasase el pañuelo él mismo. Huelgan comentarios.

(«Aprecié tu tacto», le dijo él un día que rememoraban, entre sonrisas y estremeci- mientos retrospectivos, aquellas delicias y aquellas dificultades. «Pero ¡cuánto tiempo perdimos!: ópalos irreparables.»)

Van se aprendió la cara de Ada. Nariz, mejilla, mentón, todo era de tal dulzura de contornos (asociaciones retrospectivas son nomeolvides, y flores en el cabello, y las cortesanas, terriblemente caras, de Wicklow), que un admirador extravagante habría evocado fácilmente en tomo a su perfil el pálido vello de una caña, hombre no pensante -pascaltrezza-, mientras que un dedo más infantil y más sensual se habría complacido -y se complacía, de hecho- en palpar aquella nariz, aquella mejilla y aquel mentón. Lo mismo que en Rembrandt, la rememoración es una fiesta en medio de las tinieblas. Los invitados al recuerdo se visten para las circunstancias, y se mantienen erguidos en sus asientos. La memoria es un estudio fotográfico de lujo en el infinito de una 5th Power Avenue. La cinta de terciopelo negro que sujetaba su cabellera aquel día (el día de la imagen mental) realzaba el lustre de su sien sedosa y la blancura de tiza de la raya de sus cabellos. La doble melena caía larga y lisa por el cuello, y se dividía a la altura de los hombros, de modo que entre las ondas de bronce negro se entreveía, en forma de elegante triángulo, la palidez mate de la piel.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense fallecido en Suiza; 1899-1977).

(Traducción de David Molinet).

miércoles, 16 de enero de 2019

ULTIMA THULE, de Vladimir Nabokov

 
"... su reino, entre las nieblas marítimas, en una isla remota y melancólica..."

(Fragmento)

Tú lo entiendes, desde luego. En la condición en la que yo me encontraba, la gente sin imaginación, quiero decir carente de su apoyo y de su espíritu inquisitivo, recurre a los reclamos de todo tipo de prodigios milagrosos; a los quirománticos de turbantes dramáticos que combinan sus destrezas mercantilistas en el mundo de la magia con los negocios de matarratas o de condones; a gordas y atezadas adivinas; pero especialmente a los espiritistas, que simulan una fuerza todavía sin identificar concediéndole los rasgos lechosos de un fantasma que consiguen que se manifieste en estúpidas formas físicas. Pero yo tengo mi cota de imaginación, y por lo tanto se abrían ante mí dos posibilidades: la primera era mi trabajo, mi arte, el consuelo que me proporciona mi arte; la segunda consistía en dar el salto y creer que una persona como Falter, bastante común en realidad, e incluso un tanto vulgar, a pesar de los juegos de salón de su ingeniosa mente, había llegado a conocer real y de modo concluyente aquello que ningún vidente, ningún brujo había alcanzado jamás.

¿Mi arte? Te acuerdas, ¿no es cierto?, de aquel extraño sueco o danés —o quizá islandés en lo que a mí respecta—, en cualquier caso aquel tipo rubio larguirucho, de tez anaranjada con pestañas de caballo viejo que se presentó como «un conocido escritor» y que, por un precio que te alegró (ya estabas confinada en la cama sin poder hablar, pero todavía me escribías notas divertidas con tiza en una pizarra, por ejemplo que las cosas que más te gustaban en la vida eran «los versos, las flores silvestres y la moneda extranjera»), me encargó que hiciera una serie de ilustraciones para el poema épico Ultima Thule, que acababa de componer en su lengua. Ni que decir tiene que no venía al caso que yo me familiarizara con su manuscrito porque el francés, idioma en el que nos comunicábamos con denodado esfuerzo, sólo lo conocía de oídas, y era incapaz de traducirme sus imágenes. Conseguí tan sólo entender que su héroe era algún rey nórdico, desgraciado y huraño; que su reino, entre las nieblas marítimas, en una isla remota y melancólica estaba infestado de intrigas políticas de algún tipo, de asesinatos, de insurrecciones y que un caballo blanco que había perdido a su jinete volaba por el páramo brumoso... Le gustó mi primer bosquejo en blanco y negro, y decidimos los temas de los otros dibujos. Cuando no volvió a la semana siguiente como me había prometido, llamé a su hotel, y me enteré de que se había ido a América.

Te oculté la desaparición de mi cliente, pero no seguí con los dibujos; luego, de nuevo, te pusiste tan enferma que no me apetecía ni pensar en mi pluma dorada ni en mis trazos de tinta china. Pero tras tu muerte, cuando las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde se hicieron especialmente insoportables, entonces, con febril y dolorosa avidez, cuya conciencia provocaba lágrimas en mis ojos, continué aquel trabajo que ya no tenía destinatario, y esa carencia, precisamente, era lo que concedía valor a mi tarea; su naturaleza intangible, espectral, la falta de objetivo o de remuneración me transportaban hasta regiones como aquella en la que tú, mi objetivo fantasma, existes, mi amada, una creación terrenal tan maravillosa y querida, que nadie vendrá nunca a reclamar; y como todo me distraía de mi tarea, engañándome con la pátina de la temporalidad en lugar de con el diseño gráfico de la eternidad, atormentándome con tus huellas en la playa, con las piedras de la playa, con tu sombra azul sobre la odiosa playa luminosa, decidí volver a nuestras habitaciones de París a instalarme a trabajar en serio. Ultima Thule, aquella isla nacida en el desolado mar gris de mi congoja ante tu muerte, ejercía ahora sobre mí la atracción de un hogar donde acoger mis pensamientos inefables.


 Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

domingo, 12 de agosto de 2018

Agosto: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"... durante ese año de locura (agosto de 1947-agosto de 1948)..."

(Fragmento del capítulo 1 de la segunda parte)
 
Mi abogado ha sugerido que dé un informe preciso y franco del itinerario que seguimos, y supongo que he llegado aquí a un punto en que no puedo evitar esa faena. En líneas generales, durante ese año de locura (agosto de 1947-agosto de 1948) nuestra marcha empezó con una serie de rodeos y espirales en Nueva Inglaterra, después de lo cual serpenteamos hacia el sur, arriba y abajo, hacia el este y el oeste; nos hundimos en ce qu'on appelle Dixieland, evitamos Florida porque los Farlow estaban allí, viramos al oeste, zigzagueamos a través de cintas de algodón y maíz (me temo que esto no sea demasiado claro, Clarence, pero no he tomado notas y sólo tengo a mi disposición, para cotejar con él estos recuerdos, un libro de viajes atrozmente mutilado, en tres volúmenes, casi un símbolo de mi pasado desgarrado y androjoso); cruzamos y volvimos a cruzar las Rocallosas, rodamos por desiertos donde nos azotaron los vientos, llegamos al Pacífico. Giramos al norte a través de la pálida pelusa lila de matorrales en flor junto a los caminos; alcanzamos casi la frontera canadiense, seguimos hacia el este, a través de tierras buenas y de tierras malas, de regreso a la agricultura en gran escala, evitando –a pesar de las estridentes imprecaciones de la pequeña Lo– el terruño natal de la pequeña Lo, en un área productora de maíz, carbón y cerdos, y por fin retornamos al repliegue del este, desembocando en la ciudad escolar de Beardsley.


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

lunes, 30 de abril de 2018

Abril: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"... mientras brotaba en la llovizna de esa noche de abril..."

(Fragmento del primer capítulo)

Le pedí otro encuentro, más elaborado, para más tarde, en ese mismo día, y dijo que me encontraría a las nueve, en el café de la esquina. Juró que nunca había posé un lapin en toda su joven vida. Volvimos al mismo cuarto y no pude menos que decirle qué bonita era, a lo cual respondió modestamente: «Tu es bien gentil de dire ça». Después, advirtiendo lo que también yo advertí en el espejo que reflejaba nuestro pequeño edén –una terrible mueca de ternura que me hacía apretar los dientes y torcer la boca–, la concienzuda Monique (¡oh, había sido una nínfula sin tacha!) quiso saber si debía quitarse la pintura de los labios avant qu'on se couche, por si yo pensaba besarla. Desde luego, lo pensaba. Con ella me abandoné hasta un punto desconocido con cualquiera de sus precursoras, y mi última visión de esa noche con Monique, la de largas pestañas, se ilumina con una alegría que pocas veces asocio con cualquier acontecimiento de mi vida amorosa, humillante, sórdida y taciturna. La gratificación de cincuenta que le di pareció enloquecerla mientras brotaba en la llovizna de esa noche de abril, con Humbert bogando en su estrecha estela. Se detuvo frente a un escaparate y dijo con deleite: «Je vais m'acheter des bas!», y nunca olvidaré cómo sus infantiles labios parisienses explotaron al decir bas, pronunciando la palabra con tal apetito que transformó la «a» en el vivaz estallido de una breve «o».

Me cité con ella para el día siguiente, a las dos y cuarto de la tarde, en mi propia habitación, pero el encuentro fue menos exitoso; me pareció menos juvenil, más mujer después de una noche. Un resfrío que me contagió me hizo cancelar la cuarta cita; no lamenté romper una serie emocional que amenazaba abrumarme con angustiosas fantasías y diluirse en ocre decepción. Que la esbelta, suave, Monique permanezca, pues, como fue durante uno o dos minutos: una nínfula delincuente que brillaba a través de la joven materialista.
 


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

miércoles, 6 de enero de 2016

Unicornios: PÁLIDO FUEGO, de Vladimir Nabokov

"... transformando peones en unicornios de marfil..."

 (Fragmento del Canto Tercero)
 
¡Vida Eterna... basada en una errata!
Mientras volvía a casa reflexioné:
¿aceptar la sugestión  y dejar de investigar mi abismo?
Pero de pronto vi que allí estaba
la verdadera cuestión, el tema en contrapunto;
nada más que esto: no el texto sino la textura; no el sueño
sino la coincidencia invertida,
no el absurdo fútil sino una trama de sentido.
¡Sí! Bastaba que yo pudiera encontrar en la vida
algún vínculo laberíntico, una especie
de estructura concordante en el juego,
un arte plexiforme y algo del mismo
placer que quienes lo jugaban encontraban.
 
No importaba saber quiénes eran. Ningún ruido,
ninguna luz furtiva salía de su intrincada
morada, pero allí estaban, apartados y mudos,
jugando a un juego de mundos, transformando peones
en unicornios de marfil y faunos de ébano;
manteniendo aquí una larga vida, extinguiendo
allá una breve; matando a un rey balcánico;
haciendo caer del cielo un gran trozo de hielo formado
en un avión que vuela a gran altura
y causando la muerte de un granjero; escondiendo mis llaves,
mis anteojos o mi pipa. Coordinando estos
acontecimientos y estos objetos con sucesos lejanos
y objetos desaparecidos. Haciendo ornamentos
de accidentes y posibilidades.
 
 
 Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977).

lunes, 9 de junio de 2014

Espejos (39): LOLITA, de Vladimir Nabokov

"... una cama doble en el espejo, una puerta de ropero con espejo..."
 
(Fragmento)

Parodia de pasillo de hotel. Parodia de silencio y muerte.

- Oh, es el número de nuestra casa -dijo Lo, alegremente. Había una cama doble, un espejo, una cama doble en el espejo, una puerta de ropero con espejo, una puerta de cuarto de baño ídem, una ventana azul oscuro, una cama reflejada en ella, la misma en el espejo del ropero, dos sillas, una mesa con tapa de cristal, dos mesas de noche, una cama doble: una gran cama de madera, para ser exacto, con un cubrecama de felpilla, y dos lámparas de noche de pantallas rosas y rizadas, a derecha e izquierda. Estuve a punto de dejar un billete de cinco dólares en esa alma sepia, pero pensé que la generosidad sería mal interpretada, y puse un cuarto. Agregué otro. Se retiró. Clic. Enfin seuls.

- ¿Dormiremos en un solo cuarto? –dijo Lo. Sus rasgos adquirieron un peculiar dinamismo: no era enfado ni aversión (aunque estaban al borde mismo de ello), sino mero dinamismo como siempre que quería hacer una pregunta de violenta trascendencia.

- Les he pedido que pongan un catre. Dormiré en él, si quieres.

- Estás loco.

- ¿Por qué, querida?

- Porque cuando mi querida mamá lo descubra, querido, se divorciará de ti y me estrangulará a mí. Sólo dinamismo. Sin tomar la cosa demasiado en serio.

- Óyeme -dije sentándome, mientras ella permanecía a pocos pasos, mirándose con satisfacción, no desagradablemente sorprendida de su propio aspecto, colmando con su resplandor rosáceo el sorprendido y complacido espejo del ropero.

- Oye, Lo. Aclaremos esto de una vez por todas. Prácticamente, soy tu padre. Siento gran ternura por ti. En ausencia de tu madre, soy responsable de tu bienestar. No somos ricos, y mientras viajemos, estaremos obligados a... Tendremos que andar juntos bastante tiempo. Dos personas que comparten un cuarto inician inevitablemente una especie de... cómo diré... una especie de...
 
- La palabra es incesto –dijo Lo, y se metió en el ropero, volvió a salir con una risilla joven y dorada, abrió la puerta contigua y después de mirar dentro cuidadosamente, con ojos humosos, para no cometer otro error, se retiró al cuarto de baño.
 
 
 Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

sábado, 5 de octubre de 2013

Ciudadanos del mundo: VOCACIÓN ERRANTE, NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ


Ya en otras ocasiones me he referido al concepto de ciudadano del mundo que, al parecer, tuvo su origen en una frase de Sócrates: "No soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo". Al margen de las ocupaciones cuya esencia es viajera -como los exploradores, marinos, pilotos aviadores y azafatas o transportistas-, en ese aspecto uno de los oficios más paradójicos es el de escritor. Y es que para serlo se requieren largas jornadas de aislamiento que supondrían una naturaleza sedentaria, sin embargo, es bien sabido que entre los individuos más inquietos se cuentan los escritores. Es raro aquel que nace y muere en el mismo lugar. Casi todos han radicado en distintas naciones en determinada época de sus vidas. Algunos con motivo de sus estudios, otros porque tampoco les es ajeno el desempeño de encomiendas diplomáticas, la mayoría por la mera inquietud de conocer el mundo, y desafortunadamente muchos -más de los que sería deseable-, lo hacemos en un exilio forzoso.

Esto último se debe al papel que los escritores asumen con frecuencia como la voz de una sociedad o de ser también quienes llevan el recuento histórico de una nación. Sabido es que para quienes ejercen el poder siempre resulta incómodo afrontar los juicios sobre su desempeño, la enumeración de sus abusos y hasta recibir las propuestas para enmendar los errores cometidos. El escritor, por esencia, no puede ni debe permanecer en silencio, a reserva de convertirse en cómplice de los políticos y dejar de merecer su condición de conciencia crítica.

Jean-Marie Gustave Le Clézio, francés que recibió el premio Nobel de literatura en 2008, sería el epítome del trotamundos: su infancia transcurrió entre la Francia ocupada de la segunda guerra y Nigeria, luego vivió en Tailandia, México (tradujo Las profecías del Chilam Balam al francés y escribió una tesis sobre la conquista de Michoacán), Panamá, Estados Unidos y, sobre todo, en la remota isla de Mauricio, en busca de sus raíces genealógicas. Por si no fuera suficiente, se casó con una mujer originaria de Marruecos, de nombre Jemia, con quien tuvo dos hijas. Esta es una de sus reflexiones sobre nuestro mundo globalizado:

La condición de extranjero hoy nos define como humanos, pese a que vivimos en sociedades en las que el hogar, las fronteras y las leyes sociales son importantes. Lo que se llama mundialización es el invento de un ser humano nuevo que supera las fronteras y se comunica de diversas maneras nuevas. Un extranjero es alguien que puede imaginar los otros mundos y puede trasladarse a otras civilizaciones. En el mundo actual no existe choque de culturas. Hay un poder central del mundo industrial y tecnológico, pero las culturas se resisten a ese poder y se afirman en su medio. Ese enfrentamiento responde al esfuerzo por sobrevivir.

Francia no tuvo la suerte de países como los de América Central o del Sur, que aceptaron una inmigración sin prejuicios. Alemania, España, Italia y Francia se congelaron en un autorrespeto de su historia, y eso es ilusorio. Ahora construyen murallas mentales para impedir la mezcla, pero ésta es una corriente natural. Son sociedades que se vuelven más racistas, más xenófobas.”

Y así nos encontramos con que entre los españoles que llegaron a México durante la guerra civil, estaban Luis Cernuda, Max Aub, Ramón Xirau y Tomás Segovia -estos dos últimos todavía adolescentes-, mientras que León Felipe decía: "Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo..." A Rafael Alberti no le permitieron desembarcar en Tampico, de otra manera su nombre seguramente se habría unido a los mencionados, en cambio, junto con Gómez de la Serna y Francisco Ayala, se exilió en Argentina. También Antonio Machado tuvo que salir de España, aunque el prefirió permanecer en Europa y quedó enterrado en el poblado francés de Coilloure: "Murió el poeta lejos del hogar/ le cubre el polvo de un país vecino."

Con el ascenso de Hitler al poder, en 1933, Thomas Mann se trasladó a Suiza –donde le había precedido Hermann Hesse-, y después a Estados Unidos, durante la guerra. Adquirió la ciudadanía checoeslovaca, primero, y la estadonidense más tarde, por lo que le retiraron la nacionalidad alemana. Años después de concluida la guerra se le restituyó en forma honoraria en Lübeck, su ciudad natal. Murió, al igual que Hesse, en Suiza. Su hermano Heinrich fue declarado persona non grata por los nazis y logró huír a Francia, para después encontrarse con Thomas en Estados Unidos.

Al igual que los hermanos Mann, el ruso Vladimir Nabokov llegó a radicar en los Estados Unidos durante la guerra, cuando tenía cuarenta años de edad. Y si bien su biografía indica que nació en San Petersburgo y murió en Suiza, su novela más conocida, Lolita, fue escrita en idioma inglés cuando vivía en Ashland, Oregon.

En su discurso de agradecimiento al recibir el premio Nobel de literatura ante la Academia Sueca, en 1971, Pablo Neruda narraba la forma en que tuvo que atravesar los Andes a caballo, para poder salir de Chile rumbo a Argentina. Vivió su exilio primero en París y, sobre todo, en Italia.

Cuando T. S. Eliot obtuvo ese mismo premio en 1948, su nacionalidad era la británica -nació en St. Louis Missouri, en Estados Unidos-. En cambio, Saul Bellow era originario de Lachine, en la provincia canadiense de Québec, pero al recibir el Nobel en 1976, era ciudadano estadounidense.

El colombiano García Márquez se había establecido en México y el peruano Vargas Llosa en Barcelona, cuando a su vez también recibieron el Nobel. Julio Cortázar nació en Bruselas y falleció en París, sin embargo, es uno de los escritores argentinos más destacados del siglo 20. Otro argentino, Jorge Luis Borges, pasó los últimos años de su vida en Suiza -como Chaplin-, donde murió en 1986. El mexicano Carlos Fuentes radicó en Venecia por una corta temporada, después en París cuando ocupaba el cargo de embajador, más tarde se estableció en Londres para finalmente regresar a morir en México, que tampoco era su país natal, puesto que nació en Panamá, lugar en el que su padre desempeñaba un cargo diplomático en 1928. Sus restos reposan en un cementerio parisino al igual que los de Julio Cortázar.

Malcolm Lowry era un inglés que vivía en North Vancouver -al otro lado de la bahía-, durante la época en la que escribió su célebre novela Bajo el volcán, que transcurre durante un día de muertos en la ciudad de Cuernavaca, en México. Por su parte, William Gibson es un estadounidense que reside desde la década de los años setenta en una de las pequeñas islas del estrecho de Georgia (el mismo al que José Emilio Pacheco le dedicó un poema con ese título, ya que radicó en Vancouver en una época de su vida), en esta provincia canadiense de la Columbia Británica –desde la que también escribo la presente crónica-. A él se debe la creación del término hoy de uso común ciberespacio, en su obra de ciencia ficción Neuromante (Neuromantic), la gran ironía del asunto estriba en que tan avanzado futurismo fue creado en una antigua máquina de escribir todavía mecánica.

Y como los anteriores hay numerosos ejemplos más. Es como si los escritores hubiesen venido repitiendo la expresión socrática con la que inicia este texto, a lo largo de todos estos siglos, frase a la que Facundo Cabral parecería haberle puesto música: "No soy de aquí, ni soy de allá".

 
Jules Etienne

viernes, 4 de octubre de 2013

Exilio: HABLA, MEMORIA, de Vladimir Nabokov

"... contra un cielo de color melocotón..."

(Fragmento del capítulo duodécimo)
 
4

Tuve inesperadamente noticia de su paradero alrededor de un mes después de mi llegada a la zona sur de Crimea. Mi familia se estableció en las cercanías de Yalta, en Gaspra, junto al pueblo de Koreiz. Todo parecía allí extranjero; los olores no eran rusos, los sonidos tampoco, el asno que rebuznaba cada atardecer justo cuando el muecín empezaba a cantar desde el minarete del pueblo (una delgada torre azul recortada en silueta contra un cielo de color melocotón) era sin duda vecino de Bagdad. Y allí, en un camino de herradura próximo a un cretoso lecho de río por el que diversas cintas serpenteantes de agua poco profunda discurrían sobre piedras ovaladas; allí me encontré a mí mismo con una carta de Tamara en la mano. Miré los abruptos Montes de Yayla, cuyos rocosos ceños estaban cubiertos por el karakul del oscuro pino táurico; y la franja de matorral de hoja perenne que separaba la montaña del mar; y el translúcido cielo rosa, en el que brillaba una presumida media luna, con una sola estrella húmeda en su vecindad; y aquel artificioso escenario me pareció como una litografía de una edición bellamente ilustrada, pero desgraciadamente resumida, de Las mil y una noches. De repente sentí toda la angustia del exilio. Estaba el caso de Pushkin, claro; Pushkin, que había errado por aquí, proscrito, entre estos cipreses y laureles naturalizados, pero aunque sus elegías llegaron quizás a estimularme, creo que mi exaltación no era simple pose. A partir de entonces y durante varios años, hasta que la redacción de una novela me alivió de esa fértil emoción, la pérdida de mi país fue para mí lo mismo que la pérdida de mi amor.
 
 
 Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)
 
La ilustración corresponde al llamado Nido de la golondrina, en Gaspra, península de Crimea.

miércoles, 20 de febrero de 2013

AMOR A PRIMERA VISTA, según Nabokov, Carlos Fuentes, Stendhal, Pacheco y García Márquez


Cuando el profesor Humbert Humbert, -"el curioso apellido de su autor es invención suya", aclara el irónico prólogo de Lolita-, protagonista y narrador de la novela, se encuentra recorriendo la casa de la viuda Haze con el fin de tomar en alquiler una habitación, no puede ocultar su desagrado, y eso se lo debemos a la narración introspectiva:

«Veo que no se siente usted favorablemente impresionado», dijo la dama apoyando un instante su mano sobre mi manga. Combinaba un frío atrevimiento -el exceso de lo que se llama «aplomo»- con una timidez y una tristeza que hacían tan artificial la nitidez con que elegía sus palabras como la entonación de un profesor de «dicción». «Confieso que ésta no es una casa muy... pulcra -continuó la condenada-, pero le aseguro (y me miró los labios) que estará usted muy cómodo, muy cómodo en verdad... Permítame que le muestre el jardín» (dijo estas últimas palabras con más ánimo y con una especie de atracción simpática en la voz).

La sigue más por cortesía que por interés, pensando en terminar el recorrido y salir para abordar el próximo tren, cuando de pronto su mirada descubrirá, por fin, a  Lolita, confirmando lo que expresa Vargas Llosa sobre Humbert, "no es un libertino ni un sensual: es apenas un obseso". Este es el párrafo que corresponde a la visión inicial de la adolescente que se convertirá en obsesión y tormento del narrador por el resto de su vida.

Aún seguía a la señora Haze por el comedor cuando, más allá del cuarto, hubo un estallido de verdor –«la galería» entonó la señora Haze– y entonces sin el menor aviso, una oleada azul se hinchó bajo mi corazón y vi sobre una estera, en un estanque de sol, semidesnuda, de rodillas, a mi amor de la Riviera que se volvió para espiarme sobre sus anteojos negros. Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita (perdida, raptada, encontrada en harapos gitanos a través de los cuales su desnudez sonreía al rey y a sus sabuesos), reconocí el pequeño lunar en su flanco. Con ansia y deleite (el rey grita de júbilo, las trompetas atruenan, la nodriza está borracha) volví a ver su encantadora sonrisa, en aquel último día inmortal de locura, tras las «Roches Roses». Los veinticinco años vividos desde entonces se empequeñecieron hasta un latido agónico, hasta desaparecer.

Me es muy difícil expresar con la fuerza adecuada aquella llamarada, ese estremecimiento, ese impacto de apasionada anagnórisis. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada (sobre los severos anteojos negros parpadeaban los ojos del pequeño Herr Doktor que me curaría de todos mis dolores), mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto –un buen pedazo de triunfal virilidad–, el vacío de mi alma logró succionar cada detalle de su brillante hermosura, para cotejarla con los rasgos de mi novia muerta. Poco después, desde luego, ella, esa nouvelle, esa Lolita, mi Lolita, habría de eclipsar por completo a su prototipo. Todo lo que quiero destacar es que mi descubrimiento fue una consecuencia fatal de ese «principado junto al mar» de mi torturado pasado. Entre ambos acontecimientos, no había existido más que una serie de tanteos y desatinos, y falsos rudimentos de goce. Todo cuanto compartían formaba parte de uno de ellos.

Se podría considerar como la influencia principal de Aura al relato La cena, de Alfonso Reyes -quien devino en mentor literario de Carlos Fuentes a partir de que coincidieron en Brasil, siendo éste todavía un niño, debido a los cargos diplomáticos que desempeñaban tanto Reyes como el padre de Fuentes en la embajada mexicana-. Sin embargo, hubo quienes, como fue el caso de Ricardo Garibay, le adjudicaron el estigma de ser una copia de Los papeles de Aspern, novela de Henry James (aseveración que concita varias objeciones, aunque de momento no es este el espacio oportuno para expresarlas). De manera que no deja de ser estimulante ocuparme ahora de procurar establecer una similitud entre la Lolita de Nabokov y una obra permeada por la fantasía sobrenatural como Aura.

La cuestión es que cuando Felipe Montero visita la vieja casa en la calle de Donceles, donde vive la anciana viuda del general Llorente, tampoco tiene mucho interés en quedarse para trabajar en la redacción de las memorias del difunto. Será sólo la repentina visión de Aura, la sobrina, lo que le impedirá irse. Tal y como le ha acontecido al profesor Humbert -colega, por cierto, de Montero-: 

La señora se moverá por la primera vez desde que tú entraste a su recamara; al extender otra vez su mano, tú sientes esa respiración agitada a tu lado y entre la mujer y tú se extiende otra mano que toca los dedos de la anciana. Miras a un lado y la muchacha esta allí, esa muchacha que no alcanzas a ver de cuerpo entero porque esta tan cerca de ti y su aparición fue imprevista, sin ningún ruido -ni siquiera los ruidos que no se escuchan pero que son reales porque se recuerdan inmediatamente, porque a pesar de todo son mas fuertes que el silencio que los acompañó-.
- Le dije que regresaría...

- ¿Quien?
- Aura. Mi compañera. Mi sobrina.
- Buenas tardes.
La joven inclinará la cabeza y la anciana, al mismo tiempo que ella, remedará el gesto.
- Es el señor Montero. Va a vivir con nosotras.
Te moverás unos pasos para que la luz de las veladoras no te ciegue. La muchacha mantiene los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre un muslo: no te mira. Abre los ojos poco a poco, como si temiera los fulgores de la recámara. Al fin podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen se transforman como si te ofrecieran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear.
- Sí. Voy a vivir con ustedes.

Y para ahondar un poco más en el tema, también resulta pertinente referir la situación opuesta, el joven ante la mujer madura, al momento en el que Julián Sorel, cuando reniega ante la posibilidad de ser el preceptor de los hijos del alcalde y verse obligado a residir en su mansión, se encuentra por primera vez con Madame de Rênal, en Rojo y negro, de Stendhal:

Giró con rapidez sobre sus talones Julián, quien ante la mirada dulce y llena de gracia de la señora de Rênal, perdió buena parte de su timidez. La belleza de la dama que tenía delante fue parte a que lo olvidara todo, incluso el objeto que a la casa le llevaba. La señora de Rênal hubo de repetir su pregunta.

-Vengo para ser preceptor, señora- pudo responder al fin, bajando avergonzado los ojos, llenos de lágrimas que procuró secar como mejor pudo.

La señora de Rênal quedó muda de asombro. Julián no había visto en su vida una criatura tan bien vestida, y mucho menos así de hermosa, hablándole con expresión tan dulce.
Experiencia similar a la que narra José Emilio Pacheco en sus Batallas en el desierto, cuando describe el momento en el que Carlitos visita por primera vez el departamento en el que vive su amigo de la escuela: Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano. Me hubiera gustado quedarme allí mirándola.

Imposible olvidar que también Emilio Sinclair se enamoraba de Eva, la madre de su condiscípulo Max, en Demián, de Hermann Hesse.

No sólo en Lolita y Aura se repetirá esa situación en que la fuerza de la presencia femenina de una joven es capaz de retener al protagonista. En Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, el anciano que ha decidido obsequiarse una virgen al cumplir los noventa años, se topa con el cuerpo indefenso de la adolescente a quien más tarde decidirá bautizar como Delgadina: 

No había escapatoria. Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña  dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle. Me senté a contemplarla desde el borde de la cama con un hechizo de los cinco sentidos. Era morena y tibia.

El impacto que provoca en los personajes el descubrimiento del ser que los deslumbra es la constante de estos encuentros aquí mencionados. Eso mismo que el habla popular denomina "amor a primera vista".

Jules Etienne

(La traducción al español de Lolita es de Enrique Tejedor, y la de Rojo y Negro es de Consuelo Berges).