Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 20 de octubre de 2019

Tu boca: LAS HOGUERAS DE SAN JUAN, de Juan Ignacio Luca de Tena


(Fragmento del segundo acto)

Juan (angustiado): ¡Nora!

Nora: ¿Qué?

Juan: ¡No seas cruel, Nora! ¡No seas cruel conmigo!... ¡No puedo más!... ¡Dios mío!... ¿Qué... qué... qué... qué quieres de mí? ¿Qué quieres que te diga?

Nora (un poco asustada): ¡Juan!

Juan: ¿Querías que te dijera que no puedo vivir sin ti, que desde hace un mes vivo en un infierno, que no sé lo que pienso, ni lo que siento, ni lo que quiero; que has revolucionado todos mis sentimientos y mis ideas, que eres la primera mujer de mi vida, que te adoro, que sueño contigo por las noches, que tengo ansia de tu boca? ¡Nora de mi alma!

Nora: ¡Déjame... deja... Me das miedo.

Juan: Ahora no huyas, no; tienes que oírme. Pero ¿no sabías que la maldad que estabas haciendo conmigo, que desde que has llegado no tengo un minuto tranquilo, que la paz ha huido de mi espíritu? ¡No, maldad, no! He sido yo..., no sé. Ni sé si ha sido el demonio quien te ha traído a esta casa para perderme, o Dios para probarme y para castigar mi orgullo haciéndome ver que mi vocación no era más que orgullo, y orgullo mi virtud, que sólo existía porque yo ignoraba que tú existieras en el mundo.

Nora: ¡Dios mío! ¿Qué he hecho yo?

Juan: Abrirme los ojos a la vida, hacerme pensar en la felicidad de tu cariño y soñar con el momento que puede ser éste, y que, sin embargo, me sigue pareciendo un sueño, de que tú me digas que me quieres, Nora. Porque tú también me quieres, ¿verdad? ¡Dímelo, Nora


Juan Ignacio Luca de Tena (España, 1897-1975).

La ilustración corresponde a la puesta en escena durante el estreno de la obra en 1929. En las fotografías aparecen Carmen Larrabeiti y Emiio Thuillier como el tío y obispo; y la propia Larrabeiti junto con su marido, Carlos Díaz de Mendoza, en los papeles protagónicos de Nora y Juan.

sábado, 11 de agosto de 2018

Mircea Eliade: PROFETA DEL SOLSTICIO


La verdadera dimensión de la figura del rumano Mircea Eliade quedará para siempre condicionada a aquello que su paisano Emile Cioran se refirió como la maldición de los pueblos que se expresan en una lengua provinciana –tal sería el caso de la rumana-, que los condena al anonimato.

Los rumanos vienen siendo los latinos olvidados. Las alusiones cotidianas a las lenguas romances suelen limitarse al francés, italiano, español o portugués, y por lo general se ignora al rumano. Por eso un poeta de la talla de Mihai Eminescu sigue siendo tan desairado. Si hubiese escrito en cualquiera de las lenguas citadas, su lugar en la historia de la literatura tendría, sin duda, mayor preponderancia. A eso también se debe que Lucian Blaga y Mircea Eliade, sean mucho menos conocidos de lo que su obra se merece.*

Mircea Eliade, autor prolífico experto en la historia de las religiones, de formación cosmopolita vagó por el mundo, haciendo escalas en Italia y la India durante su juventud, para después desempeñar cargos diplomáticos en Inglaterra y Lisboa. Al finalizar la segunda guerra se dedicó a la docencia y se trasladó a Francia, donde residió hasta 1957. Finalmente decidió radicar en los Estados Unidos, como catedrático en la universidad de Chicago, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en abril de 1986. Además de su rumano natal hablaba otros siete idiomas: francés, inglés, italiano, alemán y lenguas antiguas como el hebreo, persa y sánscrito.

La versión francesa del segundo tomo de sus Memorias, publicada en 1988, lleva el título de Cosecha del solsticio. Debido a la importancia simbólica que tiene el solsticio en diferentes religiones, éste mantiene un sitio preponderante en la obra de Eliade. Por ejemplo, en el ensayo Lo sagrado y lo profano se refiere a su influencia en algunas culturas milenarias:

La capital del Soberano chino se encuentra en el Centro del Mundo: el día del solsticio de verano, a mediodía, la varilla del reloj de sol no debe proyectar sombra. Asombra reencontrar el mismo simbolismo aplicado al Templo de Jerusalén: la roca sobre la que se había edificado era el «ombligo de la Tierra».El peregrino islandés Nicolás de Therva, que visitó Jerusalén el siglo XII, escribe del Santo Sepulcro: «Es allí donde se encuentra el centro del mundo; el día del solsticio de verano cae allí la luz del Sol perpendicularmente desde el Cielo».

En su Historia de las creencias y de las ideas religiosas señala diferentes dioses y religiones cuyo principal festejo tiene lugar durante el solsticio de verano: "Parece que en el panteón de los baltos ocupaba un puesto importante la diosa del sol, Saule (cuya semejanza con la védica Sürya fue advertida hace tiempo). Se concibe a la vez como madre y como doncella. Saule posee también su montaña celeste, cerca de la que habita Dievs. Muchas veces estas dos divinidades luchan una contra otra; el combate dura tres días. Saule bendice la gleba, ayuda a los que sufren y castiga a los pecadores. Su fiesta más importante se celebra en el solsticio de verano." Respecto a los pueblos eslavos del Báltico: "Su fiesta principal, Kupala (de kupati, «bañarse»), tenía lugar durante el solsticio de verano y comprendía el encendido ritual de los hogares y un baño colectivo. Se confeccionaba con paja un ídolo, kupala, vestido de mujer y luego era colocado bajo el tronco de un árbol cortado, despojado de sus ramas e hincado en tierra."

Por su parte, El mito del eterno retorno explica la doctrina caldea del llamado Año Magno: "En ella se considera el Universo como eterno, pero es aniquilado y reconstruido periódicamente cada “Año Magno” (el correspondiente número de milenios varía de una a otra escuela); cuando los siete planetas se reúnen en el signo de Cáncer (“Invierno Grande”) se producirá un diluvio; cuando se encuentren en el signo de Capricornio (es decir, en el solsticio de verano del “Año Magno”) el Universo entero será consumido por el fuego."

En las páginas de su diario, el 21 de junio de 1949, escribió: “El solsticio de verano y la noche de San Juan conservan para mí todo su encanto y todo su prestigio. Pasa algo –y ese día no sólo me parece el más largo sino pura y simplemente otro que el de ayer y el de mañana.” Unos días después, el 5 de julio, agregaba: “De pronto, recuerdo que hace ahora exactamente veinte años, durante las terribles canículas de Calcuta, esribía el capítulo El sueño de una noche de verano, de Isabel y las aguas del diablo. El mismo sueño del solsticio de verano, con otra estructura y desarrollada a otros niveles, se encuentra en el centro de La noche de San Juan. ¿Será sólo una coincidencia? El mito y el símbolo del solsticio me obsesionan desde hace muchos años. Sin embargo, se me había olvidado que me perseguía desde Isabel…”

De manera que se advierte tal empeño en su novela La noche de San Juan (Noaptea de Sânziene), cuya traducción literal sería La noche de las hadas, en voz de Stefam Viziru, su protagonista: “- No sé como explicártelo –continuó Stefan-. Parece que todo viene de la noche de verano de hace nueve años, de la noche de San Juan de 1936. Es absurdo, pero tengo a veces la impresión de que fue entonces cuando me extravié y, a partir de entonces, ya no he vuelto a vivir mi vida.” El propio personaje prosigue con su relato: “Estaba aferrado al deseo de otra vez los lugares en donde pasé mi niñez en Baneasa. Debo decirte que nunca antes me había sentido tentado a dejar el Ministerio para irme a caminar por el bosque. Esto sólo me ha sucedido una vez –en la noche de San Juan en 1936-. Y entonces, en el bosque, conocí a Ileana. Es como si ella me hubiera atraído allí o quizá fuera yo quien la hubiera atraído a ella. ¿Qué le hizo a una muchacha joven y guapa ir a pasearse tan lejos, sola, en el bosque de Baneasa?"

Entre las costumbres rumanas la tradición de celebrar la Sanziene tiene más de cinco mil años de antigüedad, al tratarse del último día en que el sol brilla a plenitud, pues a partir de entonces irá perdiendo gradualmente su luz y las noches se tornarán cada vez más largas hasta la llegada del invierno. Como las Sanziene son guardianas de la fertilidad, protegen a los cultivos y las mujeres vírgenes. Se decía que cantaban y bailaban volando desnudas por el aire. Por eso todavía en la actualidad en esa fecha niñas y jóvenes van recogiendo flores, sanziene, para hacer coronas con las que adornan su cabellera. Se supone que esas guirnaldas conservan poderes curativos y ayudan a aquellas que desean embarazarse. Cuando las jóvenes, ataviadas con trajes típicos, se encuentran realizando su labor, no deben ser vistas por los hombres.

Unas décadas más tarde, en la extensa entrevista que Eliade concedió a Claude-Henri Roquet y que se publicaría bajo el título de La prueba del laberinto, sobre este mismo tema precisó: “No me interesaba únicamente el simbolismo religioso del solsticio, sino las imágenes y los temas del floklore rumano y europeo. En esa noche se entrabre el cielo, puede verse el más allá y un hombre puede desaparecer… Si alguien tiene esa visión milagrosa sale del tiempo, sale del espacio. Vive un instante que dura una eternidad… Sin embargo, no era la significación de ese simbolismo lo que me obsesionaba, sino la noche misma, esa noche que ya estaba allí.”

Retomando el contexto de la novela, este pensamiento se advierte en el siguiente diálogo entre la pareja protagónica:

Toda clase de milagros se pueden producir”, asegura Stefan, y más adelante señala que “es menester que alguien te enseñe como mirarlos, para saber que son milagros. De otra manera, ni siquiera los ves.” Desconcertada, Ileana se cuestiona: “Dicen que esta noche, exactamente a media noche, se abren los cielos, como que no entiendo”, y admite que “probablemente sólo se abren para aquellos que saben mirarlos.”

Es difícil encontrar otro autor que haya estudiado mejor los solsticios que Mircea Eliade, además de que se erigen en materia esencial de su obra narrativa.


Jules Etienne

* A diferencia del propio Emil Cioran, otros autores rumanos como Eugéne Ionesco (Ionescu) y Tristan Tzara (Samy Rosenstock), se nacionalizaron franceses y escribieron en ese idioma, en tanto que Paul Celan (su apellido era un anagrama del original Ancel), también radicado en París, escribía en alemán. Sus obras alcanzaron mayor difusión que las de sus paisanos que se expresan en rumano, su lengua madre.

viernes, 3 de agosto de 2018

Solsticio: EL SECRETO DEL SOLSTI- CIO DE VERANO, de Christine Kabus

 
(Fragmento del capítulo 21)

Røros, junio de 1895. Clara.

Poco después, la señora Olsson quitó la mesa. Antes de que los comensales se dispersaran, el comerciante de maíz propuso que más tarde fueran todos juntos a la celebración de Sankthans, en la que habría una inmensa hoguera.
 
- ¿Conocen esa costumbre en su país? -le preguntó la dueña a Clara.
 
- Claro, nosotros también encendemos fuegos en honor de San Juan Bautista -respondió.
 
Evocó el recuerdo de la hermana Gerlinde, que les contaba a sus alumnas entre guiños lo prácticos que eran los líderes de la Iglesia en la Edad Media. Como no lograban erradicar antiguas costumbres paganas como la fiesta del solsticio de verano, las transformaron directamente en festividades cristianas. Y así fue como el Mittsommerfest, que tan importante era para celtas y germánicos con el que celebraban la energía vital del sol, se convirtió en el día en que nació Juan el Bautista, el hombre que anunció la venida de Jesús (cuyo nacimiento decidió celebrarse con la Navidad, coincidiendo con el solsticio de invierno).
 
 
Christine Kabus (Alemania, 1964).
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la población de Røros, en Noruega.

martes, 10 de julio de 2018

Noche de San Juan: EL CUADERNO DE MAYA, de Isabel Allende

"Aquí hay tesoros escondidos por los piratas de antaño, todo el mundo lo sabe."

(Fragmento del capítulo 2)

Manuel ha aprovechado el corto verano para recoger información y después, en las horas oscuras del invierno, piensa terminar el libro sobre magia de Chiloé. Nos llevamos muy bien, me parece a mí, aunque él todavía me gruñe de vez en cuando. No le hago caso. Me acuerdo de que al conocerlo, me pareció huraño, pero en estos meses viviendo juntos he descubierto que es uno de esos tipos bondadosos que se avergüenzan de serlo; no hace esfuerzos por ser amable y se asusta cuando alguien le toma cariño, por eso me tiene un poco de miedo. Dos de sus libros anteriores fueron publicados en Australia en formato grande con fotografías a color y éste será parecido, gracias al auspicio del Consejo de la Cultura y varias empresas de turismo. Los editores encargaron las ilustraciones a un pintor de mucho copete en Santiago, quien se verá en aprietos para crear algunos de los seres espeluznantes de la mitología chilota. Espero que Manuel me dé más trabajo, así podré retribuir su hospitalidad; si no, voy a quedar endeudada hasta el fin de mis días. Lo malo es que no sabe delegar; me encarga las tareas más sencillas y después pierde su tiempo revisándolas. Debe creer que soy tarada. Para colmo, ha tenido que darme dinero, porque llegué sin nada. Me aseguró que mi abuela le hizo un giro bancario con ese fin, pero no le creo, a ella no se le ocurren soluciones simples. Más de acuerdo con su carácter sería mandarme una pala para desenterrar tesoros. Aquí hay tesoros escondidos por los piratas de antaño, todo el mundo lo sabe. En la noche de San Juan, 24 de junio, se ven luces en las playas, señal de que allí hay un cofre enterrado. Por desgracia las luces se mueven, eso despista a los codiciosos, y además puede ser que la luz sea un engaño de los brujos. Nadie se ha hecho rico todavía cavando en la noche de San Juan.
 

Isabel Allende (Chilena nacida en Perú y nacionalizada estadounidense, 1942).

lunes, 9 de julio de 2018

Noche de San Juan: PISANDO LOS TALONES, de Henning Mankell

"... precisamente la noche de San Juan, el sol se había decidido a salir."

(Fragmento del prólogo)

En cuanto dio con el lugar que habían elegido para su particular fiesta de la noche de San Juan, comprendió que se trataba de un rincón ideal. Se hallaba situado en una hondonada, rodeada de espesos matojos y, algo más retirados, algunos arbustos.
 
No podían haber escogido un lugar mejor. Ni para sus propios fines, ni para los de él.
 
Ya se estaban dispersando las nubes y, tan pronto como salió el sol, subió la temperatura.
 
Aquel mes de junio había resultado bastante frío en Escania. Todas las personas con las que había hablado de eso se habían quejado de lo frías que habían sido aquellas primeras semanas de verano. Y él se había mostrado de acuerdo.
 
Él siempre se mostraba de acuerdo. De hecho, solía decirse que ésa era la única manera de escabullirse, de evitar cuantos inconvenientes se presentasen en su camino.
 
Era un arte que había aprendido a dominar. El arte de mostrarse de acuerdo.
 
Contempló el cielo y comprobó que no amenazaba lluvia. La primavera y el inicio del verano se habían presentado realmente fríos, pero ahora que empezaba a anochecer, precisamente la noche de San Juan, el sol se había decidido a salir.
 
«Será una noche muy hermosa», se dijo, «además de memorable».
 
 
Henning Mankell (Suecia, 1948-2015).
 
La ilustración corresponde al parque nacional Söderåsen en la provincia de Escania (Skåne), al sur de Suecia.

domingo, 8 de julio de 2018

Solsticio: NOCHE DE SAN JUAN, de Alberto Caeiro (heterónimo de Fernando Pessoa)

"Para mí hay una sombra de luz de hogueras en la noche..."

Noche de San Juan más allá del muro de mi patio.
De este lado, yo sin noche de San Juan.
Porque hay San Juan donde lo festejan.
Para mí hay una sombra de luz de hogueras en la noche,
un ruido de carcajadas, los golpes de los saltos.
Y un grito casual de quien no sabe que existo.
 
 
Fernando Pessoa (Portugal, 1888-1935).

sábado, 7 de julio de 2018

Noche de San Juan: LA DAMA DEL ALBA, de Alejandro Casona

"En honor del sol. Es el día más largo del año, y la noche más corta."
 
(Fragmento del tercer acto)

Peregrina: No hablabas así aquella noche. Al contrario; te oí decir que en el agua era todo más hermoso y más fácil.

Adela: Estaba desesperada. No supe lo que decía.

Peregrina: Comprendo. Cada hora tiene su verdad. Hoy tienes otros ojos y un vestido de fiesta; es natural que tus palabras sean de fiesta también. Pero ten cuidado; no las cambies al cambiar el vestido.
 
(Deja el bordón. Llegan corriendo los niños y la rodean gozosos).

Dorina: ¡Es la andariega de las manos blancas!

Falín: ¡Nos hemos acordado tanto de ti! ¿Vienes para la fiesta?

Andrés: ¡Yo voy a saltar la hoguera como los grandes! ¿Vendrás con nosotros?

Peregrina: No. cuando los niños saltan por encima del fuego no quisiera estar nunca allí. (A Adela). Son mis mejores amigos. Ellos me acompañarán.

Adela: ¿No necesita nada de mí?

Peregrina: Todavía no. ¿Irás luego al baile?
 
Adela: A medianoche; cuando enciendan las hogueras.

 
Peregrina: Las hogueras se encienden al borde del agua, ¿verdad?
 
Adela: Junto al remanso.
 
Peregrina (La mira fijamente): Está bien. Volveremos a vernos… en el remanso.
 
(Adela baja los ojos impresionada, y sale por el fondo).
 
Peregrina y los niños.

Falín: ¿Por qué tardaste tanto en volver?
 
Andrés: ¡Ya creíamos que no llegabas nunca!
 
Dorina: ¿Has caminado mucho en este tiempo?

Peregrina: Mucho. He estado en los montes de nieve, y en los desiertos de arena, y en la galerna del mar... Cien países distintos, millares de caminos... y un solo punto de llegada para todos.

Dorina: ¡Qué hermoso viajar tanto!
Falín: ¿No descansas nunca?
 
Peregrina: Nunca. Sólo aquí me dormí una vez.
 
Andrés: Pero hoy no es noche de dormir. ¡Es la fiesta de San Juan!
 
Dorina: ¿En los otros pueblos también encienden hogueras?
 
Peregrina: En todos.
 
Falín: ¿Por qué?
 
Peregrina: En honor del sol. Es el día más largo del año, y la noche más corta.
 

 
Alejandro Casona: Alejandro Rodríguez Álvarez (España. 1903-1965).
 

La ilustración corresponde a la puesta en escena de la obra para TVE en 1989, dirigida por Gustavo Pérez Puig.

viernes, 6 de julio de 2018

Noche de San Juan: EL MAR, de Cesare Pavese

 "... en casa contemplamos los fuegos desde la terraza (...) y señalábamos gritando las hogueras más lejanas y las más grandes."

(Fragmento inicial)

La noche de San Juan

A veces pienso que de atreverme a subir hasta lo alto de la colina, no me habría escapado luego de casa. La noche de San Juan debió de ser por entonces, porque ya varias veces habíamos tomado la carretera del valle y subido hasta los avellanos a buscar el rodal de las fogatas. Sabíamos que en la cima los había tan anchos como un prado. Pero un día Gosto se ufanó de que de muchacho su abuelo se había escapado de casa y caminando por el valle había subido tan alto que desde allí arriba veía el mar.
 
El valle nos conducía a una viña casi llana, envuelta en jaras. Qué hacíamos allí hasta la noche, no lo sé. Mirábamos las copas de los árboles. Le decía a Gosto que en el mar no encienden hogueras, porque el mar es llanura, y tendido en la hierba me aburría contemplando las nubes. Había también grillos, en aquella viña, y me hubiese gustado ser como ellos para pasar allí la noche y allí encontrarme por la mañana con la primera luz, cuando el sol está todavía frío. El sol, en nuestra tierra, sale por detrás de las colinas bajas, donde el abuelo de Gosto había visto de muchacho el mar.
 
Que el mar quedaba por aquella parte, se lo había dicho yo a Gosto. Los días de tempestad, era por allí que se alzaba el tiempo y el sol volvía a batir como sobre un gran campo de flores, mientras que donde estábamos nosotros aún goteaba. El mar yo siempre me lo he imaginado como un cielo sereno visto a través del agua. La carretera que desciende hasta las colinas no es un camino de campo; deja el valle y sale a una llanura que desciende siempre y que tiene unos árboles que parecen jardines. Una vez en el recodo, pasada la boca del valle, pasado el puente de hierro, está la casita de la Piaña, con su balcón de geranios. Allí abajo ya no hay viñas, ni bosques, ni establos; carrucos tirados por bueyes no suben por allí; suben, en cambio, los birlochitos a todo correr y pandillas con quitasoles.
 
Toda la noche de San Juan, Gosto había estado vagando por el pueblo y yo no pude ir con él porque en casa contemplamos los fuegos desde la terraza. Gosto me esperaba abajo en la calle, y señalábamos gritando las hogueras más lejanas y las más grandes. Pero luego pasó la banda de música que iba al pueblo -estaban todos, Cándido también- y yo me pegaba a los barrotes y les llamaba; Cándido se detuvo para saludar a mis hermanas y bromear con ellas; luego se pusieron en fila, tocando, y Gosto con ellos, y se fueron a la plaza y durante toda la noche se oyó el clarinete de Cándido y trombones y guitarras y cantar a voz en cuello, especialmente las mujeres. Nosotros nos fuimos a dormir cuando las últimas hogueras se apagaban en las negras colinas, y en la cama lloraba de rabia, pero las voces dispersas de los borrachos y de los perros me hicieron pensar en la viña y en los birlochos y en las colinas que al día siguiente vería de nuevo a placer.
 
 
Cesare Pavese (Italia, 1908-1950).

jueves, 5 de julio de 2018

Solsticio: LA NOCHE DE SAN JUAN, de Jorge Luis Borges

"... leña sacrificada que se desangra en altas llamaradas..."
 
El poniente impecable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía,
hoy las calles recuerdan
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas desparramadas.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

miércoles, 4 de julio de 2018

Noche de San Juan: LA SEÑORITA JULIA, de August Strindberg

 
(Fragmento)
 
Julia: Déme usted agua. Así. (Va hacia el lavabo y se lava la cara y las manos). Déme usted una toalla. ¡Ah! ¿Ya ha salido el sol?
 
Juan: Y el duendecillo encantado vigila su fuga.
 
Julia: Sí, esta noche ha procedido como un verdadero duende en acción... Óyeme, Juan. Ven conmigo: ahora tengo medios.

 Juan (Dudando): ¿Suficientes?
 
Julia: Bastantes por lo pronto. Ven conmigo, porque hoy no puedo viajar sola. Fíjate: es el día de San Juan; en un tren asfixiante, apretujada entre una masa de gente, que me mirarán con unos ojos así de grandes; tener que aguardar en las estaciones, cuando yo quisiera volar. No, no; no puedo, no puedo. Y después se me irán presen- tando las sensaciones de la infancia: el día de San Juan, con la iglesia adornada de ramajes: ramas de abedul y saúco. La cena con la mesa suntuosamente puesta: parientes, amigos; el café en el parque: danzas, músicas, flores y juegos. ¡Ah, fugarse! ¡Fugarse! ¡Huir! Pero en el furgón de equipajes nos persiguen los recuerdos, los afectos, los remordimientos...
 
August Strindberg (Suecia, 1849-1912).
 
(Traducido al español por Cristóbal de Castro).
 
Las ilustraciones corresponden a Ingmar Bergman dirigiendo la puesta en escena para el Teatro Real Dramático de Suecia en 1991, y a Peter Stormare como Juan y Lena Olin en el papel de Julia durante una escena de la obra.

martes, 3 de julio de 2018

Solsticio: LA NOCHE DE SAN JUAN, de Nikolái Gógol


(Fragmento)

El estado de Pietro, en lugar de mejorar, se iba haciendo más sombrío a medida que pasaban los días. Como si estuviera encadenado, permanecía sentado en medio de la jata, con los sacos de oro a sus pies. Se había vuelto insociable, le había crecido el pelo y tenía un aspecto terrible. No hacía más que pensar y esforzarse en recordar algo, y se irritaba y se enfadaba ante el fracaso de su empresa. A menudo se levantaba de su sitio con gesto destemplado, agitaba los brazos, fijaba su mirada en un punto como queriendo atraparlo; sus labios temblaban como si anhelaran pronunciar una palabra largo tiempo olvidada y al poco rato se quedaban inmóviles... La ira se apoderaba de él; se roía y se mordía las manos como un loco, y lleno de despecho se arrancaba mechones de pelo, hasta que, apaciguado, se desplomaba como privado de sentido; al poco rato trataba otra vez de recordar, volvía a irritarse, se hundía de nuevo en la desesperación... ¿Qué castigo de Dios era ése? Aquélla no era vida para Pidorka. Al principio, le daba miedo quedarse sola con él en la jata, pero acabó habituándose, la pobre, a su desgracia; no obstante, ya no era la Pidorka de antaño. Ni un rastro de arrebol en las mejillas, ni un atisbo de sonrisa en los labios; el dolor la había agotado, la había consumido, y las lágrimas habían borrado el brillo de sus ojos. Una vez alguien se compadeció de ella y le aconsejó consultar a una bruja que vivía en el Barranco del Oso y que tenía fama de curar todo tipo de enferme- dades.
 
Pidorka decidió probar ese último recurso y logró convencer a la vieja para que la acompañara a su casa. Todo aquello sucedía al atardecer, precisa- mente la víspera de San Juan. Pietro yacía semiinconsciente en un banco y no reparó en la presencia del nuevo huésped. Poco a poco se puso en pie y la miró con atención. De pronto se puso a temblar con todo el cuerpo, como si estuviera sobre el cadalso; sus pelos se pusieron de punta y estalló en una carcajada tan espantosa que el terror se apoderó del corazón de Pidorka. «¡Ahora recuerdo, ahora recuerdo!», gritó Pietro, presa de una espantosa alegría y, tras coger el hacha, la arrojó con todas sus fuerzas contra la vieja. El hacha se hundió casi diez centímetros en la puerta de roble. La vieja se esfumó y en medio de la jata apareció un niño de unos siete años, vestido con una camisa blanca y con la cabeza cubierta... La sábana cayó. «¡Iván!», gritó Pidorka, y se abalanzó sobre él; pero el fantasma se cubrió de sangre de los pies a la cabeza e iluminó toda la jata de una luz roja. Aterrorizada, Pidorka salió corriendo al zaguán; luego, cuando se recobró, quiso socorrerlo. ¡Pero fue en vano! La puerta se había cerrado con tanta fuerza que no fue capaz de abrirla. Acudieron algunas personas que se pusieron a golpear la puerta hasta que la derribaron; pero en el interior de la casa no encontraron a nadie. Toda la jata estaba llena de humo; en medio de la pieza, en el lugar donde debía encontrarse Pietro, había un montón de cenizas que humeaban en algunos puntos. Se acercaron a los sacos, pero en su interior, en vez de monedas de oro, sólo hallaron pedazos de barro cocido. Los cosacos se quedaron como clavados al suelo, con la boca abierta y los ojos desorbitados, sin atreverse a mover el bigote. Tanto les había aterrorizado ese prodigio.
 
Nikolái Gógol (Ruso nacido en Ucrania, 1809-1852).
 
Las ilustraciones corresponden a dos fotogramas de la película Vechir na Ivana Kupalal, adaptación al cine del relato de Gógol dirigida por Yuri Ilyenko en 1969.

lunes, 2 de julio de 2018

Noche de San Juan: EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR, de Marguerite Yourcenar

"Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente..."
 
FUEGOS DEL SOLSTICIO

La fiesta del solsticio de invierno es la Navidad; Pascua, en el equinoccio de la primavera, ocupa por sí sola el lugar de las otras festividades de la estación florida, como esos Mayos que las mozas y mozos de la Edad Media celebraban cabalgando por el bosque o bailando sobre la hierba, o esas Rogativas casi olvidadas hoy, ya que el hombre de nuestra época no ama lo suficiente a la tierra, ni al cielo para pedir para la primera las bendiciones del segundo. El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.
 
Y cierto es que el hombre del desierto, que se alimentaba con miel y saltamontes, el profeta abrasado por la reverberación del mediodía sobre las rocas, el predicador de palabras de fuego, podría simbolizar en Oriente la ardiente estación, e incluso el contraste refrescante del agua del Jordán haría más sensible su intensidad. Pero parece ser que el elemento de esplendor y de serena claridad, tan unidos en nuestras regiones templadas a la idea misma del solsticio de junio, se halla ausente de esta historia de ascetismo y de sangre. Otras fiestas cristianas como la de Pentecostés con sus llamas místicas, y el Corpus, con su profusión floral y rústica en torno a la custodia, son también fiestas de verano; pero jamás fueron sentidas como las fiestas del Verano. La estación que por sí misma es una fiesta no posee, para hablar con propiedad, ninguna fiesta propia.
 
Parece, sin embargo, como si en Francia nuestros farolillos y nuestros fuegos artificiales del 14 de julio, y en los Estados Unidos el derroche de cohetes y de bengalas del 4 de julio yanqui, respondiesen a la misma antigua necesidad del hombre de reproducir en la tierra el gran episodio solar, y añadir algo más, si es posible, a ese calor y a esa luz que bajan del cielo. Y no sentimos demasiado que aquellas antiguas hogueras que se escalonaban de pueblo en pueblo y de cima en cima, amenazando incendiar bosques y altas hierbas, se hayan apagado definitivamente, por muy pintorescos que fueran los brincos de los bailarines saltando en torno a las llamas o por encima de ellas. Nuestros bailes por las calles o en locales populares, que también se han pasado casi de moda, perpetuaron la tradición aunque quitándole su matiz trascendente, salvo quizás en lo referente a ciertos sorbos de patriotismo motivados únicamente, en la conciencia clara de los bailarines, por unos pocos cromos de nuestra historia. Y es posible también que el enorme y casi temible éxodo estival sea en nuestros días un rito solar que ignora su nombre.
 
Pero al pensar en una fiesta del solsticio, un extraño vértigo se apodera de nosotros, semejante al de un hombre que se mantiene en equilibrio sobre una esfera resbaladiza. Esa plena medida de luz, ese día más largo del año que en el Cabo Norte dura cerca de diez semanas, es también el momento en que reina la noche en la Antártida, iluminada tan sólo por los fuegos lejanos de los astros. Aún más, ese apogeo señala el comienzo de un descenso; los días, en lo sucesivo, se irán acortando hasta el nadir del solsticio de invierno; el invierno astronómico comienza en junio, así como el verano astronómico comienza en diciembre, cuando las horas de luz crecen imperceptiblemente de nuevo hasta llegar a la cúspide que constituye el día de San Juan. Tenemos ante nosotros tres meses de prados verdes, de flores, de cosechas, de arena caliente en las playas, de cantos en las ramas, pero el movimiento del cielo está preparando ya nuestro invierno, al igual que en pleno invierno prepara el verano. Estamos atrapados en esa doble espiral ascendente y descendente. «Detente, ¡eres tan hermoso!», podría decir Fausto al solsticio de junio. Lo diría en vano. Sólo dentro de nosotros, además sin esperarla demasiado ni creer demasiado en ella, es donde tenemos que buscar la estabilidad.

 
Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987).
 
* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.
 
La ilustración corresponde a Danza de Salomé ante el rey Herodes (1887), de Georges Rochegrosse.

domingo, 1 de julio de 2018

Noche de San Juan: MAZURKA PARA DOS MUERTOS, de Camilo José Cela

"El que cruza la laguna de Antela pierde la memoria..."

(Fragmento)
 
En el fondo de la laguna de Antela duerme, sepultada bajo las aguas, la ciudad de Antioquía, que paga por los siglos de los siglos sus pecados nefandos. Un amo no puede darse gusto a la carne con la carne del pastor de sus cabras, aunque después lo estrangule con el cinto, porque eso lo prohíbe la ley de Dios; tampoco un lobo puede montar a una cierva, ni una mujer coronar de flores a otra mujer desnuda, preñada o leprosa. Los muertos de Antioquía piden perdón volteando las campanas la noche de San Juan, pero ni les llega ni les llegará nunca porque están condenados por toda la eternidad. El que cruza la laguna de Antela pierde la memoria, no sé si yendo de aquí para allá o viniendo de allá para aquí, y al rey Artús, cuando andaba a la busca del Santo Grial, los soldados se le volvieron mosquitos; la laguna de Antela está llena de mosquitos, también hay ranas y culebras de agua.
 
 
Camilo José Cela (España, 1916-2002).
Obtuvo el premio Nobel en 1989.
 
La ilustración corresponde a una fotografía de la Laguna de Antela en Galicia, España.

sábado, 30 de junio de 2018

Noche de San Juan: HOGUERAS DE SAN JUAN, de Giorgos Seferis

"Si te quedas desnuda frente al espejo a medianoche ves pasar al hombre al fondo del espejo..."

Nuestro destino, plomo vaciado, no puede cambiar
no puede hacerse nada.
Vaciaron el plomo en el agua bajo las estrellas aunque
            arden las hogueras
Si te quedas desnuda frente al espejo a medianoche
ves pasar al hombre al fondo del espejo
al hombre en tu destino que gobierna tu cuerpo,
en la soledad y en el silencio al hombre
de la soledad y del silencio
aunque arden las hogueras.
La hora en que terminó el día y comenzó el otro
la hora en que se cortó el tiempo
aquel que desde ahora y antes desde el principio
             gobernaba tu cuerpo
debes encontrarlo
debes buscarlo para que al menos lo encuentre
algún otro, cuando te hayas muerto.
Son los niños los que encienden las hogueras y gritan
            frente a las llamas en la noche cálida
            (Ocurrió, tal vez, jamás, fuego que no lo haya
            encendido un niño, oh Heróstrato)
y arrojan a las llamas sal para que crepiten (cuán
            extrañamente nos miran de pronto las casas, los
            tragaderos de hombres, cuando un fulgor las acaricia
Pero tú, que conociste la gracia de la piedra sobre la 
            roca por el mar batida
la noche que cayó la calma
oíste desde lejos la voz humana de la soledad y del
            silencio
dentro de tu cuerpo
la noche aquella de San Juan
cuando se apagaron todas las hogueras
y estudiaste las cenizas bajo las estrellas.

 
Giorgos Seferis: Georgios Seferiades
(Griego nacido en Turquía, 1900-1971). Obtuvo el premio Nobel en 1963.