Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 13 de diciembre de 2022

Navidad: NOCHEBUENA ARISTOCRÁTICA, de Jacinto Benavente

 
Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.

La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.

Entre todos no pasaban de quince.

- La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.

Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.
 
- ¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?

- Así, así, pocos y buenos.

- ¡Il faut serrer les rangs, querida marquesa!

- ¡Home, sweet home!

 Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, «Envidia dar pudiera / al más luciente día».
 
Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.

El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.

La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:

- ¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡Para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía sólo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!

Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:

- ¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡Pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!

La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.

La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía. La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo…, y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba. A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.

Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.

Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija…, y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… Y así todos, con el pensa- miento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.
 
Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Sólo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena…, de quien más valía no hablar… Pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.
 
La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.
 
Jacinto Benavente
(España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.
 
La ilustración corresponde a Una conversación (The Conversation Piece), de Solomon Joseph (1844).

lunes, 24 de enero de 2022

Día de reyes: LOS REYES MAGOS, de Jacinto Benavente


Despertóse nervioso, calenturiento. Mal despierto y mal dormido toda la noche, despierto y dormido había soñado con la regia cabalgata de los Reyes Magos. Con los más ricos materiales recogidos en la realidad forjó la imaginación del niño deslum- bradora comitiva; caballos empenachados, con rendajes de oro, y sobre ellos los Reyes resplandecientes de joyas, y detrás los camellos cargados de tiendas enteras de juguetes y de cajas de dulces.

Apenas clareó el amanecer anhelado, de un brinco saltó de la cama y corrió al balcón, trémulo de curiosidad y de esperanza.

Tan pequeño, que no alcanzaba a levantar la falleba, era un manojillo de nervios vibrantes, morenucho, con la piel lisa de los niños morenos en que se transparentan las venas muy azules; los ojos en continuo abrir y cerrar; la nariz respingada; un feíllo con gracia para ser querido antes que admirado; mimo de las madres, celosas siempre por femenil instinto, que aguzado en los hijos hermosos al verlos acariciados por todos, prefieren el menos atractivo, el que es de ellas sólo, el que sólo para ellas es lindo y gracioso.

Al ruidoso forcejear del niño para abrir el balcón acudió una criada dando gritos.

- ¡Demonio, que te vas a morir! ¡Vuelve a la cama!

- ¡Los reyes! ¡Quiero ver lo que me han traído los Reyes!

- ¡Qué tonto, qué tonto!

Era el hermano mayor, que reía desde la cama al enterarse de lo que había ocurrido.

- Mira, mira -le decía al pequeño cuando la criada lo subió en brazos a la cama-. Yo tengo ya mi regalo. -Y le enseñaba un duro de los recién acuñados-. Me dijo papá anoche: “¿Tú crees en eso de los Reyes? ¡Tonto, más que tonto! ¡Los Reyes son papá y mamá!”

- ¡Mentiroso! -gritó el pequeño con ira-. Han venido los Reyes y me han traído muchas cosas, y a ti nada, porque me haces rabiar...

- ¡Tonto, más que tonto! -seguía el otro implacable.

El pequeño rompió a llorar. Acudió el padre, desazonado por la gritería, de mal temple, grave el rostro...

- ¿Qué ocurre?

Explicado el caso, el padre, educador, positivista, tomó desde luego el partido de la razón práctica.

- Tu hermano tiene razón; no hay tales Reyes; ésas son tonterías, y los hombres no creen en esas cosas...

El niño quedó aterrado ante las severas afirmaciones de su padre. Lloraba callada- mente, con honda pena...

- ¿Lo ves, lo ves? -le decía triunfalmente el mayor.

Y él lloraba, lloraba... Entró la madre.

- ¿Qué tiene el niño? ¿Se puede saber por qué llora?

- ¡Déjalo, por tonterías!

- Corazón, ¿por qué lloras?

- Porque dice papá que no vienen los Reyes Magos, que no hay Reyes Magos...

El padre se disponía a insistir con mayor severidad, pero la madre lo contuvo con una mirada y, cariñosamente, se dirigió al niño.

- ¿Te han dicho eso? ¡Por hacerte rabiar! ¡Sí, hay Reyes Magos, sí, vida mía! Unos Reyes muy buenos que quieren mucho a los niños...

Y secando a besos las lágrimas del hijo, iba contando la eterna leyenda y el niño, al oírla, se abrazaba a ella como si ansioso se amamantara de nuevo al pecho de su madre, y con hipo de risa y llanto desafiaba al padre y al hermano.

- ¿Ves lo que dice mamá? ¿Ves cómo es verdad todo?

Jacinto Benavente
(España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.

La ilustración corresponde a una crónica periodística conservada por la Biblioteca Nacional de España,
sobre la participación de Jacinto Benavente en la cabalgata de Reyes, del Ateneo de Sevilla en 1924.

sábado, 6 de octubre de 2018

Otoño: ROSAS DE OTOÑO, de Jacinto Benavente

 
(Tercer acto, escena XV y final)
 
Dichos y Manuel; después, María Antonia

Manuel: Isabel, he conseguido que Pepe atienda a mis razones; está convencido de su error. Es él quien debe y desea ser perdonado; pero teme que María Antonia...

Isabel: No.

Carmen: ¡Dios mío! ¿María Antonia y Pepe?

Isabel: Sí; es tan difícil resignarse y esperar... María Antonia, hijos míos; ven, ven ahora a mis brazos, a los de tu padre... después, con tu esposo.

María Antonia: No, todo acabó; yo no perdono.

Isabel: Sí perdonarás..., para ser un día tan feliz como yo.

María Antonia: ¿Tú, tú eres feliz?

Isabel: Sí, muy feliz... ¿Verdad? Los amores alegres, los amores fáciles que sólo conocen la ilusión y el deseo ven deshojarse sus flores en una breve primavera; para el amor de la esposa, para los amores santos y fieles que saben esperar, son nuestras flores, flores tardías, las rosas de otoño; no son las flores del amor, son las flores del deber cultivadas con lágrimas de resignación, con aroma del alma, de algo eterno, ¿No es verdad, esposo mío?

Gonzalo: ¡Mi esposa santa! De rodillas para adorarte.

Isabel: ¡Ya lo ves, soy muy feliz! Son mis rosas de otoño.

(Telón).
 
 
Jacinto Benavente (España, 1866-1954).
Obtuvo el premio Nobel en 1922.

jueves, 25 de enero de 2018

Nieve: LA BLANCURA DE PIERROT, de Jacinto Benavente

 "Pierrot hubiera querido sepultarse en la blancura de la nieve inmaculada..."

En el molino del Sr. Matías -viejo avariento sin familia, sin amigos, notado en todo el lugar y sus contornos por la fama de su caudal y de su miseria-, trabajaba Pierrot desde niño en la molienda, contento con su suerte, despreocupado con lo porvenir; alma blanca como su cara enharinada de continuo; sin un pensamiento triste; risotadas y canciones en los labios siempre; blanco como la harina de flor, sabrosa masa del pan de su vida, ganada honradamente. Colombina, mozuela graciosa, amapola encendida entre las mieses de oro, era con su presencia en el molino alegría del trabajo, poesía de la existencia afanosa, flor del trigo, avecilla gorjeadora que en sí sola llevaba a la obscuridad sombría del molino, en colores, en luz, en alegría, una primavera eterna de juventud y de amores.
 
Pierrot amaba a Colombina, pero Pierrot era muy pobre, y Colombina había oído referir cuentos de hadas, de príncipes enamorados y pastorcillas hermosas.
 
El Sr. Matías pensaba deshacerse del molino, cansado del trajín incesante, y más aún por dedicarse del todo á la usura, negocio más lucrativo y reposado.
 
¡Si Pierrot pudiera comprar el molino! Colombina, haciéndose cargo de la realidad, desistiría de esperar al Príncipe Azul de sus sueños de color de rosa, y consentiría en ser molinera con su enamorado molinero blanco.
 
Cerca del molino, en una miserable choza, vivía una vieja miserable que, al decir de todos en el lugar, era tan rica como el Sr. Matías, pero le ganaba en avarienta y miserable. Pedía limosna en la ciudad cercana durante el día, y entrada la noche volvía renqueando a su vivienda de sórdida pobreza, y allí, según referían las comadres del pueblo, hasta las altas horas de la noche contaba monedas de oro y plata la vieja avarienta.
 
La idea del crimen se fijó negra como cerrazón de tormenta en el alma de Pierrot. ¡Era tan hermosa Colombina! Una noche de invierno salió Pierrot del molino, y como la luna clarísima blanqueaba su figura blanca, internóse, arrastrándose casi entre los árboles, hacia la choza de la vieja. Antes de penetrar en ella tiznóse la cara y las manos con tizones de brasas, residuo de la fogarada que unos carboneros habían encendido aquella tarde en el monte. ¿Quién podría conocerle, negra la cara y negra él alma, en la negrura de la noche y del crimen?
 
Roja la cara, rojas las manos, salía poco después apretando convulso un bolsón de cuero mugriento rebosante de monedas de oro. Pierrot contemplaba aterrado sus manos y su traje ensangrentados. Sin verla, sentía la sangre que enrojecía su cara... y allí cerca no había agua... y antes de llegar a la aceña podrían verle. Ni el agua, ni el carbón, ni la harina borraban ni encubrían la sangre roja. ¡Pobre Pierrot, rojo para siempre, espectro terrible del crimen!
 
El cielo agrisado, monótono, parecía deshacerse en copos de nieve; pluma suave, como de cisne blanquísimo, que almohadillaba el suelo endurecido, agrietado por la helada.
 
Pierrot hubiera querido sepultarse en la blancura de la nieve inmaculada; deshacerse con ella en blancura; blancura del cielo, fría como perdón sin amor y sin misericordia.
 
La nieve cubría su cara y sus manos con nueva blancura. Borrada la negrura del tizón; borrada la sangre roja del crimen. Pero el calor más tenue fundiría la máscara protectora, y el mísero Pierrot desde entonces vive en la frialdad de una eterna noche, sin calor en el cuerpo ni en el alma, sin contemplar las campiñas rientes, asoleadas con hervor de flores y follajes; sin un rayo de sol ni una llamarada de hogar que conforte su cuerpo aterido; sin un sorbo de vino generoso que en reflejos de granate o de topacio disipe con destellos de oro o rosa las nieblas agrisadas del pensamiento triste; sin los abrazos de la amistad; sin los besos, del amor... ¡Triste Pierrot, de fría blancura, como perdón sin amor y sin misericordia!
 
 
Jacinto Benavente (España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.