"Pierrot hubiera querido sepultarse en la blancura de la nieve inmaculada..."
En el molino del Sr. Matías -viejo avariento sin familia, sin amigos, notado en todo el lugar y sus contornos por la fama de su caudal y de su miseria-, trabajaba Pierrot desde niño en la molienda, contento con su suerte, despreocupado con lo porvenir; alma blanca como su cara enharinada de continuo; sin un pensamiento triste; risotadas y canciones en los labios siempre; blanco como la harina de flor, sabrosa masa del pan de su vida, ganada honradamente. Colombina, mozuela graciosa, amapola encendida entre las mieses de oro, era con su presencia en el molino alegría del trabajo, poesía de la existencia afanosa, flor del trigo, avecilla gorjeadora que en sí sola llevaba a la obscuridad sombría del molino, en colores, en luz, en alegría, una primavera eterna de juventud y de amores.
Pierrot
amaba a Colombina, pero Pierrot era muy pobre, y Colombina había oído referir
cuentos de hadas, de príncipes enamorados y pastorcillas hermosas.
El
Sr. Matías pensaba deshacerse del molino, cansado del trajín incesante, y más
aún por dedicarse del todo á la usura, negocio más lucrativo y reposado.
¡Si
Pierrot pudiera comprar el molino! Colombina, haciéndose cargo de la realidad,
desistiría de esperar al Príncipe Azul de sus sueños de color de rosa, y
consentiría en ser molinera con su enamorado molinero blanco.
Cerca
del molino, en una miserable choza, vivía una vieja miserable que, al decir de
todos en el lugar, era tan rica como el Sr. Matías, pero le ganaba en avarienta
y miserable. Pedía limosna en la ciudad cercana durante el día, y entrada la
noche volvía renqueando a su vivienda de sórdida pobreza, y allí, según
referían las comadres del pueblo, hasta las altas horas de la noche contaba
monedas de oro y plata la vieja avarienta.
La
idea del crimen se fijó negra como cerrazón de tormenta en el alma de Pierrot.
¡Era tan hermosa Colombina! Una noche de invierno salió Pierrot del molino, y
como la luna clarísima blanqueaba su figura blanca, internóse, arrastrándose
casi entre los árboles, hacia la choza de la vieja. Antes de penetrar en ella
tiznóse la cara y las manos con tizones de brasas, residuo de la fogarada que
unos carboneros habían encendido aquella tarde en el monte. ¿Quién podría
conocerle, negra la cara y negra él alma, en la negrura de la noche y del
crimen?
Roja
la cara, rojas las manos, salía poco después apretando convulso un bolsón de
cuero mugriento rebosante de monedas de oro. Pierrot contemplaba aterrado sus
manos y su traje ensangrentados. Sin verla, sentía la sangre que enrojecía su
cara... y allí cerca no había agua... y antes de llegar a la aceña podrían
verle. Ni el agua, ni el carbón, ni la harina borraban ni
encubrían la sangre roja. ¡Pobre Pierrot, rojo para siempre, espectro terrible
del crimen!
El
cielo agrisado, monótono, parecía deshacerse en copos de nieve; pluma suave,
como de cisne blanquísimo, que almohadillaba el suelo endurecido, agrietado por
la helada.
Pierrot
hubiera querido sepultarse en la blancura de la nieve inmaculada; deshacerse
con ella en blancura; blancura del cielo, fría como perdón sin amor y sin
misericordia.
La
nieve cubría su cara y sus manos con nueva blancura. Borrada la negrura del
tizón; borrada la sangre roja del crimen. Pero el calor más tenue fundiría la
máscara protectora, y el mísero Pierrot desde entonces vive en la frialdad de
una eterna noche, sin calor en el cuerpo ni en el alma, sin contemplar las
campiñas rientes, asoleadas con hervor de flores y follajes; sin un rayo de sol
ni una llamarada de hogar que conforte su cuerpo aterido; sin un sorbo de vino
generoso que en reflejos de granate o de topacio disipe con destellos de oro o
rosa las nieblas agrisadas del pensamiento triste; sin los abrazos de la
amistad; sin los besos, del amor... ¡Triste Pierrot, de fría blancura, como
perdón sin amor y sin misericordia!
Jacinto Benavente (España, 1866-1954). Obtuvo el premio Nobel en 1922.
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