Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 6 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: LOS MUERTOS, de James Joyce

"Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo a sollozar..."

(
Fragmento)

Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.

Ella dormía profundamente.

Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se posaron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.

James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

(Traducido al español por Guillermo Cabrera Infante).

martes, 7 de noviembre de 2023

Eclipse solar: ULISES, de James Joyce

"... se paró delante del escaparate de Yeates e Hijo, calculando el precio de los prismáticos."
 
(Fragmento del episodio 8: Lestrigones)

Cruzó por la esquina de Nassau Street y se paró delante del escaparate de Yeates e Hijo, calculando el precio de los prismáticos. ¿O me dejo caer por donde el viejo Harris y charlo con el joven Sinclair? Tipo educado. Seguramente almorzando. Tengo que llevar mis viejos prismáticos a arreglar. Lentes Goerz seis guineas. Los alemanes abriéndose camino por todas partes. Venden con facilidades para atrapar el mercado. Malvendiendo. Podría con suerte encontrar un par en la oficina de objetos perdidos de los ferrocarriles. Asombroso las cosas que la gente se olvida en los trenes y en consigna. ¿En qué estarán pensando? Las mujeres también. Increíble. El año pasado en el viaje a Ennis tuve que recoger el bolso de la hija de aquel granjero y dárselo en el empalme de Limenck. Dinero sin reclamar también. Hay un pequeño reloj allá arriba en el tejado del banco para probar esos prismáticos.

Los párpados bajaron hasta los bordes inferiores de los iris. No lo veo. Si imaginas que está allí casi lo ves. No lo veo. Dio media vuelta y, de pie bajo los toldos, alargó la mano derecha con todo el brazo extendido hacia el sol. He querido probar eso a menudo. Sí: completamente. La punta del dedo meñique tapó el disco solar. Debe de ser el foco donde se cruzan los rayos. Si tuviera unos cristales negros. Interesante. Se hablaba mucho de esas manchas solares cuando estábamos en Lombard Street West. Mirando al cielo en el jardín de atrás. Son explosiones tremendas. Habrá un eclipse total este año: algún día del otoño.
 
James Joyce
(Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

martes, 8 de marzo de 2022

Día de reyes: STEPHEN EL HÉROE, de James Joyce


(Fragmento del capítulo XXIII)

Stephen seguía siendo un amante de las deformaciones provocadas por la oscuridad. El final del otoño y el invierno en Dublín son siempre temporadas de clima húmedo y sombrío. Iba por las calles de noche entonando frases para sí mismo. Repetía a menudo la historia de Las Tablas de la Ley y la historia de la Adoración de los Reyes Magos. La atmósfera de estas historias estaba cargada de incienso y presagios y de las figuras de monjes errantes...

(Fragmento del capítulo XXIV)

Stephen suspiró.

- Recuerdas en La Adoración de los Reyes Magos -"Cuando los inmortales quieren derribar las cosas de hoy para traer las cosas que fueron ayer no tienen quien les ayude ellos excepto uno a quien las cosas de hoy han echado fuera.”

- Sí.

- ¿A quién tengo yo para ayudarme sino a la mujer de negro con sombrero de paja? Y sin embargo deseo traer al mundo la renovación espiritual que aporta el poeta. . . No, ya lo he decidido. No la veré más.

- ¿A la mujer del sombrero negro de paja?

- No, a la virgen.

- Aún así creo que te estás equivocando, dijo Lynch, terminando de beber su pinta.

Los muertos

Si bien la totalidad del relato titulado Los muertos, con el que concluye el volumen Dublineses, acontece un 6 de enero durante una cena con motivo de la celebración de la epifanía en la católica Irlanda, a lo largo del mismo siempre se refiere al festejo como "navidad". Sin embargo, la fecha se evidencia en un par de ocasiones en las que queda establecido que el año nuevo recién  tuvo lugar. "Y su pobre madre que lo obligó a hacer una promesa el Fin de Año. Pero, por qué no pasamos al salón, Gabriel.", dice la tía Kate. Y más adelante se encuentra el siguiente párrafo: "Cuando el coche se arrimó ante el hotel, Gabriel saltó afuera y, a pesar de las protestas del señor Bartell D'Arcy, pagó al cochero. Le dio al hombre un chelín por el viaje. El hombre lo saludó y dijo: - Próspero Año Nuevo, señor." Pero no aparece ni una leve mención a los reyes magos.

James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

miércoles, 17 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: ULISES, de James Joyce

"Creo que está en Dublín, no sé dónde..."

(Fragmento del capítulo 16: Eumeo)

- Creo que está en Dublín, no sé dónde -contestó Stephen sin darse por aludido- ¿Por qué?

- Un hombre dotado -dijo el señor Bloom sobre el seños Dedalus senior-, en más de un aspecto, y un raconteur de nacimiento como hay pocos. Quizá podría usted volver -arriesgó, aún pensando en la desagradabilísima escena en la estación de Westland Row en que se hizo perfectamente evidente que los otros dos, esto es, Mulligan y aquel amigo suyo, el turista inglés, que acabaron por engañar al tercer compañero, estaban intentando visiblemente, como si la maldita estación entera les perteneciera, dar esquinazo a Stephen en la confusión.

No hubo respuesta consiguiente a la sugerencia, sin embargo, en realidad estando demasiado atareadamente ocupados los ojos de la imaginación de Stephen en pintarse el hogar familiar la última vez que lo vio, con su hermana, Dilly, sentada junto a la lumbre, el pelo caído, esperandp a que se hiciera un cacao flojo de Trinidad que estaba en el puchero manchado de hollín para poderlo tomar con caldo de avena en vez de leche después de los arenques del viernes que habían comido a dos por penique, con un huevo por cabeza para Maggy, Bloody y Katey, mientras que el gato bajo la calandria devoraba una masa de cáscaras de huevo y cabezas chamuscadas de pescado y huesos en un trozo de papel de estraza de acuerdo con el tercer mandamiento de la Iglesia de ayunar o guardar abstinencia en los días de precepto, siendo entonces las témporas o, si no, miércoles de ceniza o algo así.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

(Traducido al español por José María Valverde).

miércoles, 10 de febrero de 2021

Nieve: LOS MUERTOS, de James Joyce

"También caía en todo el desolado cementerio de la iglesia..."

(Párrafo final)

Unos cuantos golpes leves sobre el cristal lo hicieron asomarse por la ventana. Había empezado a nevar otra vez. Somnoliento, observó los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuos a contraluz de la lámpara. Había llegado el momento para él de emprender el viaje rumbo al oeste. Sí, los periódicos acertaron: la nieve era general sobre toda Irlanda. Estaba cayendo en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el cerro de Allen y, más al oeste, suavemente caía sobre las turbias aguas del Shannon. También caía en todo el desolado cementerio de la iglesia junto a la colina, en la que Michael Furey yacía enterrado. Reposaba espesa, sobre las cruces corvas y las lápidas, sobre las lanzas de la reja, sobre las espinas yermas. Su alma se desvanecía lenta al escuchar caer la nieve leve sobre el universo y cayendo leve, como el descenso de su último suspiro, sobre todos los vivos y los muertos.

James Joyce (Irlanda, 1882-1941).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

miércoles, 24 de junio de 2020

Epidemias: ULISES, de James Joyce

"... las epidemias diezmadoras: los cataclismos catastróficos que convierten el terror en el fundamento de la mentalidad humana..."

(Fragmento del episodio 18: Penélope)

¿Por qué un fracaso recurrente habría de deprimirle aún más?

Porque en el momento crucial de la existencia humana él quería corregir muchas de las circunstancias humanas, resultado de la desigualdad y de la avaricia y de la animosidad internacional. ¿Creía él entonces que la vida humana era infinitamente perfectible, eliminando esas circunstancias?

Quedaban las circunstancias genéricas impuestas por las leyes naturales, a diferencia de las leyes humanas, como partes integrantes del conjunto humano: la necesidad de destrucción para procurarse la sustancia alimenticia: el carácter doloroso de las últimas funciones de la existencia personal, las agonías al nacer y al morir: la monótona menstruación de las hembras símicas y (especialmente) de las humanas que se prolonga desde la pubertad hasta la menopausia: los inevitables accidentes en el mar, en las minas y en las fábricas: algunas enfermedades particularmente dolorosas y consiguientes operaciones quirúrgicas, la locura innata y la criminalidad congénita, las epidemias diezmadoras: los cataclismos catastróficos que convierten el terror en el fundamento de la mentalidad humana: los levanta- mientos sísmicos cuyos epicentros se localizan en regiones densamente pobladas: el hecho del crecimiento vital, pasando por convulsiones de metamorfosis, desde la infancia pasando por la madurez hasta el deterioro.


James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

domingo, 1 de septiembre de 2019

Tu boca: ULISES, de James Joyce

"Blancas tus manos, roja tu boca y tu cuerpo es delicado."

(Fragmento del episodio tercero: Proteo)

Bésala, tíratela en jerga de pícaros, porque ¡Ay, mi linda gachona amorosa! Blancura satánica bajo sus rancios harapos. En Fumbally's Lane aquella noche: los tufos de la curtiduría.
Blancas tus manos, roja tu boca
y tu cuerpo es delicado.
Ven conmigo a la alcoba.
En la noche besoy abrazo.

Morosa delectación llama el Aquino barrigón a esto, frote porcospino. Adán sin mancha cabalgaba sin brama. Llámale déjale: tu cuerpo es delicado. Lengua ni chispa peor que la suya. Palabras frailunas, chirlería de rosarios marianos en sus cordones: picardías, pepitas que se entrechocan en sus bolsillos.
 
Pasan ahora.
 
Ojeada de soslayo a mi sombrero de Hamlet. ¿Si estuviera repentinamente desnudo aquí tal como estoy sentado? No lo estoy. Por las arenas de todo el mundo, seguida por la espada llameante del sol, hacia el oeste, emigrando a tierras del lubrican.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941).

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Día de los muertos: ARCILLA, de James Joyce

"... a María le iba a tocar la broa premiada, con anillo y todo, aunque ella decía lo mismo cada víspera de Todos los Santos..."
 
(Fragmento)
 
Cuando la cocinera le dijo que ya estaba, ella entró a la habitación de las mujeres y empezó a tocar la campana. En unos minutos las mujeres empezaron a venir de dos en dos, secándose las manos humeantes en las enaguas y estirando las mangas de sus blusas por sobre los brazos rojos por el vapor. Se sentaron delante de los grandes jarros que la cocinera y la mudita llenaban de té caliente, mezclado previamente con leche y azúcar en enormes latones. María supervisaba la dis- tribución de las broas y cuidaba de que cada mujer tocara cuatro porciones. Hubo bromas y risas durante la comida. Lizzie Fleming dijo que estaba segura de que a María le iba a tocar la broa premiada, con anillo y todo, y, aunque ella decía lo mismo cada víspera de Todos los Santos, María tuvo que reírse y decir que ella no deseaba ni anillo ni novio; y cuando se rió sus ojos verdegris chispearon de timidez chas- queada y la punta de la nariz casi topó con la barbilla. Entonces, Ginger Mooney levantó su jarro de té y brindó por la salud de María, y, cuando las otras mujeres golpearon la mesa con sus jarros, dijo que lamentaba no tener una pinta de cerveza negra que beber.
 
James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).

jueves, 21 de junio de 2018

Solsticio de verano: EL DÍA MÁS LUMINOSO


Las menciones al solsticio en la literatura, tanto en novelas y relatos como en la poesía, suelen darse de manera indistinta entre el invernal y el que corresponde al estío. Llegado el momento preciso, en diciembre, me ocuparé del primero de ellos con la amplitud que se merece, pero ahora, por tratarse de la época en que estamos al norte del planeta, me referiré únicamente al que nos concierne en el inicio del verano.

Robert Graves explicaba en Los mitos griegos que “En Atenas las muchachas salían a la luz de la luna llena en el solsticio de verano para recoger rocío —la misma costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta el siglo pasado— para fines sagrados. El festival se llamaba las Herseforias, o «recolección de rocío».”

Resulta difícil encontrar a otro experto en el tema de los solsticios más calificado que el rumano Mircea Eliade. En Tratado de historia de las religiones establece su importancia: “Muchas hierofanías arcaicas del sol se han conservado en las tradiciones populares, integradas en mayor o menor grado en otros sistemas religiosos. Las ruedas en llamas que se hacen rodar montaña abajo en los solsticios, sobre todo en el solsticio de verano; las procesiones medievales en las que llevaban ruedas montadas en carros o en barcas, de las que se conocen antecedentes prehistóricos; la costumbre de atar hombres a las ruedas (en “la caza fantástica”, por ejemplo)…”

El propio Eliade es autor de las novelas Isabel y las aguas del diablo y La noche de San Juan, en las que el solsticio de verano se erige como un elemento dramático esencial en su estructura narrativa. Por ese motivo, antes de agotar este tema, más adelante incluiré un texto dedicado exclusivamente a comentar dicho autor.

La obra más simbólica al respecto podría ser el relato Las noches blancas, de Dostoievski, cuyo título alude de manera evidente a ese período que se vive en algunas regiones de Rusia, como en San Petersburgo, entre la segunda quincena de junio y la primera del mes de julio, en que la luz brilla durante la noche y menciona la importancia del sol en esa ciudad tan septentrional:

"Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo."

Es muy frecuente que se haga referencia al solsticio de verano en la noche de San Juan, aunque no coincidan sus fechas, puesto que el día más luminoso suele ser el 21 de junio, como lo establecen Jules Verne en su novela Robur, el conquistador: “Se aproximaba el solsticio de junio, el día más largo del año en el hemisferio boreal…” y James Joyce en el capítulo 17 –se dice que era su favorito-, de Ulises: “… durante las noches cada vez más largas que seguían gradualmente al solsticio de verano en el día siguiente más tres, a saber, el martes, 21 de junio (San Luis Gonzaga), el sol sale a las 3.33 de la mañana, se pone a las 8.29 de la tarde.”

En tanto que la noche de San Juan tiene lugar tres días después, como aclara Marguerite Yourcenar en Los fuegos del solsticio: “El día de San Juan, fiesta del solsticio de verano, ha apagado casi por todas partes sus fogatas, salvo quizá en los países escandinavos, en donde pueden verse, reflejadas en el agua de los lagos, sus esbeltas llamas. Pero ya nadie en Sicilia acecha al amanecer el día 24 de junio a Salomé desnuda bailando al sol naciente, y llevando en una bandeja de oro, que es una imagen solar, la cabeza cortada del Precursor.” Por eso es que en algunas de las versiones al español del Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, prefieren llamarlo Sueño de una noche de San Juan, como sería el caso de la traducción de Luis Astrana Marín.

Y a propósito de Marguerite Yourcenar, el siguiente es un párrafo de su novela Memorias de Adriano: “Días alciónicos, solsticio de mi vida… Lejos de embellecer mi dicha distante, tengo que luchar para no empalidecer su imagen; hasta su recuerdo es ya demasiado fuerte para mí.”
 
Por su parte, la costarricense Yolanda Oreamuno, autora de La ruta de su evasión, escribió: ".... fue en el solsticio de un verano...viajaban hacia la ciudad unas mujeres de largas crines, rizadas...oscuras como el azabache... con atuendos vivaces y conspicuos atributos....acarreaban gigantescos frutos....soñé que llegaban desde Canaán... pero respondieron con voces altaneras que procedían de Fanzara....la otra tierra de promisión..."
 
Para no dejar a los autores en nuestra lengua, habría que mencionar Los pasos perdidos del cubano Alejo Carpentier: “Yo había visto a las parejas ascender, en noches de solsticio, al Monte de las Brujas para encender viejos fuegos votivos, desprovistos ya de todo sentido.” El otro, menos conocido, es el uruguayo Francisco Piria, a su novela El socialismo triunfante corresponde “Nuestros años no tienen fechas: hoy estamos en el solsticio de verano."

Knut Hamsun, premio Nobel de literatura en 1920, hace una de las descripciones más logradas sin tener siquiera que mencionar la palabra solsticio en su novela Pan:

Comenzó a no haber noche, el sol apenas sumergía su disco en el mar para volver a emerger, rojo y renovado, como si se hubiera sumergido a beber. Por la noches se me ocurrían las cosas más extrañas; ningún ser humano podría creerlas. ¿Pan estaba sentado en un árbol observando mi comportamiento? ¿Tenía el estómago abierto, y estaba tan encogido que bebía de su propio estómago? Hacía todo eso sólo para espiarme, y el árbol entero temblaba con su risa callada cuando veía que mis pensamientos se desbordaban. El bosque entero estaba ajetreado: animales que husmeaban, pájaros que se llamaban los unos a los otros y cuyos reclamos llenaban el aire. Era el año del vuelo del abejorro, sus zumbidos se mezclaban con los de las mariposas nocturnas, parecían susurros, susurros que recorrían el bosque. ¡Cuántas cosas podían escucharse! No dormí en tres noches pensando en Diderik e Iselin."
 
Para Jules Verne, quien era miembro de algunas sociedades secretas, el solsticio tenía un gran valor simbólico. Por eso es frecuente que se encuentren referencias a dicho fenómeno en varias de sus novelas, además de la ya citada Robur, el conquistador, como sería el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino, París en el siglo XX o Los náufragos del Jonathan, entre otras. Pero ese es un tema que también estaré abordando en su momento.
 
Esos serían algunas autores notables. La lista podría ampliarse incluyendo a Tim Powers, escritor estadounidense considerado como el alumno más destacado de Philip K. Dick -autor del relato que dio origen a la película de culto Blade Runner-, y en La fuerza de su mirada (The Stress of Her Regard), ubica el acontecimiento en determinado momento de la narración: “Aquella noche era el solsticio de verano, y los dos se quedaron levantados hasta una hora más tardía que cualquiera de los demás ocupantes de la casa, aunque podían oír a Ed Williams hablando en voz baja en su habitación, seguramente con su esposa.”

También la novela policiaca Casa de verano con piscina, del holandés Herman Koch, inspirada en la detención y arraigo del cineasta Roman Polanski, debido al juicio que dejó inconcluso en los Estados Unidos por la violación de una menor de edad, acontece durante la celebración del solsticio de verano. Aquí el autor reúne en la casa de verano que da título a la obra, propiedad de Ralph Meier, un famoso actor de cine, al doctor Schlosser y su hija Julia, una adolescente de trece años, a un famoso cineasta septuagenario y su joven esposa Emmanuel -casualmente la mujer de Polanski en realidad es la actriz Emanuelle Seigner-. Y al llegar a este punto me he topado con una curiosa coincidencia, porque en la pieza escénica La señorita Julia, del dramaturgo sueco August Strindberg, la protagonista no sólo se llama igual que la adolescente de Casa de verano con piscina, sino que la acción da principio durante el mismo festejo, como queda establecido en uno de sus parlamentos: “¿Se trata quizás de algún filtro mágico que las señoras preparan en la noche de San Juan? ¿Algo con que poder leer en las estrellas propicias del nombre de nuestra prometida?”.

Y a propósito de teatro, en La noche de San Juan, obra de Lope de Vega, el personaje de Pedro asegura que: “Extrañas cosas suceden una noche de San Juan”.

Desde Cervantes en Don Quijote y Dante en la Divina Comedia hasta Henry Miller en Trópico de Capricornio, pasando por La montaña mágica, de Thomas Mann o El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, relatos de Rudyard Kipling, Hermann Hesse y Julio Cortázar, el solsticio siempre ha estado presente en la literatura, como lo podremos corroborar en los días subsecuentes.
 
Este es el archivo correspondiente al solsticio aquí en Mitos y reincidencias:
 

Jules Etienne

sábado, 26 de mayo de 2018

Mayo: ULISES, de James Joyce

"Ella tarareaba. La luna nueva de mayo radiante, amor. Él al otro lado de ella. Codo, brazo. Él. La lámpara de la luciérnaga reluciente, amor."
 
(Fragmento del episodio 8: Lestrigones)

La mano bajó a su costado otra vez.
 
Nunca se sabe nada de eso. Pérdida de tiempo. Bolas de gas que giran, se cruzan unas con otras, avanzan. El mismo sonsonete de siempre. Gas: luego sólido: luego mundo: luego frío: luego concha muerta a la deriva, crocante helado, como ese crocante de piña. La luna. Debe de haber luna nueva, dijo ella. Creo que sí.
 
Siguió por delante de la Maison Claire.
 
Espera. Luna llena fue la noche que estábamos el domingo hace quince días exactamente hay luna nueva. Bajando a pie a lo largo del Tolka.

No estuvo mal para ser luna de Fairview. Ella tarareaba. La luna nueva de mayo radiante, amor. Él al otro lado de ella. Codo, brazo. Él. La lámpara de la luciérnaga reluciente, amor. Roce. Dedos. Preguntando. Respuesta. Sí.
 
Para. Para. Lo que fue fue. Tengo que.
 
Mr. Bloom, la respiración acelerada, andando más lentamente dejó atrás Adam Court.
 
Con un estáte tranquilo, sus ojos tomaron nota: ésta es la calle aquí al mediodía en los hombros caídos de Bob Doran. En una de sus rondas anuales, dijo M’Coy. Beben para poder decir o hacer algo o cherchez la femme. Allá arriba en el Coombe con arrapiezos y callejeras y luego el resto del año sobrio como un juez.
 
Sí. Me lo imaginaba. Escabulléndose por el Empire. Se fue. Agua de seltz sola le vendría bien. Donde Pat Kinsella tenía el Harp Theatre antes de que Whitbred regentara el Queen. Un bendito. El numerito de Dion Boucicault con su cara de lunallena y con diminuta gorra de mujer. Tres muchachas monas de la escuela. Cómo pasa el tiempo ¿eh? Enseñando unos pantalones rojos largos bajo las faldas. Bebedores, bebiendo, reían espurreando, aventando bebidas. Más Power y salud, Pat. Rojo chillón: alegría para borrachos: carcajada y humo. Quítate ese sombrero blanco. Sus ojos arrebatados. ¿Dónde está ahora? De mendigo por algún lugar. El arpa que en otros tiempos nos mató de hambre a todos. Yo era más feliz entonces. ¿O era ése yo? ¿O soy yo ahora yo? Veintiocho años tenía. Ella veintitrés. Cuando nos fuimos de Lombard Street West algo cambió. El hacerlo ya no fue lo mismo después de lo de Rudy. No se puede volver atrás en el tiempo. Como agarrar el agua con la mano. ¿Volverías atrás a aquel entonces? Estaba empezando entonces. ¿Volverías? ¿No eres feliz en tu casa pobre diablillo? Quiere coserme los botones. Tengo que contestar. La escribiré en la biblioteca.


James Joyce (Irlandés fallecido en Suiza, 1882-1941).
 
La segunda ilustración corresponde a un puente para peatones sobre el río Tolka, en Dublín, Irlanda.

domingo, 23 de julio de 2017

Carnaval: RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE, de James Joyce

"... como en esa noche del baile de carnaval, con un ligero revuelo de su traje blanco..."

(Fragmento)
 
En ciertos momentos los ojos de ella parecían a punto de entregarle su confianza, pero había aguardado en vano. Y ahora la veía danzando con ligereza en su memoria, como en esa noche del baile de carnaval, con un ligero revuelo de su traje blanco y un ramo de flores blancas sacudiéndose en su cabello. Danzaba con ligereza en la ronda. Se acercaba a él y, al hacerlo, su mirada se apartaba y un tenue rubor se extendía por sus mejillas.

James Joyce (Irlanda, 1882-1941)
 
(Traducido al español por Miguel Martínez Sarmiento)

sábado, 22 de julio de 2017

Carnaval: LAS MÁSCARAS DE LOS ILLUMINATI, de Robert Anton Wilson

"Pensaba que un nuevo mundo se abriría ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente, fue el más vulgar carnaval..."

(Fragmento de la Tercera Parte)

El viento silbante se calló en tres ocasiones, casi amainando: pero las mismas tres veces volvió a la carga, tan cálido y enloquecedor como siempre; la paciencia de la gente empezaba a quebrantarse.
 
Einstein, Joyce y Babcock estaban reunidos nuevamente; en aquella ocasión en el estudio de Einstein, donde habían quedado a las tres. El profesor parecía era el más alegre del trío, pues se había recuperado de la larga noche anterior con la única ayuda de unas pocas horas de sueño y la estimulación intelectual de su clase de Física del mediodía. Joyce estaba todavía un poco descolgado, y se le notaba. Babcock, tras yacer espasmódico en un diván del salón de Joyce durante casi toda la mañana, apenas se encontraba algo menos desesperado que la noche anterior.
 
- Bien, Jeem -empezó Einstein-, honestamente: ¿qué le parecen las notables aventuras de nuestro amigo?
 
- ¿Honestamente? -repitió Joyce-. Empiezo a preguntarme si tales cosas son posibles.
 
Einstein no respondió; pero su mirada era una clara invitación a Joyce para que continuase.
 
- En una ocasión -comentó Joyce pensativamente-, una feria llamada Arabia llegó a Dublín. Yo me podía pasar diez horas diarias devorando toda clase de literatura romántica sobre el misterioso Oriente, los secretos de los sufíes, la magia de los derviches, Aladino y Ali Babá y cosas de ese tipo. ¿Puedes imaginarte lo que significó para mi la palabra «Arabia»? Mi impaciencia y excitación según se acercaba el día de la feria eran del mismo orden que mis emociones, pocos años después, cuando, nervioso, penetré en el Distrito de las Luces Rojas para buscar una prostituta por primera vez. Pensaba que un nuevo mundo se abriría ante mí, un mundo lleno de magia y maravilla. Lo que encontré, naturalmente, fue el más vulgar carnaval, dedicado a entretener a los palurdos y vaciar los bolsillos de los más lerdos.
 
Babcock miró confundido al oír el discurso; Einstein se mostraba solemne. El silencio duró hasta que Joyce volvió a hablar.
 
- Mr. William Butler Yeats y sus amigos -continuó Joyce, sin más-, vivían en Arabia. Para ellos era real. Ciertamente, más real que sus sirvientes. Avanzamos todos los días por el mundo de la experiencia pero mentalmente vamos tan desnudos como Adán en el Edén. Me atrevería a decir que sólo tenemos ciertas ideas fijas acerca de si ir al bar de la esquina, a la feria llamada Arabia, o al Polo Sur con Amundsen. Si un carterista entrase en esta habitación, buscaría carteras que saquear; si a Sócrates le hicieran pasar a la feria llamada Mileva -se inclinó caballeroso hacia la cocina, donde la señora Einstein podría estar escuchando-, Sócrates buscaría mentes a las que poder preguntar. Si Mr. Yeats estuviera aquí, sólo vería meras sombras materiales de las Eternas Ideas Espirituales conocidas como Ciencia -señalando a Einstein-, Arte –apuntándose irónico a sí mismo- y Misticismo -marcó a Sir John-. Veo a tres personas con vidas diferentes -concluyó abruptamente.
 
- Con todo esto -preguntó Einstein con sequedad-, ¿quiere decir que la gente del Amanecer Dorado no parece más loca que el resto del mundo?
 
- Estoy diciendo -replicó Joyce- que puedo ver al mundo del mismo modo que Yeats y los ocultistas: como una aventura espiritual llena de Profecías y Símbolos. También puedo verlo, si lo prefiero, como me enseñaron a pensar los jesuitas cuando era joven: como un valle de lágrimas y una red de pecado. O puedo considerarlo según la épica homérica, o como una deprimente y novela naturalista de Zola. Me interesa estudiar todas las facetas. Sir John se inclinó hacia adelante, repentinamente interesado.
 
- Creo que empiezo a comprenderle un poco –dijo-. Afirma que yo vivo en una novela gótica mientras usted prefiere hacerlo en una de Zola.
 
- No exactamente -contestó Joyce-. La escuela de Zola es unidimensional. Yo busco una visión multidimensional. Quiero ver el fondo de las novelas góticas, de las de Zola y de todas las mascaradas para ver luego más allá.
 
- Fascinante -confesó Einstein-. Fascinante.
 

Robert Anton Wilson (Estados Unidos, 1932-2007)

lunes, 9 de noviembre de 2015

James Joyce e Italo Svevo: DOS VIAJES DE NOVIOS POR VENECIA

"...en Venecia, paseábamos en góndola, por uno de esos canales..."

No deja de resultar curioso el hecho de que James Joyce escribió una buena parte de Ulises mientras radicaba en Trieste, muy cerca de Venecia, pero haya evitado visitarla durante los diez años que permaneció allí, en contraste con tantos escritores de las más variadas procedencias que se enamoraron de la ciudad.
 
Cuando tuvo que viajar en tren a Padua con el fin de aplicar para un puesto de profesor de inglés, tendría que haber transbordado en Mestre o Venecia misma, aunque resulta evidente que no tenía ningún interés por conocerla. En una carta que le escribe a su esposa Nora, fechada el 25 de abril de 1912, se queja de que Padua estaba llena de viajeros que no alcanzaron hospedaje en Venecia y por ese motivo se vio en la necesidad de emprender un peregrinaje hotel tras hotel hasta finalmente conseguir una habitación.
 
Dos años más tarde, con el inicio de la guerra, como Trieste era parte del imperio austro-húngaro, se volvió casi imposible recibir correspondencia procedente de Inglaterra, país enemigo, por lo que se vio obligado a utilizar un domicilio en Venecia que le facilitó su amigo Italo Svevo. A éste, cuyo verdadero nombre era Ettore Schmitz -de origen judío y converso al catolicismo-, lo conoció cuando era su alumno de inglés y de inmediato entablaron una amistad basada en sus afinidades literarias. Schmitz solía decir que adoptó su seudónimo debido a que: "Me daba pena ver esa pobre e insignificante vocal rodeada de un montón de feroces consonantes", y con ese nombre publicó, en 1892 y 1898, sus primeras dos novelas: Una vida y Senilidad, las cuales pasaron desapercibidas. Será hasta 1919 cuando inicie la escritura de su obra más ambiciosa, La conciencia de Zeno, cuya primera edición aparecería en 1923, un año después que Ulises. 
 
Está bien documentado que Joyce estuvo de paso por Venecia, entre el 3 y el 5 de julio de 1920, junto con Nora y sus hijos, camino a París, a donde iba animado por la insistencia de Ezra Pound -paradójico si se considera la pasión que éste expresaría por Venecia en el futuro- para procurar la traducción al francés de El retrato de un artista adolescente y Dublineses. Llegó a la capital francesa por una breve temporada y se quedó veinte años. Allí concluiría Ulises, en cuyo torrente del episodio final, Penélope, entre páginas enteras que no admiten el respiro de la puntuación, escribió estas líneas que incluyen una muy breve referencia veneciana:
 
"... pero lo calé hablándome de todos los sitios bonitos que podríamos ir para el viaje de novios Venecia a la luz de la luna con las góndolas y el lago Como tenía una foto recorte de algún periódico y de mandolinas y farolillos..."
 
Imposible pasar por alto su relativa semejanza con este párrafo que corresponde al capítulo cuarto, Esposa y amante, en La conciencia de Zeno:
 
"Recuerdo que una noche, en Venecia, paseábamos en góndola, por uno de esos canales sumergido en profundo silencio que sólo interrumpía de vez en cuando la luz y el ruido de una calle que de repente se abre sobre él. Augusta, como siempre, miraba las cosas y las registraba con precisión: un jardín verde y fresco que surgía de una base sucia dejada al descubierto por el agua que se había retirado; un campanario que se reflejaba en el agua turbia; una callejuela larga y oscura con un río de luz y con gente al fondo. En cambio, yo, en la oscuridad, sentía, con absoluto desconsuelo, a mí mismo. Le hablé de que el tiempo pasaba y pronto haría ella de nuevo aquel viaje de novios con otro. Estaba tan seguro de ello, que me parecía contarle una historia ya sucedida y me pareció fuera de lugar que se echara a llorar para negar la verdad de dicha historia."
 
Svevo y Joyce: dos amigos escritores cuyas novelas más ambiciosas se publicaron casi al mismo tiempo, convivieron durante una década en Trieste y ubican a sus personajes de luna de miel en una góndola veneciana. Al menos estas coincidencias sirven como pretexto para ocuparse de ellas.
 
 
Jules Etienne

viernes, 8 de agosto de 2014

Espejos (99): ULISES, de James Joyce

"Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo."

(Fragmento del capítulo 14)

¿Qué edad tiene el alma del hombre? Así como tiene la virtud del camaleón para cambiar su tinte con todo lo que se le acerca, de ser alegre con el divertido y triste con el abatido, del mismo modo su edad es cambiable de acuerdo con su humor. Leopoldo ya no es, sentado como está ahí, rumiando el bolo de la reminiscencia, aquel sensato agente de publicidad y poseedor de una modesta fortuna en fondos. Veinte años han pasado. Ahora es el joven Leopoldo. Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo. Se ve aquella figura joven de entonces, precozmente varonil, caminando en una mañana de escarcha desde la vieja casa en Clanbrassil Street hasta el instituto, la cartera llena de libros en bandolera, y en ella un buen trozo de pan de trigo, una idea de la madre. O quizás sea la misma figura, pasado ya un año más o menos, con su primer sombrero hongo (¡ah, aquél sí que fue un gran día!), ya en la calle, un viajante hecho y derecho de la empresa familiar, equipado con un libro de pedidos, un pañuelo perfumado (no sólo para lucirlo), un estuche de relucientes artículos de bisutería (¡ay, ya algo del pasado!) y una pilada de complacientes sonrisas para esta o aquella ama de casa medio conquistada calculando con los dedos o para una doncella en flor, agradeciendo tímidamente (¿y el corazón? ¡dime!) sus estudiados cumplidos. El perfume, la sonrisa, pero, más que todo eso, los ojos oscuros y los modales untosos, volvían a casa a la caída de la tarde con sus buenas comisiones junto al cabeza de la empresa, sentado con la pipa de Jacob después de idénticas tareas en el rincón de la chimenea destinado al padre (la comida de fideos, con toda certeza, se está recalentando) leyendo a través de lentes de concha algún periódico de Europa de hace un mes. Pero ah, y listo, el espejo se enturbia y el joven caballero errante se evapora, se consume, queda convertido en un punto diminuto en la niebla. Ahora él es el padre y los que están a su alrededor podrían ser sus hijos. ¿Quién podría decirlo? El padre sabio que sabe quién es su propio hijo. Él piensa en una noche de llovizna en Hatch Street, muy cerca de los almacenes, allí, la primera. Juntos (ella es una pobre niña abandonada, hija de la vergüenza, tuya y mía y de todos por sólo un chelín y su penique de la suerte), juntos oyen los pasos cansinos de la guardia mientras dos sombras engabardinadas cruzan por la nueva universidad real. ¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bodas. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante Wat.) la luz inundará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro corazón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consumado pero -¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la pobre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la carga del niño sol áureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941) 

domingo, 13 de octubre de 2013

Exilio: LAS POÉTICAS DE JOYCE, de Umberto Eco

 
(Fragmento de El catolicismo de Joyce)
 
«Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar mi patria y mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia.» Con la confesión de Stephen a Cranly, el joven Joyce presenta su propio programa de exilio: los supuestos de la tradición irlandesa y de la educación jesuítica pierden su valor de regla creída y observada. El camino que acabará en las últimas páginas del Work in Progress continúa bajo el signo de una absoluta disponi- bilidad espiritual.
 
Umberto Eco (Italia, 1932)

sábado, 12 de octubre de 2013

Exilio: EXILIADOS, de James Joyce


(Fragmento del tercer acto)

Richard (Pasa una página): ¡Ah, sí, aquí está! Un irlandés distinguido. (Comienza a leer con voz bastante elevada y áspera). No es uno de los menos fundamentales de los problemas con los que se enfrenta nuestra patria plantearse qué actitud adoptar para con aquellos de sus hijos que, habiéndola abandonado en su hora crítica han sido llamados de nuevo ahora a ella, en vísperas de su tan largamente esperada victoria; a ella, a quien por fin han aprendido a amar en la soledad y en el exilio. Hemos dicho en el exilio, mas nos vemos obligados a hacer una distinción. Existe un exilio económico y otro espiritual. Hay quienes la abandonaron para procurarse el pan que sustenta a los hombres, y hay otros, sí, sus hijos más favorecidos, que la abandonaron para buscar en otras tierras ese alimento del espíritu que mantiene viva a una nación de seres humanos. Quienes evoquen la vida intelectual del Dublín de hace una década, tendrán muchos recuerdos del señor Rowan. Algo de aquella fiera indignación que laceraba el corazón...

 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941)

lunes, 18 de marzo de 2013

Ayer celebramos el día de San Patricio


"Que la fortuna de las colinas Irlandesas te abracen.
Que las Bendiciones de San Patricio te contemplen."

Había estado lloviendo durante varios días seguidos, lo cual no sorprende a nadie y menos aún durante esta temporada que precede a la primavera en Vancouver. En un par de ocasiones tanta lluvia mereció una alerta metereológica. Sin embargo, San Patricio nos hizo el milagro y ayer domingo por fin se asomó el sol. De tal manera que fue posible disfrutar a plenitud del desfile y el festival celta que invade cada año la ciudad en esta fecha.
 
Que la buena suerte te persiga,
Y cada día y cada noche.
Muros contra el viento,
Y un techo para la lluvia,
Y bebidas junto a la fogata,
Risas para consolarte
 
La única ocasión que tuve la oportunidad de pisar suelo irlandés fue en Shannon, hace ya poco más de veinte años, cuando regresaba a la ciudad de México desde Moscú y el vuelo realizó una escala de abastecimiento en el aeropuerto de ese lugar. Recuerdo muy bien lo impresionante que resulta la visión de tanto verde previa al aterrizaje. Por eso es el color de los irlandeses, le llaman la isla esmeralda y tienen razón.

Que el camino salga a tu encuentro
Que el viento siempre esté detrás de ti
Y la lluvia caiga suave sobre tus campos.

Cuatro autores irlandeses han recibido el premio Nobel de literatura: William Butler Yeats en 1923; George Bernard Shaw en 1925; Samuel Beckett en 1969; y Seamus Heaney en 1995. Los tres primeros originarios de Dublín mientras que Heaney nació en Irlanda del Norte, pero siendo católico tuvo que trasladarse a Dublín cuando recrudeció la hostilidad religiosa. En contraste, otro dublinés con una obra literaria tan importante como James Joyce, no lo recibió. Por su parte, Oscar Wilde también era nativo de la capital irlandesa.

Recuerda siempre olvidar
Las cosas que te entristecieron.
Pero nunca te olvides de recordar
Las cosas que te alegraron.

De James Joyce es esta descripción que corresponde a Retrato del artista adolescente:

La luz velada del sol iluminaba débilmente el gris mantel de agua del estero. A lo lejos, siguiendo el lento curso del Liffey, esbeltos mástiles manchaban el cielo, y, más lejos aún, el confuso caserío de la ciudad yacía sumido en la neblina. Como en un tapiz borroso y tan viejo como el cansancio del hombre, la imagen de la séptima ciudad de la cristiandad le era visible a través del aire, del aire que no varía con los años; y la ciudad no aparecía más vieja ni más cansada, ni menos sufrida en la esclavitud que en tiempos de las asambleas medievales.

Descorazonado, levantó los ojos hacia las nubes que derivaban lentamente como vellones marinos. Viajaban a través de los desiertos del cielo, como un ejército de nómadas en camino; viajaban por encima de Irlanda, con rumbo a occidente. Y Europa, de donde venían, yacía, lejos, al otro lado del mar de Irlanda; Europa, la de las extrañas lenguas, con sus valles y sus bosques y sus ciudadelas, con sus razas dispuestas y atrincheradas. Oyó dentro de sí una confusa música hecha de recuerdos y de nombres de los cuales casi tenía conciencia, aunque sin poderlos capturar ni por un momento; luego la música pareció ir cejando, cejando, cejando, y de cada paso de su retroceso salía siempre una larga nota de llamada que atravesaba como una estrella el crepúsculo de silencio. ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez! Una voz del otro mundo le estaba llamando.

En su obra teatral Un marido ideal, con esa ironía implacable que siempre le caracterizó, Oscar Wilde aventuraba en voz del personaje Mistress Cheveley que: "Si se pudiese enseñar a los ingleses a hablar y a los irlandeses a escuchar, la sociedad londinense sería completamente civilizada."

Durante el desfile de San Patricio un contingente de gaiteros se hizo escuchar. A diferencia de años anteriores, esta vez también se integraron algunas mujeres y pude distinguir un rostro indudablemente asiático. Es la sociedad global, pensé: el único futuro viable de la humanidad. Alguien entre el público leyó la tradicional bendición irlandesa de la que en la columna derecha del presente texto he estado reproduciendo algunos párrafos -de manera arbitraria y desordenada-. Ya para concluir, este es otro fragmento significativo:

Recuerda siempre olvidar
A los amigos que resultaron falsos.
Pero nunca olvides recordar
A aquellos que permanecieron contigo.
Recuerda siempre olvidar
Los problemas que ya pasaron
Pero nunca olvides recordar
Las bendiciones de cada día.
Que el día más triste de tu futuro
No sea peor que el día más feliz de tu pasado.
Que nunca se te venga el techo encima
Y que los amigos reunidos debajo de él, nunca se vayan.
Que siempre tengas palabras cálidas en un frío anochecer,
Una luna llena en una noche oscura,
Y que el camino siempre se abra a tu puerta.


Jules Etienne

La ilustración apareció en insidevancouver.ca
y se le acredita al usuario de Flickr con el seudónimo de 2sirius.