MITOS Y REINCIDENCIAS
Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
miércoles, 21 de octubre de 2026
Otoño: TUS OJOS QUE ANTAÑO NUNCA SE CANSARON DE LOS MÍOS..., de W. B. Yeats
martes, 20 de octubre de 2026
Otoño: DEMIAN, de Hermann Hesse
lunes, 19 de octubre de 2026
Otoño: POEMA SEIS, de Pablo Neruda
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
domingo, 18 de octubre de 2026
Otoño: EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, de D. H. Lawrence
(Párrafo del capítulo 2)
Y hasta el presente era una vida... en el vacío. Por lo demás era una no-existencia. Wragby estaba allí, allí estaban los sirvientes..., pero de un modo espectral, sin existencia efectiva. Connie daba paseos por el parque y por el bosque que rodeaba al parque, disfrutaba de la soledad y del misterio, pisando las hojas muertas en otoño y cogiendo prímulas en primavera. Pero todo era un sueño, o más bien, un simulacro de realidad. Las hojas de roble eran para ella como hojas de roble deformadas por un espejo, ella misma era un personaje leído por alguien, recogiendo prímulas que no eran más que sombras, o recuerdos, o palabras. ¡Sin sustancia para ella, sin nada... ; sin presencia, sin contacto! Sólo existía aquella vida con Clifford, aquel intermi- nable entramado de historias, aquel puntillismo de la consciencia, aquellos cuentos de los que Sir Malcolm decía que estaban vacíos y que no pervivirían. ¿Por qué habían de tener un contenido, por qué habrían de pervivir? A cada día le basta con su propia insuficiencia. A cada momento le basta con la apariencia de realidad.
sábado, 17 de octubre de 2026
Otoño: VEN AL PARQUE ABANDONADO, de Stefan George
Allí, el amarillo tiempo, el tenue pardo
de bayas y abedules, el viento está templado,
las rosas tardías aún no se agostaron,
elígelas y bésalas y la corona teje.
Tampoco olvides estos últimos amelos,
la púrpura de vid silvestre en los sarmientos,
y lo que sobró también de una existencia joven,
olvida lo ligero al rostro del otoño.
viernes, 16 de octubre de 2026
Otoño: EXTRAÑOS EN UN TREN, de Patricia Highsmith
(Fragmento del capítulo 42)
Aquella noche, Guy encendió el primer fuego del año, el primero que se encendía en su nueva casa. Anne se hallaba tendida enfrente de la chimenea, con la cabeza recostada en un cojín del sofá. El frío nostálgico del otoño flotaba en el aire, llenando a Guy de melancolía y de una inquieta energía. No era la energía alegre que había sentido en los otoños de su juventud, sino que por debajo de ella corría una sensación de frenesí y desesperanza, como si se tratase del último estallido de una vida que ya rodaba pendiente abajo. ¿Qué mejor prueba de que así era que el no sentir ningún temor por lo que le aguardaba? ¿Es que Gerard no contaba ya con suficientes indicios para adivinar la verdad, sabiendo que él y Bruno se habían conocido en el tren? ¿No iba a comprenderlo cualquier día, cualquier noche, cualquier instante en que sus gruesos dedos se llevasen el cigarro a la boca? ¿A qué estaban esperando, Gerard y la policía? A veces presentía que Gerard quería recoger hasta los detalles más insignificantes sobre el caso, recoger grano a grano todas las pruebas en contra de ellos dos, y luego, súbitamente, dejarlas caer sobre ellos, ani- quilándoles.
jueves, 15 de octubre de 2026
Otoño: EL GRAN INVIERNO, de Ismail Kadaré
Primera parte: Réquiem por el verano que pasó
(Fragmento del capítulo primero)
—Ha empezado el otoño —comentó Kristaq pensativo, sin apartar la vista de su yerno, como si éste hubiera traído de la calle las huellas del otoño. Besnik se pasó la mano por el pelo para sacudir unas gotas de lluvia.
—Sí, se ha estropeado el tiempo.
—Ayer se marchó el último de los embajadores que habían venido de vacaciones —dijo Kristaq con un tono de voz como si hablara de la migración de los pájaros—. Justo el otoño.
—Octubre está ya bien avanzado —puntualizó Liria.
—Segundo otoño —intervino Skënder Bermema sin quitarse el cigarrillo de la boca—, por algo le llaman así.
—Ya no se utiliza ese nombre —replicó Kristaq—, a no ser en las novelas.
—Pues muy mal que no se utilice. Para mí, las palabras octubre o septiembre, son estériles; sin embargo, primer otoño, segundo otoño y tercer otoño están llenas de vida.
—Interesante, no se me había ocurrido.
—Se trata del drama completo del frío con su ritmo creciente, acto tras acto —prosi- guió con su teoría Skënder Bermema. Con el movimiento de sus labios graves, la ceniza del cigarrillo, que aún no había tirado, le cayó sobre la rodilla, pero no se dio cuenta o simuló no dársela. Su mujer se la limpió con un movimiento suave de la mano. La conversación sobre el otoño se agotó en un minuto, como cualquier conversación sobre el tiempo.
Ismail Kadaré (Albania, 1936-2024).
miércoles, 14 de octubre de 2026
Otoño: EL LIBRO DE LOS AMORES RIDÍCULOS, de Milan Kundera
(Fragmento final del capítulo 7)
—Sí, es una chica realmente agradable —dijo Havel—, pero agradable tam- bién puede serlo un perro, un canario o un patito que pasea por el patio. De lo que se trata en la vida no es, querido amigo, de conquistar la mayor cantidad posible de mujeres, porque ése es un éxito demasiado superficial. Se trata más bien de cultivar las exigencias que uno mismo se plantea, porque en ellas se refleja la medida de su propio valor. Recuerda, amigo, que el buen pescador devuelve los peces pequeños al agua.
El joven empezó a pedir disculpas y afirmó que él mismo tenía ya considera- bles dudas con respecto a la chica, como lo demuestra el haberle pedido su opinión a Havel.
—No es nada —dijo Havel—, no se preocupe por eso.
Pero el joven continuó con sus disculpas y sus excusas y señaló que en otoño había escasez de mujeres guapas en el balneario y que por eso uno tiene que conformarse con lo que haya.
—En eso no estoy de acuerdo con usted —lo rechazó Havel—. He visto algunas mujeres excepcionalmente atractivas. Y le diré una cosa. Existe cierta apa- riencia externa agradable que la estética provinciana considera, erróneamente, bella. Pero aparte de eso existe también la verdadera belleza erótica de la mujer. Saber reconocerla a simple vista no es, naturalmente, nada fácil. Es un arte. —Después le dio la mano al joven y se alejó.
martes, 13 de octubre de 2026
Otoño: EL PRIMER CORO DE LA ROCA, de T. S. Eliot
¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!
¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!
¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!
El infinito ciclo de las ideas y de los actos,
Infinita invención, experimento infinito,
Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;
Conocimiento del habla, pero no del silencio;
Conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.
Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,
Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,
pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.
¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?
Los ciclos celestiales en veinte siglos
Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.
lunes, 12 de octubre de 2026
Otoño: LOS PLACERES Y LOS DÍAS, de Marcel Proust
II: Versalles
Agotado el otoño, ni siquiera calentado por el sol extraño, pierde sus últimos colores, uno por uno. Se extinguió el infinito ardor de sus follajes, tan incendiados que toda la tarde y la misma mañana daban la gloriosa ilusión del sol poniente. Únicamente las dalias, los claveles de la India y los crisantemos amarillos, violetas, blancos y rosa- dos, siguen brillando sobre la cara sombría y desesperada del otoño. A las seis de la tarde, cuando se pasa por las Tullerías, uniformemente grises y desnudas bajo el cielo tan sombrío en que los árboles negros describen, rama a rama, su desespera- ción poderosa y sutil, un macizo, advertido de pronto, de esas flores de otoño luce suntuosamente en la oscuridad y produce para nuestros ojos acostumbrados a esos horizontes reducidos a cenizas, una voluptuosa violencia. Las horas de la mañana son más dulces. El sol brilla todavía a ratos y aún puedo ver, al dejar la terraza del borde del agua, a lo largo de las amplias escalinatas de piedra, que mi sombra baja uno por uno los escalones delante de mí. No quisiera describiros aquí, después de tantos otros Versalles, gran nombre oxidado y dulce, cementerio real de follajes, de anchas aguas y mármoles, lugar verdaderamente aristocrático y desmoralizador, en que no nos turba ni siquiera el remordimiento de que la vida de tantos obreros sólo haya servido para afinar y ensanchar, no tanto las alegrías de otro tiempo como la melancolía del nuestro. No quisiera hacerlo después de tantos otros y, sin embargo, cuántas veces, en la copa enrojecida de vuestros estanques de mármol rosado, he ido a beber hasta la hez y hasta delirar la embriagadora y amarga dulzura de esos días supremos de otoño. La tierra mezclada de hojas marchitas y de hojas podridas, parecía a lo lejos un mosaico amarillo y violeta, sin brillo. Al pasar cerca del caserío, al levantar el cuello de mi abrigo, contra el viento, oí el zureo de las palomas. Por doquier, como en domingo, embriagaba el olor del boj.
¿Cómo he logrado recoger aún un delgado ramillete de primavera en esos jardines saqueados por el otoño? En el agua el viento estrujaba los pétalos de una rosa que tiritaba. En ese gran deshojar del Trianón, únicamente la bóveda leve de un puenteci- llo de geranio blanco, levantaba sobre el agua helada sus flores apenas inclinadas por el viento. En verdad, desde que he respirado el viento de mar afuera y la sal por los caminos profundos de Normandía, desde que he visto brillar el mar a través de las ramas de rododendros floridos, se todo lo que puede agregar la vecindad de las aguas a las gracias vegetales. ¡Pero qué pureza más virginal en ese dulce geranio blanco, inclinado con una graciosa moderación sobre las aguas friolentas entre los muelles de hojas muertas! ¡Oh plateada vejez de los bosques aún verdes, oh ramas implorantes, estanques y surtidores que un gesto piadoso ha puesto aquí y allá, como urnas ofrecidas a la melancolía de los árboles.
domingo, 11 de octubre de 2026
Otoño: EL CANTO DEL AGUA VERDE y CUITA, de Li Bai (Li Po)
sábado, 10 de octubre de 2026
Otoño: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso
(Fragmento del capítulo XVII: Castillo de Bouchot 1927)
Y llegó el otoño y los servidores del Castillo, con hilos, amarraron unos guijarros a las hojas secas de los árboles, para que bajaran hasta el fondo. Y las hojas bajaron, poco a poco, como una lluvia de alas de canarios por las aguas del foso de Bouchout, entre los racimos de uvas atados a los pisapapeles de las Tullerías, y entre una nube de hipocampos que descendían, también, colgados de sus paracaídas diminutos. Pero la ilusión, una vez más, sólo duró un instante. Estaba yo de nuevo en mi cuarto, de Bouchout, sentada y sola, como lo he estado durante sesenta años.
Para hacerlo, Maximiliano, para contarle al mundo quién fuiste, quisiera que fueran de cristal mis venas y mis huesos. Que fuera, mi alma, de pura agua. Que el alma se me escapara, poco a poco, por la boca. Que el mundo, Maximiliano, quisiera beber mi alma. Que tuviera sed, el mundo, de mis palabras. Que mis palabras fueran un río. Que en su camino el río fuera nombrando las cosas al tocarlas. Que llamara piedra a la piedra, arena a la arena, canto al canto de la piedra, espuma a la risa del mar. Que fueran lluvia mis palabras. Lluvia menuda y gentil, y que al caer nombraran lo que de la nube a la tierra, del lomo del arco iris a los cristales ocultos de la sal, lo que de la hoja más alta de la luna a la brizna de yerba, al escarabajo húmedo, fueran tocando.
Dime, Maximiliano: ¿no escuchas llover mi alma? ¿No la escuchas tocar con sus mil dedos de agua a la puerta de tu pecho y darle nombre a tus deseos? ¿No la escuchas tamborilear en tu piel para filtrarse por tus poros? Hecha de palabras, mi alma se desgarra su vestido de agua y vuelta tiras de serpentina de agua se enreda en tus dedos y en el cuello de las garzas y con sus látigos de agua azota tus párpados y azota el regazo de las montañas. Escucha, Maximiliano: ¿nadie te ha dicho que podría, mi alma, lloverte sobre la cara transformada en tus propias lágrimas? ¿Serás capaz de beberla? ¿Te atreverás, dime, a ponerte de cara al cielo para que hasta ella desciendan mis palabras, para que con ellas dé nombre a tus ojos, y pronuncie su brillo? ¿Serás capaz, contéstame, de abrir la boca para que mi alma te entre hasta el alma y la bañe de palabras, te empape el corazón, lo ciña de frescura?
Yo hice, del agua, mi signo. Yo que pude ver al mundo en una sola gota de agua que contenía a todas las aguas del mundo. Yo que si fui al Castillo de Schwetzingen, no fue para beber de los chorros de la Fuente de Nicolás de Pigage. Yo, que si fui a Versalles, no fue para calmar mi sed en la Fuente del Dragón. Yo, que si recorrí como una loca las calles de Roma, no fue, te lo juro, para beber en las fuentes de la Piazza de la Pilotta. Yo, que si descendí al cenote sagrado, no fue para abrevar, echada de bruces, del alma hecha agua de las princesas mayas. De agua hice yo mis sueños y los transformé en los pájaros de la Fuente de Schwetzingen. Cuando vayas a ella, Maximiliano, verás cómo, de los picos de los pájaros, brota en surtidores mi alma. Cuando vayas a Versalles, verás mi alma manar a borbollones y brillar al sol para darle nombre al sol, desperdigarse con el viento para darle nombre al viento. Cuando vayas a Yucatán, Maximiliano, y visites el cenote sagrado, podrás, si quieres, contem- plar tu rostro en mi alma de agua remansada y honda, pero eso sí: te advierto que no verás, de mi ternura, sino un espejo de agua, y si lo rompes, sólo escucharás el eco silencioso de tu voz transformada en agua encantada.
Yo haré, de agua y con mis palabras, mis recuerdos: la Princesa Charlotte quiere llevarse su tina a las Tullerías para que la bañe la Reina María Amelia. Yo inventaré un agua enamorada de sí misma: la Princesa Charlotte quiere lavarse el cabello en la cascada de Acteón perseguido por los perros de Diana. Un agua circular que, como una serpiente de vidrio, se alimente con su propia transparencia: la Princesa Charlo- tte, con la cara cubierta por un velo, quiere ir a tocar el agua del bautisterio de Santa María Maggiore. Un agua que me encierre en un mundo de reflejos: la Princesa Charlotte vive, quieta, en un castillo de agua redonda, rodeada de damas blancas, de damas azules, de damas violetas, de diez Maximilianos vestidos con sus uniformes de marineros de agua dulce. Yo haré ese castillo. Yo, de sólo desearlo, haré que mis amores y mis recuerdos, transformados en manantiales, se levanten como columnas de cristal en equilibrio y labren, con sus arabescos, y en la espuma del aire, su propia arquitectura: sus arcos y claustros, sus ojivas: la Princesa Charlotte quiere escribir sus tareas en el cuaderno que le regaló su tío el Príncipe Joinville, con la tinta invisible que le regalaron los Reyes Magos. La Princesa Charlotte quiere escribir con agua la historia de las guerras contra los moros que le va a contar su hermano el Príncipe Leopoldo. La Princesa Charlotte quiere escribir con agua las tardes en el Castillo de Claremont donde el domingo la espera, con un racimo de grosellas en las manos, y un racimo de besos en la boca, abuelito Luis Felipe. La Princesa Charlotte quiere escribir su vida con agua, la quiere escribir con aire, con nada. La Princesa Charlotte quiere inventar la nada, la nada más clara, la nada más pura, la más diáfana, la más transparente de todas las nadas, para beber de ella.
viernes, 9 de octubre de 2026
Otoño: LAS PALMERAS SALVAJES, de William Faulkner
(Fragmento de Palmeras salvajes)
En cuclillas y con la botella casi vacía en una mano, metió la otra en el agua, en el quieto líquido que respiraba aurora con la temperatura del agua helada sintética de los cuartos de hotel y alrededor de su muñeca crecían las olitas. Mc Cord lo miró.
—Y después viene el otoño, el primer frío, la caída lánguida de las primeras hojas coloradas y amarillas, las hojas dobles, el reflejo ascendiendo hacia la hoja que cae hasta que se tocan y se hamacan un poco y no acaban de encontrarse. Y después uno puede abrir los ojos un minuto si quiere, si se acuerda de abrirlos y mirar la sombra de las hojas vacilantes en el pecho a su lado.
—En nombre de Jesucristo Schopenhauer —dijo Mc Cord—, ¿qué ramplonería de novena clase es ésta? ¿Todavía no has tenido tu parte de hambre? ¿Todavía no has hecho tu aprendizaje de indigencia? Si no te cuidas vas a espetar esos desatinos a algún tipo que los va a creer y te alcanzará la pistola y te obligará a usarla. Deja de pensar en ti y piensa un momento en Carlota.
—Estoy hablando de eso. Pero no usaré la pistola de ningún modo. Porque he empezado demasiado tarde. Todavía creo en el amor.
jueves, 8 de octubre de 2026
Las Carlotas de William Faulkner y Fernando del Paso
Sin embargo, ambas comparten una íntima obsesión. En el delirante monólogo en el que se debate la locura de Carlota en el castillo de Bouchot, «podrás si quieres, contemplar tu rostro en mi alma de agua remansada y honda, pero eso sí: te advierto que no verás, de mi ternura, sino un espejo de agua, y si lo rompes, sólo escucharás el eco silencioso de tu voz transformada en agua encantada», uno de los pasajes cumbre en la novela de Fernando del Paso, «La Princesa Charlotte quiere escribir su vida con agua, la quiere escribir con aire, con nada. La Princesa Charlotte quiere inventar la nada, la nada más clara, la nada más pura, la más diáfana, la más transparente de todas las nadas, para beber de ella».
En tanto que Charlotte Rittenmeyer, afirma: «—Me gusta el agua —dijo ella—. Es un lugar para morir. No en el aire caliente, sobre el suelo caliente, y esperar horas para que se enfríe la sangre y uno pueda dormir, y semanas para que el pelo deje de crecer. El agua, el fresco, para enfriarlo, tan pronto que uno pueda dormir para borrar del cerebro y de los ojos y de la sangre todo lo que se ha visto y pensado y sentido y necesitado y negado».
Inusitado desvarío en el que coinciden ambas Carlotas, tan distantes la una de la otra en el espacio geográfico y temporal. Soñar con el agua, ser de agua, morir en ella...
En los días subsecuentes, mañana viernes y el sábado, me ocuparé de estas dos obras de ambos autores: Faulkner y del Paso.
Jules Etienne
miércoles, 7 de octubre de 2026
Otoño: ZORBA EL GRIEGO, de Nikos Kazantzakis
(Fragmento del capítulo II)
Mar, dulzura del otoño, islas bañadas en luz, diáfano velo de garúa que cubre la inmortal desnudez de Grecia. Dichoso del hombre, iba yo pensando, al que antes de morirse le haya sido dado navegar por las egeas aguas.
Muchos son los goces de este mundo: mujeres, frutas, ideas. Pero hender las aguas de este mar, en el tierno otoño, murmurando el nombre de cada isla, supera a toda otra alegría y abre en el corazón del hombre un paraíso. En ninguna otra región pasa uno tan serena, tan fácilmente, de la realidad al ensueño. Todo límite se sutiliza y en los mástiles de la más vetusta embarcación brotan ramilletes y racimos. Dijérase que aquí, en Grecia, el milagro es la flor de la necesidad.
A mediodía cesó de llover, desgarró las nubes el sol, que se mostró suave, tierno, recién lavadito, al acariciar con sus rayos a las aguas y a las tierras bien amadas. Yo estaba en la proa, y dueño del horizonte hasta en su más apartada lejanía, me embriagaba con la contemplación del milagro.
martes, 6 de octubre de 2026
Otoño: BILLAR A LAS NUEVE Y MEDIA, de Heinrich Böll
lunes, 5 de octubre de 2026
Otoño: BAJO LAS ESTRELLAS DE OTOÑO, de Knut Hamsun
(Fragmento del capítulo VIII)
domingo, 4 de octubre de 2026
OTOÑO, de Salvatore Quasimodo
sábado, 3 de octubre de 2026
Otoño: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe
Thomas Wolfe nació el 3 de octubre de 1900, in Asheville, Carolina del Norte.
(Párrafo del capítulo tres)
Tumbada allí, mientras los vientos de principios de otoño soplaban desde los montes del sur, llenando el negro aire de hojas muertas y produciendo, con sus ráfagas intermitentes, un trueno remoto y triste entre los grandes árboles, pensó en el desco- nocido que había venido a vivir dentro de ella, y en aquel otro desconocido, autor de tanta aflicción, que había vivido con ella durante casi veinte años. Y al pensar en Gant, sintió de nuevo un incipiente y doloroso asombro, recordando la furiosa rivali- dad entre ellos y la fuerte lucha subyacente, fundada en el odio y el amor a la propie- dad, y en la que no dudaba de su victoria, pero que la frustraba y desconcertaba.
(Fragmentos del capítulo cinco)
Su último recuerdo de la feria fue de una noche de principios de otoño. También con Daisy, se sentó en el asiento trasero de un autobús, escuchando por primera vez la maravilla de las sordas explosiones del motor, mientras rodaban bajo raudales de lluvia por las relucientes carreteras y frente a las cascadas, que vertían sus aguas delante de un edificio blanco enjoyado con diez mil luces.
Había pasado el verano. Se oía el zumbido de los vientos de otoño, como un aliento susurrante de la extinguida orgía: el carnaval estaba a punto de acabar.
Y ahora se hizo un gran silencio en la casa. Veía muy poco a su madre, no salía a la calle, estaba al cuidado de sus hermanas, y estas le decían constantemente que no hiciese ruido.
(Párrafo del capítulo ocho)
¡Oh, el buen otoño, y las canciones que cantaban! Sobre la cosecha, y sobre los colores de las hojas; y «hoy es media fiesta»; y «en el aire a gran altura»; y otra sobre el tren: «pasan silbando las estaciones»; los días suaves, las puertas entreabiertas del deseo, el sol brumoso, el susurro de hojas muertas al caer.
(Fragmentos del capítulo diez)
Pero más a menudo, hecha añicos la cáscara de su moral por el deseo, representaba la obscena fábula de los colegiales y se imaginaba una ardiente aventura con una hermosa maestra. En el cuarto año, su maestra era joven, inexperta y bien formada, con cabellos de color de zanahoria y muy propensa a la risa atolondrada.
Se veía, ya en la edad de la potencia, como un muchacho vigoroso, heroico y brillante, única luminaria en una escuela en medio de apartados bosques, a la que solo asistían chiquillos de mellados dientes y patanes vellosos. Y, al avanzar el suave otoño, aumentaba el interés que ella sentía por él, lo obligaba a «quedarse» por faltas inexistentes, y le imponía, de manera algo confusa, algún deber, observándolo fija- mente y con ojos ansiosos cuando pensaba que él no la miraba.
Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
En este vínculo es posible leer otro fragmento de El ángel que nos mira correspondiente al tema Golondrinas en septiembre.
viernes, 2 de octubre de 2026
Otoño: APUNTES DE UN CAZADOR, de Iván Turguéniev
Un día, en otoño, una lluvia fina, como polvo, caía desde la mañana. A intervalos, débiles rayos de sol atravesaban las nubes, que se deshacían o saltaban las unas sobre las otras, descubriendo entonces la bóveda azul, tranquila y límpida, formando como un hermoso lago de azur. Sentado en un cómodo lecho de musgo espeso escuchaba la voz de la selva.
Sobre mi cabeza el follaje estaba casi inmóvil. Y yo percibía, en el roce apenas perceptible de las hojas, el rumor característico de la estación. No era el temblor alegre que producen, en la primavera, las hojitas nuevas; no era tampoco la blanda languidez opulenta del verano, ni los tristes adioses al comenzar el invierno, sino algo como un murmullo en un sueño.
Un viento ligero, a rachas, inclinaba unas contra otras las altas cimas de los árboles. Cuando brillaba el sol, el interior del bosque, ligeramente velado por los vapores de la humedad, se iluminaba y parecía sonreír. Los troncos esbeltos de los abedules tenían reflejos tornasolados de raso, y las hojas, en el suelo, producían la ilusión de una lluvia de oro.
Algunos helechos, ya cobrizos, tocados por el halo del otoño, se alargaban gráciles, mientras otros pendían, bajo brillantes gotas de lluvia, hacia el musgo y le acariciaban con la punta de sus finos penachos.



















