Thomas Wolfe nació el 3 de octubre de 1900, in Asheville, Carolina del Norte.
(Párrafo del capítulo tres)
Tumbada allí, mientras los vientos de principios de otoño soplaban desde los montes del sur, llenando el negro aire de hojas muertas y produciendo, con sus ráfagas intermitentes, un trueno remoto y triste entre los grandes árboles, pensó en el desco- nocido que había venido a vivir dentro de ella, y en aquel otro desconocido, autor de tanta aflicción, que había vivido con ella durante casi veinte años. Y al pensar en Gant, sintió de nuevo un incipiente y doloroso asombro, recordando la furiosa rivali- dad entre ellos y la fuerte lucha subyacente, fundada en el odio y el amor a la propie- dad, y en la que no dudaba de su victoria, pero que la frustraba y desconcertaba.
(Fragmentos del capítulo cinco)
Su último recuerdo de la feria fue de una noche de principios de otoño. También con Daisy, se sentó en el asiento trasero de un autobús, escuchando por primera vez la maravilla de las sordas explosiones del motor, mientras rodaban bajo raudales de lluvia por las relucientes carreteras y frente a las cascadas, que vertían sus aguas delante de un edificio blanco enjoyado con diez mil luces.
Había pasado el verano. Se oía el zumbido de los vientos de otoño, como un aliento susurrante de la extinguida orgía: el carnaval estaba a punto de acabar.
Y ahora se hizo un gran silencio en la casa. Veía muy poco a su madre, no salía a la calle, estaba al cuidado de sus hermanas, y estas le decían constantemente que no hiciese ruido.
(Párrafo del capítulo ocho)
¡Oh, el buen otoño, y las canciones que cantaban! Sobre la cosecha, y sobre los colores de las hojas; y «hoy es media fiesta»; y «en el aire a gran altura»; y otra sobre el tren: «pasan silbando las estaciones»; los días suaves, las puertas entreabiertas del deseo, el sol brumoso, el susurro de hojas muertas al caer.
(Fragmentos del capítulo diez)
Pero más a menudo, hecha añicos la cáscara de su moral por el deseo, representaba la obscena fábula de los colegiales y se imaginaba una ardiente aventura con una hermosa maestra. En el cuarto año, su maestra era joven, inexperta y bien formada, con cabellos de color de zanahoria y muy propensa a la risa atolondrada.
Se veía, ya en la edad de la potencia, como un muchacho vigoroso, heroico y brillante, única luminaria en una escuela en medio de apartados bosques, a la que solo asistían chiquillos de mellados dientes y patanes vellosos. Y, al avanzar el suave otoño, aumentaba el interés que ella sentía por él, lo obligaba a «quedarse» por faltas inexistentes, y le imponía, de manera algo confusa, algún deber, observándolo fija- mente y con ojos ansiosos cuando pensaba que él no la miraba.
Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
En este vínculo es posible leer otro fragmento de El ángel que nos mira correspondiente al tema Golondrinas en septiembre.
















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