Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

domingo, 27 de septiembre de 2026

Septiembre: TE AMO AHÍ CONTRA EL MURO DESTRUIDO..., de Homero Aridjis


Te amo ahí contra el muro destruido
contra la ciudad y contra el sol y contra el viento
contra lo otro que yo amo y se ha quedado
como un guerrero entrampado en los recuerdos

Te amo contra tus ojos que se apagan
y sufren adentro esta superficie vana
y sospechan venganzas
y muertes por desolación o por fastidio

Te amo más allá de puertas y esquinas
de trenes que se han ido sin llevarnos
de amigos que se hundieron ascendiendo
ventanas periódicas y estrellas

Te amo contra tu alegría y tu regreso
contra el dolor que astilla tus seres más amados
contra lo que puede ser y lo que fuiste
ceremonia nocturna por lugares fantásticos

Te amo contra la noche y el verano
contra la luz y tu semejanza silenciosa
contra el mar y septiembre y los labios que te expresan
contra el humo invencible de los muertos.


Homero Aridjis (México, 1940).

sábado, 26 de septiembre de 2026

Septiembre: TESS D'UBERVILLE, de Thomas Hardy

"... iba sola al pueblo, buscaba siempre al anochecer la compañía de sus amigas para volver a casa más segura."

(Fragmento del capítulo X) 

En su primera excursión se divirtió la joven más de lo que esperaba, contagiada de la alegría de los demás, que formaba tan vivo contraste con la monótona tarea que diariamente realizaba en el gallinero. Por lo que la repitió una y otra vez. Como la joven era interesante y agraciada, hallándose además en el momentáneo umbral de la feminidad, su paso por las calles de Chaseborough atraía algunas furtivas miradas varoniles, por lo cual, aunque algunas veces iba sola al pueblo, buscaba siempre al anochecer la compañía de sus amigas para volver a casa más segura.

Así transcurrieron un mes o dos, hasta que llegó un sábado de septiembre, en el que coincidían una feria y un mercado. Con este doble motivo, los peregrinos de Trantridge se las prometían doblemente felices en las tabernas. Tess estuvo muy atareada todo aquel día, llegando al pueblo mucho después que sus compañeras. Era una hermosa tarde de septiembre, a esa hora del crepúsculo en que las amarillentas luces luchan con las sombras azules en líneas finas como cabellos y la atmósfera misma forma perspectivas sin necesidad de objetos más sólidos, si se exceptúan las miríadas de alados insectos que en ella danzan. Por entre esta bruma del atardecer hizo Tess el camino.

Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

viernes, 25 de septiembre de 2026

Septiembre: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak

"El otoño olía a ese amargo perfume de las hojas pardas y a otros infinitos aromas. Yuri Andriéevich respiraba con ansia el olor de las manzanas heladas..."

Décima parte: En la gran carretera

(Fragmento del capítulo 6)

Pasó el veranillo de San Martín y vinieron los luminosos días del otoño dorado. En el extremo occidental del Lisi Otok, junto a la torre de un fortín que se conservaba intacto, Yuri Andriéevich había de encontrarse con el doctor Lajos, su ayudante, para discutir las cuestiones que interesaban a entrambos. Llegó puntualmente, a la hora establecida. Mientras esperaba, comenzó a pasear junto a la trinchera derrumbada, subió luego a la garita del vigía y a través de las troneras que habían sido utilizadas por las ametralladoras, se puso a mirar a los espacios boscosos que se extendían al otro lado del río.

El otoño había dibujado ya claramente en el bosque los confines entre el mundo de las coníferas y el de las foliáceas. Erizábase el primero irguiéndose al fondo del bosque como una muralla oscura, casi negra, mientras el segundo traslucía aquí y allá con manchas rojodoradas, como una ciudad antigua con sus aislados palacios de cúpulas doradas construida en el mismo corazón del bosque y con sus mismos tron- cos.

La tierra, llena de hoyos a los pies del doctor, y las rodadas de los caminos del bosque endurecidas por la helada matutina, estaban como pavimentadas por las hojas del sauce llorón, áridas, secas y acartonadas. El otoño olía a ese amargo perfume de las hojas pardas y a otros infinitos aromas. Yuri Andriéevich respiraba con ansia el olor de las manzanas heladas, olor de sequedad amarga y dulce humedad, mezclado con el azul vapor de septiembre, que recordaba el de una hoguera apagada con agua o el de un incendio recién extinguido.

Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1958.

jueves, 24 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, de Hermann Hesse


El jardín está triste,
la fría lluvia pesa sobre las flores.
El verano tiembla
dulcemente hacia su fin.
 
Doradas, gota a gota, caen las hojas
de lo alto de la acacia.
El verano sonríe, sorprendido y cansado,
entre el sueño de los jardines que se mueren.
 
Largamente, entre las rosas
se detiene todavía, desea el reposo.
Lentamente cierra
sus ya cansados ojos.
 
(Der Garten trauert,
kühl sinkt in die Blumen der Regen.
Der Sommer schauert
Still seinem Ende entgegen.
 
Golden tropft Blatt um Blatt
nieder vom hohen Akazienbaum.
Sommer lächelt erstaunt und matt
in den sterbenden Gartentraum.
 
Lange noch bei den Rosen
bleibt er stehen, sehnt sich nach Ruh.
Langsam tut er die (grossen)
müdgewordnen Augen zu.)
  
Herman Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

La ilustración corresponde a Flores en la lluvia (Flowers in the Rain), de Randy Heath.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, la canción de Richard Strauss sobre un poema de Hermann Hesse

"... se va apagando lentamente con la llegada de las lluvias otoñales."

El compositor Richard Strauss era contemporáneo -aunque trece años mayor- de Hermann Hesse. Al final de la segunda guerra, siendo ya un anciano octogenario se trasladó a vivir a Suiza, en donde Hesse llevaba radicando desde hacía tiempo e incluso había adoptado esa nacionalidad. Ambos desarrollaron una amistad que se acentuó conforme Strauss fue adoptando una postura pacifista y cada vez más crítica del régimen de Hitler. Aunque al principio fue bastante favorecido por éste, al grado de ser nombrado presidente de la cámara de música del III Reich, además de que compuso el himno para los juegos olímpicos de Berlín en 1936, se fue distanciando paulatinamente del régimen, sobre todo porque su nuera tenía origen judío y por lo tanto sus nietos, así fuese sólo de manera parcial, también lo eran.

En 1938, bajo una ominosa atmósfera bélica, estrena la ópera en un acto El día de la paz. Cuando la guerra estaba a punto de concluir, decepcionado escribió en su diario: "El período más terrible de la historia humana se ha terminado, el reinado de doce años de bestialidad, ignorancia y destrucción de la cultura por parte de los mayores criminales, durante el cual los dos mil años de la evolución cultural de Alemania llegaron a su fin."

Dedicada a la soprano María Jeritza, Septiembre, poema de Hermann Hesse, es una canción elaborada con un sumo cuidado en los detalles, una pieza de auténtico orfebre, delicada pero densa, venida de la más pura inspiración melódica.

La última de las composiciones para orquesta, fue creada precisamente en ese mes de septiembre, como indica su título, de 1948 y podría tomarse en solitario como un magnífico broche final en el que Strauss parece estar imbuido por la tristeza del verano, que simboliza sus años de juventud y que se va apagando lentamente con la llegada de las lluvias otoñales.*

La leve introducción orquestal está cargada de matices que parecen llevarnos a ese jardín triste dónde la lluvia derrama sus frías lágrimas en las flores. Es notable el uso de las flautas y el arpa, entre las cuerdas, semejando las gotas de lluvia así como el acento en la palabra "Blumen" (flores).

En la siguiente frase, aparece el verano (Der Sommer) que se estremece porque se acerca su fin y en este pasaje descubrimos unas texturas más cálidas y resplande- cientes.

De nuevo la presencia de las flautas y el arpa en el goteo de las hojas de las acacias, desde "Golden tropft".

Y otra vez el verano, que no quiere irse y que sonríe extrañado y de nuevo volvemos a un momento radiante en la voz y la orquesta. La frase termina con el verano ya cansado y agonizante en una magnífica y ondulante melodía en la palabra "Gartentraum" (sueño del jardín) que parece llevarnos a terrenos etéreos y de fantasía.

El espectro de la obra se va abriendo en los compases siguientes en dónde ese verano (o juventud) anhela el descanso. Es particularmente destacable el ascenso y posterior caída de la orquesta en estas frases y después de "stehen".

La última frase, prodigio de emociones, queda aplicada de manera magistral en un pianísimo que subraya el texto: "lentamente cierra los grandes ojos, rendidos de cansancio" haciendo énfasis en la palabra "Augen" (ojos) y la palabra "zu" que es protagonizada por la trompa solista, como rendido homenaje no solamente al intrumento del padre de Strauss, si no también a la juventud sugerida que va desapareciendo de este anciano compositor.

Jules Etienne

* Casualmente Richard Strauss falleció al año siguiente en el mes objeto de la canción: el 8 de septiembre de 1949.

martes, 22 de septiembre de 2026

Equinoccio: PRIMERA NIEVE EN EL MONTE FUJI, de Yasunari Kawabata

"Mañana estaremos en mitad del Higan, en pleno equinoccio de otoño."

(Fragmento inicial)

—Ya hay nieve en el monte Fuji. Eso es nieve, ¿verdad? —dijo Jiro.

También Utako miró al Fuji desde la ventana del tren.

—¡Cierto! ¡La primera nieve!

—No son nubes, ¿verdad? Es nieve —insistió Jiro.

El Fuji estaba envuelto en nubes. La nieve de la cumbre tenía en el cielo encapotado un color semejante al de una nube blanca.

—¿Qué día es hoy? ¿Veintidós de septiembre?

—Mañana estaremos en mitad del Higan, en pleno equinoccio de otoño.

—Me pregunto si todos los años por esta época cae nieve en el monte Fuji. Tal vez la primera nevada… —después de decir esto, Jiro, como si se hubiera dado cuenta de algo, añadió—: Un momento, no podemos saber si ésta es la primera nevada. Es la primera vez que vemos en este año al monte Fuji. Pero es probable que antes haya nevado.

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972).
Obtuvo el premio Nobel en 1968.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Equinoccio: ALGAS MARINAS, de Henry Wadsworth Longfellow

"Las laboriosas oleadas, cargadas con algas de las rocas."

(Primera estrofa)

Cuando desciende sobre el Atlántico
El gigantesco
Ventarrón del equinoccio,
Hacia tierra en su ira azota
Las laboriosas oleadas,
Cargadas con algas de las rocas.

(When descends on the Atlantic
The gigantic
Storm-wind of the equinox,
Landward in his wrath he scourges
The toiling surges,
Laden with seaweed from the rocks).

Henry Wadsworth Longfellow (Estados Unidos, 1807-1882).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

domingo, 20 de septiembre de 2026

Septiembre: LAS CÁRCELES DEL ALMA, de Lajos Zilahy

"... se escuchaban los lamentos de un tarogato que parecía cantar un adiós al verano."

(Fragmento inicial)

Era un día de septiembre; las siete de la tarde. Desde las colinas de Buda, se oían los lamentos de un tarogato que parecía cantar un adiós al verano.

En la esquina, apoyado en un bastón, un joven escuchaba aquella lejana música, fumando un cigarrillo. Ahora que ya estaba a dos pasos de la casa del doctor que le había invitado a tomar el té, no tenía la menor gana de subir, ni de mezclarse con tantas personas desconocidas a las que no sabría qué decir. Las relaciones que surgen en estas ocasiones sólo sirven para que cuando, dos semanas más tarde, se tropieza con una de ellas en el tranvía, no se sepa qué hacer: ¿debemos saludar o no a esa señora del sombrerito de terciopelo, que ocupa el asiento de enfrente, y a quien sólo entrevimos fugazmente en un té? No saludarla estaría mal, pero saludarla aún peor, pues estos encuentros nos obligan a conversaciones más que embarazosas.

El joven continuaba escuchando la armoniosa melodía del tarogato y le parecía bas- tante más grato pasar aquel delicioso crepúsculo de septiembre paseándose por las tranquilas y silenciosas callejuelas de Buda.

Lajos Zilahy
(Húngaro nacido en Rumania y fallecido en Serbia, 1891-1974).

sábado, 19 de septiembre de 2026

Septiembre: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros."

(Fragmento del capítulo dieciocho)

Los olmos de los caminos y los álamos de la llanura dibujaban grandes planos superpuestos, y entre sus líneas sombrías se acumulaba la niebla y el humo de las hierbas quemadas y ese inmenso aliento de la tierra que ha bebido. Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia, no encontrarán lo que les ha frustrado el agosto lluvioso. Para nosotros tal vez no sea nunca demasiado tarde. Tengo la necesidad de repetirme que nunca es demasiado tarde.
 
Al día siguiente de mi vuelta penetré, y no por devoción, en la alcoba de Isa. El no hacer nada, esa disponibilidad total de la que no sé si gozo o sufro en el campo, esto sólo, me incitó a empujar la puerta entreabierta, la primera al lado de la escalera, a la izquierda. No solamente la ventana estaba abierta de par en par, sino también el armario y la cómoda. La servidumbre había abandonado la habitación y el sol devoraba, hasta en los más pequeños rincones, los restos impalpables de un destino acabado. La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros. El cielo, oscuro en el cénit, palidecía sobre las colinas dormidas. Vibró la risa de una joven a quien no veía. Los anchos sombreros contra el sol se movían a ras de las viñas. Había comenzado la vendimia.
 
 
François Mauriac (Francia, 1885-1970).
Obtuvo el premio Nobel en 1952.
 
(Traducido del francés por Fernando Gutiérrez)..

viernes, 18 de septiembre de 2026

Septiembre: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (El día en que ocurrió lo que narro era el 22)..."

(Acontecimientos de septiembre de 1952: hace setenta y cuatro años)

Querido papá:

¿Cómo van las cosas? Me he casado. Voy a tener un hijo. Creo que será muy grande. Creo que nacerá para Navidad. Es difícil escribirte esta carta. Estoy medio loca, porque no podemos pagar nuestras deudas y marcharnos de aquí. Le han prometido a Dick una buena colocación en Alaska, dentro de su espacialidad en la mecánica. No sé cuál es, pero tengo entendido que es muy importante. Perdona que no te dé mi dirección, pero quizás sigas enfadado conmigo, y Dick no debe saber lo ocurrido. Esta ciudad es algo increíble. El humo de las fábricas se mezcla con la niebla y no deja ver a los idiotas que viven aquí. Por favor, mándanos un cheque, papá. Podemos arre- glarnos con trescientos o cuatrocientos, o quizás menos, cualquier suma vendría bien; puedes vender mis cosas viejas, pues una vez que lleguemos allí nos lloverá el dinero. Escríbeme, por favor. He pasado muchas tristezas y sinsabores.

Tu hija que espera ansiosa,

Dolly (señora de Richard F. Schiller)
...

La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (el día en que ocurrió lo que narro era el 22), y la dirección que me indicaba Lolita era "Lista de correos, Coalmont" (omito si se hallaba en Virginia, Pennsylvania o Tennessee; aunque el nombre de la ciudad tampoco era Coalmont; lo he camuflado todo, amor mío). Averigué que era una pequeña comunidad industrial a unos mil quinientos kilómetros de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas, próxima ya la madrugada, en un motel, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza,1899-1977).

jueves, 17 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, de Luis Muñoz

"No es más real, septiembre, que un recuerdo..."

En el pálido azul que acogen las terrazas,
los labios desprovistos que saben regresar
y el vuelo de las últimas gaviotas.

Voces que el mar congrega,
que vienen con las olas y son la lejanía.
Playas tendidas como alas de nieve
al pie de los bañistas
y autobuses velados con tenues pasajeros
que persiguen la falta de costumbre.

También entonces
rubias muchachas sumergidas
en el agua templada de las historias breves
y la pasión del horizonte, el hilo de ciudades
que definen los barcos que se alejan.

No es más real, septiembre, que un recuerdo,
pero nombres que dimos por perdidos
recobran claridad, el aire que atraían
y el sueño en que resisten los veranos.


Luis Muñoz (España, 1966).

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Septiembre: EL BUSCADOR DE ORO, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza..."

(Fragmentos del capítulo Somme, verano de 1916)

A comienzos de septiembre nos unimos al V Ejército del general Gough y, con los que han quedado bajo las órde es de Rawlinson, nos encaminamos todavía más al sur, hacia Guillemont. Por la noche remontamos la vía férrea hacia el noreste, en dirección a los bosques. Están a nuestro alrededor, todavía más sombríos, amanazadores: el bosque de Trônes, a nuestra espalda, el bosque de Leuze, al sur y. ante nosotros el bosque de los Bouleaux. Los hombres aguardan, en la tranquilidad de la noche, sin dormir. Creo que ninguno de nosoros puede evitar pensar en lo que, antes de esta guerra, existía aquí; esta belleza, estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza, los murmullos de los arroyuelos, los saltos de los conejos silvestres. Esos bosques donde van los amantes, después del baile, con la hierba tibia todavía por la luz del día, donde los cuerpos se abrazan y ruedan riendo. Los bosques, por la noche, cuando de los pueblos suben las azuladas humaredas, tan tranquilas, y se ven en los senderos las siluetas de las viejecitas recogiendo leña.

(... en la jornada del quince de septiembre...)

Comienzan las pesadas lluvias de invierno. Las aguas del Somme y del Ancre invaden las riberas. Estamos prisioneros en las trincheras conquistadas, hundidos en el barro, agazapados en improvisados refugios. Hemos olvidado ya la embriaguez de los combates que nos han llevado hasta aquí, Hemos conquistado Guillemont, la granja de Falfemont, Glinchy y, en la jornada del quince de septiembre, Morval, Gueudecourt, Lesboeufs, rechazando a los alemanes hacia sus trincheras de reta- guardia, en lo alto de los ribazos, en Bapaume, en el Transloy. Ahora estamos prisioneros de las trincheras, al otro lado del río, prisioneros de las lluvias y del barro. Los días son grises, fríos, nada ocurre.

Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francés con ciudadanía mauritana, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 15 de septiembre de 2026

Septiembre: HOJAS DE HIERBA, de Walt Whitman


"Guarda los campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas de septiembre."

(Fragmento)

Guarda tu espléndido sol silencioso,
Guarda tus bosques, ¡Oh, naturaleza!, y los parajes apacibles junto a los bosques,
Guarda tus campos de trébol y alfalfa, y tus maizales y tus huertas,
Guarda los campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas de septiembre;
¡Dame rostros y calles -dame estos fantasmas incesantes e inacabables que caminan en las aceras!
¡Dame ojos interminables -dame mujeres- dame camaradas y amantes por millares!
¡Déjame que vea otros cada día -déjame que les dé la mano cada día!


Walt Whitman (Estados Unidos, 1819-1892).

lunes, 14 de septiembre de 2026

Septiembre: LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Fiódor Dostoyevski

"Una noche de septiembre clara y cálida, en que la luna brillaba en el cielo..."

Libro III: Los sensuales

Capítulo segundo: Isabel Smerdiachtchaia

(Fragmento)

Una noche de septiembre clara y cálida, en que la luna brillaba en el cielo, a una hora avanzada, un grupo de cinco o seis alegres trasnochadores embriagados regresaban del club a sus casas por el camino más corto. La callejuela que seguían estaba bordeada a ambos lados por una valla tras la cual se extendían las huertas de la: casas ribereñas. Desembocaba en un pontón tendido sobre una de esas balsas alargadas a infectas a las que en nuestro país se da el nombre de ríos. Allí durmiendo entre las ortigas, estaba Isabel Los trasnochadores la vieron, se detuvieron cerca de ella y empezaron a reír y bromear con el mayor cinismo. Un muchacho que figuraba en el grupo hizo esta singular pregunta:

-¿Se puede considerar como mujer a semejante monstruo?

Todos contestaron negativamente con un gesto de sincera aprensión. Pero Fiodor Pavlovitch, que formaba parte de la pandilla, manifestó que se podía ver en ella una mujer perfectamente, y que incluso tenía el excitante atractivo de la novedad y otras cosas parecidas. En aquella época, Fiodor Pavlovitch se complacía en desempeñar su papel de bufón y le gustaba divertir a los ricos como un verdadero payaso, aunque aparentemente era igual a ellos. Con un crespón en el sombrero, pues acababa de enterarse de la muerte de su primera esposa, llevaba una vida tan disipada, que incluso los libertinos más curtidos se sentían cohibidos ante él. La paradójica opinión de Fiodor Pavlovitch provocó la hilaridad del grupo. Uno de sus compañeros empezó a incitarle; otros mostraron una mayor aprensión todavía, aunque siempre con grandes risas. Al fin, todos siguieron su camino.

Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881).

domingo, 13 de septiembre de 2026

Septiembre: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad."

(Fragmento del capítulo V: Sopa eterna y claridad repentina)

En desquite, las horas empleadas en dormir estaban animadas con sueños variados y llenos de vida, sueños en los cuales podía continuar soñando aun estando ya despierto. Cuando llegaba la mañana, constituía una distracción observar la habitación que se iba iluminando y reaparecía poco a poco; ver cómo surgían y se develaban los objetos y cómo la luz se encendía en el exterior, a veces con un resplandor rojizo y turbio y otras alegre. Y antes de que se hubiese dado cuenta había llegado de nuevo el instante en que el masajista, llamando a la puerta con su enérgico puño, anunciaba la entrada y daba inicio a la rutina diaria.
 
Hans Castorp no se había llevado calendario en su viaje, y por consiguiente no siempre estaba al corriente de las fechas. De vez en cuando, se informaba por su primo, quien, sobre este punto, tampoco estaba muy seguro. Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad.
 
En el valle, desde que Elans Castorp se hallaba en la cama, al tiempo triste y frío habían sucedido días del final de verano, bellos días sin número, de manera que Joachim había entrado cada mañana en la habitación de su primo, vestido con pantalón blanco, y éste no había podido reprimir la expansión de una contrariedad sincera, de una contrariedad de su alma y sus jóvenes músculos ante el pensamiento de aquella estación magnífica. A media voz había pronunciado la palabra «vergüen- za», reprochándose el dejar pasar un tiempo tan hermoso. Pero luego, para calmarle, había añadido que aunque hubiese estado levantado no hubiera podido aprovecharlo, puesto que la experiencia propia le prohibía moverse mucho. Y en definitiva, por la puerta del balcón, abierta de par en par, podía disfrutar, en cierta medida, de la esplendorosa belleza del aire libre.
 
Pero al final del plazo que le había sido impuesto, el tiempo cambió de nuevo. Durante la noche era brumoso y frío, el valle desapareció bajo una tempestad de nieve húmeda, y el aliento seco de la calefacción central llenó la habitación.

Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

(Traducción al español de Mario Verdaguer).

sábado, 12 de septiembre de 2026

Septiembre: MI BOHEMIA, de Arthur Rimbaud

"Yo las escuchaba al borde del camino cuando caen las tardes de septiembre..."

Me iba, con los puños en mis bolsillos rotos…
mi chaleco también se volvía ideal,
andando, al cielo raso, ¡Musa, te era tan fiel!
¡cuántos grandes amores, ay ay ay, me he soñado!

Mi único pantalón era un enorme siete.
—Pulgarcito que sueña, desgranaba a mi paso
rimas Y mi posada era la Osa Mayor.
—Mis estrellas temblaban con un dulce frufrú.

Y yo las escuchaba, al borde del camino
cuando caen las tardes de septiembre, sintiendo
el rocío en mi frente, como un vino de vida.

Y rimando, perdido, por las sombras fantásticas,
tensaba los cordones, como si fueran liras,
de mis zapatos rotos, junto a mi corazón.


Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891).

viernes, 11 de septiembre de 2026

Septiembre: LOS SOÑADORES, de Isak Dinesen

"...  no había dama en Inglaterra que la venciese entonces; pero otras se ponía la capucha de lino de las italianas..."

(Fragmento)

Una vez había una fiesta en un pueblo, con farolillos alrededor de una fuente en el anochecer claro. La presenciamos desde un balcón. Varias veces, también, fuimos al mar. Todo esto fue en el mes de septiembre, un buen mes en Roma: el mundo empieza a ponerse marrón, pero el aire es transparente como el agua de montaña, y sorprende que se llene de alondras, y que canten allí, en esa época del año.

A Olalla le encantaba todo esto. Tenía un gran amor a Italia, y muchos conocimientos sobre la buena comida y el vino. A veces se emperifollaba, vistosa como un arco iris, con cachemires y plumas, como la amante de un príncipe, y no había dama en Inglaterra que la venciese entonces; pero otras se ponía la capucha de lino de las italianas, y bailaba en los pueblos al estilo rural. Entonces no había bailarina más fuerte ni más graciosa; aunque ella prefería mucho más sentarse conmigo a ver bailar. Estaba extraordinariamente viva a todas las impresiones. A donde íbamos, observaba muchas más cosas que yo, aunque he sido buen deportista toda mi vida. Pero al mismo tiempo no parecía haber para ella mucha diferencia entre la alegría y el dolor, o entre lo triste y lo agradable. Para ella, las dos cosas eran igualmente bienvenidas, como si considerase que en el fondo eran lo mismo.

Una tarde regresábamos a Roma, hacia la puesta de sol, y Olalla, con la cabeza descubierta, guiaba el caballo manteniéndolo al galope. La brisa le apartaba sus largos y oscuros rizos de la cara, revelándome otra vez la larga cicatriz de una quemadura que, como una pequeña serpiente blanca, le corría de la oreja izquierda a la clavícula. Le pregunté, aunque ya lo había hecho antes, cómo había llegado a quemarse de esa manera. No me contestó; en vez de eso, empezó a hablarme de los grandes prelados y mercaderes de Roma que estaban enamorados de ella; hasta que le dije, riendo, que no tenía corazón. Tras este comentario se quedó callada un rato, mientras seguíamos a gran velocidad, con la luz del sol dándonos de lleno en la cara.

—Sí —dijo por último—; sí tengo corazón. Pero está enterrado en el jardín de una pequeña villa blanca cerca de Milán.

—¿Para siempre? —pregunté.

—Sí, para siempre —dijo—; porque es el lugar más bonito.

- ¿Qué hay allí —le pregunté, asaltado por los celos—, en esa pequeña villa blanca de Milán, que amerite guardar tu corazón para siempre?

—No lo sé —dijo—. No debe de haber mucho, ahora, ya que nadie limpia el jardín de malas hierbas ni toca el piano. Puede que vivan desconocidos allí, ahora. Pero también hay claridad lunar cuando la luna brilla en lo alto, y las almas de personas muertas.

A menudo hablaba de esa manera vaga y singular, y lo hacía de forma tan graciosa, afable y hasta humilde, que siempre me encantaba. Estaba deseosa de agradar, y se esforzaba todo lo posible; aunque no como la criada que se queda envarada por miedo a causar desagrado, sino como alguien muy rico que te colma de favores volcando sobre ti el cuerno de la abundancia. Como una leona domesticada, de dientes y garras fuertes, que se gana tu favor. A veces me parecía una niña; luego, a continuación, una vieja, como esos acueductos construidos hace mil años que se alzan en la campagna y proyectan sus largas sombras en el suelo, con sus muros majestuosos, antiguos y resquebrajados brillando al sol como el ámbar. Yo me sentía como un ser nuevo y torpe en el mundo, como un niño ridículo junto a ella, en esos momentos; y siempre le encontraba algo que me hacía verla más fuerte que yo. De haberme enterado de que podía volar, y alejarse de mí y del mundo cuando quisiese, me habría causado la misma impresión, creo.

Hasta finales de septiembre no empecé a pensar en el futuro. Entonces comprendí que no podía vivir sin Olalla. Si intentaba alejarme de ella, pensaba, mi corazón correría en su busca como corre el agua pendiente abajo. Así que pensé que debía casarme con ella y llevármela conmigo a Inglaterra.


Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962).

jueves, 10 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE EN VENECIA, de Vincenzo Cardarelli

  
Luces festivas y plateadas ríen,
discurriendo trémulas y lejanas
en la frialdad del aire sombrío.
Yo las miro hechizado.

Tal vez más tarde me acordaré
de estas grandiosas noches
que llegan rápidas,
y más bellas, más vivas sus luces.

Volverán a brillar
en mi recuerdo.
Y será real y serena
mi felicidad.
 

Vincenzo Cardarelli (Italia, 1887-1959)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: LAS AFUERAS, de Luis Goytisolo

"Sobre los peldaños del portal descansaba un cesto de manzanas rojas."

(Fragmento)

Mingo Cabot no dijo nada. Entró en la cocina y se tragó una cucharadita de aquellos polvos que sabían a cal.

El domingo se levantó algo más tarde que de costumbre. Fue a ordeñar, desayunó y se afeitó cuidadosamente junto al pozo. Luego se ocupó de arrancar las hierbas del tejado. El sol, todavía bajo, doraba las colinas y los mirlos cantaban desde las acacias. Sobre los peldaños del portal descansaba un cesto de manzanas rojas. Nap tendía la colada.

Volaron dos tórtolas. Mingo Cabot las miró alejarse desde el tejado, haciéndose pantalla con la mano. Marcharían pronto, en agosto. Y las golondrinas en septiembre y las torcaces en otoño y en febrero las becadas. Se iban, todas se iban.


Luis Goytisolo (España, 1935).

martes, 8 de septiembre de 2026

Golondrinas en septiembre: ODA A LAS ALAS DE SEPTIEMBRE, de Pablo Neruda

"... al vuelo del cielo que volvió a mi tejado: he comprendido al fin que las primeras flores son plumas de septiembre."

He visto entrar a todos los tejados
las tijeras del cielo:
van y vienen y cortan transparencia:
nadie se quedará sin golondrinas.

Aquí era todo
ropa, el aire espeso
como frazada y un vapor del sal
nos empapó el otoño
y nos acurrucó contra la leña.

En la costa del Valparaíso,
hacía el sur de la Planta Ballenera:
allí todo el invierno se sostuvo
intransferible con su cielo amargo.

Hasta que hoy al salir
volaba el vuelo,
no paré mientes al principio, anduve
aún entumido, con dolor de frío,
y allí estaba volando,
allí volvía
la primavera a repartir el cielo.

Golondrinas de agosto y de la costa,
tajantes, disparadas
en el primer azul,
saetas de aroma:
de pronto respiré la acrobacias
y comprendí que aquello
era la luz que volvía a la tierra,
las proezas del polen en el vuelo,
y la velocidad volvía a mi sangre.
Volví a ser piedra de la primavera.

Buenos días, señores golondrinas
o señoritas o alas o tijeras,
buenos días al vuelo del cielo
que volvió a mi tejado:
he comprendido al fin
que las primeras flores
son plumas de septiembre.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.