MITOS Y REINCIDENCIAS
Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
lunes, 2 de noviembre de 2026
Día de muertos según Octavio Paz
domingo, 1 de noviembre de 2026
Día de los muertos: EL VIAJERO DEL DÍA DE LOS MUERTOS*, de Georges Simenon
(Fragmento del capítulo 2)
* La traducción literal del título en francés Le Voyageur de la Toussaint, sería El viajero del día de todos los santos, que además posee un gran aliento poético, sin embargo, debido a que en Francia el día de los muertos tiene lugar el primero de noviembre, la Tousaint, y no el dos, como sucede en los países hispanos y en Italia, El viajero del día de los muertos recoge en mejor medida la intención original del autor.
sábado, 31 de octubre de 2026
Octubre: DESDE EL MAR SIN MAREAS, de William Hope Hodgson
Segunda parte
(Fragmento de El quinto mensaje)
No creo que nadie lo entienda en su justa medida y creo que no conseguiría tampoco comunicar el espantoso sonido del viento cuando barre estas planicies extensas y temblorosas... el agudo susurro de las algas mecidas por el viento. Cuando lo oímos más allá de nuestra protección de lona, sentimos que es algo semajente a oír el lamento de los muertos incontables que cobijan los poderosos Sargazos, muertos que lloran sus propios réquiems. En otras ocasiones afectada por la impotente soledad y la meditación, mi imaginación lo asimila a ejércitos en marcha de enormes monstruos que están siempre a nuestro alrededor acechando. «Pero ahora relataré la aparición del nuevo terror».
A finales de octubre lo experimentamos por primera vez: un golpeteo entre las algas, contra el costado de la nave, por debajo de la línea de flotación, un golpeteo nítido aunque extraño y fantasmal en la quietud de la noche. La primera vez que lo oí el cielo estaba despejado y brillaban las estrellas. Yo estaba abajo, en el pañol, acondicionando las provisiones y lo oí de pronto: tap-tap-tap, un martilleo en el exte- rior, sobre el flanco de estribor y por debajo de la línea de flotación. Me quedé quieto un momento, escuchando, pero no pude descubrir qué era lo que estaba golpeando contra la embarcación en este solitario mundo de fango y algas. Entonces, mientras escuchaba, el golpeteo cesó, pero yo permanecí a la espera, intrigado, con una impotente sensación de temor que debilitaba mi ánimo y expulsaba el valor de mi corazón...
William Hope Hodgson (Inglés fallecido en Bélgica, 1877-1918).
(Traducido al español por José María Nevreda y Esperanza Castro).
La lectura en línea del relato íntegro es posible en el siguiente vínculo PDFcoffee a partir de la página 112.
viernes, 30 de octubre de 2026
Octubre: EL DÍA DE LOS MUERTOS, de John Creed
(Fragmento del capítulo catorce, con el que da inicio la segunda parte)
—Treinta de octubre —respondió.
—Creo que Xabarra quería que lo siguiéramos a México —dijo Liam tranquilamente.
—¿Por qué?
—Porque el principio de noviembre es un día muy especial en México.
—¿Y eso?
—A la noche del primero de noviembre se le conoce como la noche de todas las almas allá, de donde vengo. Después, el 2 de noviembre es el día de todos los santos. Mis padres seguían una tradición la noche de todas las almas. Colocaban sillas en un semicírculo alrededor del fuego y lo atizaban antes de irse a dormir. Mira, la noche de todas las almas es la noche en que los muertos regresan, y las sillas eran para toda la gente cercana a nosotros que había muerto.
—Es un poco tétrico, Liam.
—En realidad no. Siempre ha sido una tradición al atardecer sentarse alrededor del fuego para platicar. Muchas noches el sonido de las voces junto a la hoguera llegaba hasta mi recámara y me arrullaba para dormir. Era un ruido seguro, y pensar que la familia se encontraba reunida alrededor de la fogata una noche al año era una idea reconfortante para nosotros. Los mexicanos tienen tradiciones diferentes, pero la idea es la misma.
—¿Cómo me dijiste que lo llaman?
—La noche de todas las almas.
—¿Cómo le dicen en México?
—El día de los muertos.
jueves, 29 de octubre de 2026
Otoño: CANTO DE OTOÑO, de Charles Baudelaire
miércoles, 28 de octubre de 2026
Otoño: MORELLA, de Edgar Allan Poe
(Fragmento)
Pero, una tarde de otoño, cuando los vientos se aquietaban en el cielo, Morella me llamó a su cabecera. Una espesa niebla cubría la tierra, y subía un cálido resplandor desde las aguas, y entre el rico follaje de octubre había caído del firma- mento un arco iris.
—Éste es el día entre los días —dijo cuando me acerqué—, el día entre los días para vivir o para morir. Es un hermoso día para los hijos de la tierra y de la vida... ¡ah, más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!
Besé su frente, y continuó:
—Me muero, y sin embargo viviré.
—¡Morella!
—Nunca existieron los días en que hubieras podido amarme; pero aquella a quien en vida aborreciste, será adorada por ti en la muerte.
—¡Morella!
—Repito que me muero. Pero hay dentro de mí una prenda de ese afecto —¡ah, cuan pequeño!— que sentiste por mí, por Morella. Y cuando mi espíritu parta, el hijo vivirá, tu hijo y el mío, el de Morella. Pero tus días serán días de dolor, ese dolor que es la más perdurable de las impresiones, como el ciprés es el más resistente de los árboles. Porque las horas de tu dicha han terminado, y la alegría no se cosecha dos veces en la vida, como las rosas de Pestum dos veces en el año. Ya no jugarás con el tiempo como el poeta de Teos, mas, ignorante del mirto y de la viña, llevarás encima, por toda la tierra, tu sudario, como el musulmán en la Meca.
—¡Morella! —exclamé—. ¡Morella! ¿Cómo lo sabes?
Pero volvió su cabeza sobre la almohada; un ligero estremecimiento recorrió sus miembros y murió; y no oí más su voz.
(Traducido al español por Julio Cortázar).
martes, 27 de octubre de 2026
Otoño: ENTRE TUS DEDOS HELADOS, de Francisco Tario
(Fragmento incial)
Preparaba yo, por aquellos días, el último examen de mi carrera y, de ordinario, no me acostaba antes de las tres o las tres y media de la madrugada. Esta vez acababan de sonar las cuatro cuando me metí en la cama. Me sentía rendido por la fatiga y apagué la luz. Inmediatamente después me quedé dormido y empecé a soñar.
Caminaba yo por un espeso bosque durante una noche increíblemente estrellada. Debía de ser el otoño, pues el viento era muy suave y tibio, y caía de los árboles gran cantidad de hojas. En realidad, las hojas eran tan abundantes que me impedían prácticamente avanzar, ya que mis pies se sumergían en ellas y quedaban tempo- ralmente apresados. Tan luego arreciaba el viento, otras nuevas hojas se desprendían de las ramas, formando una densa cortique yo me esforzaba por apartar. Despedían un fuerte olor a humedad, como si se tratara de hojas muy antiguas que llevasen allí infinidad de años.
Francisco Tario (Méxicano fallecido en España, 1911-1977).
lunes, 26 de octubre de 2026
Otoño: LA COLINA DE LOS SUEÑOS, de Arthur Machen
(Fragmento del capítulo VIII)
Había caminos y lugares por los que sentía especial cariño; le encantaba el viejo campo comunal que se hallaba en un terreno elevado rodeado de antiguas casas de ladrillo rojo con sus jardines. Y en un camino que conducía a este campo comunal había un terreno accidentado, con una charca y un roble retorcido, donde, en otoño, se había detenido con frecuencia a presenciar, a través de la niebla y el valle, el gran teatro de la puesta de sol, en el que una nube roja en forma de caballero atacaba y vencía a un dragón púrpura, y brillaban doradas lanzas en un campo de un fantástico color verde.
O a veces, cuando se cansaba de la interminable perspectiva de las calles modernas, había encontrado un inmenso alivio en el descubrimiento de una aldea olvidada, oculta en una depresión, mientras el nuevo Londres avanzaba y se levantaba por todas partes, amenazando al resto de las rojas techumbres con su crecimiento vulgar. Estas casitas apacibles, apiñadas al cobijo de los árboles, con sus ventanas combadas y emplomadas y tejados desiguales, le devolvían, en cierto modo, la sensación de campo, y le tranquilizaban con la evocación de las viejas granjas, blancas o grises, hogares de vidas tranquilas, refugios donde quizá no irrumpía jamás ningún pensamiento torturante.
domingo, 25 de octubre de 2026
DE OTOÑO, de Rubén Darío
Yo sé que hay quienes dicen: ¿por qué no canta ahora
sábado, 24 de octubre de 2026
Otoño: LOS EXCLUIDOS, de Elfriede Jelinek
(Fragmento)
Con frecuencia uno puede leer que para un chico es problemático crecer sin un padre, para una chica no tanto. Como esto lo afirman personas más inteligentes que la madre de Hans, tendrá que ser cierto. Pero el sol no hace causa común y se oculta definitivamente. En la Kochgasse sólo perduran los círculos luminosos que las lámparas proyectan desde el interior de las viviendas. Esto no quiere decir que aquello que no se ve no exista. A no ser que el pasado se perdone y se olvide seguirá existiendo. Y sigue existiendo y en él se desarrollan muchos destinos, aunque rara vez sean interesantes. Para escapar de esto, Hans se acaba de forjar un destino más interesante y en él se abre camino.
El otoño siempre se ha sentido culpable, sobre todo cuando incide en una persona joven. Los viejos piensan en la muerte continuamente, los jóvenes sólo en otoño cuando se inicia la total decadencia de la fauna y de la flora. Rainer dice que en las noches de otoño despliega las alas de su propio encanto. «Luego gatos sangrando encadenados se lamen el grito en el desván del pellejo lastimado». Esto es una poesía. Cuando Rainer piensa en la marchitez otoñal la asocia involuntariamente con las mujeres, como por ejemplo con su madre, que se está marchitando a pasos agigantados. La mujer siempre quiere tener algo dentro de sí, o si no dar a luz a un hijo que salga de ella. Esta es la imagen que Rainer tiene de las mujeres. En su poesía sobre el otoño Rainer dice que apes-ta excesivamente a luz. Es decir, no se ha acabado del todo, pero casi. El padre está todavía de buen ver, pero la madre ya no. La madre quiere más a su hermana que a él. Dice que a ella le hace más falta porque corre más peligro desde el punto de vista espiritual. Por el contrario, el padre le quiere más a él porque es el primogénito y porque perpetúa el apellido.
viernes, 23 de octubre de 2026
Otoño: EL INOCENTE, de Graham Greene
(Fragmentos que aluden al otoño)
Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina. En una tarde de otoño, uno se acuerda más de su niñez que en cualquier otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no combinaba demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: “Vámonos al campo”, y el nombre de Bishop’s Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurri- do que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas.
Incluso el viejo mozo de equipajes despertó mis añoranzas.
—Habrá un coche a la entrada —dije a Lola. Y, efectivamente, así era, aunque al principio no pude verle, sumido en la contemplación de dos taxis. “El lugar resurge de nuevo ante mi vista”, pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal, y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal, me resultaban altamente familiares.
—¿Por qué has escogido este pueblo? —preguntó Lola—. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos, más que otra cosa, rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha.
(...)
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húme- das hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita, con la misma nitidez que si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás la he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reirme del amor de los niños. Éste posee una característi- ca inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso sufre menos. Recordé los juegos de la “gallina ciega” durante las fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla en mis brazos; aunque sin conseguirlo jamás, porque siempre se me escabullía de entre las manos.
Graham Greene (Inglaterra, 1904-1991).
jueves, 22 de octubre de 2026
Otoño: MIRAMAR, de Naguib Mahfuz
(Fragmento de El High Life)
El viento del otoño golpea suavemente con untuosidad sensual. Mis ojos se posan en la campesina que está de pie entre dos clientes, frente al mostrador. ¡Bendita sea la tierra que te ha visto nacer! La descubrí cuando repasaba los precios de las botellas. Desde mi posición exterior los ojos se quedaron prendados en ella: pasaron sobre un barril de aceitunas, se escurrieron entre una botella de Haig y otra de Dewar's, se alejaron con asco de un basterma, hasta que se instalaron sobre su perfil moreno levantado hacia el tendero de bigote balcánico. En aquel momento sujetó bajo el brazo la cesta de paja trenzada llena de compras —de donde sobresalía el cuello de una botella de Johnnie Walker—, y cuando dejó la tienda me dirigí hacia ella.
Nuestros ojos se encontraron. Una mirada severa pero curiosa chocó contra la mía, sonriente y admirada. Siguió por su camino y yo me fui tras ella sin otro propósito que brindar por aquella belleza de aroma a campo, ese campo que tanto amo. En el Paseo Marítimo hicimos frente a las ráfagas del viento húmedas por el oleaje y enhebradas con los débiles rayos del sol otoñal. Ella iba delante de mí en una especie de vigorosa marcha militar hasta que dobló por detrás del edificio Miramar. Se volvió hacia mí cuando pasaba rápidamente hacia la entrada del edificio y vislumbré unos ojos color de miel y elusivos.
Y evoqué los días de cosecha en la aldea...
miércoles, 21 de octubre de 2026
Otoño: TUS OJOS QUE ANTAÑO NUNCA SE CANSARON DE LOS MÍOS..., de W. B. Yeats
martes, 20 de octubre de 2026
Otoño: DEMIAN, de Hermann Hesse
lunes, 19 de octubre de 2026
Otoño: POEMA SEIS, de Pablo Neruda
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
domingo, 18 de octubre de 2026
Otoño: EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY, de D. H. Lawrence
(Párrafo del capítulo 2)
Y hasta el presente era una vida... en el vacío. Por lo demás era una no-existencia. Wragby estaba allí, allí estaban los sirvientes..., pero de un modo espectral, sin existencia efectiva. Connie daba paseos por el parque y por el bosque que rodeaba al parque, disfrutaba de la soledad y del misterio, pisando las hojas muertas en otoño y cogiendo prímulas en primavera. Pero todo era un sueño, o más bien, un simulacro de realidad. Las hojas de roble eran para ella como hojas de roble deformadas por un espejo, ella misma era un personaje leído por alguien, recogiendo prímulas que no eran más que sombras, o recuerdos, o palabras. ¡Sin sustancia para ella, sin nada... ; sin presencia, sin contacto! Sólo existía aquella vida con Clifford, aquel intermi- nable entramado de historias, aquel puntillismo de la consciencia, aquellos cuentos de los que Sir Malcolm decía que estaban vacíos y que no pervivirían. ¿Por qué habían de tener un contenido, por qué habrían de pervivir? A cada día le basta con su propia insuficiencia. A cada momento le basta con la apariencia de realidad.
sábado, 17 de octubre de 2026
Otoño: VEN AL PARQUE ABANDONADO, de Stefan George
Allí, el amarillo tiempo, el tenue pardo
de bayas y abedules, el viento está templado,
las rosas tardías aún no se agostaron,
elígelas y bésalas y la corona teje.
Tampoco olvides estos últimos amelos,
la púrpura de vid silvestre en los sarmientos,
y lo que sobró también de una existencia joven,
olvida lo ligero al rostro del otoño.
viernes, 16 de octubre de 2026
Otoño: EXTRAÑOS EN UN TREN, de Patricia Highsmith
(Fragmento del capítulo 42)
Aquella noche, Guy encendió el primer fuego del año, el primero que se encendía en su nueva casa. Anne se hallaba tendida enfrente de la chimenea, con la cabeza recostada en un cojín del sofá. El frío nostálgico del otoño flotaba en el aire, llenando a Guy de melancolía y de una inquieta energía. No era la energía alegre que había sentido en los otoños de su juventud, sino que por debajo de ella corría una sensación de frenesí y desesperanza, como si se tratase del último estallido de una vida que ya rodaba pendiente abajo. ¿Qué mejor prueba de que así era que el no sentir ningún temor por lo que le aguardaba? ¿Es que Gerard no contaba ya con suficientes indicios para adivinar la verdad, sabiendo que él y Bruno se habían conocido en el tren? ¿No iba a comprenderlo cualquier día, cualquier noche, cualquier instante en que sus gruesos dedos se llevasen el cigarro a la boca? ¿A qué estaban esperando, Gerard y la policía? A veces presentía que Gerard quería recoger hasta los detalles más insignificantes sobre el caso, recoger grano a grano todas las pruebas en contra de ellos dos, y luego, súbitamente, dejarlas caer sobre ellos, ani- quilándoles.
jueves, 15 de octubre de 2026
Otoño: EL GRAN INVIERNO, de Ismail Kadaré
Primera parte: Réquiem por el verano que pasó
(Fragmento del capítulo primero)
—Ha empezado el otoño —comentó Kristaq pensativo, sin apartar la vista de su yerno, como si éste hubiera traído de la calle las huellas del otoño. Besnik se pasó la mano por el pelo para sacudir unas gotas de lluvia.
—Sí, se ha estropeado el tiempo.
—Ayer se marchó el último de los embajadores que habían venido de vacaciones —dijo Kristaq con un tono de voz como si hablara de la migración de los pájaros—. Justo el otoño.
—Octubre está ya bien avanzado —puntualizó Liria.
—Segundo otoño —intervino Skënder Bermema sin quitarse el cigarrillo de la boca—, por algo le llaman así.
—Ya no se utiliza ese nombre —replicó Kristaq—, a no ser en las novelas.
—Pues muy mal que no se utilice. Para mí, las palabras octubre o septiembre, son estériles; sin embargo, primer otoño, segundo otoño y tercer otoño están llenas de vida.
—Interesante, no se me había ocurrido.
—Se trata del drama completo del frío con su ritmo creciente, acto tras acto —prosi- guió con su teoría Skënder Bermema. Con el movimiento de sus labios graves, la ceniza del cigarrillo, que aún no había tirado, le cayó sobre la rodilla, pero no se dio cuenta o simuló no dársela. Su mujer se la limpió con un movimiento suave de la mano. La conversación sobre el otoño se agotó en un minuto, como cualquier conversación sobre el tiempo.
Ismail Kadaré (Albania, 1936-2024).
miércoles, 14 de octubre de 2026
Otoño: EL LIBRO DE LOS AMORES RIDÍCULOS, de Milan Kundera
(Fragmento final del capítulo 7)
—Sí, es una chica realmente agradable —dijo Havel—, pero agradable tam- bién puede serlo un perro, un canario o un patito que pasea por el patio. De lo que se trata en la vida no es, querido amigo, de conquistar la mayor cantidad posible de mujeres, porque ése es un éxito demasiado superficial. Se trata más bien de cultivar las exigencias que uno mismo se plantea, porque en ellas se refleja la medida de su propio valor. Recuerda, amigo, que el buen pescador devuelve los peces pequeños al agua.
El joven empezó a pedir disculpas y afirmó que él mismo tenía ya considera- bles dudas con respecto a la chica, como lo demuestra el haberle pedido su opinión a Havel.
—No es nada —dijo Havel—, no se preocupe por eso.
Pero el joven continuó con sus disculpas y sus excusas y señaló que en otoño había escasez de mujeres guapas en el balneario y que por eso uno tiene que conformarse con lo que haya.
—En eso no estoy de acuerdo con usted —lo rechazó Havel—. He visto algunas mujeres excepcionalmente atractivas. Y le diré una cosa. Existe cierta apa- riencia externa agradable que la estética provinciana considera, erróneamente, bella. Pero aparte de eso existe también la verdadera belleza erótica de la mujer. Saber reconocerla a simple vista no es, naturalmente, nada fácil. Es un arte. —Después le dio la mano al joven y se alejó.












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