Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

viernes, 2 de octubre de 2026

Otoño: APUNTES DE UN CAZADOR, de Iván Turguéniev

"Cuando brillaba el sol, el interior del bosque, ligeramente velado por los vapores de la humedad, se iluminaba y parecía sonreír."

(Fragmento inicial de La Cita)

Un día, en otoño, una lluvia fina, como polvo, caía desde la mañana. A intervalos, débiles rayos de sol atravesaban las nubes, que se deshacían o saltaban las unas sobre las otras, descubriendo entonces la bóveda azul, tranquila y límpida, formando como un hermoso lago de azur. Sentado en un cómodo lecho de musgo espeso escuchaba la voz de la selva.

Sobre mi cabeza el follaje estaba casi inmóvil. Y yo percibía, en el roce apenas perceptible de las hojas, el rumor característico de la estación. No era el temblor alegre que producen, en la primavera, las hojitas nuevas; no era tampoco la blanda languidez opulenta del verano, ni los tristes adioses al comenzar el invierno, sino algo como un murmullo en un sueño.

Un viento ligero, a rachas, inclinaba unas contra otras las altas cimas de los árboles. Cuando brillaba el sol, el interior del bosque, ligeramente velado por los vapores de la humedad, se iluminaba y parecía sonreír. Los troncos esbeltos de los abedules tenían reflejos tornasolados de raso, y las hojas, en el suelo, producían la ilusión de una lluvia de oro.

Algunos helechos, ya cobrizos, tocados por el halo del otoño, se alargaban gráciles, mientras otros pendían, bajo brillantes gotas de lluvia, hacia el musgo y le acariciaban con la punta de sus finos penachos.

Iván Turguéniev
(Ruso fallecido en Francia, 1818-1883).

jueves, 1 de octubre de 2026

Epistolario: ¡HERMOSO OTOÑO!, de George Eliot


En una carta que escribió George Eliot (Mary Ann Evans) a su amiga Miss Lewis el primer día de octubre en 1841, le decía:

«¿No es este un verdadero día de otoño? Justo la tranquila melancolía que amo, que hace que la vida y la naturaleza armonicen... ¡Delicioso otoño! Mi alma entera se entrega a él, y si yo fuera un pájaro volaría alrededor del mundo buscando todos los otoños.»

George Eliot 
(Seudónimo literario de Mary Ann Evans; Inglaterra, 1819-1880).

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Septiembre: LA EXILIADA, de Pearl S. Buck

"Sentada en la proa del junco, miró encantada en su derredor, y se admiraba ingenuamente de que una tierra pagana pudiera ser tan hermosa."

 (Fragmento del capítulo segundo)

Por fortuna, la primera experiencia de Carie en el país nuevo fue la de estos siete largos y hermosos días durante los cuales se deslizaba suavemente entre campos llenos de cosechas maduras. La belleza siempre lograba encantarla, y allí la había, aunque extraña. Terminaba el mes de septiembre y no aparecía una sola nube en el cielo. Nunca es más brillante la luz del sol en el valle del Yangtsé que en esta época, cuando, desaparecido ya el pesado calor del verano, el primer aliento de otoño no hace más que robar del aire y del sol su peligrosa fuerza, dejando sólo una atmósfera agradable. La masa de bambúes con sus ondulantes plumas, los bajos verdes, las aguas tortuosas y doradas del canal, los campos amarillos con los ricos y pesados granos de arroz, las pequeñas aldeas pardas con sus techos de paja que aparecían a cortos intervalos, el ritmo soñoliento que marcaban los mayales desgranando las cosechas en los pisos de la trilla, el dulce y tibio aire de otoño…; por fortuna para Carie, pasó sus primeros días en la China entre tales cosas. Sentada en la proa del junco, miró encantada en su derredor, y se admiraba ingenuamente de que una tierra pagana pudiera ser tan hermosa.

Pearl Sydenstricker Buck: Sai Zhenzhu
(Estados Unidos, 1892-1973). Obtuvo el premio Nobel en 1938.

(Traducido al español por Alberto Echevarría Palma).

martes, 29 de septiembre de 2026

Septiembre: ROSA DE SEPTIEMBRE, de Afanasi Fet

"... se han congelado en la abierta faz. La rosa ha sonreído en  un fugaz día de septiembre."

Los suspiros matinales se han congelado
en la abierta faz. La rosa ha sonreído en
un fugaz día de septiembre.

Saluda al desnudo azul y a los arbustos
descarnados en el volátil orbe.

Florece en un sueño firme y vespertino
que se aferra y se disipa.
 
 
Afanasi Fet (Rusia, 1820-1892).

lunes, 28 de septiembre de 2026

Septiembre: ÚLTIMAS TARDES CON TERESA, de Juan Marsé


(Fragmento inicial)

Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano, las cuatro de la madrugada, todo ha terminado. Está vacío el tablado donde poco antes la orquesta interpretaba melodías solicitadas, el piano cubierto con la funda amarilla, las luces apagadas y las sillas plegables apiladas sobre la acera. En la calle queda la desolación que sucede a las verbenas celebradas en garajes o enterrados: otro quehacer, otros tráfagos cotidianos y puntales, el miserable trato de las manos con el hierro y la madera y el ladrillo reaparece y acecha en portales y ventanas, agazapado en espera del amanecer. El melancólico embustero, el tenebroso hijo del barrio que en verano ronda la aventura tentadora, el perdidamente enamorado acompañante de la bella desconocida todavía no lo sabe, todavía el verano es un verde archipiélago. Cuelgan las brillantes espirales de las serpentinas desde balcones y faroles cuya luz amarillenta, más indiferente aún que las estrellas, cae en polvo extenuado sobre la gruesa alfombra de confeti que ha puesto la calle como un paisaje nevado. Una ligera brisa estremece el techo de papelitos y le arranca un rumor fresco de cañaveral.

La solitaria pareja es extraña al paisaje como su manera de vestir lo es entre sí: el joven (pantalón tejano, zapatillas de basquet, niki negro con una arrogante rosa de los vientos estampada en el pecho) rodea con el brazo la cintura de la elegante muchacha (vestido rosa de falda acampanada, finos zapatos de tacón alto, los hombros desnudos y la melena rubia y lacia) que apoya la cabeza en su hombro mientras se alejan despacio, pisando con indolencia la blanca espuma que cubre la calle, en dirección a un pálido fulgor que asoma en la próxima esquina: un coche sport. Hay en el caminar de la pareja el ritual solemne de las ceremonias nupciales, esa lentitud ideal que nos es dado gozar en sueños. Se miran a los ojos. Están llegando al automóvil, un “Floride” blanco. Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano. Sorprendida, la joven pareja se suelta riendo y se cubre los ojos con las manos. El remolino de confeti zumba bajo sus pies con renovado ímpetu, despliega sus alas níveas y les envuelve por completo, ocultándoles durante unos segundos: entonces ellos se buscan tanteando el vacío como en el juego de la gallina ciega, ríen, se llaman, se abrazan, se sueltan y finalmente se quedan esperando que esa confusión acabe, en una actitud hierática, dándose mutuamente la espalda, perdidos por un instante, extraviados en medio de la nube de copos blancos que gira en torno a ellos como un torbellino.

Juan Marsé (España, 1933-2020).

domingo, 27 de septiembre de 2026

Septiembre: TE AMO AHÍ CONTRA EL MURO DESTRUIDO..., de Homero Aridjis


Te amo ahí contra el muro destruido
contra la ciudad y contra el sol y contra el viento
contra lo otro que yo amo y se ha quedado
como un guerrero entrampado en los recuerdos

Te amo contra tus ojos que se apagan
y sufren adentro esta superficie vana
y sospechan venganzas
y muertes por desolación o por fastidio

Te amo más allá de puertas y esquinas
de trenes que se han ido sin llevarnos
de amigos que se hundieron ascendiendo
ventanas periódicas y estrellas

Te amo contra tu alegría y tu regreso
contra el dolor que astilla tus seres más amados
contra lo que puede ser y lo que fuiste
ceremonia nocturna por lugares fantásticos

Te amo contra la noche y el verano
contra la luz y tu semejanza silenciosa
contra el mar y septiembre y los labios que te expresan
contra el humo invencible de los muertos.


Homero Aridjis (México, 1940).

sábado, 26 de septiembre de 2026

Septiembre: TESS D'UBERVILLE, de Thomas Hardy

"... iba sola al pueblo, buscaba siempre al anochecer la compañía de sus amigas para volver a casa más segura."

(Fragmento del capítulo X) 

En su primera excursión se divirtió la joven más de lo que esperaba, contagiada de la alegría de los demás, que formaba tan vivo contraste con la monótona tarea que diariamente realizaba en el gallinero. Por lo que la repitió una y otra vez. Como la joven era interesante y agraciada, hallándose además en el momentáneo umbral de la feminidad, su paso por las calles de Chaseborough atraía algunas furtivas miradas varoniles, por lo cual, aunque algunas veces iba sola al pueblo, buscaba siempre al anochecer la compañía de sus amigas para volver a casa más segura.

Así transcurrieron un mes o dos, hasta que llegó un sábado de septiembre, en el que coincidían una feria y un mercado. Con este doble motivo, los peregrinos de Trantridge se las prometían doblemente felices en las tabernas. Tess estuvo muy atareada todo aquel día, llegando al pueblo mucho después que sus compañeras. Era una hermosa tarde de septiembre, a esa hora del crepúsculo en que las amarillentas luces luchan con las sombras azules en líneas finas como cabellos y la atmósfera misma forma perspectivas sin necesidad de objetos más sólidos, si se exceptúan las miríadas de alados insectos que en ella danzan. Por entre esta bruma del atardecer hizo Tess el camino.

Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).

viernes, 25 de septiembre de 2026

Septiembre: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak

"El otoño olía a ese amargo perfume de las hojas pardas y a otros infinitos aromas. Yuri Andriéevich respiraba con ansia el olor de las manzanas heladas..."

Décima parte: En la gran carretera

(Fragmento del capítulo 6)

Pasó el veranillo de San Martín y vinieron los luminosos días del otoño dorado. En el extremo occidental del Lisi Otok, junto a la torre de un fortín que se conservaba intacto, Yuri Andriéevich había de encontrarse con el doctor Lajos, su ayudante, para discutir las cuestiones que interesaban a entrambos. Llegó puntualmente, a la hora establecida. Mientras esperaba, comenzó a pasear junto a la trinchera derrumbada, subió luego a la garita del vigía y a través de las troneras que habían sido utilizadas por las ametralladoras, se puso a mirar a los espacios boscosos que se extendían al otro lado del río.

El otoño había dibujado ya claramente en el bosque los confines entre el mundo de las coníferas y el de las foliáceas. Erizábase el primero irguiéndose al fondo del bosque como una muralla oscura, casi negra, mientras el segundo traslucía aquí y allá con manchas rojodoradas, como una ciudad antigua con sus aislados palacios de cúpulas doradas construida en el mismo corazón del bosque y con sus mismos tron- cos.

La tierra, llena de hoyos a los pies del doctor, y las rodadas de los caminos del bosque endurecidas por la helada matutina, estaban como pavimentadas por las hojas del sauce llorón, áridas, secas y acartonadas. El otoño olía a ese amargo perfume de las hojas pardas y a otros infinitos aromas. Yuri Andriéevich respiraba con ansia el olor de las manzanas heladas, olor de sequedad amarga y dulce humedad, mezclado con el azul vapor de septiembre, que recordaba el de una hoguera apagada con agua o el de un incendio recién extinguido.

Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1958.

jueves, 24 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, de Hermann Hesse


El jardín está triste,
la fría lluvia pesa sobre las flores.
El verano tiembla
dulcemente hacia su fin.
 
Doradas, gota a gota, caen las hojas
de lo alto de la acacia.
El verano sonríe, sorprendido y cansado,
entre el sueño de los jardines que se mueren.
 
Largamente, entre las rosas
se detiene todavía, desea el reposo.
Lentamente cierra
sus ya cansados ojos.
 
(Der Garten trauert,
kühl sinkt in die Blumen der Regen.
Der Sommer schauert
Still seinem Ende entgegen.
 
Golden tropft Blatt um Blatt
nieder vom hohen Akazienbaum.
Sommer lächelt erstaunt und matt
in den sterbenden Gartentraum.
 
Lange noch bei den Rosen
bleibt er stehen, sehnt sich nach Ruh.
Langsam tut er die (grossen)
müdgewordnen Augen zu.)
  
Herman Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

La ilustración corresponde a Flores en la lluvia (Flowers in the Rain), de Randy Heath.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, la canción de Richard Strauss sobre un poema de Hermann Hesse

"... se va apagando lentamente con la llegada de las lluvias otoñales."

El compositor Richard Strauss era contemporáneo -aunque trece años mayor- de Hermann Hesse. Al final de la segunda guerra, siendo ya un anciano octogenario se trasladó a vivir a Suiza, en donde Hesse llevaba radicando desde hacía tiempo e incluso había adoptado esa nacionalidad. Ambos desarrollaron una amistad que se acentuó conforme Strauss fue adoptando una postura pacifista y cada vez más crítica del régimen de Hitler. Aunque al principio fue bastante favorecido por éste, al grado de ser nombrado presidente de la cámara de música del III Reich, además de que compuso el himno para los juegos olímpicos de Berlín en 1936, se fue distanciando paulatinamente del régimen, sobre todo porque su nuera tenía origen judío y por lo tanto sus nietos, así fuese sólo de manera parcial, también lo eran.

En 1938, bajo una ominosa atmósfera bélica, estrena la ópera en un acto El día de la paz. Cuando la guerra estaba a punto de concluir, decepcionado escribió en su diario: "El período más terrible de la historia humana se ha terminado, el reinado de doce años de bestialidad, ignorancia y destrucción de la cultura por parte de los mayores criminales, durante el cual los dos mil años de la evolución cultural de Alemania llegaron a su fin."

Dedicada a la soprano María Jeritza, Septiembre, poema de Hermann Hesse, es una canción elaborada con un sumo cuidado en los detalles, una pieza de auténtico orfebre, delicada pero densa, venida de la más pura inspiración melódica.

La última de las composiciones para orquesta, fue creada precisamente en ese mes de septiembre, como indica su título, de 1948 y podría tomarse en solitario como un magnífico broche final en el que Strauss parece estar imbuido por la tristeza del verano, que simboliza sus años de juventud y que se va apagando lentamente con la llegada de las lluvias otoñales.*

La leve introducción orquestal está cargada de matices que parecen llevarnos a ese jardín triste dónde la lluvia derrama sus frías lágrimas en las flores. Es notable el uso de las flautas y el arpa, entre las cuerdas, semejando las gotas de lluvia así como el acento en la palabra "Blumen" (flores).

En la siguiente frase, aparece el verano (Der Sommer) que se estremece porque se acerca su fin y en este pasaje descubrimos unas texturas más cálidas y resplande- cientes.

De nuevo la presencia de las flautas y el arpa en el goteo de las hojas de las acacias, desde "Golden tropft".

Y otra vez el verano, que no quiere irse y que sonríe extrañado y de nuevo volvemos a un momento radiante en la voz y la orquesta. La frase termina con el verano ya cansado y agonizante en una magnífica y ondulante melodía en la palabra "Gartentraum" (sueño del jardín) que parece llevarnos a terrenos etéreos y de fantasía.

El espectro de la obra se va abriendo en los compases siguientes en dónde ese verano (o juventud) anhela el descanso. Es particularmente destacable el ascenso y posterior caída de la orquesta en estas frases y después de "stehen".

La última frase, prodigio de emociones, queda aplicada de manera magistral en un pianísimo que subraya el texto: "lentamente cierra los grandes ojos, rendidos de cansancio" haciendo énfasis en la palabra "Augen" (ojos) y la palabra "zu" que es protagonizada por la trompa solista, como rendido homenaje no solamente al intrumento del padre de Strauss, si no también a la juventud sugerida que va desapareciendo de este anciano compositor.

Jules Etienne

* Casualmente Richard Strauss falleció al año siguiente en el mes objeto de la canción: el 8 de septiembre de 1949.

martes, 22 de septiembre de 2026

Equinoccio: PRIMERA NIEVE EN EL MONTE FUJI, de Yasunari Kawabata

"Mañana estaremos en mitad del Higan, en pleno equinoccio de otoño."

(Fragmento inicial)

—Ya hay nieve en el monte Fuji. Eso es nieve, ¿verdad? —dijo Jiro.

También Utako miró al Fuji desde la ventana del tren.

—¡Cierto! ¡La primera nieve!

—No son nubes, ¿verdad? Es nieve —insistió Jiro.

El Fuji estaba envuelto en nubes. La nieve de la cumbre tenía en el cielo encapotado un color semejante al de una nube blanca.

—¿Qué día es hoy? ¿Veintidós de septiembre?

—Mañana estaremos en mitad del Higan, en pleno equinoccio de otoño.

—Me pregunto si todos los años por esta época cae nieve en el monte Fuji. Tal vez la primera nevada… —después de decir esto, Jiro, como si se hubiera dado cuenta de algo, añadió—: Un momento, no podemos saber si ésta es la primera nevada. Es la primera vez que vemos en este año al monte Fuji. Pero es probable que antes haya nevado.

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972).
Obtuvo el premio Nobel en 1968.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Equinoccio: ALGAS MARINAS, de Henry Wadsworth Longfellow

"Las laboriosas oleadas, cargadas con algas de las rocas."

(Primera estrofa)

Cuando desciende sobre el Atlántico
El gigantesco
Ventarrón del equinoccio,
Hacia tierra en su ira azota
Las laboriosas oleadas,
Cargadas con algas de las rocas.

(When descends on the Atlantic
The gigantic
Storm-wind of the equinox,
Landward in his wrath he scourges
The toiling surges,
Laden with seaweed from the rocks).

Henry Wadsworth Longfellow (Estados Unidos, 1807-1882).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

domingo, 20 de septiembre de 2026

Septiembre: LAS CÁRCELES DEL ALMA, de Lajos Zilahy

"... se escuchaban los lamentos de un tarogato que parecía cantar un adiós al verano."

(Fragmento inicial)

Era un día de septiembre; las siete de la tarde. Desde las colinas de Buda, se oían los lamentos de un tarogato que parecía cantar un adiós al verano.

En la esquina, apoyado en un bastón, un joven escuchaba aquella lejana música, fumando un cigarrillo. Ahora que ya estaba a dos pasos de la casa del doctor que le había invitado a tomar el té, no tenía la menor gana de subir, ni de mezclarse con tantas personas desconocidas a las que no sabría qué decir. Las relaciones que surgen en estas ocasiones sólo sirven para que cuando, dos semanas más tarde, se tropieza con una de ellas en el tranvía, no se sepa qué hacer: ¿debemos saludar o no a esa señora del sombrerito de terciopelo, que ocupa el asiento de enfrente, y a quien sólo entrevimos fugazmente en un té? No saludarla estaría mal, pero saludarla aún peor, pues estos encuentros nos obligan a conversaciones más que embarazosas.

El joven continuaba escuchando la armoniosa melodía del tarogato y le parecía bas- tante más grato pasar aquel delicioso crepúsculo de septiembre paseándose por las tranquilas y silenciosas callejuelas de Buda.

Lajos Zilahy
(Húngaro nacido en Rumania y fallecido en Serbia, 1891-1974).

sábado, 19 de septiembre de 2026

Septiembre: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac

"La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros."

(Fragmento del capítulo dieciocho)

Los olmos de los caminos y los álamos de la llanura dibujaban grandes planos superpuestos, y entre sus líneas sombrías se acumulaba la niebla y el humo de las hierbas quemadas y ese inmenso aliento de la tierra que ha bebido. Porque nos despertamos en pleno otoño y los racimos, donde mora aún y brilla un poco de lluvia, no encontrarán lo que les ha frustrado el agosto lluvioso. Para nosotros tal vez no sea nunca demasiado tarde. Tengo la necesidad de repetirme que nunca es demasiado tarde.
 
Al día siguiente de mi vuelta penetré, y no por devoción, en la alcoba de Isa. El no hacer nada, esa disponibilidad total de la que no sé si gozo o sufro en el campo, esto sólo, me incitó a empujar la puerta entreabierta, la primera al lado de la escalera, a la izquierda. No solamente la ventana estaba abierta de par en par, sino también el armario y la cómoda. La servidumbre había abandonado la habitación y el sol devoraba, hasta en los más pequeños rincones, los restos impalpables de un destino acabado. La tarde de septiembre zumbaba de moscas sin sueño. Los tilos, tupidos y redondos, parecían frutos maduros. El cielo, oscuro en el cénit, palidecía sobre las colinas dormidas. Vibró la risa de una joven a quien no veía. Los anchos sombreros contra el sol se movían a ras de las viñas. Había comenzado la vendimia.
 
 
François Mauriac (Francia, 1885-1970).
Obtuvo el premio Nobel en 1952.
 
(Traducido del francés por Fernando Gutiérrez)..

viernes, 18 de septiembre de 2026

Septiembre: LOLITA, de Vladimir Nabokov

"La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (El día en que ocurrió lo que narro era el 22)..."

(Acontecimientos de septiembre de 1952: hace setenta y cuatro años)

Querido papá:

¿Cómo van las cosas? Me he casado. Voy a tener un hijo. Creo que será muy grande. Creo que nacerá para Navidad. Es difícil escribirte esta carta. Estoy medio loca, porque no podemos pagar nuestras deudas y marcharnos de aquí. Le han prometido a Dick una buena colocación en Alaska, dentro de su espacialidad en la mecánica. No sé cuál es, pero tengo entendido que es muy importante. Perdona que no te dé mi dirección, pero quizás sigas enfadado conmigo, y Dick no debe saber lo ocurrido. Esta ciudad es algo increíble. El humo de las fábricas se mezcla con la niebla y no deja ver a los idiotas que viven aquí. Por favor, mándanos un cheque, papá. Podemos arre- glarnos con trescientos o cuatrocientos, o quizás menos, cualquier suma vendría bien; puedes vender mis cosas viejas, pues una vez que lleguemos allí nos lloverá el dinero. Escríbeme, por favor. He pasado muchas tristezas y sinsabores.

Tu hija que espera ansiosa,

Dolly (señora de Richard F. Schiller)
...

La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (el día en que ocurrió lo que narro era el 22), y la dirección que me indicaba Lolita era "Lista de correos, Coalmont" (omito si se hallaba en Virginia, Pennsylvania o Tennessee; aunque el nombre de la ciudad tampoco era Coalmont; lo he camuflado todo, amor mío). Averigué que era una pequeña comunidad industrial a unos mil quinientos kilómetros de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas, próxima ya la madrugada, en un motel, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad.

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza,1899-1977).

jueves, 17 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE, de Luis Muñoz

"No es más real, septiembre, que un recuerdo..."

En el pálido azul que acogen las terrazas,
los labios desprovistos que saben regresar
y el vuelo de las últimas gaviotas.

Voces que el mar congrega,
que vienen con las olas y son la lejanía.
Playas tendidas como alas de nieve
al pie de los bañistas
y autobuses velados con tenues pasajeros
que persiguen la falta de costumbre.

También entonces
rubias muchachas sumergidas
en el agua templada de las historias breves
y la pasión del horizonte, el hilo de ciudades
que definen los barcos que se alejan.

No es más real, septiembre, que un recuerdo,
pero nombres que dimos por perdidos
recobran claridad, el aire que atraían
y el sueño en que resisten los veranos.


Luis Muñoz (España, 1966).

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Septiembre: EL BUSCADOR DE ORO, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza..."

(Fragmentos del capítulo Somme, verano de 1916)

A comienzos de septiembre nos unimos al V Ejército del general Gough y, con los que han quedado bajo las órde es de Rawlinson, nos encaminamos todavía más al sur, hacia Guillemont. Por la noche remontamos la vía férrea hacia el noreste, en dirección a los bosques. Están a nuestro alrededor, todavía más sombríos, amanazadores: el bosque de Trônes, a nuestra espalda, el bosque de Leuze, al sur y. ante nosotros el bosque de los Bouleaux. Los hombres aguardan, en la tranquilidad de la noche, sin dormir. Creo que ninguno de nosoros puede evitar pensar en lo que, antes de esta guerra, existía aquí; esta belleza, estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza, los murmullos de los arroyuelos, los saltos de los conejos silvestres. Esos bosques donde van los amantes, después del baile, con la hierba tibia todavía por la luz del día, donde los cuerpos se abrazan y ruedan riendo. Los bosques, por la noche, cuando de los pueblos suben las azuladas humaredas, tan tranquilas, y se ven en los senderos las siluetas de las viejecitas recogiendo leña.

(... en la jornada del quince de septiembre...)

Comienzan las pesadas lluvias de invierno. Las aguas del Somme y del Ancre invaden las riberas. Estamos prisioneros en las trincheras conquistadas, hundidos en el barro, agazapados en improvisados refugios. Hemos olvidado ya la embriaguez de los combates que nos han llevado hasta aquí, Hemos conquistado Guillemont, la granja de Falfemont, Glinchy y, en la jornada del quince de septiembre, Morval, Gueudecourt, Lesboeufs, rechazando a los alemanes hacia sus trincheras de reta- guardia, en lo alto de los ribazos, en Bapaume, en el Transloy. Ahora estamos prisioneros de las trincheras, al otro lado del río, prisioneros de las lluvias y del barro. Los días son grises, fríos, nada ocurre.

Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francés con ciudadanía mauritana, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 15 de septiembre de 2026

Septiembre: HOJAS DE HIERBA, de Walt Whitman


"Guarda los campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas de septiembre."

(Fragmento)

Guarda tu espléndido sol silencioso,
Guarda tus bosques, ¡Oh, naturaleza!, y los parajes apacibles junto a los bosques,
Guarda tus campos de trébol y alfalfa, y tus maizales y tus huertas,
Guarda los campos de alforfón en flor, en los que zumban las abejas de septiembre;
¡Dame rostros y calles -dame estos fantasmas incesantes e inacabables que caminan en las aceras!
¡Dame ojos interminables -dame mujeres- dame camaradas y amantes por millares!
¡Déjame que vea otros cada día -déjame que les dé la mano cada día!


Walt Whitman (Estados Unidos, 1819-1892).

lunes, 14 de septiembre de 2026

Septiembre: LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Fiódor Dostoyevski

"Una noche de septiembre clara y cálida, en que la luna brillaba en el cielo..."

Libro III: Los sensuales

Capítulo segundo: Isabel Smerdiachtchaia

(Fragmento)

Una noche de septiembre clara y cálida, en que la luna brillaba en el cielo, a una hora avanzada, un grupo de cinco o seis alegres trasnochadores embriagados regresaban del club a sus casas por el camino más corto. La callejuela que seguían estaba bordeada a ambos lados por una valla tras la cual se extendían las huertas de la: casas ribereñas. Desembocaba en un pontón tendido sobre una de esas balsas alargadas a infectas a las que en nuestro país se da el nombre de ríos. Allí durmiendo entre las ortigas, estaba Isabel Los trasnochadores la vieron, se detuvieron cerca de ella y empezaron a reír y bromear con el mayor cinismo. Un muchacho que figuraba en el grupo hizo esta singular pregunta:

-¿Se puede considerar como mujer a semejante monstruo?

Todos contestaron negativamente con un gesto de sincera aprensión. Pero Fiodor Pavlovitch, que formaba parte de la pandilla, manifestó que se podía ver en ella una mujer perfectamente, y que incluso tenía el excitante atractivo de la novedad y otras cosas parecidas. En aquella época, Fiodor Pavlovitch se complacía en desempeñar su papel de bufón y le gustaba divertir a los ricos como un verdadero payaso, aunque aparentemente era igual a ellos. Con un crespón en el sombrero, pues acababa de enterarse de la muerte de su primera esposa, llevaba una vida tan disipada, que incluso los libertinos más curtidos se sentían cohibidos ante él. La paradójica opinión de Fiodor Pavlovitch provocó la hilaridad del grupo. Uno de sus compañeros empezó a incitarle; otros mostraron una mayor aprensión todavía, aunque siempre con grandes risas. Al fin, todos siguieron su camino.

Fiódor Dostoyevski (Rusia, 1821-1881).

domingo, 13 de septiembre de 2026

Septiembre: LA MONTAÑA MÁGICA, de Thomas Mann

"Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad."

(Fragmento del capítulo V: Sopa eterna y claridad repentina)

En desquite, las horas empleadas en dormir estaban animadas con sueños variados y llenos de vida, sueños en los cuales podía continuar soñando aun estando ya despierto. Cuando llegaba la mañana, constituía una distracción observar la habitación que se iba iluminando y reaparecía poco a poco; ver cómo surgían y se develaban los objetos y cómo la luz se encendía en el exterior, a veces con un resplandor rojizo y turbio y otras alegre. Y antes de que se hubiese dado cuenta había llegado de nuevo el instante en que el masajista, llamando a la puerta con su enérgico puño, anunciaba la entrada y daba inicio a la rutina diaria.
 
Hans Castorp no se había llevado calendario en su viaje, y por consiguiente no siempre estaba al corriente de las fechas. De vez en cuando, se informaba por su primo, quien, sobre este punto, tampoco estaba muy seguro. Sin embargo, los domingos, sobre todo, el del concierto bimensual, constituían un punto de partida y se tenía la seguridad de que el mes de septiembre llegaba a su mitad.
 
En el valle, desde que Elans Castorp se hallaba en la cama, al tiempo triste y frío habían sucedido días del final de verano, bellos días sin número, de manera que Joachim había entrado cada mañana en la habitación de su primo, vestido con pantalón blanco, y éste no había podido reprimir la expansión de una contrariedad sincera, de una contrariedad de su alma y sus jóvenes músculos ante el pensamiento de aquella estación magnífica. A media voz había pronunciado la palabra «vergüen- za», reprochándose el dejar pasar un tiempo tan hermoso. Pero luego, para calmarle, había añadido que aunque hubiese estado levantado no hubiera podido aprovecharlo, puesto que la experiencia propia le prohibía moverse mucho. Y en definitiva, por la puerta del balcón, abierta de par en par, podía disfrutar, en cierta medida, de la esplendorosa belleza del aire libre.
 
Pero al final del plazo que le había sido impuesto, el tiempo cambió de nuevo. Durante la noche era brumoso y frío, el valle desapareció bajo una tempestad de nieve húmeda, y el aliento seco de la calefacción central llenó la habitación.

Thomas Mann
(Escritor alemán nacionalizado primero checoslovaco y más tarde estadounidense, 1875-1955).
Obtuvo el premio Nobel en 1929.

(Traducción al español de Mario Verdaguer).