MITOS Y REINCIDENCIAS
Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
martes, 6 de octubre de 2026
Otoño: BILLAR A LAS NUEVE Y MEDIA, de Heinrich Böll
lunes, 5 de octubre de 2026
Otoño: BAJO LAS ESTRELLAS DE OTOÑO, de Knut Hamsun
(Fragmento del capítulo VIII)
domingo, 4 de octubre de 2026
OTOÑO, de Salvatore Quasimodo
sábado, 3 de octubre de 2026
Otoño: EL ÁNGEL QUE NOS MIRA, de Thomas Wolfe
Thomas Wolfe nació el 3 de octubre de 1900, in Asheville, Carolina del Norte.
(Párrafo del capítulo tres)
Tumbada allí, mientras los vientos de principios de otoño soplaban desde los montes del sur, llenando el negro aire de hojas muertas y produciendo, con sus ráfagas intermitentes, un trueno remoto y triste entre los grandes árboles, pensó en el desco- nocido que había venido a vivir dentro de ella, y en aquel otro desconocido, autor de tanta aflicción, que había vivido con ella durante casi veinte años. Y al pensar en Gant, sintió de nuevo un incipiente y doloroso asombro, recordando la furiosa rivali- dad entre ellos y la fuerte lucha subyacente, fundada en el odio y el amor a la propie- dad, y en la que no dudaba de su victoria, pero que la frustraba y desconcertaba.
(Fragmentos del capítulo cinco)
Su último recuerdo de la feria fue de una noche de principios de otoño. También con Daisy, se sentó en el asiento trasero de un autobús, escuchando por primera vez la maravilla de las sordas explosiones del motor, mientras rodaban bajo raudales de lluvia por las relucientes carreteras y frente a las cascadas, que vertían sus aguas delante de un edificio blanco enjoyado con diez mil luces.
Había pasado el verano. Se oía el zumbido de los vientos de otoño, como un aliento susurrante de la extinguida orgía: el carnaval estaba a punto de acabar.
Y ahora se hizo un gran silencio en la casa. Veía muy poco a su madre, no salía a la calle, estaba al cuidado de sus hermanas, y estas le decían constantemente que no hiciese ruido.
(Párrafo del capítulo ocho)
¡Oh, el buen otoño, y las canciones que cantaban! Sobre la cosecha, y sobre los colores de las hojas; y «hoy es media fiesta»; y «en el aire a gran altura»; y otra sobre el tren: «pasan silbando las estaciones»; los días suaves, las puertas entreabiertas del deseo, el sol brumoso, el susurro de hojas muertas al caer.
(Fragmentos del capítulo diez)
Pero más a menudo, hecha añicos la cáscara de su moral por el deseo, representaba la obscena fábula de los colegiales y se imaginaba una ardiente aventura con una hermosa maestra. En el cuarto año, su maestra era joven, inexperta y bien formada, con cabellos de color de zanahoria y muy propensa a la risa atolondrada.
Se veía, ya en la edad de la potencia, como un muchacho vigoroso, heroico y brillante, única luminaria en una escuela en medio de apartados bosques, a la que solo asistían chiquillos de mellados dientes y patanes vellosos. Y, al avanzar el suave otoño, aumentaba el interés que ella sentía por él, lo obligaba a «quedarse» por faltas inexistentes, y le imponía, de manera algo confusa, algún deber, observándolo fija- mente y con ojos ansiosos cuando pensaba que él no la miraba.
Thomas Wolfe (Estados Unidos, 1900-1938).
En este vínculo es posible leer otro fragmento de El ángel que nos mira correspondiente al tema Golondrinas en septiembre.
viernes, 2 de octubre de 2026
Otoño: APUNTES DE UN CAZADOR, de Iván Turguéniev
Un día, en otoño, una lluvia fina, como polvo, caía desde la mañana. A intervalos, débiles rayos de sol atravesaban las nubes, que se deshacían o saltaban las unas sobre las otras, descubriendo entonces la bóveda azul, tranquila y límpida, formando como un hermoso lago de azur. Sentado en un cómodo lecho de musgo espeso escuchaba la voz de la selva.
Sobre mi cabeza el follaje estaba casi inmóvil. Y yo percibía, en el roce apenas perceptible de las hojas, el rumor característico de la estación. No era el temblor alegre que producen, en la primavera, las hojitas nuevas; no era tampoco la blanda languidez opulenta del verano, ni los tristes adioses al comenzar el invierno, sino algo como un murmullo en un sueño.
Un viento ligero, a rachas, inclinaba unas contra otras las altas cimas de los árboles. Cuando brillaba el sol, el interior del bosque, ligeramente velado por los vapores de la humedad, se iluminaba y parecía sonreír. Los troncos esbeltos de los abedules tenían reflejos tornasolados de raso, y las hojas, en el suelo, producían la ilusión de una lluvia de oro.
Algunos helechos, ya cobrizos, tocados por el halo del otoño, se alargaban gráciles, mientras otros pendían, bajo brillantes gotas de lluvia, hacia el musgo y le acariciaban con la punta de sus finos penachos.
jueves, 1 de octubre de 2026
Epistolario: ¡HERMOSO OTOÑO!, de George Eliot
miércoles, 30 de septiembre de 2026
Septiembre: LA EXILIADA, de Pearl S. Buck
(Fragmento del capítulo segundo)
Por fortuna, la primera experiencia de Carie en el país nuevo fue la de estos siete largos y hermosos días durante los cuales se deslizaba suavemente entre campos llenos de cosechas maduras. La belleza siempre lograba encantarla, y allí la había, aunque extraña. Terminaba el mes de septiembre y no aparecía una sola nube en el cielo. Nunca es más brillante la luz del sol en el valle del Yangtsé que en esta época, cuando, desaparecido ya el pesado calor del verano, el primer aliento de otoño no hace más que robar del aire y del sol su peligrosa fuerza, dejando sólo una atmósfera agradable. La masa de bambúes con sus ondulantes plumas, los bajos verdes, las aguas tortuosas y doradas del canal, los campos amarillos con los ricos y pesados granos de arroz, las pequeñas aldeas pardas con sus techos de paja que aparecían a cortos intervalos, el ritmo soñoliento que marcaban los mayales desgranando las cosechas en los pisos de la trilla, el dulce y tibio aire de otoño…; por fortuna para Carie, pasó sus primeros días en la China entre tales cosas. Sentada en la proa del junco, miró encantada en su derredor, y se admiraba ingenuamente de que una tierra pagana pudiera ser tan hermosa.
martes, 29 de septiembre de 2026
Septiembre: ROSA DE SEPTIEMBRE, de Afanasi Fet
Los suspiros matinales se han congelado
en la abierta faz. La rosa ha sonreído en
un fugaz día de septiembre.
Saluda al desnudo azul y a los arbustos
descarnados en el volátil orbe.
Florece en un sueño firme y vespertino
que se aferra y se disipa.
lunes, 28 de septiembre de 2026
Septiembre: ÚLTIMAS TARDES CON TERESA, de Juan Marsé
Caminan lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre, a lo largo de la desierta calle adornada con un techo de guirnaldas, papeles de colores y farolillos rotos: última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano, las cuatro de la madrugada, todo ha terminado. Está vacío el tablado donde poco antes la orquesta interpretaba melodías solicitadas, el piano cubierto con la funda amarilla, las luces apagadas y las sillas plegables apiladas sobre la acera. En la calle queda la desolación que sucede a las verbenas celebradas en garajes o enterrados: otro quehacer, otros tráfagos cotidianos y puntales, el miserable trato de las manos con el hierro y la madera y el ladrillo reaparece y acecha en portales y ventanas, agazapado en espera del amanecer. El melancólico embustero, el tenebroso hijo del barrio que en verano ronda la aventura tentadora, el perdidamente enamorado acompañante de la bella desconocida todavía no lo sabe, todavía el verano es un verde archipiélago. Cuelgan las brillantes espirales de las serpentinas desde balcones y faroles cuya luz amarillenta, más indiferente aún que las estrellas, cae en polvo extenuado sobre la gruesa alfombra de confeti que ha puesto la calle como un paisaje nevado. Una ligera brisa estremece el techo de papelitos y le arranca un rumor fresco de cañaveral.
La solitaria pareja es extraña al paisaje como su manera de vestir lo es entre sí: el joven (pantalón tejano, zapatillas de basquet, niki negro con una arrogante rosa de los vientos estampada en el pecho) rodea con el brazo la cintura de la elegante muchacha (vestido rosa de falda acampanada, finos zapatos de tacón alto, los hombros desnudos y la melena rubia y lacia) que apoya la cabeza en su hombro mientras se alejan despacio, pisando con indolencia la blanca espuma que cubre la calle, en dirección a un pálido fulgor que asoma en la próxima esquina: un coche sport. Hay en el caminar de la pareja el ritual solemne de las ceremonias nupciales, esa lentitud ideal que nos es dado gozar en sueños. Se miran a los ojos. Están llegando al automóvil, un “Floride” blanco. Súbitamente, un viento húmedo dobla la esquina y va a su encuentro levantando nubes de confeti; es el primer viento del otoño, la bofetada lluviosa que anuncia el fin del verano. Sorprendida, la joven pareja se suelta riendo y se cubre los ojos con las manos. El remolino de confeti zumba bajo sus pies con renovado ímpetu, despliega sus alas níveas y les envuelve por completo, ocultándoles durante unos segundos: entonces ellos se buscan tanteando el vacío como en el juego de la gallina ciega, ríen, se llaman, se abrazan, se sueltan y finalmente se quedan esperando que esa confusión acabe, en una actitud hierática, dándose mutuamente la espalda, perdidos por un instante, extraviados en medio de la nube de copos blancos que gira en torno a ellos como un torbellino.
Juan Marsé (España, 1933-2020).
domingo, 27 de septiembre de 2026
Septiembre: TE AMO AHÍ CONTRA EL MURO DESTRUIDO..., de Homero Aridjis
sábado, 26 de septiembre de 2026
Septiembre: TESS D'UBERVILLE, de Thomas Hardy
"... iba sola al pueblo, buscaba siempre al anochecer la compañía de sus amigas para volver a casa más segura."
(Fragmento del capítulo X)
En su primera excursión se divirtió la joven más de lo
que esperaba, contagiada de la alegría de los demás, que formaba tan vivo
contraste con la monótona tarea que diariamente realizaba en el gallinero. Por
lo que la repitió una y otra vez. Como la joven era interesante y agraciada,
hallándose además en el momentáneo umbral de la feminidad, su paso por las
calles de Chaseborough atraía algunas furtivas miradas varoniles, por lo cual,
aunque algunas veces iba sola al pueblo, buscaba siempre al anochecer la
compañía de sus amigas para volver a casa más segura.
Así transcurrieron un mes o dos, hasta que llegó un
sábado de septiembre, en el que coincidían una feria y un mercado. Con este doble
motivo, los peregrinos de Trantridge se las prometían doblemente felices en las
tabernas. Tess estuvo muy atareada todo aquel día, llegando al pueblo mucho
después que sus compañeras. Era una hermosa tarde de septiembre, a esa hora del
crepúsculo en que las amarillentas luces luchan con las sombras azules en
líneas finas como cabellos y la atmósfera misma forma perspectivas sin
necesidad de objetos más sólidos, si se exceptúan las miríadas de alados
insectos que en ella danzan. Por entre esta bruma del atardecer hizo Tess el
camino.
Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).
viernes, 25 de septiembre de 2026
Septiembre: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak
jueves, 24 de septiembre de 2026
SEPTIEMBRE, de Hermann Hesse
miércoles, 23 de septiembre de 2026
SEPTIEMBRE, la canción de Richard Strauss sobre un poema de Hermann Hesse
martes, 22 de septiembre de 2026
Equinoccio: PRIMERA NIEVE EN EL MONTE FUJI, de Yasunari Kawabata
(Fragmento inicial)
lunes, 21 de septiembre de 2026
Equinoccio: ALGAS MARINAS, de Henry Wadsworth Longfellow
domingo, 20 de septiembre de 2026
Septiembre: LAS CÁRCELES DEL ALMA, de Lajos Zilahy
(Fragmento inicial)
sábado, 19 de septiembre de 2026
Septiembre: NUDO DE VÍBORAS, de François Mauriac
(Fragmento del capítulo dieciocho)
viernes, 18 de septiembre de 2026
Septiembre: LOLITA, de Vladimir Nabokov
Querido papá:
Tu hija que espera ansiosa,
Dolly (señora de Richard F. Schiller)
...
La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1952 (el día en que ocurrió lo que narro era el 22), y la dirección que me indicaba Lolita era "Lista de correos, Coalmont" (omito si se hallaba en Virginia, Pennsylvania o Tennessee; aunque el nombre de la ciudad tampoco era Coalmont; lo he camuflado todo, amor mío). Averigué que era una pequeña comunidad industrial a unos mil quinientos kilómetros de Nueva York. Al principio, proyecté conducir todo el día y toda la noche, pero después lo pensé mejor y descansé un par de horas, próxima ya la madrugada, en un motel, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad.
jueves, 17 de septiembre de 2026
SEPTIEMBRE, de Luis Muñoz
En el pálido azul que acogen las terrazas,
los labios desprovistos que saben regresar
y el vuelo de las últimas gaviotas.
Voces que el mar congrega,
que vienen con las olas y son la lejanía.
Playas tendidas como alas de nieve
al pie de los bañistas
y autobuses velados con tenues pasajeros
que persiguen la falta de costumbre.
También entonces
rubias muchachas sumergidas
en el agua templada de las historias breves
y la pasión del horizonte, el hilo de ciudades
que definen los barcos que se alejan.
No es más real, septiembre, que un recuerdo,
pero nombres que dimos por perdidos
recobran claridad, el aire que atraían
y el sueño en que resisten los veranos.



















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