Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 20 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación."

(Fragmento)

El baúl está abierto y sus cosas tiradas por todas partes como antes. Está acostada en la cama con la ropa puesta. Una, dos, tres, cuatro veces... temo que se vuelva loca... En la cama, bajo las sábanas, ¡qué placer sentir su cuerpo de nuevo! Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Durará esta vez? Ya tengo el presentimiento de que no.

Me habla febrilmente... como si no fuese a haber mañana. «¡Calla, Mona! Mírame solamente... ¡no hables!» Por fin, se queda dormida y retiro el brazo de debajo de ella. Se me cierran los ojos. Su cuerpo está ahí, a mi lado... va a estar ahí hasta mañana, seguramente... Fue en febrero cuando zarpé del puerto, con una ventisca cegadora. La última visión que tuve de ella fue en la ventana diciéndome adiós con la mano. Un hombre parado al otro lado de la calle, en la esquina, con el sombrero calado sobre los ojos, con la boca hundida entre las solapas. Un feto mirándome. Un feto con un puro en la boca. Mona en la ventana diciéndome adiós. Rostro blanco y triste, con los cabellos ondeando desordenados. Y ahora es un dormitorio triste, su respiración acompasada por la boca, savia que le rezuma todavía entre las piernas, un olor cálido y felino y su cabello en mi boca. Tengo los ojos cerrados. Respiramos nuestro cálido aliento uno en la boca del otro. Muy juntos, América a cinco mil kilómetros de distancia. No quiero volverla a ver. Tenerla aquí en la cama conmigo, respirándome en la piel, con su cabello en mi boca... lo considero como una especie de milagro. Ahora nada puede ocurrir hasta mañana...

Despierto de un sueño profundo para mirarla. Una pálida luz se filtra en la habitación.

Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

domingo, 13 de marzo de 2022

Día de reyes: PRIMAVERA NEGRA, de Henry Miller

"Dios inunda la calle de música. Es Dios quien pone la música todas las tardes, justo cuando salimos del trabajo."

(Fragmento del último capítulo: Teatro de variedades)

Esta es la ciudad y ésta es la música. De las negras cajitas surge un interminable río de romance donde lloran los cocodrilos. Todos caminan hacia la cumbre de la montaña. Todos van al paso. Desde la estación eléctrica de arriba, Dios inunda la calle de música. Es Dios quien pone la música todas las tardes, justo cuando salimos del trabajo. A algunos nos da una corteza de pan, a otros un Rolls Royce. Todos vamos hacia las Salidas y el pan duro está encerrado en los cubos de basura. ¿Qué es lo que mantiene nuestros pies al unísono, mientras vamos hacia la brillante cumbre de la montaña? Es la Canción de Amor que oyeron en el pesebre los tres reyes magos de Oriente. Un hombre sin piernas y con los ojos volados la tocaba en su flautín, mientras iba por la calle de la ciudad sagrada en su cajón con ruedas. Es esta Canción de Amor la que ahora se derrama desde millones de cajitas negras en el momento cronológico preciso, para que hasta nuestros hermanos morenos de las Filipinas puedan oírla. Es esta hermosa Canción de Amor la que nos da fuerza para construir los más altos edificios, para botar al agua los más grandes buques de guerra, para construir puentes sobre los ríos más anchos. Esta es la Canción que nos da coraje para matar a millones de hombres a la vez, con apretar sólo un botón. Es esta Canción la que nos proporciona energía para saquear la tierra y dejar todo diezmado.

Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

viernes, 5 de febrero de 2021

Febrero: INCESTO, de Anaïs Nin

 
5 de febrero de 1934.

Sentada aquí, esperando a Louise, después de trabajar cuatro horas con Henry en el esquema de su libro. Dije: «¡Traza un esquema!». Soy ágil y siempre sé lo que hay que arrojar por la borda para no sobrecargar nuestras alas. Pero no se fía de mí como hombre porque no tengo el conocimiento visible. Aun así, veo, sé, y siempre alcanza- mos hermosas alturas, luchando con la inmensa cantidad de ramificaciones, expan- siones y distensiones.

Consigo la serenidad por agotamiento. Inercia del agotamiento. Bien. Me tumbo de espaldas y espero a que llamen a la puerta mientras escucho El pájaro de fuego. Olvido los detalles del drama de Donald porque es parecido al de Lawrence y Frieda, al de Henry y June, al de Padre y Madre. Y Donald, sin duda, terminará casándose con su verdugo. Me invade el distanciamiento de la madurez. Padre y su hambre de coño, como representando en la vida en lugar de vivir. Bah, eso es poca cosa. Busco el material real de la vida. El drama profundo.

Anaïs Nin

Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin y Culmell (Francesa fallecida en Estados Unidos, 1903-1977).

martes, 7 de agosto de 2018

Solsticio: TRÓPICO DE CAPRICORNIO, de Henry Miller

"¿... o es que me había convertido en un muñeco tan maravillosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios?"

(Fragmento)

Vivíamos pegados al techo, y el tufo caliente y repugnante de la vida diaria ascendía y nos sofocaba. Vivíamos con el calor del mármol, y el ardor ascendente de la carne humana caldeaba los anillos como de serpiente en que estábamos encerrados. Vivíamos cautivados por las profundidades más hondas, con la piel ahumada hasta alcanzar el color de un habano gris por las emanaciones de la pasión mundana. Como dos cabezas llevadas en las picas de nuestros verdugos, girábamos lenta y fijamente sobre las cabezas de hombros de abajo. ¿Qué era la vida en la tierra sólida para nosotros que estábamos decapitados y unidos para siempre por los genitales? Éramos las serpientes gemelas del Paraíso, lúcidas en celo y frías como el propio caos. La vida era un joder perpetuo y negro en torno a un poste fijo de insomnio. La vida era escorpión en conjunción con Marte, en conjunción con Mercurio, en conjunción con Venus, en conjunción con Saturno, en conjunción con Plutón, en conjunción con Urano, en conjunción con el mercurio, el láudano, el radio, el bismuto. La gran conjunción se producía todos los sábados por la noche, Leo fornicando con el Dragón en la casa de los hermanos. El gran malheur era un rayo de sol que se filtraba por las cortinas. La maldición era Júpiter, que podía fulgurar con mirada benévola.

La razón por la que es difícil contarlo es porque recuerdo demasiado. Recuerdo todo, pero como un muñeco sentado en las rodillas de un ventrílocuo. Me parece que durante el largo e ininterrumpido solsticio conyugal estuve sentado en su regazo (incluso cuando ella estaba de pie) y recité el parlamento que ella me había enseñado. Me parece que debió de ordenar al fontanero jefe de Dios que mantuviera brillando la negra estrella a través del agujero en el techo, debió de mandarle que derramase una noche perpetua y, con ella, todos los tormentos reptantes que van y vienen silenciosamente en la oscuridad, de modo que la mente se convierte en un punzón que gira y horada frenéticamente la negra nada. ¿Imaginé simplemente que ella hablaba sin cesar, o es que me había convertido en un muñeco tan maravi- llosamente amaestrado, que interpretaba el pensamiento antes de que llegara a los labios? Los labios estaban entreabiertos, suavizados con una espesa pasta de sangre oscura: los veía abrirse y cerrarse con suma fascinación, tanto si silbaban con odio viperino como si arrullaban como una tórtola. Siempre estaban en primer plano, como en los anuncios de las películas, por lo que ya conocía cada grieta, cada poro, y, cuando empezaba la salivación histérica, veía espumear la saliva como si estuviera sentado en una mecedora bajo las cataratas del Niágara. Aprendí lo que debía hacer exactamente como si fuera parte de su organismo; era mejor que un muñeco de ventrílocuo porque podía actuar sin que tirasen de mí violentamente por medio de hilos. De vez en cuando improvisaba, lo que a veces le agradaba enormemente; desde luego, hacía como que no notaba las interrupciones, pero yo siempre sabía cuándo le gustaba por la forma como se pavoneaba. Tenía el don de la transformación; era casi tan rápida y sutil como el propio diablo. Después de la de pantera y la de jaguar, la transformación que mejor se le daba era la de ave: la de garza salvaje, la de ibis, la de flamenco, la de cisne en celo.Tenía una forma de bajar en picado de repente, como si hubiera avistado un cadáver maduro, lanzándose derecha a las entrañas, arrojándose de inmediato sobre los bocados preferidos -el corazón, el hígado, o los ovarios- y remontando el vuelo de nuevo en un abrir y cerrar de ojos. Si alguien la descubría, se quedaba quieta como una piedra en la base de un árbol, con los ojos no del todo cerrados pero inmóviles con esa mirada fija del basilisco. Si la aguijoneaban un poco, se convertía en una rosa, una rosa intensamente negra con los pétalos más sedosos y de una fragancia irresistible.


Henry Miller (EUA, 1891-1980).

(Traducido al español por Carlos Manzano).

lunes, 14 de mayo de 2018

Mayo: INCESTO (Diario amoroso, 1932-1934), de Anaïs Nin

"Pero Hugo había visto el abrigo y el sombrero de Henry en el vestíbulo."
 
14 de mayo de 1933 
(Fragmento)
 
Henry y yo estábamos profundamente dormidos esta mañana cuando oímos la campanilla de la puerta. Fue Henry quien tuvo miedo, inmediatamente alertado por una extraña intuición. Iba a decirle, como otras veces, que no se preocupara, que debía ser el panadero o el lechero. Pero, de pronto, oí la voz de Hugo que hablaba con Emilia. Se acercaba rápidamente. Henry saltó de la cama y recogió su ropa. Eché a correr para encontrarme con Hugo en la escalera, para detenerlo, para que Henry tuviera tiempo de llegar al cuarto de los invitados. La curva de la escalera nos salvó. En mitad de ella me encontré con Hugo. Lo besé, tratando de ganar tiempo. Dos escalones más y habría visto pasar a Henry.
 
Luego subimos. Pero Hugo había visto el sombrero y el abrigo de Henry en el vestíbulo. Una mirada de sospecha y una expresión de profundo disgusto aparecieron en su cara. Nunca le había visto aquella mirada, de conocimiento absoluto.
 
- ¿Quién está aquí, Henry? -preguntó.
- Henry vino a verme ayer, y como era la noche libre de Emilia, tuve miedo. Por eso se quedó, porque tenía miedo.
Y entonces me fui otra vez a la cama, temblando, y empecé a hablar sin parar. Tuve la intuición de hablar de mi Padre, refiriéndome con entusiasmo a su encanto, a nuestros parecidos, hasta que Hugo, que siempre ha tenido celos de Padre, empezó a inquietarse.
 
- Cuando Padre vino el sábado -terminé diciendo-, se ofreció a hacerme compañía. ¿Hubieras preferido eso? Henry parecía una perspectiva menos peligrosa.
 
- Me pareció oír que Henry salía corriendo de tu habitación -dijo Hugo.
 
- ¡Qué imaginación tienes! ¿Crees que si te engañara, lo haría de una manera tan descarada?
 
Necesitaba creerme, pobre Hugo. Buscaba consuelo, apoyo, protección, seguridad, porque estaba cansado y preocupado con asuntos de dinero. Le di toda mi ternura. Calmé sus miedos, sus dudas, sus celos. Se fue al trabajo casi contento. Y entonces me fui a la habitación de Henry.
 
Anaïs Nin: Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell
(Estadounidense de padres hispano-cubanos nacida en Francia, 1903-1977).

martes, 26 de diciembre de 2017

Eclipse: TRÓPICO DE CÁNCER, de Henry Miller

"Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse..."
 
Interludio
 
(Fragmento)

En la tumba que es mi memoria la veo ahora enterrada a ella, a la que amé más que a nadie, más que al mundo, más que a Dios, más que mis propias carne y sangre. La veo pudrirse en ella, en esa sanguinolenta herida de amor, tan próxima a mí que no la podría distinguir de la propia tumba. La veo luchar para liberarse, para limpiarse del dolor del amor, y sumergirse más con cada forcejeo en la herida, atascada, ahogada, retorciéndose en la sangre. Veo la horrible expresión de sus ojos, la lastimosa agonía muda, la mirada del animal atrapado. La veo abrir las piernas para liberarse y cada orgasmo es un gemido de angustia. Oigo las paredes caer, derrumbarse sobre nosotros y la casa deshacerse en llamas. Oigo que nos llaman desde la calle, las órdenes de trabajar, las llamadas a las armas, pero estamos clavados al suelo y las ratas nos están devorando. La tumba y la matriz del amor nos sepultan, la noche nos llena las entrañas y las estrellas brillan sobre el negro lago sin fondo. Pierdo el recuerdo de las palabras, incluso de su nombre que pronuncié como un monomaníaco. Olvidé qué aspecto tenía, qué sensación producía, cómo olía, mientras penetraba cada vez más profundamente en la noche de la caverna insondable. La seguía hasta el agujero más profundo de su ser, hasta el osario de su alma, hasta el aliento que todavía no había expirado de sus labios. Busqué incansablemente aquella cuyo nombre no estaba escrito en ninguna parte, penetré hasta el altar mismo y no encontré... nada. Me enrosqué en torno a esa concha de nada como una serpiente de anillos flameantes, me quedé inmóvil durante seis siglos sin respirar, mientras los acontecimientos del mundo se colaban y formaban en el fondo un viscoso lecho de moco. Vi el Dragón agitarse y liberarse del dharma y del karma, vi a la nueva raza del hombre cociéndose en la yema del porvenir. Vi hasta el último signo y el último símbolo, pero no pude interpretar las expresiones de su rostro. Sólo pude ver sus ojos brillando, enormes, luminosos, como senos carnosos, como si yo estuviera nadando por detrás de ellos en los efluvios eléctricos de su visión incandescente.
 
¿Cómo había llegado a dilatarse así, más allá del alcance de la conciencia? ¿En virtud de qué monstruosa ley se había esparcido por la faz del mundo, revelando todo y, sin embargo, ocultándose a sí misma? Estaba escondida en la faz del sol, como la luna en eclipse; era un espejo que había perdido el mercurio, el espejo que refleja tanto la imagen como el horror. Al mirar la parte posterior de sus ojos, la carne pulposa y translúcida, vi la estructura cerebral de todas las formaciones, de todas las relaciones, de toda la evanescencia. Vi el cerebro dentro del cerebro, la máquina eterna girando eternamente, la palabra Esperanza dando vueltas en un asador, asándose, chorreando grasa, girando sin cesar en la cavidad del tercer ojo. Oí sus sueños musitados en lenguas desaparecidas, los gritos ahogados que reverberaban en grietas diminutas, los jadeos, los gemidos, los suspiros de placer, el silbido de látigos al flagelar. Le oí gritar mi nombre que todavía no había pronunciado, le oí maldecir y chillar de rabia. Oí todo amplificado mil veces, como un homúnculo aprisionado en el vientre de un órgano. Percibí la respiración apagada del mundo, como si estuviera fija en la propia encrucijada del mundo.
 
Así caminamos, dormimos y comimos juntos, los gemelos siameses a quienes Dios había juntado y a quienes sólo la muerte podría separar.

 
Henry Miller (Estados Unidos, 1891-1980).

viernes, 24 de febrero de 2017

Tiempo de carnaval


Existen dos vertientes para explicar el origen del carnaval. Una sería religiosa, que supone su razón de ser como el festejo previo al miércoles de ceniza, cuando da principio el período denominado cuaresma, y hay quienes lo justifican a partir de su etimología latina: carnum (carne) y levare (quitar), es decir, quitar la carne , que es el alimento que no se debe probar una vez que haya iniciado la cuaresma. Pero también hay quienes encuentran la explicación en las bacanales romanas en honor de Baco, el dios del vino. La celebración tenía lugar con motivo de la proximidad de la primavera y Baco llegaba del mar en un carro alegórico (como los que se estilan durante el carnaval) que llamaban carrus navalis, y que el latín vulgar deformaría en carnaval. Por cierto, el mardi gras, que es como se le conoce en Nueva Orléans, la región originalmente francófona de Estados Unidos, significa en su traducción literal martes gordo, porque parte del festín, además de la música y los disfraces, es una comilona, lo que también podría relacionarlo con las mencionadas bacanales.

Antes de que empezara a escribir este texto, mientras pensaba como estructurarlo, recordé que en la película Henry y June, sobre el romance entre Anáis Nin y Henry Miller en París, cuando éste escribía su novela Trópico de Cáncer, hay una escena intensa que tiene lugar durante el carnaval. Entonces me di a la tarea de localizar alguna referencia a este festejo que de preferencia tuviera una connotación erótica en la obra de Miller y me encontré precisamente lo contrario, una mención al carnaval de luces que es el París nocturno, de una íntima elegancia que no pude permitirme pasar por alto:

"Digo que esos pensamientos ocupan mi mente, pero si no es cierto; hasta después, hasta haber cruzado el Sena, hasta haber dejado atrás el carnaval de luces, no dejo a mi mente jugar con esas ideas. Por el momento no puedo pensar en nada... excepto en que soy un ser sensible apuñalado por el milagro de esas aguas que reflejan un mundo olvidado. A lo largo de las orillas, los árboles se inclinan hasta casi tocar el espejo empañado; cuando se levante el viento y los colme de un murmullo rumoroso, derramarán unas lágrimas y se estremecerán al paso del agua en torbellinos. Me corta el aliento. Nadie a quien comunicar siquiera parte de mis pensamientos..."

Anáis Nin recurre varias veces a la metáfora del carnaval en Corazón cuarteado, por ejemplo cuando dice: "El lugar estaba animado, como un perpetuo carnaval", o también "las sombras sobre las paredes permanecían inmóviles, pero los reflejos de las luces jugueteaban en su superficie como un fantasmagórico carnaval". Aunque también se apega a la definición legítima de la palabra: "Rango no había tenido necesidad de inventar. Había poseído montañas de magnificencia legendaria, lagos de proporciones fantásticas, animales extraordinarios, una casa de gran belleza. Había asistido a fiestas que duraban una semana, carnavales, orgías." Por último: "En cuanto a Rango, estallarían los tambores y todos los caballos decorados del carnaval girarían al son de una polka..."

La amistad entre Henry Miller y Lawrence Durrell quedó bien documentada por un abundante epistolario y se prolongó durante más de cuarenta años. El llamado cuarteto de Alejandría, la gran obra de Durrell, está compuesto por Justine, Balthazar, Mountolive y Clea. Este es un párrafo -por cierto, un claro ejemplo de polisíndeton- alusivo al carnaval:

"Y el carnaval enloquecido bajo las máscaras uniformadoras. El encuentro con un vampiro en las calles repletas de gente que adora la vida. Que le rinde pleitesía según raza, sexo y creencias, pues en sus calles estaba toda la gama planetaria de las tres categorías. Y las playas de dunas y el lago Mareotis y los puestos de magia y los profetas en trance y los coptos enigmáticos y las manos pintadas de azul y el cielo violeta y el desierto."

El carnaval, mascarada en que las identidades se pueden ocultar para dejar en libertad a los instintos, algarabía que confronta su naturaleza erótica y pagana con el subsecuente fervor místico de la abstinencia, anunciada con senda cruz en la frente de los fieles: miércoles de ceniza, final de fiesta.


Jules Etienne