Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Vampiros. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Vampiros. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: DRÁCULA, de Bram Stoker

"Lucy está dormida y respira suavemente. Tiene más color en las mejillas. ¡Y su aspecto es tan dulce!"
 
VIII. Del diario de Mina Murray

(Fragmento)

Mismo día, 11 p. m. ¡Oh, cómo estoy cansada! Si no fuera porque he tomado como un deber escribir en mi diario todas las noches, hoy no lo abriría. Tuvimos un paseo encantador. Después de un rato, Lucy estaba de mejor humor, debido, creo, a unas pacíficas vacas que llegaron a olfatearnos en el campo cerca del faro, y nos sacaron completamente de quicio. Creo que lo olvidamos todo, excepto, por supuesto, el temor personal, y esto pareció borrarlo todo y damos la oportunidad de comenzar de nuevo.

Tomamos un magnífico "té a la inglesa" en una pequeña y simpática posada, de antiguo estilo, en la bahía de Robin Hood, con una ventana arqueada que daba a las rocas cubiertas de algas marinas en la playa. Creo que hubiéramos asustado a la "Nueva Mujer" con nuestros apetitos. ¡Los hombres son más tolerantes, benditos sean! Luego, emprendimos la caminata de regreso a casa, haciendo alguna o más bien muchas paradas para descansar, y con nuestros corazones en constante temor por los toros salvajes. Lucy estaba verdaderamente cansada, y teníamos la intención de escabullirnos a cama tan pronto como pudiéramos. Sin embargo, llegó el joven cura, y la señora Westenra le pidió que se quedara a cenar. Lucy y yo, ambas, tuvimos una pelea por ello con el molendero; yo sé que de mi parte fue una pelea muy dura, y soy bastante heroica.

Creo que algún día los obispos deben reunirse y ver cómo crían una nueva clase de curas, que no acepten a quedarse a cenar, sin importar cuánto se insista, y que sepan cuándo las muchachas están cansadas. Lucy está dormida y respira suavemente. Tiene más color en las mejillas que otras veces, ¡y su aspecto es tan dulce! Si el Señor Holmwood se enamoró de ella viéndola solamente en la sala, me pregunto qué diría si pudiera verla ahora. Algunas de las escritoras de la "Nueva Mujer" pondrían en práctica algún día la idea de que los hombres y las mujeres deben poder verse primero durmiendo antes de hacer proposiciones o aceptar. Pero yo supongo que la "Nueva Mujer" no condescenderá en el futuro a aceptar; ella misma hará la propuesta por su cuenta. ¡Y bonito va a ser el trabajo que tendrá! En esto hay alguna consolación. Esta noche estoy muy contenta porque mi querida Lucy parece estar bastante mejor.

"... hasta el momento en que podamos anunciarle (...) que la tierra ha sido liberada de aquel monstruo de las tinieblas."

XIX. Del diario de Jonathan Harker

(Fragmento)

1 de octubre.  La casa estaba sumida en un profundo silencio cuando llegamos a ella, excepto por los gritos de alguna pobre criatura que estaba en una de las alas más alejadas y un sonido bajo y lastimero que salía de la habitación de Renfield. Indudablemente, el pobre hombre se estaba torturando, a la manera de los orates, con pensamientos innecesariamente dolorosos.

Entré en mi habitación de puntillas y encontré a Mina dormida, respirando con tanta suavidad que tuve que aguzar el oído para captar el sonido. Parecía más pálida que de costumbre. Esperaba que la reunión de aquella noche no la hubiera impresionado demasiado. Me siento verdaderamente agradecido de que permanezca fuera de nuestro trabajo futuro e incluso de nuestras deliberaciones. Es una tensión demasiado grande para que la soporte una mujer. No pensaba así al principio, pero ahora sé mucho mejor a qué atenerme. Por consiguiente, me alegro de que eso haya sido resuelto. Es posible que haya cosas que la asustaran si las oyera, no obstante, ocultárselas sería peor que revelárselas, si es que llega a sospechar que hay algo que no le decimos. A partir de este momento, tendremos que ser para ella como libros cerrados, por lo menos hasta el momento en que podamos anunciarle que todo ha concluido y que la tierra ha sido liberada de aquel monstruo de las tinieblas. Supongo que será difícil guardar silencio, debido a la confianza que reina entre nosotros, pero debo continuar en mi resolución y silenciar completamente todo lo relativo a nuestros actos durante aquella noche, negándome a hablar de lo que ha sucedido. Me acosté sobre el diván, para no molestarla.

Bram Stoker (Irlandés fallecido en Inglaterra, 1847-1912).

sábado, 5 de noviembre de 2022

Noviembre: DRÁCULA, de Bram Stoker

"Al amanecer, vemos la tribu de cíngaros delante de nosotros, alejándose del río, en sus carretas."

Del diario del doctor Seward

5 de noviembre. Al amanecer, vemos la tribu de cíngaros delante de nosotros, alejándose del río, en sus carretas. Se reúnen en torno a ellas y se desplazan apresuradamente, como si estuvieran siendo acosados. La nieve está cayendo lentamente y hay una enorme tensión en la atmósfera. Es posible que se trate solamente de nuestros sentimientos, pero la impresión es extraña. A lo lejos, oigo el aullido de los lobos; la nieve los hace bajar de las montañas y el peligro para todos es grande y procede de todos lados. Los caballos están casi preparados, y nos ponemos en marcha inmediatamente. Vamos hacia la muerte de alguien. Solamente Dios sabe de quién o dónde, o qué o cuándo o cómo puede suceder...


Bram Stoker (Irlandés fallecido en Inglaterra, 1847-1912).

jueves, 13 de octubre de 2022

Octubre: CIUDAD DE LOS ÁNGELES CAIDOS, de Cassandra Clare

"... pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia..."

(Fragmento del capítulo I: El maestro)
 
Era a mediados de octubre y acababan de instalar la decoración típica de Halloween, entre la que destacaba un tambaleante cartel que rezaba «¡Susto o sopa de remolacha!» y un recortable de cartón que representaba a un vampiro llamado conde Blintzula. En otros tiempos, Simon y Clary habían encontrado de lo más graciosa aquella decoración festiva de baratillo, pero el conde, con sus colmillos falsos y su capa negra, ahora no le hacía ni pizca de gracia a Simon, cuando miró por la ventana. Era una noche gélida y el viento levantaba las hojas que cubrían el suelo de la Segunda Avenida como si fueran puñados de confeti. Se fijó en una chica que pasaba por la calle, una chica con una gabardina ceñida por un cinturón y melena negra agitada por el viento. La gente se volvía a su paso para mirarla. En el pasado, Simon también se quedaba mirando a chicas como aquélla, preguntándose adónde irían o con quién habrían quedado. Nunca era con chicos como él, eso lo sabía con certeza. Excepto que aquélla sí. La campanilla de la puerta del restaurante sonó en el momento en que Isabelle Lightwood hacía su entrada. Sonrió al ver a Simon y se dirigió hacia él, despojándose de la gabardina y doblándola sobre el respaldo de la silla antes de tomar asiento. Debajo de la gabardina lucía lo que Clary calificaría como «uno de los conjuntos típicos de Isabelle»: un vestido corto y ceñido de terciopelo, medias de redecilla y botas altas. En la parte superior de la bota izquierda llevaba un cuchillo escondido que sólo Simon podía ver; pero aun así, todos los presentes en el restaurante se quedaron mirando cómo tomaba asiento y se echaba el pelo hacia atrás. Isabelle llamaba la atención como un espectáculo de fuegos artificiales. La bella Isabelle Lightwood. Cuando Simon la conoció, dio por sentado que una chica como aquélla nunca tendría tiempo para un tipo como él. Y acertó casi del todo. A Isabelle le gustaban los chicos que sus padres desaprobaban, y en su universo eso significaba habitantes del mundo subterráneo: hadas, hombres lobo y vampiros.

Que llevaran los dos últimos meses saliendo le sorprendía, por mucho que su relación se limitase a encuentros puntuales como aquél. Y aun así, no podía evitar preguntar- se si estarían saliendo si él no se hubiese transformado en vampiro, si su vida no se hubiese visto alterada por completo.
 
 
Cassandra Clare: Judith Rumelt (Estadounidense nacida en Irán, 1973). 

viernes, 29 de julio de 2022

Julio: DRÁCULA, de Bram Stoker

"A la sagrada memoria de George Canon, quien murió con la esperanza de una gloriosa resurrección, el 29 de julio de 1873..."
 
(Lápida de George Canon con fecha 29 de julio hace 150 años)
 
Evidentemente, esto era una broma del lugar, porque el anciano rió al hablar y sus amigos le festejaron de muy buena gana.
 
- Pero -dije-, seguramente no es esto del todo correcto porque usted parte del supuesto de que toda la pobre gente, o sus espíritus, tendrán que llevar consigo sus lápidas en el Día del Juicio. ¿Cree usted que eso será realmente necesario?
 
- Bueno, ¿para qué otra cosa pueden ser esas lápidas? ¡Contésteme eso, querida!
 
- Supongo que para agradar a sus familiares.
 
- ¡Supone que para agradar a sus familiares! -sus palabras estaban impregnadas de un intenso sarcasmo-. ¿Cómo puede agradarle a sus familiares el saber que todo lo que hay escrito ahí es una mentira, y que todo el mundo, en este lugar, sabe que lo es? Señaló hacia una piedra que estaba a nuestros pies y que había sido colocada a guisa de lápida, sobre la cual descansaba la silla, cerca de la orilla del peñasco.
 
- Lean las mentiras que están sobre esa lápida -dijo.
 
Las letras quedaban de cabeza desde donde yo estaba; pero Lucy quedaba frente a ellas, de manera que se inclinó y leyó:
 
- A la sagrada memoria de George Canon, quien murió en la esperanza de una gloriosa resurrección, el 29 de julio de 1873, al caer de las rocas en Kettleness. Esta tumba fue erigida por su doliente madre para su muy amado hijo. "Era el hijo único de su madre que era viuda." A decir verdad, señor Swales, yo no veo nada de gracioso en eso -sus palabras fueron pronunciadas con suma gravedad y con cierta severidad.
 
- ¡No lo encuentra gracioso! ¡Ja! ¡Ja! Pero eso es porque no sabe que la doliente madre era una bruja que lo odiaba porque era un pillo..., un verdadero pillo...; y él la odiaba de tal manera que se suicidó para que no cobrara un seguro que ella había comprado sobre su vida. Casi se voló la tapa de los sesos con una vieja escopeta que usaban para espantar los cuervos; no la apuntó hacia los cuervos esa vez, pero hizo que cayeran sobre él otros objetos. Fue así como cayó de las rocas. Y en lo que se refiere a las esperanzas de una gloriosa resurrección, con frecuencia le oí decir, señorita, que esperaba irse al infierno porque su madre era tan piadosa que seguramente iría al cielo y él no deseaba encontrarse en el mismo lugar en que estuviera ella. Ahora, en todo caso, ¿no es eso una sarta de mentiras? -y subrayó las palabras con su bastón-. Y vaya si hará reír a Gabriel cuando Geordie suba jadeante por las rocas con su lápida equilibrada sobre la joroba, ¡y pida que sea tomada como evidencia!
 
No supe qué decir; pero Lucy cambió la conversación al decir, mientras se ponía de pie:
 
 - ¿Por qué nos habló sobre esto? Es mi asiento favorito y no puedo dejarlo, y ahora descubro que debo seguir sentándome sobre la tumba de un suicida.
 
 
Bram Stoker (Irlandés fallecido en Inglaterra, 1847-1912). 

jueves, 30 de junio de 2022

Junio: DRÁCULA, de Bram Stoker

"Con manos que temblaban de ansiedad, destrabé las cadenas y corrí los pesados cerrojos. Pero la puerta no se movió."

30 de junio, por la mañana.

Estas pueden ser las últimas palabras que jamás escriba en este diario. Dormí hasta poco antes del amanecer, y al despertar caí de rodillas, pues estoy determinado a que si viene la muerte me encuentre preparado.

Finalmente sentí aquel sutil cambio del aire y supe que la mañana había llegado.

Luego escuché el bienvenido canto del gallo y sentí que estaba a salvo. Con alegre corazón abrí la puerta y corrí escaleras abajo, hacia el corredor. Había visto que la puerta estaba cerrada sin llave, y ahora estaba ante mí la libertad. Con manos que temblaban de ansiedad, destrabé las cadenas y corrí los pesados cerrojos.

Pero la puerta no se movió. La desesperación se apoderó de mí. Tiré repetidamente de la puerta y la empujé hasta que, a pesar de ser muy pesada, se sacudió en sus goznes. Pude ver que tenía pasado el pestillo. Le habían echado llave después de que yo dejé al conde.

Entonces se apoderó de mí un deseo salvaje de obtener la llave a cualquier precio, y ahí mismo determiné escalar la pared y llegar otra vez al cuarto del conde.

Podía matarme, pero la muerte parecía ahora el menor de todos los males. Sin perder tiempo, corrí hasta la ventana del este y me deslicé por la pared, como antes, al cuarto del conde. Estaba vacío, pero eso era lo que yo esperaba. No pude ver la llave por ningún lado, aunque el montón de oro permanecía en su lugar. Pasé por la puerta en la esquina y descendí por la escalinata circular y a lo largo del oscuro pasadizo hasta la vieja capilla. Ya sabía yo muy bien donde encontrar al monstruo que busca- ba.
 
Bram Stoker (Irlanda, 1847-1912).

domingo, 18 de abril de 2021

Miércoles de ceniza: VITTORIO EL VAMPIRO, de Anne Rice

"Tú tienes la culpa, Vittorio, por leer los libros que lees. Esos sueños los provocas tú mismo."

 (Fragmento del capítulo 3

La noche previa al miércoles de ceniza tuve el terrorífico sueño en el que me vi sosteniendo las cabezas cortadas de mi hermano y mi hermana. Me desperté empapado en sudor, horrorizado por esa visión. Lo escribí en mi libro de sueños. Y luego lo olvidé. Sufría pesadillas con frecuencia, aunque ninguna tan espantosa como la que acabo de describir. Pero cuando relataba mis ocasionales pesadillas a mi madre, mi padre u otra persona, siempre decían:

- Tú tienes la culpa, Vittorio, por leer los libros que lees. Esos sueños los provocas tú mismo.

Repito, olvidé el sueño.

En Pascua los campos se hallaban en flor y el primer indicio de la tragedia que se avecinaba, aunque yo no lo reconocí, fue que las aldeas situadas al pie de nuestra montaña quedaron súbitamente desiertas.

Anne Rice (Estados Unidos, 1941).

sábado, 6 de febrero de 2021

Febrero: EL HOMBRE HUECO, de John Dickson Carr

"... la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire..."

(Fragmento del capítulo I: La amenaza)

Eran veladas entretenidas que evocaban un tanto las posadas rurales, aunque se desarrollaban detrás de las lámparas de gas de Bloomsbury. Eran veladas entretenidas… hasta la noche del 6 de febrero, en que el presentimiento del terror entró tan súbitamente como una ráfaga al abrir una puerta.

Un viento áspero y cortante soplaba aquella noche -cuenta Mills-, y había una amenaza de nieve en el aire. Además del mismo Mills y Grimaud, sólo se hallaban reunidos en torno de la lumbre Pettis, Mangan y Burnaby. El profesor Grimaud había estado hablando -acentuando sus palabras con marcados ademanes de su cigarro- sobre la leyenda del vampirismo.

Sinceramente -dijo Pettis-, lo que me admira es su actitud respecto de todo esto. Yo, por mi parte, sólo estudio literatura; historias de fantasmas que jamás ocurrieron. Sin embargo, en cierto modo, creo en los fantasmas. Pero usted es una autoridad en sucesos comprobados, en cosas que nos vemos precisados a llamar hechos, a menos que podamos desmentirlas. Y sin embargo, no cree usted una palabra de lo que ha convertido en la cosa más importante de su vida. Es como si Bradshaw hubiera escrito un tratado para probar que la locomoción por vapor es imposible, o el editor de la Enciclopedia Británica insertado un prefacio explicando que no hay un solo artículo digno de fe en toda la obra.

Bueno, ¿y por qué no? -dijo Grimaud con aquel áspero y rápido ladrido que le era característico y que, al parecer, emitía sin despegar los labios-. Ve usted la moraleja, ¿verdad?

- ¿«El excesivo estudio lo volvió loco», quizá? -sugirió Burnaby.

Grimaud continuó con la vista clavada en el fuego. Mills dice que parecía más furioso de lo que hubiera justificado la impremeditada broma. Tenía el cigarro exactamente en mitad de la boca, y lo chupaba como hacen los niños con las barritas de menta.

Yo soy el hombre que sabía demasiado -dijo después de una pausa-. Y no hay constancia de que el sacerdote del templo haya sido siempre un creyente muy devoto. Como quiera que sea, esto se aparta de la cuestión. Lo que me interesa son las causas que se esconden detrás de estas supersticiones. ¿Cómo nació la superstición? ¿Qué es lo que le dio impulso, de modo que los ingenuos pudieran creer en ella? Por ejemplo: hablamos de la leyenda de los vampiros. Ahora es una creencia que prevalece en tierras eslavas. ¿De acuerdo? Alcanzó firme arraigo en Europa cuando, proveniente de Hungría, la barrió como una ráfaga entre 1730 y 1735. Bien, ¿cómo obtuvo Hungría la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire en forma de briznas de paja o pelusa hasta adoptar la forma humana para el ataque?

John Dickson Carr (Estados Unidos, 1906-1977).

sábado, 18 de julio de 2020

Epidemias: EL HOMBRE HUECO, de John Dickson Carr

"... tres sepulturas. Estaban recién excavadas pues aún se veían huellas de pisadas..."

Capítulo I: La amenaza

(Fragmento)

- Yo soy el hombre que sabía demasiado -dijo después de una pausa-. Y no hay constancia de que el sacerdote del templo haya sido siempre un creyente muy devoto. Como quiera que sea, esto se aparta de la cuestión. Lo que me interesa son las causas que se esconden detrás de estas supersticiones. ¿Cómo nació la superstición? ¿Qué es lo que le dio impulso, de modo que los ingenuos pudieran creer en ella? Por ejemplo: hablamos de la leyenda de los vampiros. Ahora es una creencia que prevalece en tierras eslavas. ¿De acuerdo? Alcanzó firme arraigo en Europa cuando, proveniente de Hungría, la barrió como una ráfaga entre 1730 y 1735. Bien, ¿cómo obtuvo Hungría la prueba de que los muertos podían abandonar sus ataúdes y flotar en el aire en forma de briznas de paja o pelusa hasta adoptar la forma humana para el ataque?

- ¿Hubo tal prueba? -preguntó Burnaby. Grimaud se encogió de hombros con un amplio ademán.

- Desenterraron cadáveres de los cementerios. Encontraron algunos en posiciones retorcidas, con sangre en la cara, manos y mortajas. Ésa fue su prueba… Pero ¿por qué no habían de encontrarse con eso? Aquéllos fueron años de peste. Piensen ustedes en todos los pobres diablos que fueron enterrados vivos tomándolos por muertos. Piensen en cómo habrán luchado por salir del ataúd antes de morir de verdad. ¿Comprenden, señores? Esto es lo que entiendo por causas que se esconden detrás de las supersticiones. Esto es lo que me interesa.

- También a mí me interesa -dijo una nueva voz.

Capítulo IX: La tumba que se abre

(Fragmentos)

- Vea usted: le diré sinceramente, si le sirve de ayuda, que más vale que abandone esta idea. No sé cómo se ha enterado usted del asunto. Él tenía dos hermanos, y ambos habían estado en la cárcel -volvió a sonreír-. No fue por nada terrible: los pusieron presos por cosas de política. Me figuro que la mitad de los jóvenes luchadores de aquel tiempo habrán estado mezclados en lo mismo… Olvide a los dos hermanos. Ambos están muertos desde hace muchos años.

Reinaba tal silencio en la habitación, que Rampole oyó el último chisporroteo del fuego que se extinguía y el resollar de Fell, que tenía los ojos cerrados. Hadley miró al doctor. Luego, fijamente y a los ojos, a Drayman, como si este último tuviese la vista sana.

- ¿Cómo lo sabe usted?

- Grimaud me lo contó -respondió Drayman, recalcando el nombre-. Además, todos los periódicos, desde Budapest hasta Brasso, lo anunciaron con grandes títulos cuando ocurrió. Puede usted verificarlo fácilmente -hablaba con sencillez-. Murieron de peste bubónica.
()

- Debo insistir en esa suerte de atmósfera novelesca porque, además de ajustarse a mi temperamento, permitirá ver claras muchas cosas. Yo estaba en la romántica edad byroniana, inflamado por ideas de libertad política. Iba a caballo en lugar de marchar a pie porque pensaba que así parecía más importante; hasta me complacía en llevar una pistola para ser usada contra imaginarios bandidos y un rosario como talismán contra los fantasmas. Si bien no se veían bandidos ni fantasmas, todo hacía pensar en que los había. Más de una vez me asustó la presencia imaginaria de unos y otros. Había una especie de salvajez y oscuridad dignas de un cuento de hadas en aquellos fríos bosques y desfiladeros. Hasta en los trechos cultivados se percibía algo extraño. Transilvania, como usted sabrá, está rodeada de montañas por tres de sus lados. Un inglés queda asombrado al ver trepar un campo de centeno o una viña por la empinada ladera de una alta montaña. También le resultan raros los trajes verdes y amarillos, las posadas impregnadas de olor a ajo y, en los lugares más desiertos, las colinas de sal pura.

«Así, pues, yo avanzaba por un camino tortuoso de la parte menos habitada, bajo la amenaza de una fuerte tormenta y sin posibilidades de hallar ninguna posada en kilómetros a la redonda. Las gentes decían que el diablo acechaba allí detrás de cada matorral, y yo estaba sobrecogido de pavor; aunque tenía también motivos más fundados para estar aterrorizado. Después de un verano muy caluroso se había declarado una epidemia de peste que, a pesar del intenso frío reinante, se cernía en la atmósfera como una nube de mosquitos. En la última aldea que había atravesado -no recuerdo el nombre— me habían dicho que hacía estragos en las minas de sal de las montañas. Pero yo esperaba encontrarme con un amigo mío, turista también, en Tradj. Tenía asimismo deseos de visitar la prisión, que había recibido su nombre de las siete colinas blancas, semejantes a una baja cordillera, que la cercaban por detrás. Resolví, por lo tanto, proseguir mi camino.

»Me daba cuenta de que debía estar aproximándome a la prisión, porque ya podía distinguir las blancas colinas delante de mí. Mas, cuando había oscurecido hasta el punto de no poderse distinguir casi nada, y cuando el viento parecía destrozar los árboles del camino, pasé junto a un lugar donde se alzaban tres sepulturas. Estaban recién excavadas, pues aún se veían huellas de pisadas alrededor de ellas, pero no había gente por ninguna parte».

John Dickson Carr (Estados Unidos, 1906-1977).

En la prolífica obra de John Dickson Carter son constantes las referencias a las epidemias -de cólera o peste-. Por ejemplo, en Nido de brujas, también traducida como El rincón de la bruja (The Hag's Nook, 1932), su protagonista, el doctor Gideon Fell, pregunta el motivo que provocó el abandono de la antigua prisión de Chatterham, y recibe como respuesta: "Fue el cólera, por supuesto; el cólera y algo más." Su novela La mansión de la muerte también es conocida como La mansión de la peste, que sería un título un poco más apegado al original en inglés (The Plague Court Murders, 1934). He optado por El hombre hueco (The Hollow Man, 1935), también conocida como Los tres ataúdes, por su atmósfera vampírica.
Jules Etienne

Es posible la lectura de la novela íntegra, El hombre hueco, en Libros de Mario.

jueves, 4 de junio de 2020

Epidemias: CARMILLA, de Sheridan Le Fanu

"Me destrozan los tímpanos -exclamó Carmilla con tono rabioso, tapándose los oídos con las manos-. Detesto los entierros y los funerales."

(Fragmento)

El canto continuó.

- Me destrozan los tímpanos! -exclamó Carmilla en tono rabioso, tapándose los oídos con las manos-. Detesto los entierros y los funerales. ¡Cuántas cosas inútiles! Porque tú has de morir, todos han de morir, y todos, después de la muerte, son mucho más felices. ¡Regresemos a casa!

- Mi padre ha ido también al cementerio. ¿Lo sabías?

- No, no me importa. Ni siquiera sé quién es el muerto -replicó mientras sus ojos centelleaban.- Se trata de aquella muchacha que hace unos quince días creyó haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido empeorando, y ayer por la mañana falleció.

- No me hables de fantasmas: esta noche no podría dormir.

- Espero que no haya una epidemia por estos alrededores. Existen algunos síntomas -continué-. La mujer del pastor murió hace una semana, y también dijo que había notado una extraña opresión en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla. Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de fiebres epidémicas. La mujer se hallaba perfectamente el día anterior, pero después de aquella noche se debilitó inesperadamente y al cabo de una semana falleció.

- Bien, supongo que ya habrán terminado con los cantos fúnebres. Nuestros oídos ya no se verán torturados. de nuevo. Todas estas cosas me ponen nerviosa. Siéntate a mi lado, más cerca. Cógeme la mano. Apriétala fuerte, más fuerte...

Nos habíamos retirado unos pasos y Carmilla se sentó en un banco. Su semblante se había transformado de tal modo, que me asusté. Se había puesto pálida. Sus dientes rechinaban y apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofrío. Todas sus energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque. Finalmente, profirió un ahogado grito y se tranquilizó paulatinamente, superada la crisis de histerismo.


Sheridan Le Fanu (Irlanda, 1814-1873).

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Tu boca: NECRONOMICÓN o EL LIBRO DE LOS NOMBRES MUERTOS, de H. P. Lovecraft

"Has enviado fantasmas para acosarme. Has enviado vampiros para acosarme."
 

(Fragmento del exorcismo contra Azag-Thoth y sus emisarios)

Me has elegido para cadáver.
Me has entregado al Cráneo.
Has enviado fantasmas para acosarme.
Has enviado vampiros para acosarme.
A los espectros vagabundos de los Yermos me has entregado.
A los fantasmas de las ruinas me has entregado.
A los desiertos, los páramos, las tierras prohibidas me has entregado.
¡Jamás vuelvas a abrir tu boca para lanzar tus hechicerías contra mí!
¡He arrojado tu imagen a las llamas de Gibil!
¡Arde, espíritu loco!
¡Arde, Dios loco!
¡Que el ardiente Girra deshaga tus nudos!
¡Que las llamas de Gibil deshagan tu cuerda!
¡Que la ley del fuego aprese tu garganta!
¡Que la ley del fuego me vengue"

¡No soy yo, sino Marduk, hijo de Enki, Señores de la Magia, quienes Te dominan!


Howard Phillips Lovecraft (Estados Unidos, 1890-1937).

domingo, 1 de septiembre de 2019

Tu boca: ULISES, de James Joyce

"Blancas tus manos, roja tu boca y tu cuerpo es delicado."

(Fragmento del episodio tercero: Proteo)

Bésala, tíratela en jerga de pícaros, porque ¡Ay, mi linda gachona amorosa! Blancura satánica bajo sus rancios harapos. En Fumbally's Lane aquella noche: los tufos de la curtiduría.
Blancas tus manos, roja tu boca
y tu cuerpo es delicado.
Ven conmigo a la alcoba.
En la noche besoy abrazo.

Morosa delectación llama el Aquino barrigón a esto, frote porcospino. Adán sin mancha cabalgaba sin brama. Llámale déjale: tu cuerpo es delicado. Lengua ni chispa peor que la suya. Palabras frailunas, chirlería de rosarios marianos en sus cordones: picardías, pepitas que se entrechocan en sus bolsillos.
 
Pasan ahora.
 
Ojeada de soslayo a mi sombrero de Hamlet. ¿Si estuviera repentinamente desnudo aquí tal como estoy sentado? No lo estoy. Por las arenas de todo el mundo, seguida por la espada llameante del sol, hacia el oeste, emigrando a tierras del lubrican.
 
 
James Joyce (Irlanda, 1882-1941).

viernes, 4 de mayo de 2018

Mayo: DRÁCULA, de Bram Stoker

 
4 de mayo
 
Averigüé que mi posadero había recibido una carta del conde, ordenándole que asegurara el mejor lugar del coche para mí; pero al inquirir acerca de los detalles, se mostró un tanto reticente y pretendió no poder entender mi alemán. Esto no podía ser cierto, porque hasta esos momentos lo había entendido perfectamente; por lo menos respondía a mis preguntas exactamente como si las entendiera. Él y su mujer, la anciana que me había recibido, se miraron con temor. Él murmuró que el dinero le había sido enviado en una carta, y que era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al Conde Drácula y si podía decirme algo de su castillo, tanto él como su mujer se persignaron, y diciendo que no sabían nada de nada, se negaron simplemente a decir nada más. Era ya tan cerca a la hora de la partida que no tuve tiempo de preguntarle a nadie más, pero todo me parecía muy misterioso y de ninguna manera tranquilizante.
 
Unos instantes antes de que saliera, la anciana subió hasta mi cuarto y dijo, con voz nerviosa:
 
- ¿Tiene que ir? ¡Oh! Joven señor, ¿tiene que ir?
 
Estaba en tal estado de excitación que pareció haber perdido la noción del poco alemán que sabía, y lo mezcló todo con otro idioma del cual yo no entendí ni una palabra. Apenas comprendí algo haciéndole numerosas preguntas. Cuando le dije que me tenía que ir inmediatamente, y que estaba comprometido en negocios importantes, preguntó otra vez:
 
- ¿Sabe usted qué día es hoy?
 
Le respondí que era el cuatro de mayo. Ella movió la cabeza y habló otra vez:
 
- ¡Oh, sí! Eso ya lo sé. Eso ya lo sé, pero, ¿sabe usted qué día es hoy?
 
Al responderle yo que no le entendía, ella continuó:
 
- Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe usted que hoy por la noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas demoníacas del mundo tendrán pleno poder? ¿Sabe usted adónde va y a lo que va?
 
Estaba en tal grado de desesperación que yo traté de calmarla, pero sin efecto. Finalmente, cayó de rodillas y me imploró que no fuera; que por lo menos esperara uno o dos días antes de partir. Todo aquello era bastante ridículo, pero yo no me sentí tranquilo. Sin embargo, tenía un negocio que arreglar y no podía permitir que nada se interpusiera. Por lo tanto traté de levantarla, y le dije, tan seriamente como pude, que le agradecía, pero que mi deber era imperativo y yo tenía que partir. Entonces ella se levantó y secó sus ojos, y tomando un crucifijo de su cuello me lo ofreció. Yo no sabía qué hacer, pues como fiel de la Iglesia Anglicana, me he acostumbrado a ver semejantes cosas como símbolos de idolatría, y sin embargo, me pareció descortés rechazárselo a una anciana con tan buenos propósitos y en tal estado mental. Supongo que ella pudo leer la duda en mi rostro, pues me puso el rosario alrededor del cuello, y dijo: "Por amor a su madre", y luego salió del cuarto. Estoy escribiendo esta parte de mi diario mientras, espero el coche, que por supuesto, está retrasado; y el crucifijo todavía cuelga alrededor de mi cuello. No sé si es el miedo de la anciana o las múltiples tradiciones fantasmales de este lugar, o el mismo crucifijo, pero lo cierto es que no me siento tan tranquilo como de costumbre. Si este libro llega alguna vez a manos de Mina antes que yo, que le lleve mi adiós ¡Aquí viene mi coche!

 
Bram Stoker (Irlanda, 1847-1912).
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la escena en la que Renfield (Dwight Frye) recibe el crucifijo en la clásica adaptación de Drácula filmada en 1931.

domingo, 20 de julio de 2014

Espejos (80): VAMPIROS EN EL ESPEJO

"¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo?"
 
No es que los vampiros padezcan de eisoptrofobia, también conocida como catoptro- fobia (el temor enfermizo a los espejos), sino al hecho de que a la plata siempre se le ha considerado como un metal sagrado y es bien sabido que los espejos se fabrica- ban con una amalgama que incluía la plata entre sus componentes. Fue Bram Stoker en Drácula, el gran clásico publicado en 1897, quien estableció buena parte de la mitología en torno al vampirismo, el primero en suponer -de acuerdo con la doctrina cristiana-, que cuando los seres carecen de alma no son capaces de ver su imagen reflejada ante un espejo y como los vampiros son muertos vivientes, ya han perdido su alma. Por eso Jonathan Harker al llegar al castillo del conde, se percata de la ausencia de espejos. Y, más tarde, cuando se encuentra en su habitación rasurán- dose ante un pequeño espejo, advierte que la imagen de Drácula no se refleja en él. Éste intenta justificarse con la queja de que los espejos no son más que un objeto de la vanidad humana y lo rompe.
 
Existen unos seres llamados vampiros. Algunos de nosotros tenemos la prueba de ello. Los vampiros existen y son fuertes y poderosos, están en este mundo para hacer el mal”, aseguraba el profesor Van Helsing, además de que: “Este ser no tiene sombra y su imagen no se refleja en un espejo".
 
Anne Rice, en cambio, asume una postura opuesta en sus obras a partir de Entre- vista con el Vampiro, ya que según ella los vampiros están sujetos a las mismas leyes de la física que rigen el universo, sin embargo, esos mismos vampiros son capaces de volar manteniendo su cuerpo con apariencia humana. El caso es que, de acuerdo con eso, pueden verse reflejados en un espejo como cualquier mortal:
 
"La existencia, como he dicho, era posible. Siempre había la promesa detrás de sus labios burlones de que sabía grandes cosas o cosas terribles, que tenía comunicación con esferas sobrenaturales que yo ignoraba. Y todo el tiempo me despreciaba y me atacaba por mi amor a la vida, mi renuncia a matar y la casi pesadilla que representa- ba ese acto para mí. Se rió a carcajadas cuando yo descubrí que me podía mirar en un espejo y que las cruces no me hacían el menor efecto. Y se mofaba poniéndose el dedo sobre los labios cuando yo le preguntaba acerca de Dios o del demonio."
 
La muestra de que escritores previos la obra de Bram Stoker aceptaban la posibilidad del  reflejo de los vampiros en el espejo, se puede encontrar en un párrafo del relato Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu: "A eso de la una se me ocurrió echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi asombro no tuvo límites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose al espejo! No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Mi amiga me llamó con un gesto."
 
En La hermosa vampirizada, también conocida como La dama pálida (Histoire de la dame pâle), de Alexandre Dumas, la mujer que ha sido víctima inconsciente del vam- piro, lo advierte ante el espejo:
 
"Me desperté a medianoche; mi lámpara aún ardía; intenté levantarme, pero estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; yo experimentaba algo singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio de posición me fatigaba."

¿Podrán los vampiros ver su imagen reflejada en un espejo? Quién tendrá, en este caso, la razón: ¿Bram Stoker o Anne Rice? Por encima de todo esto prevalece otra cuestión, la prodigiosa capacidad del vampirismo para prolongar sus mitos y contra- dicciones sin dejar de mantenerse vigente. Después de todo, ¿qué sería de la lite- ratura fantástica sin la suspensión de la incredulidad?
 
Jules Etienne

domingo, 27 de abril de 2014

FÁBULA (del poemario Mitología del olvido)

"Buscaremos a Alicia al otro lado del espejo y mariposas amarillas en Macondo..."
 
 Seré una criatura ilusoria
que sólo podrás ver cuando sueñes,
capaz de viajar a través de tus misterios
para descifrar el significado secreto
de alfabetos desconocidos y remotos,
con el único afán de que la fantasía
inunde el torrente de tus venas
y dejes de respirar sólo realidad.
 
Buscaremos a Alicia al otro lado del espejo
y mariposas amarillas en Macondo,
navegaré en un barco miniatura
rumbo a puertos imaginarios
con el mar encerrado en una botella
y decapitaré a Medusa
para liberarte de tus pesadillas.
 
Entonces habremos alcanzado la inmortalidad
de los vampiros y los fantasmas
y alguien nos bautizará
con el nombre de los personajes
en alguna novela aún por escribirse.
 
Jules Etienne

jueves, 6 de junio de 2013

Vampiros: A UN RETRATO, de Octavio Paz

al pintor Juan Soriano

No suena el viento,
dormido allá en sus cuevas
y en lo alto se ha detenido el cielo
con sus estrellas y sus sombras.
Entre nubes de yeso arde la luna.
El vampiro de boca sonrosada,
arpista del infierno, abre las alas.
Hora paralizada, suspendida
entre un abismo y otro.
           
Y las cosas despiertan, vueltas sobre sí mismas,
y se incorporan en silencio,
con el horror y la delicia
que su ser verdadero les infunde.
Y despiertan los ángeles de almendra,
los ángeles de fuego de artificio
y el nahual y el coyote y el aullido,
las animas en pena que se bañan
en las heladas playas del infierno,
y la niña que danza y la que duerme
en una caja de cartón con flores.

           
Por amarillos escoltada
una joven avanza, se detiene.
El terciopelo y el durazno
Se alían en su vestido.
Los pálidos reflejos de su pelo
son el otoño sobre un río.
Sol desolado en un desierto pasillo
¿a quién espera, de quién huye,
indecisa entre el terror y el deseo?
¿Vio brotar al inmundo de su espejo?
¿Se enrosco entre sus muslos la serpiente?
           
Vaga por los espacios amarillos
como una lenta pluma de esplendor y desdicha.
Se detiene al borde de un latido, quieta.
No respiran, no brillan
en su pecho de espuma
las cuentas del collar, fulgor quebrado.
Algo mira o la mira.
Atrás, la puerta calla.
El muro resplandece con fatigadas luces.

 

Octavio Paz (México, 1914-1998).
Obtuvo el premio Nobel en 1990.
 
* Sobre este retrato de Elena Garro, escribió Enrique Krause: "Y, en efecto, allí está como debió de ser, una belleza áurea, enigmática y cerebral. Sentada en una terraza, tras ella se advierte una puerta cerrada, acaso la misma que -como evocaba Soriano- se cerró muchas noches para Octavio Paz. Su poema sobre este retrato (A un retrato) fluye entre imágenes de ternura y deseo y toques de amenaza, casi de horror."

miércoles, 5 de junio de 2013

Páginas ajenas: VLAD, de Carlos Fuentes

".. y el matrimonio del sexo y el horror, la mujer y el miedo..."

(Fragmento del primer capítulo)

Su oscuro origen (o su gélida razón sin concesiones sentimentales) excluía de la casona de piedra gris, separada de la calle por un brevísimo jardín desgarbado que conducía a una escalinata igualmente corta, toda referencia de tipo familiar. En vano se buscarían fotografías de mujeres, padres, hijos, amigos. En cambio, abundaban los artículos de decoración fuera de moda que le daban a la casa un aire de almacén de anticuario. Floreros de Sévres, figurines de Dresden, desnudos de bronce y bustos de mármol, sillas raquíticas de respaldos dorados, mesitas del estilo Biedermeier, una que otra intrusión de lámparas art nouveau, pesados sillones de cuero bruñido… Una casa, en otras palabras, sin un detalle de gusto femenino.
 
En las paredes forradas de terciopelo rojo se encontraban, en cambio, tesoros artísticos que, vistos de cerca, dejaban apreciar un común sello macabro. Grabados angustiosos del mexicano Julio Ruelas: cabezas taladradas por insectos monstruosos. Cuadros fantasmagóricos del suizo Henry Füssli, especialista en descripción de pesadillas, distorsiones y el matrimonio del sexo y el horror, la mujer y el miedo…
 
- Imagínese -me sonreía el abogado Zurinaga-. Füssli era un clérigo que se enemistó con un juez que lo expulsó del sacerdocio y lo lanzó al arte…
 
Zurinaga juntó los dedos bajo el mentón.
 
- A veces, a mí me hubiese gustado ser un juez que se expulsa a sí mismo de la judicatura y es condenado al arte...

Suspiró. - Demasiado tarde. Para mí la vida se ha convertido en un largo desfile de cadáveres… Sólo me consuela contar a los que aún no se van, a los que se hacen viejos conmigo…

Hundido en el sillón de cuero gastado por los años y el uso, Zurinaga acarició los brazos del mueble como otros hombres acarician los de una mujer. En esos dedos largos y blancos, había un placer más perdurable, como si el abogado dijese: - La carne perece, el mueble permanece. Escoja usted entre una piel y otra…


El patrón estaba sentado cerca de una chimenea encendida de día y de noche, aunque hiciese calor, como si el frío fuese un estado de ánimo, algo inmerso en el alma de Zurinaga como su temperatura espiritual.
 
Tenía un rostro blanco en el que se observaba la red de venas azules, dándole un aspecto transparente pero saludable a pesar de la minuciosa telaraña de arrugas que le circulaban entre el cráneo despoblado y el mentón bien rasurado, formando pequeños remolinos de carne vieja alrededor de los labios y gruesas cortinas en la mirada, a pesar de todo, honda y alerta -más aún, quizás, porque la piel vencida le hundía en el cráneo los ojos muy negros.
 

Carlos Fuentes (1929-2012)
 
 La ilustración corresponde a La pesadilla (1781), de Johann Heinrich Füssli.
 
 
 

La lectura de las primeras páginas de la novela es posible en el sitio de Editorial Alfaguara: http://www.alfaguara.com/mx/libro/vlad/