Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 4 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: EL SOLITARIO, de Horacio Quiroga

"Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido."

(
Fragmento)

María se levantó a comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miró de frente.

Es mentira, Kassim -le dijo.

¡Oh! -repuso Kassim sonriendo-. No es nada.

¡Te juro que es mentira! -insistió ella.

Kassim sonrió de nuevo, tocándole con torpe caricia la mano, y se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con las mejillas entre las manos, lo siguió con la vista.

Y no me dice más que eso... –murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto.

No durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba traba- jando. Una hora después Kassim oyó un alarido.

¡Dámelo!

Sí, es para ti; falta poco, María -repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la madrugada Kassim pudo dar por terminada su tarea: el brillante resplandecía firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María dormía de espaldas, en la blancura helada de su pecho y su camisón.

Fue al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido.

Su mujer no lo sintió.

No había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dureza de piedra, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y perpendicu- lar como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer.

Hubo una brusca abertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los de- dos se arquearon, y nada más.

Horacio Quiroga (Uruguayo fallecido en Argentina, 1878-1937).

El texto íntegro se puede leer con este vínculo: Ciudad Seva.

viernes, 20 de enero de 2023

Enero: DOS RELATOS DE HORACIO QUIROGA (Los cascarudos y Yaguaí)

"... los cinco peones se dedicaron a cazar bichitoa. Mariposas, hormigas, larvas, escarabajos..."

Los cascarudos

(Fragmento)

Este fue el principio de la catástrofe. Durante dos meses enteros, sin perder diez segundos en quitar el barro a una azada, los cinco peones se dedicaron a cazar bichitos. Mariposas, hormigas, larvas, escarabajos estercoleros, cantaridas de frutales, guitarreros de palos podridos, cuanto insecto vieron sus ojos, fue llevado al naturalista. Fue aquello un ir y venir constante de la quinta al rancho. Franke, loco de gozo ante el ardor de aquellos entusiastas neófitos, prometía escopetas de uno, dos y tres tiros.

Pero los peones no necesitaban estimulo. No quedaba en la quinta tronco sin remover ni piedra que no dejara al descubierto el húmedo hueco de su encaje. Aquello era, evidentemente, más divertido que carpir. Las cajas del naturalista prosperaron así de un modo asombroso, tanto que a fines de enero dio el sabio por concluida su colección y regreso a Posadas.

Yaguaí

(Fragmento)

Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox-terrier. Pero siendo Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus tres perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores tiempos para esa enseñanza.

Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse; las últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano, y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida había adquirido con pasmosa rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del país. Aprendió entonces a merodear de noche en los ranchos vecinos, avanzando con cautela, las piernas dobladas v elásticas, hundiéndose lentamente al pie de una mata de espartillo, al menor rumor hostil. Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir de un modo particularmente sordo, cuando el cuzco de un rancho defendía a éste del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoció el gusto de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del hollín pegoteado de una olla, y, alguna vez, de la miel recogida y guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia necesaria para apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los ojos, agachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y provocador del fox-terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso, de orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba furtivamente por los caminos.

Horacio Quiroga
(Uruguayo fallecido en Argentina, 1878-1937).

jueves, 19 de enero de 2023

Enero: HORACIO QUIROGA, el suicidio como destino


Fue el 19 de febrero de 1937, cuando Horacio Quiroga, tras enterarse de que padecía un avanzado e incurable cáncer gástrico, decidió suicidarse ingiriendo cianuro. Sin embargo, su vida parecería marcada por las muertes trágicas de su entorno. No había cumplido ni tres meses de edad cuando su padre murió al dispararse accidentalmente la escopeta que llevaba; siendo todavía adolescente, de quince años, su padrastro se suicidó tras padecer un derrame cerebral; sus hermanos Prudencio y Pastora murieron de fiebre tifoidea en el Chaco; y la muerte accidental de su mejor amigo, Federico Ferrando, fue todavía más dramática: éste había decidido batirse en duelo, como se estilaba por aquella época -lo narrado tuvo lugar en 1901-, con un periodista de Montevideo, que era donde radicaban. Ferrando se lo informó a Quiroga quien, en un acto de buena fe, se dio a la tarea de revisar y limpiar el revólver de su amigo cuando una bala se disparó por accidente, provocando su muerte instantánea. Incluso permaneció detenido unos días hasta que se pudo aclarar la naturaleza fortuita de lo acontecido.

Marcado por la experiencia, decide abandonar su Uruguay natal y se traslada a Argentina. En Buenos Aires se dedica a la docencia y como era un buen fotógrafo, su maestro Leopoldo Lugones lo invita a viajar a la región de las misiones jesuitas, en la selva. Quiroga se enamoró de aquel lugar -lo cual quedaría plasmado en su obra- y, con el tiempo, adquirió una propiedad en Misiones, a la que se llevaría a vivir a su esposa Ana María Cirés, una joven muy bella que había sido su alumna y a quien le dedica su novela Historias de un amor turbio. Pero como si un oráculo griego lo hubiese determinado, hastiada de la monotonía de una vida tan apartada, acabaría por suicidarse, ingiriendo veneno. La agonía fue terrible, se prolongó varios días, durante los cuales Quiroga le pidió perdón y le suplicó que viviera, pero fue inútil. Habían tenido dos hijos, Eglé -hermoso nombre mitológico: la más bella de las hijas del sol- y Darío. Tras su muerte, por fin decidió regresar a Buenos Aires con sus hijos, no sin antes quemar la ropa y destruir sus fotos, borrar todo vestigio de la presencia de Ana María en su vida.

Tiempo después se enamoró de una joven de 17 años, que también se llamaba Ana María, pero los padres se opusieron a la relación y se la llevaron lejos de él. Eso inspiró su novela Pasado amor, que publicaría en 1929. Finalmente, se casó con María Elena Bravo, una compañera de escuela de su hija Eglé, que aún no había cumplido los veinte años cuando se fue a vivir con él a la propiedad que conservaba en Misiones.

Los cuentos de Quiroga fueron equiparados con el estilo de Poe, fantasías misteriosas y a menudo delirantes. En 1896, antes de cumplir los dieciocho años, escribió una reflexión premonitoria sobre el suicidio: "Para mí el suicidio sigue inmediatamente a la desgracia. El arruinado se mata cuando su casa quiebra. El enfermo se mata cuando llanamente comprende que su mal no tiene cura y entre sufrir y no sufrir es fácil la elección..." Poco tiempo después de que su segunda esposa lo abandonó, se le diagnosticó el cáncer que lo orilló al suicidio en 1937, cuando tenía 58 años de edad.

Pero el recuento de los suicidios no termina allí. Leopoldo Lugones, su mentor literario y a quien Quiroga tanto admiraba, se embarcó rumbo a un lugar de recreo denominado Tigre, en Argentina, vestido de blanco, pidió un whisky y se le veía tranquilo. Después en su habitación, lo mezcló con cianuro y lo ingirió. Era el 18 de febrero de 1938. Al día siguiente se cumpliría el primer aniversario de la muerte de Quiroga.

Cuando Alfonsina Storni y Quiroga se conocieron, surgió entre ambos una simpatía inmediata y se decía que hubo algo más que amistad. Al enterarse de su muerte ella escribió:
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien que luego sonreías...
Allá dirán.

Por la misma época de la muerte de Lugones, también se suicidó Eglé, la hija de Quiroga. Devastada, Alfonsina empezó a frecuentar el Tigre durante ese año. Debido a que padecía de cáncer en el seno se le había practicado una mastectomía un par de años atrás. El 25 de octubre se internó en el mar con todos los poemas que le quedaban por escribir. Darío, el último sobreviviente de los Quiroga Cirés, se suici- daría más tarde, en 1952.

En sus días finales, Quiroga le envió una carta de despedida a uno de sus amigos, César Tiempo -periodista y escritor argentino de origen ucraniano-, donde le decía: "Yo ya escribí cien cuentos y dije todo lo que tenía que decir". Un tanto a la manera del poeta Cesare Pavese, cuyo testamento fueron el puñado de palabras que precedieron a su suicidio: "Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más".
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de la casa de Horacio Quiroga,
en San Ignacio, provincia de Misiones, Argentina.

martes, 21 de marzo de 2017

Carnaval: UNA ESTACIÓN DE AMOR, de Horacio Quiroga


(Fragmento inicial)

Primavera.

Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas miró al carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto en el coche la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:

- ¿Quién es? No parece fea.

- ¡Un demonio! Es lindísima. Creo que sobrina, o cosa así, del doctor Arrizabalaga. Llegó ayer, me parece...

Nébel fijó entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una chica muy joven aún, acaso no más de catorce años, pero ya núbil. Tenía, bajo cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiéndose hacia las sienes entre negras pestañas. Tal vez un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o gran terquedad. Pero sus ojos, tal como eran, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nébel detenidos un momento en los suyos, quedó deslumbrado.

- ¡Qué encanto! –murmuró, quedando inmóvil con una rodilla en el almohadón del surrey. Un momento después las serpentinas volaban hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de papel, y la que lo ocasionaba sonreía de vez en cuando al galante muchacho.

Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cocheros y aún al carruaje: las serpentinas llovían sin cesar. Tanto fue, que las dos personas sentadas atrás se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador.

- Quiénes son? –preguntó Nébel en voz baja.

- El doctor Arrizabalaga... Cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica... Es cuñada del doctor.

Como en pos del examen, Arrizabalaga y la señora se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nébel se creyó en el deber de saludarlos, a lo que respondió el terceto con jovial condescendencia.

Este fue el principio de un idilio que duró tres meses, y al que Nébel aportó cuanto de adoración cabía en su apasionada adolescencia. Mientras continuó el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increíbles, Nébel tendió incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien que el puño de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano.

Al día siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla de flores, Nébel agotó en un cuarto de hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la señora se reían, volviendo la cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de cabeza a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nébel. Este echó una mirada de desesperación a sus canastas vacías. Mas sobre el almohadón del surrey quedaba aún uno, un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del país. Nébel saltó con él por sobre la rueda del surrey, dislocóse casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y con el entusiasmo a flor de ojos, tendió el ramo a al joven. Ella buscó atolondradamente otro, pero no lo tenía. Sus acompañantes se reían.

- ¡Pero loca! -le dijo la madre, señalándole el pecho-. ¡Ahí tienes uno!

El carruaje arrancaba al trote. Nébel que había descendido afligido del estribo, corrió y alcanzó el ramo que la joven le tendía con el cuerpo casi fuera del coche.

Nébel había llegado tres días atrás de Buenos Aires, donde concluía su bachillerato. Había permanecido allá siete años, de modo que su conocimiento de la sociedad actual de Concordia era mínimo. Debía quedar aún quince días en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, sino de cuerpo; y he aquí que desde el segundo día perdía toda su serenidad. Pero en cambio, ¡qué encanto!

- ¡Qué encanto! -se repetía pensando en aquel rayo de luz, flor y carne femenina que había llegado a él desde el carruaje. Se reconocía real y profundamente deslumbrado, y enamorado, desde luego.

¡Y si ella lo quisiera!... ¿Lo querría? Nébel, para dilucidarlo, confiaba mucho más que en el ramo de su pecho, en la precipitación aturdida con que la joven había buscado algo que darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta expectativa con que lo esperó y en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo.

¡Y ahora, concluido! Ella se iba al día siguiente a Montevideo. ¿Qué le importaba lo demás, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo menos iría con ella hasta Buenos Aires.

Hicieron efectivamente el viaje juntos, y durante él Nébel llegó al más alto grado de pasión que puede alcanzar un romántico muchacho de dieciocho años que se siente querido. La madre acogió el casi infantil idilio con afable complacencia, y se reía a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar y mirándose infinitamente.

La despedida fue breve, pues Nébel no quiso perder el último vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella.

Ellas volverían a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ¿Iría él? «¡Oh, no volver yo!» Y mientras Nébel se alejaba despacio por el muelle, volviéndose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda y la cabeza baja, lo seguía con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos risueños a aquel idilio -y al vestido, corto aún, de la tiernísima novia.


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)

jueves, 30 de mayo de 2013

Vampiros: EL VAMPIRO, de Horacio Quiroga



- Sí -dijo el abogado Rhode-. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.

En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.

- ¡Ah! ¡Usted me entiende! -exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo que apenas puede dar idea de lo que recuerdo:

- ¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Qué cómo fue eso del ga... de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo!

- Óigame: Cuando yo llegué.. . allá, mi mujer...

- ¿Dónde allá?—le interrumpí.

- Allá... ¿La gata o no? ¿Entonces?... Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos.

¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Ésa, ésa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía!

Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:

- ¿Qué hace? ¡Conteste!

Y yo le contesté:

- ¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!

Entonces se levantó un clamor:

- ¡No es ella! ¡Ésa no es!

Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era ésa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:

- ¡Por qué! ¡Por qué!

Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome.

Entonces comencé a oír de todas partes:

- Murió.

- Murió aplastada.

- Murió.

- Gritó.

- Gritó una sola vez.

- Yo sentí que gritaba.

- Yo también.

- Murió.

- La mujer de él murió aplastada.

- ¡Por todos los santos!—grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!

Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la remoción avanzaba a saltos.

A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María!

No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.

Yo la saqué al patio, donde no quedaban sino cuatro paredes silenciosas, viscosas de alquitrán y agua. El suelo resbaladizo reflejaba el cielo oscuro. Entonces cogí a la sirvienta y comencé a arrastrarla alrededor del patio.

Eran míos esos pasos. ¡Y qué pasos! ¡Un paso, otro paso otro paso!

En el hueco de una puerta—carbón y agujero, nada más—estaba acurrucada la gata de casa, que había escapado al desastre, aunque estropeada. La cuarta vez que la sirvienta y yo pasamos frente a ella, la gata lanzó un aullido de cólera.

¡Ah! ¿No era yo, entonces?, grité desesperado. ¿No fui yo el que buscó entre los escombros, la ruina y la mortaja de los marcos, un solo pedazo de mi María!

La sexta vez que pasamos delante de la gata, el animal se erizó. La séptima vez se levantó, llevando a la rastra las patas de atrás. Y nos siguió entonces así, esforzándose por mojar la lengua en el pelo engrasado de la sirvienta —¡de ella, de María, no maldito rebuscador de cadáveres!

- ¡Rebuscador de cadáveres!—repetí yo mirándolo—. ¡Pero entonces eso fue en el cementerio!

El vampiro se aplastó entonces el pelo mientras me miraba con sus inmensos ojos de loco.

- ¡Conque sabías entonces! —articuló—. ¡Conque todos lo saben y me dejan hablar una hora! ¡Ah! —rugió en un sollozo echando la cabeza atrás y deslizándose por la pared hasta caer sentado—: ¡Pero quién me dice al miserable yo, aquí, por qué en mi casa me arranqué las uñas para no salvar del alquitrán ni el pelo colgante de mi María!

No necesitaba más, como ustedes comprenden —concluyó el abogado—, para orientarme totalmente respecto del individuo. Fue internado en seguida. Hace ya dos años de esto, y anoche ha salido, perfectamente curado. . .

- ¿Anoche? —exclamó un hombre joven de riguroso luto—. ¿Y de noche se da de alta a los locos?

- ¿Por qué no? El individuo está curado, tan sano como usted y como yo. Por lo demás, si reincide, lo que es de regla en estos vampiros, a estas horas debe de estar ya en funciones. Pero estos no son asuntos míos. Buenas noches, señores.


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)

domingo, 20 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MUERTE DE ISOLDA, de Horacio Quiroga



Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro -aun bien hermoso-, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

- Se conocen -me dije- y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

- Final de idilio -me dije melancólicamente.

Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

* * *

- Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa. Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que no se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oígame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-a-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá, dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

- ¿Qué tienes? -me dijo.

- Nada - le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

- ¡Es evidente!... -murmuró.

- ¿Qué? -le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

- ¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

- Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

- ¡Esteban!

- ¿Qué? -torné a repetir.

Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado, al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

- Yo creía que no íbamos a tener más escenas le dije paseándome.

No me respondió y agregué:

- Pero que sea esta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

- Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

- ¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

- ¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

- Como quieras.

Era una despedida, yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

- Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

- ¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.
 
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta de propio valer. Y luego la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que pueda inundar el corazón de un hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala y la vi echada sobre el sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

- ¡Inés! -dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez sí, inmenso amor!

- No, no... -me respondió-. ¡Es demasiado tarde!

(...)

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

- Me creerá -reanudó Padilla-, si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido y torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-, habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... Pero, ¿habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

- ¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

- No, no... ¡Es demasiado tarde!


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)
 
La ilustración corresponde a Tristán e Isolda, la muerte (1910), de Rogelio de Egusquiza.

sábado, 19 de febrero de 2011

Plath, Quiroga y Hemingway: La predisposición al suicidio



Recuerdo que recién acababa de ver la película Sylvia -con Gwyneth Paltrow como la trágica Sylvia Plath-. Esa misma noche me puse a leer su poesía y un rato más tarde ya me encontraba en la tarea de traducir al español su poema Espejo. La estrofa final me parecía terrible, por amarga y dolorosa. Aunque entonces caí en la cuenta de que la vejez, después de todo, no es inevitable si se tiene una muerte temprana. En lo personal, siempre he temido más a la senilidad que a la muerte. Me aterra la idea de depender de otros hasta para las tareas cotidianas elementales y esa supervivencia más allá de la inutilidad me parece, de plano, la terca permanencia en un lugar que ya no nos corresponde. Creo que en eso radica la gravedad del suicidio desde el punto de vista de la iglesia, porque en ese caso no es una fuerza superior la que dispone el momento de morir, es un acto volitivo del propio ser humano que lo confronta con su creador, y equivale a un desafío: voy a vivir sólo hasta que yo quiera, hasta que sea mi voluntad. Supongo que eso habrá influido para que la incidencia de suicidios sea tan alta entre los escritores. Finalmente la creación de una obra literaria, con sus arbitrarias situaciones y personajes, al antojo de quien lo escribe, es lo que más puede asemejar a un humano con la divinidad.

A la fecha, todavía sigo sin comprender la gran tragedia de la religión judeo cristiana -en la que hemos sido educados en la cultura occidental-, en torno al suicidio. Griegos y romanos lo practicaban sin tanto dilema moral, para ellos se trataba más bien de una mera cuestión existencial. Todavía en la actualidad, para los japoneses es un acto decoroso. Por ejemplo, cuando un sujeto ha cometido una falta grave, se atormenta con el harakiri y se quita la vida -a propósito de escritores, así lo hizo Yukio Mishima-, de esa manera limpia su honor y el de su descendencia. Es decir, no se trata de un hecho condenable, por el contrario, exalta el valor y el sentido del honor de quien lo practica. Pero a los católicos nos enseñaron que el suicidio va contra los principios de la religión. Por eso no tenemos la visión del suicida, así sea un poeta, como un personaje de belleza trágica. Sylvia Plath se suicidó por amor, o más bien, por la ausencia de él. Cuando se percató de que jamás iba a recuperar el amor perdido, decidió que entonces su existencia carecería de sentido. Lo apostó todo al amor por una persona y perdió. Horacio Quiroga se quitó la vida para evitar el sufrimiento. Después de leer su biografía y con todo lo que padeció ¿no se había ganado el derecho a renunciar a la vida si ésta no iba a ser más que la prolongación de un flagelo? Sin duda se trata de algo muy subjetivo. Pero mi opinión ni siquiera importa, porque la única que realmente cuenta es la de la propia Sylvia Plath, o la de Quiroga o la de Alfonsina Storni.

Después de traducir el poema, escribí un texto tratando de retomar algunas de sus líneas -no se trataba de una paráfrasis porque no era otro poema ni tampoco una recreación-, más bien me ocupaba de su muerte, de los momentos en que debió asumirla y traté de imaginar lo que habría visto en el espejo, con la certeza de que era la última vez que vería su rostro reflejado en él. El título: Sylvia Plath también se suicidó en febrero, se lo puse ayer mismo como consecuencia de que recién me había ocupado de Horacio Quiroga, otro suicida del mismo mes.

En el transcurso del día, recordé que en alguna ocasión, escribiendo sobre los suicidios en la familia Hemingway, encontré una explicación científica:

Ernest Hemingway se disparó con su escopeta en 1954, unos días antes de cumplir los sesenta y dos años. No fue el primero ni el único caso de suicido en la familia, Clarence, su propio padre, también se suicidó a los 57 años, lo mismo que sus tíos Ursula y Leicester, así como su nieta Margaux. Un médico advirtió que el padre de Ernest Hemingway padecía de hemocomatosis, una enfermedad hereditaria que afecta el metabolismo del hierro, el cual se acumula en los tejidos afectando las funciones del páncreas y del hígado, lo que provoca inestabilidad en el cerebro y la consecuencia son severos y prolongados períodos depresivos. Por expresarlo en términos dramáticos: llevan el suicidio en la sangre.



Hace unos días, relataba los suicidios que rodearon al de Horacio Quiroga, tanto el de su primera esposa como el de sus dos hijos. El año antepasado, en marzo, también se suicidó Nicholas, el hijo menor de Sylvia Plath. Tenía un año cuando ella murió en 1963. Era biólogo, radicaba en Alaska y tenía 47 años cuando se ahorcó. Tal vez, en efecto, exista una deficiencia fisiológica que lo propicia. Más allá de cualquier divagación religiosa.


Jules Etienne