Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 6 de marzo de 2018

Nieve: PERFIL EN SONIDO, de Miguel Ángel Asturias

"¿Quién va por la planicie entre el sol y la nieve, entre el oro fugaz y tanta eternidad amontonada?"

Aves de granizo,
aves de vuelo autónomo y caudal,
aves mercuriales, litúrgicas, de hielo,
apenas toleradas en la constelación de los lebreles,
plumaje de humo pétreo, pico con olor metálico de sangre,
centinelas de un lago planetario, ojo de cíclope
en la frente de un país perdido entre las nubes!

Ascendió de las costas de clima de placenta
a las mesetas, de las mesetas a las cumbres,
de las cumbres a lo más alto del planeta.

La atmósfera sin cielo. Los nevados sin párpados.
El altiplano consumido por el viento.
Picachos, cresterías, macizos hacia adentro esculpidos,
sólo visibles cavidades, del otro lado de estas moles,
se mirará el relieve, aquí sólo el vacío de las formas,
el espacio desnudo y el silencio.

¿Quién va por la planicie entre el sol y la nieve,
entre el oro fugaz y tanta eternidad amontonada?

La cabellera dulce de una mujer, su risa,
el ámbito amarillo de su falda en corolas.
El grito del que llora su alegría.
Los abuelos cocidos en arena.
Las llamas, sólo ojos, triscando los bigotes
de indios enterrados bajo copas de pino.

Por el arco de dos hombros de piedra,
el vano del arco donde la raza tiene el corazón,
pasa la solar hermosura hacia el mar dulce de los Andes
y pasan sus ejércitos de fuego,
los maizales, ejércitos de lenguas,
los pajales, ceniza de oro frío,
y el telón, y los dedos, y la huella
del Héroe vestido de inmensidad dormida.

Parpadeo y resuello de afilada nariz
hecha al sollozo. Ahora pasan las indiadas
más ágiles que el aire en son de guerra.
Van vestidas de harapos, harapo sobre harapo,
plumaje de miseria, y vuelven más callados,
desnuda libertad vestida de banderas.
Hablar es sólo ruido de chocantes injertos
más antiguos que el hombre: injerto en la garganta
del aullar del lobo, del bramido del toro,
del balar de la oveja y el vuelo de los cóndores
perdidos en el aire que rodea la tierra.

En el lago sagrado, donde se vuelve niebla
de oscuridad el tiempo, flotan islas de breas
caldeadas por canículas de espumas,
son los pasos, las huellas
del Héroe hacia el templo,
peregrino de sueño con reflejo de piedra
que se copia en el agua,
mientras su voz terrestre,
su perfil en sonido,
lo guarda entre los filos de los dientes nevados
la boca de Bolivia.

 
Miguel Ángel Asturias (Guatemalteco fallecido en España, 1899-1974).
Obtuvo el premio Nobel en 1967.
 
La ilustración corresponde al amanecer en la cordillera Huayna Potosí, en Bolivia.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Canícula: MEMORIA, de Arthur Rimbaud

"Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada."
 
I
 
El agua clara; como sal de lágrimas de infancia,
Asalto al sol de alburas de cuerpos de mujeres;
La seda, en turba y de lis puro, de oriflamas
Bajo muros que alguna doncella defendió;
 
Retozo de ángeles; -No… la corriente de oro en marcha,
Mece brazos, negros, y plúmbeos, y frescos ante todo, de hierba. Ella
Sombría, teniendo el Cielo azul por dosel, reclama
Por cortina la sombra de la colina y del arco.
 
II
 
¡Eh! ¡el húmedo cristal extiende sus borbotones límpidos!
El agua amuebla de oro pálido y sin fondo los lechos prevenidos.
Las ropas verdes y desteñidas de las niñas
Hacen los sauces, trampolín de los pájaros sin bridas.
 
Más puro que un luis, amarillo y caliente párpado
La caléndula del agua -¡tu fe conyugal, oh Esposa!-
Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia
Al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada.
 
III
 
Madame se yergue demasiado en la pradera
Cercana a donde nievan los hijos del trabajo; sombrilla
Entre los dedos; pisoteando la umbela; tan altiva para ella;
Niños leyendo en el verdor florido
 
¡Su libro de rojo marroquí! ¡Ay! Él, como
Mil ángeles blancos que se dispersan sobre la ruta
¡Se aleja más allá de la montaña! Ella, toda
Fría, y negra ¡corre! ¡Después de la partida de su hombre!
 
IV
 
¡Nostalgia de brazos prietos y jóvenes de hierba pura!
¡Oro de lunas de abril en el corazón del santo lecho! Alegría
De las canteras ribereñas del abandono; ¡prisioneras
De las tardes de agosto que hacían germinar las podredumbres!
 
¡Que ella llore ahora bajo los murallones! el hálito
De los álamos de lo alto es para la sola brisa.
Luego, en el río subterráneo, sin reflejos, sin manantial, gris:
Un viejo, dragador, en su barca inmóvil, pena.
 
V
 
Juguete de este ojo de agua triste, no podré tomar,
¡Oh inmóvil canoa! ¡oh! ¡brazos tan cortos! ni la una
Ni la otra flor: ni la amarilla que me inoportuna,
Allí; ni la azul, amiga del agua del color de la ceniza.
 
¡Ah! ¡ese tamo de los sauces que un ala sacude!
¡Las rosas de juncales devoradas hace tiempo!
Mi canoa, siempre fija; y su cadena arrojada
Al fondo de ese ojo de agua sin límites -¿en qué lodo?
 
 
Arthur Rimbaud (Francia, 1854-1891). 

martes, 16 de agosto de 2016

Canícula: LA DALIA BLANCA, de Herta Müller

«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
En plena canícula de agosto, la madre del carpintero bajó una sandía al pozo con el cubo. El pozo hacía olas en torno al cubo. El agua gorgoteaba en torno a la cáscara verde. El agua enfrió la sandía. La madre del carpintero salió al jardín con el cuchillo grande. El sendero del jardín era una acequia. La lechuga había crecido. Tenía las hojas pegadas por la leche blancuzca que se forma en los cogollos. La madre del carpintero bajó por la acequia con el cuchillo. Allí donde empieza la valla y termina el jardín, florecía una dalia blanca. La dalia le llegaba al hombro. La madre del carpintero se pasó un buen rato oliendo los pétalos blancos. Inhalando el perfume de la dalia. Luego se frotó la frente y miró el patio.
 
La madre del carpintero cortó la dalia blanca con el cuchillo grande.
 
«La sandía fue un simple pretexto», dijo el carpintero después del entierro. «La dalia fue su hado fatal.»
 
Y la vecina del carpintero dijo: «La dalia fue una visión».
 
«Como este verano ha sido tan seco», dijo la mujer del carpintero, «la dalia se llenó de pétalos blancos y enrollados. Floreció hasta alcanzar un tamaño nada común para una dalia. Y como no ha soplado viento este verano, no se deshojó. La dalia ya llevaba tiempo muerta, pero no podía marchitarse».

 
«Eso no se aguanta», dijo el carpintero, «no hay quien aguante algo así».
 
Nadie sabe qué hizo la madre del carpintero con la dalia que había cortado. No se la llevó a su casa. Ni la puso en su habitación. Ni la dejó en el jardín.
 
«Llegó del jardín con el cuchillo grande en la mano», dijo el carpintero. «Había algo de la dalia en sus ojos. El blanco de los ojos se le había secado.»
 
«Puede ser», dijo el carpintero, «que mientras esperaba la sandía hubiese deshojado la dalia. En su mano, sin dejar caer un solo pétalo a tierra. Como si el jardín fuera una habitación».
 
«Creo», dijo el carpintero, «que cavó un hoyo en la tierra con el cuchillo grande y enterró ahí la dalia».
 
La madre del carpintero sacó el cubo del pozo ya al caer la tarde. Llevó la sandía a la mesa de la cocina. Con la punta del cuchillo perforó la cáscara verde. Luego giró el brazo describiendo un círculo con el cuchillo grande y cortó la sandía por la mitad. La sandía crujió. Fue un estertor. Había estado viva en el pozo y sobre la mesa de la cocina, hasta que sus dos mitades se separaron.
 
La madre del carpintero abrió los ojos, pero como los tenía igual de secos que la dalia, no se le abrieron mucho. El zumo goteaba de la hoja del cuchillo. Sus ojos pequeños y llenos de odio miraron la pulpa roja. Las pepitas negras se encabalgaban unas sobre otras como los dientes de un peine.
 
La madre del carpintero no cortó la sandía en rodajas. Puso las dos mitades delante de ella, y con la punta del cuchillo fue horadando la pulpa roja. «En mi vida había visto tanta avidez en un par de ojos», dijo el carpintero.
 
El líquido rojo empezó a gotear en la mesa de la cocina. Le goteaba a ella por las comisuras de los labios. Las gotas le chorreaban por los codos. El líquido rojo de la sandía se fue pegando al suelo. «Mi madre nunca había tenido los dientes tan blancos y fríos», dijo el carpintero. «Mientras comía me dijo: "No me mires así, no me mires la boca". Y escupía las pepitas negras sobre la mesa.»
 
«Yo desvié la mirada. No me fui de la cocina. La sandía me daba miedo», dijo el carpintero. «Luego miré por la ventana. Por la calle pasó un desconocido. Caminaba deprisa, hablando consigo mismo. Detrás de mí, oía a mi madre perforar la pulpa con el cuchillo. La oía masticar. Y deglutir. "Mamá", le dije sin mirarla, "deja ya de comer".»
 
La madre del carpintero levantó la mano. «Empezó a gritar y yo la miré porque gritaba muy fuerte», dijo el carpintero. «Me amenazó con el cuchillo. "Esto no es un verano y tú no eres un hombre", chilló. "Siento una presión en la frente. Me arden las tripas. Este verano despide el fuego de todos los años. Sólo la sandía me refresca".»
 
Herta Müller (Escritora en lengua alemana nacida en Rumania, 1953). Obtuvo el premio Nobel en 2009.

lunes, 15 de agosto de 2016

Canícula: A MÍ MISMO EN MIS MEMORIAS, de Adam Zagajewski

"Delira en la canícula el jardín..."
 
Fluye, fluye, nube gris,
se abre la flor de la peonía,
nada te une ya a esta tierra,
nada te une ya a este cielo.

Delira en la canícula el jardín,
un gato da bostezos en el porche.
Caminas por la calle de los tilos
en flor, de qué ciudad, lo ignoras,

en qué país, no lo recuerdas.
Brillan livianos los estorninos,
la noche se aproxima suavemente,
juegan al escondite los capullos de las rosas.

Eres tan sólo un sueño, una imagen,
sólo un anhelo eres.
Cuando te vayas, como las nubes,
se teñirá de bronce tu recuerdo.

Y rondarás los ríos
y las sombras de los árboles,
pero naufragarás en la tierra, en la tierra, en la tierra.


Adam Zagajewski (Polaco nacido en Ucrania, 1945)
 
(Traducido al español por Elzbieta Bortkiewicz)

domingo, 14 de agosto de 2016

Canícula: FRANKIE Y LA BODA, de Carson McCullers

"Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió."
 
(Fragmento)
 
Sólo eran las seis y media, y los minutos de la tarde brillaban como espejos. Había dejado de oírse el silbido que llegaba de afuera y en la cocina todo estaba en calma. Frankie estaba sentada frente a la puerta que daba al porche trasero. En un ángulo de la puerta había una gatera cuadrada, y junto a ella un platillo con leche agria de color lila. Al principio de la canícula el gato de Frankie había desaparecido. Y la canícula es así: son los días del final del verano en que por lo general no puede ocurrir nada, pero, si algo cambia, el cambio dura mientras duran los calores fuertes. Lo que se hizo no se deshace y si algo se hace mal no se corrige.
 
Aquel agosto, Berenice se rascó una picadura de mosquito en el brazo derecho y se le infectó: la herida no curaría hasta que terminara la canícula. Dos familias de cínifes de agosto habían elegido los ojos de John Henry para establecerse en ellos, y, por más que él pestañeara y se sacudiera, allí se quedaban. Luego desapareció Charles, el gato, Frankie no lo vio salir de casa, pero el 14 de agosto, por más que lo llamó para cenar, Charles no vino: se había marchado. Lo buscó por todas partes, y envió a John Henry a llamarle por su nombre por todas las calles del pueblo. Pero, como eran los días de la canícula, Charles no volvió. Todas las tardes Frankie decía exactamente unas mismas palabras a Berenice, y las respuestas eran siempre las mismas, de manera que ahora aquellas palabras eran como una aburrida tonada que canturreaban de memoria.
 
- Si por lo menos supiera adónde se ha ido...

- No te preocupes por ese viejo minino callejero. Ya te he dicho que no volverá.

- Charles no es callejero. Es casi un persa puro.

- Sí; tan persa como yo -decía Berenice. Me parece que ya no lo verás más.
 

Carson McCullers (Estados Unidos, 1917-1967)

viernes, 12 de agosto de 2016

Canícula: GRINGO VIEJO, de Carlos Fuentes

"El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Este era el reino de la sombra, pero la luz era una tortura peor para ella. En la oscuridad del sueño, ella se hundía en el tórrido verano de las marejadas atlánticas, como se hundía en el calor de su propio cuerpo dormido. Eran suyas la misma humedad de las márgenes del Potomac y la vegetación mojada y lánguida, sólo en apariencia domesticada dentro de la ciudad de Washington, que en realidad invadía hasta el último rincón de los jardines perdidos, los estanques, los umbríos patios traseros cobijados por techos de verde humedad, alfombrados con los capullos muertos del cornejo blanco y el olor agridulce de los negros que se dejaban vivir a lo largo de la canícula con una difusión de días de cuerpos sudorosos y rostros polveados con desgano.
 
A medio camino entre Washington y México, iba a imaginar que había verano en Washington pero había luz en México. En su mente suspendida entre la memoria y la previsión, ambas iluminaciones desnudaban el espacio circundante. El sol mexicano dejaría un paisaje desnudo bajo la lumbre. El sol del Potomac se convertiría en una neblina luminosa capaz de devorar los contornos de los interiores, las salas, las alcobas, los espacios húmedos y huecos de los sótanos apestosos donde las gatas se refugiaban para parir sus ventregadas y la presencia desgastada de alfombras, muebles y ropajes viejos que lograban permanecer en Washington mientras la gente llegaba o partía con sus baúles, se reunían como fantasmas latentes y sin llama en medio de un denso aroma de musgo y naftalina.

Se preguntaba a veces: ¿Cuándo fui más feliz?


Carlos Fuentes (México, 1928-2012)

jueves, 11 de agosto de 2016

Canícula: LAS FLORES DEL MAL, de Charles Baudelaire


"Estación de ensueño, en que la Musa se engancha durante un día entero al badajo de una campana."

IX

(Fragmento)
 
Era, sobre todo, en verano, cuando los plomos de los techados se fundían
Cuando aquellos grandes muros ennegrecidos en tristeza abundaban,
Cuando la canícula o el brumoso otoño,
Irradiaban los cielos con su fuego monótono,
Y hacían adormecer, en los esbeltos torreones,
Los vocingleros gavilanes, terror de los blancos pichones;
Estación de ensueño, en que la Musa se engancha
Durante un día entero al badajo de una campana;
Donde la Melancolía, al mediodía, cuando todo duerme,
El mentón en la mano, al fondo del corredor,
-La pupila más negra y más azul que la de la Religiosa
De la que cada uno sabe la historia obscena y dolorosa-,
Arrastra un pie fatigado por precoces molestias,
Y su frente humedece aún la languidez de sus noches.
 

Charles Baudelaire (Francia, 1821-1867).

miércoles, 10 de agosto de 2016

Canícula: EL AMANTE DESDICHADO, de Alberto Moravia

"Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza."
 
(Fragmento)

El mar, entre las altas rocas rojas coronadas de ver­dor, enceguecía azotado por la luz del sol. En el huerto se habían callado, en aquel silencio, hasta las gallinas. Sólo se oía el zumbido de los insectos que disfrutan con la canícula anidados entre las hierbas quemadas y en las grietas del árido terreno.
 
Sandro apoyó la mano en la barandilla y miró al mar.
 
Las persianas del cuarto contiguo se abrieron y la mu­chacha rubia apareció en la terraza.
 
Puso sus manos cortas y llenas en la barandilla, y tam­bién ella miró al mar con sus ojitos inexpresivos. Tenía realmente un espléndido pelo rubio, pensó Sandro, pero con aquel vestido escaso, como de muñeca, su exuberante cuerpo estaba ridículo. Observó que la chica no se vol­vía ante sus miradas, sino que, como un caballo bajo el cepillo del amo, daba a entender que las advertía con ciertos temblores provocativos que corrían por sus muslos y sus musculosas caderas. En la transparencia del vestido, el hermoso cuerpo ponía una sombra cálida y os­cura.


Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)