Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 4 de febrero de 2024

Mirándolas dormir: LAS HERMANAS RONDOLI, de Guy de Maupassant

"¿Hay cosa más hermosa que una mujer dormida?"

(Fragmento)

Y reía con su risa maligna y vejada. Me senté, torturado por la angustia. ¿Qué iba a hacer? Porque ¿tenía razón?. Y un terrible combate se entablaba en mí, entre el temor y el deseo.

Prosiguió: "Haz lo que quieras, yo ya te he avisado; no te quejes después de las consecuencias."

Pero vi en sus ojos una alegría tan irónica, tal placer de venganza, se burlaba tan descaradamente de mí, que no vacilé. Le tendí la mano: "Buenas noches, le dije:

"A fe mía, querido, la victoria vale el peligro."

Y entré con paso firme en la habitación de Francesca.

Me quedé junto a la puerta, sorprendido, maravillado. Dormía ya, completamente desnuda, en la cama. El sueño la había sorprendido cuando acababa de desnudarse, y reposaba en la actitud encantadora de la gran mujer de Tiziano.

Parecía haberse acostado por cansancio, para quitarse las medias, pues éstas habían quedado sobre las sábanas; después había pensado en algo, sin duda en algo agradable, pues había esperado un poco antes de levantarse, para dejar que su ensoñación terminase, y después, cerrando suavemente los ojos, había perdido la conciencia. Un camisón, bordado en el cuello, comprado en una tienda de confección, lujo de primeriza, yacía sobre una silla.

Era encantadora, joven, firme y fresca.

¿Hay cosa más hermosa que una mujer dormida? Ese cuerpo, cuyos contornos son todos suaves, cuyas curvas seducen todas, cuyos blandos relieves turban todos el corazón, parece hecho para la inmovilidad de la cama. Esa línea sinuosa que se ahonda en el flanco, se alza en la cadera, después desciende por la pendiente ligera y graciosa de la pierna para terminar tan coquetamente en la punta del pie, sólo se dibuja realmente con todo su exquisito encanto al alargarse sobre las sábanas de un lecho.

Iba yo a olvidar, en un segundo, los prudentes consejos de mi camarada; pero de pronto, al volverme hacia el tocador, vi todas las cosas en el estado en que yo las había dejado; y me senté, muy ansioso, torturado por la irresolución.

Con seguridad me quedé allí mucho tiempo, muchísimo, quizá una hora, sin decidir- me a nada, ni a la audacia ni a la huida. La retirada me resultaba imposible, por lo demás, y o bien tenía que pasar la noche en una silla, o bien que acostarme a mi vez, por mi cuenta y riesgo.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

sábado, 24 de diciembre de 2022

Navidad: UNA CENA DE NOCHEBUENA, de Guy de Maupassant

"... ante el fuego de la chimenea, donde asaban un lomo de liebre..."

(Fragmento)

Aquel día había helado de una manera horrible. Al llegar la noche nos sentamos a la mesa, ante el gran fuego de la chimenea, donde asaban un lomo de liebre y dos perdices, que olían muy bien. Mi primo levantó la cabeza, y dijo:

- No hará calor cuando nos acostemos.

Indiferente, repliqué:

- No, pero tendremos patos en los estanques mañana por la mañana.

La sirvienta, que ponía nuestros cubiertos en un extremo de la mesa y los de los domésticos en el otro, preguntó:

- ¿Saben los señores que esta noche es Nochebuena?

Seguramente no nos habíamos enterado, pues apenas mirábamos el calendario. Mi compañero contestó:

- Entonces esta noche es la misa del gallo. ¡Y por eso las campanas han estado sonando todo el día!

La sirvienta replicó:

- Sí y no, señor; también han tocado porque ha muerto Fournel padre.

Fournel padre, anciano pastor, era una celebridad del país. Tenía ochenta y seis años de edad, y nunca había estado enfermo hasta el momento en que, un mes antes, había cogido un frío al caerse dentro de una charca en una noche oscura. Al día siguiente se había quedado en cama, y desde entonces estaba agonizando. Mi primo se volvió hacia mí:

- Si quieres –dijo–, iremos dentro de un rato a ver a esa pobre gente.

Quería hablar de la familia del viejo, de su nieto. que tenía cincuenta y ocho años de edad, y de su nieta política, que era un año más joven. La generación intermedia no existía ya desde hacía mucho tiempo. Vivían en un miserable chamizo, a la entrada de la aldea, a la derecha. Pero no sé por qué esta idea de la Nochebuena, en medio de nuestra soledad, nos dio ganas de charlar. A solas los dos, nos contábamos antiguas historias de Nochebuena, aventuras de esta noche loca, los pasados lances amorosos y los despertares del día siguiente, acompañados de otra persona, con sus sorpresas imprevistas, y el asombro de los descubrimientos.

De esta manera, nuestra cena duró mucho tiempo, fumando numerosas pipas; y embriagados por esas alegrías de los solitarios, alegrías contagiosas que nacen de repente entre dos amigos íntimos, hablamos sin parar, rebuscando en nuestros propios casos para comunicarnos esos recuerdos confidenciales del corazón que se escapan en las horas de efusión.

- Voy a la misa, señor.

- ¡Ya!

- Son las once y cuarto.

- ¿Y si fuésemos también a la iglesia? –me preguntó Jules–; esta misa de Nochebuena es muy curiosa en el campo.

Acepté, y nos fuimos, envueltos en nuestras pieles de caza. Un filo agudo pinchaba el rostro y hacía saltar las lágrimas en los ojos. El aire crudo entraba de golpe en los pulmones y secaba la garganta. El cielo profundo, limpio y duro, estaba tachonado de estrellas, que parecían pálidas por la helada; brillaban no como si fuesen unos astros de fuego, sino de cristal, como unas cristalizaciones brillantes. A lo lejos, sobre la tierra de acero, seca y retumbante, resonaban los chanclos de los campesinos; y por todo el horizonte, las campanitas de los pueblos tañían, lanzaban sus sones penetrantes, como friolentos también, en la vasta noche helada.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

lunes, 14 de noviembre de 2022

Noviembre: EL CERROJO, de Guy de Maupassant

"... se retorcía, y agitaba pies y manos para cubrirse con una sábana, una cortina..."

(Fragmento)

Pues bien, lo que quiero contarles es mi primera mujer de tono, la primera mujer de tono que he seducido. Perdón, quiero decir que me ha seducido. Pues, al principio, somos nosotros quienes nos dejamos cazar, mientras que más tarde..., ocurre lo mismo. Era una amiga de mi madre, una mujer encantadora por lo demás. Esas mujeres, cuando son castas, lo son comúnmente por necedad, y cuando se enamoran, son furiosas. ¡Y nos acusan de corromperlas! ¡Ya,ya! Con ellas, es siempre el conejo el que comienza, y jamás el cazador. ¡Oh, sí, tienen aspecto de no tocarlo, lo sé, pero lo tocan; hacen de nosotros lo que quieren sin que lo parezca! Y luego ellas nos acusan de haberlas hecho unas perdidas, de haberlas deshonrado y envilecido, ¿qué sé yo? La mujer de quien les hablo, alimentaba sin duda unos deseos furiosos de hacerse envilecer por mí. Tendría unos treinta y cinco años; yo apenas contaba veinte. Pensaba en seducirla tanto como en hacerme trapense. Pero un día fui a visitarla, y me quedé mirando con asombro su vestido, un peinador extremadamente abierto, tan abierto como la puerta de una iglesia cuando tocan a misa; me cogió la mano, me la estrechó como suelen la estrecharlas ellas en esos momentos, y dando un suspiro medio desmayado, uno de esos suspiros que vienen de lo más hondo, me dijo: "¡Oh, no me mires así, hijo mío!" "Me puse más rojo que un tomate y me quedé más tímido que de costumbre, naturalmente. Sentí deseos de marcharme pero seguía reteniendo con fuerza mi mano. La colocó sobre su pecho, un bien desarrollado pecho, y dijo: "Mira. ¿sientes cómo late mi corazón?" Ciertamente, lo sentía latir y comenzaba a asirlo, pero no sabía cómo cogerlo, ni por dónde empezar. Después he cambiado. Como seguía con la mano apoyada en la redonda curvatura de su pecho, mientras con la otra sostenía mi sombrero. y como continuaba mirándola con una sonrisa confusa, necia y tímida, se levantó de repente y, con voz irritada, dijo: "¡Oh! ¿Pero qué hace usted, joven? ¡Es usted un indecente y un mal educado!" Retiré mi mano de inmediato, dejé de sonreír, balbucí unas excusas, me levanté y me fui con las orejas calientes y la cabeza trastornada. Pero ya me había atrapado. Soñaba con ella; me parecía encantadora, adorable, y me imaginaba que la quería, que la había amado siempre. ¡Y resolví ser atrevido, temerario incluso! Cuando la volví a ver, tuvo para mí una sonrisita de medio lado. ¡Cómo me trastornó esa sonrisita! Su apretón de mano fue largo y tenía una insistencia significativa. A partir de ese día le hacía la corte, al parecer. Por lo menos ella me afirmó después que la había seducido, cautivado, deshonrado con un extraño maquiavelismo, una habilidad consumada, una perseverancia de matemático y unas astucias de apache. Pero había algo que me molestaba sobre manera. ¿Dónde, en qué lugar iba a realizar mi triunfo? Yo vivía con mi familia, y a este respecto eran intransigentes. Yo no tenía la audacia de franquear la puerta de un hotel en pleno día con una mujer del brazo; y tampoco sabía a quién pedir consejo. Mas, en cierta ocasión, hablando conmigo en tono burlón, mi amiga me dijo que todo joven debía tener una habitación en la ciudad.

Nosotros vivíamos en París. Aquello fue un rayo de luz: me hice de una habitación, y fui a verla un día de noviembre. Pero esta visita que yo había querido diferir, porque no tenía fuego en la casa, me causó mucho trastorno. Y no tenía fuego porque la chimenea despedía humo; precisamente la víspera le había promovido un altercado a mi propietario, un antiguo comerciante, quien me había prometido ir él mismo con el fumista, antes de dos días, para examinar atentamente los trabajos que había que realizar. En cuanto ella entró en la habitación le manifesté: "No tengo fuego porque no sale bien el humo por la chimenea." Pareció no escucharme, y musitó: "No importa, yo tengo..." Y como me quedé sorprendido, se paró muy confusa; luego añadió: "Ya no sé ni lo que digo..., estoy loca..., pierdo la cabeza... ¡Qué estoy haciendo, señor! ¡Por qué he venido aquí, desdichada! ¡Oh, qué vergüenza!". Y se dejó caer sollozando en mis brazos. Creí en sus remordimientos y le juré que la respetaría. Entonces ella se desplomó en mis rodillas gimiendo: "¡Pero no ves que te amo, que me has conquistado, que estoy loca por ti!" En seguida juzgué que era oportuno comenzar a acariciarla. Pero se estremeció toda, se levantó y huyó hacia un armario pera esconderse, gritando: "¡Oh, no me mires, no, no! Me da vergüenza. Si al menos no me vieses, sí estuviésemos a la sombra, si fuese por la noche, los dos solos. ¿Te das cuentas? ¿Piensas en ello? ¡Qué sueño! ¡Oh, ese día!" Me lancé corriendo hacia la ventana, cerré las contraventanas, corrí las cortinas, colgué un abrigo sobre un hilillo de luz que pasaba entre ellas y, luego, con el corazón palpitando y las manos extendidas para no tropezar con las sillas, la busqué, la encontré. A tientas, abrazándonos y besándonos, llegamos al otro rincón, donde se encontraba la alcoba. No íbamos derechos, sin duda, pues primero dimos con la chimenea, luego con la cómoda y, al fin, con lo que buscábamos. Entonces olvidé todo en un éxtasis frenético. Fue una hora de locura, de arrebato, de alegría sobrehumana; después, nos invadió una deliciosa lasitud, y, abrazados, nos dormimos. Y tuve un sueño. Pero he aquí que, en mi sueño, creí oír que me llamaban, que gritaban socorro, y después recibí un golpe violento. ¡Abrí los ojos...! ¡Oh...! El sol poniente, rojo, magnífico, que entraba por completo a través de la ventana abierta, parecía mirarnos desde el confín del horizonte, iluminaba con un resplandor apoteósico la cama toda revuelta y en la que una mujer acostada gritaba desesperadamente, se debatía, se retorcía, y agitaba pies y manos para cubrirse con una sábana, una cortina, no importaba qué, en tanto que, el dueño, en el centro de la habitación acompañado del conserje y de un fumista negro como un diablo, nos contemplaba con unos ojos estúpidos. Me levanté furioso, dispuesto a saltarle al cuello, y grité: "¿Qué hace usted en mi casa, voto a...". El fumista, de quien se había apoderado una risa irresistible, dejó caer la placa de hierro laminado que llevaba en la mano. El conserje parecía que se había vuelto loco; y el propietario balbució: "Pero, señor, era..., era... que la chimenea..., la chimenea.. ." Le grité: "¡Lárguese, imbécil!" Entonces se quitó el sombrero con aire confuso y cortés, y, mientras iba retrocediendo, murmuró:"¡Perdón, señor, dispénseme usted, si hubiera sabido que le molestaba, no hubiese venido! El conserje me había dicho que usted había salido. Dispénseme." Y se fueron. Desde entonces, como comprenderán. no cierro jamás las ventanas pero echo siempre el cerrojo.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

miércoles, 6 de julio de 2022

Julio: DESCUBIERTA, de Guy de Maupassant


(Fragmento inicial)

El barco estaba lleno de gente. Se pronosticaba un feliz viaje; los havreses iban a dar un paseo a Trouvllle.

Soltaron las amarras; un silbido anunció la partida; un estremecimiento sacudió el barco, mientras se oía en torno un rumor de agua removida.

Giraron las ruedas, se detuvieron y giraron de nuevo suavemente. Cuando el capitán dijo en el portavoz que le servia para dar sus órdenes a los maquinistas: "¡En marcha!", las ruedas comenzaron a girar con rapidez.

Nos apartábamos del muelle.

Los viajeros agitaban sus pañuelos, como si se despidiesen para América, y los amigos que se quedaban en tierra hacían otro tanto.

El sol de julio cala sobre las sombrillas, sobre los trajes claros, sobre los ros- tros alegres, sobre las aguas del Océano en calma. Cuando hubo salido del puerto el vaporcito, trazó una curva rápida para dirigir su proa puntiaguda hacia la costa lejana entrevista vagamente a través de la bruma matinal.

A nuestra izquierda se abría la embocadura del Sena, de veinte kilómetros de ancho. De trecho en trecho, grandes boyas indicaban los bancos arenosos y se distinguían a lo lejos las aguas dulces y cenagosas del río, que, sin mezclarse con el agua salada, señalaban grandes franjas amarillentas en la superficie verde y pura del mar.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

sábado, 28 de agosto de 2021

Venecia: LA VIDA ERRANTE, de Guy de Maupassant

"... la contemplamos (...) con una mirada expectante y encantada, la miramos a través de nuestros sueños."

Venecia

(Fragmento)

¡Venecia! ¿Acaso existe otra ciudad más admirada, más celebrada, más alabada, por los poetas, más deseada por los enamorados, más visitada y más ilustre?

¡Venecia! ¿Acaso existe algún nombre en alguna lengua que haya hecho soñar más a los hombres? Además, es una palabra encantadora, sonora y suave: evoca de inmediato en nuestras almas una luminosa sucesión de recuerdos magníficos y un horizonte de fantasías cautivadoras.

¡Venecia! La sola palabra parece desencadenar en el alma una exaltación, excita todo lo que hay de poético en nosotros, despierta todas nuestras facultades admirativas. Y al llegar a la ciudad singular la contemplamos inevitablemente con una mirada expectante y encantada, la miramos a través de nuestros sueños.

Al hombre que vaga por el mundo le resulta prácticamente imposible no mezclar su imaginación con la visión de la realidad. Se acusa a los viajeros de mentir y de engañar a quienes les escuchan. Pero no mienten, no, lo que ocurre es que observan mucho más con el pensamiento que con la mirada. Basta con una novela que nos haya fascinado, con veinte versos que nos hayan emocionado, con un cuento que nos haya cautivado, para disponernos al singular lirismo de los aventureros, y cuando estamos excitados de ese modo, aún desde la distancia, por el deseo de un lugar, nos seduce de manera irresisitible. Ningún otro rincón del mundo ha dado lugar a una conspiración de entusiasmo comparable a la que despierta Venecia. Cuando penetra- mos por primera vez en su tan alabada laguna, resulta casi imposible vencer el sentimiento anticipado, sufrir una desilusión. El hombre que ha leído, que ha soñado, que conoce la historia de la ciudad en la que se adentra, que está imbuido de todas las opiniones de quienes le han precedido, arrastra consigo esas impresiones casi completamente formadas; ya sabe qué hay que amar, qué hay que despreciar, qué hay que admirar.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

(Traducido al español por Elisenda Julibert).

jueves, 11 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: LA CONFESIÓN DE TEÓDULO SABOT, de Guy de Maupassant

"Mataba un cerdo todos los años el miércoles de ceniza para comer carne todos los viernes de Cuaresma..."

 (Párrafos iniciales)

Al entrar Sabot en la taberna del pueblo se alegraba el cotarro. Le reían las gracias antes que abriese la boca. Sus burlas eran de lo más chusco. Y ¡que odio a la clericalla! ¿Transigir con el clero? No, no y no. ¡Comerse crudos a los curipastros! ¡La carne de sacristía es tierna y jugosa!

Teodulio Sabot, carpintero en Martinville, representaba en el pueblo las ideas radica- les más avanzadas. Era un hombre alto, de pocas anchuras, con los ojos grises y malicioso, las labios delgados y el pelo muy lacio, caído sobre la frente. Al oírle decir con tono picaresco: "Nuestro santísimo padre... curda", nadie podía contener la carcajada. Nunca dejaba de trabajar en domingo durante la hora de la misa. Mataba un cerdo todos los años el miércoles de ceniza para comer carne todos los viernes de Cuaresma y toda la Semana Santa, y cuando se cruzaba en la calle con el cura, decía siempre, acentuando la mofa: "Vedle: tan satisfecho porque acaba de tragarse a Dios".

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

jueves, 14 de mayo de 2020

Epidemias: EL HORLA, por Guy de Maupassant

"Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño (…) Me pareció tan hermoso, blanco y alegre."

(Fragmento)
19 de agosto.

¡Ya sé. . . ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: «Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparente- mente ningún otro alimento.

«El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo, a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.»

¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh, Dios mío!


Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

domingo, 21 de abril de 2019

Tu boca: EL BESO, de Guy de Maupassant

"... nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos..."

(Fragmento final)

Presta fe a mi experiencia. Para empezar, no beses nunca a tu marido en público, en un vagón, en un restaurante. Es un acto del peor gusto. Aguántate las ganas. Él creería hacer el ridículo, y te guardaría siempre rencor.

Desconfía sobre todo de los besos inútiles, prodigados en la intimidad. Tengo la certeza de que haces un espantoso consumo de ellos.

Y para citarte un caso, te diré que un día estuviste verdaderamente desagradable.

Nos hallábamos los tres en tu saloncito, y como mi presencia no los embarazaba, tu marido te tenía sentada en sus rodillas y te daba largos besos en la nuca, oculta su boca entre los rizados cabellos de tu cuello. De pronto exclamaste: "¡El fuego!" No se acordaron del fuego, y estaba a punto de consumirse. Todo lo que brillaba en la hoguera eran unos tizones mortecinos y a punto de apagarse. Tu marido se levantó en el acto, se precipitó hacia el arcón de la leña y sacó del mismo dos troncos grandísimos, que llevaba con gran dificultad a la chimenea; y en ese preciso momento fuiste hacia él con tus labios mendicantes y le dijiste: "Bésame". Tu marido volvió la cabeza haciendo un gran esfuerzo para no dejar caer los maderos. Y tú posaste tu boca suave, lentamente, en la de aquel desdichado, que tuvo que aguantar, con el cuello doblado, la cintura en torsión, los brazos doloridos, temblando de cansancio y de esfuerzo violento. Y tú, sin ver ni comprender, eternizaste aquel beso martirizador. Después, cuando lo dejaste en libertad, te pusiste a refunfuñar con gesto de enojo: "¡No sabes besarme!..." ¡Era mucho pedirle encanto!

Ten cuidado con eso. Raya en estúpida manía, en tonto impulso inconsciente, nuestro afán de lanzarnos al beso en los momentos peor elegidos: Cuando él lleva en la mano un vaso de agua; cuando se está poniendo el calzado; cuando se hace el nudo de la corbata, en fin, cuando se encuentra en alguna postura incómoda, entonces lo inmovilizamos con alguna caricia molesta que le fuera a permanecer un minuto en una actitud iniciada, sin sentir, otro deseo sino el de desembarazarse de nosotras.}

Sobre todo, no tomes esta crítica como insignificante y mezquina. El amor es cosa delicada, pequeña mía; un nada lo lastima; ten presente que todo depende de nuestro tacto en las zalamerías. Un beso torpe puede ocasionar un gran daño.

Pon en práctica mis consejos.
Tu tía que te quiere,
Collette


Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

sábado, 29 de diciembre de 2018

Año nuevo: BEL AMI, de Guy de Maupassant

"La abrió con indiferencia: era la cruz de la Legión de Honor."
 
(Fragmento del capítulo VII)

Durante el camino guardaron silencio. Pero ya en su alcoba, Madeleine dijo, de pronto, sonriendo y sin siquiera haberse quitado el velo de noche:
 
- Tengo que darte una sorpresa, ¿sabes?
- Tú dirás -gruñó él, malhumorado.
- Adivínalo.
- No quiero tomarme ese trabajo.
- Pues bien, pasado mañana es Año Nuevo.
- Sí, ¿y qué?
- Día de regalos.
- Sí.
- Bueno, pues aquí tienes el mío, que Laroche acaba de entregarme.
 
Y le alargó una cajita negra, que parecía un estuche de alhajas. La abrió con indiferencia: era la cruz de la Legión de Honor.
 
Se puso un poco pálido, sonrió y dijo:
 
- Hubiera preferido diez millones. Esto no le resulta caro.
 
Su mujer esperaba un transporte de júbilo, y aquella frialdad la irritó.
 
- Eres verdaderamente incomprensible –dijo–. Nunca estás contento.
 
El repuso tranquilamente.
 
- Ese hombre no hace más que pagarme una deuda. Y todavía me debe mucho.
 
Lo dijo de tal modo que sorprendió a Madeleine, quien respondió:
 
- De todos modos, eso está bien a tu edad.
- Todo es relativo. Más podría tener a estas alturas.
 
Dejó el estuche sobre la chimenea y contempló durante algunos segundos la brillante estrella que en su fondo yacía. Luego lo volvió a cerrar, se encogió de hombros y se metió en la cama.
 
El Boletín Oficial del Estado del primero de enero anunciaba, efectivamente, que don Prósper George Du Roy había sido promovido a caballero de la Legión de Honor, en pago a sus excepcionales servicios. El apellido estaba escrito en dos palabras, lo que satisfizo a George más que la misma condecoración.

 
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

viernes, 23 de noviembre de 2018

Día de los muertos: EL PORDIOSERO, de Guy de Maupassant

"... hallado en una zanja (...) la víspera del día de difuntos, y bautizado por esa razón Nicolás Todos los Santos..."
 
(Fragmento inicial)

Había conocido tiempos mejores, a pesar de su miseria y su invalidez.
 
A la edad de quince años, un coche le aplastó las dos piernas en la carretera de Varville. Desde ese momento, mendigaba arrastrándose a lo largo de los caminos, a través de los corrales de las granjas, balanceándose sobre sus muletas que le habían levantado los hombros hasta la altura de las orejas. Su cabeza parecía hundida entre dos montañas.
 
Niño hallado en una zanja por el cura de Les Billettes, la víspera del día de difuntos, y bautizado por esa razón Nicolás Todos los Santos, criado por caridad, ajeno a toda instrucción, lisiado tras haber bebido unas copas de aguardiente invitado por el panadero del pueblo, tan sólo por reírse un poco, y vagabundo a partir de entonces, no sabía hacer otra cosa que tender la mano.
 
En tiempos la baronesa de Avary le dejaba para dormir una especie de nicho lleno de paja, al lado del gallinero, en la granja lindante con el castillo: y estaba seguro, los días de mucha hambre, de encontrar siempre un pedazo de pan y un vaso de sidra en la cocina. Con frecuencia recibía también allí unas monedas arrojadas por la anciana dama desde lo alto de la escalinata o de las ventanas de su habitación. Ahora ella había muerto.
 
En los pueblos no le daban casi nada; lo conocían demasiado; estaban hartos de él desde hacía cuarenta años que lo veían pasear de casucha en casucha su cuerpo andrajoso y deforme sobre sus dos patas de madera. No obstante, él no quería marcharse, porque no conocía otra cosa en la tierra que aquel rincón del país, aquellos tres o cuatro villorrios por donde había arrastrado su miserable vida. Había puesto fronteras a su mendicidad y jamás habría traspasado los límites que estaba habituado a no franquear.
 
Ignoraba si el mundo se extendía más allá de los árboles que habían siempre acotado su vista. No se lo preguntaba.


Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

lunes, 5 de mayo de 2014

Espejos (4): LA MUERTA, de Guy de Maupassant

"... el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días..."

(Fragmento)

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
 
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
 
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
 
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
 
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.
 
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
 
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:
 
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»
 
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
 
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»
 
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
 
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
 
«Amó, fue amada y murió.»
 
Ahora leí: «Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»
 
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.
 
 
Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893) 

viernes, 30 de julio de 2010

Julio: UN HARAGÁN, de Guy de Maupassant

"... esos días dorados y azules del mes de julio, en que todo se vuelve calor. La extensa playa, cubierta de gente..."

(Fragmento)

Sí; buscaba una mujer, contando para seducirla con su arrogancia, con su físico; había calculado:

- ¡Qué demonio! Entre las muchas que van a Trouville, acabaré por encontrar la que necesito.

Y buscaba, oliscando como un perro pachón, con sus narices de normando, seguro de que al fin hallaría su fortuna. Verla y adivinarla.

Un lunes por la mañana, murmuró:

- ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno!

Hacía un tiempo magnífico, uno de esos días dorados y azules del mes de julio, en que todo se vuelve calor. La extensa playa, cubierta de gente, con los colores de los trajes y de las sombrillas, parecía un jardín; un jardín donde cada flor, cada capullo, fuese una mujer; y las barcas pescadoras, con sus velas oscuras, adormeci- das, reflejando en el agua su inmovilidad, recibían una lluvia de sol. Eran las diez; y unas más cerca, otras más lejos del muelle de madera; pero todas paradas, parecían rendidas por el bochorno de un día de verano, demasiado perezosas para lanzarse a alta mar o para recogerse en el puerto. Y, a lo lejos, asomaba vagamente, dibujada entre las brumas, la costa del Havre, sobre cuyas alturas se divisaban dos puntos blancos: los faros de Saint Adreisse.

Bombard había pensado: "¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno!", al encontrarla por tercera vez, sintiendo clavados en él aquellos ojos de mujer madura, experimentada y atrevida, que se ofrece.

Ya se habla fijado en ella días antes, porque también ella parecía buscar algo. Era una inglesa, de buena estatura, delgada; la inglesa audaz que se ha convertido, por especiales circunstancias, viajando mucho, en una especie de hombre.


Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).