Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 19 de junio de 2024

Mirándolas dormir: LOS HEREDE- ROS, de William Golding

"... la cara de ella era como la de una mujer dormida que lucha con un sueño terrible."

(
Fragmento del capítulo 8)

Lok bostezó y se reclinó en el hueco de la copa del árbol, donde estaba a cubierto de las miradas de la gente. El campamento no era más que una fluctuación de la luz reflejada en los árboles. Miró a Fa, invitándola a dormir a su lado. Lok le veía la cara y los ojos que espiaban a través de la hiedra y no parpadeaban. Tan absorta estaba Fa en su vigilancia que cuando Lok le tocó la pierna con la mano no dejó de mirar. Lok vio entonces que Fa abría la boca y que la respiración se le aceleraba. Fa apretó la madera podrida del árbol muerto. La madera se cascó y desmenuzó convirtiéndose en una pulpa húmeda. A pesar de sentirse tan cansando eso interesó a Lok y lo asustó un poco. Tuvo la imagen de un nuevo que subía al árbol, y echándose hacia atrás comenzó a apartar las hojas. Fa lo miró de soslayo y la cara de ella era como la de una mujer dormida que lucha con un sueño terrible. Tiró de la muñeca de Lok y lo obligó a echarse. Luego lo tomó por los hombros y ocultó la cara en el pecho de él. Lok la abrazó, y el Lok exterior sintió un placer cálido. Pero Fa no quería jugar. Se arrodilló otra vez y puso la cabeza contra el pecho de Lok mientras Lok sentía en la mejilla los latidos apresurados del corazón de ella. Trató de ver qué la asustaba tanto, pero Fa lo sujetó y Lok sólo pudo ver el ángulo del mentón de Fa y los ojos abiertos, abiertos constantemente, y vigilantes.

La pelusilla volvió a la cabeza de Lok y el cuerpo de Fa estaba caliente. Lok cedió, pues sabía que Fa lo despertaría cuando la gente durmiera y pudieran huir con las niñas. Se acurrucó en los brazos de Fa, y dejó que la pelusilla que flotaba ahora en la oscuridad se transformase en todo un mundo de sueño agotado.

William Golding
(Inglaterra, 1911-1993). Obtuvo el premio Nobel en 1983.

(Traducido al español por Luis Echávarri).

viernes, 23 de marzo de 2018

Nieve: EL SEÑOR DE LAS MOSCAS, de William Golding

"Los potros salvajes se acercaban a la tapia de piedra al fondo del jardín, y había nieve."
 
(Fragmento del capítulo 7: Sombras y árboles altos)

Se pusieron de nuevo en marcha: los cazadores, agrupados por su temor a la fiera, mientras que Jack se adelantaba, afanoso en la búsqueda. Avanzaban menos de lo que Ralph se había propuesto, pero en cierto modo se alegraba de perder un poco el tiempo, y caminaba meciendo su lanza. Jack tropezó con alguna dificultad y pronto se detuvo la procesión entera. Ralph se apoyó contra un árbol; inmediatamente brotaron los ensueños a su alrededor. Jack tenía a su cargo la caza y ya habría tiempo para ir a la montaña...
 
Una vez, cuando a su padre le trasladaron de Chatam a Devonport, habían vivido en una casa de campo al borde de las marismas. De todas las casas que Ralph había conocido, aquélla se destacaba con especial claridad en su recuerdo porque de allí le enviaron al colegio. Mamá aún estaba con ellos y papá venía a casa todos los días Los potros salvajes se acercaban a la tapia de piedra al fondo del jardín, y había nieve. Detrás de la casa se encontraba una especie de cobertizo y allí podía uno tenderse a contemplar los copos que se alejaban en remolinos. Veía las manchas húmedas donde los copos morían; luego observaba el primer copo que yacía sin derretirse y veía cómo todo el suelo se volvía blanco. Cuando sentía frío, entraba en la casa a mirar por la ventana, entre la lustrosa tetera de cobre y el plato con los hombrecillos azules...
 
A la hora de acostarse le esperaba siempre un tazón lleno de cornflakes con leche y azúcar. Y los libros... estaban en la estantería junto a la cama, descansando unos en otros, pero siempre había dos o tres que yacían encima, sobre un costado, porque no se había molestado en ponerlos de nuevo en su sitio. Tenían dobladas las esquinas de las hojas y estaban arañados. Había uno, claro y brillante, acerca de Topsy y Mopsy, que nunca leyó porque trataba de dos chicas; también, aquel sobre el Mago, que se leía con una especie de reprimido temor, saltando la página veintisiete, que tenía una ilustración espantosa de una araña; otro libro contaba la historia de unas personas que habían encontrado cosas enterradas, cosas egipcias, y luego estaban los libros para muchachos; El libro de los trenes y El libro de los navíos. Se presentaban ante él con entera realidad; los podría haber alcanzado y tocado, sentía el peso de El libro de los mamuts y su lento deslizarse al salir del estante... Todo marchaba bien entonces; todo era grato y amable.
 
A unos cuantos pasos de ellos los arbustos sonaron como una explosión. Los muchachos salían como locos de la trocha de los cerdos y se deslizaban entre las trepadoras, gritando. Ralph vio a Jack caer de un empujón. Y de pronto apareció un animal que venía por la trocha lanzado hacia él, con colmillos deslumbrantes y un rugido temible. Ralph se dio cuenta de que era capaz de medir la distancia con calma y apuntar. Cuando el jabalí se encontraba sólo a cuatro metros, le lanzó el ridículo palo de madera que llevaba; vio que le daba en el enorme hocico y que colgaba de él por un momento. El timbre del gruñido se transformó en un chillido y el jabalí giró bruscamente de costado, entrando en el sotobosque. La trocha se volvió a llenar de muchachos vociferantes; Jack regresó corriendo, y hurgó con su lanza en la maleza.


William Golding (Inglaterra, 1911-1993). Obtuvo el premio Nobel en 1983.
 
(Traducido al español por Carmen Vergara).

jueves, 9 de noviembre de 2017

Eclipse: FUEGO EN LAS ENTRAÑAS, de William Golding

"Hablaban de astronomía como si fuera una partida de pelota: eclipses, paralajes, perigeos y apogeos..."

(Fragmento del capítulo 17)

Con esas palabras subió de un salto las escaleras, porque la guardia de servicio iniciaba el ballet que interpretaba cada cuatro horas durante el minuto o los dos minutos antes de que sonara la campana. Lo seguí, pero ya estaba sumido en una conversación con Anderson. Incluso cuando cambió la guardia y el señor Askew descendió de la toldilla, Benét y Anderson siguieron hablando acerca de las lunas de Júpiter. Hablaban de astronomía como si fuera una partida de pelota: eclipses, paralajes, perigeos y apogeos, y empecé a tener la incómoda sensación de que ambos tenían conciencia de mi presencia y me excluían deliberadamente.

- Distancia lunar, señor Benét. De acuerdo. Pero la verificación…

 
William Golding (Inglaterra, 1911-1983). Obtuvo el premio Nobel en 1983.

En La mariposa de latón, adaptación teatral de su novela breve El enviado especial, hay un parlamento en el que un exaltado Fanocles le señala al emperador que la humanidad se vuelve cada vez más indiferente ante las guerras y las catástrofes, y le refiere: "Anoche hubo un eclipse de luna, no lo pude ver, pero un esclavo lo describió para mí -el movimiento still, el inevitable avance de la sombra de cobre... ¡Oh, las distancias majestuosas!" .