Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 26 de noviembre de 2023

Eclipse solar: EL LIBRO NEGRO, de Orhan Pamuk

"... su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día..."

(Fragmento del capítulo 15: Historias de amor en una noche de nieve)

Estaba claro que se trataba del típico jubilado que quiere hacer algo útil en su tiempo libre, interesado por nuevas amistades y que conoce bien Estambul. Una vez hubo terminado con los luchadores tracios, el viejo anunció que había llegado el momento de la verdadera historia y comenzó su relato:
 
En realidad se trataba más de un dilema que de una historia: un anciano pastor encerró en el redil su rebaño de ovejas, que había vuelto por sí solo a la aldea debido a un eclipse en medio del día, sorprendió a su querida mujer en Ia cama con un amante y, tras un momento de duda, los mató a ambos con el primer cuchillo que cogió. Después de entregarse, en su defensa ante el juez afirmó que no había matado a su esposa y a su amante, sino a una mujer desconocida que estaba en su cama con su querido; la lógica que seguía el pastor era tremendamente simple: teniendo en cuenta que resultaba imposible que «la mujer» con la que había vivido enamorado desde hacía años, en la que había confiado y a la que tan bien conocía, le hiciera aquello a «él», tanto «él» como «la mujer de la cama» eran en realidad otras personas. El pastor creyó de inmediato en aquella sorprendente sustitución corroborada además por la señal sobrenatural que le había proporcionado el Sol. Por supuesto estaba dispuesto a sufrir la pena correspondiente al crimen de aquella otra persona que recordaba que le había poseído por un instante, pero quería que tanto la mujer como el hombre que había matado en la cama fueran considerados dos ladrones que habían entrado en su casa para aprovecharse impúdicamente de la comodidad de su lecho. Después de cumplir su condena, fuera la que fuese, se echaría a los caminos para buscar a su esposa, a la que no veía desde el día del eclipse y, después de encontrarla, comenzaría a buscar si propia personalidad perdida, quizá con ayuda de su mujer. ¿Cuál fue el castigo que el juez impuso al pastor?
 
Mientras escuchaba las respuestas que los de la mesa le daban a la pregunta del anciano coronel, Galip pensaba que había leído o escuchado aquella historia en otro lugar, pero era incapaz de recordar en cuál. Por un momento, mientras observaba una de las fotografías que el fotógrafo había traído y repartía entre los componentes de la mesa, creyó que iba a descubrir de dónde recordaba la historia y al hombre pero, en ese momento le pareció que podría decir de repente quién era ese hombre y, como en la historia del fotógrafo, así descifrar el misterio de una de aquellas caras cuyo significado era tan difícil de interpretar. Cuando le llegó el turno a Galip opinó que el juez perdonaría al pastor y en ese instante sintió que había resuelto el secreto del significado del rostro del militar jubilado: era como si cuando comenzó a contar su historia fuera una persona y al terminarla fuera otra. ¿Qué le había ocurrido mientras narraba la historia? ¿Qué era lo que le había cambiado mientras narraba la historia?

Orhan Pamuk (Turquía, 1952).
Obtuvo el premio Nobel en 2006.

miércoles, 18 de enero de 2023

Enero: EL LIBRO NEGRO, de Orhan Pamuk

"... y que se favorita Bezmiálem (...) está representada llevando con todo descaro una cruz de rubíes y diamantes."

(Fragmento del capítulo 30: Hermano mío)

Dame tu dirección y te me mostraré grabados de los últimos ocho sultanes otomanos haciéndoselo con las mujeres de su harén, a las que han vestido de putas occiden- tales y con las que se han citado en un rincón secreto de Estambul. ¿Sabías que en las sastrerías y burdeles de lujo de París le llamaban a esa enfermedad que requería tanto de ropa y de accesorios «el mal turco»? ¿Sabías que en el grabado en el que se muestra a Mahmud II fornicando disfrazado en un callejón oscuro de Estambul nuestro sultán lleva en sus piernas desnudas las botas que calzaba Napoleón en su expedición a Egipto y que su favorita Bezmiálem, la madre del heredero -abuela, por cierto, de ese príncipe cuya historia tanto te gusta y madrina de un barco otomano-, está representada llevando con todo descaro una cruz de rubíes y diamantes?

- ¿Y la cruz? -preguntó Galip con cierta alegría y sintiendo por primera vez en los seis días y siete horas desde que su mujer lo había abandonado que saboreaba la vida.

- Sé que no es una casualidad que justo debajo del artículo del 18 de enero de 1958 en el que hablabas algo pretenciosamente de la geometría egipcia primitiva, del álgebra árabe y del neoplatonismo siríaco para probar que, como forma, la cruz era lo opuesto a la media luna, su negación y su «negativo», se publicara la noticia de la boda de Edward G. Robinson, «el duro mascador de puros de la pantalla y la escena», que tanto me gustaba, con la diseñadora de modas neoyorquina Jane Adler y una fotografía en la que los recién casados aparecían bajo la sombra de una cruz. Dame tu dirección. Una semana inmediatamente después de ese artículo, escribiste otro en el que afirmabas que el hecho de que a nuestros niños se les enseñe el miedo a la cruz y el entusiasmo por la Media luna produce como resultado una represión que en sus años de madurez les impide descifrar los rostros mágicos de Hollywood y una indecisión sexual que les lleva a pensar que todas las mujeres con cara de luna son sus madres o sus tías, y para demostrar tu idea decías que si las noches de los días en que se habían enseñado las Cruzadas se hiciera un control en los dormitorios de los internados para becarios, se descubrirían cientos de estudiantes que habían mojado la cama.

Orhan Pamuk (Turquía, 1952).
Obtuvo el premio Nobel en 2006.

(Traducido al español por Rafael Carpintero).

miércoles, 6 de febrero de 2019

Febrero: NIEVE, de Orhan Pamuk

"¿... esa nevosa noche de febrero en aquella ciudad olvidada?"

(Fragmento del capítulo 1: El silencio de la nieve)
 
El viaje a Kars

En cuanto se bajó del autobús y sus pies se posaron en la blanda tierra un intenso frío le subió por la pernera de los pantalones. Mientras preguntaba por el hotel Nieve Palace, donde había reservado habitación por teléfono desde Estambul, vio caras conocidas entre los pasajeros a los que les entregaba el equipaje el auxiliar del conductor, pero no pudo descubrir de quiénes se trataba bajo la nieve.
 
Volvió a verles en el restaurante Verdes Prados, al que fue después de instalarse en el hotel. Un hombre avejentado y cansado pero todavía apuesto y atractivo con una mujer gruesa pero activa que por lo que se veía era su compañera en la vida. Ka los recordaba de Estambul, de las obras de teatro políticas, tan llenas de consignas: el hombre se llamaba Sunay Zaim. Mientras les contemplaba absorto se dio cuenta de que la mujer se parecía a una compañera de clase de la escuela primaria. Ka vio también la piel pálida y muerta tan propia de los ambientes teatrales en los otros hombres que les acompañaban a la mesa. ¿Qué hacía aquella pequeña compañía de teatro esa nevosa noche de febrero en aquella ciudad olvidada? Antes de salir del restaurante, que veinte años antes se mantenía gracias a funcionarios encorbatados, Ka creyó ver en otra mesa a uno de los héroes izquierdistas de la revolución armada de los setenta. Pero parecía que sus recuerdos se hubieran borrado bajo una capa de nieve, como Kars y el restaurante, cada vez más empobrecidos y pálidos.
 
¿No había nadie en la calle a causa de la nieve o de hecho nunca había nadie en aquellas congeladas aceras? Leyó cuidadosamente los carteles electorales de los muros, los anuncios de academias y restaurantes y los pósters en contra del suicidio que la delegación del Gobierno acababa de fijar y en los que estaba escrito «El Ser Humano es una Obra Maestra de Dios y el Suicidio una Blasfemia». Ka vio a un grupo de hombres que contemplaban la televisión en una casa de té medio llena con las ventanas cubiertas de escarcha. Le alivió un tanto ver los antiguos edificios de piedra de construcción rusa que en su memoria convertían a Kars en un lugar especial.
 
 
Orhan Pamuk (Turquía, 1952), Obtuvo el premio Nobel en 2006.
 
(Traducido al español por Rafael Carpintero).
La ilustración corresponde a un hotel en la ciudad de Kars, Turquía, durante el invierno. 

sábado, 27 de octubre de 2018

Otoño: EL CASTILLO BLANCO, de Orhan Pamuk

"Era uno de esos hermosos días de otoño que huelen a mar y a algas. Pasamos toda la mañana junto a un estanque de nenúfares..."

(Fragmento del capítulo 9)

Un día, cuando el Maestro me dijo que esa mañana el sultán nos esperaba a los dos, fui con él a palacio. Era uno de esos hermosos días de otoño que huelen a mar y a algas. Pasamos toda la mañana junto a un estanque de nenúfares bajo los ciclamores y plátanos de un bosquecillo bastante grande cubierto por las hojas rojas caídas de los árboles. El sultán quiso que habláramos de las ranas que llenaban vivaces el estanque. El Maestro no le complació y soltó un par de lugares comunes faltos de fantasía y colorido. Al sultán no le importó aquella descortesía que a mí tanto me sorprendió. Estaba más interesado en mí.
 
Así pues, hablé largamente del mecanismo de salto de las ranas, de la circulación de su sangre, de cómo sus corazones seguían latiendo un buen rato si se separaban con cuidado del cuerpo y de las moscas e insectos que comían. Pedí papel y pluma para mostrarle mejor la evolución que sufrían desde el huevo hasta llegar a parecerse a las ranas adultas del estanque. El sultán se mostró muy interesado mientras yo hacía los dibujos con el juego de cálamos que me trajeron en un estuche de plata con incrustaciones de rubíes. Escuchó muy divertido las fábulas que todavía podía recordar en las que aparecían ranas, y aunque arrugó el gesto con náuseas cuando le llegó el turno al cuento de la princesa que besaba a la rana, no me pareció en absoluto el jovencito estúpido del que hablaba el Maestro; era más bien como un adulto con la cabeza sobre los hombros que quiere comenzar el día hablando de ciencia y arte. Al final de aquellas hermosas horas, que el Maestro se pasó rezongando, el sultán me dijo mirando los dibujos de ranas que tenía en la mano: «De hecho, ya sospechaba que habías sido tú quien se había inventado las historias. ¡Así que además también dibujaste las ilustraciones!». Luego me preguntó por los sapos bigotudos.
 
Así fue como comenzó mi relación con el sultán.


Orhan Pamuk (Turquía,1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

(Traducido al español por Rafael Carpintero).

domingo, 15 de abril de 2018

NIEVE, de Orhan Pamuk

"Cuando el autobús llegó a las nevadas calles de Kars (...) fue incapaz de reconocer la ciudad."

(Fragmentos del capítulo 1: El silencio de la nieve. El viaje a Kars)

El silencio de la nieve, pensaba el hombre que estaba sentado inmediatamente detrás del conductor del autobús. Si hubiera sido el principio de un poema, habría llamado a lo que sentía en su interior el silencio de la nieve.
 
***
Con la mirada clavada en el cielo, que se veía más luminoso que la tierra según caía la noche, no consideraba los copos cada vez más grandes que esparcía el viento como signos de un desastre que se aproximaba sino como señales de que por fin habían regresado la felicidad y la pureza de los días de su infancia.
 
***
 
Sentía que la extraordinaria belleza de la nieve que caía le provocaba más alegría incluso que la visión de Estambul años después. Era poeta, y en un poema escrito años atrás y muy poco conocido por los lectores turcos había dicho que a lo largo de nuestra vida sólo nieva una vez en nuestros sueños.

Mientras la nieve caía pausadamente y en silencio, como nieva en los sueños, el viajero sentado junto a la ventana se purificó con los sentimientos de inocencia y sencillez que llevaba años buscando con pasión y creyó, optimista, que podría sentirse en casa en este mundo.
 
***
 
Cuando el autobús llegó a las nevadas calles de Kars a las diez, con tres horas de retraso, Ka fue incapaz de reconocer la ciudad. No pudo descubrir donde estaban ni el edificio de la estación que había aparecido frente a él el día de primavera en que había llegado veinte años atrás en un tren de vapor ni el hotel República, con teléfono en todas las habitaciones, al que le había llevado el cochero después de pasearle por toda la ciudad. Todo parecía haber sido borrado, haber desaparecido bajo la nieve.
 
***
 
A medianoche, con el pijama ya puesto y antes de meterse en la cama, entreabrió ligeramente las cortinas. Contempló cómo los enormes copos de nieve caían sin cesar.
 
 
 Orhan Pamuk (Turquía, 1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.
 
(Traducido al español por Rafael Carpintero).

La ilustración corresponde a la ciudad de Kars, en Turquía, bajo la nieve.