Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 19 de enero de 2023

Enero: HORACIO QUIROGA, el suicidio como destino


Fue el 19 de febrero de 1937, cuando Horacio Quiroga, tras enterarse de que padecía un avanzado e incurable cáncer gástrico, decidió suicidarse ingiriendo cianuro. Sin embargo, su vida parecería marcada por las muertes trágicas de su entorno. No había cumplido ni tres meses de edad cuando su padre murió al dispararse accidentalmente la escopeta que llevaba; siendo todavía adolescente, de quince años, su padrastro se suicidó tras padecer un derrame cerebral; sus hermanos Prudencio y Pastora murieron de fiebre tifoidea en el Chaco; y la muerte accidental de su mejor amigo, Federico Ferrando, fue todavía más dramática: éste había decidido batirse en duelo, como se estilaba por aquella época -lo narrado tuvo lugar en 1901-, con un periodista de Montevideo, que era donde radicaban. Ferrando se lo informó a Quiroga quien, en un acto de buena fe, se dio a la tarea de revisar y limpiar el revólver de su amigo cuando una bala se disparó por accidente, provocando su muerte instantánea. Incluso permaneció detenido unos días hasta que se pudo aclarar la naturaleza fortuita de lo acontecido.

Marcado por la experiencia, decide abandonar su Uruguay natal y se traslada a Argentina. En Buenos Aires se dedica a la docencia y como era un buen fotógrafo, su maestro Leopoldo Lugones lo invita a viajar a la región de las misiones jesuitas, en la selva. Quiroga se enamoró de aquel lugar -lo cual quedaría plasmado en su obra- y, con el tiempo, adquirió una propiedad en Misiones, a la que se llevaría a vivir a su esposa Ana María Cirés, una joven muy bella que había sido su alumna y a quien le dedica su novela Historias de un amor turbio. Pero como si un oráculo griego lo hubiese determinado, hastiada de la monotonía de una vida tan apartada, acabaría por suicidarse, ingiriendo veneno. La agonía fue terrible, se prolongó varios días, durante los cuales Quiroga le pidió perdón y le suplicó que viviera, pero fue inútil. Habían tenido dos hijos, Eglé -hermoso nombre mitológico: la más bella de las hijas del sol- y Darío. Tras su muerte, por fin decidió regresar a Buenos Aires con sus hijos, no sin antes quemar la ropa y destruir sus fotos, borrar todo vestigio de la presencia de Ana María en su vida.

Tiempo después se enamoró de una joven de 17 años, que también se llamaba Ana María, pero los padres se opusieron a la relación y se la llevaron lejos de él. Eso inspiró su novela Pasado amor, que publicaría en 1929. Finalmente, se casó con María Elena Bravo, una compañera de escuela de su hija Eglé, que aún no había cumplido los veinte años cuando se fue a vivir con él a la propiedad que conservaba en Misiones.

Los cuentos de Quiroga fueron equiparados con el estilo de Poe, fantasías misteriosas y a menudo delirantes. En 1896, antes de cumplir los dieciocho años, escribió una reflexión premonitoria sobre el suicidio: "Para mí el suicidio sigue inmediatamente a la desgracia. El arruinado se mata cuando su casa quiebra. El enfermo se mata cuando llanamente comprende que su mal no tiene cura y entre sufrir y no sufrir es fácil la elección..." Poco tiempo después de que su segunda esposa lo abandonó, se le diagnosticó el cáncer que lo orilló al suicidio en 1937, cuando tenía 58 años de edad.

Pero el recuento de los suicidios no termina allí. Leopoldo Lugones, su mentor literario y a quien Quiroga tanto admiraba, se embarcó rumbo a un lugar de recreo denominado Tigre, en Argentina, vestido de blanco, pidió un whisky y se le veía tranquilo. Después en su habitación, lo mezcló con cianuro y lo ingirió. Era el 18 de febrero de 1938. Al día siguiente se cumpliría el primer aniversario de la muerte de Quiroga.

Cuando Alfonsina Storni y Quiroga se conocieron, surgió entre ambos una simpatía inmediata y se decía que hubo algo más que amistad. Al enterarse de su muerte ella escribió:
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien que luego sonreías...
Allá dirán.

Por la misma época de la muerte de Lugones, también se suicidó Eglé, la hija de Quiroga. Devastada, Alfonsina empezó a frecuentar el Tigre durante ese año. Debido a que padecía de cáncer en el seno se le había practicado una mastectomía un par de años atrás. El 25 de octubre se internó en el mar con todos los poemas que le quedaban por escribir. Darío, el último sobreviviente de los Quiroga Cirés, se suici- daría más tarde, en 1952.

En sus días finales, Quiroga le envió una carta de despedida a uno de sus amigos, César Tiempo -periodista y escritor argentino de origen ucraniano-, donde le decía: "Yo ya escribí cien cuentos y dije todo lo que tenía que decir". Un tanto a la manera del poeta Cesare Pavese, cuyo testamento fueron el puñado de palabras que precedieron a su suicidio: "Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más".
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de la casa de Horacio Quiroga,
en San Ignacio, provincia de Misiones, Argentina.

sábado, 1 de octubre de 2022

Octubre: LANGUIDEZ, de Alfonsina Storni

"Me he tendido en la hamaca, muy cerca de la puerta, un poco amodorrada."

Está naciendo octubre
con sus mañanas claras.

He dejado mi alcoba
envuelta en telas claras,
anudado el cabello
al descuido; mis plantas
libres, desnudas, juegan.

Me he tendido en la hamaca,
muy cerca de la puerta,
un poco amodorrada.
El sol que está subiendo
ha encontrado mis plantas
y las tiñe de oro...

Perezosa, mi alma
ha sentido que, lento,
el sol subiendo estaba
por mis pies y tobillos
así como buscándola.

Yo sonrío: este bueno
de sol no ha de encontrarla,
pues yo, que soy su dueña,
no sé por donde anda:
cazadora, ella parte
y trae, azul, la caza...

Un niño viene ahora,
la cabeza dorada...

Se ha sentado a mi lado,
cerrada la palabra;
como yo el cielo mira,
como yo, sin ver nada.
Me acaricia los dedos
de los pies, con la blanca
mano; por los tobillos
las yemas delicadas
de sus dedos desliza...
Por fin, sobre mis plantas
ha puesto su mejilla,
de flor recién regada.*

Cae el sol dulcemente,
oigo voces lejanas,
está el cielo muy lejos...

Yo sigo amodorrada
con la rubia cabeza
muerta sobre mis plantas.

... Un pájaro... la arteria
que por su cuello pasa...

Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, (1892-1938).

* En su versión original, publicada en el poemario titulado Languidez, en lugar de "flor recién regada" decía:
Y en la fría pizarra
Del piso el cuerpo tiende
Con infinita gracia.
Así es como fue publicada por la Cooperativa Editorial Buenos Aires, en 1920.

jueves, 7 de julio de 2022

Julio: MIS ÚLTIMOS VEINTICINCO AÑOS DE VIDA, de Yukio Mishima


Mi proyecto era conceder el mismo valor a mi cuerpo y a mi espíritu y ofrecer una demostración práctica de ello, destruyendo de raíz las ilusiones del modernismo literario. Es un antiguo sueño mío fundir, mediante un acto de voluntad, los extremados contrastes de la fragilidad del cuerpo y la fuerza de la literatura, de la debilidad de la literatura y la solidez del cuerpo: una empresa probablemente jamás intentada ni siquiera por los escritores europeos, y cuyo cumplimiento me habría permitido, como escribió Baudelaire ¨a ser verdugo y el ajusticiado¨.

Mis últimos veinticinco años de vida
Publicado en el diario japonés Sankei, el 7 de Julio de 1970.

Yukio Mishima: Kimitake Hiraoka (Japón, 1925-1970).

jueves, 5 de marzo de 2020

Marzo: SOY VERTICAL, de Sylvia Plath

"Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas..."

Soy vertical

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con mis raíces en la tierra
Absorbiendo minerales y amor maternal
De manera que cada marzo puedan resplandecer mis hojas
Tampoco soy la belleza en el lecho del jardín
Atrayendo mi porción de exclamaciones con espectaculares matices,
Ignorando que pronto perderé mis pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
Y no soy tan alta como la corola de una flor, pero más asombrosa, 
Y quiero la longevidad de uno y la temeridad de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
De los árboles y las flores emanan frescos aromas,
Camino entre ellos, pero ninguno parece notarlo.
A veces pienso en eso cuando estoy durmiendo
Debo procurar parecerme a ellos - 
Los pensamientos se desvanecen.
Es más natural así, recostada.
Entonces, el cielo y yo podremos conversar.
Y seré útil cuando por fin permanezca en la tierra:
Los árboles podrán tocarme y las flores tendrán tiempo para mí.


(But I would rather be horizontal.

I am not a tree with my root in the soil
Sucking up minerals and motherly love
So that each March I may gleam into leaf,
Nor am I the beauty of a garden bed
Attracting my share of Ahs and spectacularly painted,
Unknowing I must soon unpetal.
Compared with me, a tree is immortal
And a flower-head not tall, but more startling,
And I want the one's longevity and the other's daring.

Tonight, in the infinitesimal light of the stars,
The trees and the flowers have been strewing their cool odors.
I walk among them, but none of them are noticing.
Sometimes I think that when I am sleeping
I must most perfectly resemble them -
Thoughts gone dim.
It is more natural to me, lying down.
Then the sky and I are in open conversation,
And I shall be useful when I lie down finally:
Then the trees may touch me for once, and the flowers have time for me.)


Sylvia Plath (Estados Unidos, 1932-1963).

(Traducido del inglés por Jules Etienne).

martes, 22 de julio de 2014

Espejos (82): ESPEJO, de Sylvia Plath

"Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna.Veo su espalda y la reflejo con fidelidad."

Soy de plata y exacto. No tengo prejuicios.
Todo lo que veo, lo trago de inmediato.
Tal y como es, intacto de amor o de antipatía.
No soy cruel, sólo veraz.
El ojo de un pequeño dios con cuatro esquinas.
La mayor parte del tiempo medito sobre la pared de enfrente.
Es rosa, con manchas. La he mirado tanto
Que creo ya es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Caras y oscuridad nos separan una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se reclina sobre mí,
Buscando a través mío quién es ella en realidad.
Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo con fidelidad.
Me recompensa con lágrimas y ademanes.
Soy importante para ella. Viene y va.
Cada mañana es su rostro lo que reemplaza a la oscuridad.
En mí ha ahogado a una joven y desde mí una vieja
Avanza hacia ella día tras día, como un pez terrible.
 
 
(I am silver and exact. I have no preconceptions.
What ever you see I swallow immediately
Just as it is, unmisted by love or dislike.
I am not cruel, only truthful-
The eye of a little god, four-cornered.
Most of the time I meditate on the opposite wall.
It is pink, with speckles. I have looked at it so long
I think it is a part of my heart. But it flickers.
Faces and darkness separate us over and over.
Now I am a lake. A woman bends over me,
Searching my reaches for what she really is.
Then she turns to those liars, the candles or the moon.
I see her back, and reflect it faithfully.
She rewards me with tears and an agitation of hands.
I am important to her. She comes and goes.
Each morning it is her face that replaces the darkness.
In me she has drowned a young girl, and in me an old woman
Rises toward her day after day, like a terrible fish.)


Sylvia Plath (Estados Unidos, 1932-1963)

(Traducido del inglés por Jules Etienne)

viernes, 11 de octubre de 2013

Páginas ajenas: EXILIO, de Alejandra Pizarnik

"Esta manía de saberme ángel..."

a Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en que vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.
 
¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?
 
Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles.
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.
 
 
Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972)

lunes, 11 de febrero de 2013

A Sylvia Plath, cincuenta años después


Miró su rostro en el espejo por última vez, un testigo de plata exacto, sin prejuicios, cuyo reflejo le devolvía las lágrimas que ahora se llevaban los que alguna vez fueron sus sueños. No la vería envejecer. Era rubia y decían que tenía una sonrisa espléndida. Nada la entusiasmó tanto como las únicas dos cosas que realmente le importaron: la poesía y su amor por Ted. Estaba escribiendo mejor que nunca, repetían como un eco las voces de quienes leían sus poemas, pero él la dejó por otra mujer abriendo un hueco en su alma que ni siquiera el espejo, el ojo de ese pequeño dios de cuatro esquinas, podía percibir. Por eso, y sin que Frieda y Nicholas -el pequeño Nick recién había cumplido un año-, que dormían en la recámara, tuviesen la oportunidad de obsequiarle el aliento que necesitaba para seguir viviendo. Abrió el horno y dejó fluir el gas, hundió primero la cabeza y luego su vida entera en el mar vaporoso en que se ahogaba. A la mañana siguiente, su rostro no reemplazó a la oscuridad en la superficie del espejo.

Sylvia Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963. Hoy se cumplen cincuenta años.

 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a la tumba de Sylvia Plath en Heptonstall, Yorkshire.

viernes, 26 de octubre de 2012

Páginas ajenas: LA CARICIA PERDIDA, de Alfonsina Storni



Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al rodar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida, ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va,

si no ves esa mano ni la boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de llamar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida ¿me reconocerás?
 
 
Alfonsina Storni (Argentina nacida en Suiza, 1892-1938)

jueves, 25 de octubre de 2012

ALFONSINA STORNI (1892-1938): Es un soplo la vida

 
Por la blanda arena que lame el mar
su pequeña huella no vuelve más...
 
Alfonsina Storni murió un 25 de octubre...
 
Muchas veces, Alfonsina, me he preguntado: ¿Cuándo se mueren los poetas? ¿al decidir que ya expresaron todo lo que tenían que decir o al tomar conciencia de que su sensibilidad contrasta con la banalidad del mundo? O, tal vez, al ver a la realidad reflejarse en el espejo de su propia crueldad. ¿Por éso se suicidan los poetas? Como Sylvia Plath, por el abandono amoroso; como Yukio Mishima por su concepto -tan japonés- del honor; por el fracaso literario que no fue capaz de soportar Vladimir Maiakovski ("Lo difícil no es morir, sino seguir viviendo"); por intoxicación alcohólica como Dylan Thomas, Serguéi Esenin o Malcolm Lowry; mejor aún, como Cesare Pavese ("Vendrá la muerte y tendrá tus ojos..."), por la imposibilidad de vivir. O como tú, Alfonsina, para cortar de una vez el sufrimiento.
 
Un sendero de pena y silencio
llegó hasta el agua profunda...
 
Para esos poetas, lo dijo Ciorán: "Todo ha sido posible, salvo su vida." Pero ¿cómo mueren los poetas suicidas? Gabriel Ferrater cuando tenía treinta años, amenazó que nunca llegaría a los cincuenta y uno. Cumplió su palabra. Se asfixió atándose una bolsa de plástico en la cabeza antes de que eso sucediera. La poeta austríaca Ingeborg Bachmann, hizo realidad el viejo deseo -tan poético, habría que subrayarlo-, de una cama en llamas, pero no por las pasiones amorosas, sino que se quemó viva prendiéndole fuego. Un borracho encontró el cadáver de Gérard de Nerval ("Hoy no me esperes, porque la noche será blanca y negra..."), cubierto de nieve, luego de que se había ahorcado colgándose de una reja en un callejón de París. Paul Celán se arrojó al río Sena, Hart Crane saltó de la cubierta del buque Orizaba y su cadáver jamás fue encontrado en las aguas del Atlántico ("En la borda, el sabor a salitre/ me llama a ser océano./ Valoro la distancia/ y alzo el vuelo.") y tú, Alfonsina, simplemente te fuiste a perder en el mar.
 
Un sendero sólo de penas mudas
llegó hasta la espuma.
 
Y ¿qué cantan los poetas cuando van a morir? Georg Trakl había dicho: "No he vivido, lo sé.../ Tan sólo he muerto", y en su poema póstumo se lamentaba: "La llama ardiente del espíritu nutre ahora un tremendo dolor: ... los nietos nonatos." José Agustín Goytisolo escribió: "Ocurrió que fue siempre un solitario/ ocurrió que la vida dejó de interesarle." Anne Sexton en El Deseo de Morir aseguraba: "Los suicidas traicionan al cuerpo de antemano." Alejandra Pizarnik en su carta póstuma a Antonio Beneyto terminaba escribiendo: "Y aquí te dejo para ir a despachar la carta a un correo lejano que no cierra por la noche." Y también tú, Alfonsina, en un poema premonitorio lo advertías:
 
"Un día estaré muerta, blanca como la nieve,
dulce como los sueños en la tarde que llueve.
 
Un día estaré muerta, fría como la piedra,
quieta como el olvido, triste como la hiedra.
 
Un día habré logrado el sueño vespertino,
el sueño bien amado donde acaba el camino.
 
Un día habré dormido con un sueño tan largo
que ni tus besos puedan avivar el letargo."
 
La muerte desconoce el pasado y el futuro. Es el silencio del tiempo. El pasado ya no importa y el futuro se desvanece. Sea en el olvido o permaneciendo en la memoria ajena, la muerte, nuestra muerte, nos pertenece a cada uno de nosotros al igual que nos ha pertenecido la vida. El suicidio es, entonces, la voluntad de cancelar la memoria. Será una tarea para los vivos, los sobrevivientes, interpretar los motivos del suicida o lo que nos quiso legar en sus poemas.
 
Te vas Alfonsina, con tu soledad.
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevando,
y te vas hacia allá en sueños dormida,
Alfonsina, vestida de mar.
 
Y ahí, en cada estrofa de un poema, en cada palabra, se percibe un fragmento de vida de quien lo escribió. En eso radica su inmanencia. De entre todas las muertes de poetas suicidas, me quedo con la tuya, Alfonsina. Elegiste un martes primaveral, el último acto fue tu mejor poema trágico: "Y el alma mía es como el mar." No creo que alguien lo haya expresado mejor:
 
"La vida mía debió ser horrible,
debió ser una arteria incontenible
y apenas es cicatriz que siempre duele."


Jules Etienne


La ilustración corresponde a una fotografía de Toni Frissell,
que fue publicada en la revista Harper's Bazaar, en 1947.

Esta es una liga al video con una de tantas versiones
(las hay desde Mercedes Sosa y Nana Mouskouri hasta Shakira) de la canción
Alfonsina y el mar, cuyas estrofas sirvieron como leitmotiv de este texto:

domingo, 20 de febrero de 2011

Páginas ajenas: MUERTE DE ISOLDA, de Horacio Quiroga



Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento de mi soledad. Volví la cabeza a la sala, y detuve enseguida los ojos en un palco bajo.

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de años con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro -aun bien hermoso-, reside en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad por ambas partes, se saludaron.

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, de barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

- Se conocen -me dije- y no poco.

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquél, salió por el pasillo lateral. Miré al palco, y ella también se había retirado.

- Final de idilio -me dije melancólicamente.

Él no volvió más, y el palco quedó vacío.

* * *

- Sí, se repiten -sacudió largo rato la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana. Yo quiero tanto como usted esa obra, y acaso más. No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, y con él las treinta y seis situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa. Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones... Sí, ya sé que no se acuerda... No nos conocíamos con usted entonces... ¡Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz... ¡Feliz!... oígame. El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, por que usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Oígame:

La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio hice cuanto estuvo en mí para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante mi amor, privado de tensión, se enfrió.

Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de poseer mi nombre, yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia, flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del téte-a-téte a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de felicidad cada vez que me veía llegar.

La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

Una noche fui allá, dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

- ¿Qué tienes? -me dijo.

- Nada - le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Ella dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos en la sala.

La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo sólo un momento y desapareció.

Romper es palabra corta y fácil; pero comenzarlo...

Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

- ¡Es evidente!... -murmuró.

- ¿Qué? -le pregunté fríamente.

La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

- ¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

- Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.

No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartándome bruscamente la mano con el cigarro, su voz se rompió:

- ¡Esteban!

- ¿Qué? -torné a repetir.

Ésta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fija en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado, al respaldo.

Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía en ella más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas brotaban al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

- Yo creía que no íbamos a tener más escenas le dije paseándome.

No me respondió y agregué:

- Pero que sea esta la última.

Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

- Como quieras.

Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

- ¡Pero qué te he hecho! ¡Qué te he hecho!

- ¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

Mi voz era seguramente más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

- Como quieras.

Era una despedida, yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

- Perfectamente... Me voy. Que seas más feliz... otra vez.

No comprendió y me miró con extrañeza. Yo había ya cometido la primera infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

- ¡Es claro! -apoyé brutalmente-. Porque de mí no has tenido queja... ¿no?

Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

Comprendió más mi sonrisa que mis palabras, y mientras yo salía a buscar mi sombrero en el corredor, su cuerpo y su alma entera se desplomaban en la sala.
 
Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta de propio valer. Y luego la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado es la más bella luz que pueda inundar el corazón de un hombre.

¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

Desesperado, humillado, crucé por delante de la sala y la vi echada sobre el sofá, sollozando el alma entera, entre sus brazos.

¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

- ¡Inés! -dije.

Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor -¡esa vez sí, inmenso amor!

- No, no... -me respondió-. ¡Es demasiado tarde!

(...)

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más seca y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podía apartar de mi memoria aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá...

- Me creerá -reanudó Padilla-, si le digo que en mis insomnios de soltero descontento de sí mismo la he tenido así ante mí... Salí enseguida de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido y torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho que después amó cien veces... Si usted es querido alguna vez como como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá, toda la pureza que hay en mi recuerdo.

Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro... Comprendí al ver al opulento almacenero de su marido, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada -única entre todas las mujeres-, habían sido mías, bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración. También apreciará usted esto algún día.

Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca y mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacía diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

Me levanté entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, y avancé por el pasillo aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable...

Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez años antes sobre el sofá ella, Inés, tendida ahora en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su felicidad deshecha.

¡Inés!... Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!... Pero, ¿habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, la llamé:

- ¡Inés!

Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

- No, no... ¡Es demasiado tarde!


Horacio Quiroga (Uruguay, 1878-1937)
 
La ilustración corresponde a Tristán e Isolda, la muerte (1910), de Rogelio de Egusquiza.

sábado, 19 de febrero de 2011

Plath, Quiroga y Hemingway: La predisposición al suicidio



Recuerdo que recién acababa de ver la película Sylvia -con Gwyneth Paltrow como la trágica Sylvia Plath-. Esa misma noche me puse a leer su poesía y un rato más tarde ya me encontraba en la tarea de traducir al español su poema Espejo. La estrofa final me parecía terrible, por amarga y dolorosa. Aunque entonces caí en la cuenta de que la vejez, después de todo, no es inevitable si se tiene una muerte temprana. En lo personal, siempre he temido más a la senilidad que a la muerte. Me aterra la idea de depender de otros hasta para las tareas cotidianas elementales y esa supervivencia más allá de la inutilidad me parece, de plano, la terca permanencia en un lugar que ya no nos corresponde. Creo que en eso radica la gravedad del suicidio desde el punto de vista de la iglesia, porque en ese caso no es una fuerza superior la que dispone el momento de morir, es un acto volitivo del propio ser humano que lo confronta con su creador, y equivale a un desafío: voy a vivir sólo hasta que yo quiera, hasta que sea mi voluntad. Supongo que eso habrá influido para que la incidencia de suicidios sea tan alta entre los escritores. Finalmente la creación de una obra literaria, con sus arbitrarias situaciones y personajes, al antojo de quien lo escribe, es lo que más puede asemejar a un humano con la divinidad.

A la fecha, todavía sigo sin comprender la gran tragedia de la religión judeo cristiana -en la que hemos sido educados en la cultura occidental-, en torno al suicidio. Griegos y romanos lo practicaban sin tanto dilema moral, para ellos se trataba más bien de una mera cuestión existencial. Todavía en la actualidad, para los japoneses es un acto decoroso. Por ejemplo, cuando un sujeto ha cometido una falta grave, se atormenta con el harakiri y se quita la vida -a propósito de escritores, así lo hizo Yukio Mishima-, de esa manera limpia su honor y el de su descendencia. Es decir, no se trata de un hecho condenable, por el contrario, exalta el valor y el sentido del honor de quien lo practica. Pero a los católicos nos enseñaron que el suicidio va contra los principios de la religión. Por eso no tenemos la visión del suicida, así sea un poeta, como un personaje de belleza trágica. Sylvia Plath se suicidó por amor, o más bien, por la ausencia de él. Cuando se percató de que jamás iba a recuperar el amor perdido, decidió que entonces su existencia carecería de sentido. Lo apostó todo al amor por una persona y perdió. Horacio Quiroga se quitó la vida para evitar el sufrimiento. Después de leer su biografía y con todo lo que padeció ¿no se había ganado el derecho a renunciar a la vida si ésta no iba a ser más que la prolongación de un flagelo? Sin duda se trata de algo muy subjetivo. Pero mi opinión ni siquiera importa, porque la única que realmente cuenta es la de la propia Sylvia Plath, o la de Quiroga o la de Alfonsina Storni.

Después de traducir el poema, escribí un texto tratando de retomar algunas de sus líneas -no se trataba de una paráfrasis porque no era otro poema ni tampoco una recreación-, más bien me ocupaba de su muerte, de los momentos en que debió asumirla y traté de imaginar lo que habría visto en el espejo, con la certeza de que era la última vez que vería su rostro reflejado en él. El título: Sylvia Plath también se suicidó en febrero, se lo puse ayer mismo como consecuencia de que recién me había ocupado de Horacio Quiroga, otro suicida del mismo mes.

En el transcurso del día, recordé que en alguna ocasión, escribiendo sobre los suicidios en la familia Hemingway, encontré una explicación científica:

Ernest Hemingway se disparó con su escopeta en 1954, unos días antes de cumplir los sesenta y dos años. No fue el primero ni el único caso de suicido en la familia, Clarence, su propio padre, también se suicidó a los 57 años, lo mismo que sus tíos Ursula y Leicester, así como su nieta Margaux. Un médico advirtió que el padre de Ernest Hemingway padecía de hemocomatosis, una enfermedad hereditaria que afecta el metabolismo del hierro, el cual se acumula en los tejidos afectando las funciones del páncreas y del hígado, lo que provoca inestabilidad en el cerebro y la consecuencia son severos y prolongados períodos depresivos. Por expresarlo en términos dramáticos: llevan el suicidio en la sangre.



Hace unos días, relataba los suicidios que rodearon al de Horacio Quiroga, tanto el de su primera esposa como el de sus dos hijos. El año antepasado, en marzo, también se suicidó Nicholas, el hijo menor de Sylvia Plath. Tenía un año cuando ella murió en 1963. Era biólogo, radicaba en Alaska y tenía 47 años cuando se ahorcó. Tal vez, en efecto, exista una deficiencia fisiológica que lo propicia. Más allá de cualquier divagación religiosa.


Jules Etienne 

sábado, 28 de agosto de 2010

Páginas ajenas: TIERRA ROJA, TIERRA NEGRA, de Cesare Pavese

 
Tierra roja, tierra negra,
tú vienes del mar,
del verde requemado
donde hay palabras
antiguas y fatiga rojiza
y geranios entre las piedras -
no sabes cuánto traes
del mar, voces y fatiga,
tú, rica como un recuerdo,
como la campiña desnuda,
tú, dura y dulcísima
palabra, antigua por sangre
recogida por los ojos;
joven, como un fruto
que es recuerdo y estación -
tu aliento reposa
bajo el cielo de agosto,
las olivas de tu mirada
endulzan el mar
y tú vives, revives
sin sorprender, segura
como la tierra, oscura
como la tierra, almazara
de estaciones y de sueños,
que a la luna se muestra
antiquísima, como
las manos de tu madre,
la cuenca del brasero.
 
 
Cesare Pavese (Italia, 1908-1950)
 
(Traducido del italiano por Jules Etienne)