Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 15 de enero de 2024

Mirándolas dormir: ELEGÍAS ROMANAS, de Johann Wolfgang von Goethe


"... me roban el goce de la contemplación pura. Estas formas, qué espléndidas (...) Si así fuera dormida Ariadna..."

XIII

(Estrofas finales)

... Ella se mueve en sueños,
se da vuelta en el lecho pero deja su mano en la mía.
El amor profundo y la querencia verdadera nos unen
constantemente, no hay más cambio que los altibajos del apetito.

Oprimo su mano, veo abrirse de nuevo sus ojos
celestiales. "¡Oh no! Déjame descansar, seguir
contemplando la imagen. ¡Que sigan cerrados! Me turban
y embriagan, demasiado pronto me roban el goce
tranquilo de la contemplación pura". Estas formas,
qué espléndidas. Qué noble proporción de las piernas.
Si así fuera, dormida, Ariadna, ¿podrías abandonarla,
Teseo? Un solo beso de esos labios! ¡Oh Teseo,
ahora vete! ¡Mira sus ojos! ¡Ella despierta! Ahora
te retendrá para siempre.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

(Traducido al español por José Joaquín Blanco).
La ilustración de la escultura corresponde a Ariadna dormida, de la galería Uffizi en Florencia, Italia.

lunes, 6 de febrero de 2023

Conejos: EL ZORRO, de J. W. von Goethe

"... me apresó con sus garras traidoramente, y las sentí clavarse entre mis dos orejas."

(
Fragmento del capítulo VII)

Ocho días habían transcurrido de este modo. Era una tarde en que el monarca acababa de sentarse a la mesa, rodeado de todos sus barones, y teniendo a su lado a la Reina, cuando se presentó un conejo, pálido y ensangrentado, exclamando con voz lastimera:

- ¡Rey grande y justiciero, y vosotros, señores poderosos que me escucháis; tened piedad de mí! Pocas veces habréis oído hablar de tan pérfida traición y tan criminal atentado, como el de que he sido víctima, por engaño del malvado Urdemalas. Ayer por la mañana, a eso de las seis, lo encontré sentado delante de Malparto. No dudaba, la verdad, que me dejaría seguir en paz mi camino, confiando en el edicto que publicó hace poco nuestro soberano, para que todos los habitantesde estos reinos viviesen entre sí en perpetua concordia. Cerca de su puerta, y vestido de peregrino, fingía leer el pícaro zorro en su devocionario la oración de la mañana. Todo mi afán era pasar cuanto antes, para venir a vuestra corte. Al verme el asesino, levantóse de un salto, y se apróximo a mí, creyendo yo que vendría a saludarme; pero en lugar de esto, me apresó con sus garras traidoramente, y las sentí clavarse entre mis dos orejas. Como sus uñas son largas y aceradas, pensé perder la vida. No contento con esto, me derribó en tierra. Aforunadamente, pude escapar haciendo un esfuerzo desesperado, y emprendí velozmente la fuga, mientras el agresor refun- fuñaba, y juraba buscarme de nuevo. Así pude salvarme, aunque con la pérdida de una oreja, y como veis, con la cabeza ensangrentada. ¡Mirad! ¡cuatro heridas traigo en ella! Ahora comprenderéis con cuánta violencia fui atacado, y cuán a punto estuve de sucumbir. ¡Compadeced, señor, mi pena y mi trabajo, y acordaos de vuestro salvoconducto! ¿Quién podrá viajar? ¿quién se encaminará a vuestra corte, si los ladrones acechan en los caminos, y roban y maltratan a los pasajeros?

Apenas terminaba el conejo su lastimosa historia, presentóse volando Azabache, el locuaz grajo (...)

Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

(Traducido al español por Juan Landa).
La ilustración es obra de Wilhelm von Kaulbach.

domingo, 9 de enero de 2022

Día de reyes: EPIFANÍA, de J. W. Goethe


Son los tres Reyes Magos con su estrella:
ellos comen y beben, pero no pagan de buena gana;
ellos comen con ganas, ellos beben con ganas,
ellos comen y beben, pero no pagan de buena gana.

Los tres Reyes magos han llegado aquí:
son tres de ellos, y no cuatro;
y si entre ellos se encuentra un cuarto,
se tratará de un tercer Rey Mago de más.

Yo, el primero, soy el blanco y también el más apuesto,
¡Deberíais verme de día!
Pero ¡ay! con todas mis especias
no he conseguido el favor de ninguna doncella.

Yo, sin embargo, soy el moreno y el más alto,
bien conocido por las mujeres y por mi canto.
Traigo oro en lugar de especias,
lo que me hace ser bien recibido en todos sitios.

Yo, por fin, soy el negro y el más pequeño,
y quisiera también ser de nuevo el más divertido.
Como con ganas, bebo con ganas,
como, bebo, y agradezco de buena gana.

Los tres Reyes Magos tienen las mejores intenciones:
buscan a la Madre y al Niño,
junto a los cuales estará sentado el piadoso José,
mientras el buey y el asno yacerán sobre la paja.

Traemos mirra, traemos oro
y a las damas les encanta el incienso;
tenemos vino extraído de buenas viñas
y nosotros tres bebemos como por seis.

Como aquí no hay más que apuestos señores y damas,
pero no se ve a ningún buey ni a ningún asno,
entendemos que no nos hallamos en el sitio correcto
y por eso, continuamos de nuevo nuestro camino.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

El poema original de Goethe fue musicalizado por Hugo Wolf. La canción lleva por título Epifanía (Epiphanias)..
(Traducido al español por Abel Alamillo).

jueves, 30 de diciembre de 2021

El año nuevo según Goethe


En las páginas de
Werther que corresponden a los últimos días del año -en el capítulo que lleva por título 20 de diciembre-, puede leerse una alusión respecto a la inminencia del año nuevo:

Los abrazó cariñosamente, se disponía a abandonarlos, cuando el más pequeño dio señales de querer decir algo al oído. El secreto se redujo a participarle que sus hermanos mayores habían escrito felicitaciones para el año nuevo: una para el papá, otra para Alberto y Carlota, y otra para Werther. Todas las entregarían por la mañana temprano el primer día del año. Estas palabras le enternecieron: hizo algunos regalos a todos y tras de encargarles que saludaran a su papá, montó a caballo y se marchó llorando.

El año nuevo (Zum neuen Jahr) es un poema leído por su autor el 31 de diciembre, día de San Silvestre, de 1801, es decir, como preámbulo para recibir 1802, ante un grupo de siete parejas denominado la Coronilla de los miércoles.

Entre lo viejo,
entre lo nuevo
aquí estamos complacidos,
nos proporciona felicidad.
Y el pasado significa
tener la confianza
de mirar hacia adelante
y mirar también atrás.

Las horas de peste
y de tristeza separan
a la fidelidad del sufrimiento
y al amor de la lujuria;
Días mejores
nos volverán a reunir,
los cantos serenos
fortalecen el pecho.

Sufrimientos y alegrías
se desvanecen,
son quienes se unen
alegremente recordados.
¡Oh el extraño
giro del destino!
¡Antigua conexión,
nuevos regalos!

Gracias a la lluvia,
felicidad creciente,
gracias al destino
por un bien viril,
regocíjate en el cambio
de instintos alegres,
amor abierto,
¡resplandor secreto!

Otros estarán mirando
las opacas arrugas
que cubren a los viejos
tristes y tímidos;
pero los ilumina el brillo
de la amistosa lealtad;
mira como el recién llegado
se encuentra con lo nuevo.

Al igual que en el baile
de pronto se separa
la pareja amorosa
para encontrarse de nuevo;
entonces, a través de la vida
en su difracción confusa
nos guía por la pendiente
para entrar al año nuevo.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1759.1832).

(La traducción del párrafo de Werther es de José Valor y del poema El año nuevo de Jules Etienne).

viernes, 2 de julio de 2021

Venecia: EPIGRAMAS VENECIANOS, de J. W. Goethe


20

Quietos junto al arsenal hay dos leones de la Grecia antigua;
a su lado parecen pequeños torre, puerta y canal.
Si la madre de los dioses descendiera, los leones se doblegarían
ante el carro, y ella los pondría adelante como caballos.
Pero ahora descansan tristes; el nuevo gato alado ronronea
por todas partes, y Venecia lo denomina su patrón.

 
Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

miércoles, 3 de marzo de 2021

Miércoles de ceniza: FAUSTO, de J. W. von Goethe

"Pasemos, pues, el tiempo en medio del regocijo y en muy buena hora, llegue el miércoles de ceniza."

(Fragmento)

El Emperador: Esos los dejo para ti. ¿Para qué pueden servir las tinieblas? Si alguna cosa tiene valor, muéstrelo a la luz del sol. ¿Quién distingue lo suficiente al bribón en la noche oscura? Negras son las vacas, como pardos son los gatos. Maneja tu arado, y labrando la tierra, saca a luz esas jarras llenas de oro que están ahí abajo.
 
Mefistófeles: Empuña el azadón y la pala; cava tú mismo. El trabajo de campesino te va a engrandecer, y del suelo surgirá un rebaño de becerros de oro. Entonces, sin reparo alguno, con embeleso podrás engalanarte a ti mismo y engalanar a tu amada. Una pedrería radiante de color y luz da realce tanto a la belleza como a la majestad.
 
El Emperador: Pues ¡al momento! ¡al momento! ¿Hasta cuándo hay que esperar?
 
El Astrólogo (Como antes): Modera, Señor, tan apremiante anhelo. Deja pasar primero la abigarrada fiesta. Un ánimo distraído no nos conduce al fin propuesto. Ante todo, es menester purificarnos en el recogimiento, merecer lo inferior por medio de lo superior. Quien quiera el bien, empiece por ser bueno; quien ansíe el gozo, aquiete su sangre; quien apetezca vino, estruje racimos maduros; quien milagros espere, fortalezca su fe.
 
El Emperador: Pasemos, pues, el tiempo en medio del regocijo y en muy buena hora, llegue el miércoles de ceniza. Entretanto, sea como fuere, celebremos con más alegría que nunca el bullicioso carnaval.

(Toque de trompetas. Se van).
 
Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

domingo, 26 de abril de 2020

Epidemias: FAUSTO, de J. W. von Goethe

"Subamos unos pasos más arriba hacia aquella roca, y descansemos allí de nuestro paseo."

Ante la puerta de la ciudad

(Fragmento

Un viejo aldeano: Bello es de su parte, señor doctor, el no desdeñarnos en el día de hoy y pasear entre este numeroso gentío, siendo usted un sabio tan eminente. Acepte, pues, el más lindo jarro, que hemos llenado de fresca bebida. Se lo presento deseando vivamente que no sólo apague su sed, sino también que cada gota que contiene sea un día más añadido a los de su existencia.

Fausto: Acepto esa refrescante bebida, y la retribuyo con ¡salud! y ¡gracias! a todos.

La gente se reúne alrededor, formando un círculo.

Un viejo aldeano: Muy bien hizo usted en dejarse ver por aquí en un día alegre, ya que en otro tiempo y en calamitosos días se mostró usted con nosotros muy benévolo. Más de uno hay aquí lleno de vida, a quien su padre arrancó por fin al ardiente furor de la fiebre cuando puso término a la pestilencia. Y usted también, joven como era entonces, acudía a todas las casas donde había enfermos; se llevaban no pocos cadáveres, pero usted salía de allí sano y salvo. Había soportado muchas duras pruebas; a nuestro salvador salvó el Salvador de lo alto.

Todos: ¡Salud al hombre acrisolado, para que nos pueda ayudar aún largo tiempo!

Fausto: Prostérnense ante Aquel de las alturas, que enseña a socorrer y envía el socorro.

Se aleja con Wagner.

Wagner: ¡Qué impresión debes sentir, gran hombre, ante el respeto de esa multitud! ¡Ah! ¡Dichoso quien puede sacar tal fruto de sus dotes! El padre te muestra a su hijo; todo el mundo pregunta, se estruja y acude presuroso; enmudece el violín; se para el que está bailando. Echas a andar, y se colocan ellos en fila, vuelan los gorros por el aire, y poco falta para que se doblen las rodillas cual si pasara el Santísimo Sacramento.

Fausto: Subamos unos pasos más arriba hacia aquella roca, y descansemos allí de nuestro paseo. ¡Cuántas veces solo, pensativo y mortificado por la oración y el ayuno, vine a sentarme en este mismo sitio! Rico de esperanzas, firme en la fe, imaginaba yo arrancar del Señor de los cielos, a fuerza de lágrimas, suspiros y retorcimientos de manos, el término de aquel contagio. Las aclamaciones de la multitud resuenan ahora en mis oídos como un sarcasmo cruel. ¡Oh! Si pudieras leer en mi interior, verías cuán poco merecimos tal gloria el padre y el hijo. Era mi padre un oscuro hombre honrado, que de buena fe, pero a su manera, se metió a discurrir con afán quimérico sobre la Naturaleza y sus sagrados círculos. Acompañado de algunos adeptos se encerraba en la negra cocina, y allí, con arreglo a recetas sin fin, operaba la trasfusión de los contrarios. Un león rojo, audaz pretendiente, era allí casado con la azucena en el baño tibio, y después, con flameante fuego descubierto, ambos eran torturados de una a otra cámara nupcial. Tras esto, aparecía en el vaso la joven reina con variados colores, y quedaba hecho el remedio. Morían los enfermos, sin que nadie se cuidara de inquirir quién sanaba. Así es que con nuestros electuarios infernales causamos en estos valles y montes más estragos que la peste misma. Con mis propias manos administré el tósigo a millares de pacientes; sucumbían los infelices, y yo debo vivir aún para escuchar los elogios que se tributan a los temerarios asesinos.

Wagner: Pero ¿es posible que usted se inquiete por ello? ¿No hace acaso bastante el hombre honrado que con toda conciencia y puntualidad ejerce el arte que se le trasmitió? Si de joven honras a tu padre, aprenderás de él con gusto; si una vez hombre acrecientas el caudal del saber, tu hijo puede alcanzar una meta más elevada.

Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

miércoles, 20 de marzo de 2019

Tu boca y Primavera: DESPEDIDA, de J. W. von Goethe

"Ya no cortaré más fragantes rosas para con ellas coronar tu frente."

¡Deja que adiós te diga con los ojos
ya que ha decirlo se niegan mis labios!
La despedida es una cosa seria
aún para un hombre, como yo, templado.

Triste en el trance se nos hace, incluso
del amor la más tierna y dulce prueba;
frío se me antoja el beso de tu boca
floja tu mano, que la mía estrecha.

¡La caricia más leve, en otro tiempo
furtiva y volátil, me encantaba!
Era algo así cual precoz violeta,
que en marzo en los jardines arrancaba.

Ya no cortaré más fragantes rosas
para con ellas coronar tu frente.
Frances, es primavera, pero otoño
para mí, por desgracia, será siempre.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

domingo, 13 de enero de 2019

Ultima Thule: EL REY DE THULE, de J. W. von Goethe


Hubo en Thule un rey constante
con su amada, la que un día,
al morir, dejó a su amante
áurea copa que tenía.
 
Fue, de allí, la taza de oro,
don de mágica riqueza,
y al beber, la real tristeza
la humedecía con lloro.
 
Cuando el rey vio su partida
cercana, dio al heredero
la ciudad y un mundo entero,
menos su copa querida.
 
Sentóse luego a la cena
en medio de sus magnates,
y al pie rugen los embates
del mar que la sala atruena.
 
Allí el bebedor anciano
brinda última vez su copa,
la echa al mar y el mar la arropa
en su lecho soberano.
 
La ve hundirse; que se llena
y se pierde en lo profundo…
Y el rey llora su pena
no bebió más sobre el mundo.
 
 
Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).
 
La ilustración corresponde a La copa del rey de Thule (1896), de Camille Metra-Hubbard.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Carnaval: EL CARNAVAL DE ROMA, de J. W. von Goethe


El Corso

El carnaval de Roma se concentra en el Corso, que es la calle que limita y determina los festejos públicos de estos días. En cualquier otra parte sería una fiesta distinta, y por ello debemos, antes que nada, describir el Corso.
 
Como muchas calles largas de las ciudades italianas, debe su nombre a las carreras de caballos con las que termina en Roma cada jornada del carnaval, y con las que, en otros lugares, se pone punto final a otras celebraciones, como una fiesta patronal o la consagración de una iglesia.
 
La calle se extiende en línea recta desde la Piazza del Popolo hasta el Palacio de Venecia. Mide unos tres mil quinientos pasos de largo y está flanqueada por edificios altos, en su mayor parte suntuosos. El ancho no guarda proporción con la longitud ni con la altura de los edificios. Unas aceras de adoquines para los peatones le restan de seis a ocho pies por cada lado. En medio, en casi todos los tramos, no quedan más que doce o catorce pasos para las carrozas, de modo que resulta evidente que con esa anchura pueden a lo sumo circular en paralelo tres vehículos.
 
Durante el carnaval, el obelisco de la Piazza del Popolo señala el límite inferior de esta calle, mientras que el palacio de Venecia marca el superior.
 
 

Paseo en carroza por el Corso

El Corso de Roma es un lugar ya de por sí animado todos los domingos y festivos. Antes del anochecer, los romanos más nobles y adinerados acuden aquí a pasear durante una hora u hora y media en sus carrozas, que forman una nutrida fila; los coches bajan desde el palacio de Venecia circulando por la izquierda, pasan, cuando el tiempo acompaña, por el obelisco, y salen por la puerta del Popolo hasta llegar a la Via Flaminia.
 
Cuanto más avanza el carnaval, más divertido es el aspecto de los coches. Incluso la gente seria que va en carroza sin disfraz permite que sus cocheros y lacayos se disfracen. La mayor parte de los cocheros suele decidirse por los vestidos de mujer, y en los últimos días da la impresión de que sólo las mujeres llevan las riendas. Se trata de disfraces decentes, en ocasiones incluso atractivos; aunque no falta, en el extremo opuesto, el tipejo feo y grueso que se viste a la última moda, con un tocado alto y lleno de plumas, y hace el efecto de una gran caricatura; y, así como aquellas beldades oían elogiar su belleza, éste tiene que sufrir que más de uno se le acerque y le suelte en sus propias narices: «O fratello mio, che brutta puttana sei!».
 
Es costumbre que cuando el cochero encuentra a una o dos de sus amigas entre el gentío las honre haciéndolas subir al pescante. Entonces, sentadas a su lado y normalmente disfrazadas de hombre, sus delicadas piernecitas de polichinela, con pies pequeños y tacones altos, suelen revolotear entre las cabezas de los transeúntes.
 
Lo mismo hacen los lacayos, que acogen amigos y amigas en la parte posterior de la carroza; lo único que faltaría es que, como en las diligencias inglesas, se sentaran en el imperial.
 
Da la impresión de que incluso a los señores les complace ver sus carrozas llenas hasta los topes; y que es durante estos días todo está bien visto y permitido.


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832).

(Traducido al español por Juan de Sola)

Las ilustraciones corresponden a Carnaval en Roma (1650-51), de Johannes Lingelbach, y un grabado de la carroza del duque de St. Aignan, embajador de Francia en Roma (1735). 

martes, 20 de mayo de 2014

Espejos (19): EL ESPEJO DE LA MUSA, de J. W. von Goethe

"¿No verás entonces la verdad en mi claro espejo?"
 
Cierto día, temprano, cuando el empeño se adornó con impaciencia,
La Musa siguió
la corriente del río,
Hasta un rincón apartado y tranquilo.
Rápida y sonora fluía
La cambiante superficie distorsionada,
Hacia sus figura encantadora que huía,
Entonces la Diosa
abandonó la ira.
Sin embargo, el arroyo la llamó burlándose:
¿No verás entonces la verdad en mi claro espejo?
Pero ella corría lejos, cerca del océano;
En su figura el regocijo alababa,
Adornando debidamente su guirnalda.
 
 
     Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832) 

jueves, 5 de septiembre de 2013

Páginas ajenas: EL LOBO ESTEPARIO, de Hermann Hesse


(Fragmento que refiere a Goethe)

Allá pertenecemos nosotros, allí está nuestra patria, hacia ella tiende nuestro corazón, lobo estepario, y por eso anhelamos la muerte. Allí volverás a encontrar a tu Goethe y a tu Novalis y a Mozart, y yo a mis santos, a San Cristóbal, a Felipe Neri y a todos. Hay muchos santos que en un principio fueron graves pecadores; también el pecado puede ser un camino para la santidad, el pecado y el vicio, Te vas a reír, pero yo me imagino con frecuencia que acaso también mi amigo Pablo pudiera ser un santo. ¡Ah, Harry, nos vemos precisados a taconear por tanta basura y por tanta idiotez para poder llegar a nuestra casa! Y no tenemos a nadie que nos lleve; nuestro único guía es nuestro anhelo nostálgico.
 
Sus últimas palabras las pronunció otra vez en voz muy queda, y luego hubo un silencio apacible en la estancia; el sol estaba en el ocaso y hacía brillar las letras doradas en el lomo de los muchos libros de mi biblioteca. Cogí en mis manos la cabeza de Armanda, la besé en la frente y puse fraternal su mejilla junto a la mía; así nos quedamos un momento. Así hubiera deseado quedarme y no salir aquel día a la calle. Pero para esta noche, la última antes del gran baile, se me había prometido María.
 
Pero en el camino no iba pensando en María, sino en lo que Armanda había dicho. Me pareció que todos estos no eran tal vez sus propios pensamientos, sino los míos, que la clarividente había leído y aspirado y me devolvía, haciendo que ahora se concretaran y surgieran nuevos ante mí. Por haber expresado la idea de la eternidad le estaba especial y profundamente agradecido. La necesitaba; sin esa idea no podía vivir, ni morir tampoco. El sagrado más allá, lo que está fuera del tiempo, el mundo del valor imperecedero, de la sustancia divina me había sido regalado hoy por mi amiga y profesora de baile. Hube de pensar en mi sueño de Goethe, en la imagen del viejo sabio, que se había reído de un modo tan sobrehumano y me había hecho objeto de su broma inmortal. Ahora es cuando comprendí la risa de Goethe, la risa de los inmortales. No tenía objetivo esta risa, no era más que luz y claridad; era lo que queda cuando un hombre verdadero ha atravesado 105 sufrimientos, los vicios, los errores, las pasiones y las equivocaciones del género humano y penetra en lo eterno, en el espacio universal. Y la «eternidad» no era otra cosa que la liberación del tiempo, era en cierto modo su vuelta a la inocencia, su retransformación en espacio.


Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Septiembre: LAS DESVENTURAS DEL JOVEN WERTHER (4 de septiembre), de J. W. von Goethe

"Mis hojas amarillean, y las de los árboles vecinos se han caído ya."

4 de septiembre

“Sí, así es. Al mismo tiempo que la naturaleza anuncia la proximidad del otoño, siento el otoño dentro de mí y en torno mío. Mis hojas amarillean, y las de los árboles vecinos se han caído ya. ¿He vuelto a hablarte de un joven aldeano que conocí cuando vino por primera vez a estos parajes? He pedido en Wahlheim noticias suyas, y me han dicho que, habiéndole echado de la casa donde servía, nadie ha vuelto a saber de él. Ayer le encontré, por casualidad, camino de otra aldea; le dirigí la palabra, y me ha contado su historia, que me ha impresionado mucho como comprenderás fácilmente cuando a mi vez te la refiera. Pero ¿a qué conducen estos pormenores? ¿No debía yo guardar para mí lo que me aflige y me angustia? ¿Por qué he de afligirte también? ¿Por qué he de darte sin cesar ocasión para que te quejes y me riñas? ¡Bah!, acaso no es mía la culpa, sino de mi estrella.

“Este hombre respondió a mis primeras preguntas con sombría tristeza, en la que me pareció ver alguna confusión; pero en breve, como si cayera en la cuenta de con quién hablaba, y me reconociese, me confesó con franqueza sus faltas y deploró su desdicha. ¡Que no pueda yo, amigo mío, recordar una por una sus palabras! Confesaba, refería (experimentando, al hacer memoria de ello, una especie de alegría y de placer) que su amor hacia su ama fue aumentando cada vez más hasta el punto de no saber lo que hacía ni, hablándote en su lenguaje, dónde tenía la cabeza. No podía beber, comer ni dormir; esto le martirizaba, y hacía lo que no debía hacer y olvidaba lo que le habían mandado, parecía que tenía los demonios en el cuerpo, y por último, un día que ella estaba en una habitación de un piso alto, lo supo él y la siguió, o más bien se sintió arrastrado en pos de ella. Rogó inútilmente y pretendió hacer uso de la fuerza. Ignoraba cómo pudo llegar a tal extremo y ponía a Dios por testigo de que siempre había pensado en ella con toda pureza y de que su más vehemente deseo había sido casarse para pasar la vida a su lado. Después de platicar un rato de este modo, titubeó, como aquel a quien aún le falta algo que decir y que no se atreve a continuar. Al cabo me confesó tímidamente que ella le solía tolerar ciertas confianzas y le había concedido algunos ligeros favores. Cortó dos o tres veces el relato para repetirme que no decía esto “por despreciarla”; que la quería tanto como antes; que jamás había hablado con nadie de estas cosas, y que sólo me las refería para que me convenciese de que él no era un malvado ni un insensato. Y ahora, amigo mío, vuelvo a mi eterno estribillo: ¡si yo pudiera pintarte a este muchacho tal como estaba, tal como todavía le ven mis ojos; si yo pudiera decirte perfectamente todo para que comprendieses cómo me interesa, cómo debo interesarme por él! Basta; conoces lo que me pasa, me conoces y sabes demasiado bien cuánto me interesan todos los desdichados, y, sobre todos, este de que te hablo.

“Leo lo escrito, y observo que se me olvidaba referirte el fin de la historia, que se adivina fácilmente. La viuda se defendió, llegó su hermano, que hacía mucho tiempo odiaba al criado y deseaba echarle de la casa, por temor de que un nuevo matrimonio de la hermana privase a sus hijos de una herencia que esperaban fundadamente, puesto que aquélla no tenía sucesión directa; este hermano plantóal criado en la calle, y armó tan completo escándalo sobre lo ocurrido, que aunque la viuda hubiera deseado recibir de nuevo al muchacho, no se hubiera atrevido a ello. Dicen que también ahora está que trina el hermano con otro criado que tiene la consabida, respecto al cual aseguran que se casará con ella, cosa que el antiguo está firmemente resuelto a no sufrir mientras aliente.

“No he exagerado ni embellecido esta historia; hasta puedo decir que la he contado débil, debilísimamente, y que ha perdido mucho de su sencillez, porque la he encerrado en el molde de nuestro lenguaje usual y circunspecto.

“Esta pasión, que encarna tanto amor y tanta fidelidad, no es una ficción poética; vive, centellea con toda su pureza en estos hombres que apellidamos incultos y groseros nosotros, gente civilizada hasta el punto de no ser ya nada.

“Lee esta historia con recogimiento, te lo suplico. Yo, escribiéndote hoy estas cosas estoy sosegado, ya lo ves: ni me precipito ni me embrollo, como acostumbro. Lee, querido Guillermo, y piensa quien que ésta es, además, la historia de tu amigo. Sí, esto es lo que me ha sucedido, esto es lo que me sucederá a mí, que no tengo la mitad del valor y la resolución de este pobre diablo, con el cual apenas me atrevo a compararme.”



Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)

sábado, 16 de febrero de 2013

Páginas ajenas: LAS DESVENTURAS DEL JOVEN WERTHER, de J. W. von Goethe


(Dos párrafos de amor exaltado)

Hay ocasiones en que no comprendo cómo puede amar a otro hombre, cómo se atreve a amar a otro hombre, cuando yo la amo con un amor tan perfecto, tan profundo, tan inmenso; cuando no conozco más que a ella, ni veo más que a ella, ni pienso más que en ella.
...
¿Te acuerdas de las flores que me enviaste el día de aquella enojosa reunión en que ni pudiste darme la mano ni decirme una sola palabra? Pasé la mitad de la noche arrodillado ante las flores, porque eran para mí el sello de tu amor; pero, ¡ay!, estas impresiones se borraron como se borra poco a poco en el corazón del creyente el sentimiento de la gracia que Dios le prodiga por medio de símbolos visibles. Todo perece, todo; pero ni la misma eternidad puede destruir la candente vida que ayer recogí en tus labios y que siento dentro de mí. ¡Me ama! Mis brazos la han estrechado, mi boca ha temblado, ha balbuceado palabras de amor sobre su boca. ¡Es mía! ¡Eres mía! Sí, Carlota, mía para siempre. ¿Qué importa que Alberto sea tu esposo? ¡Tu esposo! No lo es más que para el mundo, para ese mundo que dice que amarte y querer arrancarte de los brazos de tu marido para recibirte en los míos es un pecado. ¡Pecado!, sea. Si lo es, ya lo expío. Ya he saboreado ese pecado en sus delicias, en sus infinitos éxtasis. He aspirado el bálsamo de la vida y con él he fortalecido mi alma. Desde ese momento eres mía, ¡eres mía, oh Carlota! Voy delante de ti; voy a reunirme con mi padre, que también lo es tuyo, Carlota; me quejaré y me consolará hasta que tú llegues. Entonces volaré a tu encuentro, te cogeré en mis brazos y nos uniremos en presencia del Eterno; nos uniremos con un abrazo que nunca tendrá fin. No sueño ni deliro. Al borde del sepulcro brilla para mí la verdadera luz. ¡Volveremos a vernos!


Johann Wolfgang von Goethe (Alemania, 1749-1832)