Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 19 de septiembre de 2023

Tequila: LOS DE ABAJO, de Mariano Azuela

"... el hallazgo de un barril de tequila por uno de los oficiales fue acontecimiento de la magnitud del milagro."

(Fragmentos)

Primera parte

I

- Sargento, tráeme una botella de tequila; he decidido pasar la noche en amable compañía con esta morenita... ¿El coronel?... ¿Qué me hablas tú del coronel a estas horas?... ¡Que vaya mucho a...! Y si se enoja, pa mí... ¡plin!... Anda, sargento, dile al cabo que desensille y eche de cenar. Yo aquí me quedo... Oye, chatita, deja a mi sargento que fría los blanquillos y caliente las gordas; tú ven acá conmigo. Mira, esta carterita apretada de billetes es sólo para ti. Es mi gusto. ¡Figúrate! Ando un poco borrachito por eso, y por eso también hablo un poco ronco... ¡Como que en Guadalajara dejé la mitad de la campanilla y por el camino vengo escupiendo la otra mitad!... ¿Y qué le hace...? Es mi gusto. Sargento, mi botella, mi botella de tequila. Chata, estás muy lejos; arrímate a echar un trago. ¿Cómo que no?... ¿Le tienes miedo a tu... marido... o lo que sea?... Si está metido en algún agujero dile que salga..., pa mí ¡plin!... Te aseguro que las ratas no me estorban.

Una silueta blanca llenó de pronto la boca oscura de la puerta.

- ¡Demetrio Macías! -exclamó el sargento despavorido, dando unos pasos atrás.

El teniente se puso de pie y enmudeció, quedóse frío e inmóvil como una estatua.

- ¡Mátalos! -exclamó la mujer con la garganta seca.

- ¡Ah, dispense, amigo!... Yo no sabía... Pero yo respeto a los valientes de veras.

Segunda parte

I

Al champaña que ebulle en burbujas donde se descompone la luz de los candiles, Demetrio Macías prefiere el límpido tequila de Jalisco.

Hombres manchados de tierra, de humo y de sudor, de barbas crespas y alborotadas cabelleras, cubiertos de andrajos mugrientos, se agrupan en torno de las mesas de un restaurante.

III

- Le presento a usted, mi general Macías, a mi futura -pronunció enfático Luis Cervantes, haciendo entrar al comedor a una muchacha de rara belleza.

Todos se volvieron hacia ella, que abría sus grandes ojos azules con azoro.

Tendría apenas catorce años; su piel era fresca y suave como un pétalo de rosa; sus cabellos rubios, y la expresión de sus ojos con algo de maligna curiosidad y mucho de vago temor infantil.

Luis Cervantes reparó en que Demetrio clavaba su mirada de ave de rapiña en ella y se sintió satisfecho.

Se le abrió sitio entre el güero Margarito y Luis Cervantes, enfrente de Demetrio.

Entre los cristales, porcelanas y búcaros de flores, abundaban las botellas de tequila.

XIII

- Güero -observa la Codorniz-, a ése que va saliendo le prendió la avispa; mira cómo cojea

El güero, sin parar mientes ni volver siquiera la cara hacia el herido, afirma con entusiasmo que a treinta pasos de distancia y al descubrir le pega a un cartucho de tequila.

- A ver, amigo, párese -dice al mozo de la cantina. Luego, de la mano lo lleva a la cabecera del patio del hotel y le pone un cartucho lleno de tequila en la cabeza.

El pobre diablo resiste, quiere huir, espantado, pero el güero prepara su pistola y apunta.

- ¡A tu lugar... tasajo! O de veras te meto una calientita.

El güero se vuelve a la pared opuesta, levanta su arma y hace puntería.

El cartucho se estrella en pedazos, bañando de tequila la cara del muchacho, descolorido como un muerto.

- ¡Ahora va de veras! -clama, corriendo a la cantina por un nuevo cartucho, que vuelve a colocar sobre la cabeza del mancebo.

Torna a su sitio, da una vuelta vertiginosa sobre los pies, y al descubrir, dispara.

Sólo que ahora se ha llevado una oreja en vez del cartucho.

Y apretándose el estómago de tanto reír, dice al muchacho:

- Toma, chico, esos billetes. ¡Es cualquier cosa! Eso se quita con tantita árnica y aguardiente...

Tercera parte

II

¿Villa?... ¿Obregón?... ¿Carranza?... ¡X... Y... Z...! ¿Qué se me da a mí?... ¡Amo la revolución como amo al volcán que irrumpe! ¡Al volcán porque es volcán; a la revolución porque es revolución!... Pero las piedras que quedan arriba o abajo, después del cataclismo, ¿qué me importan a mí?...

Y como al brillo del sol de mediodía reluciera sobre su frente el reflejo de una blanca botella de tequila, volvió grupas y con el alma henchida de regocijo se lanzó hacia el portador de tamaña maravilla.

III

Aquel pueblecillo, a igual que congregaciones, haciendas y rancherías, se había vaciado en Zacatecas y Aguascalientes.

Por tanto, el hallazgo de un barril de tequila por uno de los oficiales fue aconteci- miento de la magnitud del milagro. Se guardó profunda reserva, se hizo mucho misterio para que la tropa saliera otro día, a la madrugada, al mando de Anastasio Montañés y de Venancio; y cuando Demetrio despertó al son de la música, su Estado Mayor, ahora integrado en su mayor parte por jóvenes ex federales, le dio la noticia del descubrimiento, y la Codorniz, interpretando los pensamientos de sus colegas, dijo axiomáticamente:

- Los tiempos son malos y hay que aprovechar, porque "si hay días que nada el pato, hay días que ni agua bebe".

Mariano Azuela (México, 1873-1952).

viernes, 18 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: LOS DE ABAJO, de Mariano Azuela

"Las familias salían con precipitación rumbo al sur; los trenes iban colmados de gente..."

(Fragmento final del capítulo XII)

- Párenlos. Son arribeños y han de traer algunas novedades -dijo Demetrio.

Y las tuvieron de sensación. Los federales tenían fortificados los cerros de El Grillo y La Bufa de Zacatecas. Decíase que era el último reducto de Huerta, y todo el mundo auguraba la caída de la plaza.. Las familias salían con precipitación rumbo al sur; los trenes iban colmados de gente; faltaban carruajes y carretones, y por los caminos reales, muchos, sobrecogidos de pánico, marchaban a pie y con sus equipajes a cuestas. Pánfilo Natera reunía su gente en Fresnillo, y a los federales "ya les venían muy anchos los pantalones".

- La caída de Zacatecas es el Requiescat in pace de Huerta -aseguró Luis Cervantes con extraordinaria vehemencia-. Necesitamos llegar antes del ataque a juntarnos con el general Natera.

Y reparando en el extrañamiento que sus palabras causaban en los semblantes de Demetrio y sus compañeros, se dio cuenta de que aún era un don nadie allí.

Pero otro día, cuando la gente salió en busca de buenas bestias para emprender de nuevo la marcha, Demetrio llamó a Luis Cervantes y le dijo:

- ¿De veras quiere irse con nosotros, curro?... Usté es de otra madera, y la verdá, no entiendo cómo pueda gustarle esta vida. ¿Qué cree que uno anda aquí por su puro gusto?... Cierto, ¿a qué negarlo?, a uno le cuadra el ruido; pero no sólo es eso... Siéntese, curro, siéntese, para contarle. ¿Sabe por qué me levanté?... Mire, antes de la revolución tenía yo hasta mi tierra volteada para sembrar, y si no hubiera sido por el choque con don Mónico, el cacique de Moyahua, a estas horas andaría yo con mucha priesa, preparando la yunta para las siembras... Pancracio, apéate dos botellas de cerveza, una para mí y otra para el curro... Por la señal de la Santa Cruz... ¿Ya no hace daño, verdad?...

Mariano Azuela (México, 1873-1952).

jueves, 17 de noviembre de 2022

La novela de la revolución mexicana


Existen definiciones académicas de lo que se pudiera considerar la denominada novela de la revolución mexicana, como la de Antonio Castro Leal que, en mi ciriterio, son taxativas. Rescato de ella el hecho de que "se ocupan de las acciones militares y populares", aunque no tanto del lapso en el que transcurren: "del 20 de noviembre de 1910 hasta el 21 de mayo de 1920, con la caída y muerte de Venustiano Carranza." Eso dejaría fuera de la clasificación a obras como La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, ya que en ambos casos se trata de militares surgidos de la revolución dedicados a una actividad política posterior, aunque no exenta de rebeliones y ejecuciones. Lo que Martín Luis Guzmán llamaba: "la revolución hecha gobierno". Carlos Monsiváis, en cambio, es bastante más enfático en cuanto a su esencia al señalar la visión pesimista que impregna lo mismo Los de abajo, de Mariano Azuela, que La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

No es el objetivo en este breve texto, una enumeración acuciosa de las novelas que se incluyen dentro de este tema, de manera arbitraria se pueden mencionar algunas de las más notables, como sería el caso de los relatos El compadre Mendoza, de Mauricio Magdaleno y Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, que resultaron ambas dos de las películas más significativas en la filmografía de Fernando de Fuentes. También sería posible elaborar una extensa lista de autores que incluiría a Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, o Nellie Campobello, entre otros. Sin pasar por alto la novela de Clifford Irving, escrita originalmente en inglés, Tom Mix y Pancho Villa.

Pero quisiera referirme, de manera muy breve, a tres novelas: El águila y la serpien- te, de Martín Luis Guzmán; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; y Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Se encontraba Martín Luis Guzmán en su destierro en Madrid -tras haberse opuesto a la elección de Plutarco Elías Calles como presidente de la república, ya que decía que un "clan de asesinos" se había adueñado del poder-, escribiendo para El Debate, cuando inició en 1928 las entregas de Bajo la sombra de Pancho Villa (episodios de la revolución mexicana), a la manera de los folletines del siglo XIX, que al publicar ya en forma de libro quiso llamar A la hora de Pancho Villa, pero fue Vicente Blasco Ibáñez quien lo convenció de modificar el título por el de El águila y la serpiente, dividida en dos partes: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo, que reflejaban sobre todo sus propias vivencias en la lucha armada, al lado de Carranza y de Pancho Villa. La novela apareció al mismo tiempo que Obregón fue reelecto presidente, en 1928, y se dice que Calles la quiso prohibir. Por cierto, de acuerdo con Carlos Fuentes en La silla del águila: "Obregón, el vencedor de Pancho Villa, el brillante estratega político, asesinado en un banquete por un fanático religioso en el momento en que alargaba la mano pidiendo, - Más totopos..." (página 380).

Probablemente no existe otra novela sobre el tema que derroche tanto sentido del humor como lo hace Los relámpagos de agosto. Con una visión plena de ironía cuenta las memorias del ficticio general revolucionario José Guadalupe Arroyo. El origen de su título, por cierto, resulta muy simpático: contaba Ibargüengoitia, originario de Guanajuato, que en esa región del Bajío, los relámpagos siempre aparecen por el mismo punto cardinal, excepto durante el mes de agosto. De ahí que cuando alguien se desorienta dicen que "anda como los relámpagos de agosto, a lo pendejo". Y es que, según el autor, así es como andaban los revolucionarios, desorientados.

Gringo Viejo tiene el mérito de ser la primera novela mexicana en figurar en la lista de los diez libros más destacados del New York Times -para tener una idea, sólo otras dos novelas originalmente escritas en español han figurado en dicha lista en los últimos treinta años: La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez-. Se inspira en la experiencia real del escritor Ambrose Bierce, desaparecido a finales de 1913, después de unirse a las tropas villistas. En una de sus cartas postreras, Bierce decía que: "Ser un gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia".

Nada más adecuado para concluir que unas palabras de Artemio Cruz -junto con Demetrio Macías-, uno de los personajes literarios más representativos de la revolución: "Y la guerra sin acabarse. Claro que éstas eran las últimas operaciones. Cruzó los brazos sobre el pecho y trató de respirar regularmente. Una vez que dominaran al ejército desbaratado de Pancho Villa, habría paz. Paz."

Jules Etienne

lunes, 15 de junio de 2020

Epidemias: LA MALDICIÓN, de Mariano Azuela


(Fragmentos)

- Ya se estaba petateando y lo llevaron a León, y el médico lo dejó tan bueno que dicen que hasta el olor de perro muerto le quitó.

Doña Merce había sido peona de Las Maravillas y de las pocas supervivientes de una epidemia de tifo que acabó con el rancho. Avecindada primero en Salamanca, ahora vivía en el barrio de Tierras Negras, de Celaya, y se mantenía vendiendo tamales.

Don Carlos sacó su reloj, lo que quería decir que pronto serían las 10, y se despidie- ron muy amigablemente, divertidos de haber encontrado materia para renovar el tema de la familia Montelongo.
()

Y con eso bastó para hacer reminiscencias, entre copa y copa, del rancho y sus habi- tantes.

- ¿Conociste a Rosa Villalobos?

- Sí, ¿cómo no? La muchachilla del difunto Roque... el tifo acabó con todos y más de medio rancho está en el camposanto de Salamanca.


Mariano Azuela (México, 1873-1952).