Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 22 de julio de 2024

Mirándolas dormir: ECHAR LAS CARTAS, de Mario Benedetti


Querida Andrea:

No sé por qué, pero hoy me dio por extrañarte; por echar de menos tu presencia. Será tal vez porque el primer amor le deja a uno más huellas que ningún otro. Lo cierto es que estaba en la cama, junto a Patricia plácidamente dormida, y de pronto rememoré otra noche del pasado, junto a vos, plácidamente dormida, y sentí una aguda nostalgia de aquel sosiego de anteayer. Alguien dijo que el olvido está lleno de memoria, pero también es cierto que la memoria no se rinde. Dos por tres suenan como campanitas en el ritmo cardíaco y una escena se hace presente en la conciencia como en una pantalla de televisión. Y aquel cuerpo que las manos casi habían olvidado vuelve a surgir como un destello hasta que otra vez suenan las campanitas y el destello se apaga. ¿Te ocurre a veces algo así? ¿O será que me estoy volviendo un poco loco? Puede ser. Mientras tanto este probable loco te envía un invulnerable abrazo.

Mario Benedetti (Uruguay, 2020-2009).

lunes, 10 de julio de 2017

Carnaval: CLEOPATRA, de Mario Benedetti

"Así mis hermanos fueron: un mosquetero, un pirata, un cura, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra..."
 
El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?
 
Mis hermanos tenían muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor. Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
 
Cuando me convertí en una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad, ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme para la vuelta a casa.
 
Sus amigos a veces venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio, y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La animadversión seguía siendo mutua.
 
En el carnaval de 1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron, por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo. Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo, pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja, nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
 
A esa altura yo ya no lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago, que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa, hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes de kárate?
 
Nos pusimos caretas o antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa, me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara Rayada.
 
Aunque forzaba una voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero, el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón de sombra.
 
Creo que ya era hora de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
 
Nos besamos y nos besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo tiempo se quitó la careta.
 
Recuerdo ese momento como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado: no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique, se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea mi marido.


Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)

lunes, 21 de marzo de 2016

Exilio: PRIMAVERA CON UNA ESQUINA ROTA, de Mario Benedetti

"Uno de esos asombros fue en una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes."

DON RAFAEL (Derrota y derrotero)

Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol, y lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas.

Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco. Aquí, en cambio, empecé a caminar y a sorprenderme. Y la sorpresa me fatigaba. Y por añadidura no llegaba a casa, sino a la habitación. Cansado de sorprenderme, eso sí. Tal vez por eso recurrí al bastón. Para aminorar tantas sorpresas. O quizá para que los compatriotas que iba encontrando, me dijeran: «Pero, don Rafael, usted allá no usaba bastón», y yo pudiera contestarles: «Bueno, tampoco vos usabas guayabera.» Sorpresa por sorpresa. Uno de esos asombros fue una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes. No podía habituarme a las máscaras, aunque siempre fueran las mismas. Pero junto con la recurrencia de las máscaras, se repetía también mi deseo, o quizá mi expectativa, de que las máscaras cambiaran, y diariamente me asombraba encontrar las mismas. Y entonces el bastón me ayudaba. ¿Por qué? ¿Para qué? Bueno, para apoyarme cuando me asaltaba esa modesta decepción de todas las tardes, quiero decir cuando comprobaba que las máscaras no habían cambiado. Y debo reconocer que mi expectativa no era tan absurda. Porque la máscara no es un rostro. Es un artificio, ¿no? Un rostro cambia sólo por accidente. Quiero decir en su estructura; no en su expresión, que ésta sí es variable. En cambio, una máscara puede cambiar por miles de motivos. Digamos: por ensayo, por experimentación, por ajuste, por mejoría, por deterioro, por sustitución. Sólo a los tres meses comprendí que no podía esperar nada de las máscaras. No iban a cambiar esas empecinadas, esas tozudas. Y empecé a fijarme en los rostros. Al fin de cuentas, fue un buen cambio. Los rostros no se repetían. Venían hacia mí, y dejé el bastón. Ya no tenía que apoyarme para soportar el estupor. Quizá cada rostro no cambiara con los días, sino con los años, pero los que venían a mí (con excepción de una mendiga huesuda y tímida) eran siempre nuevos. Y con ellos venían todas las clases sociales, en autos impresionantes, en autitos modestos, en autobuses, en sillas de ruedas, o simplemente caminando. Ya no eché de menos el camino, montevideano y consabido, de vuelta a casa. En la nueva ciudad había nuevos derroteros. Derrotero viene de derrota, ya lo sé. Nuestra derrota no será total, pero es derrota. Ya lo había comprendido, pero lo confirmé plenamente cuando di la primera clase. El alumno se puso de pie y pidió permiso para preguntar. Y preguntó: «Maestro, ¿por qué razón su país, una asentada democracia liberal, pasó tan rápidamente a ser una dictadura militar?» Le pedí que no me llamara maestro. No es nuestra costumbre. Pero se lo pedí solamente para organizar la respuesta. Le dije lo consabido: que el proceso empezó mucho antes, no en la calma, sino en el subsuelo de la calma. Y fui anotando en el pizarrón los varios rubros, los períodos, las caracterizaciones, los corolarios. El muchacho asintió. Y yo leí en sus ojos compren- sivos toda la dimensión de mi derrota, de mi derrotero. Y desde entonces regreso cada tarde por una ruta distinta. Por otra parte, ahora ya no vuelvo a una habitación. Tampoco es una casa. Es simplemente un apartamento, o sea, un simulacro de casa: una habitación con agregados. Pero la nueva ciudad me gusta, ¿por qué no? Su gente -menos mal- tiene defectos. Y es muy entretenido especializarme en ellos. Las virtudes -por supuesto también las poseen- generalmente aburren. Los defectos, no. La cursilería, por ejemplo, es una zona prodigiosa, en la que nunca acabo de especializarme. Mi bastón, sin ir más lejos, era un amago de cursilería, y sin embargo tuve que abandonarlo. Cuando me siento cursi, me desprecio un poquito, y eso es malísimo. Porque nunca es bueno despreciarse, a menos que existan fundadas razones, que no es mi caso.

Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009).

jueves, 26 de marzo de 2015

Tu boca: EL SURCO DEL DESEO, de Mario Benedetti

"Bailamos toda la noche. La primera afinidad fueron los tangos..."
 
Ya había cumplido mis veintiún años cuando empecé una relación estable con una muchacha estupenda. No sabría decir si éramos novios “o algo así”, como calificaba Juliska a las que, según ella, eran uniones irregulares. Casi nunca nos veíamos en casa, porque Mariana, que estudiaba Veterinaria, compartía un apartamento en la Aguada con Ofelia, una compañera de estudios, y ésta se iba todos los fines de semana a Maldonado, donde vivía su familia, de manera que el apartamento quedaba a nuestra entera disposición.

A Mariana la conocí en un baile del Club Banco Comercial. Bailamos toda la noche. La primera afinidad fueron los tangos, algo infrecuente entre los jóvenes, pero como entre cada tango y el siguiente transcurría a veces un cuarto de hora, nos sentábamos, tomábamos unos tragos y nos contábamos las respectivas historias, que no eran, vale reconocerlo, demasiado apasionantes. En realidad, no sé qué tramos se dejó ella en el tintero, pero sí sé que yo omití mencionarle al Dandy, mi iniciación con Natalia y mis encuentros con Rita.

Otra zona de exploración mutua fue más importante. Es virtualmente imposible que, después de varios tangos, dos cuerpos no empiecen a conocerse. En esa sabiduría, en ese desarrollo del contacto se diferencia el tango de otros pasos de baile que mantienen a los bailarines alejados entre sí o sólo les permiten roces fugaces que no hacen historia. El abrazo del tango es sobre todo comunicación, y si hubiera que adjetivarla diría comunicación erótica, un prólogo del cuerpo-a-cuerpo que luego vendrá, o no, pero que en ese tramo figura en los bailarines como proyecto verosímil. Y cuanto mejor se lleve en el baile la pareja, cuanto mejor se amolde un cuerpo al otro, cuanto mejor se correspondan el hueso del uno con la tierna carne de la otra, más patente se hará la condición erótica de una danza que empezó siendo bailada por rameras y cafishos del novecientos y que sigue siendo bailada por el cafisho y la ramera que unos y otras llevamos dormidos en algún rincón de las respectivas almitas y que despiertan alborozados y vibrantes cuando empiezan a sonar los acordes de El choclo o Rodríguez Peña.

Así, los sucesivos tangos de aquella noche, que no fue mágica sino muy terrestre, permitieron que mi cuerpo y el de Mariana se conocieran y desearan, se complementaran y necesitaran. Cuando, tres días después, nos despojamos de todo ropaje y nos vimos tal cual éramos, el desnudo textual nos trajo pocas novedades. Desde el quinto tango nos sabíamos de memoria. Algún detalle nuevo (un lunar, siete pecas, el color de los vellos fundamentales) era poco menos que subsidiario y no modificaba la imagen primera, la esencial, la que la disponibilidad sensitiva de cada cuerpo había transmitido a los archivos de la imaginación. La memoria del cuerpo no cae nunca en minucias. Cada cuerpo recuerda del otro lo que le da placer, no aquello que lo disminuye. Es una memoria entrañable, más, mucho más generosa que el tacto ya desgastado de las manos, harto contaminadas de rutina cotidiana. El pecho que toca pechos, la cintura que siente cintura, el sexo que roza sexo, toda esa sabrosa red de contactos, aunque se verifique a través de sedas, casimires, algodones, hilos o telas más bastas, aprenden rápida y definitivamente la geografía del otro territorio, que llegará, o no, a ser amado, pero que por lo pronto es fervorosamente deseado. Después de todo, el germen del amor tendrá mejor pronóstico si se lo siembra en el surco del deseo. ¿Dónde habré leído esto? A lo mejor es mío. Lo anoto para el tema de un cuadro (sin relojes): El surco del deseo. Tal vez suene demasiado literario. Pero no. Debe mostrar a una pareja que baila tango. Sólo eso. El surco del deseo. Nada más. Que el público imagine. Ya queda dicho: entre Mariana y yo la primera alianza fue la de los cuerpos. El suyo era sin duda una de las siete maravillas de mi mundo. El mío era por lo menos un manojo de sensaciones nuevas. Los recorrimos, disfrutándolos, confirmando palmo a palmo la información veraz que transmitiera el tango. Durante varios encuentros seguimos fascinados por esa comunión. No había pregunta de un cuerpo que no supiera o no pudiera responder el otro. ¡Hablábamos tan poco! Creo que teníamos miedo de que la palabra, al invadir nuestro espacio, nos trajera querellas, fracturas, desconfianzas. ¡Y el silencio era tan sabroso, era tan rico el tacto!

Así hasta que las palabras, otras y lejanas palabras, irrumpieron. Una noche llegué a mi casa y Juliska me esperaba con un sobre color crema. “Llegara con mucha perfuma”, observó la yugo con toda la sonrisa de su boca campesina. El sobre llevaba estampillas brasileñas y no había remitente. Esperé hasta llegar a mi cuarto y allí lo abrí. Contenía una postal de Bahía: “Te felicito por la exposición. Me gustó tu aporte a mis agujas de las 3 y 10. No te enjuiciaré por plagio. ¿Has pensado en otra variante de la misma hora? ¿Que ella sea el minutero y él el horario? Sería una buena innovación. Te regalo la idea. O mejor te la cambio por un retrato. Eso sí, píntame con un relojito pulsera que marque las 3 y 10. Ah, y gracias por el homenaje. Besos y besos de mi boca débil en tu boca fuerte, todos de tu Rita".
 
Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009).

miércoles, 25 de junio de 2014

Espejos (55): ESPEJOS, de Mario Benedetti

"Los espejos se rompen para que se nos rompa también la vanidad."

Todas las servidumbres
del espejo son falsas
todas nos encandilan

el mar no tiene espejos
vive solo en sus sales
en su agüero portátil

la luna lejanísima
tiene brillos de espejo
y también de lujuria

jamás olvidaré
que esto es el sur espejo
un país de gaviotas

la gaviota se acerca
al mar como un espejo
y al hallarse se espanta

nadie refleja nada
nadie tiene paciencia
para saberse otro

cuando me veo triste
con los pelos revueltos
sé que yo no soy ése

y si sonrío pienso
en un amor que al irse
me ha dejado tan serio

los espejos se rompen
para que se nos rompa
también la vanidad
 
 
Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009) 

domingo, 6 de noviembre de 2011

Páginas ajenas: HORA MENOS, de Mario Benedetti


Hoy justo a las dos de la madrugada
el reloj sumiso atrasó una hora
en realidad fue orden del gobierno
aburrido de estar siempre en lo mismo

tal vez fue un ademán de independencia
pero es cierto que en la tarde siguiente
nos contemplamos con cara de noche

¿qué habrá pasado en tanto con el mundo?
¿habrá puesto también la marcha atrás?
¿los pájaros se fueron por el aire
y los murciélagos estornudaron?
nosotros invadimos el pretérito
y lo dejamos una hora más breve

hasta sentimos viejas a las sábanas
pero más joven al amor contiguo
esta hora menos nos escandaliza
nos caemos de espaldas o de culo
y no sabemos bien en dónde estamos
si por lo menos esta hora menos
nos achicara un poco la barriga
entonces propondría a los expertos
que por favor bajaran otra hora


Mario Benedetti: Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia
(Uruguay, 1920-2009)

jueves, 24 de marzo de 2011

Sin táctica ni estrategia


A mediados de la década de los setenta, cuando me encontraba estudiando en la universidad, estaba de moda ser hippie o radical. No había lugar para los moderados -mucho menos para los conservadores-, y de inmediato se nos etiquetaba de revisionistas, como si fuera un insulto. En realidad esa fue la acusación con que Stalin emprendió al acoso de Trotsky. Hoy en día, casi cuarenta años después, lo vergonzoso sería simpatizar con el estalinismo.

Regresando al pasado, debió ser por iniciativa de uno de mis maestros que impartía alguna de las materias relacionadas con la literatura, tal vez René Avilés Fabila, que nos daba Literatura y Sociedad, el poeta Hugo Gutiérrez Vega con quien llevaba Literatura y Periodismo, o Gustavo Sáinz que tenía una adjunta llamada Lucy, y era lo mejor de su clase. No lo recuerdo con precisión puesto que a esa edad era lo que menos importaba, el caso es que una mañana suspendieron las clases para que pudiéramos acudir al salón más amplio de la facultad, porque habían invitado a Mario Benedetti a conversar con el alumnado.

Por entonces yo había leido los cuentos de La muerte y otras sorpresas, que era más o menos reciente (fue publicada en 1968) y Quién de nosotros, además de algunos poemas sueltos -todavía no había adquirido la costumbre de leer poesía con asiduidad-. Es decir, lejos de ser un experto en su obra, tampoco la desconocía. Por supuesto que no faltaron los que aprovecharon para evadir la charla y se fueron de pinta o a vagar por las llamadas islas, que se ubicaban en la zona posterior de la facultad.

Como no era una conferencia formal ni nada por el estilo, Benedetti improvisó algo, platicó un poco de lo que recién había escrito y nos propuso una sesión de preguntas y respuestas. De inmediato se apoderaron de la palabra aquellos que tenían mayor experiencia en asambleas y manejaban su típico lenguaje. Como era de suponerse, encaminaron lo que pudo ser un conversación sobre la experiencia de la creación literaria, las corrientes poéticas o las tendencias de la novela, para secuestrarla por los recovecos de lo que consideraban más importante: la situación política del tercer mundo (que entonces era un concepto recién acuñado), la explotación de América Latina, el imperialismo, el bloqueo a Cuba, y algunos disparates propios de la época. Los demás callamos respetuosos escuchando a Benedetti responderles lo que deseaban escuchar. Al salir del aula un reducido grupo a quienes nos interesaba más Benedetti el escritor, el poeta, nos quedamos a rumiar nuestra frustración. Una joven de la vecina facultad de Filosofía y Letras, de veras indignada, nos comentaba su rechazo. Cuando otro compañero muy arrogante de quien sólo recuerdo su apodo, la acusó, juzgó y condenó, en una misma frase: "¿Estudias Letras y todavía lees a Benedetti?".

Todo esto sucedió antes de que él apareciera en la película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, o de que Serrat grabara un disco musicalizando algunos de sus poemas: "Una mujer desnuda y en lo oscuro tiene una claridad que nos alumbra". Hay quienes piensan que su obra es demasiado ligera, apropiada para adolescentes, por lo que cuando se incursiona en la lectura de autores más ambiciosos, se abandona a Benedetti de una vez por todas y para siempre. No ha sido mi caso. Hay cosas de él que me parecen disfrutables y otras que me siguen interesando. A menos que en el fondo siga siendo un adolescente, lo cual no me parece tan remoto.

Precisamente el poema con el que me permití formar el juego de palabras para dar su título al presente texto -considerando que a final de cuentas resultó una oportunidad malograda-, me sigue gustando: "Mi táctica es hablarte y escucharte, construir con palabras un puente indestructible..." Era, por cierto, el favorito de Jessica, a quien hace ya diez años que no veo -el tiempo es implacable, no cabe duda-.

Y pensar que platicamos con Benedetti de asuntos que ahora ni siquiera recuerdo pero que suponíamos trascendentes, pudiendo aprovechar la ocasión para ocuparnos de poemas y novelas. ¡Qué desperdicio!

miércoles, 23 de marzo de 2011

Páginas ajenas: LA TREGUA, de Mario Benedetti


(Fragmento)

Viernes 22 de marzo

Corrí veinte metros para alcanzar el omníbus y quedé reventado. Cuando me senté, creí que me desmayaba. En la tarea de quitarme el saco, de desabrocharme el cuello de la camisa y moverme un poco para respirar mejor, rocé dos o tres veces el brazo de mi compañera de asiento. Era un brazo tibio, no demasiado flaco. En el roce sentí el tacto afelpado del vello, pero no lograba identificar si se trataba del mío o el de ella o el de ambos. Desdoblé el diario y me puse a leer. Ella, por su parte, leía un folleto turístico sobre Austria. De a poco fui respirando mejor, pero me quedaron palpitaciones por todo un cuarto de hora. Su brazo se movió tres o cuatro veces, pero no parecía querer separarse totalmente del mío. Se iba y regresaba. A veces el tacto se limitaba a una tenue sensación de proximidad en el extremo de mis vellos. Miré varias veces hacia la calle y de paso la fiché. Cara angulosa, labios finos, pelo largo, poca pintura, manos anchas, no demasiado expresivas. De pronto el folleto se le cayó y yo me agaché a recogerlo. Naturalmente, eché una ojeada a las piernas. Pasables, con una curita en el tobillo. No dijo gracias. A la altura de Sierra, comenzó sus preparativos para bajarse. Guardó el folleto, se acomodó el pelo, cerró la cartera y pidió permiso. "Yo también bajo", dije, obedeciendo a una inspiración. Ella empezó a caminar rápido por Pablo de María, pero en cuatro zancadas la alcancé. Caminamos uno junto al otro, durante cuadra y media. Yo estaba aún formando mentalmente mi frase inicial de abordaje, cuando ella dio vuelta la cabeza hacia mí, y dijo: "Si me va a hablar, decídase".

Domingo 24 de marzo

Pensándolo bien, que caso extraño el del viernes. No nos dijimos los nombres ni los teléfonos ni nada personal. Sin embargo, juraría que en esta mujer el sexo no es un rubro primario. Más bien parecía exasperada por algo, como si su entrega a mí fuera su curiosa venganza contra no sé qué. Debo confesar que es la primera vez que conquisto una mujer tan sólo con el codo y, también, la primera vez que, una vez en la amueblada, una mujer se desviste tan rápido y a plena luz. El agresivo desparpajo con que se tendió en la cama, ¿qué probaba? Hacia tanto por poner en evidencia su completa desnudez que estuve por creer que era la primera vez que se encontraba en cueros frente a un hombre. Pero no era nueva. Y con su cara seria, su boca sin pintura, sus manos inexpresivas, se las arregló, sin embargo, para disfrutar. En el momento que consideró oportuno, me suplicó que le dijera palabrotas. No es mi especialidad, pero creo que la dejé satisfecha.


La ilustración corresponde a una fotografía de Mario Benedetti en un autobús.

jueves, 24 de febrero de 2011

Páginas ajenas: LA TREGUA, de Mario Benedetti


(Fragmento)

Domingo 17 de marzo

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. Quién sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez. Fui a almorzar al Centro porque los muchachos se fueron por el fin de semana, cada uno por su lado. Comí solo. Ni siquiera me sentí con fuerzas para entablar con el mozo el facilongo y ritual intercambio de opiniones sobre el calor y los turistas. Dos mesas más allá, había otro solitario. Tenía el ceño fruncido, partía los pancitos a puñetazos. Dos o tres veces lo miré, y en una oportunidad me crucé con sus ojos. Me pareció que allí había odio. ¿Qué habría para él en mis ojos? Debe ser una regla general que los solitarios no simpaticemos. ¿O será que, sencillamente, somos antipáticos?

Volví a casa, dormí la siesta y me levanté pesado, de mal humor. Tomé unos mates y me fastidió que estuviera amargo. Entonces me vestí y me fui otra vez al Centro. Esta vez me metí en un café; conseguí una mesa junto a la ventana. En un lapso de una hora y cuarto, pasaron exactamente treinta y cinco mujeres de interés. Para entretenerme hice una estadística sobre qué me gustaba más en cada una de ellas. Lo apunté en la servilleta de papel. Éste es el resultado. De dos, me gustó la cara; de cuatro, el pelo; de seis, el busto; de ocho, las piernas; de quince, el trasero. Amplia victoria de los traseros.