Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 3 de abril de 2024

Mirándolas dormir: EL GRAN DINERO, de John Dos Passos

"Vio que la chica estaba dormida, con la cara hundida en la almohada."

(
Fragmento del cuarto capítulo de Charley Anderson)

- En lo que dices hay más verdad que poesía -dijo Charley entre dientes.

- La poesía... Adoro la poesía, ¿tú no?

Bailaron hasta que cerró el local. Salieron con paso tambaleante a las calles negras y desiertas. Pasaron dando traspiés junto a cubos de basura. Los gatos escapaban a su paso entre sus pies. Se detuvieron y hablaron del amor libre con un policía. Y en cada esquina se paraban para besarse. Mientras buscaba la llave en el bolso, ella dijo con aire pensativo:

- Las gentes que hacen cosas resultan luego los amantes más maravillosos, ¿no crees?

Charley fue el primero en despertarse. El sol entraba a raudales por una ventana sin cortina. Vio que la chica estaba dormida, con la cara hundida en la almohada. Tenía la boca abierta y parecía mucho más vieja que la noche pasada. Su piel era pastosa, de cierto tono verdoso, y sus cabellos eran un matojo de mechones.

Charley se vistió en silencio. Sobre unos grandes tableros, tapizados de grueso polvo y atestados de caprichosos dibujos de desnudos, encontró un trozo de carboncillo. En el reverso de una hoja de papel amarillo, donde podía leerse un poema a medio escribir, Charley escribió: «Lo he pasado maravillosamente... Adiós... Buena suerte, Charley». Y no se puso los zapatos hasta llegar al final de las crujientes escaleras.

Ya en la calle, en la ventosa y fría mañana primaveral, se sintió maravillosamente. Estalló en sonoras carcajadas. Qué pequeña y vieja gran ciudad.


John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970).

sábado, 23 de septiembre de 2023

Tequila: PARALELO 42, de John Dos Passos

"Antes de cenar cada uno bebió un tequila en un bar donde no se despachaba otra cosa."

(Fragmentos del capítulo Mac)

Cuando meses después Wilson ordenó la evacuación de México por parte de los estadounidenses, Mac estaba instalado en un apartamentito del Plaza del Carmen con una muchacha llamada Concha y dos gatos persas blancos. Concha había trabajado de taquígrafa e intérprete para una firma americana y había sido durante tres años amante de un petrolero, así que hablaba inglés perfectamente. El petrolero se había colgado del estribo del tren de Veracruz en la época del pánico, cuando la fuga de Huerta, dejando a Concha a pan y agua. Ella se había ilusionado con Mac desde el momento mismo de verlo por primera vez en el correo. Lo atendía a cuerpo de rey, y cuando él hablaba de unirse a los de Zapata solía reírse y decir que los peones eran unos salvajes ignorantes que no entendían otro idioma que el del látigo. Su madre, una vieja perpetuamente envuelta en un rebozo negro, iba a cocinarles, y a Mac empezaron a gustarle el pavo con salsa de chocolate y las enchiladas con queso. Los gatos se llamaban Porfirio y Venustiano y dormían al pie de la cama. Concha era muy ahorrativa, podía lograr que el sueldo de Mac se estirara hasta límites insospechados y jamás se quejaba cuando él se iba a vagar por la ciudad y volvía tarde, con la cabeza a punto de explotarle de tanto beber tequila.

(...)

Antes de cenar cada uno bebió un tequila en un bar donde no se despachaba otra cosa. La guardaban en barrilitos barnizados. Salvador le enseñó a G. H. Barrow cómo se tomaba: primero se ponía sal en el hoyuelo entre el pulgar y el índice, después se bebía el tequila de un solo trago, se chupaba la sal y finalmente se comía un poco de salsa de chile. Pero Barrow invirtió el proceso y se atragantó.

Para la hora de la cena estaban borrachos como cubas y G. H. Barrow repetía que los mexicanos sí que sabían lo que era el arte de vivir, lo cual dio pie a que Salvador hablara del genio indio y del genio latino y confesara que Mac y Ben eran los únicos gringos soportables que había conocido en su vida e insistiera en pagar la cuenta.

John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970).

(Traducido al español por Marcelo Cohen).

viernes, 26 de mayo de 2023

Tampico: 1919, de John Dos Passos

"... se podía ver la cama con almohadas blancas y un retrato de la Virgen encima..."

(
Fragmento del capítulo Joe Williams)

El maldito matasanos judío trató de sacarle otros veinticinco pavos para completar la cura, pero Joe dijo que al carajo con todo aquello y se enroló de marinero en un petrolero completamente nuevo de la Standard Oil, el Montana, que zarpaba para Tampico y luego seguiría, unos decían que hasta Adén y otros decían que hasta Bombay. Joe estaba harto del frío y la humedad y las heladas, de las sucias calles de Brooklyn y de las tablas de logaritmos del curso de náutica, que no le entraban, y de la alegre voz de la señora Olsen. Ésta empezaba a comportarse como si quisiera mandar en él; era buena persona, sí, pero ya era hora de largarse.

El Montana dobló Sandy Rock en medio de una furiosa tempestad de nieve que venía del noroeste, pero tres días más tarde estaban ya en la corriente del Golfo, al sur del cabo Hatteras, cabeceando suavemente con las camisas de algodón de los marineros secándose en cuerdas tendidas entre los cables. Era agradable estar de nuevo en el mar azul.

Tampico era un infierno; dicen que el mezcal lo vuelve loco a uno si se bebe demasiado; había grandes salas llenas de hispanos grasientos bailando con el sombrero puesto y la pistola en la cadera, y orquestas y pianos mecánicos que funcionaban a todo volumen en cada bar, y peleas y texanos borrachos de los pozos de petróleo. Las puertas de los cuartos de los burdeles estaban abiertas, de modo que se podía ver la cama con almohadas blancas y un retrato de la Virgen encima, y las lámparas proyectaban sombras raras y los papeles de colores temblaban; las chicas morenas de cara ancha estaban apoyadas en la puerta con bragas de encaje. Pero todo era tan endiabladamente caro que se gastaron toda la pasta enseguida y tuvieron que volver a bordo antes de medianoche. Y los mosquitos invadían el castillo de proa, y las moscas durante el día, y hacía mucho calor y nadie podía dormir.


John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970).

(Traducido al español por Mariano Antolín Rato).

sábado, 19 de marzo de 2022

Día de reyes: 1919, de John Dos Passos

"... y entonces sacaba Veinte mil leguas de viaje submarino, un libro que guardaba debajo del colchón..."

(Fragmento de Richard Ellsworth Savage)

Al pensar en aquello recordaba el sol y el viento; Dick se cansaba y se sentía mal cuando trataba de recordar cómo había sido todo aquello y no conseguía estudiar las lecciones de mañana y entonces sacaba Veinte mil leguas de viaje submarino, un libro que guardaba debajo del colchón porque su madre le quitaba los libros que no fueran estrictamente para estudiar, y leyendo enseguida se olvidaba de todo, con sólo leer un poco le bastaba, y entonces no se sabía la lección al día siguiente.

A pesar de eso, se lo pasaba muy bien en la escuela y a los maestros les gustaba, en especial a la señorita Teazle, la profesora de inglés, porque hacía y decía cosas sin importancia que, sin llegar a ser atrevidas la hacían reír. La señorita Teazle dijo que demostraba una auténtica disposición para la redacción. Una Navidad, Dick le mandó unos versos que había escrito sobre el Niño Jesús y los Reyes Magos, y ella declaró que tenía grandes dotes.

John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970). 

miércoles, 16 de octubre de 2019

Tu boca: TRES SOLDADOS, de John Dos Passos

"... con un piano y un millón de hojas de papel pautado."
 
(Fragmento del capítulo III de la segunda parte: El metal frío)
 
- ¿Sabes una cosa? -dijo Andrews, hablando rápidamente y con excitación mientras se apartaba de la frente un mechón de pelo rubio-. Me dejaría matar con gusto por gozar de un año de estancia aquí, con un piano y un millón de hojas de papel pautado. Creo que vale la pena ofrecer la vida por una temporada así.
 
- Este lugar no es para quedarse, sino para volver. Imagínate que regresas de un viaje a las montañas del Tibet, donde estuviste a punto de que te arrancaran el cuero cabelludo o de perecer ahogado y donde pudiste hacerle el amor a la hija de un jefe afgano, una muchacha cuyos labios perfumados con loukoumi dejaron en tu boca un sabor dulcísimo -dijo Henslowe acariciando suavemente su bigotito castaño.
 
- Pero, ¿de qué sirve ver las cosas y sentirlas si uno no sabe expresarlas?
 
- ¿De qué sirve vivir, al fin y al cabo? ¿Qué sacamos de la vida aparte de la diversión, amigo?
 
- Para mí, la única diversión posible es... -empezó a decir Andrews-. ¡Dios! daría todas las alegrías del mundo por componer una sola página de música inspirada. ¿Sabes que hace muchos años no hablaba así con nadie?
 
Los dos miraron silenciosamente al exterior. La niebla era espesa y formaba nubes que parecían de algodón en rama; sólo que la niebla era todavía más suave que el algodón y tenía un tono dorado verdoso.
 
 
John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970).

lunes, 20 de marzo de 2017

Carnaval (Mardi gras): 1919, de John Dos Passos

"Las calles estaban repletas de gente, luces, carrozas, desfiles, bandas de música y muchachas disfrazadas."

(Fragmento)

- ¿De dónde eres? -preguntó Charley.
 
- ¿A ti qué te parece?
 
- Eres del Norte. Lo digo por cómo hablas.
 
- Acertaste. Soy de Iowa, pero no voy a volver allí nunca más... Es un asco de vida, macho, y no olvides que... «Mujeres de placer»... Estoy marcada... En una época solía imaginarme que era una dama de clase, hasta que una mañana me desperté y me di cuenta de que no era más que una maldita puta.
 
¿Estuviste alguna vez en Nueva York?
 
Ella negó con la cabeza.
 
- No está mal esta vida, siempre y cuando no te mezcles con los rufianes y la bebida —dijo, absorta.
 
- Yo creo que voy a partir para Nueva York después del Mardi Gras. Me parece que aquí es imposible encontrar trabajo.
 
- Sin dinero, el Mardi Gras es como un entierro.
 
- Mira, vine aquí para verlo y supongo que lo mejor será que lo vea. Cuando la dejó ya había amanecido. Ella lo acompañó hasta el pie de la escalera. Él le dio un beso y le prometió que, si le recuperaba la chaqueta y el sombrero, le daría los diez dólares; ella le pidió que volviera a pasar a las seis, pero que no se dejara ver en el Trípoli porque el dueño era un tipo peligroso y lo estaría esperando.
 
Las calles de viejas casas de estuco con balcones de hierro forjado parecían disolverse en una niebla azulada. En algunos patios empezaban a afanarse en sus tareas mulatas con mantillas. En el mercado grupos de negros viejos descargaban frutas y verduras. Cuando regresó a la pensión, la panameña estaba en el balcón de su cuarto con un plátano en la mano y diciendo «Ven, Polly... Ven, Polly» con una vocecita atiplada. Desde el filo del tejado el loro le devolvía una mirada vidriosa y farfullaba blandamente: «Yo bien aquí». «Polly no quiere comer», concluyó la panameña con una sonrisa apenada. Charley se encaramó a la baranda e intentó agarrar el loro, pero éste dio un saltito atrás y todo lo que Charley consiguió fue que le cayera una teja en la cabeza. «No quiere comer», repitió tristemente la panameña. Charley le sonrió y se metió en su cuarto, donde se estiró en la cama para quedar dormido.
 
Durante el Mardi Gras caminó tanto que se le ampollaron los pies. Las calles estaban repletas de gente, luces, carrozas, desfiles, bandas de música y muchachas disfrazadas. Se le acercaron muchísimas chicas que con la misma facilidad se alejaban al comprobar que no tenía un céntimo. Él gastaba el dinero lo más lentamente que podía. Cuando lo vencía el hambre, entraba a un bar, pedía un vaso de cerveza y comía todo lo que le daban para acompañarlo.
 
Al día siguiente la muchedumbre comenzó a escasear; Charley ya no podía pagarse ni una cerveza. El olor a melaza y el perfume de absenta que desde los bares del barrio francés se derramaba sobre la atmósfera húmeda y pesada le despertaban repugnancia. No sabía qué hacer con su cuerpo. Le faltaba voluntad para volver a apostarse en la carretera y hacer autoestop. Se dirigió a la Western Union para telegrafiarle a Jim pidiendo un préstamo, pero el empleado dijo que los telegramas de demanda estaban prohibidos.
 
John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970)