Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 13 de febrero de 2023

Conejos: LA CARTUJA DE PARMA, de Stendhal


(
Fragmento del capítulo XXIV)

- Suplico a Vuestras Altezas que me dispensen, señora. Mas Vuestra Alteza -añadió la duquesa dirigiéndose al príncipe- lee perfectamente el francés. Para calmar nuestros agitados espíritus ¿querría Vuestra Alteza leernos una fábula de La Fontaine?

La princesa encontró ese nos muy insolente, pero pareció a la vez extrañada y divertida, cuando la mayordoma mayor, que se había dirigido con gran tranquilidad a la biblioteca, volvió trayendo un volumen de las Fábulas de La Fontaine, lo hojeó un instante y dijo al príncipe, ofreciéndoselo:

- Suplico a Vuestra Alteza que lea toda la fábula.

El hortelano y su señor

Cierto hombre a la horticultura aficionado,
Un jardín en su pueblo tenía.
Adquirió la huerta de al lado
Y la cercó de penca y de zarza bravía
La col y la lechuga en la huerta se daban,
En el jardín las flores no sobraban,
Pero había para regalar
Un ramo de clavel, de jazmín y de rosa
A Teresa, la moza más hermosa
De aquel lugar.
Mas habiendo esta dicha una liebre turbado,
Al señor de la aldea nuestro hombre se quejó.
"- El maldito animal, dijo, está en el cercado
Y se harta de comer de lo que Dios creó.
Ni trampa, ni palo, ni piedra
Valen con él; nada le arredra.
Es brujo. -¿Brujo? Vamos, que yo le desafío,
le replicó el señor. Aunque fuera Merlín,
Ten por seguro, amigo mío,
Que mis perros sabrán echar de tu jardín
Al voraz animal. -¿Y cuándo? - Sin demora,
Mañana, a la primera hora."
Llegó el señor con todos sus criados.
“- Almorcemos. ¿Están tus pollos bien cebados?”

Tras del almuerzo, alegres empezaron
A preparar la caza, con un tumulto ingente
De tropas y de perros y de gente,
Que a nuestro buen villano atónito dejaron.
Pero fue lo peor; que el barón y sus perros
En lamentable estado pusieron el jardín.
¡Adiós flores, rosa, jazmín!
¡Adiós coles, lechuga, puerros!
“- Juegos son de señor, suspiraba contrito
El buen hombre, pero la turba cazadora
Destrozó, sin oírle, en menos de una hora
Más que en cien años todas las liebres del distrito."

Resolved, principillos, a solas vuestras guerras.
Fuera locura insigne acudir a los reyes,
No permitáis jamás que os impongan sus leyes
Ni le hagáis entrar en vuestras tierras.

A esta lectura siguió un profundo silencio. El príncipe se paseaba por el gabinete, después de haber ido él mismo a dejar el volumen en su sitio.

Stendhal:
Henri Beyle (Francia, 1743-1842).

La ilustración corresponde a un grabado de Martin Marvie para la edición de las Fábulas de La Fontaine en 1668.

lunes, 25 de mayo de 2020

Epidemias: LOS ANIMALES ENFERMOS DE LA PESTE, de Jean de la Fontaine (1)


Debido a su extensión, presentamos esta fábula íntegra en dos partes.

I

La peste, fiero mal que horror infunde,
Mal con que el Cielo, en su furor, confunde
Y castiga delirios de la tierra,
Mal que, el lugar que encierra
Aqueronte, llenar puede en un día,
A los irracionales guerra hacía.
No todos acababan; pero todos,
Males sufrían de diversos modos;
Hasta llegar el deplorable estado
De no verse ocupado
Ninguno de ellos, en buscar comida
Para el sustento de su débil vida:
Ya ni zorras ni lobos
Verificaban robos,
Ni iban al inocente persiguiendo;
Y vagaban las tórtolas gimiendo.

Llamó, en fin, a consejo el León fuerte,
Y a sus vocales dijo de esta suerte:
Yo creo que este mal nos aflige
(Y que quizás aún no nos corrige)
Del Cielo viene por nuestros pecados.
Todos somos culpados;
Y así, el que más lo fuere, en sacrificio
Para tornar propicio
Al enojado Cielo ha de ofrecerse:
Debe al momento hacerse:
Quizá conseguirá ser tan dichoso,
Que nos libere de este mal penoso.

Consta en la historia que, por casos tales,
Penitencias iguales
Se practicaban: nonos adulemos:
Todos escudriñadnos,
Sin indulgencia alguna,
Nuestras conciencias: no tengo ninguna
Dificultad o empacho en confesarme
De mis delitos: debo delatarme
De que a muchos Corderos
He devorado con mis dientes fieros,
Sin que jamás me hubiesen ofendido;
Y alguna vez también me ha sucedido
Devorar los Pastores del ganado.

Vedme aquí aparejado,
Con muchísimo gusto,
A morir: sin embargo, encuentro justo
Que, como yo, se vayan acusando
Todos, y de este modo, averiguando
Quien es más delincuente,
Morirá el que lo sea justamente.


Jean de la Fontaine (Francia, 1621-1695).

(Traducido al español por Bernardo María de Calzada).

Epidemias: LOS ANIMALES ENFERMOS DE LA PESTE, de Jean de La Fontaine (2)


Debido a su extensión esta fábula fue dividida en dos partes. Aquí se puede leer la primera de ellas.

II

Señor, dijo la Zorra lisonjera,
Sois un gran Rey. ¿Por qué de esa manera
Habláis? Es demasiado
Vuestro remordimiento. ¿Qué pecado
Es comerse esa especie miserable
De los Corderos? No, señor, laudable
Es en vos tal costumbre: esas son gentes
Que, con morir a vuestros reales dientes,
Se llenaron de honor; y en cuanto al daño
Causado a los Pastores, o me engaño,
O son acreedores
A cualquiera castigo esos señores,
Porque desdeñan parecer iguales
A los demás diversos animales,
Erigiéndose Reyes,
Y a todos imponiendo duras leyes:
Así la Zorra dijo, y la aplaudieron:

En fin, no se atrevieron
Ni de Tigres, ni de Osos,
Ni de otros poderosos,
A citar los delitos más atroces:
Cuantos tenían algo de feroces,
Y aún, hasta los Mastines,
En su sentir, llevaban rectos fines.

Tocóle al Burro lerdo
Confesar sus pecados. Yo me acuerdo,
Dijo, que al ir pasando el otro día
Por cierto prado que pertenecía
A una comunidad, lo tierno y verde
De la hierba, mi hambre, o lo que pierde
A muchos, la ocasión urgente y rara,
Me tentó a que arrancara
(A la verdad fue mengua)
Un pedazo del ancho de mi lengua.
Para hacer tal exceso
Ningún derecho tuve: lo confieso.

Todos se conjuraron
Contra el misero Burro, y le infamaron.
Un timorato Lobo
Probó, con una arenga, que era robo;
Y por tanto se hacía indispensable,
Que aquel maldito Burro detestable,
Se condenase luego al sacrificio
Por tan infame vicio,
Causa de la epidemia lastimosa.
¡Comer la yerba ajena: qué horrorosa,
Y qué inaudita culpa!
No hay para ella disculpa,
Decían que perezca sin remedio.
Ello, en fin, no hubo remedio.

Según que poderoso o miserable 
Seas, si eres juzgado,
Te harán parecer justo o culpable.
.

Jean de la Fontaine (Francia, 1621-1695).

(Traducido al español por Bernardo María de Calzada).
La ilustración corresponde a un grabado de Pierre-Étienne Moitte sobre un diseño de Jean-Baptiste Oudry.