Luz del verano sobre la bahía en Vancouver. (Fotografía de Jules Etienne).

lunes, 30 de noviembre de 2015

Venecia: LA BARCA o NUEVA VISITA A VENECIA, de Julio Cortázar

"Desde el Rialto miró Valentina los fastos del Canal Grande..."
 
(Fragmento)

Los primeros días en Venecia fueron grises y casi fríos, pero al tercero estalló el sol desde temprano y el calor vino enseguida, derramándose con los turistas que salían entusiastas de los hoteles y llenaban la piazza San Marco y la Mercería en un alegre desorden de colores y de lenguas.
 
A Valentina le agradó dejarse llevar por la cadenciosa serpiente que remontaba la Mercería rumbo al Rialto. Cada recodo, el puente dei Baretieri, San Salvatore, el oscuro recinto postal de la Fondamenta dei Tedeschi, la recibían con esa calma impersonal de Venecia para con sus turistas, tan diferente de la convulsa expectativa de Napóles o el ancho darse de los panoramas de Roma. Recogida, siempre secreta, Venecia jugaba una vez más a hurtar su verdadero rostro, sonriendo impersonal- mente a la espera de que en el día y la hora propicios su voluntad de mostrarse de verdad al buen viajero lo recompensaran de su fidelidad. Desde el Rialto miró Valentina los fastos del Canal Grande, y se asombró de la distancia inesperada entre ella y ese lujo de aguas y de góndolas. Penetró en las callejuelas que de campo en campo la llevaban a iglesias y museos, salió a los muelles desde donde podían enfrentarse las fachadas de los grandes palacios corroídos por un tiempo plomizo y verde. Todo lo veía, todo lo admiraba, sabiendo sin embargo que sus reacciones eran convencionales y casi forzadas, como el elogio repetido a las fotos que nos van mostrando en los álbumes de familia. Algo -sangre, ansiedad, o tan sólo ganas de vivir- parecía haber quedado atrás. Valentina odió de pronto el recuerdo de Adriano, le repugnó la petulancia de Adriano que había cometido la falta de enamorarse de ella. Su ausencia lo hacía aún más odioso porque su falta era de las que sólo se castigan o se perdonan en persona.
 
 
  Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

domingo, 29 de noviembre de 2015

Venecia: EL REGRESO, de Harold Pinter

"¿No es curioso? Yo, en pijama; y usted totalmente vestida..."
 
(Fragmento del primer acto)

Lenny: ¿Dónde han estado en Italia?

Ruth: En Venecia.

Lenny: ¿En mi querida Venecia? ¡Qué curioso! Siempre he pensado que si hubiera sido soldado en la guerra –digamos, en la campaña de Italia-, habría estado en Venecia. Siempre he tenido esa sensación. La cosa es que era demasiado joven para hacer la guerra, era un niño; pero, de no haber sido por eso, estoy seguro de que hubiera estado en Venecia. Sí, con mi batallón. ¿Le importa que le tome la mano?
 
 
Harold Pinter (Inglaterra, 1930-2008). Obtuvo el premio Nobel en 2005.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Venecia: VENECIA DESDE MI VENTANA, de Jean Paul Sartre

"Veo ya nacer, a derecha, el pálido reflejo del palacio Dario."

(Fragmento)
 
El  agua es demasiado discreta; no se le oye. Asaltado  por una sospecha, me inclino: el cielo ha caído dentro. Ella apenas se atreve a moverse y sus millones de ondas mecen confusamente la apacible reliquia que fulgura con intermitencias… El presente es lo que toco, la herramienta que puedo manejar; es lo que actúa sobre mí o lo que puedo cambiar. Aquellas bonitas quimeras no son mi presente. Entre ellas y yo no hay simultaneidad… Quizás vienen a mí desde el fondo del porvenir; en ciertas mañanas de primavera las he visto avanzar hacia mí, jardín flotante, todavía otras, pero como un presagio, como aquél que yo sería en el futuro. Pero la claridad desapacible de esta mañana ha matado sus colores, los ha amurallado en finitud. Tales quimeras son pobres, inertes; la deriva las aleja de mí. En verdad no pertenecen a mi experiencia; surgen lentamente, en el fondo de una memoria que está a punto de olvidarlas, una extraña memoria anónima, la memoria del Cielo y del Agua. En Venecia, es suficiente una nada para que la luz se transforme en materia. Basta que la luz desenvuelva esta imperceptible memoria insular, este desajuste constante, para que tal luz parezca un pensamiento. Ella atiza o suprime los sentidos esparcidos sobre los flotantes conjuntos de casas. Esta mañana leo Venecia en los ojos de otro… En el fondo de una mirada antigua, mi mirada intenta volver a pescar palacios sumergidos, pero no consigue más que generalidades. ¿Percibo o recuerdo?. Veo lo que sé, o, más bien, lo que otro ya sabe. Otra memoria frecuenta la mía, los recuerdos de Otro surgen frente a mí… He aquí un cuadro para los turistas: La Eternidad cercada por el Devenir, o el Mundo Inteligible planeando por encima de la materia… Bruscamente, todo el cortejo marino se ahoga; el agua es como los sueños: no tiene lógica en las ideas. El agua se aplana, yo me inclino sobre una espesura de embotamiento; se diría que ella envidia la rigidez cadavérica de los palacios que la bordean… Veo ya nacer, a derecha, el pálido reflejo del palacio Dario. Elevo los ojos: todo se ha transformado en algo semejante. Tengo necesidad de pesadas y macizas presencias, me siento vacío frente a esos finos plumajes pintados sobre vidrio. Salgo.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Fue designado premio Nobel en 1964, aunque lo rechazó.

La ilustración corresponde a Palazzo Dario (1889), de Willliam W. Sheppard.

viernes, 27 de noviembre de 2015

VENECIA, de Jaroslav Seifert

"La niebla cubre los imperios de la tarde..."
 
La tempestad lava el esplendor oriental;
La niebla cubre los imperios de la tarde
Y sobre la plaza
En el incendio de una hoja
Persiste la memoria del otoño.
 
Paseas, Venecia, la gloria de tu belleza,
Sobre las aguas,
Pero el mar anuncia malos presagios.
 
Se desatan las amarras,
Se despliegan las velas
En enormes alas,
El vuelo de la melancolía
Se eleva sobre nosotros
Y de babor a estribor
Pasan el viento y las horas
¿Qué faro guía nuestro rumbo?
Seducción del Adriático:
Más allá la luz y el templo
Que aún es emoción y herencia viva.
 
La niebla humedece la barca,
Oh, doncella de las aguas,
Qué secreto se oculta
Bajo tu manto.
 
 
Jaroslav Seifert (República Checa, 1901-1986). Obtuvo el premio Nobel en 1984.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Venecia: DOS EVOCACIONES MUSICALES, de José Saramago y Nedim Gürsel


Cuando Domenico Scarlatti se sienta ante el clavicordio en El memorial del convento, la música provoca emociones y remite a paisajes, incluidos los canales venecianos, que consigna Saramago con gran intensidad narrativa:

... sólo las mujeres, tiernos corazones, se dejan arrastrar por la música y por la chiquilla, incluso tocando ella tan mal, que nada tiene de extraño, qué esperaría Doña María Ana, milagros, está la pequeña empezando, el signor Scarlatti ha llegado hace sólo unos meses, y por qué tienen esos extranjeros nombres tan difíciles, si tan poco cuesta descubrir que es Escarlata el nombre de éste, y le queda bien, hombre de completa figura, rostro grande, boca ancha y firme, ojos separados, no sé qué tienen los italianos, como éste, nacido en Nápoles hace treinta y cinco años, Es la fuerza de la vida, hermana.

Terminó la lección, se deshizo el grupo, el rey fue para un lado, la reina para otro, la infanta no sé para dónde, todos observando precedencias y preceptos, haciendo múltiples reverencias, al fin se alejó el rumor de los guardainfantes y de las calzas de cintas, y en el salón de música quedaron sólo Domenico Scarlatti y el padre Bartolomeu de Gusmão. El italiano hizo una pasada de dedos por el teclado, primero sin objeto, luego, como si buscara un tema o quisiera enmendar los ecos, y de repente pareció encerrado en la música que tocaba, corrían sus manos por el teclado como un barco florido en la corriente, demorada aquí y allá por las ramas que de las márgenes se inclinan, luego velocísima, después deteniéndose en las aguas dilatadas de un lago profundo, bahía luminosa de Nápoles, secretos y sonoros canales de Venecia, luz refulgente y nueva del Tajo, allá va el rey, se recogió la reina en su cámara, la infanta se inclina sobre el bastidor, de pequeñita aprende, y la música es un rosario profano de sonidos, madre nuestra que estás en la tierra. Señor Scarlatti, dice el cura cuando termina la improvisación y todos los ecos quedan corregidos, señor Scarlatti, no es tanta mi vanidad que crea saber de ese arte, pero estoy seguro de que hasta un indio de mi país, que de ella sabe aún menos que yo, se sentiría arrebatado por esas armonías celestes...

Por su parte Nedim Gürsel -escritor turco ahora nacionalizado francés-, refiere en su novela Los turbantes de Venecia a otro compositor italiano, Antonio Vivaldi, por coincidencia, contemporáneo del citado Scarlatti:

Allí, columnas de mármol tallado que se elevaban hacia lo alto separaban la parte cubierta del patio interior. pasó entre las columnas y se detuvo bajo la loggia. aquello era como un refugio rodeado de altos muros. El agua caía golpeteando los patios, uno dentro de otro, desde ambos lados de los soportales. Se arrebujó en el abrigo y se sacudió con la mano las gotas de agua que chorreaban por la tela. También tenía los zapatos completamente calados. Era como si un agua helada subiera desde el enlosado mojado hasta sus rodillas. Sintió un escalofrío de miedo. Le daba la impresión de que el agua iba ascendiendo por su cuerpo hasta casi ahogarle.

Justo en ese momento un sonido que surgía por una de las ventanas inundó el patio. Acompañado por violines subía y bajaba produciendo ecos en los viejos muros, en las escaleras que se entrecruzaban, en las columnas y los arcos. Kâmil reconoció la música de Vivaldi. El cantante era un falsetto, con su voz doliente y experta decía: "Sabat Mater Dolorosa. Iusta crucem lacrimosa".

 
Jules Etienne

martes, 24 de noviembre de 2015

Venecia: CUENTO AZUL, de Marguerite Yourcenar

"El mercader italiano desembarcó en Venecia..."

(Fragmento)

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.
 
 
Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Venecia: ANOTACIONES, de Silvina Ocampo


(Fragmento)
 
El día en que me muera caerán de mis ojos lágrimas y de mi boca palabras. Nunca se contradicen. ¿No volveré a Italia? ¿No llegaré en góndola a Venecia? ¿No oiré las campanadas de las siete y los acordes de la tarde? Las campanadas dicen: tal vez las oigas y tal vez llegues a Venecia pronto y tal vez se ilumine el cielo y tal vez el mundo se transforme abruptamente. ¿En qué? En Venecia. Iré corriendo por la plaza San Marco, por todas las edades, y no me reconoceré en ningún espejo, por mucho que me busque, y que me busquen. No seré una niña de siete años, ni una joven de quince, ni una columna de la iglesia, ni un caballo de mármol, ni una rosa de estuco, ni una muñeca de 1880, ni un cuadro de Guirlandaio ni de Rafael, y llegaré al Palazzo Ducale y lloraré; nadie sabe por qué, ni yo misma. Lloraré oyendo las voces de los gondoleros, tristes en la noche. No veré los cisnes de mi infancia nadando en un lago de San Isidro o en la costa del Río de la Plata, rodeado de sauces, ni el precioso bosque de madreselvas asesinas, que se comen los árboles.
 
¡La torre del reloj sin fin! No veo la hora. ¿Serán las ocho? Serán las dos menos veinte? ¿Qué hora será? Toda hora me da miedo, como me da miedo la hora en que quedó clavada, con sus agujas, la muerte de Murena. Las ocho en un reloj que no andaba y no andaría nunca.


Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Venecia: VENECIA ES UN PEZ, de Tiziano Scarpa

 
Venecia es un pez. Compruébalo en un mapa. Parece un lenguado colosal tendido en el fondo. ¿Cómo es posible que este animal prodigioso haya remontado el Adriático para venir a guarecerse justo aquí?
 
Tiziano Scarpa (Italia, 1963)

jueves, 19 de noviembre de 2015

Venecia: MÁSCARAS DEL ALBA, de Octavio Paz (en el día mundial del ajedrez)


Sobre el tablero de la plaza
se demoran las últimas estrellas.
Torres de luz y alfiles afilados
cercan las monarquías espectrales.
¡Vano ajedrez, ayer combate de ángeles!
 
Fulgor de agua estancada donde flotan
pequeñas alegrías ya verdosas,
la manzana podrida de un deseo,
un rostro recomido por la luna,
el minuto arrugado de una espera,
todo lo que la vida no consume,
los restos del festín de la impaciencia.
 
Abre los ojos el agonizante.
Esa brizna de luz que tras cortinas
espía al que la expía entre estertores
es la mirada que no mira y mira,
el ojo en que espejean las imágenes
antes de despeñarse, el precipicio
cristalino, la tumba de diamante:
es el espejo que devora espejos.
 
Olivia, la ojizarca que pulsaba,
las blancas manos entre cuerdas verdes,
el arpa de cristal de la cascada,
nada contra corriente hasta la orilla
del despertar: la cama, el haz de ropas,
las manchas hidrográficas del muro,
ese cuerpo sin nombre que a su lado
mastica profecías y rezongos
y la abominación del cielo raso.
Bosteza lo real sus naderías,
se repite en horrores desventrados.
 
El prisionero de sus pensamientos
teje y desteje su tejido a ciegas,
escarba sus heridas, deletrea
las letras de su nombre, las dispersa,
y ellas insisten en el mismo estrago:
se engastan en su nombre desgastado.
 
Va de sí mismo hacia sí mismo, vuelve,
en el centro de sí se para y grita
¿quién va? y el surtidor de su pregunta
abre su flor absorta, centellea,
silba en el tallo, dobla la cabeza,
y al fin, vertiginoso, se desploma
roto como la espada contra el muro.


La joven domadora de relámpagos
y la que se desliza sobre el filo
resplandeciente de la guillotina;
el señor que desciende de la luna
con un fragante ramo de epitafios;
la frígida que lima en el insomnio
el pedernal gastado de su sexo;
el hombre puro en cuya sien anida
el águila real, la cejijunta
voracidad de un pensamiento fijo;
el árbol de ocho brazos anudados
que el rayo del amor derriba, incendia
y carboniza en lechos transitorios;
el enterrado en vida con su pena;
la joven muerta que se prostituye
y regresa a su tumba al primer gallo;
la víctima que busca a su asesino;
el que perdió su cuerpo, el que su sombra,
el que huye de sí y el que se busca
y se persigue y no se encuentra, todos,
vivos muertos al borde del instante
se detienen suspensos. Duda el tiempo,

el día titubea.
 

Soñolienta
en su lecho de fango, abre los ojos
Venecia y se recuerda: ¡pabellones
y un alto vuelo que se petrifica!
Oh esplendor anegado...
Los caballos de bronce de San Marcos
cruzan arquitecturas que vacilan,
descienden verdinegros hasta el agua
y se arrojan al mar, hacia Bizancio.
Oscilan masas de estupor y piedra,
mientras los pocos vivos de esta hora...
Pero la luz avanza a grandes pasos,
aplastando bostezos y agonías.
¡Júbilos, resplandores que desgarran!
El alba lanza su primer cuchillo.
 
 
Venecia, 1948
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

VENECIA, de Oliverio Girondo



Se respira una brisa de tarjeta postal.

¡Terrazas! Góndolas con ritmos de cadera. Fachadas que reintegran tapices persas en el agua. Remos que no terminan nunca de llorar.

El silencio hace gárgaras en los umbrales, arpegia un pizzicato en las amarras, roe el misterio de las casas cerradas.

Al pasar debajo de los puentes, uno aprovecha para ponerse colorado.

Bogan en la Laguna, dandys que usan un lacrimatorio en el bolsillo con todas las iridiscencias del canal, mujeres que han traído sus labios de Viena y de Berlín para saborear una carne de color aceituna, y mujeres que sólo se alimentan de pétalos de rosa, tienen las manos incrustadas de ojos de serpiente, y la quijada fatal de las heroínas d’Annunzianas.

¡Cuando el sol incendia la ciudad, es obligatorio ponerse un alma de Nerón!

En los piccoli canali los gondoleros fornican con la noche,
anunciando su espasmo con un triste cantar, mientras la luna engorda, como en cualquier parte, su mofletudo visaje de portera.


Yo dudo que aún en esta ciudad de sensualismo, existan falos más llamativos, y de una erección más precipitada, que la de los badajos del campanile de San Marcos.


Oliverio Girondo (Argentina, 1891-1967)

miércoles, 11 de noviembre de 2015

VENECIA, de Boris Pasternak

"A lo lejos tras el fondeadero de barcas en los restos del sueño emergía la realidad."

Me despertaron bien temprano
Con el rumor de  seda en la ventana.
Como bollo de piedra mojada,
Sobre el agua Venecia fluía.

Todo estaba tranquilo, y sin embargo,
En el sueño oí un grito,
Similar a un signo acallado que,
Todavía inquietaba la estela.
 
Con el tridente de Escorpio pendía
Sobre el borde de las calmas mandolinas
Quizás por una mujer ofendida,
Pudo ser emitido desde lejos.
 
Ahora se acalló y como tenedor negro
Emergía como asta en la neblina.
El gran canal con sonrisa oblicua
Torcía la vista, como fugitivo.
 
Allá, hambrientas y empujando
Iban las olas, callejeando tediosas.
Y las góndolas tumbaban los atadores
Royendo el muelle a machetazos.
 
A lo lejos tras el fondeadero de barcas
En los restos del sueño emergía la realidad.
Venecia como una veneciana
Se precipitaba nadando desde el malecón.


Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1958.

martes, 10 de noviembre de 2015

Venecia: LA AZUCENA ROJA, de Anatole France

"Sonreía. ¡Qué boca! La más preciada joya, la más hermosa luz."

(Fragmento del capítulo IV)

- Hasta en Florencia -dijo el escultor- el cielo es lejano, se ve a distancia. Sólo en Venecia está en todas partes, acaricia la tierra y el agua, envuelve con amor las cúpulas de plomo y las fachadas de mármol, y lanza en el espacio irisado sus perlas y sus cristales. La hermosura de Venecia está en su cielo y en sus mujeres. Las venecianas, ¡hermosas criaturas de un contorno tan atrevido, tan puro! Aquellos cuerpos flexibles que se adivinan macizos bajo el chal negro… Aunque sólo quedara de tales mujeres un huesecillo, revelaría el encanto de su estructura exquisita. El domingo, en la iglesia, forman grupos risueños, agitados. Un conjunto de caderas algo salientes, de nucas elegantes, de sonrisas floridas, de miradas luminosas. Y todas se inclinan con soltura de cachorro al paso de un cura con cabeza de Vitelio y barbilla rebosante sobre la casulla, que lleva el cáliz, precedido de dos acólitos. Él andaba desigualmente al compás de sus ideas, tan pronto perezosas como aceleradas, y ella sostenía un paso regular con tendencia a adelantarse. El escultor la contemplaba, admirando en ella el porte ligero y firme que le agradaba, y advertía el estremecimiento que por instantes su cabeza voluntariosa comunicaba a los tallos de muérdago prendidos en su toca. Sin proponérselo, sentía el encanto de aquel paseo casi íntimo con una mujer casi desconocida.
 
Habían llegado al lugar donde la ancha avenida muestra sus cuatro hileras de plátanos; avanzaban junto al parapeto de piedra rematado por una cortina de boj que oculta piadosamente la fealdad de los edificios militares del muelle. Al otro lado se adivinaba el río, por la atmósfera lechosa que en los días sin bruma descansa sobre las aguas. El cielo era claro. Las luces de la ciudad se confundían con las estrellas. Al Sur brillaban los tres clavos de oro del Tahalí de Orión.

- El último año, en Venecia, todas las mañanas, al salir de mi casa, encontraba delante de la puerta, que tenía tres escalones sobre el canal, a una joven admirable, de cabeza pequeña, de cuello redondo y fuerte, de caderas vigorosas. Allí estaba envuelta en rayos de sol y en basura, graciosa como una ánfora, sutil como una flor. Sonreía. ¡Qué boca! La más preciada joya, la más hermosa luz. Advertí a tiempo que aquella sonrisa iba dirigida a un muchacho carnicero que se hallaba detrás de mí con el cesto en la cabeza. En el ángulo de la corta calle que baja al muelle, entre dos jardincillos, la señora Martín apresuró el paso.
 
- ¿Es cierto que en Venecia -le dijo- las mujeres son hermosas?
 
- Casi todas lo son. Hablo de las hijas del pueblo, de las cigarreras, de las humildes obreras de las vidrierías. Las otras son como en todas partes.
 
 
 Anatole France: François-Anatole Thibault (Francia, 1844-1924).
Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1921.
 
La ilustración corresponde a La pesca del día (Catch of the Day), de Eugene de Blaas, 1898. 

lunes, 9 de noviembre de 2015

James Joyce e Italo Svevo: DOS VIAJES DE NOVIOS POR VENECIA

"...en Venecia, paseábamos en góndola, por uno de esos canales..."

No deja de resultar curioso el hecho de que James Joyce escribió una buena parte de Ulises mientras radicaba en Trieste, muy cerca de Venecia, pero haya evitado visitarla durante los diez años que permaneció allí, en contraste con tantos escritores de las más variadas procedencias que se enamoraron de la ciudad.
 
Cuando tuvo que viajar en tren a Padua con el fin de aplicar para un puesto de profesor de inglés, tendría que haber transbordado en Mestre o Venecia misma, aunque resulta evidente que no tenía ningún interés por conocerla. En una carta que le escribe a su esposa Nora, fechada el 25 de abril de 1912, se queja de que Padua estaba llena de viajeros que no alcanzaron hospedaje en Venecia y por ese motivo se vio en la necesidad de emprender un peregrinaje hotel tras hotel hasta finalmente conseguir una habitación.
 
Dos años más tarde, con el inicio de la guerra, como Trieste era parte del imperio austro-húngaro, se volvió casi imposible recibir correspondencia procedente de Inglaterra, país enemigo, por lo que se vio obligado a utilizar un domicilio en Venecia que le facilitó su amigo Italo Svevo. A éste, cuyo verdadero nombre era Ettore Schmitz -de origen judío y converso al catolicismo-, lo conoció cuando era su alumno de inglés y de inmediato entablaron una amistad basada en sus afinidades literarias. Schmitz solía decir que adoptó su seudónimo debido a que: "Me daba pena ver esa pobre e insignificante vocal rodeada de un montón de feroces consonantes", y con ese nombre publicó, en 1892 y 1898, sus primeras dos novelas: Una vida y Senilidad, las cuales pasaron desapercibidas. Será hasta 1919 cuando inicie la escritura de su obra más ambiciosa, La conciencia de Zeno, cuya primera edición aparecería en 1923, un año después que Ulises. 
 
Está bien documentado que Joyce estuvo de paso por Venecia, entre el 3 y el 5 de julio de 1920, junto con Nora y sus hijos, camino a París, a donde iba animado por la insistencia de Ezra Pound -paradójico si se considera la pasión que éste expresaría por Venecia en el futuro- para procurar la traducción al francés de El retrato de un artista adolescente y Dublineses. Llegó a la capital francesa por una breve temporada y se quedó veinte años. Allí concluiría Ulises, en cuyo torrente del episodio final, Penélope, entre páginas enteras que no admiten el respiro de la puntuación, escribió estas líneas que incluyen una muy breve referencia veneciana:
 
"... pero lo calé hablándome de todos los sitios bonitos que podríamos ir para el viaje de novios Venecia a la luz de la luna con las góndolas y el lago Como tenía una foto recorte de algún periódico y de mandolinas y farolillos..."
 
Imposible pasar por alto su relativa semejanza con este párrafo que corresponde al capítulo cuarto, Esposa y amante, en La conciencia de Zeno:
 
"Recuerdo que una noche, en Venecia, paseábamos en góndola, por uno de esos canales sumergido en profundo silencio que sólo interrumpía de vez en cuando la luz y el ruido de una calle que de repente se abre sobre él. Augusta, como siempre, miraba las cosas y las registraba con precisión: un jardín verde y fresco que surgía de una base sucia dejada al descubierto por el agua que se había retirado; un campanario que se reflejaba en el agua turbia; una callejuela larga y oscura con un río de luz y con gente al fondo. En cambio, yo, en la oscuridad, sentía, con absoluto desconsuelo, a mí mismo. Le hablé de que el tiempo pasaba y pronto haría ella de nuevo aquel viaje de novios con otro. Estaba tan seguro de ello, que me parecía contarle una historia ya sucedida y me pareció fuera de lugar que se echara a llorar para negar la verdad de dicha historia."
 
Svevo y Joyce: dos amigos escritores cuyas novelas más ambiciosas se publicaron casi al mismo tiempo, convivieron durante una década en Trieste y ubican a sus personajes de luna de miel en una góndola veneciana. Al menos estas coincidencias sirven como pretexto para ocuparse de ellas.
 
 
Jules Etienne

domingo, 8 de noviembre de 2015

Venecia: ENCUENTRO CON EZRA POUND, de Antonio Colinas


debes ir una tarde de domingo,
cuando Venecia muere un poco menos,
a pesar de los niños solitarios,
del rosado enfermizo de los muros,
de los jardines ácidos de sombras,
debes ir a buscarle aunque no te hable
(olvidarás que el mar hunde a tu espalda
las islas, las iglesias, los palacios,
las cúpulas más bellas de la tierra,
que no te encante el mar ni sus sirenas)
recuerda: Fondamenta Cabalá,
hay por allí un vidriero de Murano
y un bar con una música muy dulce,
pregunta en la pensión llamada Cici
donde habita aquel hombre que ha llegado
sólo para ver gentes a Venecia,
aquel americano un poco loco,
erguido y con la barba muy nevada,
pasa el puente de piedra, verás charcos
llenos de gatos negros y gaviotas,
allí, junto al canal de aguas muy verdes
lleno de azahar y frutos corrompidos,
oirás los violines de Vivaldi,
detente y calla mucho mientras miras:
Ramo Corte Querina, ése es el nombre,
en esa callejuela con macetas,
sin más salida que la de la muerte,
vive Ezra Pound
 
 
Antonio Colinas (España, 1946)
 
Nota: este poema, tal y como fue publicado por la editorial Visor en 1982, en el volumen Antonio Colinas: Poesía, 1967-1980, carece de puntos y, por lo tanto, de las correspondientes mayúsculas que les proceden.

La ilustración corresponde a una fotografía de Ezra Pound al atardecer en Venecia.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Venecia: ENTREVISTA EN VENECIA CON EZRA POUND

"Me sumo a la letargia al comenzar el invierno."
 
(Fragmento)

- No, ya no trabajo…nada hago. Me he convertido en un iletrado y analfabeto. Me sumo a la letargia al comenzar el invierno. Para desgracia mía, no hago más que fomentar la glotonería y la pereza…Sí, me sumo a la letargia y contemplo…He elegido el vivir en Italia, en Venecia, por el momento, como si la letargia o la contemplación fueran aquí más dulces que en otros parajes. ¿Por qué razones? Los italianos tienen una vitalidad, una espontaneidad curiosa…Llegué por primera vez a Italia a la edad de doce años, con mi tía, para visitar Venecia. Siempre he deseado regresar a ella. Por el momento aquí estoy.


Entrevista de Grazia Livi para el periódico italiano Época. Publicada el 24 de marzo de 1963.
 
La ilustración corresponde a un detalle de la fotografía de Vía Garibaldi al atardecer, de Michele Rienzo.
La imagen íntegra es espléndida y se puede ver en http://www.fotocommunity.it/pc/pc/display/25674878

jueves, 5 de noviembre de 2015

Venecia: UNA FOTO DE EZRA POUND EN VENECIA, 1968, de Luis Antonio de Villena


Tan destruido como elegante, señor.
Aire de sabio, de profeta y ciego.
Las manos nudosas se retuercen: Nada.
Se bebieron todo el agua del vaso.
Los diccionarios lijaron la piel,
los libros afilaron, sentenciosos, los dedos.
Las imágenes secaron aquel iris potente.
La hermosa tradición y la moderna
ménade podaron lentamente los labios.
Huele a cultos jazmines, rotos en el aire.
Niegas, afirman, gritamos: La vida.
Señor, tan destruido y elegante.
 
 
Luis Antonio de Villena (España, 1951)