Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 24 de julio de 2021

Casanova y Venecia: CASANOVA, de Stefan Zweig


(Fragmento)
 
Ninguna mujer puede retenerlo mucho tiempo en sus brazos, ninguna regla puede persuadirlo de permanecer entre las fronteras de cualquier país, ninguna ocupación puede importarle más allá de un período breve. Escapa de los calabozos en Venecia porque prefiere poner en riesgo su vida a dejar que las cosas se tornen amargas. Todos sus talentos, todas sus habilidades, todos sus poderes, todo su valor y su genio, para mantenerse día tras día a merced de la fortuna, su diosa. Esa es la razón por la que su existencia permanece tan mutable como el agua que corre, ahora aparece ante una fuente espumosa que brilla bajo el sol, ahora es el torrente de una cascada que se precipita ominosa en el abismo más oscuro. De la mesa de un príncipe, de la vida fácil de un manirroto con dinero en la bolsa hasta aquel que sólo puede conseguir comida empeñando su abrigo, de seductor a rufián, se mueve siempre con ligereza gracias al espíritu de su naturaleza mercurial, carece de sentido común en los días de buena fortuna y permanece ecuánime ante la adversidad, siempre lleno de valor y confianza.
 
Stefan Zweig (Austria, 1881-1942).

martes, 13 de julio de 2021

Venecia: EL MISTERIO DE LA CREACIÓN ARTÍSTICA, de Stefan Zweig

 "... cuando los ingleses vsitaban Venecia, sobornaban a los gondoleros para oír hablar de sus orgías y francachelas."

(Fragmento del capítulo Lord Byron: El drama de una gran existencia)

Lord Byron es hoy más efigie que poeta; su vida, esa vida ruidosa, dramática, a menudo hasta espectacular, es más aventurera que su palabra poética, leyenda he- roica, imagen patética del poeta más que el poeta mismo.

Tenía todo el hechizo del porte; fue totalmente el poeta que sueña una juventud: aristócrata de nacimiento y de apostura, juvenilmente hermoso, atrevido y orgulloso, hirviente en aventuras, endiosado por las mujeres, rebelde ante la ley, poseía el ro- manticismo del levantisco contra la época; desterrado principesco, vivió en las zonas paradisíacas de Italia y Suiza y murió con un pueblo esclavizado en una guerra por la libertad. Alrededor de él se oscurecieron y brillaron negras leyendas: cuando los ingle- ses visitaban Venecia, sobornaban a los gondoleros para oír hablar de sus orgías y francachelas. Hasta Goethe y Grillparzer, seres sin aventuras que envejecían en la soledad, hablan tímidamente y con secreta envidia del tremendo mito de la vida. Y dondequiera que aparezca, su figura, grande y solemne, resulta al mismo tiempo renacentista o antigua en el breve marco de la época; en el Lido todas las mañanas pasa volando montado en un potro árabe cubierto de espuma; atraviesa a nado, el primero entre los ingleses, el Helesponto; en la playa de Liorna ¡magnífico símbolo de su paganismo!, enciende la pira en que yace el cadáver de Shelley y retira de su cora- zón intacto la ceniza que cae.

Stefan Zweig (Austríaco fallecido en Brasil, 1881-1942).

martes, 23 de junio de 2020

Epidemias: CARTA DE UNA DESCONOCIDA, de Stefan Zweig

"He encendido una quinta vela y la he colocado en la mesa, sobre la cual te escribo."

(Fragmento)

«Es curioso» pensó, y tomó nuevamente la carta entre sus manos. Arriba a manera de título, aparecía escrito: «A ti, que nunca me has conocido». Muy extrañado, se detuvo. ¿Se trataba de una carta destinada efectivamente a él, o a una persona imaginaria? De pronto, saciando su curiosidad, comenzó a leer:

«Mi hijo ha muerto ayer. Durante tres días y tres noches he estado luchando con la muerte, queriendo salvar esta pequeña y tierna vida, y durante cuarenta horas he permanecido sentada junto a su cama, mientras la influenza agitaba su pobre cuerpo, ardiente de fiebre día y noche. Al final he caído desplomada. Mis ojos no podían ya más, y se me cerraban sin que yo me diera cuenta. He dormido durante tres o cuatro horas en la dura silla, y mientras dormía se lo ha llevado la muerte. Ahora está allí ese pobre, ese querido niño, en su estrecha camita, tal como murió: únicamente le han cerrado los ojos, aquellos ojos suyos, oscuros e inteligentes; le han cruzado las manos sobre la camisa blanca, y cuatro velas arden a los costados de la cama. No me atrevo a mirarle; no tengo valor para moverme, pues cuando tiemblan las llamas de las bujías, las sombras se deslizan sobre su cara y sobre su boca cerrada, dando la impresión de que sus rasgos se mueven, con lo cual podría yo pensar un momento que no había muerto, que podía despertar para decirme con su voz clara alguna palabra llena de cariño infantil. Pero sé que está muerto y no quiero mirarle para no volver a abrigar una vana esperanza y verme de nuevo desilusionada. Lo sé, lo sé; mi hijo ha muerto ayer y ahora no me queda en todo el mundo nadie más que tú; tú, que no sabes nada de mí; tú, que entretanto te distraes con tus asuntos o con otros hombres. Sólo te tengo a ti, que nunca me conociste, a quien siempre he querido.

«He encendido una quinta vela y la he colocado en la mesa, sobre la cual te escribo. Hago esto porque no puedo estar sola con mi hijo muerto sin gritar lo que pesa sobre mi alma, ¿y a quién podría yo hablar en esta hora terrible sino a ti, que has sido y aún lo eres todo para mí? Quizás no pueda explicarme claramente, quizás no me comprendas; tengo pesada la cabeza, siento un latido en las sienes y me duelen los miembros. Creo que tengo fiebre; tal vez sea la influenza que anda ahora de puerta en puerta, y esto último sería lo mejor, pues así me iría con mi hijo sin necesidad de hacer nada contra mí misma. De vez en cuando, algo oscuro se me pone delante de los ojos, y acaso no pueda acabar esta carta; pero quiero reunir todas mis fuerzas para hablar contigo esta sola vez, contigo, mi amor, que no me has conocido nunca.

«Sólo a ti quiero hablarte, decírtelo todo por primera vez; debes conocer toda mi vida, que ha sido siempre tuya y de la que nada has sabido jamás. Pero este secreto mío, deberás conocerlo sólo después de mi muerte, cuando ya no necesites contestarme, cuando esto que sacude mis miembros, este escalofrío, signifique realmente el fin. Si he de continuar viviendo haré pedazos esta carta y continuaré callando, como he callado siempre. Cuando la tengas en tus manos será una muerta la que te cuente su vida, su vida, que fue tuya desde su primera hasta su última hora. No debes temer mis palabras; una muerta no quiere ya nada: ni amor, ni compasión, ni consuelo. Sólo deseo algo de ti, y es que creas todo lo que mi dolor, que en ti se refugia, te dice. Créeme todo; sólo ése es mi ruego; no se miente a la hora de la muerte de un hijo único.»

Stefan Zweig (Austríaco fallecido en Brasil, 1881-1942).

domingo, 6 de octubre de 2013

Exilio: EL MUNDO DE AYER (autobiografía), de Stefan Zweig

"Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional..."
 
(Párrafo inicial)

Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso -la monarquía de los Habsburgo-, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas.
 
 
Stefan Zweig (Austríaco fallecido en Brasil, 1881-1942)