Vancouver: la nieve en otoño como preludio del invierno.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: JARDÍN DE INVIERNO, de Pablo Neruda


Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.

Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.

Creció el rumor del mundo en el follaje,
ardió después el trigo constelado
por flores rojas como quemaduras,
llegó el otoño a establecer
la escritura del vino:
todo pasó, fue cielo pasajero
la copa del estío,
y se apagó la nube navegante.

Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.

Yo supe que la rosa caería
y el hueso del durazno transitorio
volvería a dormir y germinar:
y me embriagué con la copa del aire
hasta que todo el mar se hizo nocturno
y el arrebol se convirtió en ceniza.

La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.

Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas:
debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.


Pablo Neruda: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973).
Obtuvo el premio Nobel en 1971.

martes, 16 de diciembre de 2014

Epigrama: SEÑAL


El otoño se aleja al reconocer

el epílogo del ciclo eterno:

las hojas se fatigan de caer,

ha llegado la hora del invierno.
 
 
Jules Etienne

La ilustración corresponde a la fotografía Hojas del otoño (Autumn Leaves), de Eredel.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: DOMINGO LOCO, de F. Scott Fitzgerald

 
 (Fragmento del segundo capítulo)

Joel no oía muy bien la canción; se sentía feliz, amigo de toda aquella gente, gente valerosa y trabajadora, superior a una burguesía que les ganaba en ignorancia e inmoralidad, y capaz de conquistar una posición de primera importancia en una nación que durante una década sólo había querido que la entretuvieran. Le gustaba... Le encantaba aquel mundo. Oleadas de buenos sentimientos recorrían a Joel. Cuando el cantante terminó su número y los invitados empezaron a acercarse a la anfitriona para despedirse, Joel tuvo una idea. Podría cantarles Dándole forma, una composición suya. Era su único número para las fiestas, había alegrado más de una y quizá le gustara a Stella Walker. Dominado por aquel deseo, mientras le bullían en la sangre los glóbulos escarlata del exhibicionismo, buscó a Stella.

- Por supuesto —exclamó ella-. ¡Te lo ruego! ¿Necesitas alguna cosa?
 
- Alguien tiene que hacer de secretaria, se supone que le estoy dictando.
 
- Yo seré la secretaria.
 
Cuando llegó la noticia al vestíbulo, los invitados que ya se ponían los abrigos para irse se apresuraron a volver, y Joel se vio frente a las miradas de una multitud de desconocidos. Tuvo un ligero presentimiento, porque se había dado cuenta de que el hombre que acababa de actuar era un famoso artista de la radio. Entonces alguien dijo «Chissss» y Joel se quedó solo con Stella, en el centro de un siniestro semicírculo indio. Stella le sonrió con expectación, y él comenzó. Su parodia se basaba en las limitaciones culturales del señor Dave Silverstein, un productor independiente; se suponía que Silverstein dictaba una carta esbozando el tratamiento de un guión que había comprado.
 
- ...la historia de un divorcio, los generadores más modernos y la Legión Extranjera -oyó que decía su voz, con el acento del señor Silverstein-. Pero tenemos que darle forma, ¿sabe? Una aguda punzada de incertidumbre lo atravesó. Las caras que lo rodeaban a la luz suavemente modulada reflejaban interés y curiosidad, pero no encontró ni la sombra de una sonrisa; exactamente delante de él, el Gran Amante de la pantalla le dedicaba una mirada feroz y tan penetrante como la mirada de una patata. Sólo Stella Walker lo contemplaba con una radiante sonrisa que nunca desfallecía.
 
-Si lo hiciéramos estilo Menjou, conseguiríamos una especie de Michael Arlen pero con ambiente de Honolulú.
 
En las primeras filas no se oía una mosca, pero del fondo llegaba un susurro, un perceptible desplazamiento hacia la izquierda donde estaba la puerta.
 
- ...entonces ella dice que él le atrae, le atrae sexualmente, y él se calienta y dice: «Ah, sí, sí, sigue deshaciéndote...» En algún momento oyó la risa contenida de Nat Keogh y aquí y allá le pareció ver alguna cara alentadora, pero al terminar tenía la desagradabilísima impresión de que había hecho el ridículo ante un importante sector del mundo del cine, de cuyos favores dependía su carrera.
 
Se encontró en medio de un confuso silencio, roto por la migración general hacia la puerta. Sentía la corriente de burla que resonaba entre los comentarios en voz baja; y entonces -todo en el espacio de diez segundos- el Gran Amante, con la mirada dura y vacía como el ojo de una aguja, le silbó, lo abucheó, y Joel sintió que aquel abucheo expresaba el humor de toda la sala. Era el resentimiento del profesional hacia el aficionado, de la comunidad hacia el extraño, los pulgares vueltos hacia abajo del clan. Sólo Stella Walker seguía a su lado y le daba las gracias como si hubiera logrado un éxito incomparable, como si fuera inconcebible que a alguien no le hubiera gustado. Cuando Nat Keogh lo ayudaba a ponerse el abrigo, lo invadió una oleada de irritación consigo mismo, y se aferró desesperadamente a su principio de no revelar jamás una emoción inferior hasta que ya no la sintiera.
 
- Ha sido un fracaso -dijo a Stella, sin darle importancia-. No te preocupes, es un buen número si se sabe apreciar. Gracias por haberme ayudado. La sonrisa no abandonó la cara de Stella. Joel hizo una especie de reverencia ebria y Nat lo arrastró hacia la puerta...
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940)
 
 
 Domingo Loco (Crazy Sunday) provee un ejemplo excelente de la manera en la que Fitzgerald incorporaba incidentes autobiográficos a la ficción. El incidente acontecido en el té de los Calman estuvo basado en una exhibición impulsada por el alcohol por parte de Fitzgerald, en una reunión de la que Irving Thalberg y Norma Shearer eran los anfitriones. Fitzgerald canto una canción humorística: el actor John Gilbert y la actriz Lupe Vélez lo abuchearon; luego, Shearer le envió un telegrama para reanimarlo.
 
Mary Jo Tate en su ensayo crítico sobre F. Scott Fitzgerald
(A Literary Reference to His Life And Work).
 
 
(Traducido al español por Justo Navarro).

domingo, 14 de diciembre de 2014

Una serenata para Lupe: LA ÚLTIMA MADRUGADA

"Había luchado tanto y estaba por perderlo todo."
 
(Fragmento del primer capítulo: Despedida en voz baja)

Eran casi las cuatro y la señora Kinder la esperaba despierta. Todavía le preguntó si se le ofrecía algo, pero en realidad Lupe no necesitaría gran cosa, acaso un frasco de seconales y redactar unas notas de despedida. A veces me siento como si tuviera cien años, como si fuera una anciana lista para el asilo. ¡Dios santo! ¿Cuánto habré vivido que ni siquiera lo noté? Entre tanto frenesí, había dejado de sumar los trozos de sueños y pesadillas para sustraer una última resta con lo que ya nunca sería.
 
Empezó a escribir con su letra de rasgos infantiles, unas líneas para Harald y recordó el día en que lo había conocido. ¿Por qué tuviste que atravesarte en mi camino? ¿Cómo fui a enredarme con un inútil como tú? Su arraigado catolicismo se empecinaba en convencerla de que la vida es como un mapa trazado por un ser supremo y es muy poco lo que puede hacer la voluntad. Había vivido y moriría bajo la sombra de su determinismo religioso. Y pensar que hasta llegué a imaginarme que juntos podíamos compartir una vida y que la llamaríamos nuestra.Entonces, como el espectador que acude a la proyección de una película para descubrir con sorpresa que es su propio espectro en la pantalla y aunque reconoce los pasajes de su vida, le parecen ajenos, se vio a sí misma la mañana en que había visitado el foro en el que filmaban El Pirata y la dama para encontrarse con Arturo de Córdova, cuando un desconocido llamó su atención: un joven aventurero, atractivo, de origen confuso y pasado fantasioso. Supuso que era ideal para provocar en de Córdova la ignición de los celos. Sin embargo, se equivocó, éste mantuvo la tibieza y fiel a su estilo habrá dicho con indiferencia: "No tiene la menor importancia", para dar vuelta a la página y cerrar el capítulo que llevaba el nombre de Lupe Vélez. Estoy tan cansada de todo el mundo. La gente cree que peleo por capricho, por puro gusto. pero en realidad siempre he tenido que pelear por todo. Desde que era una niña no he hecho otra cosa que pelear.
 
A través de la ventana percibió una brisa templada que provocaba el murmullo de las hojas al caer presagiando el fin del otoño. A la distancia se escuchaba la tonada de Serenata a la luz de la luna. Algún vecino debería estar rindiendo una suerte de homenaje premonitorio a Glenn Miller, quien desaparecería al día siguiente en un vuelo militar que nunca llegó a París, su destino original, tal vez derribado por la artillería alemana. Eran tiempos de guerra, pero Lupe ya tenía la suya propia como para todavía andar pensando en las guerras ajenas. Había luchado tanto y estaba por perderlo todo.
 
Ni siquiera tengo derecho de quejarme. Pude ver cuando brillaba mi nombre en las marquesinas de los cines, tuve todos los abrigos y las joyas que se me dio el capricho de que fueran míos, hombres a los que jamás conocí se enamoraron de mí, me escribieron cartas de amor apasionadas a las que respondí enviándoles fotografías con alguna dedicatoria. En mi cama, esta misma cama que mandé hacer a la medida de mi antojo, se acostaron hombres con los que tantas mujeres se tienen que conformar apenas con soñarlos.
 
Su memoria se aferraba a lo que aún le quedaba de vida, en un tramposo acto de prestidigitación para que vomitara los setenta y cinco seconales junto con los recuerdos que ahora se enredaban en desorden y escuchó con la nitidez del presente las voces de aquellos que habitan en los huecos que va dejando el tiempo en la memoria, ésos que permanecieron durante años en el olvido, y ahora recuperaban la forma de sus rostros mientras que un eco con el sonido de su voz, de cada palabra dicha, de cada risa, rebotaba en las paredes del pasado como si no hubieran transcurrido tantos años...
 
 
Jules Etienne

sábado, 13 de diciembre de 2014

En su aniversario luctuoso: LUPE VÉLEZ Y LA LITERATURA


A setenta años de su muerte

Es de suponerse que una mujer con la energía y el temperamento de Lupe Vélez no fuera capaz de pasar mucho tiempo en la inactividad que demanda la lectura. Sin embargo, lo que resulta curioso es la frecuencia y facilidad que tuvo para relacionarse con escritores. Ya en un texto previo, Los poetas enamorados de Lupe Vélez, he dejado testimonio de su romance con el poeta José Gorostiza y de la manera en que otros poetas mexicanos le expresaron su admiración, como sería el caso de Ermilo Abreu Gómez.

Valdría la pena consignar su romance con el novelista alemán Erich María Remarque, autor de Sin novedad en el frente -cuya adaptación al cine resultó, por cierto, afortunada y exitosa-. La propia fundación que lleva el nombre del escritor, en sus apuntes biográficos señala que la relación entre ambos tuvo lugar entre el 8 de septiembre de 1941 y el 26 de marzo de 1942, etapa en la que Lupe involucró a Remarque en su afición por las peleas de box y acudían con frecuencia a presenciarlas. Si se toma en cuenta que una de sus grandes pasiones fue la también actriz Paulette Goddard, ex esposa de Chaplin, con quien permaneció casado los últimos años de su vida, la intimidad con Lupe no resulta ninguna sorpresa. De hecho, en su obra Erich María Remarque: el último romántico, su biógrafo Tims Hilton asegura que Lupe Vélez ejercía sobre el escritor el mismo efecto tonificante que Goddard, porque el carácter de ambas poseía una vivacidad similar.

En las obras de algunos escritores hispanos se encuentran, como sería de suponerse, referencias a Lupe Vélez. Por ejemplo, en Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes: “Garbo duró mucho y se retiró a tiempo. Anna Sten no duró nada, la retiraron a tiempo. Lupe Vélez duró mucho pero no supo retirarse a tiempo. A Valentino, lo retiró la muerte a los treinta años...”

O también en Este domingo, del chileno José Donoso:  Su padre se ponía furioso cuando le tomaba las lecciones. Por mucho que Álvaro estudiara nada se le quedaba en la cabeza. La Violeta jamás le dijo estudie, mire que va faltando poco para los exámenes y va a salir mal y va a tener que repetir el curso. No. Le decía, en cambio, oiga, don Alvarito, vamos al teatro, que están dando una de la Lupe Vélez, para que se distraiga de tantos numeritos que deben estar saltándole adentro de la cabeza, porque yo le digo, de salir bien va a salir bien, se lo aseguro yo, no se preocupe. Y sus ojos brillaban y sus carrillos colorados brillaban con una sonrisa y Álvaro le decía ya, bueno, ya está, vamos, pero si salgo mal en el examen es culpa tuya y te acuso con mi mamá.”

He preferido pasar por alto el fallido relato de Sealtiel Alatriste, con un peculiar sentido del humor, que lleva por título En defensa de la envidia (Crónica de la verdadera muerte de Lupe Vélez).

En un volumen que reúne los cuentos completos de F. Scott Fitzgerald traducidos al español, esta es la presentación que corresponde a Domingo loco (Crazy Sunday):

"Fitzgerald escribió Domingo loco (American Mercury, octubre de 1932) después de escribir en 1931 para la MGM el guión de La pelirroja, que nunca seria rodado. Estando en Hollywood, bajo la inspiración del alcohol, Fitzgerald interpretó una canción humorística en una fiesta que daban Irving Thalberg y Norma Shearer, y John Gilbert y Lupe Vélez lo abuchearon. El Post no aceptó el relato porque «ni pretendía ni probaba nada» y porque el final lo convertía en «difícil» para ellos, la revista de Hearst, Cosmopolitan, lo rechazó para evitar el riesgo de ofender a personalidades de Hollywood, aunque Fitzgerald insistía en que «había mezclado distintos personajes para que nadie pudiera ser reconocido, salvo, quizá, King Vidor, que se hubiera reído mucho con la historia». Harold Ober se vio impotente para colocar el relato en otra revista de gran difusión, debido a su contenido erótico y a su extensión. Fitzgerald se negó a escribir un final distinto y se lo vendió al American Mercury por 200 dólares. Lo incluyó en Taps at Reveille.

Con los siguientes párrafos concluye la primera parte de mi novela Una serenata para Lupe:

"El pasado existía nada más en su memoria y el futuro ya tampoco le importaba, sólo quedaba un presente insoportable en que lo único que buscaba era su propia muerte como excusa para cancelar las cuentas pendientes con su conciencia y las de los demás con respecto a ella. De pronto se encontraba a sí misma con la fatiga de vivir agazapada más allá de sus ojos, también en la voz, la sonrisa y en la piel desgastada por el vaivén de tantos amoríos, empecinada en saldar cuentas con las veinticuatro mentiras por segundo, una por cada hora del día, que contaba el cine.

La muerte ignora el pasado y anula el futuro. Es la voluntad de nada. No se arrepentía de lo que había vivido, sino de lo que estaría por vivir. Si la muerte es el silencio del tiempo, la realidad no sería más que el espejo de la verdad."
 
 
Jules Etienne

viernes, 12 de diciembre de 2014

Páginas ajenas: EL AUTOBÚS PERDIDO, de John Steinbeck


(Fragmento relativo a la Virgen de Guadalupe)

Allí donde se hallaba el ángulo medio del parabrisas y arrancaba el listón central del mismo, posada sobre el salpicadero había una pequeña Virgen de Guadalupe de metal, pintada de vivos colores. Los rayos eran dorados, la túnica, azul, y estaba de pie sobre una luna nueva que sostenían unos querubines. La Virgen era el lazo de Juan Chicoy con la eternidad. Tenía poco que ver con la religión en tanto que Iglesia y dogma, pero mucho que ver con la misma como memoria y sentimiento. Aquella Virgen morena era su madre, y también la casa en penumbra en la que, hablando un español con algo de acento irlandés, su madre lo había criado. Pues ella había convertido a la Virgen de Guadalupe en su propia diosa particular. Se había deshecho de san Patricio, santa Brígida y las diez mil vírgenes pálidas del norte, para recibir en su seno a la Virgen morena con sangre en las venas y una relación estrecha con el pueblo.
 
La madre de Juan Chicoy admiraba a su Virgen, cuyo día se celebra con una explosión de fuegos artificiales, cosa en la que, por supuesto, su padre mexicano no veía nada de particular. Los cohetes eran la manera natural de festejar los días de los santos. ¿Quién podía pensar otra cosa? El tubo que ascendía silbando era obviamente el alma en su ascenso al Cielo, y la gran explosión luminosa en lo alto era su entrada dramática al salón del trono del mismo. Juan Chicoy, aunque no era creyente en el sentido habitual del término, ahora que tenía cincuenta años no se habría sentido tranquilo conduciendo el autobús sin la compañía y la protección de la Guadalupana. Era una religión práctica la suya.
 
John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Día de los muertos: LA VIDA INÚTIL DE PITO PÉREZ, de José Rubén Romero

 
(Dos fragmentos relativos a la muerte)

- Bueno, Pito Pérez, pero ¿de quién se trata? Tanto misterio para viajar con una mujer y tanta virtud en ella, me parecen incomprensibles.

- ¡Pues de quien se ha de tratar! Del esqueleto de una mujer, armado cuidadosamente por el médico de Zamora y utilizado por los practicantes del hospital para estudiar anatomía.

- ¡Qué bárbaro! ¿No siente usted miedo de acostarse con un esqueleto?

- Miedo, ¿y por qué? ¿No somos nosotros esqueletos más repugnantes, forrados de carne podrida? Y sabiéndolo, buscamos el contacto de las mujeres. La mía no padece flujos, ni huele mal, ni exige cosa alguna para su atavío. No es coqueta ni parlanchina, ni rezandera, ni caprichosa. Muy al contrario, es un dechado de virtudes. ¡Qué suerte tuve al encontrármela!

- Aquí está su fotografía, conozca usted a la señora de Pito Pérez, colgada de su brazo; admire sus grandes ojos, sus dientes blancos, y fíjese que sobre su corazón lleva atado un ramito de azahares, como el que llevo yo prendido en la solapa de mi levita. La Epístola de San Pablo dice que el matrimonio acaba con la muerte; el mío ha comenzado con ella, y durará por toda la eternidad. (Página 109)
 
(...)

- Basta de necedades -interrumpió el Presidente-. Ni lo fusilo, ni lo saco de aquí. Le doy el cementerio por cárcel, hasta que me prometa no emborracharse nunca. Fuera todo el mundo. Dejen solo a este loco, para que reflexiones y se enmiende.

Lentamente salieron los espectadores de aquel drama fallido, y Pito Pérez se dejó caer sobre un montón de basura, desolado y triste, al comprobar que la Muerte, laque el creía su fiel amante, ¡también lo engañaba!

Se hizo de noche y a la luz de los cirios siderales, de bruces sobre una sepultura, Pito Pérez parecía un hito de carne entre el cielo y la tierra. Tal fue su destino: pequeño punto de referencia entre lo humano y lo inhumano. ¡Lo humano!: facultad de amar, tristeza de odiar, consuelo de llorar. ¡Lo inhumano!: impotencia de amar, goce de odiar, envidia ruin por no saber llorar... (Página 140)


José Rubén Romero (México, 1890-1952)

jueves, 2 de octubre de 2014

Otoño: FERRY DE OCTUBRE A GABRIOLA, de Malcolm Lowry



(Fragmento)
1

El Lebrel

Adiós, adiós, adiós, Eight Bells, Wywurck, The Ticket Gate. La casita tenía buen aspecto. Así la amamos para siempre, al despedirnos.

La luz matutina de octubre bañaba el rápido autobús, el Greyhound que navegaba entre las ramas del bosque, cantaba derecho hacia el mar, rugía hacia las montañas, rodeaba precipicios inesperados.

Seguían la línea de la costa. A la izquierda estaba el bosque; a la derecha, el mar, el Estrecho.

Y la luz centelleaba, resplandecía en las ventanillas en que los pasajeros se veían, ora a la derecha, envueltos en azul celeste, entre los tonos escarlatas y oro del reflejo de los arces, ora extrañamente cercados por sus ramas a la izquierda, entre las islas del Estrecho de Georgia.

En ocasiones, cuando el autobús alcanzaba y adelantaba a otro vehículo donde la carretera era estrecha, las ramas de los árboles arañaban las ventanillas de la izquierda, y detrás, o en el espejo retrovisor delantero, que reflejaba el interminable desfile del asfalto en sentido inverso, podía verse por un momento el follaje agitándose a su paso en un turbio vendaval. Una vez más, en la distancia creería ver el cornejo cayendo en picado a través de los árboles en una lluvia de estrellas blancas. Y cuando reducían la velocidad, las hojas caídas del bosque hacían que incluso el pavimento pareciera resplandecer y arder de luz.

Cuesta abajo: y a la diestra, más allá del mar azul, debajo del cielo azul, las montañas de la Columbia Británica continental atravesaban el horizonte y también a este lado derecho, luminoso, mayestático, un volcán nevado de otro país (era el monte Baker de Estados Unidos y el antiguo Ararat de los indios squamish) les acompaña, con una blanca y lejana persistencia y a una velocidad distinta, como un remoto Popocatépetl que hubiera levado anclas.

La ilustración corresponde a una fotografía del Estrecho de Georgia
desde la persepectiva de la Isla Gabriola.

(En esta liga de Editorial Tusquets es posible encontrar información
sobre la edición traducida al español de Ferry de Octubre a Gabriola:

martes, 30 de septiembre de 2014

Tequila: MENOS QUE NADA (capítulo inicial)

"Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo."

(Fragmento inicial del capítulo I: El síndrome de Juan Escutia)

Sólo quedan los despojos de los festejos patrios desparramados sobre la plaza, la oquedad de las botellas, los tres colores del papel festivo colgando en jirones desde el techo del quiosco y el olor a pólvora de la pirotecnia impregnado todavía en la atmósfera –dicen que así es como huele el diablo-, último vestigio de la euforia patriotera.

Se celebra la independencia sin tanto escándalo como hace cuatro años, cuando tuvo lugar el bicentenario, aunque en los hechos es como si nunca hubiese terminado de consumarse. A través de la fiesta se procura confundir a la existencia y proveerla de júbilo ocasional: Prometeo desencadenado. El engaño colectivo yace adormilado después de su breve ruptura, de tanta explosión de los sentidos, ándele Güerito, ¿pos qué a poco no se va a echar un pozole?... Llévese sus banderitas, sus rehiletes, sus matracas… Aquí tenemos los sombreros, las cachuchas con el águila… Órale cabrón, chúpale al tequila, no te estés haciendo pendejo. Vamos a acabarnos esta para ir por l’otra antes de que vayan a cerrar...

Apenas escuchas las primeras canciones de la presentación de Alex Syntek poco después de la recreación del grito de Dolores y caminas por Aguayo hasta la calle de París, de regreso a tu casa. Desde hace un buen rato, cuando le propusiste a Magdalena que vivieran juntos, encontraron ese lugar en Coyoacan. Ella aprovechó el puente para irse de viaje con sus papás y su hermana menor. Durante el trayecto alcanzas a escuchar un coro desentonado de música ranchera desde el interior de una casa: “… si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí…” A la distancia, las detonaciones de los fuegos artificiales y los cohetones son cada vez más esporádicas y distantes. Esta es la noche en la que todos nos envolvemos con la bandera. Somos mexicanos y no se vale dudarlo.
 

Jules Etienne

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una copa de tequila para el detective


La fórmula que mezcla a los detectives de novela negra con el licor ha devenido en una simbiosis ineludible. Aunque el consumo de tequila resulta un tanto más exótico puesto que el origen del género tuvo lugar y se desarrolló entre bebedores de whiskey. Sin embargo, un personaje tan emblemático como Philip Marlowe, en El confidente (Finger Man), uno de sus primeros casos, se encuentra en un casino y dice: “Bebí un poco más de tequila y puse mala cara”. También en la clásica El sueño eterno (The Big Sleep), advierte que “por su actitud parecía tequila lo que bebían”. De manera que el tequila no le resultaba ajeno, como tampoco lo era para Lew Archer, el investigador privado de Ross MacDonald, en La piscina mortal (The Drowning Pool) se refiere a Acapulco y sus “largas noches de tequila”, y en El coche fúnebre pintado a rayas (The Zebra-Striped Hearse): “Miró a su alrededor buscando a José, quien se encontraba reclinado contra la pared. José llenó su vaso con tequila de la botella”.
 
En Hot Water, uno de los relatos de Cornell Woolrich publicados bajo el seudónimo de William Irish -ignoro si existe alguna edición traducida al español-, al salir de un casino en Tijuana, donde el protagonista “había estado bebiendo tequila, pero al menos sabía lo que estaba haciendo”, tiene lugar una persecución en automóvil con la inevitable balacera en pleno desierto. Cuando el automóvil se queda sin gasolina, utiliza el tequila a manera de combustible para poder seguir su camino.
 
En El complot mongol, novela pionera del género en español, de Rafael Bernal, tiene lugar una conversación en la que se establece: “Le dije que usted siempre tomaba tequila me dijo que sí, que era usted un gran tequilero”. El legendario Pepe Carvalho “la conoció en un lugar de la frontera tomando tequila con sal tras tequila con sal…”, en La soledad del manager, de Vázquez Montalbán, mientras que en Sombra de la sombra, de Paco Ignacio II: “Se la dejaron ir, compañero –comenta el licenciado Verdugo desde el otro lado de la mesa, como para dejar absolutamente claro que con este juego ya no se puede hacer nada, se bebe de un sentón el tequila que queda en el vaso, suspira, y tras un inaudible «con permiso», se apura también los restos de la copa del chino.”
 
Algunos autores contemporáneos en español coinciden en el uso del tequila para formar los títulos de sus novelas. Así sucede con Tequila Blue, del argentino Rolo Díez (“Para mi segundo tequila ya tenía el caso resuelto”), y de Efecto tequila, de Élmer Mendoza:
 
Elvis apura su cerveza, hay casos en que el silencio no otorga y éste es uno de ellos, Nos decidimos por usted porque conoce el terreno y porque posee las habilidades necesarias y suficientes para tener éxito, además, es una buena manera de dejar su madriguera, ¿no le parece?, sé que es inquieto y, ¿Qué fue del amigo que avisó?, Apareció flotando en el Río de la Plata, pide un tequila doble, Un tipo que sólo quiso hacer un favor, perdió la vida sólo por servir de enlace, ¿De cuánto estamos hablando?, De trescientos mil, Dólares, Por supuesto, piensa: si fuera trampa es de lo más tentadora, a poco no, viene a su mente un túnel una carrera una balacera; una porteña hermosa…
 
También habría que incluir Tequila coxis, del colombiano Eduardo García Aguilar, quien explica sobre dicho título que “surgió en medio del delirio, en una fiesta entre amigos mexicanos, es por eso que también es una suerte de homenaje al tequila que ha nutrido a nuestra generación y a las que vendrán”. La siguiente descripción pertenece a El caso tequila, de F. G. Haghenbeck: "Así fue como llegué a ese atardecer que tenía tal letanía de colores, parecía que el pintor celestial había bebido tres tequilas más que yo."

Concluiré esta breve relación al tequila en la literatura policíaca con una referencia de mi propia novela Decir adiós es morir un poco, cuyo protagonista, Felipe Mar Law, es bebedor de ron, en contraste con Karina, la mujer a quien intenta seducir:

Le invitas una copa que ella acepta con la condición de que, en efecto, sea una sola, porque se hace tarde y tiene la pésima costumbre de que cuando empieza a beber le resulta difícil mantenerse ecuánime.

- Me da por emborracharme hasta que los calzones ya no me obedecen.

- Yo no le veo nada de malo.

- Pues claro, si eso es lo que estás esperando. No te hagas.

Ese es el momento justo en una conversación en el que una mujer habría recurrido a su martingala: ¿Cómo crees? En contraste, te mantienes en silencio. El que calla, otorga. Luego de obtener tu solemne promesa de que no te pondrás necio insistiendo en que pidan otra ronda, te confiesa su debilidad por el tequila, en tanto te mantienes fiel al elíxir de las Antillas.
 
Jules Etienne

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Tequila: PLATAFORMA, de Michel Houellebecq

"Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos que se movían delante de sus ojos..."
 
(Fragmento del capítulo 10)

A mi izquierda había un viejo alemán sentado en una mesa con su Carlsberg: con su vientre imponente, la barba blanca y las gafas, se parecía bastante a un profesor de universidad jubilado. Miraba, completamente hipnotizado, los jóvenes cuerpos que se movían delante de sus ojos; estaba tan quieto que por un momento creí que se había muerto.

Entraron en acción varias máquinas de humo, la música cambió a un slow polinesio. Las chicas se fueron y otras ocuparon su lugar, vestidas con guirnaldas de flores a la altura del pecho y el talle. Giraban suavemente, y las guirnaldas dejaban ver a veces los pechos, a veces el nacimiento de las nalgas. El viejo alemán seguía mirando el escenario; en cierto momento se quitó las gafas para limpiarlas, tenía los ojos húmedos. Estaba en el paraíso.

En realidad, las chicas no intentaban pescar a nadie, pero era posible invitar a una de ellas a beber algo, charlas un poco, eventualmente pagar al establecimiento un bar fee de quinientos baths y llevarse a la chica al hotel después de negociar el precio. Creo que la tarifa por la noche completa era de cuatro o cinco mil baths, poco más o menos el salario de un obrero no cualificado en Tailandia; pero Phuket es una escala cara. El viejo alemán le hizo una señal discreta a una de las chicas que, todavía con el string blanco, esperaba volver a escena. Ella se acercó en seguida y se instaló con familiaridad entre los muslos del viejo. Sus pechos redondos y jóvenes estaban a la altura de la cara del alemán, que había enrojecido de placer. Oí que ella le llamaba «Papá». Pagué el tequila con limón y me fui, un poco incómodo; tenía la impresión de asistir a una de las últimas alegrías del anciano, era demasiado conmovedor y demasiado íntimo.
 
 
Michel Houellebecq (Francia, 1956)

martes, 23 de septiembre de 2014

Los tequilas de Graham Greene

 
Graham Greene aprovechó sus viajes por México para escribir varias novelas y relatos. De ellos se desprende una visión cáustica sobre el país y a menudo agresiva, que manifiestan su obvio desagrado. El tequila, sin embargo, surge con frecuencia en sus narraciones. Por ejemplo, en Caminos sin ley lo describe de esta manera: “Le hice beber un tequila, bebida alcohólica extraída del agave, una especie de ginebra bastante inferior”, y luego en ese mismo párrafo indica que “el tequila bullía como la audacia por sus venas”.
 
Más adelante, al quinto capítulo, Viaje en la oscuridad, pertenece el siguiente diálogo:
 
Volvimos al Diligencias y pedí algo de comer, un par de tequilas para cada uno, y cerveza. Una niñita pasó vendiendo billetes de lotería, y le compré uno, el primero que compraba en mi vida; un gesto ante el destino. Después de los tequilas empecé a sentirme mejor, a pensar de forma grandilocuente en mi viaje como en una gran aventura. Y también mi amigo florecía; lamentaba no poder acompañarme. Le habría gustado demostrar, decía, que un mexicano era "tan valiente" como un inglés. Vendría como amigo, no como guía. No me cobraría nada. Pasearíamos a caballo por Chiapas, y tendríamos interesantes conversaciones.
 
- ¿Por qué no? -le dije-. No tengo ropa.
- Podríamos tomar un taxi hasta su casa.
- No tenemos tiempo.
- Entonces podríamos comprarla en Tabasco.
El segundo tequila comenzaba a provocar su drástica reacción; le brillaban los ojos.
- Muy bien –dijo-, ya está. Le demostraré que un mexicano es tan valiente… Iré con usted, así como estoy vestido.
Nos comprometimos con un brindis de cerveza y nos dimos la mano un poco ebrios.
 
En el capítulo siete, Hacia Chiapas, una vez que los personajes se encuentran en Palenque, se refiere de nuevo al tequila:
 
Pero Palenque no era Salto; la cantina de Salto adquiría en el recuerdo las proporciones y el lujo de un bar norteamericano. En el almacén cercano a la iglesia tenían solamente tres botellas de cerveza, una cerveza caliente, gaseosa, insatisfactoria. Después bebimos un vaso cada uno de tequila muy nuevo y poco fermentado, que apenas logró rozar nuestra sed.
 
También en El poder y la gloria, una de sus novelas más notables, se le menciona de manera apenas incidental:
 
– Pero yo soy bebedor de vino... no sabe usted cuánto deseo el vino...
– El vino me cuesta mucho dinero. ¿Qué más me puede usted pagar?
– Todo lo que me queda son setenta y cinco centavos.
– Le podría dar una botella de tequila.
– No, no.
– Entonces cincuenta centavos más... Será una botella grande.
 
Por último, este es el párrafo con que da comienzo el cuento El billete de lotería:
 
Mr. Thriplow compró su primer y último billete de lotería en Veracruz. Se había tomado dos vasos de tequila para animarse a subir a bordo de aquella horrible barcaza mexicana de cien toneladas provista de un motor auxiliar, que era el único sistema para desplazarse hasta el pequeño Estado tropical que quería visitar. Al coger los billetes que la niña le ofreció, se sintió señalado por el destino; y tal vez lo estaba. Yo no creo mucho en el destino, pero cuando creo en él lo imagino muy exactamente como una personalidad tan maliciosa y humorística que, entre toda la gente del mundo, sería capaz de elegir a Mr. Thriplow para servir sus absurdos y augustos objetivos.
 
Si bien por una parte puede inferirse que Graham Greene no disfrutó plenamente sus visitas a México, por la otra resulta evidente que durante su estancia abundaron los tragos a las botellas de tequila.

Jules Etienne

sábado, 20 de septiembre de 2014

Tequila: JUGANDO CON BOMBAS, de B. Traven


(Fragmento)

El jurado se retira. En menos de media hora, pues sus miembros tienen asuntos que atender, regresa. El veredicto es: "No culpable".

Natalio es puesto en libertad inmediatamente. El y sus testigos, incluyendo a Filomena y a su nuevo hombre, van a la cantina más próxima a celebrar el acontecimiento con dos botellas de tequila. Las botellas pasan de boca en boca sin que ninguno haga uso de los vasos. Todos saborean un poco de sal y chupan limón. . Cuando las botellas están vacías, Natalio regresa a su trabajo, pues restando algunas horas hábiles todavía, él, minero honesto, no quiere perderlas.

Como de costumbre el sábado siguiente se celebra el baile en el pueblo, al que Natalio asiste. Allí encuentra a una joven que, sabedor a de sus virtudes de hombre sobrio y trabajador, acepta su proposición para vivir con él como su mujer.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

viernes, 19 de septiembre de 2014

Tequila: ENTRE LA PIEDRA Y LA FLOR, de Octavio Paz

"... alza una flor, roja y única. Una vara sexual la levanta, llama petrificada."

II

¿Qué tierra es ésta?
¿Qué violencias germinan

bajo su pétrea cascara,
qué obstinación de fuego ya frío,
años y años como saliva que se acumula
y se endurece y se aguza en púas?


Una región que existe
antes que el sol y el agua
alzaran sus banderas enemigas,
una región de piedra
creada antes del doble nacimiento
de la vida y la muerte.


En la llanura la planta se implanta
en vastas plantaciones militares.
Ejército inmóvil
frente al sol giratorio y las nubes nómadas.


El henequén, verde y ensimismado,
brota en pencas anchas y triangulares:
es un surtidor de alfanjes vegetales.
El henequén es una planta armada.


Por sus fibras sube una sed de arena.
Viene de los reinos de abajo,
empuja hacia arriba y en pleno salto
su chorro se detiene,
convertido en un hostil penacho,
verdor que acaba en puntas.
Forma visible de la sed invisible.


El agave es verdaderamente admirable:
su violencia es quietud, simetría su quietud.


Su sed fabrica el licor que lo sacia:
es un alambique que se destila a sí mismo.


Al cabo de veinticinco años
alza una flor, roja y única.
Una vara sexual la levanta,
llama petrificada.
Entonces muere.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Tequila: LA SOMBRA DEL CAUDILLO, de Martín Luis Guzmán

 "A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?"

(Fragmento del libro cuarto, capítulo II: Camino al desierto)

- ¡Lévantese de ay!

La voz era enérgica y ronca.

Mientras Axkaná se incorporaba, dos manos lo cogieron por un brazo; otras lo arrojaron contra el asiento. Ahora sentía apoyado sobre el pecho el cañón de la pistola.

- Saca el tequila –dijo la misma voz.

El cuello de una botella vino a tocarle la boca.

- Beba un trago -mandó la voz.

- No bebo.

- ¿No bebe?

- No. No bebo.

- Conque no, ¿eh?

Las ondas de la voz siguieron dirección distinta.

- A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?

Se oía el ruido que hacían delante al remover los trebejos del automóvil.

- Conque no bebe… Conque no bebe… -repetía la voz.

“Va a ser inútil resistir –pensó Axkaná-. Acaso fuera más juicioso no oponerse.”

Tuvo, sin embargo, miedo de que lo envenenaran.

- Y ¿quién me asegura –preguntó- que es sólo tequila lo que quieren darme?

- Nadie. Y sobran las preguntas. Si quisiéramos envenenarlo o matarlo de otro modo cualquiera, ¿quién lo había de impedir? Pero ya oyó que pedí el tequila. Sienta la botella: está nuevecita, la acabamos de destapar. Beba, pues, por las buenas o por las malas. Traiga la mano… ¿No es ésta una botella?

A despecho de todo, aquel lenguaje hizo cierta gracia a Axkaná. Tocando la botella, dijo:

- Sí, es una botella.

- Beba un trago, pues… Mire: bebo yo primero.

Breve silencio… Chascaba una lengua:

- Buen tequila, ¡la verdad de Dios!... Ahora usted.

Axkaná bebió.

- ¿Es tequila o no es tequila?

- Así parece.

La botella seguía apoyada, en parte, en la mano derecha de Axkaná.

- Beba otra vez.

- No, ya no.

- Beba otra vez, le digo… Y nomás no se me mueva tanto, que la pistola puede dispararse.

Y diciendo así, el desconocido volvió a hacer que la botella y los labios de Axkaná se juntaran. Axkaná tornó a beber.

- ¿No es buen tequila?

- Sí, si es bueno… Pero ¿para qué me han traído a este sitio?

Con el cuello de la botella golpeaba el desconocido los labios de Axkaná. Lo hacía, evidentemente, con intención de causarle daño y mantenerlo dócil. Para que cesara en aquello, Axkaná bebió.
 
 
Martín Luis Guzmán (México, 1887-1976)
 
La ilustración corresponde a un fotograma de la película La sombra del caudillo (1960), dirigida por Julio Bracho.