Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 3 de enero de 2024

Año nuevo: LA PRIMERA HERIDA, de F. Scott Fitzgerald

"El día siguiente a la fiesta de Año Nuevo se puso su nuevo traje de viaje y su nuevo abrigo de pieles..."

(Fragmento)

Para Josephine fue una época difícil. Se dio cuenta de lo cerca que había estado del desastre, y, con respeto incondicional y obediencia absoluta, trató de resarcir a sus padres por los problemas que, sin querer, había causado. En un principio decidió no ir a los bailes de Navidad, pero la convenció de lo contrario su madre: esperaba que su hija se distrajera con los chicos y chicas que volvían de vacaciones a casa. La señora Perry la llevaría al Este a principios de enero, al colegio Breerly, y, comprando ropa y uniformes, madre e hija pasaron muchas horas juntas, y la señora Perry estaba en- cantada con la madurez y el nuevo sentido de la responsabilidad que demostraba Josephine.
 
Y, a decir verdad, la nueva actitud de Josephine era sincera, y sólo una vez Jose- phine hizo algo que no hubiera podido contar en público. El día siguiente a la fiesta de Año Nuevo se puso su nuevo traje de viaje y su nuevo abrigo de pieles, salió de su casa por la acostumbrada puerta trasera y se subió al coche de Ed Bement. En el centro de la ciudad dejó a Ed esperándola en una esquina y entró en la heladería que había frente a la antigua Estación de la Unión, en la calle de LaSalle. Un individuo con un rictus de infelicidad y una mirada de perplejidad y desesperación la estaba esperando.
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940).
 
(Traducido al español por Justo Navarro).

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Navidad: LA LADRONA DE LIBROS, de Markus Zusak

"Días después de navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre los libros."

(Fragmento del capítulo El placer de los cigarrillos)

Cuando el colegio cerró durante las vacaciones de Weihnachten, Liesel incluso se permitió desear unas felices navidades a la hermana Maria antes de irse. Consciente de que los Hubermann casi estaban en la ruina y que tenían que seguir pagando las deudas y el alquiler aunque apenas entrara dinero, no esperaba ningún regalo. Tal vez una comida especial. Para su sorpresa, al volver a casa después de asistir en Nochebuena a la misa de medianoche con su madre, su padre, Hans hijo y Trudy, se encontró con algo envuelto en papel de periódico debajo del árbol de Navidad.
 
- De Santa Claus -aseguró Hans, aunque la niña no se lo tragó.
 
Abrazó a sus padres de acogida, todavía con nieve en los hombros.
 
Al desenvolver el papel descubrió dos libritos. El primero, El perro Fausto, que había escrito un hombre llamado Mattheus Ottleberg. Acabaría leyendo ese libro trece veces. En Nochebuena leyó las primeras veinte páginas en la mesa de la cocina, mientras su padre y Hans hijo discutían sobre algo que ella no entendía, algo llamado política.
 
Más tarde, leyeron un poco más en la cama, siguiendo la tradición de marcar con un círculo las palabras que Liesel no conocía y luego escribirlas. El perro Fausto también tenía ilustraciones, preciosas curvas, orejas y caricaturas de un pastor alemán con un obsceno problema de babeo y el don del habla.
 
El segundo libro se titulaba El faro, y lo había escrito una mujer, Ingrid Rippinstein. Era un poco más largo, de modo que Liesel sólo consiguió leerlo nueve veces, aunque su velocidad de lectura había incrementado ligeramente al final de sesiones tan prolíficas.
 
Días después de Navidad se le ocurrió hacer una pregunta sobre los libros. Estaban comiendo en la cocina. Decidió concentrar su atención en su padre al ver las cucharadas de sopa de guisantes que se metía en la boca su madre.
 
- Me gustaría preguntar algo.
 
Al principio nadie dijo nada, por lo que acabó interviniendo su madre, con la boca medio llena.
 
- ¿Y?
 
- Sólo quería saber de dónde habéis sacado el dinero para comprarme los libros.
 
Una sonrisita se reflejó en la cuchara de su padre.
 
- ¿De verdad quieres saberlo?
 
- Claro. Hans sacó del bolsillo lo que le quedaba de su ración de tabaco y empezó a liar un cigarrillo. Liesel comenzó a impacientarse.
 
- ¿Vas a decírmelo o no? Su padre se echó a reír.
 
- Pero si te lo estoy diciendo. -Acabó el cigarrillo, lo lanzó sobre la mesa y empezó a liar otro-. Así.
 
En ese momento su madre se acabó la sopa, dejó la cuchara de golpe reprimiendo un eructo acartonado y contestó por él.
 
- Este Saukerl... ¿Sabes lo que ha hecho? Lió todos sus asquerosos cigarrillos, se fue al mercadillo cuando vino a la ciudad y se los vendió a unos gitanos.
 
 
Markus Zusak (Australia, 1975).

martes, 26 de diciembre de 2023

Navidad: ADÁN EN EDÉN, de Carlos Fuentes

"Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades..."

1

No entiendo lo que ha sucedido. La Navidad pasada todos me sonreían, me traían regalos, me felicitaban, me auguraban un nuevo año -un año más- de éxitos, satisfacciones, reconocimientos. A mi esposa le hacían caravanas como diciéndole qué suertuda, estar casada con un hombre así... Hoy me pregunto qué significa ser «un hombre así...» o «asado». Más asado que así. ¿Fue el año que terminó una ilusión de mi memoria? ¿Realmente ocurrió lo que ocurrió? No quiero saberlo. Lo único que deseo es regresar a la Navidad del año anterior, anuncio familiar, repetido, reconfortante en su sencillez misma (en su idiotez intrínseca) como profecía de doce meses venideros que no serían tan gratificantes como la Noche Buena porque no serían, por fortuna, tan bobos y malditos como la Navidad, la fiesta decembrina que celebramos porque sí, no faltaba más, sin saber por qué, por costumbre, porque somos cristianos, somos mexicanos, guerra, guerra contra Lucifer, porque en México hasta los ateos son católicos, porque mil años de iconografía nos ponen de rodillas ante el Retablo de Belén aunque le demos la espalda al Establishment del Vaticano. La Navidad nos devuelve a los orígenes humildes de la fe. Una vez, otra vez, ser cristiano significaba ser perseguido, esconderse, huir. Herejía. Manera heroica de escoger. Ahora, pobre época, ser ateo no escandaliza a nadie. Nada escandaliza. Nadie se escandaliza. ¿Y si yo, Adán Gorozpe, en este momento derrumbo de un puñetazo el arbolito navideño, hago que se estrellen las estrellas, le coloco una corona en la cabeza a mi mujer Priscila Holguín y corro a mis invitados con lo que antes se llamaba (¿qué quiere decir?) cajas destempladas...?
 
¿Por qué no lo hago? ¿Por qué me sigo conduciendo con la amabilidad que todos esperan de mí? ¿Por qué sigo comportándome como el perfecto anfitrión que Navidad tras Navidad reúne a sus amigos y colaboradores, les da de comer y beber, les entrega regalos distintos a cada uno -jamás dos veces la misma corbata, el mismo pañuelo- aunque mi mujer insista en que ésta es la mejor época para el «roperazo», es decir, para deshacerse de regalos inútiles, feos o repetidos que nos son entregados para endilgárselos a quienes, a su vez, los regalan a otros incautos que se los encajan a...
 
Contemplo la pequeña montaña de obsequios al pie del árbol. Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades... Me basta pensarlo para suprimir mis temores anticipados. No estoy aún en el Año Nuevo. Sigo en la Noche Buena. Me rodea mi familia. Mi esposa inocente sonríe, con su sonrisa más vanidosa. Las criadas distribuyen ponches. Mi suegro ofrece una bandeja de bizcochos.
 
No debo adelantarme. Hoy todo es bueno, lo malo aún no sucede.
 
Distraído, miro por la ventana. Pasa un cometa.
 
Y Priscila mi esposa le da una sonora cachetada a la criada que distribuye cócteles.
 
 
Carlos Fuentes (México, 1928-2012).

lunes, 25 de diciembre de 2023

Navidad: NOCHEBUENA (24 de diciembre), de Ana Ajmátova

"Creo que los pinos de Komorovo hablan en su propia lengua..."

El cierre de un ciclo reciente
es tan difícil para el corazón,
he abandonado muchos hábitos en la vida
y ya casi nada me falta.

Creo que los pinos de Komarovo
hablan en su propia lengua
y como primaveras aisladas
se yerguen en los charcos, bebiéndose el cielo.


Ana Ajmátova (Rusia, 1899-1966).

La ilustración corresponde a los pinos de Komarovo, en Rusia.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Solsticio de invierno: UNA PARTIDA DE AJEDREZ, de Wilhelm Jensen

"... para que esta noche del solsticio hiemal, las mismas pronostiquen el brillo del sol..."

(Fragmento)

Hija mía, como me dijiste ya en varias ocasiones, que tu corazón no podía olvidar al joven estudiante, del cual te enamoraste.

Lo que sucedió hace unos momentos, fue que, Wolfgang era un jugador, apostó por su vida, pero no por el dinero, sino para conquistarte a ti.

Su honor estuvo por encima de su suerte en el juego de ajedrez y de su vida, con la que quiso acabar.

Por ti, se sometió a la tentación, pero ha aprobado el examen.

Hoy es Nochebuena, Erwine, y te dije que la organizaras festivamente y esperaras mi llegada.

Ruego que me disculpes, ya que a causa de mi vejez te tuve, con lo joven que eres, demasiado tiempo sola en esta casa.

Una vez reconocido por mi parte, os ruego encendáis las velas de vuestro árbol de la vida para que en esta noche del solsticio hiemal, las mismas pronostiquen el brillo del sol de vuestro verano.

Wilhelm Jensen (Alemania, 1837-1911).

martes, 19 de diciembre de 2023

Solsticio de invierno: EL RENO Y EL CAMELLO, de Umberto Eco

"... el árbol perenne es una fiesta pagana porque recuerda la fiesta precristiana del solsticio invernal (...) Niños y padres se divierten colgando bolas de colores..."

(
Fragmento)

Lo que hace pensar que el belén es un símbolo apreciado por los laicos, mientras que los que van a misa se han convertido al árbol, poniendo a Papá Noel en el lugar del Niño Jesús o de los Reyes Magos, que en mis tiempos se encargaban de los regalos, y por eso los chicos de entonces celebraban con tanto alborozo al rey del cielo que bajaba de las estrellas para ocuparse de sus juguetes.

Ahora bien, el tema es aún más confuso. Se suele pensar que el árbol y Papá Noel representan una tradición protestante sin recordar, sin embargo, que Santa Claus era un santo católico, san Nicolás de Bari (su nombre nace de un acortamiento de Nicholas o Nikolaus). En cambio, el árbol perenne es una herencia pagana, porque recuerda la fiesta precristiana del solsticio invernal, la Yule, y la Iglesia fijó la Navidad en esa misma fecha precisamente para asimilar y domesticar tradiciones y celebraciones previas. Una última ambigüedad: el neopaganismo consumista ha desacralizado por completo el árbol, que se ha vuelto un mero objeto de decoración de temporada, como la iluminación de las ciudades. Niños y padres se divierten colgando bolas de colores, pero sin duda yo me divertía más cuando ayudaba a mi padre, que empezaba a construir el belén a principios de diciembre, y era una fiesta ver manar fuentecillas y cascadas en virtud oculta de un aparato para hacer enemas.


De hecho, la práctica del belén se está perdiendo porque su preparación cuesta trabajo e inventiva (todos los árboles navideños se parecen, mientras que los belenes son siempre distintos), y si se pasan las veladas haciendo belenes se corre el riesgo de no ver esos espectáculos televisivos que tan importantes son para la protección de la familia, ya que nos avisan siempre de que se requiere la presencia de los padres para que los niños puedan ver mujeres desnudas y sesos desparramados.

Umberto Eco (Italia, 1932-2016).

Texto escrito en 2006 y recopilado en De la estupidez a la locura, que incluye artículos y textos breves del autor.

lunes, 11 de diciembre de 2023

Tres escritoras y el solsticio de invierno


El día más breve del año en el hemisferio boreal ha sido mucho menos favorecido por la literatura que su contraparte, el solsticio de verano. Sin embargo, también se le han dedicado algunas páginas en una cantidad respetable de obras que corresponden a una gran diversidad de géneros. Es en la poesía donde se le refiere con mayor asiduidad. En esta ocasión me referiré a tres piezas narrativas, todas escritas por mujeres.

La alemana Rosamunde Pilcher, en su novela Solsticio de invierno, propone entre sus diálogos la posibilidad de que Jesucristo no hubiese nacido en la fecha en que celebramos la navidad. El personaje de Lucy le dice a Oscar: "No me gustaría celebrar mi cumpleaños en pleno invierno. No me gustaría haber nacido el día de navidad". Lo que da pie para que éste le exponga sus razones por las que duda de la verosimilitud de esa fecha: "... creo que Jesús no nació en invierno. Probablemente nació en primavera." Luego de explicar algunos aspectos relacionados con la actividad de los pastores y el clima, concluye:

"Creo que los primeros cristianos eran gente muy astuta, y simplemente adaptaron lo que les habían dejado los habitantes paganos de los países que convertían. Siempre se había celebrado del solsticio de invierno, el día más corto del año. Supongo que, para animarse, esos pueblos precristianos organizaban una fiesta, encendían hogueras, se divertían, arrancaban muérdago, preparaban tartas -Oscar sonrió-. Se emborrachaban, se abandonaban a prácticas lujuriosas."

Por su parte, Joyce Carol Oates, en su novela titulada precisamente Solsticio, describe esa fecha en que concluye el otoño:

"... una escena de invierno -cuando comienza- colores pálidos de la tierra mezclados con el molde levemente manchado de la nieve -árboles que no se distinguen por su belleza, y casi sin hojas..."

Por último, un párrafo de Laura Gallego -una autora española especializada en literatura fantástica y juvenil-, con el que comienza Donde los árboles cantan:

"Todos los años, la víspera del solsticio de invierno, el rey reunía a sus nobles en el castillo de Normont para conmemorar el aniversario de su coronación. Había sido así desde que se tenía memoria.

Todos los reyes de Nortia habían ascendido al trono en el solsticio de invierno, incluso si sus predecesores fallecían en cual­quier otro momento del año. Por ello, con el tiempo, la celebración se había vuelto cada vez más festiva y menos solemne. Había justas durante el día, y un gran banquete con música y danza por la noche. Los barones del rey acu­dían con sus familias y sirvientes, por lo que, durante un par de jornadas, el castillo era un auténtico hervidero de gente."

Jules Etienne

jueves, 1 de junio de 2023

Tampico: EL NORTE, de Juan de la Cabada

"Junto a uno de los muelles de Coatzacoalcos la Perlita pasa inactiva más de un mes (...) Su ruta va mucho más arriba, hasta Tampico."

(
Fragmento del capítulo I)

Abunda y se bebe café con ron. Entonces el vocerío arrecia de tono y , con intermi- tencias y entremezclados párrafos sueltos, viene a proa en diálogo extraño de pinto- resca jerigonza:

- Pues ahora voy a la Laguna, a ver qué tal se nos presentan la Navidad y el Año Nuevo .. . Siempre yendo y viniendo de aquí para allá, de allá para acá; de barlovento a sotavento; de Tampico a Progreso .. . Paseo a las autoridades . .. Visito al señor gobernador. . Pienso montar allí una nueva tienda .. . Gastó su buen pico y nada que se le arregló el negocito. Don Conrao.

(Fragmento del capítulo V)

Junto a uno de los muelles de Coatzacoalcos la Perlita pasa inactiva más de un mes. Por fin, al reanudarse las labores del puerto, le llenan sus bodegas con sacos de azúcar para el viaje de retorno hacia Campeche. Zarpa -sin pasajeros, por fortuna en la tarde del 21 de diciembre. De capitán abajo todos esperan festejar en casa la Nochebuena de aquel año.

Galletero significa ir en harapos de harapos, sudando sangre de infancia a cambio de las sobras de la comida únicamente. Hay, sin embargo, una alegría de inocencia y simpleza extremas, que ni el galletero siquiera olvida nunca. Es la visión de tres, cinco, diez embarcaciones a motor y vela en fila, con las velas izadas a todo viento y máquina, a todo correr, en competencia. Salvo El Dictador -120 caballos- y La Polar -100- nadie nos gana. Pero ni La Polar ni El Dictador están en nuestra línea. Su ruta va mucho más arriba, hasta Tampico; así, pues la Perlita vence constantemente. La Perlita sólo tiene un buen motor Volverine 62. Difícilmente podría tacharse de servil a un tripulante, y algunos se preguntan: «¿Qué ganamos?». Pero entonces, ¿por qué esta ansia, esta satisfacción de ser los primeros donde vamos?

Juan de la Cabada (México, 1899-1986).

miércoles, 15 de marzo de 2023

Conejos: GRANDES ESPERANZAS, de Charles Dickens

"... me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores..."

(Fragmento final del capítulo II)

Si aquella noche pude dormir, sólo fue para imaginarme a mí mismo flotando río abajo en una marea viva de primavera y en dirección a los Pontones. Un fantástico pirata me llamó, por medio de una bocina, cuando pasaba junto a la horca, diciéndome que mejor sería que tomase tierra para ser ahorcado en seguida, en vez de continuar mi camino. Temía dormir, aunque me sentía inclinado a ello por saber que en cuanto apuntase la aurora me vería obligado a saquear la despensa. No era posible hacerlo durante la noche, porque en aquellos tiempos no se encendía la luz como ahora gracias a la sencilla fricción de un fósforo. Para tener luz habría tenido que recurrir al pedernal y al acero, haciendo así un ruido semejante al del mismo pirata al agitar sus cadenas.

Tan pronto como el negro aterciopelado que se vela a través de mi ventanita se tiñó de gris, me apresuré a levantarme y a bajar la escalera; todos los tablones de madera y todas las resquebrajaduras de cada madero parecían gritarme: «¡Deténte, ladrón!» y «¡Despiértese, señora Joe!» En la despensa, que estaba mucho mejor provista que de costumbre por ser la víspera de Navidad, me alarmé mucho al ver que había una liebre colgada de las patas posteriores y me pareció que guiñaba los ojos cuando estaba ligeramente vuelto de espaldas hacia ella. No tuve tiempo para ver lo que tomaba, ni de elegir, ni de nada, porque no podía entretenerme. Robé un poco de pan, algunas cortezas de queso, cierta cantidad de carne picada, que guardé en mi pañuelo junto con el pan y manteca de la noche anterior, y un poco de aguardiente de una botella de piedra, que eché en un frasco de vidrio (usado secretamente para hacer en mi cuarto agua de regaliz). Luego acabé de llenar de agua la botella de piedra. También tomé un hueso con un poco de carne y un hermoso pastel de cerdo. Me disponía a marcharme sin este último, pero sentí la tentación de encaramarme en un estante para ver qué cosa estaba guardada con tanto cuidado en un plato de barro que había en un rincón; observando que era el pastel, me lo llevé, persuadido de que no estaba dispuesto para el día siguiente y de que no lo echarían de menos en seguida.

En la cocina había una puerta que comunicaba con la fragua. Quité la tranca y abrí el cerrojo de ella, y así pude tomar una lima de entre las herramientas de Joe. Luego cerré otra vez la puerta como estaba, abrí la que me dio paso la noche anterior al llegar a casa y, después de cerrarla de nuevo, eché a correr hacia los marjales cubiertos de niebla.

Charles Dickens (Inglaterra, 1812-1870).

jueves, 5 de enero de 2023

Día de reyes: NAVIDAD, de Joseph Brodsky


Llegaron los magos. El bebé dormía profundamente.
Desde el firmamento la estrella iluminaba.
El viento helado la nieve amontonaba.
La arena susurraba. Crujía la hoguera en la entrada.
El humo iba con la vela. El fuego ardía en un gancho.
Las sombras se volvían más cortas
o, de pronto, más largas. Nadie sabía alrededor
que la cuenta de la vida esta noche reiniciaba.
Llegaron los magos. El bebé dormía profundamente.
Abruptas bóvedas rodeaban la cuna.
La nieve giraba. El blanco vapor se ensortijaba.
El niño ya estaba acostado: y sus regalos.

Joseph Brodsky
(Ruso nacionalizado estadounidense, 1940-1996). Obtuvo el premio Nobel en 1987.

(Traducido al español por Víctor Toledo).

miércoles, 4 de enero de 2023

Día de reyes: LA VIDA DE JESÚS, de François Mauriac

"¿Y aquellos hombres sabios, familiarizados con los astros, venidos de allende el Mar Muerto para adorara al Niño?"

(Fragmento del primer capítulo: La noche de Nazaret)

¿Subsiste todavía un testigo entre aquellos que asistieron antaño a la manifestación de Dios, desde el comienzo, en aquella noche bendita? ¿Dónde estaban los pastores? ¿Y aquellos hombres sabios, familiarizados con los astros, venidos de allende el mar Muerto para adorar al Niño? Todavía la historia del mundo parecía someterse entonces a los designios del Eterno. Si César Augusto ordenó el censo del Imperio y de las tierras vasallas como era Palestina en los días de Herodes, fue para que una pareja siguiera el camino que conduce de Nazaret a Jerusalén y a Belén, y porque Miqueas había profetizado: «Mas de ti, Belén de Efrata, pequeña en cuanto a tu rango entre los clanes de Judá, de ti nacerá el soberano de Israel...»

François Mauriac (Francia, 1885-1970).
Obtuvo el premio Nobel en 1952.

(Traducido al español por F. Oliver Brachfeld).

jueves, 29 de diciembre de 2022

Navidad: UN RECUERDO NAVIDEÑO, de Truman Capote

"Tendría que ser (...) el doble de alto que un chico. Para que ninguno pueda robarle la estrella."

(Fragmento)

De mañana. La escarcha helada da brillo al pasto; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como una luna de verano, cuelga en el horizonte y bruñe los plateados bosques invernales. Chilla un pavo salvaje. Un cerdo renegado gruñe entre la maleza. Pronto, junto a la orilla del poco profundo riachuelo de aguas veloces, tenemos que abandonar el coche. Queenie es la primera en vadear la corriente; chapotea hasta el otro lado, ladrando en son de queja porque la corriente es muy fuerte, tan fría que seguro que se agarra una pulmonía.

Nosotros la seguimos, con el calzado y los utensilios (un hacha pequeña, una bolsa de arpillera) sostenidos encima de la cabeza. Dos kilómetros más de espinas, erizos y zarzas que se nos enganchan en la ropa; de herrumbrosas agujas de pino, y con el brillo de los coloridos hongos y las plumas caídas. Aquí, allí, un brillo, un temblor, un éxtasis de trinos nos recuerdan que no todos los pájaros han volado hacia el Sur. El camino serpentea siempre por entre charcos alimonados de sol y sombríos túneles de enredaderas. Hay que cruzar otro arroyo: una agotada flota de moteadas truchas espumea el agua alrededor nuestro, mientras unas ranas del tamaño de platos se entrenan tirándose de panza; unos castores obreros construyen un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. También tiembla mi amiga: no de frío, sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero deja caer un pétalo cuando levanta la cabeza para inhalar el aire cargado del aroma de los pinos.

- Ya casi llegamos. ¿Lo hueles, Buddy? -dice, como si estuviéramos acercándonos al océano.

En efecto, es algo semejante al océano. Aromáticas e ilimitadas extensiones de árboles navideños, de acebos de hojas punzantes. Bayas rojas tan brillantes como campanillas sobre las que se ciernen, gritando, negros cuervos. Después de haber llenado nuestras bolsas de arpillera con la cantidad suficiente de verde y rojo como para adornar una docena de ventanas, nos disponemos a elegir el árbol.

- Tendría que ser -dice mi amiga- el doble de alto que un chico. Para que ninguno pueda robarle la estrella.

Truman CapoteTruman Streckford Persons, Truman García Capote
(Estados Unidos, 1924-1984).

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Navidad: EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO, de José Saramago


(Fragmento del capítulo Pilatos)

Estaban ya dispuestos para la marcha, sólo faltaba cubrir de tierra el fuego y salir, cuando José, haciendo una señal a la mujer para que no viniera con él, se acercó a la entrada de la cueva y miró afuera. Un crepúsculo ceniciento confundía el cielo con la tierra. Aún no se había puesto el sol, pero una niebla espesa, lo bastante alta como para no perjudicar la visión de los campos de alrededor, impedía que la luz se difundiera. José aguzó el oído, dio unos pasos y de repente se le erizaron los cabellos, alguien gritaba en la aldea, un grito agudísimo que no parecía voz humana, y luego, inmediatamente, todavía resonaban los ecos de colina en colina, un clamor de nuevos gritos y llantos llenó la atmósfera, no eran los ángeles llorando la desgracia de los hombres, eran los hombres enloqueciendo bajo un cielo vacío. Lentamente, como si temiese que lo pudieran oír, José retrocedió hacia la entrada de la cueva y tropezó con María, que aún no había acatado la orden. Toda ella temblaba, Qué gritos son esos, preguntó, pero el marido no respondió, la empujó hacia dentro y con movimientos rápidos lanzó tierra sobre la hoguera, Qué gritos eran esos, volvió a preguntar María, invisible en la oscuridad, y José respondió tras un silencio, Están matando gente.

Hizo una pausa y añadió como en secreto, Niños, por orden de Herodes. Se le quebró la voz en un sollozo seco, Por eso quise que nos fuéramos. Se oyó un rumor de paños y de paja movida, María estaba alzando al hijo del comedero y lo apretaba contra su pecho, Jesús, que te quieren matar, con la última palabra afloraron las lágrimas, Cállate, dijo José, no hagas ruido, es posible que los soldados no vengan hasta aquí, la orden es matar a los niños de Belén que tengan menos de tres años, Cómo lo has sabido, Lo oí decir en el Templo, por eso vine corriendo hasta aquí, Y ahora, qué hacemos, Estamos fuera de la aldea, no es lógico que los soldados vengan a rebuscar por estas cuevas, la orden era sólo para las casas, si nadie nos denuncia, nos salvamos. Salió otra vez a mirar, asomándose apenas, habían cesado los gritos, no se oía más que un coro lloroso que iba menguando poco a poco, la matanza de los inocentes estaba consumada. El cielo seguía cubierto, empezaba la noche y la niebla alta hizo desaparecer Belén del horizonte de los habitantes celestes. José dijo, hablando hacia dentro, No salgas, voy hasta el camino a ver si ya se han ido los soldados, Ten cuidado, dijo María, sin darse cuenta de que el marido no corría ningún peligro, la muerte era para los niños de menos de tres años, a no ser que alguien que anduviera por el camino lo denunciase diciendo, Ese es el carpintero José, padre de un niño que aún no tiene dos meses y se llama Jesús, tal vez sea él el de la profecía, que de nuestros hijos nunca leímos ni oímos que estuvieran destinados a realezas y ahora todavía menos, que están muertos.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

La ilustración corresponde a las esculturas de la masacre de los inocentes en la catedral de Chartres.

martes, 27 de diciembre de 2022

Navidad: IN MEMORIAM, de José María Pemán

"Y el belén de su Amor como tú lo ponías."

La navidad sin ti, pero contigo.
Como el volver a ser
cuando empieza a nacer
verde de vida y de memoria, el trigo.

Porque tú no estás lejos.
No sé si es que te veo o que te escucho.
Me iluminan, me templan tus reflejos.
Voy hacia ti... No puedo tardar mucho.

Pagando estrellas por salario
te escondes en la barbas torrenciales de Dios.
Recuerdo el ritmo lento de tu horario.
Humilde en la infinita paciencia del rosario:
y en la fe penetrante de tu voz.

Y el belén de su Amor,
como tú lo ponías.
Tú, la niña mayor,
la flor más pura de las flores mías,.

Como es la luz del río
y el canto es de la fuente:
este cariño ardiente
es todo tuyo, a fuerza de tan mío.
 
 
José María Pemán (España, 1898-1981).

lunes, 26 de diciembre de 2022

Navidad: CUENTO DE NAVIDAD, de Vladimir Nabokov

"Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descarademente iluminado..."

(Fragmento)

Saltó de nuevo mentalmente hasta la imagen del árbol de Navidad y, bruscamente y sin aparente razón, se acordó del cuarto de estar de la casa de unos comerciantes, de un gran volumen de artículos y poemas con páginas de cantos dorados (una edición benéfica para los pobres) que de alguna forma estaba relacionado con aquella casa, recordó también el árbol de Navidad del cuarto de estar, la mujer que él amaba en aquel tiempo, y las luces del árbol reflejándose como un temblor de cristal en sus ojos abiertos al coger una mandarina de una de las ramas más altas. Habían trans- currido veinte años o quizá más, cómo se fijaban en la memoria algunos detalles…

Disgustado, abandonó este recuerdo y se imaginó una vez más esos viejos abetos más bien ralos que, en ese mismo momento, con toda seguridad, se veían engalanados y decorados con adornos… Pero ahí no había ningún relato, aunque siempre se le podía dar un ángulo sutil… Exiliados que lloran en torno de un árbol de Navidad, engalanados con sus uniformes impregnados de polilla, mirando al árbol sin dejar de llorar. En algún lugar de París. Un viejo general rememora al recortar un ángel de cartón dorado cómo solía abofetear a sus soldados… Pensó entonces en un general que había conocido personalmente y que ahora estaba en el extranjero, y no había forma de imaginárselo llorando arrodillado ante un árbol de Navidad…

“Pero, con todo, ahora voy por buen camino.” Dijo Novodvortsev en voz alta, persiguiendo impaciente un pensamiento que se le había escapado. Y entonces algo nuevo e inesperado empezó a tomar forma en su imaginación: una ciudad europea, un pueblo bien alimentado, cubierto de pieles. Un escaparate completamente iluminado. Tras él, un enorme árbol de Navidad de cuyas ramas cuelgan frutas carísimas y en cuya base se amontonan muchos jamones. Símbolo de bienestar. Y delante del escaparate, en la acera helada…

Todo nervioso, pero nervioso con la excitación del triunfo, sintiendo que había encontrado la clave única y necesaria, que iba a componer algo exquisito, que iba a describir como nadie lo había hecho antes la colisión de dos clases, de dos mundos, empezó a escribir. Escribió acerca del árbol opulento en el escaparate descaradamente iluminado y del trabajador hambriento, víctima del paro, mirando aquel árbol con mirada severa y sombría.

“El insolente árbol de Navidad -escribió Novodyortsev- ardía con todos y cada uno de los colores del arco iris.”

Vladimir Nabokov
(Ruso nacionalizado estadounidense y suizo, fallecido en Suiza, 1899-1977).

domingo, 25 de diciembre de 2022

Navidad: RESPLANDOR DEL SER, de Rosario Castellanos

"Mi corazón ardiendo en alabanzas."

Para la adoración no traje oro.
(Aquí muestro mis manos despojadas)
Para la adoración no traje mirra.
(¿Quién cargaría tanta ciencia amarga?)
Para la adoración traje un grano de incienso:
mi corazón ardiendo en alabanzas.

Rosario Castellanos
(Mexicana fallecida en Israel, 1925-1974).

sábado, 24 de diciembre de 2022

Navidad: UNA CENA DE NOCHEBUENA, de Guy de Maupassant

"... ante el fuego de la chimenea, donde asaban un lomo de liebre..."

(Fragmento)

Aquel día había helado de una manera horrible. Al llegar la noche nos sentamos a la mesa, ante el gran fuego de la chimenea, donde asaban un lomo de liebre y dos perdices, que olían muy bien. Mi primo levantó la cabeza, y dijo:

- No hará calor cuando nos acostemos.

Indiferente, repliqué:

- No, pero tendremos patos en los estanques mañana por la mañana.

La sirvienta, que ponía nuestros cubiertos en un extremo de la mesa y los de los domésticos en el otro, preguntó:

- ¿Saben los señores que esta noche es Nochebuena?

Seguramente no nos habíamos enterado, pues apenas mirábamos el calendario. Mi compañero contestó:

- Entonces esta noche es la misa del gallo. ¡Y por eso las campanas han estado sonando todo el día!

La sirvienta replicó:

- Sí y no, señor; también han tocado porque ha muerto Fournel padre.

Fournel padre, anciano pastor, era una celebridad del país. Tenía ochenta y seis años de edad, y nunca había estado enfermo hasta el momento en que, un mes antes, había cogido un frío al caerse dentro de una charca en una noche oscura. Al día siguiente se había quedado en cama, y desde entonces estaba agonizando. Mi primo se volvió hacia mí:

- Si quieres –dijo–, iremos dentro de un rato a ver a esa pobre gente.

Quería hablar de la familia del viejo, de su nieto. que tenía cincuenta y ocho años de edad, y de su nieta política, que era un año más joven. La generación intermedia no existía ya desde hacía mucho tiempo. Vivían en un miserable chamizo, a la entrada de la aldea, a la derecha. Pero no sé por qué esta idea de la Nochebuena, en medio de nuestra soledad, nos dio ganas de charlar. A solas los dos, nos contábamos antiguas historias de Nochebuena, aventuras de esta noche loca, los pasados lances amorosos y los despertares del día siguiente, acompañados de otra persona, con sus sorpresas imprevistas, y el asombro de los descubrimientos.

De esta manera, nuestra cena duró mucho tiempo, fumando numerosas pipas; y embriagados por esas alegrías de los solitarios, alegrías contagiosas que nacen de repente entre dos amigos íntimos, hablamos sin parar, rebuscando en nuestros propios casos para comunicarnos esos recuerdos confidenciales del corazón que se escapan en las horas de efusión.

- Voy a la misa, señor.

- ¡Ya!

- Son las once y cuarto.

- ¿Y si fuésemos también a la iglesia? –me preguntó Jules–; esta misa de Nochebuena es muy curiosa en el campo.

Acepté, y nos fuimos, envueltos en nuestras pieles de caza. Un filo agudo pinchaba el rostro y hacía saltar las lágrimas en los ojos. El aire crudo entraba de golpe en los pulmones y secaba la garganta. El cielo profundo, limpio y duro, estaba tachonado de estrellas, que parecían pálidas por la helada; brillaban no como si fuesen unos astros de fuego, sino de cristal, como unas cristalizaciones brillantes. A lo lejos, sobre la tierra de acero, seca y retumbante, resonaban los chanclos de los campesinos; y por todo el horizonte, las campanitas de los pueblos tañían, lanzaban sus sones penetrantes, como friolentos también, en la vasta noche helada.

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

viernes, 23 de diciembre de 2022

NAVIDAD, de José Saramago

"¿Brillan luces en el cielo? Siempre brillaron."

Ni aquí, ni ahora. Vana promesa
De otro calor y nuevo descubrimiento
Se deshace bajo la hora que anochece.
¿Brillan luces en el cielo? Siempre brillaron.
De esa vieja ilusión desengañémonos:
Es día de Navidad. No pasa nada.

José Saramago
(Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

(Traducido al español por Ángel Campos Pámpano).

jueves, 22 de diciembre de 2022

Navidad: VAÑKA, de Antón Chéjov

"Vañka exhaló un suspiro, mojó la pluma y continuó escribiendo."

Vañka Jukov, chicuelo de nueve años, que tres meses antes fuera llevado al zapatero Aliajin para ser adiestrado por éste en el oficio, pasó la Nochebuena sin acostarse. Después de esperar a que amos y oficiales salieran de casa para asistir a la misa del alba, sacó del armario una botellita con tinta, un mango de pluma provisto de una plumilla roñosa, y tras colocar ante sí una arrugada hoja de papel, se dispuso a escribir. Antes de trazar la primera letra miró varias veces asustado al oscuro icono, a continuación del cual corrían por la pared los estantes cargados de hormas, y dejó escapar un suspiro entrecortado. El papel descansaba sobre el banco, ante el que se hallaba de rodillas.
 
«Mi querido abuelito Konstantin Makarich -escribía-: Te mando esta carta. Te felicito por la fiesta de Navidad y te deseo todo lo que pueda darte Nuestro Señor. No tengo padre ni mamita. No me queda nadie más que tú.»
 
Vañka paseó la mirada por la oscura ventana, sobre la que oscilaba el reflejo de la vela, representándosele claramente en ella la imagen del abuelo Konstantin Makarich, guardián nocturno en casa de los señores Jivariov. Es éste un viejecito de unos sesenta y cinco años, menudo, raquitiquillo, extraordinariamente movible y vivaracho, de cara perennemente risueña y ojos borrachines. De día duerme en la cocina de servicio o pasa el tiempo bromeando con las cocineras, mientras que de noche, arropado en un amplio talup, da vueltas por la hacienda acompañándose del golpeteo de un chuzo. Con la cabeza baja le sigue Kaschtanka, su viejo perro, a más de otro, de nombre Vium, llamado así por la negrura de su pelo y su cuerpo alargado como el de una serpiente. Este Vium es un perro sumamente respetuoso y amable. Mira de la misma manera conmovida a propios y extraños; pero no se le concede crédito. Bajo su respetuosa sumisión se esconde la más jesuítica hipocresía. Nadie mejor que él sabe acercarse oportunamente, agarrar por la pierna, introducirse en la cueva en que se guardan las provisiones para mantenerlas frescas o sustraer una gallina. Varias veces sufrió que le pegaran en las patas traseras, dos ha sido colgado, y todas las semanas se le azota hasta dejarle medio muerto, pero siempre revive.
 
Seguramente que el abuelo está ahora junto al portalón guiñando los ojos a las ventanas rojo vivo de la iglesia de la aldea, dando pataditas en el suelo con sus valenkii y bromeando con la servidumbre. Lleva el chuzo atado al cinturón, mueve las manos, se encoge de frío y con su risita de viejo pellizca tan pronto a una doncella como a una cocinera.
 
- ¿Un poco de rapé? -dice ofreciendo su tabaquera a las babas.
 
Las babas toman rapé y estornudan. El abuelo se llena de indescriptible entusiasmo y de una alegre risa, mientras dice en voz alta:
 
- ¡Arranca..., que se te hiela!
 
También da a sorber tabaco a los perros. Kaschtanka estornuda, mueve el hocico y ofendido se retira hacia un lado, en tanto que Vium, que por respeto se abstiene de estornudar, se limita a mover el rabo. El tiempo es espléndido: el aire, quieto, transparente y fresco. Y aunque la noche es oscura, se acierta a distinguir la aldea con sus blancos tejados y sus hilillos de humo saliendo de las chimeneas; los árboles están plateados de escarcha y hay montones de nieve. El cielo aparece cuajado de estrellas que parpadean alegres, y la Vía Láctea se destaca de él tan claramente como si hubiera sido para la fiesta lavada y frotada con nieve…
 
Vañka exhaló un suspiro, mojó la pluma y continuó escribiendo:
 
«Ayer me gané un regaño. El amo me sacó al patio, tirándome del pelo, y me zurró, porque cuando les estaba meciendo al niñito en la cuna, que quedé dormido sin querer. También la semana pasada el ama me mandó que le limpiara el arenque, y porque yo empecé por la cola, me lo quitó de las manos y se puso a darme en los morros con su cabezota. Los oficiales hacen burla de mi. Me dicen que vaya a la taberna por vodka y me mandan que robe pepinos al amo, que luego me pega con lo primero que se le viene a mano... De comer tampoco hay aquí nada. Por la mañana te dan pan para tomar el kascha; pero no te dan té ni schi. Se lo zampan los amos. También me manda que vaya a dormir al zaguán; pero, cuando su niñito llora, no puedo dormir nada y tengo que estar meneándole la cuna... Querido abuelito: ¡Hazme una merced en nombre de Dios! ¡Sácame de aquí y llévame a la casa de la aldea! ¡Ya no puedo aguantar más!... Te saludo hasta tus piececitos y rezaré a Dios por ti eternamente. ¡Llévame de aquí porque me voy a morir!...»
 
Vañka torció la boca, se frotó los ojos con un puño negro y dejó escapar un sollozo.
 
«Yo te prepararé el rapé -prosiguió escribiendo-. Rezaré a Dios por ti, y si hago algo malo, azótame todo lo que quieras. Si crees que no hay allí trabajo para mí, le pediré entonces al administrador que me tome para limpiarle las botas o que me mande en lugar de Fedka cuando lleven a pastar al ganado. ¡Abuelito querido!... ¡No puedo soportar más esto! ¡Es, sencillamente, la muerte! Quería escaparme a pie a la aldea, pero no tengo botas y me da miedo la helada. Cuando sea grande, yo, en cambio te daré de comer. No permitiré que nadie te haga daño y si te mueres rezaré por ti lo mismo que rezo por mi madrecita Pelagueia. Moscú es una ciudad muy grande; todas las casas son de señores y hay muchos caballos. Lo que no hay son ovejas, y lo perros no son malos. Los chicos aquí no salen con la estrella, y en el coro no dejan entrar a nadie. He visto una tienda donde vendían anzuelos y sedales para toda clase de peces. Los tenían en el escaparate. Eran muy buenos. Había uno que podría hasta con un salmón de un pud. También he visto tiendas en que se vendían escopetas de todas clases, parecidas a las del señor. A lo mejor cada una de ellas vale cien rublos. En las carnicerías tienen perdices y codornices y liebres, pero no te dicen dónde las matan...
 
«Querido abuelito, cuando los señores pongan el árbol de Navidad con los dulces, coge para mí una nuez dorada y guárdamela en el baulito verde. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna. Dile que es para Vañka.»
 
Vañka suspiró convulsivamente y fijó de nuevo la mirada en la ventana. Recordaba que cuando el abuelo iba al bosque a buscar el abeto de Navidad para los señores, le llevaba consigo. ¡Qué tiempo tan alegre aquel!... La garganta del abuelo deja oír un a modo de crujido, cruje también el árbol, y Vañka, mirando, les imita. El abuelo, generalmente, antes de empezar a cortar el árbol se pone a fumar su cachimba, luego invierte largo rato en tomar rapé y burlarse de Vañka porque siente frío... Los jóvenes abetos, revestidos de escarcha, esperan inmóviles, sin saber cuál de ellos ha de morir. De repente, sin que se sepa cómo ni de dónde, sobre los montones de nieve pasa rauda una liebre. El abuelo no puede contenerse y grita:
 
- ¡Coge..., coge..., cógela!... ¡Demonio de bicho!...
 
El abeto cortado es conducido a la casa de los señores, donde se procede a su adorno. Más que nadie, se agita la señorita Olga Ignatievna, la favorita de Vañka. Cuando todavía vivía Pelagueia, la madre de Vañka, prestaba servicios de doncella en la casa de los señores. Olga Ignatievna daba caramelos a Vañka, y como no tenía otra cosa que hacer, le había enseñado a leer, a escribir, a contar hasta ciento y hasta a bailar el cuadrille. Sin embargo, cuando Pelagueia murió, el huerfanito Vañka fue enviado a la cocina de la servidumbre, junto al abuelo, y de la cocina pasó a la casa del zapatero Aliajin, en Moscú.
 
«¡Ven, querido abuelito!... -proseguía Vañka-. ¡Por el amor de Dios te lo pido!... ¡Sácame de aquí!... ¡Ten piedad de mí! ¡De este desgraciado huérfano! ¡Todos me pegan y tengo tantas ganas de comer!... Además, ¡tengo una tristeza tan grande que no te la puedo contar!... ¡Me paso el tiempo llorando!... El amo me pegó el otro día un porrazo tan fuerte en la cabeza con una horma, que me caí al suelo y tardé mucho en volver a respirar... ¡Mí vida es una perdición!... ¡Peor que la de un perro!... También mando mis saludos a Alona, a Egor, el tuerto, y al cochero. Mi armónica no se la dejes a nadie... Quedo de ti tu nieto. Iván Jukov.»
 
«¡Ven, querido abuelito!»
 
Vañka plegó la hoja escrita en cuatro dobleces y la introdujo en el sobre comprado la víspera por un kopek... Después de meditar un momento, mojó la pluma y escribió las señas. «Para el abuelito que está en la aldea».
 
Luego se rascó y, tras un instante de cavilación, añadió a lo escrito: «Para Konstantin Makarich».
 
En seguida y contento de no haber sido molestado mientras escribía, se caló el gorro y, sin ponerse la pellicita, en mangas de camisa, echó a correr a la calle... Por los dependientes de la carnicería a quienes había preguntado la víspera, sabia que las cartas se depositaban en los buzones, desde donde eran repartidas por toda la tierra por cocheros borrachos montados en las troikas de correos y entre un resonar de campanillas. Vañka llegó de una carrera al primer buzón e introdujo la preciosa carta por la ranura...
 
Una hora después, mecido en sus dulces esperanzas, dormía profundamente. Soñaba con la estufa. En la yacija, junto a la estufa, veía sentado al abuelo, descalzo, con las piernas colgando y leyendo la carta a las cocineras. Vium daba vueltas junto a la estufa, moviendo el rabo...

Anton Chéjov (Rusia, 1860-1904).
 
(Traducido al español por E. Podgursky y A. Aguilar).