Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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miércoles, 3 de enero de 2024

Año nuevo: LA PRIMERA HERIDA, de F. Scott Fitzgerald

"El día siguiente a la fiesta de Año Nuevo se puso su nuevo traje de viaje y su nuevo abrigo de pieles..."

(Fragmento)

Para Josephine fue una época difícil. Se dio cuenta de lo cerca que había estado del desastre, y, con respeto incondicional y obediencia absoluta, trató de resarcir a sus padres por los problemas que, sin querer, había causado. En un principio decidió no ir a los bailes de Navidad, pero la convenció de lo contrario su madre: esperaba que su hija se distrajera con los chicos y chicas que volvían de vacaciones a casa. La señora Perry la llevaría al Este a principios de enero, al colegio Breerly, y, comprando ropa y uniformes, madre e hija pasaron muchas horas juntas, y la señora Perry estaba en- cantada con la madurez y el nuevo sentido de la responsabilidad que demostraba Josephine.
 
Y, a decir verdad, la nueva actitud de Josephine era sincera, y sólo una vez Jose- phine hizo algo que no hubiera podido contar en público. El día siguiente a la fiesta de Año Nuevo se puso su nuevo traje de viaje y su nuevo abrigo de pieles, salió de su casa por la acostumbrada puerta trasera y se subió al coche de Ed Bement. En el centro de la ciudad dejó a Ed esperándola en una esquina y entró en la heladería que había frente a la antigua Estación de la Unión, en la calle de LaSalle. Un individuo con un rictus de infelicidad y una mirada de perplejidad y desesperación la estaba esperando.
 
Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos, 1896-1940).
 
(Traducido al español por Justo Navarro).

martes, 2 de enero de 2024

Año nuevo: HAIKÚ, de Yasunari Kawabata


En el cielo de Año Nuevo
mil grullas vuelan o así
me parece.

Enero de 1953

Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972).
Obtuvo el premio Nobel en 1968.

(Traducido al español por Amalia Sato).

lunes, 1 de enero de 2024

Año nuevo: BRINDIS (del poemario Mitología del olvido)

"... tocón de otro árbol mutilado en el bosque de las vivencias."

A medianoche se consume el día
tocón de otro árbol mutilado
en el bosque de las vivencias,
se festejan las doce campanadas:
un año menos por andar.
Amanece enero con su resaca,
despropósitos de la imaginación
ya la rutina se encargará
de recuperar los viejos hábitos.
Fuga perpetua de la vida
evanescencias del calendario,
el tiempo nunca se equivoca.
Diciembre 31 de 2011.

Jules Etienne

domingo, 31 de diciembre de 2023

Año nuevo: GUERRA Y PAZ, de León Tolstói

"Una tercera parte de los invitados había llegado ya..."

(
Fragmento inicial del capítulo IV)

El 31 de diciembre, víspera del Año Nuevo de 1810, se celebraba un baile en casa de un gran señor del tiempo de Catalina. El cuerpo diplomático y el Emperador habían de asistir a él.

Una tercera parte de los invitados había llegado ya y en casa de los Rostov, que habían de asistir a la fiesta, se estaban ultimando los preparativos a toda prisa.

María Ignatevna Perouskaia, amiga y pariente de la Condesa, una señorita de honor, delgada y pálida, iba al baile de los Rostov y guiaba a aquellos provincianos por el gran mundo de San Petersburgo.

Los Rostov debían ir a buscarla a las diez en las cercanías del jardín de Taurida, y a las diez y cinco minutos las muchachas aún no estaban vestidas.

A las diez y cuarto se metieron en el coche y se marcharon. Pero todavía tenían que dar la vuelta por el jardín de Taurida.

La señorita Perouskaia ya estaba a punto. A pesar de su edad y de su fealdad, había ocurrido en su casa lo mismo que en la de los Rostov, aunque sin tanto trajín; ya estaba acostumbrada a ello. También su persona envejecida estaba limpia, perfuma- da, empolvada, y, como en casa de los Rostov, la anciana criada, entusiasmada, admiró el atuendo de su ama cuando salió del salón, con su vestido amarillo adornado con el distintivo de las damas de honor de la Corte.

La señorita Perouskaia elogió los vestidos de los Rostov, y los Rostov elogiaron el gusto y el vestido de la Perouskaia y, con todas las precauciones por los peinados y las ropas, a las once se instalaron en el coche y se marcharon.

León Tolstói
Lev Nikoláievich Tolstoi (Rusia, 1828-1910).

La ilustración corresponde a un fotograma de la adaptación cinematográfica
de la novela, dirigida por Sergéi Bondarchuk en 1967.

sábado, 30 de diciembre de 2023

Año nuevo: HAPPY NEW YEAR, de Julio Cortázar

"¿No me prestas tu mano en esta noche de fin de año de lechuzas roncas?"

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

Julio Cortázar
(Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

martes, 26 de diciembre de 2023

Navidad: ADÁN EN EDÉN, de Carlos Fuentes

"Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades..."

1

No entiendo lo que ha sucedido. La Navidad pasada todos me sonreían, me traían regalos, me felicitaban, me auguraban un nuevo año -un año más- de éxitos, satisfacciones, reconocimientos. A mi esposa le hacían caravanas como diciéndole qué suertuda, estar casada con un hombre así... Hoy me pregunto qué significa ser «un hombre así...» o «asado». Más asado que así. ¿Fue el año que terminó una ilusión de mi memoria? ¿Realmente ocurrió lo que ocurrió? No quiero saberlo. Lo único que deseo es regresar a la Navidad del año anterior, anuncio familiar, repetido, reconfortante en su sencillez misma (en su idiotez intrínseca) como profecía de doce meses venideros que no serían tan gratificantes como la Noche Buena porque no serían, por fortuna, tan bobos y malditos como la Navidad, la fiesta decembrina que celebramos porque sí, no faltaba más, sin saber por qué, por costumbre, porque somos cristianos, somos mexicanos, guerra, guerra contra Lucifer, porque en México hasta los ateos son católicos, porque mil años de iconografía nos ponen de rodillas ante el Retablo de Belén aunque le demos la espalda al Establishment del Vaticano. La Navidad nos devuelve a los orígenes humildes de la fe. Una vez, otra vez, ser cristiano significaba ser perseguido, esconderse, huir. Herejía. Manera heroica de escoger. Ahora, pobre época, ser ateo no escandaliza a nadie. Nada escandaliza. Nadie se escandaliza. ¿Y si yo, Adán Gorozpe, en este momento derrumbo de un puñetazo el arbolito navideño, hago que se estrellen las estrellas, le coloco una corona en la cabeza a mi mujer Priscila Holguín y corro a mis invitados con lo que antes se llamaba (¿qué quiere decir?) cajas destempladas...?
 
¿Por qué no lo hago? ¿Por qué me sigo conduciendo con la amabilidad que todos esperan de mí? ¿Por qué sigo comportándome como el perfecto anfitrión que Navidad tras Navidad reúne a sus amigos y colaboradores, les da de comer y beber, les entrega regalos distintos a cada uno -jamás dos veces la misma corbata, el mismo pañuelo- aunque mi mujer insista en que ésta es la mejor época para el «roperazo», es decir, para deshacerse de regalos inútiles, feos o repetidos que nos son entregados para endilgárselos a quienes, a su vez, los regalan a otros incautos que se los encajan a...
 
Contemplo la pequeña montaña de obsequios al pie del árbol. Me invade un temor. Devolverle a un colaborador el regalo que éste me hizo hace dos, tres, cuatro Navidades... Me basta pensarlo para suprimir mis temores anticipados. No estoy aún en el Año Nuevo. Sigo en la Noche Buena. Me rodea mi familia. Mi esposa inocente sonríe, con su sonrisa más vanidosa. Las criadas distribuyen ponches. Mi suegro ofrece una bandeja de bizcochos.
 
No debo adelantarme. Hoy todo es bueno, lo malo aún no sucede.
 
Distraído, miro por la ventana. Pasa un cometa.
 
Y Priscila mi esposa le da una sonora cachetada a la criada que distribuye cócteles.
 
 
Carlos Fuentes (México, 1928-2012).

lunes, 17 de julio de 2023

Tampico: PALINURO DE MÉXICO, de Fernando del Paso

"Una tarde fondeó en Nueva Orlénas un barco mexicano, El Tabasco, que llegaba siempre cargado (...) y regresaba a Tampico..."

Primera parte

(Fragmento del capítulo 1: La gran ilusión)

Pero si no se encontraron en Nueva Orleáns, no cupo duda que el tío Esteban se acercaba cada vez más a su destino, y se esmeraba en hacerlo lo mejor posible: porque fue allí donde no sólo aprendió a tomar leche con sal como algunos cubanos -cosa que siempre le hizo mucha gracia al abuelo Francisco-, sino lo que era más importante, se adiestró en las artes y las fanfarronerías del pókar, el juego favorito del Presidente Municipal de San Angel.

Una tarde fondeó en Nueva Orleáns un barco mexicano, El Tabasco, que llegaba siempre cargado de plátano roatán y plátano cientoemboca y regresaba a Tampico y a la bella Veracruz -las otras dos ciudades que el abuelo visitaba con frecuencia-, reventando de contrabando: whiskies, coñacs, cachemiras, perfumes franceses y camafeos florentinos. El capitán del barco -que por pura coincidencia era primo lejano del abuelo Francisco-, después de ganarle al tío Esteban en el pókar veinte dólares y un speculum vaginal de Ricord, lo invitó a viajar a México. Y el tío Esteban se agregó al contrabando de El Tabasco y entró a México, junto con una bocanada de vientos alisios, por el mismo lugar donde veintiséis años había llegado Jean Paul, el botánico francés con el que nunca se casó la tía Luisa, hermana única del abuelo. Al despedirse, el capitán le devolvió el speculum y le dio la dirección que tenía en la ciudad de México su primo, que según le dijo era senador y en cualquier momento, el día menos pensado, podía subir de sopetón a la gubernatura de un Estado.

Pero al tío Esteban ya no le tocó la época dorada del abuelo Francisco, el cual efectivamente llegó a la jefatura de un Estado, pero por unos cuantos meses porque su nombramiento era de gobernador interino. Y los cuantos meses se redujeron a unas pocas semanas, porque el abuelo tuvo un accidente que lo obligó a retirarse para siempre de la política y de la buena vida: estaba en una cantina de Tampico comentando el asesinato de Obregón en La Bombilla, cuando un camión sin frenos abatió la pared y fue a estrellarse contra el mostrador. El abuelo apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado, y arrojarse al suelo como si esperara la explosión de una bomba. Pero una enorme máquina registradora le cayó en una pierna, en la pierna que ya desde antes lo había hecho sufrir, cuando le metieron una bala en la Revolución, y que después en más de una ocasión estuvieron a punto de cortársela. El contenido de la registradora se derramó sobre él, así que cuando llegó la ambulancia, el abuelo -que en ningún momento perdió su buen humor-, arrojaba al aire billetes y centenarios de oro, gritando: «¡Soy rico, soy rico!» Pero desde entonces, y porque tampoco su destino perdió jamás el sentido de la ironía, la fortuna del abuelo comenzó a mermar y al fin se hundió en forma súbita y aparatosa -como se hunden los barcos y los transatlánticos: como se hundió el Titanic y se hundió el Lusitania-, y sus últimos resplandores coincidieron -años más, años menos-, con el apocalíptico incendio de los pozos Meriwether y Morrison que alguna vez, precisamente por la primera guerra, hicieron de Tampico el emporio petrolero más grande del orbe. Llegó el Año Nuevo.

Fernando del Paso (México, 1935-2018).

lunes, 2 de enero de 2023

Año nuevo: EL CONCIERTO DE LOS PECES, de Halldór Laxness

"... le avisara cuando hubiera ya luz suficiente para que alguien que gozara del don de la vista fuese capaz de hallar el camino hasta la ciudad."

(Fragmento del capítulo 9: Las autoridades)

No tengo intención de relatar todos los paseos de año nuevo en que visité a las autoridades acompañando a Hogensen, en los días en que yo aún usaba pantalones cortos, sino que me limitaré a contar un par de cosas sobre la primera de tales ocasiones, pues aunque aquella visita es en realidad muy parecida a las que haríamos posteriormente con idéntico propósito, le asiste el beneficio de la novedad.

Supongo que tendría unos seis años de edad cuando me mandaron por primera vez a hacer de lazarillo del Capitán Hogensen en su visita a aquella gente, con la intención de expresarles sus mejores votos de que Dios estuviera siempre con ellos durante todo el año siguiente. He de señalar de antemano que aquel paseo a ver a las autoridades no es memorable, en absoluto, porque en el transcurso de tal expedición se me revelaran las glorias del mundo, sino que lo recuerdo ahora porque no deja de proporcionar un tono algo inesperado a la historia que aquí estoy relatando.

Empezaré contando que el Capitán Hogensen, en primer lugar, hace que le corte el pelo un buen hombre a quien se consideraba habilidoso en tales menesteres; además, le retocó la barba para que se pareciera lo más posible al Rey Cristian IX. El capitán se despertaba en las tempranas horas de la madrugada del día de Año Nuevo y se vestía sentado aún en la cama, despacio y con gran cuidado, envuelto en la oscuridad que le había regalado nuestro Redentor, y a la que no eran capaces de derrotar luz de candela ni luz de aceite, ni el orto del mismo sol, ni cosa alguna que no fuera la luz de su propio espíritu.

Aunque estuviera tan completamente ciego como puede llegar a estarlo persona alguna, se bastaba él solo para sacar brillo a los botones de su uniforme. Si alguna vez he visto oro de verdad, era el de aquellos botones. Cuando los demás se levantaban de la cama en la mañana del Año Nuevo, el capitán estaba ya sentado en su cama, muy estirado, con su uniforme azul de la marina de guerra y sus botones de oro, esperando. La visera del quepis resplandecía como un espejo. No podía dar crédito a sus oídos cuando le decíamos que por las ventanas estaba empezando a asomar el primer débil resplandor del amanecer, y pedía a su joven acompañante que se acercara a él y le avisara cuando hubiera ya luz suficiente para que alguien que gozara del don de la vista fuese capaz de hallar el camino hasta la ciudad.

Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998).
Obtuvo el premio Nobel en 1955.

(Traducido al español por Enrique Bernárdez).
La ilustración corresponde a Reykjavik a principios del siglo XX,
cuando acontece la acción de la novela. La fotografía es de Egill Jacobsen. 

domingo, 1 de enero de 2023

Año nuevo: PRIMERO DE ENERO, de Eugenio Montale

"Sé que se puede existir sin vivir, con raíces arrancadas por el viento..."

Sé que se puede vivir
sin existir,
salir de entre bastidores,
de las profundidades,
de un fuera que no existe si nunca nadie
lo ha visto.
Sé que se puede existir
sin vivir,
con raíces arrancadas por el viento,
aunque no mueva las hojas y ni un soplo encrespe
el agua a la que se asoma tu salón.
Sé que no hay magia
de filtro o de infusión
que pudiera explicar cómo se pelean
tus dedos y tus cabellos, cómo estalla tu risa
en su agradecimiento
al minúsculo dios en el que confías,
cada vez distinto, y desconfías.
Sé que nunca te has preguntado
el cómo, el dónde, el porqué,
perezosamente indispuesta
a lo disponible,
distraída, resignada al no importa,
al no sé cuándo o cuánto, absorta en un oscuro
germinar de larvas y arborescencias.
Sé que lo que aferras,
objeto o mano, pluma o cenicero,
quema y no lo advierte,
ni te das cuenta tú, animal inocente,
inconsciente
de ser un apoyo o una gangrena, una sombra
y un cuerpo, un rayo que se obscurece.
Sé que se puede vivir
en el fueguecito de paja de la emulación
sin que de tu frente se borre el sello timbrado
de Quien  quiso que tú fueras... y se arrepintió.
   Ahora,
al salir a la terraza, riegas las flores, sacudes
el esqueleto del árbol de Navidad,
te acompaña en silencio la casetera,
vuelves atrás, ante el espejo te arrepientes,
te arrojas al suelo. con el trapo raspas del pavimento
las huellas de los intrusos.
Eran muchos y los más impresentables
de todos porque los demás al menos hablan,
yo, con la boca cerrada.

Eugenio Montale (Italia, 1896-1981).
Obtuvo el premio Nobel en 1975).

sábado, 31 de diciembre de 2022

Año nuevo: LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ, de Carlos Fuentes

"De la puerta que comunicaba con el comedor avanzó otro criado con una charola entre las manos."

(Fragmento de: 1955 - Diciembre 31)

Mucho dinero, mucho lujo, pero sin alegría, sin diversiones, sin el derecho de beber una copita siquiera. Claro, si lo quiere mucho. Se lo ha dicho mil veces. Las mujeres se acostumbran a todo; depende del cariño que les den. Igual puede acostumbrarlas un amor juvenil que un amor paternal. Claro que le tiene cariño; no faltaba más... Ya van para ocho años de vivir juntos y él no hizo escenas, no la regañó... Nada más la obligó... ¡Pero qué bien le vendría otra cana al aire!... ¿Qué? ¿La imaginaba tan tonta?... Ya, ya, nunca ha sabido aguantar una broma. De acuerdo, pero se da cuenta de las cosas... Nadie dura eternamente... Patas de gallo alrededor de los ojos... Los cuerpos... Sólo que él también está acostumbrado a ella, ¿verdad que sí? A su edad le costaría volver a empezar. Por más millones... cuesta trabajo y se pierde mucho tiempo buscando a una mujer... las condenadas... conocen tantas salidas, les gusta tanto hacerse las remolonas... prolongar los momentos iniciales... la negativa, la duda, la espera, la tentación, ¡ay, todo eso!... y hacer tontos a los viejos... Claro que ella es cómoda... Y no se queja, no, qué va. Hasta le halaga la vanidad que vengan a rendirle cada Año Nuevo... Y lo quiere, sí, se lo jura, ya está demasiado acostumbrada a él... ¡pero cómo se aburre!... a ver, ¿qué hay de malo en tener unas cuantas amigas íntimas, en salir de vez en cuando a divertirse, en... tomar una copita allá cada semana... ?

Él permaneció inmóvil. No le concedía este derecho de hostigarlo y sin embargo... una lasitud tibia y abúlica... escuchando las sandeces de esta mujer cada día más vulgar e... e... no, era apetecible aún... aunque insoportable... ¿Cómo la iba a dominar?... Todo lo que dominaba obedecía, ahora, sólo a cierta prolongación virtual, inerte... de la fuerza de sus años jóvenes... Lilia podría abandonarle... le oprimió el corazón... No bastaba para conjurar eso... ese miedo... Quizá no habría otra oportunidad... quedarse solo... Movió con dificultad los dedos, el antebrazo, el codo y el cenicero cayó sobre la alfombra y derramó las colillas mojadas y amarillas en un cabo, el polvo de capa blanca, escama gris, entraña negra. Se agachó, respirando con dificultad.

- No te agaches. Ahorita llamo a Serafín.

- Sí.

Quizá... Tedio. Pero asco, repulsión... Siempre, imaginando de mano de la duda... Una ternura involuntaria le hizo volver el rostro para mirarla...

Lo observaba, desde el marco de la puerta... Rencorosa, dulce... El pelo teñido de rubio ceniza y esa piel morena... Tampoco ella podía regresar... jamás lo recuperaría y eso los igualaba... por más que la edad o el carácter los separara... Escenas ¿para qué?... Se sintió fatigado. Nada más... Decidieron la voluntad y el destino... Nada más... No más cosas, más recuerdos, más nombres que los conocidos... Volvió a acariciar el damasco... Las colillas, la ceniza derramada no olían bien. Y Lilia, detenida allí con el rostro grasoso. Ella en el umbral.

Él sentado en el sillón de damasco.

Entonces ella suspiró y se fue chancleteando a la recámara y él esperó sentado, sin pensar en nada, hasta que la oscuridad le sorprendió al verse reflejado con tanta nitidez en las puertas de cristal que conducían al jardín. El mozo entró con el saco, un pañuelo y una botella de agua de Colonia. De pie, el viejo permitió que le pusieran la prenda y después abrió el pañuelo para que el mozo derramara unas gotas de loción. Cuando colocó el pañuelo en la bolsa del corazón, cambió una mirada con el criado. El criado bajó los ojos. No. ¿Por qué iba a pensar en lo que podría sentir ese hombre?

- Serafín, rápido las colillas...

Se incorporó, apoyándose con ambas manos, sobre los brazos del sillón. Dio unos cuantos pasos hacia la chimenea y acarició los fierros toledanos y sintió la respiración del fuego sobre el rostro y las manos. Se adelantó al escuchar los primeros murmullos de voces -encantadas, admirativas- en el pasillo de la casa. Serafín terminaba de recoger las colillas.

Ordenó que se atizara el fuego y los Régules entraron mientras el mozo manejaba los fierros y una gran llamarada ascendía por el tiro. De la puerta que comunicaba con el comedor avanzó otro criado con una charola entre las manos. Robergo Régules recibió una copa mientras la pareja joven -Betina y su marido, el joven Ceballos- tomada de la mano, recorría el salón y elogiaba las viejas pinturas, las molduras de yeso y oro, las tallas suntuosas, los copetes y faldones barrocos, los travesaños torneados, los mascarones policromos. Él daba la espalda a la puerta cuando el vaso se estrelló contra el piso con un ritmo de campana rota y la voz de Lilia gritó algo en son de burla. El viejo y los invitados vieron el rostro de esa mujer despintada que asomaba prendida a la manija de la puerta: -¡Lero, lero! ¡Feliz Año Nuevo!... No te preocupes, viejito, que en una hora se me baja... y bajo como si nada...

Carlos Fuentes (Mexicano nacido en Panamá, 1928-2012).

viernes, 30 de diciembre de 2022

Enero: EL PALACIO DE LOS SUEÑOS, de Ismail Kadaré

"El último viernes de diciembre. El primero de enero. El segundo de enero. Ah, por fin el que buscaba (...) Lo leyó con dificultad, como si tuviera los ojos tapados con un trapo blanco..."

(Fragmento del capítulo: La aproximación de la primavera)

Un día, movido por un impulso repentino, se levantó de la mesa de su despacho y con paso lento descendió al Archivo. Reinaba el mismo olor pesado a carbón que había respirado tiempo atrás. Los funcionarios permanecían a su lado como sombras, dispuestos a servirle. Pidió el cartapacio de los Sueños Maestros de los últimos meses y, cuando se lo trajeron, después de ordenar a los funcionarios que lo dejaran trabajar tranquilo, comenzó a hojearlo con calma. Sus dedos le transmitían un creciente desasosiego a medida que pasaba las hojas. Los latidos de su corazón se habían tornado extremadamente lentos. En la cabecera de las hojas, a la derecha, estaban escritas las fechas y otras anotaciones de referencia. El último viernes de diciembre. El primero de enero. El segundo de enero. Ah, por fin el que buscaba, el Sueño Maestro fatal que había llevado a su tío a la tumba y lo había elevado a él a la dirección del Tabir. Lo leyó con dificultad, como si tuviera los ojos tapados con un trapo blanco que dejara pasar apenas ramalazos de luz lechosa. Era justo aquel sueño del vendedor de verduras de la capital que había pasado dos veces por sus manos, acompañado de la interpretación aproximativa que ya conocía: Puente-Koprü-Qyprilli. Instrumento musical-epopeya albanesa. El toro rojizo que, incitado por ella, embestía contra el Estado. ¡Oh, Dios!, se dijo. Conocía de sobra todo aquello, sin embargo el hecho de verlo escrito lo hizo estremecerse de la cabeza a los pies. Cerró el cartapacio y se marchó con el mismo paso parsimonioso.

Ismail Kadaré (Albania, 1936).

(Traducido al español por Ramón Sánchez Rizarralbe).

sábado, 12 de marzo de 2022

Día de reyes: LOS SEIS REYES MAGOS, de John Flanders

"La tripulación de La Belle Pálagie desembarcó..."

(Fragmento)

Llegó el día de Año Nuevo. La tripulación de La Belle Pélagie desembarcó, se emborra- chó en casa de Barkis y volvió con la noticia de que el misionero no volvería hasta mediados de enero... o Saint-Glin-Glin.

Pierrot se estaba consumiendo visiblemente. Sus labios azules cubiertos de ampollas solo dejaban pasar palabras incoherentes y una falta de aliento que ya sonaba como un sonajero. La tristeza del capitán Botte se convirtió en ira. No podía permitir que Dios, si lo había, dejara morir a este pobre niño, lejos de su familia, en una isla per- dida.

- Capitán... ¡Pierrot está preguntando por usted! Está muy mal, usted lo sabe.

Botte, que vagaba como un alma en pena por la cubierta, dejó caer su pipa y subió corriendo. Encontró al grumete muy tranquilo, casi sonriente, pero pálido como la tiza.

- Esta noche... el frijol... ¡los Reyes! -susurró.

- ¡Ah, diablos!... -gruñó Botte-, lo había olvidado. Hoy es 6 de enero... ¡Epifanía! Y le prometí…

Por el ojo de buey vio que el cielo se volvía malva, anunciando la rápida noche del trópico, y murmuró una maldición entre dientes.

- Está bien, pequeño -dijo, volviéndose hacia el niño-, ¡esta noche celebraremos a los Reyes!

Pierrot le dio las gracias con un ligero movimiento de cabeza y se durmió.

- ¡Aquí estoy yo teniendo que pedirles a estas momias que me echen una mano! -se quejó Botte-. Qué trabajo...

Fue a pedirle a Lou un panqueque con un frijol. Gracias a Dios no era la harina lo que faltaba a bordo. Pero, ¿y los Reyes...?

El capitán y la imaginación nunca habían deambulado juntos por la vida, y Botte se sentía muy apesadumbrado cuando de repente sus ojos se posaron en los marineros Manders, Ridge y Apeka, quienes jugaban a las cartas en cubierta.

- Por mi primera pipa, aquí están mis Reyes..."-exclamó, con gran alegría en su corazón. Manders, que era el más inteligente de los tres, recibió instrucciones muy concretas: ir a Barkis, pedirle que alquilara un oropel adecuado para los Tres Reyes Magos y volver a bordo para desempeñar ese papel.

Un momento después, Botte los oyó alejarse por el muelle, gritando una tonta salmodia marinera.

Había llegado la noche; una enorme estrella fugaz se desprendió de la bóveda celeste y se perdió en el mar.

- La estrella… -murmuró Botte-, ¡Bah, momias!

Bajó a la habitación del enfermo.

No hacía falta ser un erudito para darse cuenta de que la fiebre isleña pronto vencería a Pierrot.
***

Botte se impacientó porque sus tres marineros no regresaron.

- Los encadenaré -se quejó.

Lou había colocado un panqueque espeso y humeante junto a la cama del paciente, pero Pierrot no le prestó atención. Sus ojos abiertos de par en par parecían fijos, más allá de las cosas, en imágenes temibles.

Botte, furioso, volvió a cubierta y de repente su rostro se iluminó. En el muelle, los Reyes avanzaron, vestidos de oro y púrpura, majestuosos bajo la luna creciente. ¡Ah, Barkis lo había hecho muy bien!

Mientras se felicitaba a sí mismo, Botte se preguntó de dónde había sacado el cantinero unos abrigos tan magníficos. Tampoco podía dejar de ver a sus marineros tan dignos, tan solemnes, tan llenos de majestad.

- ¡Vamos, Manders, Ridge, Apeka! -susurró-. "¡Vengan rápidos!

Literalmente los empujó hasta la habitación de Pierrot.

- ¡Hola, Pierrot!... Aquí están tus Reyes... ¡Mira qué hermosos son!

El grumete se incorporó y soltó un gran grito de alegría.

Los Reyes Magos se arrodillaron junto a su litera.

***

- Una serpiente en una botella... oh... oh!

Las voces de borrachos subieron desde el muelle, repitiendo la canción inepta.

Botte, que ya no entendía nada, corrió hacia el puente. Tres tipos ridículos, blandien- do una estrella de oropel en la punta de un palo, se tambalearon hacia La Belle Pélagie, vestidos con sucios harapos rojos y verdes.

- Manders... Ridge... ¡qué significa esto! -tartamudeó Boot.

Manders se derrumbó borracho en el muelle, arrastrando a sus dos compañeros con él. La estrella cayó al agua.

- ¡Entonces, los Reyes! -hipó el capitán.

Abrió la puerta del dormitorio. Los Reyes ya no estaban allí, pero la luz de la lámpara suspendida del cardán, caía sobre el rostro sonriente y apacible de Pierrot.

- Dios mío, qué guapo es... -sollozó el viejo marinero.

De repente creyó entender.

- Los Reyes... los verdaderos Magos... mi dulce Señor, ¡vinieron por él!

Entonces el capitán, ese incrédulo, cayó de rodillas.

John Flanders:
Jean Raymond Marie de Kremer (Bélgica, 1867-1964).

lunes, 31 de enero de 2022

Día de reyes: GENTE INDEPENDIEN- TE, de Halldór Laxness


"- Sí, víspera de Reyes. Y después, ¿qué? - Después no faltará mucho para el mes de porri."

(Fragmento del capítulo 48)

- Oh, no sé que haya ninguna otra fiesta grande, aparte de que después de Año Nuevo viene la víspera del día de Reyes, pero no es una fiesta muy importante. No, no creo que haya gran cosa en materia de grandes festividades.

Sí, precisamente era la víspera de Reyes la que ansiaba Asta Sóllilja, y no otra fiesta, porque la expectativa prefiere olvidar las interminables noches de los días laborables y utilizar las fiestas solamente como sus mojones hacia el futuro.

- Sí, víspera de Reyes. Y después, ¿qué?

- Después no faltará mucho para el mes de porri.

Porri, pensó la muchacha con tristeza, porque eso no le recordaba más que grandes tormentas de nieve y súbitos deshielos que venían por turno y, por lo tanto, sin propósito alguno, un deshielo que se convertía en helada, una helada que se tornaba deshielo, eternidad tras eternidad.

- No, abuela, Porri, no. Eso no. Quiero decir fiestas. Festividades...

- En mi época tomábamos nota del tiempo en el día de San Pablo y en la Candelaria, pero entonces, naturalmente, todavía quedaban muchas de las viejas costumbres.

Halldór Laxness
(Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

martes, 4 de enero de 2022

Año nuevo: LAS ISLAS DE LA IMPRUDENCIA, de Robert Graves


(
Fragmento del capítulo 23: Hambre y sed)

El día de Año Nuevo nos sorprendió a catorce grados de latitud norte, que es casi la de Manila, y como el viento soplaba del este, avanzábamos proa al oeste a bastante velocidad y el mástil y las vergas se mantenían firmes. Pedro Fernández me confió que tenía esperanzas de avistar pronto la gran isla de Guaní, a un centenar de leguas aproximadamente al oeste de las Filipinas, que está separada de otra llamada Serpa- na por un canal de unas diez leguas de largo. El 3 de enero, con gran alivio de su parte, llegamos precisamente a dichas islas y navegamos entre ellas, del lado de Guam, siguiendo la ruta de Magallanes, que había descubierto este canal veinticinco años antes. La tierra era llana y densamente cubierta de bosques.

De una ensenada partió un vasto número de canoas que venían a darnos la bienve- nida. Alterado por la ansiosa espera de comida, un soldado que arriaba el trinquete, perdió pie y cayó al mar, y sus camaradas no pudieron encontrar una sola cuerda del largo suficiente como para arrojarle y salvarlo. Pero Myn tenía conocimiento de una: estaba tendida a través de la toldilla y de ella colgaba la ropa lavada de los Barreto. Tuvo el tino de arrojar uno de sus extremos por sobre el pasamano de la borda de popa, justo en el momento en que el desdichado marinero subía boqueando a la superficie en nuestra estela. La atrapó y fue posible arrastrarlo y ponerlo a sal- vo. ¡Dios sea alabado! Luego, porque era Myn y no uno de la tripulación el que había dado un baño de agua salada a las camisas de doña Ysabel y don Diego, sólo recibió una ligera reprimenda.

Las canoas se acercaron. Tenían ambos extremos iguales, de modo que sus tripulantes podían avanzar o retroceder sin tener que exponer ante un enemigo toda su extensión. Magallanes le había dado a este grupo el nombre de las islas de las Latinas,pero su tripulación lo llamó las islas de los Ladrones, que fue el nombre que prevaleció. Los ladrones constituían una raza de aspecto saludable, de piel razo- nablemente clara y facciones bastante agradables, aunque tenían cabellos lacios y negros y frente estrecha y echada hacia atrás. Dado que sabían perfectamente bien qué esperar de un galeón, venían tan ansiosos en busca de regalos que varias canoas chocaron; ocupantes cayeron al agua, pero inmovilizaron su embarcación con facilidad y volvieron a subir a ella alegres. Nos pusimos en facha, pero no anclamos.

Trajeron cocos, plátanos, agua, cestos con arroz y algunos pescados muy grandes gritando charume, que significa «amigos» y herrequepe, que significa «dadnos hierro». Nunca en mi vida vi vendedores tan ansiosos por vender, ni compradores tan ansiosos por comprar; estos isleños se enloquecen por el hierro que evalúan más que el oro, y nuestros pobres hombres estaban tan desesperados de sed, que habrían aceptado diez años de esclavitud a cambio de media pinta de agua. Pero el sargento Andrada y el segundo contramaestre, después de haberlo consultado entre am- bos, prohibieron que nadie abaratara el precio del hierro aceptando muy poco a cambio, y lo dispusieron todo para que se comprara y se vendiera en bulto. Nego- ciaron con el jefe de los ladrones, que vino a bordo acompañado de una escolta. Se acordó que se cambiaría un quintal de víveres por una libra de hierro, entrara éste en la constitución de martillos, cadenas, palas, llaves, cerrojos, bisagras o trozos de armadura vieja; pero doña Ysabel envió al sobrecargo para que vigilara que no se vendiera sino lo que pertenecía a los hombres, y quitó de lo acumulado en cubierta más de quince libras de peso: el cañón de un arcabuz que había explotado, aros de toneles desde hacía ya mucho quemados y partes del aparejo del barco.


Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985).

lunes, 3 de enero de 2022

Año nuevo: UN AÑO MÁS, de Salvador Novo

 
Un año más sus pasos apresura;
un año más nos une y nos separa;
un año más su término declara
y un año más sus límites augura.

Un año más diluye su amargura;
un año más sus dones nos depara;
un año más que con justicia avara
meció una cuna, abrió una sepultura.

¡Oh! dulce amigo, cuya mano clara
en cifra de cariño y de ternura
la mía tantas veces estrechara.

Un año más el vínculo asegura
de su noble amistad, alta y preclara.
¡Dios se lo otorgue lleno de ventura!
 
 
Salvador Novo (México, 1904-1974).

domingo, 2 de enero de 2022

Año nuevo y Venecia: DÉBIL ES LA CARNE, de Lord Byron

"El Carnaval está empezando y hay mucho jolgorio por todas partes..."

(Débil es la carne. Correspondencia veneciana 1816-1819, de Lord Byron)

A John Murray.
Venecia, 2 de enero de 1817.
 
Estimado señor. Muchas gracias por sus noticias y por el optimismo de su carta. Venecia y yo nos avenimos mucho, pero no tengo nada que agregar, salvo lo referen- te a la última Ópera, a lo que ya le conté en mi última carta. El Carnaval está empe- zando y hay mucho jolgorio por todas partes, y también muchas componendas porque todo el mundo está urdiendo sus intrigas para la temporada que empieza -mudándose o prorrogando sus arriendos-. Yo estoy muy bien con Marianna, que no es en absoluto persona que me canse, en primer lugar porque yo no me canso de una mujer por mi propia inclinación, sino porque ellas suelen ser de natural aburridas; en segundo lugar, porque es afable y tiene un tacto poco común entre la parte más bella de la creación, y 3º, porque es muy guapa, y 4º… pero no es momento de entrar en detalles. Desde que llegué a Venecia he pasado con ella buena parte de mi tiempo, y nunca veinticuatro horas sin dar y recibir de una a tres (y a veces más) pruebas ine- quívocas de nuestro mutuo agrado. Hasta el momento nos hemos llevado muy bien, y en cuanto al futuro, yo nunca hago vaticinios. "Carpe Diem", al menos el pasado es nuestro -lo que es una buena razón para asegurarse el presente-. Y basta ya de mis propias relaciones.
 
Por lo que hace al estado de las costumbres aquí, poco difiere del tiempo de los Dux: se considera virtuosa (según el código) a la mujer que se limita a un marido y un amante -la que tiene dos, tres o más, es un poco "alocada"-, pero sólo se considera que faltan al decoro del matrimonio las que son indiscriminadamente difusas y establecen relaciones de bajo rango, como la Princesa de Gales con su Recadero (a quien, por cierto, han hecho Caballero de Malta). En Venecia, la Nobleza es proclive a casarse con bailarinas y cantantes, y, a decir verdad, las mujeres de su propia clase no son guapas. En cambio la raza común, las mujeres de segundo orden y los siguientes, las esposas de los abogados, comerciantes y propietarios, y las clases sin título, son por lo general "bel' sangue", y con éstas es con las que se suelen establecer lazos amatorios. También se dan casos de admirable constancia. Conozco a una mujer de cincuenta años que sólo tuvo un amante, que murió pronto, tras o cual se volvió devota y renunció a todo salvo a su marido. Como cabe suponer, se vanagloria de su milagrosa fidelidad, refiriéndose a ella en un tono de moralidad fuera de lugar que resulta bastante divertido. Aquí no hay forma de convencer a una mujer de que se desvía un ápice de la norma o de la conveniencia de las cosas si tiene un "Amoroso". El mayor pecado parece ser mentir para ocultarlo, o tener más de uno, a menos, claro está, que esta extensión de la prerrogativa sea entendida y aprobada por el anterior causahabiente. En mi caso, no sé si hubo algún predecesor, y estoy seguro de que no hay un copartícipe. Me inclino a pensarlo debido a la juventud de la otra parte, y a la forma franca y sin disimulo con que todos lo admiten todo en esta parte del mundo cuando hay algo que admitir, así como por otras circunstancias, a saber, que el matrimonio es reciente, etcétera, etcétera. Que esta ocasión sea el "premier pas" no significa gran cosa.

Queda suyo afectísimo
Byron

Lord Byron 
George Gordon Byron (Inglés fallecido en Grecia, 1788-1824)

(Traducido al español por Eduardo Mendoza).

sábado, 1 de enero de 2022

Año nuevo: CAE LA NIEVE, de Boris Pasternak

"... y observa: El año nuevo que de pronto llega."

Cae y cae la nieve.
Hacia las estrellitas blancas
Que la tormenta lleva aquí y allá, se extienden
Las flores del geranio en la ventana.

Cae la nieve y todo se extravía,
Todo levanta vuelo,
La curva de la esquina,
Una escalera de peldaños negros.

Cae y cae la nieve. No parecen
Copos, sino que sobre los remiendos
De una capa a la tierra descendiese
Lentamente la cúpula del cielo.

Como si con los gestos de algún extravagante,
Desde el piso de arriba,
Sigiloso, jugando a la escondida,
Bajara el cielo desde la buhardilla.

Porque la vida no espera. Un instante,
Y ya es la víspera de Nochebuena.
Luego, un breve paréntesis, y observa:
El año nuevo que de pronto llega.

Cae la nieve, densa, densa,
¿Y con su andar, sobre sus huellas,
Al mismo ritmo, con esa indolencia
O con la misma prisa con que nieva
Es el tiempo que vuela?

¿Tal vez un año a otro año sobreviene
Como cae la nieve
O como las palabras de un poema?

Cae y cae la nieve,
Cae la nieve y todo se extravía,
El peatón que encanece,
Las plantas sorprendidas,
La curva de una esquina.


Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1958.

(Traducido al español por Pablo Anadón).

viernes, 31 de diciembre de 2021

Año nuevo: TESS, LA DE LOS D'UBERVILLE, de Thomas Hardy

"... y llegó por fin la víspera de Año Nuevo, el día de la boda."

(Fragmento del capítulo XXXIII)

Así pasaron otras noches y otras mañanas, y llegó por fin la víspera de Año Nuevo, el día de la boda.

No se levantaron los novios a la hora del ordeño, pues su última semana la habían pasado en la vaquería más bien en concepto de huéspedes que de otra cosa, habiéndose visto favorecida Tess con una habitación para ella sola. Al bajar para tomar el desayuno, les sorprendió el cambio que en honor suyo había sufrido la amplia cocina. El lechero, a cierta hora de la madrugada, había mandado blanquear el rincón de la chimenea, pintar de colorado los ladrillos del hogar y sustituir por una cortina de damasco, de un amarillo rabioso, el viejo y renegrido cortinón de lana de rameado dibujo que colgaba del medio punto. Aquella innovación en lo que constituía el foco de la estancia en las tristes mañanas de invierno comunicaba a toda ella un aspecto festivo.
 
- Yo deseaba hacer algo en su honor -dijo el ganadero-, y como no querían ustedes ni oír mentar a la orquesta de violines y violones que se acostumbraba traer en otro tiempo para la ceremonia, pues se me ocurrió esta idea que, como ven, no mete bulla.
 
Vivían tan lejos de allí los parientes de Tess que aunque los hubiera invitado no hubiera podido asistir ninguno de ellos a la ceremonia. En cuanto a los padres de Ángel, éste les había escrito a su tiempo, asegurándoles que le darían mucho gusto viniendo alguno por lo menos para el día de su boda. Escribió también a sus hermanos, que sin duda estaban enojados con él, pues no le contestaron. Pero sus padres le escribieron en términos de cierta tristeza, deplorando la precipitación con que iba al matrimonio, aunque se conformaban con lo irremediable, diciéndole que, si bien no habían pensado nunca que hubiera de casarse con la moza de una lechería, ya tenía una edad en la que cada cual está capacitado para ser el mejor juez de sus actos.
  
Thomas Hardy (Inglaterra, 1840-1928).