Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 21 de junio de 2024

Mirándolas dormir: SOBRE HÉROES Y TUMBAS, de Ernesto Sabato

"Y empezó a respirar hondamente, ya dormida. Había dejado caer sus zapatos al suelo..."

(Fragmento del capítulo XI)

Mientras él se sentaba, ella, sin agua, tragaba las dos píldoras. Luego se recostó en la cama, con las piernas encogidas cerca del muchacho.

- Tengo que descansar un momento -explicó, cerrando los ojos.

- Bueno, entonces me voy -dijo Martín.

- No, no te vayas todavía -murmuró ella, como si estuviera a punto de dormirse-; después seguiremos hablando..., es un momento...

Y empezó a respirar hondamente, ya dormida.

Había dejado caer sus zapatos al suelo y sus pies desnudos estaban cerca de Martín, que estaba perplejo y todavía emborrachado por el relato de Alejandra en la terraza: todo era absurdo, todo sucedía según una trama disparatada y cualquier cosa que él hiciera o dejara de hacer parecía inadecuada.

"Martín veía sus pechos desnudos entre la blusa entreabierta."

(Fragmento del capítulo XVII)

Sentado al borde de la cama, lleno de confusión, de miedo, Martín veía sus pechos desnudos entre la blusa entreabierta. Por un instante pensó que de algún modo, él, Martín, estaba de verdad siendo necesario a aquel ser atormentado y sufriente. Entonces cerró la blusa de Alejandra y esperó. Poco a poco la respiración de ella empezó a ser más acompasada y regular, sus ojos se habían cerrado y parecía adormecida. Así pasó más de una hora. Hasta que, abriendo los ojos y mirándolo, pidió un poco de agua. Sostuvo con uno de sus brazos a Alejandra y le dio de beber.

- Apagá esa luz -dijo ella.

Martín la apagó y volvió a sentarse a su lado.

- Martín -dijo Alejandra con voz apagada-, estoy muy, muy cansada, quisiera dormir, pero no te vayas. Podes dormir aquí, a mi lado.

Él se quitó los zapatos y se acostó al lado de Alejandra.

- Sos un santo -dijo ella, acurrucándose a su lado.

Martín sintió cómo de pronto ella se dormía, mientras él trataba de ordenar el caos de su espíritu. Pero era un vértigo tan incoherente, los razonamientos resultaban siempre tan contradictorios que, poco a poco, fue invadido por un sopor invencible y por la sensación dulcísima (a pesar de todo) de estar al lado de la mujer que amaba.


Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011).

viernes, 1 de abril de 2022

Día de reyes: ANTES DEL FIN, de Ernesto Sabato

"... venían misteriosamente cuando (...) estábamos dormidos, para dejar en nuestros zapatos algo muy deseado..."

(Fragmento)

Siempre he añorado los ritos de mi niñez con sus Reyes Magos que ya no existen más. Ahora, hasta en los países tropicales, los reemplazan con esos pobres diablos disfrazados de Santa Claus, con pieles polares, sus barbas largas y blancas, como la nieve de donde simulan que vienen. No, estoy hablando de los Reyes Magos que en mi infancia, en mi pueblo de campo, venían misteriosamente cuando ya todos los chiquitos estábamos dormidos, para dejarnos en nuestros zapatos algo muy deseado; también en las familias pobres, en que apenas dejaban un juguete de lata, o unos pocos caramelos, o alguna tijerita de juguete para que una nena pudiera imitar a su madre costurera, cortando vestiditos para una muñeca de trapo.

Hoy a esos Reyes Magos les pediría sólo una cosa: que me volvieran a ese tiempo en que creía en ellos, a esa remota infancia, hace mil años, cuando me dormía anhelando su llegada en los milagrosos camellos, capaces de atravesar muros y hasta de pasar por las hendiduras de las puertas -porque así nos explicaba mamá que podían hacerlo-, silenciosos y llenos de amor. Esos seres que ansiábamos ver, tardándonos en dormir, hasta que el invencible sueño de todos los chiquitos podía más que nuestra ansiedad. Sí, querría que me devolvieran aquella espera, aquel candor. Sé que es mucho pedir, un imposible sueño, la irrecuperable magia de mi niñez con sus navidades y cumpleaños infantiles, el rumor de las chicharras en las siestas de verano.

Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011).

sábado, 12 de mayo de 2018

Mayo: SOBRE HÉROES Y TUMBAS, de Ernesto Sabato

"Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática."

1. El dragón y la princesa
 
(Párrafo inicial)

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama.

Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos. "Como un bote a la deriva en un gran lago aparentemente tranquilo pero agitado por corrientes profundas", pensó Bruno, cuando, después de la muerte de Alejandra, Martín le contó, confusa y fragmentariamente, algunos de los episodios vinculados a aquella relación. Y no sólo lo pensaba sino que lo comprendía ¡y de qué manera!, ya que aquel Martín de diecisiete años le recordaba a su propio antepasado, al remoto Bruno que a veces vislumbraba a través de un territorio neblinoso de treinta años; territorio enriquecido y devastado por el amor, la desilusión y la muerte. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas. A esa hora en que comienzan a oírse los pequeños murmullos, en que los grandes ruidos se van retirando, como se apagan las conversaciones demasiado fuertes en la habitación de un moribundo; y entonces, el rumor de la fuente, los pasos de un hombre que se aleja, el gorjeo de los pájaros que no terminan de acomodarse en sus nidos, el lejano grito de un niño, comienzan a notarse con extraña gravedad. Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.


Ernesto Sabato (Argentina, (1911-2011)
 
La ilustración corresponde al parque Lezama de Buenos Aires al anochecer. 

jueves, 21 de diciembre de 2017

Eclipse: ABADDÓN EL EXTERMINA- DOR, de Ernesto Sabato

"... una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima."
 
Cuando Bruno llegó al café

encontró a S. como ausente, corno quien está fascinado por algo que lo aísla de la realidad, pues apenas pareció verlo y ni siquiera lo saludó. Observaba a una gata perversa y somnolienta, que unas cuantas mesas más allá leía o simulaba leer un gran libro. Y estudiándola, cavilaba sobre el abismo que muchas veces existe entre la edad que figura en los registros civiles y la otra, la que resulta de los desastres y pasiones. Porque mientras la sangre hace su recorrido de células y años, ese recorrido que candorosamente examinan y hasta miden los médicos con aparatos y tratan de paliar con píldoras y vendajes, mientras se festejan (pero por qué, por qué?) los aniversarios que marcan los almanaques, el alma sufre decenios y hasta milenios, por obra de implacables poderes. O porque ese cuerpo, que inocentemente manejan los médicos campesinos que expulsan o matan plagas de hongos o gorgojos en una tierra que más abajo oculta cavernas con dragones ha heredado el alma de otros cuerpos moribundos, de hombres o peces, de pájaros o reptiles. De manera que su edad puede ser de cientos o de miles de años. Y también porque, como decía Sabato, aun sin transmigraciones, el alma envejece mientras el cuerpo descansa, por su visita a los antros infernales en la noche. Motivo por el cual se suelen observar hasta en niños miradas y sentimientos o pasiones que sólo pueden explicarse mediante esa turbia herencia de murciélago o de rata, o por esos descensos nocturnos al infierno, descensos que calcinan y agrietan el alma, mientras el cuerpo que duerme se mantiene joven y engaña a esos doctores que consultan sus manómetros, en lugar de escrutar sutiles signos en sus movimientos o en el brillo de sus ojos. Porque esa calcinación, ese encallamiento es posible detectarlo en cierto temblor al caminar, en alguna torpeza, en peculiares pliegues de la frente; pero también, o sobre todo, en la mirada, ya que el mundo que observa no es más el del chico inocente sino el de un monstruo que ha presenciado el horror. De modo que esos hombres de ciencia deberían más bien acercarse a la cara, analizar con extremo cuidado y hasta con malicia las pequeñísimas marcas que van esbozándose. Y especialmente tratando de sorprender algún fugacísimo brillo en los ojos, porque, de todos los intersticios que permiten espiar lo que sucede allá abajo, los ojos son los más importantes; recurso supremo que resulta imposible con los Ciegos, que de esa manera preservan sus tenebrosos secretos. Desde su rincón, le era imposible estudiar esos indicios en la cara. Pero le quedaban los otros, le bastaba seguir los lentos y apenas esbozados movimientos de sus largas piernas al reacomodarse, de su mano al llevar el cigarrillo a la boca, para saber que aquella mujer tenía infinita- mente más edad que los veintitantos de su cuerpo: experiencia proveniente de alguna serpientegato prehistórica. Un animal que pérfidamente aparentaba indolencia, pero que tenía la sigilosa sexualidad de la víbora, lista para el salto traicionero y mortal.
 
Porque a medida que pasaba el tiempo y el examen se hacía más minucioso, sentía que ella estaba en acecho, con esa virtud que tienen los felinos para controlar, aun en la oscuridad, los más insignificantes movimientos de la presa, para percibir rumores que para otros animales pasan inadvertidos, para calcular el más ligero amago del adversario. Sus manos eran largas, como sus brazos y piernas. Tenía un pelo muy renegrido y lacio, que le llegaba hasta los hombros, que se desplazaba a cada movimiento que hacía con mórbida amortiguación. Fumaba con chupadas lentísimas pero muy hondas. Había algo en su cara que producía desazón, hasta que pudo entender que era causado por la excesiva separación de sus ojos: grandes y rasgados, pero casi defectuosamente separados, lo que le confería una especie de inhumana belleza. Sí, era evidente que ella también los escrutaba, a través de sus párpados semicerrados, como somnolientos, en lentas y disimuladas miradas de soslayo, que hacía como sin mirar, como si únicamente levantase la vista del libro para pensar, o para ese abandonarse a las corrientes profundas pero vagas a que uno se abandona cuando está leyendo un texto que hace meditar en la propia existencia. Estiraba voluptuosamente las piernas, echaba una desvaída ojeada sobre las otras gentes, pareciendo detenerse un instante en S., para luego recogerse de nuevo en su impenetrable universo gatoserpentoso.
 
Bruno intuyó que una misteriosa sustancia había caído en el fondo de las aguas profundas de su amigo y, desde allá abajo, mientras se disolvía, desprendía miasmas que seguramente llegaban hasta su conciencia. Sensaciones muy oscuras, pero que para él, para S., eran siempre anuncios de acontecimientos decisivos. Y que producían un malestar, una incierta nerviosidad como la que sienten los animales en el momento en que un eclipse se aproxima. Porque era inverosímil que pudiese hacerlo de semejante modo, con los párpados caídos y esas largas pestañas que debían de velarle aún más la poca luz de que disponía. Equívoca y silenciosamente enviaba sus radiaciones sobre S., que más con su piel que con su cabeza debería de estar percibiendo esa presencia, a través de miríadas de infinitesimales receptores en el extremo de sus nervios, como esos sistemas de radar que en las fronteras vigilan la llegada del enemigo. Señales que a través de complicadas redes llegaban en esos momentos hasta sus vísceras, pero (lo conocía demasiado) no sólo excitándolo sino alertándolo angustiosamente. Allí podía verlo, como recogido en una sombría guarida, hasta que de pronto se levantó, y sin saludarlo sólo dijo a manera de despedida:
 
- Otro día hablaremos de lo que le dije por teléfono.

Ernesto Sábato
(Argentina, 1911-2011).

viernes, 9 de octubre de 2015

Venecia: ABADDÓN, EL EXTERMINADOR, de Ernesto Sabato

"Le campane de San Giusto, aquella canción de los irredentos triestinos que le había cantado cuando era chico."

(Fragmento de La muerte de Marco Bassán)

Anochecía. De cuando en cuando aparecían los hermanos mayores. Juancho fue obligado, finalmente, a proseguir el sueño que había interrumpido. Y así Bruno pasó, por primera vez en su vida, la noche entera al lado de un moribundo. E intuyó que recién comenzaba a ser un hombre, porque únicamente la muerte prepara de verdad para la vida; pues la muerte de un solo ser unido a uno con vínculos entrañables permitía comprender la vida y la muerte de otros seres, por lejanos que fuesen, y hasta de los más humildes animales. Le daba agua, hasta pudo aplicarle la inyección de morfina.
 
Habló en veneciano, quizá sobre hechos de su infancia, porque mencionaba nombres que nunca le había oído. También palabras sobre un timón o algo así. De pronto su expresión era de angustia. En otros momentos luchaba contra enemigos, revolviéndose en su lecho. Luego lo oyó canturrear, y su expresión fue entonces de felicidad: acercándose a sus labios reconoció deformes restos de Le campane de San Giusto, aquella canción de los irredentos triestinos que le había cantado cuando él era un chico.
 
A los dos días comenzó la agonía.
 
A Bruno le chocaron la indiferencia cortés, los gestos mecánicos con que el sacerdote le dio el aceite y rezó las oraciones. Con todo, sintió la solemnidad de la extremaunción: era su padre que se despedía para siempre de la vida, de aquella vida que había vivido con tanto coraje y tenacidad. Dos velas fueron prendidas ante una estampa de San Marco. Juancho le colocó en el cuello una medalla del santo veneciano. Y el viejo, desde ese momento, misteriosamente se tranquilizó hasta morir.
 
 
Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011) 

miércoles, 22 de enero de 2014

Páginas ajenas: SOBRE HÉROES Y TUMBAS, de Ernesto Sabato


(Fragmento que menciona el verano en enero)

 Recordé de pronto una de las historias que había descubierto en mi larga investigación. En la casa de Echagüe en la calle Guido, cuando todavía vivía el viejo, una mucama era explotada por un ciego que en los días francos la hacía trabajar en el Parque Retiro. En el año 1935 entró de portero un español joven y violento, que se enamoró de la muchacha y logró, finalmente, que se alejara del macró. La muchacha vivió durante meses en medio del terror, hasta que poco a poco, y tal como el portero trataba de hacérselo entender, vio que los castigos que podía inferirle el explotador eran puramente teóricos. Pasaron dos años. El primero de enero de 1937, la familia Echagüe levantaba la casa para irse a la estancia donde pasarían los meses de verano. Ya todos habían salido de la casa menos el portero y la mucama, que vivían arriba; pero el viejo mucamo Juan, que hacía las veces de mayordomo, creyendo que ya habían salido, cortó la corriente eléctrica y luego salió, cerrando con llave la gran puerta de entrada. Ahora bien; en el momento en que Juan cortaba la corriente eléctrica, el portero y su mujer venían bajando en el ascensor. Cuando tres meses después volvió la familia Echagüe, encontraron en el ascensor los esqueletos del portero y la mucama que se había convenido permanecerían en Buenos Aires durante las vacaciones.

 
Ernesto Sábato (Argentina 1911-2011)

jueves, 20 de diciembre de 2012

Dos visiones del fin del mundo: Vargas Llosa y Ernesto Sabato


Abaddón el exterminador y La guerra del fin del mundo tienen en común una referencia apocalíptica antes de haber siquiera iniciado la lectura de la propia novela. En la primera de ellas, denominada con frecuencia "la novela del fin del mundo", Ernesto Sabato incluye un epígrafe del Apocalipsis según el apóstol San Juan: "Y tenían por rey al Ángel del Abismo, cuyo nombre en hebreo es Abaddón, que significa El Exterminador", de ahí el título de la obra. En tanto que Vargas Llosa señala un posible apocalipsis en el prólogo de La guerra del fin del mundo:

"No hubiera escrito esta novela sin Euclides da Cunha, cuyo libro Os Sertoes me reveló en 1972 la guerra de Canudos, a un personaje trágico y a uno de los mayores narradores latinoamericanos. Del guión cinematográfico que fue su embrión (y que nunca se filmó) hasta que, ocho años más tarde, terminé de escribirla, esta novela me hizo vivir una de las aventuras literarias más ricas y exaltantes, en bibliotecas de Londres y Washington, en polvorientos archivos de Río de Janeiro y Salvador, y en candentes recorridos por los sertones de Bahía y de Sergipe. Acompañado de mi amigo Renato Ferraz, peregriné por todas las aldeas donde según la leyenda el Consejero predicó, y en ellas oí a los vecinos discutir con ardor sobre Canudos, como si los cañones tronaran todavía sobre el reducto rebelde y el apocalipsis pudiera sobrevenir en cualquier momento en esos desiertos erupcionados de árboles sin hojas, llenos de espinas. Los zorros salían a nuestro encuentro en las veredas y nos dábamos también por los caminos con encuerados, santones y cómicos de la legua que recitaban romances medievales. Donde estuvo Canudos, había ahora un lago artificial y en sus orillas proliferaban los casquillos y proyectiles herrumbrados de las atroces batallas."

Si bien su acción se desarrolla en épocas y lugares distintos, aunque no distantes, resulta una consecuencia inevitable que en esa atmósfera catastrófica algunos pensamientos coincidan:

"El silencio se hacía más grave a medida que avanzaba la noche, como se recibe siempre a los heraldos de las tinieblas.", ha escrito Sabato. Por su parte, Vargas Llosa dice: "¿No eran esas manadas el cumplimiento de las profecías, los seres infernales del Apocalipsis?"

Algunos párrafos hasta podrían integrarse en un mismo diálogo:

"- Todas las armas valen -murmuró-. Es la definición de esta época, del siglo veinte que se viene, señor Gall. No me extraña que esos locos piensen que el fin del mundo ha llegado."

"- No sé dónde leí que Dante no hizo otra cosa que traducir ideas y sentimientos de su época, los prejuicios teológicos en boga, las supersticiones que estaban en el aire. Sería así, simplemente, la descripción de la conciencia y de la inconciencia de una cultura. Quizá haya algo de verdad."

El primer parlamento proviene de La guerra del fin del mundo, en tanto que el otro, a manera de respuesta, corresponde a Abaddón el exterminador. Ambos autores se refieren también a la condena que sufre el mundo:

"Los vio partir, aturdidos de gozo. Era purificadora la presencia de la gracia en este mundo condenado a la perdición", dice el Beatito, personaje de Vargas Llosa; "Por desgracia, el triunfo del satanismo equivaldría a nuestra eterna perdición, condenados entonces a subsistir en este infierno por medio de reencarnaciones", según Sabato.

Ahora dos fragmentos cuya esencia resulta bastante más dramática que los anteriores:

El primero corresponde a Abbadón el exterminador. "Al aumentar un poco la luz, se aclaró el enigma: eran seres humanos desollados por el fuego y el calor, con los cuerpos magullados en las partes en que habían chocado con algo duro." La narración prosigue implacable: "Algunos pedían agua, con una voz apenas perceptible y ronca. Estaban desnudos y despellejados. La piel de las manos, arrancada desde las muñecas les colgaba de la punta de los dedos, detrás de las uñas, dada vuelta como un guante. En la penumbra le pareció ver, además, muchos niños en el patio, en la misma condición."

El siguiente, en cambio, es de Vargas Llosa: "No estaba dormido. Desde el fondo de esa ambigua realidad de fuego y hielo que era su cuerpo encogido en la oscuridad de la gruta, siguió oyendo todavía el relato de Antonio el Fogueteiro, reproduciendo, viendo ese fin del mundo que él ya había anticipado, conocido sin necesidad de que ese resucitado de entre los carbones y los cadáveres se lo relatara."

Por supuesto que existen diferencias y abundantes paralelismos que no sería posible rescatar en un espacio tan breve.

"Eso es lo que no entiendo, pensó Gall. Habían hablado otras veces de lo mismo y siempre quedaba él en tinieblas. El honor, la venganza, esa religión tan rigurosa, esos códigos de conducta tan puntillosos ¿cómo explicárselos en este fin del mundo, entre gentes que no tenían más que harapos y los piojos que llevaban encima?", pregunta Vargas Llosa.

"La eternidad del castigo. Una esfera del tamaño de la Tierra, una gota de agua que cae y la desgasta. Y cuando aquella esfera se termina, se empieza con otra igual. Y después otra y otra, niñas, millones de esferas del tamaño del planeta. Infinitas esferas." Y esta sería la conlcusión, lapidaria, de Ernesto Sabato: "Hoy me parece tan candoroso. El infierno está aquí."


Jules Etienne

miércoles, 11 de mayo de 2011

Los sueños de los ciegos



Me parece que uno de los mayores méritos del capítulo inicial de Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago, es que también a los lectores nos toma por sorpresa la repentina pérdida de la vista del personaje, mientras conduce su automóvil, a pesar de que el título mismo de la novela ya lo advertía. El renglón final del capítulo, es contundente: "Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego".

Al llegar a este punto comprendí la importancia que deben tener lo sueños para los ciegos puesto que es el único territorio en que les es posible ver. De alguna manera lo sugiere el propio Saramago más adelante: "Algunos se habían cubierto la cabeza con la manta, como si deseasen que la oscuridad, una oscuridad auténtica, una negra oscuridad, apagara definitivamente los soles deslustrados en que sus ojos se habían convertido. Las tres bombillas colgadas del techo alto, fuera del alcance, derramaban sobre sus camastros una luz sucia, amarillenta, que ni capaz era de producir sombras. Cuarenta personas dormían o intentaban dormir, algunas suspiraban y murmuraban en sueños, quizá vieran en el sueño aquello que soñaban, tal vez dijeran, Si esto es un sueño, no quiero despertar". Para más tarde concluir con un tono más dramático: "Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que los sueños se compadecieran de sus tristezas".

También en la novela Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, los sueños tienen gran importancia: "Y esas sombras misteriosas e inquietantes ¿no serían las más verdaderas de su alma, las únicas de verdadera importancia? Había tenido un estremecimiento cuando él mencionó a los ciegos, ¿por qué? Se había arrepentido apenas pronunciado el nombre Fernando, ¿por qué? Ciegos, pensó, casi con miedo. Ciegos, ciegos." Después también dirá: "... los sueños, abismos, abismos insondables, soledad soledad soledad, tocamos pero estamos a distancias inconmensurables, tocamos pero estamos solos. Era un chico bajo una cúpula inmensa, en medio de la cúpula, en medio de un silencio aterrador, solo en aquel universo gigantesco".

Más adelante, en el capítulo XI, de la misma primera parte El dragón y la princesa -previo a la tercera parte que es el Informe sobre ciegos-, hay una descripción de los sueños: "Ahí estaba, indefensa pero misteriosa e inaccesible. Tan cerca, aunque separada por la muralla ingrávida pero infranqueable y tenebrosa del sueño", que describirá como: "Territorio misterioso e insano, disparatado y tenue como los sueños, tan sobrecogedor como los sueños."

Por último, El país de los ciegos de H. G. Wells es una obra poco conocida de su autor, tal vez por tratarse de un relato de menos de cuarenta páginas y no de una novela. Tampoco pertenece al género de la ciencia ficción, como La guerra de los mundos y La máquina del tiempo, que le permitieron ganar su prestigio como escritor. El siguiente es un párrafo en el que explica cómo en una región de los Andes, cercana al Cotopaxi, unos ciegos se confinaron ajenos al resto de la humanidad: "Si bien olvidaron muchas costumbres, crearon otras; y en su aislamiento llegaron a perder por completo la noción del mundo, que pasó a ser un ensueño cada vez más borroso, hasta abolirse en su conciencia". Casi al final, el protagonista, quien sí es capaz de ver, sostiene un diálogo con la ciega de la que se ha enamorado: "- ... desearía dejar de oírte hablar de ese modo", le dice ella a lo que él inquiere, "- ¿De qué modo?", la mujer concluye más patética que conmovedora: "- De ese que hablas cuando me cuentas tus sueños de la vista. Tienes una gran fantasía, que me hechiza, que me embriaga, pero..." Como para inspirar una arbitraria paráfrasis sobre Calderón de la Barca: que toda la vida es sueño y los ciegos, sueños son.


Jules Etienne 

jueves, 5 de mayo de 2011

A propósito de ciegos



Con motivo de la muerte de Ernesto Sabato y recordando algunos de los títulos de su obra, me encontré con que Informe sobre ciegos, que yo conocía como la tercera parte de su novela Sobre héroes y tumbas -no diré que una de las más complejas porque todas sus novelas lo son-, también ha sido editada de manera independiente. Es decir, el carácter del texto es tan cerrado y posee una autonomía tal que, sin perder de vista el entorno del conjunto, ha sido posible su publicación al margen del resto de la novela.

Tanto el nombre como su tema me han remitido de inmediato al Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y a una menos conocida En el país de los ciegos, de H. G. Wells. Como ávido lector de Carlos Fuentes, no podría dejar de mencionar Cantar de ciegos, aunque la referencia se queda atorada en el mero título, sin embargo, vendría al caso una frase de su novela Gringo viejo: "Ella quizá sabía que nada es visto hasta que el escritor lo nombra. El lenguaje permite ver. Sin la palabra somos todos ciegos." (Capítulo XVII).

El español Alberto Méndez reunió en un volumen cuatro relatos sobre la guerra civil, que incluso fueron adaptados al cine en 2008, pero no he tenido la oportunidad de leer, sin embargo, lo consigno porque su título me parece espléndido: Los girasoles ciegos.

Uno de mis autores preferidos durante la adolescencia fue Aldous Huxley, recuerdo que incluso mi trabajo de fin de cursos para la materia relacionada con la literatura que impartía el poeta Hugo Gutiérrez Vega en mi época universitaria, fue sobre la obra de Huxley. Viene al caso porque una de su novelas lleva por título Ciego en Gaza pero, sobre todo, porque siendo muy joven padeció de queratitis, lo que le llevó a perder la vista durante un año y medio, al grado de que tuvo que aprender a leer con el sistema Braille. Tras prolongados tratamientos y someterse a un programa de reeducación óptica, logró recuperar parcialmente su aptitud visual. Esa experiencia lo motivó a escribir El arte de ver, que se publicaría en 1942.

También Homero, John Milton y Jorge Luis Borges perdieron la vista. Borges incluso escribió un poema que se llama Un ciego y a uno de sus libros lo tituló Elogio de la sombra. "La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro... Es falso... El mundo del ciego no es la noche que la gente supone", dijo alguna vez. Y es que los ciegos aquí mencionados habrán perdido sus ojos, pero no la capacidad de ver.

En su Carta sobre ciegos para uso de los que ven, Diderot elabora la siguiente reflexión sobre el espejo desde el punto de vista ajeno: "Nuestro ciego sólo conoce los objetos por el tacto. Por lo que dicen los demás, él sabe que los objetos se conocen mediante la vista, como él los conoce por el tacto; al menos, es la única noción que se puede formar. Además, sabe que nadie puede ver su propio rostro, aunque se lo pueda tocar. Por tanto -deduce-, la vista es una especie de tacto y sólo va dirigida a objetos diferentes a nuestro rostro y alejados de nosotros; por otra parte, el tacto no le da más que la idea del relieve. Así pues -añade-, un espejo es una máquina que nos pone en relieve fuera de nosotros mismos."

Me parece reconfortante que en la literatura se refieran a la ceguera por su nombre y no a través de los eufemismos burocráticos que ahora se han puesto de moda. Porque un invidente o minusválido visual, no es otra cosa que un ciego. La palabra en sí se aprecia más fuerte, categórica y hasta con una mayor carga poética.

A medida que voy mencionando otras obras, establezco una mayor distancia con mi intención original. De manera que más adelante regresaré al pretexto de los ciegos según Sabato, Saramago y Wells.


Jules Etienne

lunes, 2 de mayo de 2011

Páginas ajenas: EL TÚNEL, de Ernesto Sabato



(Fragmento)

A veces volvía a ser piedra negra y entonces yo no sabía que pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadisos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad.


Ernesto Sabato (Argentina, 1911-2011)