Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 15 de septiembre de 2018

Septiembre: CUANDO LA VIDA EMPIEZA, de Iván Bunin


"Recuerdo una hermosa tarde del mes de septiembre. Vagabundeaba por la ciudad..."
 
(Fragmento inicial del capítulo VI, segundo libro)
 
Recuerdo una hermosa tarde del mes de septiembre. Vagabundeaba por la ciudad, pues conmigo no se permitían el lujo de obligarme a estudiar tirándome de las orejas como hacían con Glébotchka, quien lo único que ganaba con ello era un aumento de testarudez en su pereza. Mi alma se entristecía pensando en el verano que había pasado tan de prisa y parecía tener que durar eternamente, prometiendo la realización de mil planes maravillosos; mi alma se afligía por no tener nada en común con todos aquellos que pasaban por la calle, con cuantos regateaban en el mercado o hacían de mirones ante los escaparates de las tiendas.
 
Cada cual tenía sus asuntos y sus problemas, y todos ellos llevaban su existencia acostumbrada de adultos, ¡tan diferente a la del colegial solitario y melancólico que todavía no había conseguido identificarse como ellos con aquella clara y apacible tarde, repleta de abundancia otoñal! Únicamente experimentaba, aunque de una manera vaga, la sensación de esa abundancia; la ciudad reventaba de riquezas y de multitudes; era rica, puesto que comerciaba todo el año con Moscú, el Volga, Riga y Reval. En aquel entonces todavía era mayor su opulencia porque el campo vertía en ella, día y noche, todas sus cosechas; desde la mañana a la noche se descargaba el grano por todas partes, y en mercados y plazas se amontonaban los frutos de la tierra.
 
A cada momento se encontraba uno mujiks que caminaban apresuradamente por el centro de la calle, hablando en voz alta como hombres descansados, contentos de haber acabado con todos sus asuntos en la ciudad, de haber vendido y comprado todo lo necesario, habiendo ya echado un trago y, ya de regreso a sus hogares, secándose los labios con el revés de la manga, a guisa de servilleta.
 
También parloteaban con animación, deambulando por las aceras, todos cuantos se habían pasado el día estafando a aquellos mujiks: comerciantes al por mayor, pequeños burgueses curtidos y polvorientos, siempre animosos, que salían de buena mañana de la ciudad al encuentro de los campesinos, disputándoselos entre ellos y llevándoselos seguidamente, cada cual por su lado, a los mercados y tiendas; también ellos descansaban ahora, dirigiéndose hacia los cafetines a tomar el té.
 
 

Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953).
Obtuvo el premio Nobel en 1933.
 
(Traducido al español por Renato Lavergne).

lunes, 5 de febrero de 2018

Nieve: CUANDO LA VIDA EMPIEZA, de Iván Bunin

"... el tren llegó por fin, espolvoreado de nieve."

(Fragmento del capítulo XVII)

El rocín emprendió una veloz carrera y el trineo se deslizó sobre la nieve, resbalando a veces con un crujido hacia el talud, haciendo que cada bache repercutiera en mi cerebro. Un viento glacial azotaba el cuello levantado de mi capote, llenándome el rostro de partículas de nieve; la ciudad se sumía en un hosco crepúsculo de borrasca, mientras que yo, por el contrario, irradiaba alegría.
 
Debido a las avalanchas que se habían producido en la línea, tuve que aguardar dos horas largas en la estación, pero el tren llegó por fin, espolvoreado de nieve. Yo experimenté un gran bienestar en el acogedor calorcillo del vagón, oyendo un sordo martilleo que procedía de no sé qué parte de la calefacción, mientras en el exterior rugía la tormenta impenetrable; luego, unos toques de campana, luces, voces que resuenan en una estación apenas visible a causa del torbellino de nieve, y nuevamente el prolongado aullido de la locomotora, dispuesta a hundirse en las tinieblas, en las tempestades lejanas, en lo desconocido; una sacudida, un sordo fragor, y, por los vidrios escarchados del vagón, llenos de reflejos, el rápido vislumbrar de las luces de un andén que se va quedando atrás. Otra vez la oscuridad, la tormenta, la soledad y los bramidos del cierzo en el ventilador, pero se estaba caliente y confortable, a la pálida luz de un farol velado por una cortinilla azul; la marcha se aceleró, meciéndole a uno sobre los muelles del asiento forrado de pana y haciendo balancear en su colgador a la pelliza.
 
Desde nuestra estación hasta Vassilievskoïé había aproximadamente  unas diez verstas; pero cuando bajé del tren era ya noche cerrada y la tormenta había adquirido tal violencia que me vi obligado a guarecerme en el frío edificio de la estación, ahumado por las lámparas de petróleo. En el silencio de la noche, las puertas golpeaban con singular resonancia cuando entraban o salían los maquinistas de los trenes de mercancías, arropados hasta los ojos, cubiertos de nieve y llevando renegridas linternas rojas. No obstante, aquello también tenía su encanto.
 
Me apelotoné sobre un pequeño diván de la salita reservada a las damas y traté de descabezar un sueñecito, pero me despertaba a cada momento con la impaciencia de ver despuntar el día y también a causa de la vehemencia de las ráfagas de viento. A veces oía unos vozarrones lejanos que resonaban agudamente a través del gorgoteo y los silbidos de una locomotora parada, que escupía vapor por su tubo de escape, justamente debajo de las ventanas. Cuando me desperté del todo, me puse en pie de un salto, rodeado por la sonrosada claridad de una apacible y helada madrugada.
 
 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.
 
(Traducido al español por Renato Lavergne).

sábado, 21 de octubre de 2017

Eclipse: INSOLACIÓN, de Iván Bunin

"Conmigo será como tras un eclipse. Mejor aún, ambos hemos sufrido una especie de insolación."
 
(Fragmento)

A las diez en punto de la mañana siguiente, una mañana cálida y soleada, a la que daba alegría el tañido de las campanas de la iglesia, la agitación de la plaza del mercado frente al hotel, el olor de heno y alquitrán, y toda esa mezcla de aromas que caracteriza a cada ciudad rusa de provincias, aquella mujercita sin nombre, el cual se había negado repetidamente a revelar, llamándose burlonamente «la bella desconocida», le abandonó, para reanudar su viaje. Habían dormido poco, pero cuando ella salió al cabo de cinco minutos, de detrás del biombo cercano a la cama, vestida y arreglada, parecía tan lozana como una muchacha de diecisiete años. ¿Mostraba confusión?... Apenas. Como horas antes, era alegre, sencilla, y... bastante razonable.
 
- No, no, querido mío -exclamó.
 
Insistió en la negativa, que obedecía a la sugerencia del hombre de proseguir juntos, añadiendo:
 
- Debes permanecer aquí y tomar el próximo vapor. Si continuamos juntos, se estropearía todo, y no me gustaría. Por favor, créeme, no soy la clase de mujer que te conviene. Todo lo que ha pasado aquí, nunca ocurrió antes, ni sucederá de nuevo. Conmigo será como tras un eclipse. Mejor aún, ambos hemos sufrido una especie de insolación.
 
El teniente, casi aliviado, se mostró de acuerdo con ella. Con espíritu alegre, la escoltó en un carruaje hasta el desembarcadero, al que llegaron en el preciso instante en que el vapor pintado de rosa se disponía a zarpar. En el muelle, en presencia de otros pasajeros, la besó, con el tiempo justo de saltar sobre la pasarela que ya retrocedía.
 
Con la misma ligereza de espíritu volvió al hotel. Algo había cambiado.
 
La habitación parecía diferente sin ella. Estaba llena de su presencia... y vacía. ¡Qué extraño! Olía aún a su excelente agua de colonia inglesa, su taza sin terminar se hallaba todavía sobre la bandeja, pero ella ya no estaba allí... De pronto, el corazón del teniente sintió tal arrebato de ternura, que se apresuró a encender un cigarrillo y, golpeando con el látigo sus piernas calzadas de largas botas, empezó a medir a grandes pasos la habitación.
 
- ¡Qué ocurrencia tan extraña! —exclamó en voz alta.
 
Y echándose a reír, consciente de las lágrimas que asomaban a sus ojos, añadió:
 
- «Por favor, créeme..., no soy la clase de mujer que te conviene...» Y ahora se ha ido... ¡Una mujer absurda! El biombo estaba corrido a un lado; y la cama permanecía deshecha. Al comprender que no tenía coraje para mirar otra vez al lecho, lo tapó con el biombo, cerró la ventana a fin de no oír el ruido de la plaza y los crujidos de las ruedas de los carruajes, y corriendo las blancas cortinas, se sentó en el diván.
 
 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.
 
La ilustración corresponde a Viktoriya Solovyova y Martinsh Kalita en un fotograma de la adaptación al cine del relato de Bunin: Insolación (Solchnenyy udar), dirigida por Nikita Mikhalkov en 2014.

domingo, 2 de julio de 2017

Carnaval: EL PASTOR, de Iván Bunin

"... y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve."
 
(Fragmento del capítulo I)
 
Era domingo de carnaval. Desde la colina junto al río llegaban sordamente, a través del bramido de la ventisca creciente, voces ebrias, cantos, retintín de cascabeles: el almacenero, el zapatero, el uriadnik, los tnuyik, todos paseaban en trineo con sus huéspedes, muchachas, aldeanas jóvenes, parientes. Aquel bullicio engendraba alegría y al mismo tiempo tristeza, pues ya se presentía la fatiga y, por tanto, el fin de la fiesta.

Una vez enganchado Koroliok, el oficial, vistiendo un amplio abrigo y papaja, fue en busca de Liubka, que tenía el rostro radiante de felicidad. Vestía ésta un abrigo de piel liviana con cuello de color castaño y tenía envuelta la cabeza con una chalina gris. Al bajar de la escalinata dando pasos cortos y vacilantes, se resistía riendo, pero dejándose arrastrar.

Ignat había traído el potro tordillo, y el caballo, sostenido por la brida, miraba de soslayo de un modo siniestro e inteligente al oficial y la chalina de seda roja que envolvía aquel cuello delgado, lleno de cicatrices y postillas avellanadas. Por su parte Ignat no dejaba de mirar el borde blanco del vestido de Liubka y sus botitas toscas, ensebadas, a las que no se adhería la nieve.

Más tarde, cuando Ignat se dirigía a la era en su trineo aldeano, castigando con la cuerda el huesudo caballito, Koroliok le adelantó, casi rozándole con su humeante vaho, trotando furiosamente y resollando por la nieve que soplaba en sentido contrario, y pronto desapareció lo mismo que el trineo entre las nubes de la nevasca, que sombría y alegremente se desencadenaba en los campos brumosos. Grandes copos de nieve caían sobre el ancho lomo de Koroliok, sobre el papaja, las charreteras y la elegante bota con espuela que se apoyaba en el patín de hierro. Con la mano izquierda, cubierta por guante de gamuza, el oficial sostenía las riendas, de color azul claro, y con la otra apretaba contra sí la cabeza envuelta en la chalina gris, inclinándose sobre ella.

En este momento Ignat tomó la firme decisión de trocar su acordeón, el único bien que poseía, por un par de botas viejas del peón Iashka.

Después de haber apilado suficiente paja, nuestro mozo no fue a reunirse con la muchedumbre que se divisaba confusamente entre la nevisca nocturna en la plazuela frente a la iglesia, bajo los cobertizos de las isbas. Allí, como poseídas, tratando de superarse unas a otras, resonaban las alegres melodías de los acordeones, sofocadas a veces por el viento y por los cantos, y las ágiles aldeanas bailaban con apasionamiento, dando vueltas en las nubes de nieve. Pero Ignat, hundiéndose a cada paso en la nieve, se arrastró dificultosamente a lo largo de la plazuela hacia la casa del almacenero, y allí durante dos horas permaneció de pie, sin apartar la vista de las ventanas, contemplando a través de los vidrios empañados las sombras ondeantes de los danzarines.

 
Iván Bunin (Ruso fallecido en Francia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.

viernes, 10 de febrero de 2012

Páginas ajenas: EL PASTOR, de Iván Bunin



(Fragmento)

Andaba con paso firme y uniforme, haciendo crujir la nieve con sus botas; la noche clara le envolvía con su manto entre los campos cubierto de una capa blanca. Caminó primero bajo unos arbolillos, de los que misteriosamente caía la escarcha; luego por la blanquecina llanura desierta. Los campos estaban inertes y taciturnos; la luna se deslizaba por el cielo, escondiéndose de vez en cuando detrás de nubecitas livianas; apenas se podía divisar el camino...

Sólo al llegar a Isvali despertóse Ignat de sus pensamientos confusos y tristes, al notar que había entrado en una aldea grande y durmiente hacía tiempo. Ni una luz se veía en las isbas, ocultas por los montones de nieve. Los cobertizos y los toneles de agua proyectaban ligeras sombras sobre la blanca carretera. Aquí, en la aldea, reinaba el silencio aún más profundo que en el campo, y el aire estaba aún más suave y oloroso. En los corrales cantaban por primera vez los gallos.

Al llegar a su isba vacía, situada junto al barranco en un extremo de la aldea, Ignat se detuvo no sabiendo qué hacer. La isba era pequeña y del lado sur la nieve la cubría hasta la mitad. La puerta estaba cerrada, y la ventana tapada con tablitas. Un gran montón de nieve, por el que se veían huellas de pasos, se levantaba junto al portón, sobrepasando el tejado. Ignat siguió las huellas y miró al interior del patio. En el establo abierto e inhóspito pasaba la noche una ternera, de quién sabe qué dueño.


Iván Bunin (Rusia, 1870-1953). Obtuvo el premio Nobel en 1933.