Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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lunes, 17 de julio de 2023

Tampico: PALINURO DE MÉXICO, de Fernando del Paso

"Una tarde fondeó en Nueva Orlénas un barco mexicano, El Tabasco, que llegaba siempre cargado (...) y regresaba a Tampico..."

Primera parte

(Fragmento del capítulo 1: La gran ilusión)

Pero si no se encontraron en Nueva Orleáns, no cupo duda que el tío Esteban se acercaba cada vez más a su destino, y se esmeraba en hacerlo lo mejor posible: porque fue allí donde no sólo aprendió a tomar leche con sal como algunos cubanos -cosa que siempre le hizo mucha gracia al abuelo Francisco-, sino lo que era más importante, se adiestró en las artes y las fanfarronerías del pókar, el juego favorito del Presidente Municipal de San Angel.

Una tarde fondeó en Nueva Orleáns un barco mexicano, El Tabasco, que llegaba siempre cargado de plátano roatán y plátano cientoemboca y regresaba a Tampico y a la bella Veracruz -las otras dos ciudades que el abuelo visitaba con frecuencia-, reventando de contrabando: whiskies, coñacs, cachemiras, perfumes franceses y camafeos florentinos. El capitán del barco -que por pura coincidencia era primo lejano del abuelo Francisco-, después de ganarle al tío Esteban en el pókar veinte dólares y un speculum vaginal de Ricord, lo invitó a viajar a México. Y el tío Esteban se agregó al contrabando de El Tabasco y entró a México, junto con una bocanada de vientos alisios, por el mismo lugar donde veintiséis años había llegado Jean Paul, el botánico francés con el que nunca se casó la tía Luisa, hermana única del abuelo. Al despedirse, el capitán le devolvió el speculum y le dio la dirección que tenía en la ciudad de México su primo, que según le dijo era senador y en cualquier momento, el día menos pensado, podía subir de sopetón a la gubernatura de un Estado.

Pero al tío Esteban ya no le tocó la época dorada del abuelo Francisco, el cual efectivamente llegó a la jefatura de un Estado, pero por unos cuantos meses porque su nombramiento era de gobernador interino. Y los cuantos meses se redujeron a unas pocas semanas, porque el abuelo tuvo un accidente que lo obligó a retirarse para siempre de la política y de la buena vida: estaba en una cantina de Tampico comentando el asesinato de Obregón en La Bombilla, cuando un camión sin frenos abatió la pared y fue a estrellarse contra el mostrador. El abuelo apenas tuvo tiempo de hacerse a un lado, y arrojarse al suelo como si esperara la explosión de una bomba. Pero una enorme máquina registradora le cayó en una pierna, en la pierna que ya desde antes lo había hecho sufrir, cuando le metieron una bala en la Revolución, y que después en más de una ocasión estuvieron a punto de cortársela. El contenido de la registradora se derramó sobre él, así que cuando llegó la ambulancia, el abuelo -que en ningún momento perdió su buen humor-, arrojaba al aire billetes y centenarios de oro, gritando: «¡Soy rico, soy rico!» Pero desde entonces, y porque tampoco su destino perdió jamás el sentido de la ironía, la fortuna del abuelo comenzó a mermar y al fin se hundió en forma súbita y aparatosa -como se hunden los barcos y los transatlánticos: como se hundió el Titanic y se hundió el Lusitania-, y sus últimos resplandores coincidieron -años más, años menos-, con el apocalíptico incendio de los pozos Meriwether y Morrison que alguna vez, precisamente por la primera guerra, hicieron de Tampico el emporio petrolero más grande del orbe. Llegó el Año Nuevo.

Fernando del Paso (México, 1935-2018).

martes, 27 de noviembre de 2018

Día de los muertos: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso

"Tan mexicano como esos huesos y esas calaveras de azúcar que vendían en la verbena del Día de Muertos..."  
 
(Fragmento del capítulo V: Castillo de Bouchot 1927)
 
Y porque también es potestad de los sueños hacer que el espejo sea una rosa y una nube, y la nube una montaña, la montaña un espejo, puedo, si quiero, pegarte con engrudo las barbas negras de Sedano y Leguizano y cortarte una pierna y ponerte la de Santa Anna, y cortarte la otra y coserte la de Uraga, y vestirte con la piel oscura de Juárez y cambalachear tus ojos azules por los ojos de Zapata para que nadie, nunca más, se atreva a decir que tú, Fernando Maximiliano Juárez, no eres; que tú, Fernando Emiliano Uraga y Leguizano no fuiste; que tú, Maximiliano López de Santa Anna, no serás nunca un mexicano hasta la médula de tus huesos. Tan mexicano como esos huesos y esas calaveras de azúcar que vendían en la verbena del Día de Muertos del mercado de Dolores, donde vi los tres ataúdes de tejamanil que un gringo llamado Chester Cuppia se robó junto con nuestra vajilla de plata imperial para exhibirlos en Nueva York, y donde estabas tú tres veces hecho un muñeco de cera, tres veces quieto y blanco y vestido pero no con la casaca azul de botones, dorados, los pantalones negros, las botas militares y los guantes de cabritilla que se echaron a perder, todos, cuando se impregnaron con tu podredumbre en Querétaro, no: un muñeco tenía un uniforme rojo púrpura de coronel de opereta, el otro estaba de frac y de chistera, y el tercero casi desnudo, con un taparrabos, como si fueras otro Cristo. Yo hice esos ataúdes y esos muñecos, porque nadie hay en el mundo, Maximiliano, como yo, para hacerte y deshacerte.

Nadie como yo para modelarte con mis propias manos, para esculpirte de cera y que con el calor de mi cuerpo te derri- tas de amor, para hacer tus huesos de dulce de almendra y devorarlos a mor- discos, o para hacerte todo de jabón y bañarme contigo y restregar mi cuerpo con tu cuerpo y lamerte hasta que nos volvamos los dos una sola lengua, una sola piel amarga y perfumada. Nadie como yo, tampoco, si se me da la gana, para hacerte chiquito, para hacerte un niño de pecho y enterrarte en una caja de zapatos, para volverte un feto de quince días y enterrarte en una caja de cerillas. Para hacer que no hayas nacido y un día de estos enterrarte, vivo, en mi vientre.

Fernando del Paso (México, 1935-2018).
 
Las ilustraciones corresponden a la cripta imperial en que reposan los restos del emperador Maximiliano y a una representación festiva de la calavera de la emperatriz Carlota durante el día de los muertos.

sábado, 5 de mayo de 2018

Cinco de mayo: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso


VI: «Nos salió bonito el archiduque» 1863
 
1. Breve reseña del sitio de Puebla
 
(Fragmento)
 
Es verdad que muchos salieron corriendo como gallinas al grito de «ya vienen los franceses» para vergüenza de ellos y de los que no lo hicieron, como gallinas, sí, pero no quitándose las plumas y sí arrojando al aire los kepis, pantalones, portafusiles, camisas y chaquetas, portacaramañolas, botas, en el camino se desvistieron mientras huían, corrían, desaparecían en la oscuridad para que los franceses no los pescaran con los uniformes puestos y arrojaron al aire y en el camino las cuñas, las piolas largas, las mechas con las que iban a clavar los cañones, incendiar la pólvora, reventar los obuses, y hasta sus propios fusiles arrojaron al aire en lugar de romperlos como había sido la orden del general en jefe del Ejército de Oriente, arrojaron, aventaron al aire medias y polainas, cinturones, gallardetes, se esfumaron, es verdad, pero otros muchos sí se quedaron al pie del cañón, de sus cañones, para destruirlos, y aunque algunas bocas de fuego no se rompieron a la primera cargada, otras volaron hechas pedazos y cureñas, escobillones, avantrenes, muñones de morteros y cañones de a veinticuatro españoles e ingleses y de cañones-obuses de a quince neerlandeses, morteros a la Coéhorn, cañones-obuses belgas en cureñas Gribeauval saltaron en el aire desde las torres de los fuertes y los campanarios de los conventos y cayeron, llovieron sobre las calles, terraplenes y glacis, sobre las piedras y los escombros, sobre las manos, piernas, restos de los cadáveres mutilados por otras explosiones y en las trincheras inundadas donde se pudrían los cadáveres de las soldaderas con los cráneos destrozados por otros obuses, botes de metralla de a veinticuatro, granadas de mano: el General Mendoza, a quien se le inflaban los carrillos y se le erizaban los bigotes cuando se le subía la sangre a la cabeza, vestido como siempre con su estrambótico uniforme: casacón de cuello enorme y mangas de anchas vueltas, sombrero de gran escarapela y ancha carrillera de metal escamado, acicates gigantescos y otras extravagancias, se había dirigido la noche anterior a parlamentar con el General Forey, y regresado unas horas después con la espada entre las piernas (su espada cuya finísima hoja toledana había sido partida en dos por la bala de un cazador de Vincennes y que según decían había pertenecido al mismísimo y siniestro Duque de Alba), muerto de la vergüenza y de la rabia porque Forey se había negado a la petición del general en jefe de permitir que salieran de la plaza las tropas mexicanas con sus armas y los honores de la guerra para dirigirse a la ciudad de México, y había dicho que no, que la rendición tenía que ser incondicional y que las tropas mexicanas debían entregar las armas y declararse prisioneras y de no ser así, agregó el General Forey, vamos a asaltar la plaza y a pasar a los mexicanos a cuchillo. Y fue entonces, y para no dejar en posesión del enemigo armas o municiones que pudiera utilizar después, cuando el General Paz reunió en el Convento de Santa Clara a todos los jefes de artillería y les dijo que por órdenes del general en jefe a las cuatro y media en punto de esa mañana del 17 de mayo de 1863 tenían que volar todos los depósitos de pólvora, romper todos los fusiles, clavar los cañones, aserrar las cureñas y quemar o inutilizar todas las municiones, y esa fue la hora en que se escuchó en uno de los fuertes de la ciudad una gran explosión seguida de otras más y muchas más y el cielo se iluminó con los resplandores, se llenó de relámpagos, y al despuntar el alba de los fuertes y los conventos se levantaban todavía las fumarolas negras, las fumarolas blancas y las lenguas de fuego, inmensas lenguas de fuego amarillo, rojo, azul, como si todas las manzanas y plazas de la ciudad, la de los Locos y la del Rastro, la de la Estampa y la de la Misericordia y todos sus edificios: el Teatro de los Gallos, el Parián, el Hospicio de los Pobres, el Correo, la catedral construida por los ángeles estuvieran en llamas, y con las casas todos los soldados y los cadáveres de los soldados muertos durante el sitio y los habitantes: mujeres, ancianos, niños.
 
El General Forey se puso su sombrero de grandes plumas largas y blancas: estaban vengados el deshonor y la dolorosa sorpresa que había sufrido Francia casi un año antes, el 5 de mayo de 1862.
 
El 5 de mayo de 1862, la grande armée francesa, el ejército triunfador de la Guerra de Crimea y de la Guerra por la Unificación de Italia, invicto desde Waterloo, fue derrotado en su intento de tomar la ciudad de Puebla por los defensores mexicanos de la plaza: el Ejército de Oriente, al mando del General Ignacio Zaragoza.
 
El General Lorencez contempló algunas de las balas que habían disparado contra los franceses los cañones de los fuertes de Loreto y Guadalupe y dijo, al recordar que Saligny había prometido que las tropas de Luis Napoleón serían recibidas por los ciudadanos de Puebla con una lluvia de rosas: «Estas son las flores del ministro».
 

Fernando del Paso (México, 1935).
 
La ilustración corresponde a El General Bazaine ataca el fuerte de San Javier durante el sitio de Puebla
(Le Général Bazaine attaque le fort de San-Xavier lors du siège de Puebla), de Jean-Adolphe Beaucé.

sábado, 29 de julio de 2017

Carnaval: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso

"... y siguió el carnaval, siguió la fiesta pero no nada más el carnaval de Milán y de Venecia, sino el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia."

(Fragmento del capítulo V: Castillo de Bouchout 1927)

Soy un profeta escarnecido, le escribías a tu madre desde Milán, abandonado al igual por los austríacos y los italianos: lo mismo por Francisco José que por el Conde Cavour que temía que esa tu peligrosa bondad hiciera abortar la unidad italiana, y paseabas solo, en la noche y por los oscuros corredores del palacio, mientras desde la calle te llegaban el bullicio y los gritos, las luces del carnaval y tú esperabas la primera campanada de la medianoche para que el principio de la Cuaresma, y con ella la angustia que te pudría el alma, acallaran toda esa alegría, ¿y pretendes, pretendiste alguna vez que tuviera compasión de ti cuando te quedaste solo en Querétaro y solo en tu celda de las Teresitas, solo en tu caja, solo en la capilla del Hospital de San Andrés de la ciudad de México, solo en la mesa de la Santa Inquisición o cuando solo viajaste a Europa en la capilla ardiente de La Novara y solo en un lanchón y en un alto catafalco bajo las alas de un ángel llegaste a Trieste, y solo en el ferrocarril que te llevó de Trieste a Viena mientras caía la nieve, solo cuando tu madre Sofía se echó sobre la tapa nevada de tu ataúd para llorar, sí, pero no tu muerte, Maximiliano, sino su propio abandono, su inflexibilidad, su dureza, porque así como en el cuarenta y ocho, cuando las tropas de Windisch-Graetz recobraron Viena y el Odeón fue consumido hasta los cimientos por el fuego, recuerdas, ella dijo que soportaría mejor la pérdida de uno de sus hijos que someterse a la masa de estudiantes, así también ella fue culpable de que te asesinaran en Querétaro, ella que cuando tú le escribiste desde Orizaba diciéndole que querías abdicar y dejar México, ella la puta que se entregó a Napoleón Segundo para hacerlo tu padre, te escribió y te dijo que sí, claro, que en Schönbrunn y en el Hofburgo y en toda Viena, en Austria y Hungría te extrañaban mucho, y que suspiraban cuando escuchaban el carillón de tu reloj de Olmütz, y cuando volvía a contemplar los largos bucles rubios que te cortaron cuando cumpliste cuatro años, a acariciar y oler las faldas de niña que usabas entonces, pero tienes que quedarte en México, te escribió, porque un Habsburgo, hijo, un Habsburgo jamás huye, nunca, y por supuesto, quién podía dudarlo, aquí pensamos mucho en ti, y recuerdo, la tengo muy grabada, no sé por qué una mañana en que tú, con tu uniforme de los húsares de María Teresa pasaste bajo la puerta suiza del Hofburgo, alto tú y esbelto bajo el arco que contiene los símbolos heráldicos de Austria y de Castilla, de Aragón y Borgoña, el águila del Tirol, tú y tu pelo rubio flotando en el aire, el león de Flandes y de Estiria otra águila y de Carniola la pantera, tú y tus ojos azules, mi querido Max, aquí todos te extrañamos una barbaridad, nos reunimos con nuestros cuatro nietos la última Nochebuena y el emperador meció al gordito Otón, Franzi se sentó en un canapé al lado de Sisi, pero tú, por supuesto, aunque te extrañemos tanto tienes que quedarte en México, aquí tu posición sería ridícula, y también la tarde aquella que jamás olvidaré en que te perdiste en los Jardines de Schönbrunn, y en que yo, desesperada, gritaba a los cuatro vientos, les gritaba a todos en dónde se habrá metido esa criatura, quédate en México, hijo mío, aquí tu posición sería insostenible, en dónde se habrá metido, Dios mío, quédate, no regreses: mejor que verse humillado por la política francesa es enterrarse entre los muros de México, no vuelvas hijo a Viena, y tú en verdad esa mañana no te habías perdido, nadie te había secuestrado: toda una tarde habías jugado a navegar veleros miniatura en la Fuente de Neptuno, y te dormiste luego junto a la fuente de la ninfa Egeria, tras beber de las aguas del Schöner Brunnen el arroyo que descubrió el Emperador Matías y que le dio su nombre al palacio, y cuando tus hermanos Luis Víctor y Carlos Luis levantaron a Sofía que estaba echada de bruces sobre tu caja, tu madre tenía la cara llena de nieve y en ella, en la nieve adherida a la piel como una máscara de talco las lágrimas habían abierto unos surcos diminutos, pero cuando te quedaste solo en la bóveda de la capilla de los capuchinos ella ya no volvió a llorar, nadie lloró, todos te olvidaron y siguió el carnaval, siguió la fiesta pero no nada más el carnaval de Milán y de Venecia, sino el carnaval del mundo, la fiesta delirante de la historia.

Fernando del Paso (México, 1935).

martes, 8 de febrero de 2011

Páginas ajenas: NOTICIAS DEL IMPERIO, de Fernando del Paso


(Fragmento)

Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir en un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichen Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.

Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado de recuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia de Béguinage se caiga en pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.


La ilustración corresponde a la pintura Maximiliano y Carlota parten de Miramar
rumbo a México (1864), de Cesare dell'Acqua.