Vancouver: la nieve en otoño como preludio del invierno.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Día de los muertos: EL MONTE DE LAS ÁNIMAS, de Gustavo Adolfo Bécquer

"Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres..."

(Fragmento)
 
I

- Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
 
- ¡Tan pronto!
 
- A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
 
- ¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
 
- No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.
 
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
 
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
 
- Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido defenderla como solos la conquistaron.
 
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
 
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
 
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

 
Gustavo Adolfo Bécquer (España, 1836-1870)
 
Es posible leer el cuento completo en el sitio de Ciudad Seva 

domingo, 28 de octubre de 2018

Día de los muertos: UNA SERENATA PARA LUPE

Billie Dove: "A montar se va al rodeo."

(Fragmento sobre la víspera de halloween y el día de muertos)

Era la llamada noche de brujas, de máscaras y disfraces, júbilo festivo que precede al día de todos santos y al tradicional festejo de los muertos. En la ciudad de Los Ángeles y la región aledaña, donde conviven las dos culturas, la de los colonizadores hispanos originales con las costumbres anglosajonas de sus dueños formales, es posible ser partícipe o testigo de su dualidad cotidiana. Hay quienes sólo festejan halloween mientras otros van al cementerio a recordar sus difuntos. También abundan los que hacen las dos cosas. Al fin y al cabo ninguna es taxativa de la otra. A la casa de campo de Tom Mix,  donde se refugió durante la etapa de separación de su todavía esposa, acudieron los miembros de la cofradía con el ánimo noctívago de sus reuniones.

- Tenemos que pensar en una ceremonia de iniciación para Lupe –indicó Billie Dove, quien aparecía como la reina del grupo.
- Sí, todos hemos tenido una.
- A mí me dejaron dolorida toda la semana.
- ¿Cómo fue la de Tom? –inquirió Lupe, curiosa.
- La de Tom fue en la casa de Billie y como él presume de que es un gran vaquero, lo obligamos a montar en plena sala.
- ¿A caballo?

Todos rieron.

- A montar se va al rodeo.
- Sí, pero a Rodeo Drive.

Lupe se sintió instigada a reírse con los demás, hasta que le explicaron que al criado filipino de Billie lo habían disfrazado como el caballo que Mix montó.

- Y a pesar de que resultó más bronco que mi fiel Tony, nunca pudo derribarme –se jactó Mix.
- I can’t give you anything but love, baby –empezó a cantar Billie y pronto los demás se incorporaron formando un coro.
- That’s the only thing I got plenty off –siguieron cantando hasta que a la mitad de la canción dejaron que Lupe continuara sola. Ella marcaba con toda intención su acento, pronunciando con fuerza las “erres” y las “tes”, para llegar a la última estrofa, que le dedicó a Mix y quedaría como testimonio de la fugacidad de su relación:
- I can give you everything but love.

Tal vez, el criado filipino debió huir con algunas joyas de la Dove para compensar la humillación a la que lo habían sometido, pero quien sí huyó de una relación asfixiante fue Lupe, que nunca pudo acostumbrarse a las exigencias de Mix de que no bailara con nadie más sin primero pedirle permiso para hacerlo. La jaula en la que pretendió encerrarla resultó demasiado estrecha para una ave acostumbrada a volar. Años después, muchos periodistas continuaron refiriéndose a Lupe por su nombre de batalla de un club al que había dejado de pertenecer: Whoopie Lupi. Por su parte, Tom Mix seguiría recordando a Lupe como “la única yegua bruta que nunca pude domar.”


Jules Etienne

sábado, 27 de octubre de 2018

Otoño: EL CASTILLO BLANCO, de Orhan Pamuk

"Era uno de esos hermosos días de otoño que huelen a mar y a algas. Pasamos toda la mañana junto a un estanque de nenúfares..."

(Fragmento del capítulo 9)

Un día, cuando el Maestro me dijo que esa mañana el sultán nos esperaba a los dos, fui con él a palacio. Era uno de esos hermosos días de otoño que huelen a mar y a algas. Pasamos toda la mañana junto a un estanque de nenúfares bajo los ciclamores y plátanos de un bosquecillo bastante grande cubierto por las hojas rojas caídas de los árboles. El sultán quiso que habláramos de las ranas que llenaban vivaces el estanque. El Maestro no le complació y soltó un par de lugares comunes faltos de fantasía y colorido. Al sultán no le importó aquella descortesía que a mí tanto me sorprendió. Estaba más interesado en mí.
 
Así pues, hablé largamente del mecanismo de salto de las ranas, de la circulación de su sangre, de cómo sus corazones seguían latiendo un buen rato si se separaban con cuidado del cuerpo y de las moscas e insectos que comían. Pedí papel y pluma para mostrarle mejor la evolución que sufrían desde el huevo hasta llegar a parecerse a las ranas adultas del estanque. El sultán se mostró muy interesado mientras yo hacía los dibujos con el juego de cálamos que me trajeron en un estuche de plata con incrustaciones de rubíes. Escuchó muy divertido las fábulas que todavía podía recordar en las que aparecían ranas, y aunque arrugó el gesto con náuseas cuando le llegó el turno al cuento de la princesa que besaba a la rana, no me pareció en absoluto el jovencito estúpido del que hablaba el Maestro; era más bien como un adulto con la cabeza sobre los hombros que quiere comenzar el día hablando de ciencia y arte. Al final de aquellas hermosas horas, que el Maestro se pasó rezongando, el sultán me dijo mirando los dibujos de ranas que tenía en la mano: «De hecho, ya sospechaba que habías sido tú quien se había inventado las historias. ¡Así que además también dibujaste las ilustraciones!». Luego me preguntó por los sapos bigotudos.
 
Así fue como comenzó mi relación con el sultán.


Orhan Pamuk (Turquía,1952). Obtuvo el premio Nobel en 2006.

(Traducido al español por Rafael Carpintero).

viernes, 26 de octubre de 2018

OTOÑO, de Octavio Paz

"... toca su centro y lo suspende en luz que sonríe para nadie: ¡cuánta belleza suelta!"
 
En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro de mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros...

Y algo que no sabe y dice nunca
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.

jueves, 25 de octubre de 2018

Otoño: LA MONTAÑA DEL ALMA, de Gao Xingjian

"... en la superficie del lago ninguna ola, tan sólo reflejos, claros y brillantes, de colores tornasolados, que oscilan del rojo oscuro al púrpura..."

(Párrafo inicial del capítulo 19)

Una noche glacial, en pleno otoño. Una densa y profunda oscuridad inunda la extensión caótica primigenia, el cielo y la tierra, los árboles y las rocas se funden, la carretera es invisible, no puedes sino quedarte en el sitio sin poder mover los pies, el busto inclinado hacia delante, los brazos extendidos para tantear en esta noche negra, oyes moverse algo, pero no es el viento, es la oscuridad en la que no hay ni arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni lejos ni cerca, ni ningún orden determinado, te fundes totalmente con este caos, únicamente sabes que tu cuerpo posee un contorno, pero incluso este contorno se difumina poco a poco en tus pensamientos, un resplandor asciende en tu interior, como el brillo solitario de una vela en la oscuridad, su llama desprende luz pero no calor, una luz glacial que llena tu cuerpo, desborda sus contornos, esos contornos que conservas en el pensamiento, tus dos brazos se estrechan para preservar este fuego, esta conciencia glacial y transparente, tienes necesidad de esta sensación, te esfuerzas por protegerla, delante de ti aparece la superficie tranquila del lago y, en la orilla opuesta, se alzan unos bosquecillos de árboles, unos árboles que han perdido sus hojas y otros no despojados todavía del todo de ellas, de esbeltos álamos de los que cuelgan aún algunas hojas amarillas, de azufaifos de un negro metálico en los que sólo una o dos hojas de un amarillo pálido tiemblan al viento, de sebos de China de un color púrpura, frondosos unos, ralos otros, semejantes a unos cendales de niebla, en la superficie del lago ninguna ola, tan sólo reflejos, claros y brillantes, de colores tornasolados, que oscilan del rojo oscuro al púrpura, pasando por el anaranjado, el amarillo pastel, el verde oscuro, el pardo ceniciento, el blanco lunar, en diferentes niveles, reflexionas intensamente y luego de súbito los colores desaparecen para fundirse en innumerables matices de gris, de negro y de blanco de distintas tonalidades, como una vieja foto en blanco y negro, de la que sólo las figuras permanecieran nítidas, mejor sería decir que en vez de en la tierra estás en otro espacio, conteniendo el aliento observas la imagen de tu propio cuerpo, todo está sumido en una gran calma, una calma tal que resulta inquietante, y tienes la impresión de que se trata de un sueño, que no hay que inquietarse, pero no puedes evitar hacerlo, justamente porque la calma es demasiado perfecta, una calma excepcional.

Gao Xingjian (Chino nacionalizado francés, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2000.

(Traducido al español por Liao Yanping y José Ramón Monreal).

miércoles, 24 de octubre de 2018

Otoño: HELENA, de Odysseas Elytis

"Es el aire húmedo, la hora del otoño, la separación..."

Con la primera gota de lluvia murió el verano
Se empaparon las palabras que dieron a luz brillo de estrellas
Todas las palabras que te tenían como único destino
Hacia dónde tenderemos nuestras manos ahora que el tiempo nos ignora
Hacia dónde lanzaremos la mirada ahora que las líneas lejanas naufragaron en
Las nubes
Ahora que tus párpados se cerraron sobre nuestros paisajes
Y estamos -como si la niebla nos hubiera traspasado- solos, completamente solos
Rodeados de tus imágenes muertas.

Con la frente en el cristal velamos el nuevo dolor
No será la muerte quien nos venza puesto que existes tú
Habrá un viento en otro sitio que te haga vivir plena
Que te vista de cerca como te viste de lejos nuestra esperanza
Ya que hay otro sitio
Una pradera de intenso verde más allá de tu risa cercana al sol,
A quien le digo en confianza, que volveremos a vernos
No encontraremos a la muerte, sino una gotita de lluvia otoñal
Un sentimiento empañado
El olor de la tierra del sur en nuestras almas
Que cada vez se alejan más.
Y si tu mano no está en nuestra mano
Y si nuestra sangre no está en las venas de tus sueños
Ni la luz en el cielo nítido
Ni la música invisible en nuestro interior, oh pasajera melancólica,
De cuantos nos retienen aún en el mundo
Es el aire húmedo, la hora del otoño, la separación
La superficie lacerante para el codo en el recuerdo
Que brota cuando la noche intenta separarnos de la luz
Tras la ventana cuadrada que ve hacia el dolor
Que no ve nada
Porque se volvió música, llama invisible, campana del gran reloj de pared
Porque se hizo ya,
Verso de un poema en otro verso de sonido paralelo
Al de la lluvia y las lágrimas y las palabras
Pero no como aquellas palabras, sino como éstas, cuyo destino único eres tú.



Odysseas Elytis (Grecia, 1911-1996).
Obtuvo el premio Nobel en 1979.
 
(Traducido al español por Natalia Moreleón).

martes, 23 de octubre de 2018

Otoño: EL OTOÑO DEL PATRIARCA, de Gabriel García Márquez

"... cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser el dueño de todo su poder..."

(Fragmento del capítulo final)

… había sabido desde sus orígenes que lo engañaban para complacerlo, que le cobraban por adularlo, que reclutaban por la fuerza de las armas a las muchedumbres concentradas a su paso con gritos de júbilo y letreros venales de vida eterna al magnífico que es más antiguo que su edad, pero aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad, había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser el dueño de todo su poder, que estaba condenado a no conocer la vida sino por el revés, condenado a descifrar las costuras y a corregir los hilos de la trama y los nudos de la urdimbre del gobelino de ilusiones de la realidad sin sospechar ni siquiera demasiado tarde que la única vida vivible era la de mostrar, la que nosotros veíamos de este lado que no era el suyo mi general, este lado de pobres donde estaba el reguero de hojas amarillas de nuestros incontables años de infortunio y nuestros instantes inasibles de felicidad, donde el amor estaba contaminado por los gérmenes de la muerte pero era todo el amor mi general, donde usted mismo era apenas una visión incierta de unos ojos de lástima a través de los visillos polvorientos de la ventanilla de un tren, era apenas el temblor de unos labios taciturnos, el adiós fugitivo de un guante de raso de la mano de nadie de un anciano sin destino que nunca supimos quién fue, ni cómo fue, ni si fue apenas un infundio de la imaginación, un tirano de burlas que nunca supo dónde estaba el revés y dónde estaba el derecho de esta vida que amábamos con una pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabíamos de sobra que era ardua y efímera pero que no había otra…

 
Gabriel García Márquez (Colombiano fallecido en México, 1927-2014).
Obtuvo el premio Nobel en 1982.

lunes, 22 de octubre de 2018

Otoño: CANTERAS DE OTOÑO, de Eugenio Montale

 
Canteras de otoño sobre las que desciende la primavera lunar
y nimba de candor cada contorno,
estallidos de piñas, fulgor
de redes extendidas y de astillas, retornará, retornará al hielo
la bondad de una mano,
atravesará el cielo lejano
la chusma luminosa que nos saquea.
 
(Cave d'autunno su cui discende la primavera lunare
e nimba di candore ogni frastaglio,
schianti di pigne, abbaglio di reti stese e schegge, ritornerà, ritornerà sul gelo
la bontà di una mano,
vercherà il cielo lontano
la ciurna luminosa che ci saccheggia.)

Eugenio Montale (Italia, 1896-1981).
Obtuvo el premio Nobel en 1975.
 
(Traducido del italiano por Carlos Vitale).
La ilustración corresponde al Parco delle Cave, en Milán, Italia, durante el otoño.

domingo, 21 de octubre de 2018

Otoño: BILLAR A LAS NUEVE Y MEDIA, de Heinrich Böll

"... sobre el vacío verde: un cielo estrellado, en el que sólo algunos puntos eran móviles como órbitas de cometas..."
 
(Fragmento inicial del capítulo 3)

Ya hacía tiempo que no jugaba según las reglas del juego, que no  hacía  series,  ni  acumulaba  puntos;  le  daba  a  una  bola,  unas  veces ligeramente,  otras  veces  con  fuerza,  aparentemente  sin  motivo  ni finalidad, y la bola, al rozar las otras dos, construía para él una  nueva figura geométrica sobre el vacío verde: un cielo estrellado, en el que sólo algunos puntos eran móviles como órbitas de cometas;  blanco sobre verde, rojo sobre verde, estelas que se iluminaban para  apagarse  enseguida;  débiles  ruidos  indicaban  el  ritmo  de  la  figura  construida: cinco  o  seis  veces,  cuando  la  bola  impulsada  rozaba  las bandas o las otras bolas; sólo unas pocas notas se destacaban de la  monotonía,  cristalinas  o  sordas;  las  líneas  del  torbellino estaban  todas  unidas  a  ángulos,  estaban  sometidas  a  leyes geométricas,  a  leyes  físicas:  la  energía  del  golpe  que  Fähmel  comunicaba  a  la  bola  por  medio  del  taco  y  un  poco  de  energía  de  frotación;  todo  obedecía  a  la medida;  se  grababa  en  el  cerebro;  impulsos que se dejaban transformar en figuras; ningún cuerpo, nada duradero, sólo elementos fluctuantes que se borraban con el rodar de las  bolas;  a  menudo,  Fähmel  se  pasaba  media  hora  jugando  con  una sola  bola:  blanco  sobre  verde,  estrella  única  en  el  firmamento; suave, queda, música sin melodía, pintura sin imagen; apenas color, sólo fórmula.
 
El  muchacho  pálido  vigilaba  la  puerta,  apoyado  contra  la  madera esmaltada  de  blanco,  las  manos  a  la  espalda,  las  piernas  cruzadas, vestido con el uniforme violeta del Prinz Heinrich.
 
- ¿No me cuenta nada hoy, doctor?
 
Fähmel  levantó  la  mirada,  dejó  el  taco,  sacó  un  cigarrillo,  lo encendió, miró a la calle, que estaba a la sombra de Sankt Severin. Aprendices, camiones, monjas: vida en la calle luz grisácea de otoño que la cortina de terciopelo color violeta reflejaba en tonalidades casi  argentinas;  en  marcados  por  cortinas  de  terciopelo, unos huéspedes rezagados desayunaban; en aquella luz, incluso los huevos pasados por agua tenían un aspecto vicioso; con aquella iluminación, incluso  los  rostros  de  decentísimas  amas  de  casa  parecían depravados.  Los  camareros  vestidos  de  frac,  con  mirada  de comprensión, parecían belzebús, enviados directos de  Asmodeo; y sin embargo, eran sólo inocentes afiliados al sindicato de la hotelería, que una vez terminado su trabajo leían ávidamente los artículos de fondo  del  periódico  de  su  partido;  pero  aquí  parecían  esconder  sus pezuñas  de  caballo  bajo  hábiles  construcciones  ortopédicas;  ¿no asomaba  un  par  de  pequeños  y  elegantes  cuernos  en  sus  frentes blancas,  encarnadas  y  amarillas?  En  los  azucareros  dorados,  el azúcar  no  parecía  azúcar;  aquí  se  producían  trans- formaciones,  el vino  no  era  vino,  el  pan  no  era  pan,  todo  recibía  una  luz  que  lo convertía en el ingrediente de misteriosos vicios; aquí se celebraba un culto; y  el nombre  de la  divinidad no se podía pronunciar, sólo se podía pensar.
 
 
Heinrich Böll (Alemania, 1917-1985). Obtuvo el premio Nobel en 1972.
 
(Traducido al español por Margarita Fontseré).

viernes, 19 de octubre de 2018

Otoño: PAÍS DE NIEVE, de Yasunari Kawabata

"... había pensado sin cesar en Komako; ahora que estaba tan cerca, esa nostalgia por la piel humana..."

(Fragmento de la segunda parte)

“La mariposa, la luciérnaga, el grillo”, oyó que cantaba una geisha a la distancia cuando se sentó a cenar, temprano, con su guía como única compañera. El libro sólo ofrecía la más somera información sobre rutas, atracciones, hospedajes y costos, dejando el resto librado a la imaginación del lector. De esas mismas cumbres había bajado, en pleno estallido del verdor primaveral, cuando vio a Komako por primera vez. Ahora, que era el comienzo del otoño y de la temporada de montañismo, sintió añoranza de aquellas alturas en donde había dejado su huella. Si bien era un diletante que podía perder el tiempo allí como en cualquier otra parte, consideraba el montañismo un ejemplo flagrante del esfuerzo inútil. Y ése era precisamente el atractivo que ejercía sobre él: el encanto de lo irreal.
 
Mientras estuvo lejos, había pensado sin cesar en Komako; ahora que estaba tan cerca, esa nostalgia por la piel humana le producía el mismo efecto onírico que la atracción que le despertaban las montañas. Quizás era debido al exceso de familiaridad e intimidad que le había despertado el cuerpo de ella. Habían pasado la noche juntos; estaba seguro de que ella acudiría sin necesidad de que él la llamara. Sentado a solas en el comedor, esperándola, mientras oía el bullicio de un grupo de niñas de la escuela descendiendo por el camino, se preguntó por qué no venía. Y comenzó a invadirlo el cansancio. Antes de dormirse en la silla, subió a su habitación y se acostó.
 
Esa noche llovió. Uno de esos chaparrones de otoño que llegan y se van sin dejar rastro.
 
Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.
 
(Traducido al español por Juan Forn).

jueves, 18 de octubre de 2018

Otoño: EL PAPA VERDE, de Miguel Ángel Asturias

"... igual que una cascara de caracol vacío, para llevárselo a la oreja y escuchar otro oleaje, otro mar..."

(Fragmento del capítulo XIII)
 
- Madre, padre muerto, enterrado aquí... Juambo hermano. ..
 
Por los ojos castaños del viejo Geo Maker, al sonar el nombre de Juambo en labios de la mulata, pasó una tempestad de días de oro, hoy otoño de hojas secas, y el rumor de la costa atlántica llenó sus oídos y le hizo sacudirse por dentro, como si él mismo hubiera tomado su corazón, igual que una cascara de caracol vacío, para llevárselo a la oreja y escuchar otro oleaje, otro mar, otros tiempos, otros nombres...
 

Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974), Obtuvo el premio Nobel en 1967.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Otoño: A UN DIOS DESCONOCIDO, de John Steinbeck

"Los mirlos de alas rojas formaban en escuadrones y hacían maniobras en los campos."

(Párrafo inicial del capítulo 8)

Joseph dejó pasar dos semanas antes de visitar de nuevo a Elizabeth. Se acercaba el otoño brumoso, tiñendo de gris el cielo con nieblas altas. Cada día, enormes nubes de algodón procedentes del océano surcaban como buques exploradores el cielo. Se sentaban un rato en las cumbres y después volvían al mar. Los mirlos de alas rojas formaban en escuadrones y hacían maniobras en los campos. Las palomas, a las que no se veía ni en la primavera ni en el verano, salían de su escondite, y se agrupaban en las vallas o en los árboles muertos. El sol, al salir y al ponerse, aparecía rojo tras el velo del aire otoñal.



John Steinbeck (Estados Unidos, 1902-1968). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

(Traducido al español por Montserrat Gutiérrez Carreras).

martes, 16 de octubre de 2018

Otoño: LAS MUERTAS GUITARRAS, de Salvatore Quasimodo

"En verdad, es otoño: desgarradas en el viento las muertas guitarras alzan sus cuerdas..."

Mi tierra está sobre los ríos fundida con el mar,
no existe otro lugar de voz tan lenta,
donde vagan mis pies
entre juncos sobrecargados de caracoles.
En verdad, es otoño: desgarradas en el viento
las muertas guitarras alzan sus cuerdas
sobre la boca negra y una mano agita los dedos
de fuego.
 
En el espejo de la luna
se peinan muchachas con pechos de naranja.
 
¿Quién llora? ¿Quién fatiga los caballos en el aire
rojo? Nos detendremos en esta orilla
a lo largo de urdimbres de hierba y tú, amor,
no me lleves delante de ese espejo
infinito: en él se contemplan muchachos
que cantan y árboles altísimos, y aguas.
¿Quién llora? Yo no, créeme, sobre los ríos
discurren exasperados chasquidos de un látigo,
los oscuros caballos y los relámpagos de azufre.
Yo no, mi raza posee cuchillos
que arden y lunas y heridas que queman.
 
 
Salvatore Quasimodo (Italia, 1901-1968).
Obtuvo el premio Nobel en 1959.
 
(Traducido al español por Franco Mogni).

lunes, 15 de octubre de 2018

Otoño: DOCTOR ZHIVAGO, de Boris Pasternak

"... una luz de sol otoñal que se vuelve pronto jugosa, acuosa y cristalina, como una manzana demasiado madura."

(Fragmento de la sexta parte: Alto en Moscú)

El doctor Zhivago trabajaba sentado ante su antigua mesa de despacho, junto a la ventana de la sala de médicos, y ante él había montones de diversos modelos de impresos. A veces, en ocasión de bruscas inspiraciones, junto con sus notas médicas diarias redactaba su «Juego de los hombres», especie de sombrío diario, o bien apuntes cotidianos, compuesto de prosas y versos y de todo lo que le sugería su idea de que la mitad de la humanidad había dejado de ser ella misma y no se sabía qué papel representaba.

La sala de médicos, luminosa y soleada, con las paredes pintadas de blanco, se bañaba a aquellas horas en la luz dorada del sol de otoño, tan característico de los días que siguen a la Asunción, cuando en la mañana crujen los primeros hielos, y los paros invernales y las picazas revolotean por los bosquecillos multicolores y luminosos, cuyo follaje comienza a clarear. En estos días el cielo alcanza una altura extrema y, a través de la diáfana columna de aire que se yergue entre él y la tierra, llega desde el norte un helado esplendor azul oscuro. Aumenta la visibilidad y la audición de todas las cosas del mundo. Las distancias transmiten sus sonidos con una sonoridad helada, precisa y distinta. Las lejanías se aclaran como si descubrieran a los ojos, y para muchos años, toda la vida. No se podría soportar esta rarefacción si no durase tan poco tiempo, si no llegara al final de una corta jornada de otoño, en el umbral de un precoz crepúsculo.

Con esta luz se llenaba la sala, una luz de sol otoñal que se vuelve pronto jugosa, acuosa y cristalina, como una manzana demasiado madura.

El doctor, sentado junto a la ventana, mojaba la pluma en el tintero, reflexionaba y escribía, mientras afuera volaban muy cerca ciertos pájaros silenciosos. Sus tácitas sombras proyectadas en la estancia cubrían las manos móviles del médico, la mesa con los impresos, el pavimento y las paredes, y tácitamente desaparecían.


Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960). Obtuvo el premio Nobel en 1958.
 
(Traducido al español por Fernando Gutiérrez).

domingo, 14 de octubre de 2018

Otoño: ¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?, de Ernest Hemingway

 "... y el olor del humo de la leña y de las hojas que se queman en el otoño."

(Fragmento del capítulo veinte)

La noche era clara y su cabeza estaba tan fría y tan clara como el aire. Respiraba el olor de las ramas de pino bajo su cuerpo, de las agujas de pino aplastadas y el olor más vivo de la resina que rezumaba de las ramas cortadas. Y pensó: «Pilar y el olor de la muerte. A mí, el olor que me agrada es éste. Este y el del trébol recién cortado y el de la salvia con las hojas aplastadas por mi caballo cuando cabalga detrás del ganado, y el olor del humo de la leña y de las hojas que se queman en el otoño. Ese olor, el de las humaredas que se levantan de los montones de hojas alineados a lo largo de las calles de Missoula, en el otoño, debe ser el olor de la nostalgia. ¿Cuál es el que tú prefieres? ¿El de las hierbas tiernas con que los indios tejen sus cestos? ¿El del cuero ahumado? ¿El olor de la tierra en primavera, después de un chubasco? ¿El del mar que se percibe cuando caminas entre los tojos en Galicia? ¿O el del viento que sopla de tierra al acercarse a Cuba en medio de la noche? Ese olor es el de los cactus en flor, el de las mimosas y el de las algas. ¿O preferirías el del tocino, friéndose para el desayuno, por las mañanas, cuando estás hambriento? ¿O el del café? ¿O el de una manzana Jonathan, cuando hincas los dientes en ella? ¿O el de la sidra en el trapiche? ¿O el del pan sacado del horno? Debes de tener hambre.» Así pensó y se tumbó de costado y observó la entrada de la cueva a la luz de las estrellas, que se reflejaban en la nieve.


Ernest Hemingway (Estados Unidos, 1899-1961).
Obtuvo el premio Nobel en 1954.

sábado, 13 de octubre de 2018

Otoño: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldór Laxness

"... se sentaba a escuchar la música silenciosa de las nubes."
 
(Fragmento del capítulo 36: Construcción)
 
Pero por encima de todos los compradores y sociedades están los sueños del corazón, especialmente en el otoño, cuando cae la noche y las nubes del mundo están llenas de maravillosas imágenes. Asta Sóllilja está sentada ante la ventana, contemplándolas. Su madre se encuentra abajo, hablando con la vaca, alimen- tándola, acariciándola y esperando que tenga sed, en tanto que su abuela está sentada, encorvada, en la cama, en el ocaso, con el dedo en la boca y apenas un verso de himno en sus labios... ser incomprensible, que, a pesar de todo, tiene una hermana en el sur. Y luego, de los cielos surge el resplandor de remotos continentes, con océanos de variados colores y proteicas costas. Tierras de leyenda, ciudades. Del mar verde cristal se elevan palacios purpúreos que se sumergen una vez más con sus torres, y el océano se disuelve y se transforma en un huerto cargado de frutos, circundado por fantásticas montañas de picachos vivientes, de cimas que hacen reverencias y se abrazan antes de desaparecer. Nunca antes había estado sentada de ese modo ante la ventana. Y ahora entrelazó sus pensamientos de él a las fugitivas apariciones del aire. Él. Esos extraños países de océanos y velas aleteantes, de ciudades y huertos, que vivían y revoloteaban en los cielos con exótico brillo, eran todos un pensamiento mudo de él, un sueño de futuro sin mundo, sin días. Él, él, él. Oyó a la vaca, abajo, lengüeteando su agua, y lejos, muy lejos, a su madre hablando a la vaca de la vida del hombre, y escuchó el murmullo de su remota conversación carente de sentido, y la escuchó desde la distancia de las nubes de arriba, donde tenía su morada, donde compartía con él su reino, como en las palabras de la danza popular:

Vive mi amor bajo un lejano techo,
en hogar que no sabe de dolor,
que no conoce el llanto ni la angustia.
Por siempre mi alegría está junto a mi amor.

Oh, si aquello no terminara jamás, si pudiese existir hasta la eternidad, en el incansable esplendor de su colorido... Y así, noche tras noche, se sentaba a escuchar la música silenciosa de las nubes.

 
Halldór Laxness (Islandia, 1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.
 
(Traducido al español por Enrique Bernárdez).

viernes, 12 de octubre de 2018

Otoño: DESCIENDE, MOISÉS, de William Faulkner

"Aquel techo, las dos semanas que cada otoño habían pasado bajo él, se había convertido en su hogar."

El otoño del delta
 
(Fragmento)

Habían tenido una casa en un tiempo. Aquel techo, las dos semanas que cada otoño habían pasado bajo él, se había convertido en su hogar. Y, pese a que desde aquel tiempo hubieran vivido las dos semanas de otoño bajo tiendas y no siempre en el mismo sitio un año y el siguiente, pese a que en la actualidad sus compañeros fueran los hijos e incluso los nietos de aquellos con quienes vivió en la casa, pese a que la casa misma no existiera ya, la convicción, el sentimiento de hallarse en el hogar se había sencillamente transferido al ámbito interior de aquella lona. Poseía una casa en Jefferson, en la cual tuvo en un tiempo una mujer y unos hijos, perdidos ya, y al cuidado de ella estaba ahora la sobrina de su mujer muerta y su familia, y él se sentía cómodo en ella, pues sus deseos y necesidades eran atendidos por una sangre emparentada al menos con la sangre elegida por él de entre la tierra entera para amar. Pero el tiempo que pasaba en ella era a la espera de noviembre, pues aquella tienda de suelo embarrado y cama sin demasiada blandura ni abrigo era su hogar, y aquellos hombres -a algunos de ellos no los veía sino aquellas dos semanas- era más su familia que ningún otro pariente. Porque aquélla era su tierra...


William Faulkner (Estados Unidos, 1897-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1949.

jueves, 11 de octubre de 2018

Otoño: NARCISO Y GOLDMUNDO, de Hermann Hesse


Párrafos sobre el otoño

(Capítulo I)

En la época en que son más cortas las noches, hacía surgir de entre la fronda los pálidos rayos verdeclaros de sus extrañas flores, cuyo áspero olor evocaba recuerdos y oprimía. Y en octubre, recogida la uva y las otras frutas, caían de su copa amarillenta, al soplo del viento del otoño, los espinosos erizos, que no todos los años llegaban a la madurez, y que los rapaces del convento se disputaban y el subprior Gregorio, oriundo de Italia, asaba en la chimenea de su celda. Exótico y tierno, el hermoso árbol mecía ante la puerta del convento su copa, huésped delicado y friolento venido de otras regiones, pariente secreto de las esbeltas y mellizas columnas de arenisca de la entrada y de los adornos, labrados en piedra, de ventanas, cornisas y pilares, amado de los italianos y otra gente latina, y pasmo, por extranjero, de los naturales del país.

(Capítulo VII)

Cierta vez, cuando ya llevaba uno o dos años de andar de camino, llegó Goldmundo a la mansión de un caballero acomodado que tenía dos hijas bellas y jóvenes. Era por los comienzos del otoño, las noches pronto serían frías, bien las había probado el otoño y el invierno anteriores; no sin inquietud pensaba en los meses que iban a venir porque en invierno era duro el peregrinar. Pidió de comer y albergue para la noche. Fue acogido con amabilidad; y como el caballero oyese decir que el forastero había hecho estudios y sabía griego, lo mandó llamar de la mesa de los criados a la propia y lo trató casi como a un igual. Las dos hijas permanecían con los ojos bajos, la mayor tenía dieciocho años, la menor apenas dieciséis: Lidia y Julia.

(Capítulo VIII)

En aquel otoño perduró largamente el follaje de los altos fresnos del patio y en el jardín siguió habiendo ámelos y rosas por mucho tiempo.

(Capítulo X)

Todo retornaba y retornaba, lo que él creía ya conocer tan bien, todo retornaba y, no obstante, era cada vez otra cosa: el largo vagar por campos y prados o por los caminos empedrados, el dormir en el bosque estival, el andar despacioso por las aldeas tras de los grupos de mozas que volvían, enlazadas de las manos, de remover el heno o de recoger el lúpulo, el primer aguacero del otoño, las primeras, malignas heladas... todo retornaba, una vez, dos veces, la colorida cinta corría inacabablemente ante sus ojos.
 
(Capítulo XIV)
 
Había transcurrido el verano. Muchos afirmaban que con el otoño, o al menos con la llegada del invierno, concluiría la epidemia. Fue aquel un otoño sin alegría.
 
(Capítulo XVI)

Aunque aquel venturoso idilio con Inés durara poco y condujera a la perdición, hoy por hoy florecía, y él no podía renunciar al menor de sus goces. No quería ver a nadie ni que le distrajeran; quería pasar al aire libre aquel plácido día de otoño, bajo los árboles y las nubes. A María le dijo que tenía el propósito de hacer una excursión por el campo y que retornaría tarde, que le diera un buen trozo de pan y que no se quedara esperándolo por la noche. Ella no respondió nada, le llenó el bolsillo de pan y manzanas, le cepilló el viejo sayo, cuyos rasgones había zurcido el primer día, y lo dejó partir.
 
(Capítulo XVI)
 
Debía despedirse de la bella Inés; nunca más vería su gallarda figura, su espléndida cabellera rubia, sus ojos fríos y azules, nunca más aquel debilitarse y vacilar del orgullo en sus ojos, nunca más el vello dorado de su piel perfumada. ¡Adiós, ojos azules, adiós boca húmeda y palpitante! Había abrigado la esperanza de besarla muchas veces más. Hoy mismo, allá en las colinas, al sol del otoño, ¡cuánto había pensado en ella, cómo se había sentido unido a ella, cómo la había anhelado! Pero también tenía que despedirse de las colinas, del sol, del cielo azul con sus nubes blancas, de los árboles y bosques, de los viajes, de las horas del día y de las estaciones del año.

 Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.