Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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domingo, 2 de mayo de 2021

Miércoles de ceniza: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldór Laxness

"... pero ahora aparentemente, debía pasar todo el mes de Porri y todo el mes de Góa..."

(Fragmento del capítulo 48)

Pero Asta Sóllilja había estado esperando el miércoles de ceniza, porque le parecía recordar que el miércoles de ceniza era una cumbre desde la cual podía divisar la Pascua, pero ahora, aparentemente, debía pasar todo el mes de Porri y todo el mes de Góa, y después vendría... el ayuno de nueve semanas. ¿El ayuno de nueve semanas? ¿Nueve semanas? ¿Quién podría sobrevivir a un ayuno así? Pero cobró nuevos ánimos y expresó la esperanza de que cuando el ayuno de las nueve semanas hubiese terminado, el miércoles de ceniza no estuviese ya tan lejos.

- Oh, yo siempre entendí que primero venía el martes de carnaval.

- Pero el miércoles de ceniza debe llegar alguna vez, abuela, y entonces no faltará mucho para Pascua.
 
- Será una novedad, entonces -replicó la anciana, echando la cabeza hacia atrás y lanzando una mirada oblicua, hacia abajo, a sus agujas-. En mis tiempos el miércoles de ceniza era siempre seguido del ayuno.
 
- ¿Qué ayuno?
 
- ¡Pues, el largo ayuno, la Cuaresma mujer... la Cuaresma! ¡Habrase visto tamaña ignorancia! ¡Tiene casi dieciséis años de edad y cree que la Pascua viene inmediata- mente después del miércoles de ceniza! En mi época se te habría considerado una boba por no conocer la Cuaresma y las más importantes festividades que hay en ella, las témporas, por ejemplo, y la Anunciación.
 
- Pero conozco el Viernes Santo -dijo la joven con repentina inspiración-. Alguna vez llegará, ¿no es cierto?
 
- Oh, creo que San Magno viene antes -replicó la anciana-. Y el Jueves Santo.
 
Esto terminó con la tentativa de centrar la Pascua. Se rindió. Se había extraviado en los desiertos del calendario, perdió todo el sentido de dirección, la lana repen- tinamente pegajosa en sus dedos, todos los vellones convertidos de pronto en masas enmarañadas que jamás lograría peinar. ¿Por qué estos jóvenes no podían consolar- se con el pensamiento de que todo pasa, de un modo o de otro, tal como mejor le place al Hacedor?
 
Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

viernes, 18 de enero de 2019

Ultima Thule: A ISLANDIA, de Jorge Luis Borges

"Eres la más remota y la más íntima, Última Thule, Islandia de las naves..."
 
De las regiones de la hermosa tierra
Que mi carne y su sombra han fatigado
Eres la más remota y la más íntima,
Última Thule, Islandia de las naves,
Del terco arado y del constante remo,
De las tendidas redes marineras,
De esa curiosa luz de tarde inmóvil
Que efunde el vago cielo desde el alba
Y del viento que busca los perdidos
Velámenes del viking. Tierra sacra
Que fuiste la memoria de Germania
Y rescataste su mitología
De una selva de hierro y de su lobo
Y de la nave que los dioses temen,
Labrada con las uñas de los muertos.
Islandia, te he soñado largamente
Desde aquella mañana en que mi padre
Le dio al niño que he sido y que no ha muerto
Una versión de la Völsunga Saga
Que ahora está descifrando mi penumbra
Con la ayuda del lento diccionario.
Cuando el cuerpo se cansa de su hombre,
Cuando el fuego declina y ya es ceniza,
Bien está el resignado aprendizaje
De una empresa infinita; yo he elegido
El de tu lengua, ese latín del Norte
Que abarcó las estepas y los mares
De un hemisferio y resonó en Bizancio
Y en las márgenes vírgenes de América.
Sé que no lo sabré, pero me esperan
Los eventuales dones de la busca,
No el fruto sabiamente inalcanzable.
Lo mismo sentirán quienes indagan
Los astros o la serie de los números...
Sólo el amor, el ignorante amor, Islandia.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

sábado, 13 de octubre de 2018

Otoño: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldór Laxness

"... se sentaba a escuchar la música silenciosa de las nubes."
 
(Fragmento del capítulo 36: Construcción)
 
Pero por encima de todos los compradores y sociedades están los sueños del corazón, especialmente en el otoño, cuando cae la noche y las nubes del mundo están llenas de maravillosas imágenes. Asta Sóllilja está sentada ante la ventana, contemplándolas. Su madre se encuentra abajo, hablando con la vaca, alimen- tándola, acariciándola y esperando que tenga sed, en tanto que su abuela está sentada, encorvada, en la cama, en el ocaso, con el dedo en la boca y apenas un verso de himno en sus labios... ser incomprensible, que, a pesar de todo, tiene una hermana en el sur. Y luego, de los cielos surge el resplandor de remotos continentes, con océanos de variados colores y proteicas costas. Tierras de leyenda, ciudades. Del mar verde cristal se elevan palacios purpúreos que se sumergen una vez más con sus torres, y el océano se disuelve y se transforma en un huerto cargado de frutos, circundado por fantásticas montañas de picachos vivientes, de cimas que hacen reverencias y se abrazan antes de desaparecer. Nunca antes había estado sentada de ese modo ante la ventana. Y ahora entrelazó sus pensamientos de él a las fugitivas apariciones del aire. Él. Esos extraños países de océanos y velas aleteantes, de ciudades y huertos, que vivían y revoloteaban en los cielos con exótico brillo, eran todos un pensamiento mudo de él, un sueño de futuro sin mundo, sin días. Él, él, él. Oyó a la vaca, abajo, lengüeteando su agua, y lejos, muy lejos, a su madre hablando a la vaca de la vida del hombre, y escuchó el murmullo de su remota conversación carente de sentido, y la escuchó desde la distancia de las nubes de arriba, donde tenía su morada, donde compartía con él su reino, como en las palabras de la danza popular:

Vive mi amor bajo un lejano techo,
en hogar que no sabe de dolor,
que no conoce el llanto ni la angustia.
Por siempre mi alegría está junto a mi amor.

Oh, si aquello no terminara jamás, si pudiese existir hasta la eternidad, en el incansable esplendor de su colorido... Y así, noche tras noche, se sentaba a escuchar la música silenciosa de las nubes.

 
Halldór Laxness (Islandia, 1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.
 
(Traducido al español por Enrique Bernárdez).

domingo, 9 de septiembre de 2018

Septiembre: GENTE INDEPEN- DIENTE, de Hálldor Laxness

"... pero el cielo estaba atestado de nubes y gradualmente las gotas se hicieron más grandes y más pesadas..."

(Párrafo inicial del capítulo 11: Noche de Septiembre)

Poco después comenzó a llover, muy inocentemente al principio, pero el cielo estaba atestado de nubes y gradualmente las gotas se hicieron más grandes y más pesadas, hasta que lo que caía era una melancólica lluvia otoñal... una lluvia que parecía llenar el mundo entero con su plúmbeo golpeteo, una lluvia que sugería -en su tristeza- interminables precipitaciones pluviales entre los planetas, lluvia que techaba el cielo de lobreguez y pesaba opresivamente sobre toda la campiña como una enfermedad, fuerte en la potencia de su chata e invariable monotonía, su asfixiante pesadez, su fría e implacable crueldad. Suave, suave, caía sobre toda la región, sobre las aplastadas hierbas de los pantanos, sobre el torturado lago, sobre los llanos color gris-acero, cubiertos de cascajo, sobre la sombría montaña que dominaba el pegujal, borroneando todo el paisaje. Y los golpes pesados, desesperantes, interminables, se insinuaban en cada una de las grietas de la casa, se pegaban a los oídos como algodón y lo abrazaban todo, como una historia carente de romanticismo, sacada de la vida misma, que no tuviese ritmo ni crescendo, ni clímax, pero que, aun así, resultase abrumadora en su alcance, terrorífica en su significado. Y en el fondo de ese no sondeado océano de hirviente lluvia estaba la casita, y su solitaria mujer neurótica.

 
Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

jueves, 28 de junio de 2018

Noche de San Juan: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldór Laxness

"... esa víspera de San Juan. Joven diosa de la noche iluminada por el sol, perfecta en su casi madura desnudez."

(Fragmento del capítulo 32: Del mundo)
 
Víspera de San Juan. Los que se bañen en el rocío podrán formular un deseo.
 
Joven y esbelta caminaba ella junto al arroyo, a los marjales, y pisaba, descalza, el barro tibio de los pantanos. Mañana iría al pueblo y vería el mundo con sus propios ojos.
 
Durante muchas semanas la perspectiva había llenado sus ensueños diurnos de agradable expectativa. Todas las noches desde el invierno había dormido en un duermevela atestado de fantasías del viaje prometido. A la luz del día o en sueños, se veía partir cien veces, y más tarde se mostraba tan poco dispuesta a perder tiempo durmiendo, que permanecía despierta hasta las primeras horas de la mañana, saboreando la delicia que vendría. Ese día las horas pasaban como una brisa distante; tenía las yemas de los dedos insensibles, las mejillas calientes, no oía nada de lo que se decía. Se había tejido ropa interior de suave hilo gris azulado, ropa que guardó para esa excursión; sólo la miraba los domingos. Y se tejió unas faldas castañas, con dos franjas sobre el borde, una azul y otra roja. Y pocas horas antes su padre había abierto el arcón de las ropas, que era el único receptáculo de la casa que tenía cerradura, y extraído de él un vestido floreado envuelto en su chaqueta dominguera.
 
- Aunque quizá seas un poco delgada para que te siente -dijo él-, es hora de que comiences a usar el mejor vestido de tu madre. A mi hija no le faltará nada, ni por fuera ni por dentro, el día que salga a ver el mundo.
 
Ella enrojeció de placer, con los ojos centelleantes. Era un momento solemne. El vestido estaba arrugado, claro, la tela estaba rígida y delgada de tan vieja, pero ni las polillas ni la humedad la habían tocado. Tenía impresa la fértil vegetación de países extraños y numerosos volantes en el pecho. Pero, aunque Asta SóUilja había crecido a un ritmo increíble en esos últimos meses y su figura comenzaba a redondearse con las juveniles curvas de la vida, era aún una mozuela toda piernas y demasiado delgada como para llenar por completo el vestido. Le pendía flojamente en torno, cayéndole desde los flacos hombros, y se hinchaba ampliamente en la cintura.
 
- Es como el espantapájaros del prado de Útirauósmyri -dijo Helgi, y su padre le hizo salir corriendo escaleras abajo. Aparte de su tamaño, el vestido le sentaba admirablemente. Asta rodeó con los brazos el cuello de su padre, agradecida, y encontró el lugar de la garganta y ocultó allí su rostro. Sus labios eran ya más gruesos. Cuando se la miraba de perfil, contra la ventana, se veía que tenía un grueso labio inferior, parecido más bien a un encantador abarquillamiento. Su boca comenzaba a hacerse tan madura, pobrecita... Y la barba de él le hizo cosquillas en los párpados.
 
El barro tibio le chorreaba por entre los dedos desnudos y hacía un ruido de succión cuando levantaba el talón. Esa noche se bañaría en el rocío, como si nunca anteriormente hubiese tenido un cuerpo. En cada estanque del río había un falaropo para hacerle reverencia. Ningún ave de todas las ciénagas es tan cortés en su comportamiento de la víspera de San Juan. Era la medianoche pasada y la una se acercaba lentamente. La noche de primavera reinaba sobre el valle como una jovencita. ¿Debía llegar o no? Vaciló, se adelantó... y fue día. Las plumosas brumas que se extendían sobre los pantanos se elevaron, enroscándose por las laderas, y permanecieron como un velo, en inocente modestia, en torno a la cintura de la montaña. Contra la placa blanca del lago se erguía la forma de algún animal, como un nykur, en la noche transparente.
 
Un hoyo herboso en la margen del río. Conduciendo a él a través del rocío, la errática vereda dejada por dos pies expertos. Los pájaros callan por un rato. Ella se sienta en la orilla y escucha. Luego se despoja de sus deshechos harapos cotidianos, bajo un cielo que puede borrar del recuerdo incluso los inviernos sin sol de toda una vida, el cielo de esa víspera de San Juan. Joven diosa de la noche iluminada por el sol, perfecta en su casi madura desnudez. Nada en la vida es tan hermoso como la noche, antes de lo que pronto será, la noche y su rocío. Formula su deseo, esbelta y madura a medias, en el pasto maduro a medias y su rocío. Cuerpo y alma son uno, y la unidad es perfectamente pura en el deseo formulado. Luego se lavó el cabello en el río y los dedos del pie se le hundieron en la arena del fondo. Las extrañas aves acuáticas todavía nadaban en su derredor, volviéndose cortésmente cuando menos lo esperaba y haciéndole una reverencia sin motivo alguno. No había en el mundo nadie que pudiese hacer una reverencia tan magnífica.
 
Asta comenzó a sentir frío y corrió acá y allá por la orilla del río, con sus huellas entrecruzándose como las calles de las ciudades del mundo. Se sentía leve e impersonal, recién surgida del rocío como la bruma misma, maravillosa en el húmedo paisaje verde de la noche soleada. Entró nuevamente en calor después de correr un rato y los pájaros despertaron y el cielo estuvo radiante con el chisporroteo de espléndidos colores. Dentro de una hora el sol luciría sobre el rocío del pie de león, y el rocío desaparecería al sol, el rocío sagrado de San Juan.
 
Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998).
Obtuvo el premio Nobel en 1955.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Nieve: GENTE INDEPENDIENTE, de Halldór Laxness

"... el pegujal estaba sepulto en la nieve y no se había hecho intento alguno para limpiar la ventana o la puerta."
 
(Fragmento del libro primero)
 
17. Regreso al hogar

En la tarde del quinto día Bjartur caminaba trabajosamente hacia su casa, cruzando páramos, hundido hasta las rodillas en la nieve. No se sentía nada complacido consigo mismo; estaba avergonzado por lo que le parecía un viaje sumamente ignominioso y pasaba de la esperanza al temor en cuanto a la suerte que habrían corrido los corderos en sus pastizales. Y ahora, para coronarlo todo, no había siquiera un chispazo de luz en la ventana para darle la bienvenida cuando finalmente regresaba al hogar, porque el pegujal estaba sepulto en la nieve y no se había hecho intento alguno para limpiar la ventana o la puerta. En ninguna parte se había abierto un camino en la nieve, ni un poco de humo se elevaba de la chimenea. Se arrastró hasta subir al techo y gritó:
 
- ¡Rosa, a ver si puedes alcanzarme una pala a través de la puerta!
 
La perra lanzó un lastimero aullido en la habitación, única respuesta. Y cuando el agricultor volvió a llamar a su esposa a gritos, la perra saltó a la ventana desde el interior y la rascó con sus patas. El comenzó a preguntarse entonces si su esposa no estaría enferma. Y, sintiendo cierta aprensión, atacó la nieve como enloquecido. Tuvo que apartarla con las manos, tarea lenta, pero finalmente consiguió limpiar un espacio suficiente alrededor de la puerta como para introducirse.
 
Cuando llegó a la parte superior de la escalera, la perra saltó sobre él frenéticamente, aullando con amargos acentos, como si alguien le pisara sin cesar la cola. La oscuridad del invierno había caído temprano y en el interior había una negrura de pez; las ventanas se encontraban cubiertas de nieve. Pero no había dado siquiera un paso cuando su pie tropezó contra algún obstáculo inusitado. Maldijo, como era su hábito cada vez que perdía el pie... ¿Contra qué demonios había tropezado?
 
Necesitó un rato largo para encontrar los fósforos, y cuando los encontró, descubrió que la lámpara estaba vacía, la mecha consumida, el globo negro de humo. Pero, cuando llenó la lámpara y la mecha volvió a arder, le fue posible, incluso con tan débil luz, entrever ciertos indicios de lo que había ocurrido en Casa Estival durante su ausencia. Era su esposa. Yacía allí, muerta, en medio de su sangre congelada. Parecía como que se hubiese bajado de la cama para buscar algo y, demasiado débil para volver a meterse en ella, se hubiera desmayado. Tenía en la mano una toalla húmeda, empapada en sangre. El estado del cuerpo demostraba claramente lo que había sucedido. Y cuando Bjartur miró la cama, hacia la cual saltó repentinamente la perra, vio, asomando por debajo del vientre del animal, una carita pardusca, arrugada, con los ojos cerrados, como la de un viejo recién nacido, y sobre esa cara pasaban leves estremecimientos, débiles y espasmódicos, y de ese ser desdichado surgían, si Bjartur no escuchó mal, uno que otro gemido tenue. La perra trataba de tenderse lo más completamente que le era posible sobre el cuerpecito que había tomado bajo su guarda y darle lo único que tenía: la tibieza de su cuerpo piojoso, hambriento y extenuado. Cuando Bjartur se aproximó para mirar más de cerca, el animal desnudó los dientes, como para hacerle entender que no era él el dueño del niño. La madre había envuelto a la desdichada criatura en un trapo de lana, en cuanto hubo cortado el cordón, y probablemente se levantó de la cama para calentar un poco de agua con que bañarla, porque en la cocina había una olla llena de agua, hacía mucho tiempo congelada sobre el fuego muerto. Pero el niño se aferraba aún a la vida en el calor del cuerpo del animal.
 
Bjartur levantó del suelo el cadáver de su esposa y, luego de depositarlo en la cama vacía que estaba frente a la suya propia, le limpió la sangre como pudo. Le costó muchos esfuerzos enderezar el cuerpo de Rosa, porque los miembros se habían endurecido en la posición en que murió. Los brazos se negaban obstinadamente a cruzarse sobre el pecho; los ojos turbios no querían cerrarse, especialmente el derecho, el que tenía la catarata -nuevamente su obstinación-. Pero Bjartur se tenía menos confianza aún para lo que era ahora de mayor importancia: avivar la chispa de vida que todavía quedaba en el recién nacido. Esto le puso a él, el hombre independiente, en un aprieto nada despreciable, porque se necesitaban manos expertas, probablemente manos femeninas; él no se atrevía a tener nada que ver con ello. ¿Debería pedir ayuda a otras personas? Lo último que trató de grabar en la mente de su esposa fue la necesidad de no pedir colaboración ajena... un hombre independiente que recurre a otras personas en busca de ayuda, se entrega en manos del archienemigo. Y ahora esa misma humillación recaería sobre él, Bjarturde la Casa Estival. Pero en ese momento no dudó más: estaba decidido a pagar lo que se le pidiese.


Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

lunes, 9 de octubre de 2017

Eclipse: LUZ DEL MUNDO, de Halldór Laxness

 
(Fragmento del capítulo 14)
 
A pesar de eso trajo La isla Felsenburg al día siguiente, a media tarde, cuando no quedaba nadie más en el desván. La expectativa en sus ojos era como un océano. Ella casi sonrió por un momento ante la vista de esos enormes ojos repletos de ansiedad; entonces se sentó en la orilla de su cama y abrió el libro. No, a él no le estaba permitido sostenerlo. Era obvio por su grosor que se trataba de un libro extremadamente cristiano, sin embargo, tenía la capacidad de llenar el corazón con inquietud y dejarlo en ascuas.
 
«Yo, Julio Eberhard, vi la luz primera de este mundo en el año 1706, durante el gran eclipse, que llenó a mi padre, quien era un rico mercader, y a las demás personas, con gran temor».*
 
Se escucharon pasos en la planta baja y de repente ella detuvo la lectura y no avanzó más.


Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1955.

* Aquí es posible la lectura del párrafo completo con que da principio La isla Felsenburg.