Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 25 de noviembre de 2023

Eclipse solar: URANIA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse..."

(Fragmento de Anthony Martin, el consejero)

Entonces me volví, me fui a lo alto del pueblo, para esconder mi cólera y mi emoción. Ahora, ya no puedo hablar, ya no quiero decidir. Soy demasiado viejo, mi corazón está enfermo, mi alma también. Quiero volverme un vejete inútil al que se va a mendigar por las rutas titubeando, con un palo de escoba en la mano a modo de bordón.
 
Ya echo de menos el cielo de Campos. En mi país, en Oklahoma, a menudo el cielo está bajo. Allá no se puede leer todas las noches las estrellas, los cúmulos pálidos, los soles en eclipse, los gigantes lejanos en su halo rojo, todas esas figuras con las que he vivido, el Arado, el ojo de la osa Dubhe, su cola, su flanco, la gacela Talitha a la que caza y hace volar el polvo brillante con cada uno de sus saltos, y ése es el nombre que yo le había dado a Hoatu cuando ella llegó, debido a su manera de correr con los pies desnudos entre las rocas de la montaña, y Cristian siempre detrás de ella porque estaba enamorado. ¿Ellos se acordarán tal vez de todo eso por amor a mí?
 
Altais, la serpiente enroscada, su ojo Rastaban. Y Thuban que fue el centro del universo antes que la estrella polar, hace diez mil años.
 
¿Qué queda del país donde yo nací? ¿Alguien me espera allá? Me fui hace mucho tiempo, todos aquellos que conocí se han muerto, o bien me han olvidado.
 
 
J. M. G. Le Clézio: Jean Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 13 de septiembre de 2022

Septiembre: EL BUSCADOR DE ORO, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"... estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza..."

(Fragmentos del capítulo Somme, verano de 1916)

A comienzos de septiembre nos unimos al V Ejército del general Gough y, con los que han quedado bajo las órde es de Rawlinson, nos encaminamos todavía más al sur, hacia Guillemont. Por la noche remontamos la vía férrea hacia el noreste, en dirección a los bosques. Están a nuestro alrededor, todavía más sombríos, amanazadores: el bosque de Trônes, a nuestra espalda, el bosque de Leuze, al sur y. ante nosotros el bosque de los Bouleaux. Los hombres aguardan, en la tranquilidad de la noche, sin dormir. Creo que ninguno de nosoros puede evitar pensar en lo que, antes de esta guerra, existía aquí; esta belleza, estos bosques de inmóviles abedules donde se escuchaba el grito de la lechuza, los murmullos de los arroyuelos, los saltos de los conejos silvestres. Esos bosques donde van los amantes, después del baile, con la hierba tibia todavía por la luz del día, donde los cuerpos se abrazan y ruedan riendo. Los bosques, por la noche, cuando de los pueblos suben las azuladas humaredas, tan tranquilas, y se ven en los senderos las siluetas de las viejecitas recogiendo leña.

(... en la jornada del quince de septiembre...)

Comienzan las pesadas lluvias de invierno. Las aguas del Somme y del Ancre invaden las riberas. Estamos prisioneros en las trincheras conquistadas, hundidos en el barro, agazapados en improvisados refugios. Hemos olvidado ya la embriaguez de los combates que nos han llevado hasta aquí, Hemos conquistado Guillemont, la granja de Falfemont, Glinchy y, en la jornada del quince de septiembre, Morval, Gueudecourt, Lesboeufs, rechazando a los alemanes hacia sus trincheras de reta- guardia, en lo alto de los ribazos, en Bapaume, en el Transloy. Ahora estamos prisioneros de las trincheras, al otro lado del río, prisioneros de las lluvias y del barro. Los días son grises, fríos, nada ocurre.

Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francés con ciudadanía mauritana, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

martes, 8 de febrero de 2022

Las estrellas de los reyes magos según Elfriede Jelinek y Le Clézio

"Miren allí... 'No es Betelgeuze en lo más alto de Orión? ¡Y los tres Reyes Magos!"

Elfriede Jelinek y J. M. G. Le Clézio recibieron el premio Nobel de literatura en 2004 y 2008, respectivamente, y ambos refieren a los reyes magos en dos de sus novelas.

La autora austriaca en lengua alemana, la hace en su obra más difundida: La pianista (Die Klavierspielerin), también conocida como La maestra de piano. En el extenso segundo capítulo, que además es el último, para una cita de la protagonista con el personaje de nombre Walter Klemmer, ella "Quiere deslumbrar al hombre en la medida de sus posibilidades" y con ese fin adquiere la indumentaria para el caso: "La madre regaña a Erika porque además del traje se ha comprado un nuevo sombrero de vaquero con una cinta y un pequeño lazo de la misma tela que el sombrero, mediante el cual se lo amarra por debajo del mentón, para que no le vuele con el viento". Durante el encuentro, tratando de impresionar al hombre, "lo único que consigue es despertar sus inclinaciones más bajas". El párrafo que menciona a los reyes magos es el siguiente:

"Erika hace amagos de partir, ya en una, ya en otra dirección. De este modo pone en evidencia su indecisión. Klemmer se percata de ello y se siente orgulloso de ser la causa de su turbación. Le echará una mano para que pueda parir decisiones. Cuidadosamente le quita el sombrero de vaquero a su presa. Qué malagradecido con este sombrero que sobresalía por encima del tumulto como un noble indicador del camino, la estrella matutina de los tres Reyes Magos, un sombrero que nadie deja pasar sin rendirle el correspondiente tributo de burla. Uno ve este sombrero y se siente contrariado, aun cuando no siempre se culpe al sombrero por la contrariedad."

Jean-Marie Gustave Le Clézio, de nombre kilométrico y prosa exquisita, francés con vocación de trotamundos -lo que le llevó a radicar muchos años en México, a donde llegó por primera vez en 1967 y más tarde, según afirma Yvonne Cansigno en su Semblanza de J.M.G. Le Clézio en México: "se instala en 1975 durante doce años" en "su vieja casona construida en un valle purépecha" de Jacama, en el estado de Michoacán-. Al igual que Jelinek, es en uno de sus trabajos más notables, El buscador de oro (Le chercheur d'or), donde aparece una referencia astronómica a los reyes magos.

"- Miren, allí... ¿No es Betelgeuze, en lo más alto de Orión? ¡Y los tres Reyes Magos! Miren al norte, verán la Osa ¿Cómo se llama la pequeña estrella que está en la punta del Carro, en la lanza?

Miro con todas mis fuerzas. No estoy seguro de verla."

Y tres páginas más adelante:

"Pienso entonces en todos esos nombres, me parece que el cielo nocturno se abre y estoy a bordo de un navío de hinchadas velas, en el mar infinito, bogando hasta las Molucas, hasta la bahía del Astrolabio, hasta Fidji, Moorea. En el puente de este navío, antes de dormirme, veo el cielo como jamás lo he visto nunca, tan grande, azul oscuro sobre el mar fosforescente. Paso con lentitud al otro lado del horizonte y bogo hacia los Reyes Magos, hacia la Cruz del Sur."

Apenas un par de breves alusiones que he decidido incluir en esta recopilación por respeto al prestigio de dos autores merecedores del premio Nobel. Ni más ni menos.

Jules Etienne

Elfriede Jelinek (Austria, 1946). Obtuvo el premio Nobel en 2004.

Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francés con ciudadanía mauritana, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

La ilustración corresponde a las estrellas Alnitak, Alnilam y Mintaka,
conocidas como los tres Reyes Magos, en la constelación de Orión.

viernes, 14 de agosto de 2020

Epidemias: LA CUARENTENA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio


(Fragmento del diario del botánico, 28 de mayo)

Dos hombres habían sido desembarcados antes que nosotros y llevados directa- mente al edificio de la enfermería, situado cerca del dique, frente al islote Gabriel. Se trataba de un pasajero, monsieur Tournois, y de un miembro de la tripulación llamado Nicolas, ambos embarcados ilegalmente en Zanzíbar, y tan gravemente enfermos que las autoridades sanitarias de Port-Louis habían negado la libre plática al capitán Boileau. Jacques, que examinó de cerca al marinero Nicolas, me confesó que presentaba todos los síntomas de las viruelas confluentes.

Julius Véran es el prototipo del mal compañero de viaje, aquel que uno preferiría evitar. A bordo del Ava me cruzaba con él cada día en la cubierta, desde que zarpamos de Marsella. Es un hombre guapetón de unos cincuenta años, de espeso bigote y cabello negro y corto, con aspecto de suboficial de la guardia o de tratante de caballos. Su mala reputación se propagó por el barco y lo volvió caricaturesco. Jugador, mujeriego, fanfarrón y estafador, al parecer se había metido en una serie de sucios negocios, por lo que tenía mucha prisa por salir de Francia. Dice ser negociante de vinos, de viaje a Port Louis para montar un negocio de importación de vinos franceses. A Jacques, desde el primer momento, le dieron mala espina sus aires de grandeza, su exagerada obsequiosidad para con las señoras, su manera de besar la mano de Suzanne. Le puso el apodo de monsieur Véran el Verme: el gusano. El que se juntara con Bartoli -el hombre del que sospechábamos que era el espía de Correos que había informado de nuestra escala en Zanzíbar a las autoridades británicas- no contribuyó a que nos cayera simpático.

Ayer por la noche, cuando Jacques trataba de tranquilizar a Suzanne, oí a Véran el Verme reír con sarcasmo. Cuando le miré, se encogió de hombros y fue a echarse en el fondo de la barraca. A la luz de la lámpara punkah, su rostro blancuzco cruzado por el bigote parecía impasible, pero sus ojos vivaces brillaban con expresión malévola. Permanecí largo rato despierto, para vigilarlo. Había en el suelo una vibración incesante que no lograba reconocer, ora lenta y grave, ora aguda, que me perforaba el oído.

- ¿Escuchas? -pregunté a Jacques. Enderezó la cabeza, tratando de verme en la penumbra-. ¿Escuchas ese ruido? Hace una especie de chi, chi, o más bien, de chun, chun…

Se encogió de hombros. Llegó el sueño como un flujo irresistible que borra todas las miradas y acalla todos los ruidos.


J. M. G. Le Clézio: Jean-Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

(Traducido al español por Thomas Kauf).
La novela completa puede leerse en Los libros de Mario.

martes, 17 de abril de 2018

Nieve: URANIA, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

"Caminaron durante días, sin encontrar caza, luego los sorprendió una tormenta de nieve y se perdieron."

Orandino
 
(Fragmento)

Fuimos a sentarnos debajo de una sombrilla. Preparé dos cafés en la máquina. Raphael tomó el suyo muy dulce. Miraba el azúcar deslizarse desde su cuchara con una diversión infantil. Después me contó: "Ya no vivo más en Campos. Estoy trabajando para ahorrar dinero y seguir viajando. A mi edad, hay que probar de todo, tengo mucho que aprender. ¿No crees? Yo dije: "Y tus amigos? El Consejero, ¿cómo se llama". Anthony. Jadi. Es él quien nos lo pide. Quiere que estemos listos para partir. Dijo que debemos prepararnos para vivir en otra parte. Hay un chico que ya partió, se fue a México, nos ha escrito pata avisarnos que va a casarse con una muchacha de allá."
 
Lo miré sin saber qué decir. Experimentaba una especie de inquietud al pensar que Raphael había abandonado la protección de los altos muros de Campos, que se había lanzado al Valle.

Quizá Raphaël haya adivinado mi sentimiento, porque se puso a hablar de otra cosa.

"¿Ya te he dicho cómo se conocieron mi padre y mi madre?"

Me quedé mirándolo en silencio, así que continuó:

"Mi padre es de la nación innu, del lago Saint-Jean, al norte de Québec, una región en la que no hay caminos, tan sólo bosques y ríos. Cuando tenía veinte años, mi padre se fue durante el invierno a cazar con mi tío en el bosque. Caminaron durante días, sin encontrar caza, luego los sorprendió una tormenta de nieve y se perdieron. Mientras avanzaban para recobrar su camino, mi padre cayó en una trampa para alces y se rompió la pierna. No podía seguir caminando, así que mi tío le construyó un refugio, le dejó los víveres y el aceite para encender fuego y se fue en busca de ayuda. Continuó hacia el sur hasta que encontró una vía férrea, y se trepó al primer tren que transportaba madera hacia el oeste. El tren rodó durante toda una noche, hasta que pasó cerca de un pueblito en el bosque, entonces mi tío saltó del tren y fue a golpear a la puerta de una casa. Un hombre aceptó ir a buscar a mi padre con su trineo. Lo llevaron al pueblo y lo curaron, lo entablillaron y vendaron, porque no había médico en el pueblo. Allí donde lo curaron, mi padre conoció a una muchacha muy bella, de cabellos rubios y ojos azules, y enseguida se enamoró de ella, y ella también estaba enamorada de él. Una vez que estuvo curado, volvió a partir hacia Saint-Jean, pero prometió regresar y se casaron. La muchacha se llamaba Marthe y era mi madre. Se fueron a vivir a Rivière-du-Loup, donde mi padre trabajó en el aserradero, y allí es donde yo nací".
 
Raphael había contado esta historia muy simplemente, sin alzar la voz, se parecía a un cuento de hadas.


J. M. G. Le Clézio: Jean Marie Gustave Le Clézio (Francia, 1940).
Obtuvo el premio Nobel en 2008.

(Traducido al español por Ariel Dilon).

viernes, 24 de enero de 2014

Le Clézio: los veranos de enero en Isla Rodrigues


Para concluir esta breve exploración dedicada a los autores que se refieren al verano desde la perspectiva del hemisferio sur, El buscador de oro, de Le Clézio, es una novela que conjuga demasiados méritos como para no mencionarla. De entre todas las obras, tanto de narrativa como poesía, que hemos revisado durante la semana, esta es la única cuya acción no tiene lugar en Sudamérica, sino en Rodrigues, una de las islas Mascareñas en el Océano Índico.

"El sol está alto ya en el cielo cuando llegamos a la fuente del Boucan, muy cerca de las altas montañas. El calor de enero es pesado, me cuesta respirar bajo los árboles. Atigrados mosuitos salen de sus refugios y danzan ante mis ojos, los veo danzar también en torno a la lanuda cabellera de Denis. En las riberas del torrente, Denis se quita la camisa y empieza a recoger hojas. Me acerco para mirar las hojas de un verde oscuro, cubiertas de una pelusa gris, que recoge en su camisa transformada en bolsa. "Planta sueño", dice Denis. Vierte un poco de agua en la cavidad de una hoja y me la tiende. En la fina pelusilla, la gota permanece aprisionada, como un diamante líquido." (página 36)

"Laure y yo pasamos este último verano, todo el largo mes de enero, leyendo tumbados por el suelo en el desván. Nos detenemos cada vez que se habla de una máquina eléctrica, de una dinamo o incluso, sencillamente, de una lámpara de filamento.

Las noches son pesadas ahora, en la humedad de las sábanas, bajo la mosquitera, hay una suerte de espera. Va a ocurrir algo. En la oscuridad espío del ruido del mar, contemplo, a través de los porticones, la luna llena que se levanta." (página 41)

"Recuerdo mi primer viaje por mar. Fue en enero, creo, porque entonces el calor es tórrido mucho antes del alba y no hay un solo soplo en la Hondonada del Boucan. En cuanto apunta el alba, sin hacer ruido, me deslizo fuera de la habitación. No hay todavía ruidos en el exterior y en la casa todo el mundo duerme. Sólo una luz brilla en la choza del capitán Cook, pero a esta hora no se fija en nada. Mira al cielo gris esperando que se levante el día." (Página 45)

Lo opuesto a lo que sucede durante el mes de julio, en pleno invierno: "Las noches más hermosas son las de julio, cuando el cielo es frío y brillante y se ven por encima de las montañas del Río Negro las más hermosas luces del cielo..." (página 43)

El verano da principio en esas latitudes a finales de diciembre, con el solsticio. "Diciembre: pese a las lluvias que caen cada tarde sobre Forest Side, ese verano es el más hermoso y más libre que he conocido desde hace tiempo." (página 241)

"Le hablé como si nada tuviera que acabar, nunca, y los años perdidos fueran a renacer, en la frondosidad del jardín durante el mes de diciembre, cuando Laure y yo escuchábamos su voz cantarina que nos leía la historia sagrada." (página 278)

Tal vez, cuando Marguerite Duras y Alain Robbe-Grillet encabezaron el movimiento literario llamado antinovela, allá por la década de los años sesenta, pretendían llegar a la pureza descriptiva por sí misma que ha logrado Le Clézio. Con una cualidad que los supera: la delicadeza de su lirismo no resulta estática, sino que envuelve a la acción en sí misma. No se estanca en el mero malabarismo verbal -como sucede, por ejemplo, entre los intentos en nuestra lengua, con La presencia lejana, de Juan García Ponce-. Parecería que Le Clézio alcanza el ideal del sueño proustiano con su prosa impecable y refinada.

Gracias a que la academia sueca le otorgó el premio Nobel de literatura en 2008, los lectores en diferentes lenguas tenemos ahora el privilegio de poder aproximarnos a la obra de Le Clézio.

 
Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Isla Rodrigues durante el verano.

sábado, 5 de octubre de 2013

Ciudadanos del mundo: VOCACIÓN ERRANTE, NI DE AQUÍ NI DE ALLÁ


Ya en otras ocasiones me he referido al concepto de ciudadano del mundo que, al parecer, tuvo su origen en una frase de Sócrates: "No soy ni de Atenas ni de Corinto, soy un ciudadano del mundo". Al margen de las ocupaciones cuya esencia es viajera -como los exploradores, marinos, pilotos aviadores y azafatas o transportistas-, en ese aspecto uno de los oficios más paradójicos es el de escritor. Y es que para serlo se requieren largas jornadas de aislamiento que supondrían una naturaleza sedentaria, sin embargo, es bien sabido que entre los individuos más inquietos se cuentan los escritores. Es raro aquel que nace y muere en el mismo lugar. Casi todos han radicado en distintas naciones en determinada época de sus vidas. Algunos con motivo de sus estudios, otros porque tampoco les es ajeno el desempeño de encomiendas diplomáticas, la mayoría por la mera inquietud de conocer el mundo, y desafortunadamente muchos -más de los que sería deseable-, lo hacemos en un exilio forzoso.

Esto último se debe al papel que los escritores asumen con frecuencia como la voz de una sociedad o de ser también quienes llevan el recuento histórico de una nación. Sabido es que para quienes ejercen el poder siempre resulta incómodo afrontar los juicios sobre su desempeño, la enumeración de sus abusos y hasta recibir las propuestas para enmendar los errores cometidos. El escritor, por esencia, no puede ni debe permanecer en silencio, a reserva de convertirse en cómplice de los políticos y dejar de merecer su condición de conciencia crítica.

Jean-Marie Gustave Le Clézio, francés que recibió el premio Nobel de literatura en 2008, sería el epítome del trotamundos: su infancia transcurrió entre la Francia ocupada de la segunda guerra y Nigeria, luego vivió en Tailandia, México (tradujo Las profecías del Chilam Balam al francés y escribió una tesis sobre la conquista de Michoacán), Panamá, Estados Unidos y, sobre todo, en la remota isla de Mauricio, en busca de sus raíces genealógicas. Por si no fuera suficiente, se casó con una mujer originaria de Marruecos, de nombre Jemia, con quien tuvo dos hijas. Esta es una de sus reflexiones sobre nuestro mundo globalizado:

La condición de extranjero hoy nos define como humanos, pese a que vivimos en sociedades en las que el hogar, las fronteras y las leyes sociales son importantes. Lo que se llama mundialización es el invento de un ser humano nuevo que supera las fronteras y se comunica de diversas maneras nuevas. Un extranjero es alguien que puede imaginar los otros mundos y puede trasladarse a otras civilizaciones. En el mundo actual no existe choque de culturas. Hay un poder central del mundo industrial y tecnológico, pero las culturas se resisten a ese poder y se afirman en su medio. Ese enfrentamiento responde al esfuerzo por sobrevivir.

Francia no tuvo la suerte de países como los de América Central o del Sur, que aceptaron una inmigración sin prejuicios. Alemania, España, Italia y Francia se congelaron en un autorrespeto de su historia, y eso es ilusorio. Ahora construyen murallas mentales para impedir la mezcla, pero ésta es una corriente natural. Son sociedades que se vuelven más racistas, más xenófobas.”

Y así nos encontramos con que entre los españoles que llegaron a México durante la guerra civil, estaban Luis Cernuda, Max Aub, Ramón Xirau y Tomás Segovia -estos dos últimos todavía adolescentes-, mientras que León Felipe decía: "Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo..." A Rafael Alberti no le permitieron desembarcar en Tampico, de otra manera su nombre seguramente se habría unido a los mencionados, en cambio, junto con Gómez de la Serna y Francisco Ayala, se exilió en Argentina. También Antonio Machado tuvo que salir de España, aunque el prefirió permanecer en Europa y quedó enterrado en el poblado francés de Coilloure: "Murió el poeta lejos del hogar/ le cubre el polvo de un país vecino."

Con el ascenso de Hitler al poder, en 1933, Thomas Mann se trasladó a Suiza –donde le había precedido Hermann Hesse-, y después a Estados Unidos, durante la guerra. Adquirió la ciudadanía checoeslovaca, primero, y la estadonidense más tarde, por lo que le retiraron la nacionalidad alemana. Años después de concluida la guerra se le restituyó en forma honoraria en Lübeck, su ciudad natal. Murió, al igual que Hesse, en Suiza. Su hermano Heinrich fue declarado persona non grata por los nazis y logró huír a Francia, para después encontrarse con Thomas en Estados Unidos.

Al igual que los hermanos Mann, el ruso Vladimir Nabokov llegó a radicar en los Estados Unidos durante la guerra, cuando tenía cuarenta años de edad. Y si bien su biografía indica que nació en San Petersburgo y murió en Suiza, su novela más conocida, Lolita, fue escrita en idioma inglés cuando vivía en Ashland, Oregon.

En su discurso de agradecimiento al recibir el premio Nobel de literatura ante la Academia Sueca, en 1971, Pablo Neruda narraba la forma en que tuvo que atravesar los Andes a caballo, para poder salir de Chile rumbo a Argentina. Vivió su exilio primero en París y, sobre todo, en Italia.

Cuando T. S. Eliot obtuvo ese mismo premio en 1948, su nacionalidad era la británica -nació en St. Louis Missouri, en Estados Unidos-. En cambio, Saul Bellow era originario de Lachine, en la provincia canadiense de Québec, pero al recibir el Nobel en 1976, era ciudadano estadounidense.

El colombiano García Márquez se había establecido en México y el peruano Vargas Llosa en Barcelona, cuando a su vez también recibieron el Nobel. Julio Cortázar nació en Bruselas y falleció en París, sin embargo, es uno de los escritores argentinos más destacados del siglo 20. Otro argentino, Jorge Luis Borges, pasó los últimos años de su vida en Suiza -como Chaplin-, donde murió en 1986. El mexicano Carlos Fuentes radicó en Venecia por una corta temporada, después en París cuando ocupaba el cargo de embajador, más tarde se estableció en Londres para finalmente regresar a morir en México, que tampoco era su país natal, puesto que nació en Panamá, lugar en el que su padre desempeñaba un cargo diplomático en 1928. Sus restos reposan en un cementerio parisino al igual que los de Julio Cortázar.

Malcolm Lowry era un inglés que vivía en North Vancouver -al otro lado de la bahía-, durante la época en la que escribió su célebre novela Bajo el volcán, que transcurre durante un día de muertos en la ciudad de Cuernavaca, en México. Por su parte, William Gibson es un estadounidense que reside desde la década de los años setenta en una de las pequeñas islas del estrecho de Georgia (el mismo al que José Emilio Pacheco le dedicó un poema con ese título, ya que radicó en Vancouver en una época de su vida), en esta provincia canadiense de la Columbia Británica –desde la que también escribo la presente crónica-. A él se debe la creación del término hoy de uso común ciberespacio, en su obra de ciencia ficción Neuromante (Neuromantic), la gran ironía del asunto estriba en que tan avanzado futurismo fue creado en una antigua máquina de escribir todavía mecánica.

Y como los anteriores hay numerosos ejemplos más. Es como si los escritores hubiesen venido repitiendo la expresión socrática con la que inicia este texto, a lo largo de todos estos siglos, frase a la que Facundo Cabral parecería haberle puesto música: "No soy de aquí, ni soy de allá".

 
Jules Etienne