Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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martes, 6 de junio de 2017

Carnaval: EL AMANTE BILINGÜE, de Juan Marsé

"... se metía en algún bar del Raval con el acordeón..."

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Pronto llegaron las noches de carnaval y la inquietud de Marés aumentó. Terminaba su jornada laboral y no se iba a casa, se metía en algún bar del Raval con el acordeón colgado al hombro, pedía una bocata y un vaso de vino y sufría ataques de melancolía y de llanto.

Entraba en los lavabos para mirarse en los espejos: en una ciudad esquizofrénica, de duplicidades diversas, pensaba, lo que el ciudadano indefenso debe hacer es mirarse en el espejo con frecuencia para evitar sorpresas desagradables... Alguien, no sabía quien, le seguía a todas partes.

La noche del martes, Marés y Serafín, el chepa, estaban en un bar de las Ramblas bebiendo vino blanco en la barra. Fuera hacía frío, pero no mucho. Serafín iba disfrazado de limpiabotas ramblero y sostenía firmemente con la mano derecha una auténtica caja de betún. Llevaba en el ojo izquierdo el parche que le había prestado Marés y una peluca azabache bastante asombrosa, abundante y rizada, además de patillas y bigote postizo. Parece un niño disfrazado de viejo, pensó Marés.

Olga entró en el bar, besó a Serafín en la mejilla y le dijo:

- Primo, solete, qué disfraz más bonito.
- ¿Te gusta, Olguita?
- Chachi, de verdad.
 
Le corrigió el bigote y volvió a besarle. Ella no iba disfrazada. Llevaba un chaquetón de pieles sobadas que olía suavemente a caramelo y una falda verde abierta en el costado. Cinco minutos antes estaba en la acera del restaurante Amaya discutiendo el precio de un polvo con un cliente. Era una muchacha bajita y culona con perfil de gato. Se sentó en la barra, pero no quiso beber nada. El plan para esta noche era tomar unas tapas y unos vinos por ahí y después llevar a su primo Serafín a la fiesta de disfraces que daba su amiga Rosario.

- Te prometí que lo pasaríamos en grande y vas a ver -dijo Olga palmeando la chepa de Serafín. Te acordarás de esta noche y de la prima Olga.

Pero no parecía muy entusiasmada con la idea. A Marés lo miró con recelo un par de veces. Le preguntó si también iba a la fiesta de Rosario y, al decirles Marés que no, se tranquilizó. Entonces miró al chepa de arriba a abajo con una mirada rápida y furtiva que entristeció a Marés. Luego, de pronto, exclamó ¡mierda, dónde tengo la cabeza!, y se golpeó la frente con una mano. Dijo que se había olvidado de devolverle a una compañera unos dineros que necesitaba de urgencia. Prometió volver en diez minutos. Besó a su primo en las patillas postizas, brincó del taburete y se fue.
 
 
Juan Marsé (España, 1933).

sábado, 7 de abril de 2012

Abril: LA MUCHACHA DE LAS BRAGAS DE ORO, de Juan Marsé

"Enfundadas en ceñidos trajes de faralaes..."
 
(Fragmento del capítulo XXXVIII)
 
7 de abril de 1953
 
El lector atento a cierta quincalla de la prosa recordará tal vez una respingona grupa que, ceñida en elástica tela roja y salpicada de agujas de pino, luego de balancearse en el columpio de los niños, alegró las postrimerías del crispado capítulo XXIII. Esta muchacha tiene todo un porvenir detrás de sí, profeticé ya entonces. Sin embargo, jamás he conocido a una mujer tan frontalmente dispuesta a casarse como fuera y con quien fuera. Creo que debo añadir algo sobre Lali Vera.
 
Coincidí con ella y las demás chicas de los Coros y Danzas a finales de 1949, viajando a bordo del Monte Ayala en una gira artística por Sudamérica. Oficialmente fui como corresponsal de un diario de Madrid, pero en realidad me regalé unas vacaciones. (Lástima que no evoques aquí, siquiera de pasada, las exaltadas crónicas de Indias que enviaste al periódico, tío, aquellas loas cinceladas y patrióticas a las danzas de "nuestras españolitas" con sus trajes regionales.) Durante el viaje de ida, la vistosa granadina había coqueteado a fondo con un conocido periodista de pluma artillera y lenguaje cuartelado que todavía hoy dispara desde El Alcázar. Enfundadas en ceñidos trajes de faralaes, las encabritadas nalgas causaron luego estragos en Buenos Aires, Panamá y Santo Domingo. Y en el viaje de regreso, poco antes de atracar en Bilbao, fue sorprendida en los lavabos en brazos de un joven oficial al servicio de la naviera Aznar, con el cual se casó a los cuatro meses. A partir de entonces, ni mi mujer ni yo volvimos a saber de la bailarina ultramarina.
 
Cuatro años después, la noche del 7 de abril de 1953, me tropiezo casualmente con esa joya forrada de terciopelo barato en un pequeño y espeso bar de Sitges, frente al que paro el coche camino de Calafell, para tomarme un café y una aspirina. Nada más al entrar reconozco la firme grupa dirigiéndose al extremo del mostrador, no menos respingona, pero con un balanceo más pausado, más profesional. Por lo demás, ya no era nuestra Lali; sin fuego en el pelo, con una vaga suciedad en la piel. Pero todo eso no viene a cuento...
 
Juan Marsé (España, 1933)