Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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jueves, 7 de marzo de 2024

Mirándolas dormir: LA INUNDACIÓN DE NORDERNEY, de Isak Dinesen

"Su joven marido estuvo observando su sueño unos momentos..."

(
Fragmento)

Esta noche había vivido como jamás había vivido. Se había enfrentado con la muerte y se había arrojado noblemente a las fauces del peligro por sus semejantes. Había sido el centro de un círculo luminoso; incluso se había casado. No quería perder un solo instante de estas horas intensas. Pero durante los diez últimos minutos se adormilaba una y otra vez, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse despierta, y su joven cabeza daba sacudidas adelante y atrás.

Finalmente consintió acostarse a descansar un poco, y su marido le arregló un lecho en el heno, se quitó la chaqueta y se la echó a ella por encima. Cogida a la mano de él, se quedó dormida, y pareció, en el suelo oscuro, una bellísima imagen en mármol del ángel de la muerte. El perro, que había estado a su lado durante la última hora, la siguió inmediatamente y se aovilló, pegado a ella, con la cabeza en sus rodillas. Su joven marido estuvo observando su sueño unos momentos; pero incapaz de mantenerse despierto más tiempo, se echó, un poco apartado de ella, aunque lo bastante cerca para seguir con su mano cogida. Durante un rato no durmió, sino que unas veces miraba a su esposa y otras a las figuras erguidas de la señorita Malin y el cardenal. Cuando finalmente se durmió, hizo en sueños un movimiento brusco, hacia adelante, de manera que su cabeza casi rozó la de la muchacha, y se entremezclaron sus cabellos sobre la almohada de heno. Un instante después se sumió en el mismo sueño que ella.

Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962).

(Traducido al español por Francisco Torres Oliver y Alejandro Villafranca del Castillo). 

sábado, 10 de septiembre de 2022

Septiembre: LOS SOÑADORES, de Isak Dinesen

"...  no había dama en Inglaterra que la venciese entonces; pero otras se ponía la capucha de lino de las italianas..."

(Fragmento)

Una vez había una fiesta en un pueblo, con farolillos alrededor de una fuente en el anochecer claro. La presenciamos desde un balcón. Varias veces, también, fuimos al mar. Todo esto fue en el mes de septiembre, un buen mes en Roma: el mundo empieza a ponerse marrón, pero el aire es transparente como el agua de montaña, y sorprende que se llene de alondras, y que canten allí, en esa época del año.

A Olalla le encantaba todo esto. Tenía un gran amor a Italia, y muchos conocimientos sobre la buena comida y el vino. A veces se emperifollaba, vistosa como un arco iris, con cachemires y plumas, como la amante de un príncipe, y no había dama en Inglaterra que la venciese entonces; pero otras se ponía la capucha de lino de las italianas, y bailaba en los pueblos al estilo rural. Entonces no había bailarina más fuerte ni más graciosa; aunque ella prefería mucho más sentarse conmigo a ver bailar. Estaba extraordinariamente viva a todas las impresiones. A donde íbamos, observaba muchas más cosas que yo, aunque he sido buen deportista toda mi vida. Pero al mismo tiempo no parecía haber para ella mucha diferencia entre la alegría y el dolor, o entre lo triste y lo agradable. Para ella, las dos cosas eran igualmente bienvenidas, como si considerase que en el fondo eran lo mismo.

Una tarde regresábamos a Roma, hacia la puesta de sol, y Olalla, con la cabeza descubierta, guiaba el caballo manteniéndolo al galope. La brisa le apartaba sus largos y oscuros rizos de la cara, revelándome otra vez la larga cicatriz de una quemadura que, como una pequeña serpiente blanca, le corría de la oreja izquierda a la clavícula. Le pregunté, aunque ya lo había hecho antes, cómo había llegado a quemarse de esa manera. No me contestó; en vez de eso, empezó a hablarme de los grandes prelados y mercaderes de Roma que estaban enamorados de ella; hasta que le dije, riendo, que no tenía corazón. Tras este comentario se quedó callada un rato, mientras seguíamos a gran velocidad, con la luz del sol dándonos de lleno en la cara.

- Sí -dijo por último-; sí tengo corazón. Pero está enterrado en el jardín de una pequeña villa blanca cerca de Milán.

- ¿Para siempre? -pregunté.

- Sí, para siempre -dijo-; porque es el lugar más bonito.

- ¿Qué hay allí -le pregunté, asaltado por los celos-, en esa pequeña villa blanca de Milán, que amerite guardar tu corazón para siempre?

- No lo sé -dijo-. No debe de haber mucho, ahora, ya que nadie limpia el jardín de malas hierbas ni toca el piano. Puede que vivan desconocidos allí, ahora. Pero también hay claridad lunar cuando la luna brilla en lo alto, y las almas de personas muertas.

A menudo hablaba de esa manera vaga y singular, y lo hacía de forma tan graciosa, afable y hasta humilde, que siempre me encantaba. Estaba deseosa de agradar, y se esforzaba todo lo posible; aunque no como la criada que se queda envarada por miedo a causar desagrado, sino como alguien muy rico que te colma de favores volcando sobre ti el cuerno de la abundancia. Como una leona domesticada, de dientes y garras fuertes, que se gana tu favor. A veces me parecía una niña; luego, a continuación, una vieja, como esos acueductos construidos hace mil años que se alzan en la campagna y proyectan sus largas sombras en el suelo, con sus muros majestuosos, antiguos y resquebrajados brillando al sol como el ámbar. Yo me sentía como un ser nuevo y torpe en el mundo, como un niño ridículo junto a ella, en esos momentos; y siempre le encontraba algo que me hacía verla más fuerte que yo. De haberme enterado de que podía volar, y alejarse de mí y del mundo cuando quisiese, me habría causado la misma impresión, creo.

Hasta finales de septiembre no empecé a pensar en el futuro. Entonces comprendí que no podía vivir sin Olalla. Si intentaba alejarme de ella, pensaba, mi corazón correría en su busca como corre el agua pendiente abajo. Así que pensé que debía casarme con ella y llevármela conmigo a Inglaterra.


Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962).

jueves, 2 de junio de 2022

Junio: DESDE ÁFRICA, de Isak Dinesen

"A la noche siguiente se ven centenares y centenares en los bosques."

Las luciérnagas

Aquí en el altiplano, cuando la temporada de lluvias ha terminado, y en la primera semana de junio las noches comienzan a tornarse frías, aparecen las luciérnagas en los bosques.

En un atardecer se pueden ver dos o tres, estrellas solitarias aventureras flotando en el aire transparente, subiendo y bajando como sobre las olas o como si hicie- ran reverencias. Con el ritmo de su vuelo sus linternas diminutas se encienden o apagan. Se les puede atrapar y dejarlas brillar sobre la palma de la mano, despiden una luz peculiar, un misterioso mensaje que torna la piel verde pálido con un hálito a su alrededor. A la noche siguiente se ven centenares y centenares en los bosques.

Por alguna razón se mantienen a cierta altura, a cuatro o cinco pies de la tierra. Resulta imposible no imaginar a una multitud de chiquillos entre seis y siete años que corren en la oscuridad del bosque sosteniendo velas, varitas portadoras de un fuego mágico, saltando y retozando alegremente mientras giran sus pequeñas antorchas. Entonces los bosques se llenan de una vida salvaje y juguetona, en tanto que todo permanece en un perfecto silencio.

Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962).

lunes, 18 de enero de 2021

La tristeza del tercer lunes de enero


Hoy es lo que se ha dado en llamar el lunes triste (Blue Monday), es decir, el día más depresivo del  año. Con ese motivo, en algún enero anterior escribí un texto titulado Propósitos y despropósitos del año nuevo, y en el mismo explicaba: Si bien es una designación por demás discutible, gracias a una fórmula desarrollada por el sicólogo Cliff Arnall, profesor de la Universidad de Cardiff, en el año 2005, en la que mediante una ecuación matemática que incluye media docena de elementos: el clima, las deudas, el lapso transcurrido después de los festejos navideños, el índice de motivación, la sensación de que ha llegado el momento de tomar decisiones y -lo que a mí me parece más simbólico-, el tiempo de confrontar lo que se suele denominar propósitos de año nuevo y que, a estas alturas, ya empezaron a ceder ante la realidad de las costumbres y vicios propios.

Valdría la pena acotar el hecho de que mientras aquí vivimos el invierno boreal, al sur del Ecuador se encuentran en pleno verano, de manera que el factor climatológico, el cual también influye según indica el profesor Arnall, allá no procedería, aunque al igual que nosotros también hayan brindado por el paso del año concluido hacia el que comienza.
 
En El mono epigramático dedicado, como su título sugiere, a reunir mis epigramas, se encuentra uno al que he titulado Augurio:

La cuenta regresiva ha empezado
el último día se sabrá con rigor
si experiencia hemos logrado,
y vivimos otro año mejor.

Considero que la clave de todo radica en la experiencia. Si cada año logramos acumularla, en lugar de envejecer nos iremos haciendo más expertos en el complicado oficio de vivir. "El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza", escribió André Maurois en su novela Climas. El problema es que no siempre existe la disposición de aprender, incorporar lo vivido para modificar conductas, asumir los errores cometidos pero emprender de nuevo el camino procurando que no se repitan. Decía Aldous Huxley en el memorable prólogo de su novela Un mundo feliz (A Brave New World), al referirse al remordimiento crónico como el más indeseable de los sentimientos. "Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse".

Por alguna extraña razón, parecería que forma parte de la condición humana el rechazo a la experiencia. Sobre todo si es ajena. Se nos podrá advertir lo que sucede si hacemos o dejamos de hacer esto o aquello. No importa, necesitamos experimentarlo en carne propia para comprenderlo. Hacemos más difícil el trayecto, en lugar de transitar por la vía más corta o por el lado sombreado de la vereda.

Karen Blixen, la escritora danesa que firmó su obra con el seudónimo literario de Isak Dinesen -y cuya prosa es definida por Vargas Llosa como "una anomalía genial"-, lo ha dicho, por supuesto, mucho mejor que yo. En su relato titulado El mono, que fue publicado en el volumen Siete cuentos góticos, la tía Cathinka le pregunta al pequeño Boris: "¿Qué es lo que cuesta mucho conseguir, se ofrece por nada y casi siempre se rechaza?" El niño escuchaba atento lo que la anciana tenía que decirle: "Experiencia, la experiencia de los viejos". Dicho lo anterior, le ofrece una reflexión acerca de los hijos de Adán y Eva, "si hubiesen estado preparados para hacer uso de la experiencia de sus padres, el mundo se habría comportado sensiblemente mejor desde hace seis mil años".

Jules Etienne

sábado, 28 de abril de 2018

Abril: CUENTO DEL JOVEN MARINERO, de Isak Dinesen

"Simón estaba asombrado de la claridad de estas noches de abril."
 
(Fragmento)

A los grandes mercados de arenque de Bodo acudían barcos de todos los rincones del mundo: había barcos suecos, finlandeses y rusos: un bosque de mástiles; y en la playa, un tumultuoso y heterogéneo despliegue de vida, donde se oían muchas lenguas y se suscitaban tremendas peleas. Se habían instalado puestos de venta en la playa, y los lapones, gente pequeña y amarilla, de movimientos sigilosos y ojos vigilantes, a la que Simón no había visto en la vida, bajaban a vender artículos de piel adornados de cuentas. En abril, el cielo y el mar eran tan claros que resultaba difícil mantener la vista frente a ellos -salados, infinitamente anchos y poblados de chillidos de aves-, como si alguien estuviese afilando incesantemente cuchillos invisibles en todas partes, arriba en el cielo.
 
Simón estaba asombrado de la claridad de estas noches de abril. No sabía geografía, y no lo atribuía a la latitud, sino que lo consideraba un signo de buena voluntad del universo, un favor. Simón había sido toda su vida bajo de estatura para su edad, pero este último invierno había dado un estirón y se había hecho fuerte de miembros. Esta suerte, pensaba, debía de proceder de la misma fuente que la bondad del tiempo, de una nueva benevolencia del mundo. Había estado necesitado de este estímulo, dado que era tímido por naturaleza; ahora no pedía más. El resto consideraba que era cosa suya. Se movía lenta, orgullosamente.
 
Una tarde bajó a tierra con permiso, y se acercó al puesto de un pequeño comerciante ruso, un judío que vendía relojes de oro. Todos los marineros sabían que eran de falso metal y que no funcionaban, aunque los compraban y los exhibían con ostentación. Simón estuvo contemplando un buen rato estos relojes, pero no compró ninguno. El viejo judío exhibía diversas mercancías en su puesto; entre ellas, una caja de naranjas. Simón las había probado en sus viajes; compró una y se la llevó. Quería subir a una colina desde donde poder ver el mar, y comérsela allí.
 
Siguió andando; y al llegar a las afueras del pueblo vio a una niña con un vestido rojo, de pie al otro lado de una cerca, mirándole. Tendría trece o catorce años; estaba delgada como una anguila, pero tenía una cara redonda, alegre, pecosa y un par de trenzas largas. Se miraron mutuamente.
 
- ¿A quién esperas? –preguntó Simón, por decir algo.
 
La cara de la niña esbozó una sonrisa extática, presuntuosa:
 
- Al hombre con quien me voy a casar, naturalmente -dijo.
 
Había algo en su semblante que hizo que el muchacho se sintiese confiado y feliz; le sonrió un poco.
 
- A lo mejor soy yo -dijo él.
 
- ¡Ja, ja! —rió la niña—; es unos años mayor que tú, para que te enteres.
 
- ¿Cómo es eso? -dijo Simón-; pues tú no eres tan mayor.
 
La niña negó con la cabeza solemnemente.
 
- No –dijo-; pero cuando lo sea, seré guapísima, y llevaré zapatos marrones con tacones y un sombrero.
 
- ¿Quieres una naranja? –preguntó Simón, ya que no podía darle ninguna de las cosas que ella había mencionado. La niña miró la naranja y luego a él-. Están muy buenas -dijo él.
 
- Entonces ¿por qué no te la comes tú? -preguntó ella.
 
- Yo he comido muchas ya -dijo él-, cuando estaba en Atenas. Aquí, ésta me ha costado un marco.
 
- ¿Cómo te llamas? -preguntó ella.
 
- Me llamo Simón -dijo él-. ¿Y tú?
 
- Yo, Nora -dijo ella-. ¿Qué quieres a cambio de tu naranja, Simón?
 
Cuando oyó su nombre en boca de ella, Simón se volvió audaz.
 
- ¿Quieres darme un beso, a cambio de la naranja? -preguntó.
 
Nora le miró seria un momento.
 
- Sí –dijo-; no me importa darte un beso.
 
Simón notó que le entraba un calor como si hubiese estado corriendo. Cuando la niña extendió la mano para que le diese la naranja, se la cogió. En ese instante la llamó alguien desde la casa.
 
- Es mi padre -dijo, y trató de devolverle la naranja; pero él no lo consintió-. Pues vuelve mañana –dijo ella-; entonces te daré el beso -y echó a correr. Él se quedó viéndola marcharse, y poco después regresó al barco.
 
Simón no tenía costumbre de hacer planes para el futuro, y no sabía si volvería para verla o no.
 

Isak Dinesen: Baroness Karen Christenze von Blixen-Finecke 
(Dinamarca, 1885-1962).
 
La ilustración corresponde a uno de los embarcaderos en el puerto de Bodo, Noruega.

lunes, 10 de agosto de 2015

Venecia: FARAH Y EL MERCADER DE VENECIA, de Isak Dinesen

El mercader de Venecia: acto IV, escena primera.

Una vez un amigo me escribió desde mi país y me describía una nueva escenificación de El mercader de Venecia. Por la tarde leí la carta una y otra vez, la obra fue adquiriendo vida para mí y me parecía que llenaba la casa, así que llamé a Farah para hablar con él y explicarle el argumento de la comedia.
 
A Farah, como a todas las personas de sangre africana, le gustaba escuchar un cuento, pero sólo cuando estaba seguro de que él y yo estábamos solos en la casa consentía en escucharlo. Yo narraba y él escuchaba, cuando los sirvientes habían vuelto a sus cabañas y cualquiera que anduviera por la granja, mirando por las ventanas, hubiera creído que estábamos discutiendo asuntos domésticos, Farah inmóvil de pie, al otro lado de la mesa, con sus graves ojos en mi rostro.
 
Farah siguió atentamente los asuntos de Antonio, Bassanio y Shylock. Era un asunto grande y complicado, de algún modo al margen de la ley, algo muy real para un somalí. Me hizo una o dos preguntas sobre la cláusula de la libra de carne; estaba claro que le parecía un trato excéntrico, pero no imposible; los hombres podían dedicarse a ese tipo de cosas. Y aquí la historia comenzaba a oler a sangre, su interés creció. Cuando Portia apareció en escena aguzó los oídos; me imagino que la veía como a una mujer de su propia tribu, Fátima, con todas las velas desplegadas, hábil e insinuante, más lista que cualquier hombre. Las gentes de color no toman partido en un cuento, el interés para ellos reside en lo ingenioso de la trama; y los somalíes, que en la vida real tienen un sólido sentido de los valores y un don de indignación moral, se olvidan de eso en las ficciones. Las simpatías de Farah estaban con Shylock, que prestaba el dinero; le repugnaba su derrota.
 
- ¿Cómo? -dijo-. ¿Por qué renunció el judío a su exigencia? No debía haberlo hecho. Le debían la carne, era muy poca para tanto dinero.
 
- ¿Pero qué otra cosa podía hacer -le pregunté- cuando no podía derramar ni una sola gota de sangre?
 
- Memsahib -dijo Farah-, podía haber usado un cuchillo al rojo vivo. Así no sale sangre.
 
- Pero -le dije- no le permitían tomar más que una libra, ni más ni menos.
 
- Y qué -dijo Farah-, ¿se asustaría por eso precisamente un judío? Podía haber ido cogiendo pedacitos cada vez, con una balanza pequeña en la mano para ir pesando, hasta que tuviera justamente una libra. ¿Es que el judío no tenía amigos que le aconsejaran?
 
Todos los somalíes tienen en su talante algo extraordinariamente dramático. Farah, con un ligero cambio en el aire y en la actitud, había tornado un aspecto peligroso, como si de verdad estuviera en el Tribunal de Venecia, dando ánimos a su amigo o socio Shylock frente a la muchedumbre de amigos de Antonio y al mismísimo Dux de Venecia. Sus ojos inquietos miraban de arriba abajo al Mercader que estaba delante de él, con su pecho desnudo ofreciéndose al cuchillo.
 
- Mira, Memsahib -dijo-, podía haber cogido pedazos pequeños, muy pequeños. Podía haberle hecho sufrir mucho bastante antes de coger la libra de su carne.
 
Dije:
 
- Sí, pero en el cuento el judío renuncia.
 
- Sí, pero fue una gran lástima -dijo Farah.
 
 
   
Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)
 
La ilustración corresponde a la Escena del juicio, óleo de Richard Smirke.

viernes, 20 de junio de 2014

Espejos (50): LOS CAMINOS DE LOS ALREDEDORES DE PISA, de Isak Dinesen

"...en un centenar de espejos, cada uno de los cuales deforma y pervierte tu cara y tu figura..."
 
I. El pomo de perfume
 
(Fragmento)

Cuando era estudiante, mis amigos solían reírse de mí porque tenía la costumbre de mirarme en los espejos, y de decorar con espejos mis habitaciones. Lo atribuían a mi vanidad personal. Pero en realidad no era eso. Me miraba para ver cómo era. El espejo le dice a uno la verdad sobre sí mismo. Recordó, con un estremecimiento de repugnancia, cómo de niño lo habían llevado a visitar la sala de los espejos del Panoptikon de Copenhague, donde te ves reflejado a derecha e izquierda, en el techo e incluso en el suelo, en un centenar de espejos, cada uno de los cuales deforma y pervierte tu cara y tu figura de maneras diferentes -acortándola, alargándola, ensanchándola, comprimiéndola, y conservando, no obstante, cierta semejanza-, y pensó cuán parecida a eso era la vida real. Tu propio yo, tu personalidad y existencia, se reflejan en el espíritu de cada una de las personas con las que te relacionas y convives a la manera de un retrato, de una caricatura de ti mismo que se nutre de tu verdad y, en cierto modo, pretende encarnarla. Incluso un retrato favorecedor es una caricatura y una mentira. Un espíritu amistoso y comprensivo como el de Karl, pensó, es como un espejo veraz para el alma, y eso es lo que hace tan preciosa para mí su amistad. Y el amor debería serlo aún más. Significaría, en los caminos de la vida, la compañía de otro espíritu en el que se reflejarían tus propias venturas y desventuras, probándote que no todo es ensueño. La idea del matrimonio ha sido para mí la presencia en mi vida de alguien con quien poder hablar mañana de las cosas que sucedieron ayer.
 
 
Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)

viernes, 8 de marzo de 2013

Para hablar de las mujeres poetas un 8 de marzo


Hoy es 8 de marzo, día internacional de la mujer, y además es viernes. Asegura Isabel Allende en Afrodita: "El viernes se supone que es el día de la mujer, los otros seis pertenecen al hombre". Y es que su etimología indica que proviene del latín, Veneris dies, el día de Venus, la diosa del amor y la belleza según la mitología romana, equivalente de la griega Afrodita, que es precisamente el título de la ecléctica obra referida.

Decía Karen Blixen -o Isak Dinesen, que al fin y al cabo era su seudónimo literario-, nacida a finales del siglo antepasado, en 1885, que sería glorioso el día en el que las mujeres fuesen reconocidas como seres auténticos y tuviesen el mundo a su disposición, le faltó rematar precisando: tal y como les sucede a los hombres. Sin duda se refería a la necesidad de las mujeres, durante la época en que le tocó vivir, de tener una presencia masculina a su lado para adquirir respetabilidad. Por eso las jóvenes huérfanas Lucan y Zosine, protagonistas de su novela Vengadoras angelicales, asumen que deberán mantenerse de pie "contra todo el mundo".

Ya Sor Juana Inés de la Cruz, desde el siglo XVII, señalaba la necedad masculina en aquella famosa redondilla: "Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis". Poema que satiriza la insistencia de los hombres cuando tratan de seducir a una mujer sin admitir su cuota de responsabilidad, para después culparla por la ligereza de haber accedido a sus peticiones.

Margaret Atwood en su novela Tengo hambre de ti, describe a un hombre que se ha casado con su esposa porque "suponía una huída de las mujeres polifacéticas, suntuosas, arteras y contradictorias", y explica la razón: "Quería transparencia, certeza, fidelidad". La descripción viene al caso no sólo por la reconocida postura feminista de dicha autora canadiense, sino porque Alfonsina Storni, aun cuando transcurrieron siglos, recogió en un poema, publicado en 1918, el mismo viejo reclamo de Sor Juana, seguramente dedicado a un hombre que buscaba lo que el personaje de la novela de Atwood:

Tú me quieres blanca

Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.

Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
-Dios te lo perdone-,
me pretendes casta
-Dios te lo perdone-,
¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua:

Habla con los pájaros
y llévate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.

Esta fecha coincide también con el aniversario del natalicio de Juana de Ibarbourou (marzo 8 de 1892), la poeta uruguaya a quien se le conocía de manera coloquial como Juana de América. Originalmente pensé en su poema titulado Marzo, el cual se incluye en la segunda parte (Claros caminos de América) del volumen La rosa de los vientos. Sin embargo, este otro titulado precisamente Mujer, en el que lamenta los límites de la condición femenina en sus tiempos -la primera mitad del siglo XX-, me parece más oportuno. 

Si yo fuera hombre ¡qué hartazgo de luna
de sombra y silencio me había de dar!
¡Cómo, noche a noche, solo ambularía
por los campos quietos y por frente al mar!
Si yo fuera hombre ¡Qué extraño, qué loco,
tenaz vagabundo había de ser!
Amigo de todos los largos caminos
que invitan a lejos para no volver!

Cuando así me acosan ansias andariegas
¡Qué pena tan honda me da ser mujer!


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Venus y las ninfas tomando un baño (1776),
de Louis Jean Francois Lagrenée

martes, 22 de enero de 2013

Páginas ajenas: EL FESTÍN DE BABETTE, de Isak Dinesen


(Fragmento que corresponde a la nevada al final de la cena)

Cuando finalmente se disolvió la reunión, había cesado de nevar. El pueblo y las montañas tenían un resplandor blanco, ultraterreno, y en el cielo brillaban miles de estrellas. En la calle, la nieve era tan espesa que resultaba difícil caminar. Los invitados de la casa amarilla se fueron a pie y andaban haciendo eses, se caían sentados o sobre las manos y las rodillas, y se levantaban cubiertos de nieve, como si se hubiesen lavado los pecados y hubieran quedado tan blancos como la lana; y con este vestido de inocencia recobrada andaban retozando como corderos. Era maravilloso para todos ellos haberse vuelto como niños; era bienaventuradamente gracioso ver a los Hermanos que tan en serio se tomaban entre ellos, inmersos en esta especie de segunda niñez celestial. Daban traspiés, se enderezaban, caminaban o se quedaban parados, formando a veces una gran cadena de beatíficos lanciers.

- ¡Benditos, benditos sean!, resonaba por todas partes como un eco de la armonía de las esferas.

Martine y Philippa permanecieron largo rato en la escalera de piedra del portal. No sentían frío. "La estrellas están más cerca", dijo Philippa.

- Se acercarán todas las noches -dijo Martine en voz baja-. Es muy probable que no vuelva a nevar más.

En esto, sin embargo, se equivocaba. Una hora después empezaba a nevar otra vez, y cayó una nevada como nunca había caído en Berlevag. A la mañana siguiente, la gente apenas podía abrir sus puertas contra la nieve acumulada. Las ventanas de las casas estaban tan espesamente cubiertas, según se contaba años después, que muchos buenos vecinos ni siquiera se dieron cuenta de que había amanecido y siguieron durmiendo hasta bien entrada la tarde.

Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)