Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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viernes, 2 de junio de 2023

Tampico: LA GUERRA DE LOS PASTELES, de Rafael F. Muñoz

"En una hamaca tendida a la sombra de grandes árboles, dormita en espera del momento..."

(Fragmentos)

1

Allá por el año de 35 desembarcaron frente a Tampico los aventureros contratados por el general José Ignacio Mejía. El coronel Gregorio Gómez los derrotó, capturó a veintitantos, los fusiló. Bien hecho. Dos de ellos, Demoussent y Saucen, eran france- ses.
(...)

7

Su Excelencia el general Santa Anna ha terminado su comida del mediodía. En una hamaca tendida a la sombra de grandes árboles, dormita en espera del momento en que habrán de comenzar las peleas concertadas con unos galleros de Guanajuato. Entre el murmullo de las frondas y de las aguas en corriente, de los ganados y de los peones, en medio de su somnolencia., don Antonio percibe un rumor diferente: como si el mar embravecido hubiera entrado a tierra.

Se incorpora, trata de captar los detalles de ese temblor sonoro que llega envuelto en viento de mar. No le es desconocido, aunque casi lo había olvidado. Le basta medio minuto para identificarlo y para comprender lo que sucede. Es el cañón que truena.

Mientras el temblor arrecia, coro de doscientas voces de cañón, el Excelentísimo hace un balance de sí mismo: el gobierno lo posterga y lo humilla; el presidente, los ministros, los generales, los políticos o le odian, o le desprecian, o le envidian. El pueblo, entretenido con la serie de sublevaciones que tienden a mejorarlo, pero que lo empeoran, ha olvidado ya Tampico y El Alamo. Los periódicos, de vez en cuando, hincan el diente en su vida privada, sus gallos, sus aventurillas. Parece que la nación entera le ha vuelto la espalda.

Rafael Felipe Muñoz (México, 1899-1972).

domingo, 27 de noviembre de 2022

Letras de la revolución: ¡VÁMONOS CON PANCHO VILLA!, de Rafael F. Muñoz


(Fragmento del capítulo Becerrillo)

«¡Vámonos con Pancho Villa!», había dicho a Miguel Ángel un ranchero de San Pablo, llamado Tiburcio Maya, en quien muchos hombres del rumbo habían encontrado ciertas dotes de cabecilla, y lo declararon su guía en un intento de unirse a la Revolución. «¿Pancho Villa?» «Sí, él es el jefe: muy atrevido y muy valiente, entró de los Estados Unidos en marzo con ocho hombres, y ahora tiene más de mil, bien armados y bien montados…» Tiburcio le explicó cómo habían sido derrotados los soldados del Gobierno en varios encuentros, le dijo por qué era que peleaban los revolucionarios, y le aconsejó que dinamitara el puente.

Cuando Miguel Ángel surgió de las aguas del río, aún trémulas por el estallido, cinco hombres montados lo esperaban, teniéndole preparado un caballo con silla. Y dejando atrás el humo de la explosión, que manchaba la tarde, se fueron en busca de Francisco Villa, hasta encontrarlo: treinta y cuatro años de edad, cien kilos de peso, cuerpo musculoso, como una estatua. Su mirada parece desnudar las almas: sin interrogar, averigua y comprende. Es cruel hasta la brutalidad, dominante hasta la posesión absoluta. Su personalidad es como la proa de un barco, divide el oleaje de las pasiones: o se le odia, o se le entrega la voluntad, para no recobrarla nunca.

Ante él se presentaron expresándole su deseo de unirse a la Revolución. ¿Por qué? Por la intuición vaga de que iban a luchar por una causa que les favorecía. Ellos mismos no sabían a punto cierto qué quería la Revolución, pero cada cual tenía sus motivos de queja y sus deseos de una situación mejor. Sus odios, sus deseos de venganza, sus anhelos de mejoramiento económico, todo creían poderlo satisfacer.

«¡La Revolución!». La sonoridad del grito arrastra a los espíritus rebeldes. Y los hombres acostumbrados a la vida armada del campo, donde a tiros se defiende una milpa contra los ladrones de elotes, a tiros se disputa un caballo salvaje si más de un jinete lo persigue, a tiros se vive y a tiros se muere, esos rancheros fueron de una vez a disputarse en la Revolución, no una mazorca o un potro, sino un derecho a la vida más alto. Ellos no habían sido peones nunca, y no iban como éstos a la Revolución con el solo deseo de un pedazo de tierra que llamar propio. «Entonces, los ayudaremos…» ¡A tiros!

Rafael Felipe Muñoz (México, 1899-1972).

jueves, 17 de noviembre de 2022

La novela de la revolución mexicana


Existen definiciones académicas de lo que se pudiera considerar la denominada novela de la revolución mexicana, como la de Antonio Castro Leal que, en mi ciriterio, son taxativas. Rescato de ella el hecho de que "se ocupan de las acciones militares y populares", aunque no tanto del lapso en el que transcurren: "del 20 de noviembre de 1910 hasta el 21 de mayo de 1920, con la caída y muerte de Venustiano Carranza." Eso dejaría fuera de la clasificación a obras como La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán o Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia, ya que en ambos casos se trata de militares surgidos de la revolución dedicados a una actividad política posterior, aunque no exenta de rebeliones y ejecuciones. Lo que Martín Luis Guzmán llamaba: "la revolución hecha gobierno". Carlos Monsiváis, en cambio, es bastante más enfático en cuanto a su esencia al señalar la visión pesimista que impregna lo mismo Los de abajo, de Mariano Azuela, que La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes.

No es el objetivo en este breve texto, una enumeración acuciosa de las novelas que se incluyen dentro de este tema, de manera arbitraria se pueden mencionar algunas de las más notables, como sería el caso de los relatos El compadre Mendoza, de Mauricio Magdaleno y Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz, que resultaron ambas dos de las películas más significativas en la filmografía de Fernando de Fuentes. También sería posible elaborar una extensa lista de autores que incluiría a Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos, José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, o Nellie Campobello, entre otros. Sin pasar por alto la novela de Clifford Irving, escrita originalmente en inglés, Tom Mix y Pancho Villa.

Pero quisiera referirme, de manera muy breve, a tres novelas: El águila y la serpien- te, de Martín Luis Guzmán; Los relámpagos de agosto, de Jorge Ibargüengoitia; y Gringo viejo, de Carlos Fuentes.

Se encontraba Martín Luis Guzmán en su destierro en Madrid -tras haberse opuesto a la elección de Plutarco Elías Calles como presidente de la república, ya que decía que un "clan de asesinos" se había adueñado del poder-, escribiendo para El Debate, cuando inició en 1928 las entregas de Bajo la sombra de Pancho Villa (episodios de la revolución mexicana), a la manera de los folletines del siglo XIX, que al publicar ya en forma de libro quiso llamar A la hora de Pancho Villa, pero fue Vicente Blasco Ibáñez quien lo convenció de modificar el título por el de El águila y la serpiente, dividida en dos partes: Esperanzas revolucionarias y En la hora del triunfo, que reflejaban sobre todo sus propias vivencias en la lucha armada, al lado de Carranza y de Pancho Villa. La novela apareció al mismo tiempo que Obregón fue reelecto presidente, en 1928, y se dice que Calles la quiso prohibir. Por cierto, de acuerdo con Carlos Fuentes en La silla del águila: "Obregón, el vencedor de Pancho Villa, el brillante estratega político, asesinado en un banquete por un fanático religioso en el momento en que alargaba la mano pidiendo, - Más totopos..." (página 380).

Probablemente no existe otra novela sobre el tema que derroche tanto sentido del humor como lo hace Los relámpagos de agosto. Con una visión plena de ironía cuenta las memorias del ficticio general revolucionario José Guadalupe Arroyo. El origen de su título, por cierto, resulta muy simpático: contaba Ibargüengoitia, originario de Guanajuato, que en esa región del Bajío, los relámpagos siempre aparecen por el mismo punto cardinal, excepto durante el mes de agosto. De ahí que cuando alguien se desorienta dicen que "anda como los relámpagos de agosto, a lo pendejo". Y es que, según el autor, así es como andaban los revolucionarios, desorientados.

Gringo Viejo tiene el mérito de ser la primera novela mexicana en figurar en la lista de los diez libros más destacados del New York Times -para tener una idea, sólo otras dos novelas originalmente escritas en español han figurado en dicha lista en los últimos treinta años: La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa, y El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez-. Se inspira en la experiencia real del escritor Ambrose Bierce, desaparecido a finales de 1913, después de unirse a las tropas villistas. En una de sus cartas postreras, Bierce decía que: "Ser un gringo en México, ¡ah!, eso es eutanasia".

Nada más adecuado para concluir que unas palabras de Artemio Cruz -junto con Demetrio Macías-, uno de los personajes literarios más representativos de la revolución: "Y la guerra sin acabarse. Claro que éstas eran las últimas operaciones. Cruzó los brazos sobre el pecho y trató de respirar regularmente. Una vez que dominaran al ejército desbaratado de Pancho Villa, habría paz. Paz."

Jules Etienne