Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 15 de enero de 2022

Día de reyes: LA BUENA FAMA, de Juan Valera

"... y que comerciaba en sedas, perfumes, especierías y piedras preciosas."

(Fragmento del capítulo XII)

Cautivo ya, le llevaron a Damasco; y como el mal olor de la pobreza penetra y ofende las narices más tabicadas, los muslimes que le habían cautivado olieron pronto que nadie daría un ardite por su rescate, y le vendieron a un mercader parsi o güebro, devotísimo de Zoroastro, y que comerciaba en sedas, perfumes, especierías y piedras preciosas. Don Adolfo, que, según hemos dicho, poseía el don de gentes, se ganó a escape el aprecio y el cariño del mercader, tuvo vara alta en su casa y le acompañó en sus viajes. Ambos, embarcándose en una nave que zarpó de Ormuz, traspusieron a la India oriental y visitaron sus más antiguas y magníficas ciudades.

No es del caso referir aquí los inauditos sucesos, los lances de amor y fortuna y las interesantes impresiones de don Adolfo en aquellas regiones del aurora, casi domina- das entonces por los Guridas, que habían suplantado a los indignos y débiles suceso- res de Mahamud de Gasna.

Bástenos saber que don Adolfo se hizo por allí grande amigo de un sujeto muy impor- tante que era ya amigo de su amo. Su buen humor, su despejo y sus chistes cayeron tan en gracia a aquel señor indio, que continuamente quería tener a don Adolfo en su compañía; y como ya era anciano y sin hijos, se dio a querer a don Adolfo como se quiere un padre.

Y fue lo más singular que este señor no era un cualquiera, sino uno de los más prodigiosos sabios y magos que ha habido en Oriente. Gustaba mucho de los cristia- nos, cifrando su mayor gloria en descender del más ilustre de los tres reyes magos que vinieron al portal de Belén. Él se jactaba de ser el cuadragésimo nieto del que nosotros llamamos Melchor, aunque en la India tenía otro nombre. Lo que es yo ni afirmo ni niego esta descendencia; pero no me explico por qué se enfurecía tanto don Prudencio cuando de ella se hablaba. Los reyes magos fueron personas de carne y hueso; y como no consta que hiciesen voto de castidad, bien pudieron dejar sucesión que hasta el siglo XIII se perpetuase.

Juan Valera (España, 1824-1905).

martes, 7 de mayo de 2019

Tu boca: LOS CORDOBESES EN CRETA, de Juan Valera

"Muéstrame tú la cara y yo en pago te enseñaré mis mejores riquezas."

(Fragmento)

En una tarde de primavera entró en el bazar de Abu Hafáz una dama tapada, acompañada de su sirvienta. Aunque él no le vio la cara, admiró la gracia y gallardía de su andar, la esbeltez y elegancia de su talle, cierto inefable prestigio seductor que como nimbo luminoso la circundaba, y la aristocrática belleza de sus blancas, lindas y bien cuidadas manos.

La dama quiso ver cuanto de más rico en el bazar había. Abu Hafáz, lleno de complacencia, fue ofreciendo ante sus ojos, y poniendo sobre el mostrador, mil extraños primores en joyas y en telas. Ella no se saciaba de mirarlas. Era muy curiosa. El mercader le dijo:

- Aún no te he mostrado, sultana, lo más espléndido y peregrino que mi tienda atesora.

- ¿Y para qué lo escondes y no me lo muestras? dijo ella.

- Porque soy interesado y no quiero trabajar en balde. Muéstrame tú la cara y yo en pago te enseñaré mis mejores riquezas.

La dama no se hizo mucho de rogar. Apartó el rebozo, y dejó ver el más bello y agraciado semblante que el mercader había podido ver o soñar en toda su vida. Agradecido y entusiasmado, trajo entonces perlas de Ormúz, diamantes de Golconda y tejidos de seda, venidos del Catay y bordados con tal esmero y maestría, que no parecía labor de seres humanos, sitio de hadas y de genios.

De la mejor y más estupenda de aquellas telas bordadas se prendó la dama incógnita, quiso comprarla, y pidió el precio.

- Es tan cara -dijo el mercader- que acaso no quieras o no puedas pagarla; pero si tienes buena voluntad, la tela te saldrá baratísima.

- Acaba. Di lo que me costará la tela.

- Pues un beso de tu boca -replicó el mercader.

Enojada la dama de aquella irrespetuosa osadía, se cubrió el rostro, volvió las espaldas a Abu Hafáz y salió del bazar seguida de su sierva.

Quiso el mercader seguirla para averiguar dónde moraba y quién era; pero la dama había desaparecido en el laberinto de las estrechas calles.


Juan Valera (España, 1824-1905).

martes, 13 de noviembre de 2018

Día de los muertos: LAS CASTAÑAS, de Juan Valera

"Como era muy temprano y apenas clareaba el día, la calle por donde iba la beata estaba muy sola."

El día de difuntos salió muy de mañana a misa una linda beata, que la noche anterior, según es costumbre en la noche de Todos los Santos, se había regalado, comiendo puches con miel y muchas castañas cocidas.
 
Como era muy temprano y apenas clareaba el día, la calle por donde iba la beata estaba muy sola. Así es que ella, sin reprimirse, con el más libre desahogo y hasta con cierta delectación, lanzaba suspiros traidores y retumbantes, y cada vez que lanzaba uno, decía sonriendo:
 
- ¡Toma castañas!
 
Proseguía caminando, soltaba otros suspiros y exclamaba siempre:
 
- ¡Las castañas! ¡Las castañas!
 
Un caballero, muy prendado de la beata, solía seguirla, hacerse el encontradizo, oír misa donde y cuando ella la oía, y hasta darle agua bendita al entrar en la iglesia, para tener el gusto de tocar sus dedos.
 
Iba aquel día el caballero tan silencioso y con pasos tan tácitos detrás de la beata, que ella no le vio ni sospechó que viniese detrás, hasta que volvió la cara, poco antes de entrar en el templo.
 
- ¿Hace mucho tiempo que viene usted detrás de mí? -dijo muy sonrojada la linda beata.
 
Y contestó el caballero:
 
- Señora, desde la primera castaña.

Juan Valera (España, 1824-1905).