Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
Mostrando las entradas con la etiqueta Kenzaburō Ōe. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Kenzaburō Ōe. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de marzo de 2023

Conejos: LA PRESA, de Kenzaburo Oé


(
Fragmentos)

Morro de Liebre estaba de pie a la entrada de la aldea, en el lugar donde comienza la carretera, y abrazaba a un perro contra su pecho. Arrastré a mi hermano del hombro y cruzamos la densa sombra de un viejo albaricoquero para ir a examinar el animal que Morro de Liebre sostenía en sus brazos.

Morro de Liebre sacudió al perro y lo obligó a gruñir.

- ¡Ven! ¡Mira esto!

Puso sus brazos bajo mi nariz: estaban cubiertos de mordeduras en las que se mezclaban la sangre y los pelos del perro. También en su pecho, así como en su cuello grueso y corto, se veían diversas mordeduras hinchadas como granos.

- ¡Mira! -repitió Morro de Liebre dándose importancia.

- ¡Me habías prometido que iríamos juntos a cazar un perro salvaje! ¡No tienes palabra! -exclamé, anonadado por la sorpresa y el pesar-. ¡Y fuiste solo!

- Te busqué, pero no te encontré... -replicó precipitadamente Morro de Liebre.

(...)

"... se ganaba la vida con la caza del conejo del monte (...) y, los inviernos en que la nieve era abundante..."

No teníamos ningún mueble. Lo único que confería cierta sensación de utilidad a nuestro humilde habitáculo era la escopeta de caza de mi padre, cuyo cañón brillaba débilmente, lo mismo que la culata, que gracias a su reflejo aceitoso parecía de auténtico acero y muy capaz de dejarte el brazo dolorido con su retroceso una vez disparado el tiro. También había, colgando en racimos de las vigas desnudas, pieles secas de comadreja, así como toda clase de trampas. En efecto, mi padre se ganaba la vida con la caza del conejo de monte, de las aves silvestres y, los inviernos en que la nieve era abundante, del jabalí; también ponía trampas y llevaba al ayuntamiento de «la ciudad» las pieles secas de las comadrejas que había atrapado.

(...)


De repente el soldado negro comenzó a gritar, me agarró de los hombros para levantarme y me arrastró hasta el centro de la bodega para que estuviera a la vista de quienes miraban por el tragaluz. Yo no entendía en absoluto los motivos que le llevaban a comportarse así. Innumerables pares de ojos contemplaban, desde lo alto de la abertura, mi humillación; tenía las orejas gachas, como un conejo. Si las pupilas negras de mi hermano humedecidas por las lágrimas hubieran estado allí, estoy seguro de que, de una dentellada, me habría cortado la lengua a causa de la vergüenza. Pero en la abertura del tragaluz sólo había una infinidad de ojos de adulto mirándome.

Kenzaburo Oé (Japón, 1935-2023). Obtuvo el premio Nobel en 1994.
Falleció el día de hoy en la ciudad de Tokio.

(Traducido del japonés por Yoonah Kim, con la colaboración de Joaquín Jordá).

martes, 3 de abril de 2018

Nieve: SALTO MORTAL, de Kenzaburō Ōe


 
(Fragmento del capítulo 7: La sagrada llaga)

Al frente se divisaba el vasto y hondo panorama de montañas con sus nevadas cimas sucediéndose; del lado de acá se alzaba aquel bosque de variados árboles que por la mañana temprano había ofrecido una vista desolada, pero que a esa luz tenue del sol presentaba una sosegada y pálida tonalidad entre amarilla y rojiza. Daba incluso la impresión de que tanto las personas como los árboles hubieran culminado su fase preparatoria ante la llegada de las inminentes nevadas, cuando la nieve al acumularse unificaría aquel frente lejano de montañas para convertirlo en una franja continuada de blancura.
 
En éstas, los tres jóvenes dieron alcance a Patrón. Bailarina le dirigió una voz que lo hizo volverse con amabilidad hacia ella, alterando así las huellas que sobre la tierra habían hecho sus magníficas botas de cuero. Bailarina, toda solícita, lo ayudó a sentarse en la silla de ruedas. A su espalda tenían el viejo camino en bajada, encontrándose ya ellos al cabo del mismo. Vertiente arriba subía el viento soplando, trayéndoles un frío que hacía presagiar la masa de aire gélido a punto de llegarles desde las nevadas montañas. Ese lugar que pisaban parecía ser el adecuado, dada la estación, para poner fin al paseo; de modo que entendieron que les había llegado el momento de regresar, empujando la silla de ruedas, con Patrón sentado, pendiente arriba. Bailarina, siempre tan solícita que no escatimaba esfuerzos por atender a Patrón, era la mejor compañía que éste podía desear.
 
 
Kenzaburō Ōe (Japón, 1935): Obtuvo el premio Nobel en 1994.
 
(Traducido del japonés por Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala).

martes, 14 de noviembre de 2017

Eclipse: EL DÍA QUE ÉL SE DIGNE A ENJUGAR MIS LAGRIMAS, de Kenzaburō Ōe

"... cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol."
 
(Fragmento del capítulo IV)

«Para mi mente de niño, debía de haber fuera de casa gente que trataba de destruir mis días felices, que iban a comenzar aquel mismo día en el almacén y pertenecían exclusivamente a AQUÉL y a mí. Si aquella gente hacía acto de presencia, yo estaba resuelto a batirme valientemente con mi vieja bayoneta de la guerra ruso-japonesa, que había utilizado hasta entonces para cortar el pienso de las bestias, y que parecía una barra de hierro ennegrecida», dijo «él». «Se diría que la vida en ese trastero resultó realmente divertida para usted. ¿Le recibió bien su padre?» «¡Ni siquiera intenté entablar conversación con él! Estaba muy oscuro allí dentro. Al entrar en el trastero encendí la bombilla desnuda que colgaba junto al dintel cubierta con un trapo negro, como establecían las ordenanzas de defensa pasiva; AQUÉL miraba fijamente el fondo del trastero y llevaba puestas las gafas de buceador con los cristales recubiertos de celofán que yo llevo en este momento, pues sin duda ya se había decidido a impedir que los demás pudieran descifrar la expresión de su rostro. Había preparado esas gafas cuando estaba en Manchuria para observar en las mejores condiciones posibles un eclipse de sol. Alrededor del sillón de barbero en el que estaba sentado habla no sé cuántas pilas de grandes libros en lengua extranjera. Debían de ser tratados de agricultura, pues, según lo que he leído después en los documentos militares, había proyectado traer al valle a sus "camaradas" de Manchuria para roturar las tierras que lindan con los bosques, ¿sabes? A decir verdad, cuando yo fui a vivir al trastero creo que ya había perdido las ganas de leer esos libros. Me hace pensar así que llevara continuamente puestas sus famosas gafas, incluso de noche. Con las gafas de buceador puestas AQUÉL no podía ver con claridad nada de lo que había en el trastero, pienso yo. Cuando encendí la bombilla del dintel, percibió en seguida una luz que le resultó desagradable y me lanzó un silbido como los que se hacen para espantar a los polluelos.»
 
 
Kenzaburō Ōe (Japón, 1935). Obtuvo el premio Nobel en 1994.