Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).
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sábado, 31 de julio de 2021

Venecia: LOS AMANTES DE VENECIA, de Charles Maurras

"... una ciudad me ha provocado siempre el efecto de una prisión que soporto por mis compañeros de cautiverio."

Ellos

(Fragmento del capítulo V)

Los primeros días del tête-à-tête fueron encantadores. No hay indicio de disputa en esa parte del viaje. Vieron Aviñón, y se embarcaron en Marsella rumbo a Génova. Habiéndolos cansado el mar, retomaron la ruta terrestre. "Roma y Venecia se echaron a perder. La cara de Venecia cayó diez veces en el piso". Se detuvieron en Florencia, Ferrara y Bolonia. ¡Venecia por fin, 19 de enero de 1834! Venecia la roja, de los Cuentos de España y de Italia, la ciudad de los sueños de George, "la única en el mundo", diría más tarde, que había amado por ella misma, porque, "una ciudad me ha dado siempre el efecto de una prisión que soporto por mis compañeros de cautiverio".

Sin embargo, es en el primer día de Venecia que varios críticos han situado la gran ruptura de los dos amantes. Por lo tanto, no debemos creer nada de la alegre canción fechada "Venecia, 3 de febrero de 1831" en las Poesías nuevas y que exhala felicidad:

"¡Vivir y morir allí! "

Charles Maurras (Francia, 1868-1952).

viernes, 30 de julio de 2021

Venecia: CARTAS DE MUSSET Y GEORGE SAND (Prólogo), de Jorge Luis Borges


El amor suele ser un convenio tácito cuyas partes se comprometen a hallarse indispensables y milagrosas. Juzgar que la otra persona es milagrosa es una operación harto fácil, ya que todos vivimos en el anhelo de hallar personas milagrosas; avenirnos a que nos juzguen milagrosos no es mucho más difícil, ya que nadie se juzga por su conducta ni aún por sus palabras y pensamientos, sino por la partícula de inmediata divinidad que lo impulsa a vivir, la que se denomina voluntad en el lenguaje de Schopenhauer… En el convenio celebrado por George Sand y Musset, hay que notar esta circunstancia anormal: las partes eran realmente extraordinarias. No lo eran sólo para Dios; lo eran para los hombres, también. Heine declaró preferir (Ueber die franzoesische Buehme, 1940) el verso de Musset y la prosa de Sand al verso y a la prosa de Hugo; no es tarea difícil multiplicar testimonios análogos. El amor desea una secreta publicidad, desea misterio, simpatías y símbolos; el amor de Aurore Dudevant y de Alfred de Musset fue casi un espectáculo del París de la época romántica y lo es para nosotros aún.
 
Los amores de George Sand fueron numerosos, pero sucesivamente “únicos” e indiscutiblemente sinceros. ¡Mi corazón es una tumba!, le escribía a Sainte-Beuve. Más bien una necrópolis, corrigió después Jules Sandeau… Saint-Beuve, hacia 1833, le propuso varias alianzas. La silenciosa, desdeñosa mujer las rehusó. Opinó que Dumas era “trop commis-voyageur”, Jouffroy “trop vertueux”, Musset “trop dandy”. Sin embargo, accedió a conocer al último e irreparablemente se enamoraron. La historia ha sido comprendida por Swinburne: “Alfred era voluble y George no se condujo como un perfecto caballero”.
 
Naturalmente, ese epigrama no agota la curiosa aventura. Tampoco parecen agotarla los volúmenes suscitados por ella: La confesión d’un enfant du siécle, Elle et lui, Lui et elle, Les lettres d’un voyageur, Le secrétaire intime… Las circunstancias que es posible extraer de esas páginas gárrulas, tumultuosas y por lo general antagónicas, son las que paso a referir: A fines de 1833, George Sand logró el consentimiento de la madre de Musset para emprender con él un viaje a Italia. En enero de 1834 se establecieron en Venecia. Desgraciadamente para Musset, no era el amor la única pasión de George Sand; la dominaba y la abrasaba también la pasión del trabajo. Nueve y diez horas cada día, la pluma fatigaba el papel; las copiosas tareas de redacción usurpaban las noches; los ciento diez volúmenes futuros de sus Obras Completas entenebrecían el presente. Musset, tal vez abochornado de su relativa esterilidad, buscó el socorro del alcohol y de las mujeres. Lo postró una crisis nerviosa, agravada por las alucinaciones y por el frenesí del delirium tremens. Entonces, George Sand se consagró a salvarlo. Renunció a los queridos manuscritos, renunció a los diversos géneros literarios; a casi todo renunció para compartir y amparar sus confusas noches de insomnio. No estaba sola en la tremenda tarea: la secundaba un médico veneciano, Pietro Pagello, de quien –fatalmente- se enamoró. Lo demás está en estas cartas. También en la novela Jacques, cuyo protagonista declara: “Nunca me he impuesto la constancia. Cuando he sentido que el amor había muerto, lo he dicho sin remordimiento o bochorno, y he acatado la Providencia, que me conducía a otra parte.”
 
Tales fueron las circunstancias de la aventura. Pero lo verdadero en toda la aventura no son las circunstancias concretas, es la general y abstracta pasión. Esa pasión que quiere comprender y abrazar todas las relaciones humanas y hace que en el Cantar de los Cantares, el rey le diga a la sulamita hermana mía, esposa mía, y que en estas cartas enamoradas, Alfred de Musset acaricie a George Sand con los nombres de hermana, de hija y de madre. Esa pasión impersonal que hace que toda carta de amor parezca redactada por nosotros, dirigida a nosotros.
 
Prólogo para Cartas de Musset y George Sand, publicada por Editora Inter-Americana. Buenos Aires, Argentina, 1945.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentino fallecido en Suiza, 1899-1986).

viernes, 23 de julio de 2021

Venecia: BOUVARD Y PÉCUCHET, de Gustave Flaubert


 (Fragmento del capítulo 5)

Bouvard tomó a George Sand.
 
Lo entusiasmaron las bellas adúlteras y los nobles amantes, hubiera querido ser Jacques, Simón, Bénédict, Lélio y vivir en Venecia. Suspiraba, no sabía qué le pasaba y se encontraba a sí mismo cambiado.
 
Pécuchet, que trabajaba con la literatura histórica, estudiaba las obras de teatro. Se tragó dos Pharamond, tres Clovis, cuatro Charlemagne, varios Phílippe Auguste, un montón de Juanas de Arco y muchas marquesas de Pompadour y conspiraciones de Cellamare.
 
Casi todas le parecieron más tontas aun que las novelas, ya que para el teatro existe una historia convencional que no se puede destruir. Luis XI no dejará de arrodillarse ante las figurillas de su sombrero, Enrique IV estará constantemente jovial, María Estuardo llorosa, Richelieu cruel. En fin, todos los caracteres se muestran monolíti- cos, por amor a las ideas simples y respeto de la ignorancia, tanto que el dramaturgo, lejos de elevar, rebaja, en lugar de instruir, idiotiza.
 
Como Bouvard le había alabado a George Sand, Pécuchet se puso a leer Consuelo, Horace, Mauprat y fue seducido por la defensa de los oprimidos, por el aspecto social y republicano, por las tesis. Según Bouvard, eso arruinaba la ficción y pidió a la biblio- teca novelas de amor.
 
 Gustave Flaubert (Francia, 1821-1880).

jueves, 22 de julio de 2021

Venecia: HISTORIA DE MI VIDA, de George Sand

"Venecia era la ciudad de mis sueños, y todo lo que yo había imaginado sobre ella se me quedó corto al verla..."

(Fragmento)
 
Venecia era la ciudad de mis sueños, y todo lo que yo había imaginado sobre ella se me quedó corto al verla, por la mañana y por la noche, por la calma de los días hermosos y por el reflejo sombrío de las tormentas. Amaba esta ciudad por ella misma, y ha sido la única del mundo que he podido amar así, porque una ciudad me ha dado siempre el efecto de una prisión que soporto por mis compañeros de cautiverio. En Venecia se viviría largo tiempo solo y se comprende que en el tiempo de su esplendor y de su libertad, sus hijos la hayan casi personificado en sus amores y la hayan querido no como a un cosa, sino como a un ser.


George SandAmantine Lucile Aurore Dupin (Francia, 1804-1876).

viernes, 11 de septiembre de 2015

Venecia: LOS MUERTOS MANDAN, de Vicente Blasco Ibáñez

"... bajo una cabellera suelta sin más adorno que una rosa en una sien."

(Fragmento sobre George Sand y Alfred de Musset)

El nieto de don Horacio sentía una especie de amor retrospectivo hacia aquella mujer extraordinaria. La veía como en los retratos de su juventud, con el rostro inexpresivo y los ojos profundos y enigmáticos bajo una cabellera suelta sin más adorno que una rosa en una sien. ¡Pobre Jorge Sand! El amor había sido para ella lo que la antigua esfinge: cada vez que intentaba interrogarlo sentía en el corazón su zarpazo sin misericordia. Todas las abnegaciones y rebeldías del amor las había conocido aquella mujer. La hembra caprichosa de las noches venecianas, la infiel compañera de Musset, era la misma enfermera que guisaba la cena y preparaba las tisanas al moribundo Chopin en la soledad de Valldemosa... ¡Si él hubiese conocido una mujer así, una mujer que llevase dentro mil mujeres, toda la infinita variedad femenil de dulzuras y crueldades!... ¡Ser amado por una hembra superior, a la que pudiera imponer el ascendiente varonil y que al mismo tiempo le inspirase respeto por su grandeza intelectual!...

Quedó Febrer largo rato como adormecido por este deseo, mirando el paisaje sin verlo. Luego sonrió irónicamente, como si compadeciese su insignificancia. Recordaba el objeto de su viaje y se tenía lástima. Él, que soñaba con grandes amores desinteresados y extraordinarios, iba a venderse, ofreciendo su mano y su nombre a una mujer que apenas había visto; a contraer una alianza que escandalizaría a toda la isla... ¡Digno término de una vida inútil y atolondrada.
 
El vacío de su existencia se le aparecía ahora claramente, sin los engaños de la presunción personal. La proximidad del sacrificio lo hacía replegarse en sus recuerdos, cual si buscase en ellos una justificación de los actos presentes. ¿Para qué había servido su paso por el mundo?...
 
Vicente Blasco Ibáñez (España, 1867-1928)