"Así mis hermanos fueron: un mosquetero, un pirata, un cura, un marciano y un esgrimista. Yo era Cleopatra..."
El hecho de ser la única
mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de
la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían
bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina.
Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era
destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba
a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca
aprenderás a no tomarnos en serio?
Mis hermanos tenían
muchos amigos, entre ellos Dionisio y Juanjo, que eran simpáticos
y me trataban con cariño, como si yo fuese una hermana menor.
Pero también estaba Renato, que me molestaba todo lo que podía, pero
sin llegar nunca al arrepentimiento final de mis hermanos. Yo lo
odiaba, sin ningún descuento, y tenía conciencia de que mi odio era correspondido.
Cuando me convertí en
una muchacha, mis padres me dejaban ir a fiestas y bailes, pero siempre
y cuando me acompañaran mis hermanos. Ellos cumplían su misión cancerbera con liberalidad,
ya que, una vez introducidos ellos y yo en el jolgorio, cada uno disfrutaba por
su cuenta y sólo nos volvíamos a ver cuando venían a buscarme
para la vuelta a casa.
Sus amigos a veces
venían con nosotros, y también las muchachas con las que estaban más o menos
enredados. Yo también tenía mis amigos, pero en el fondo habría preferido que Dionisio,
y sobre todo Juanjo, que me parecía guapísimo, me sacaran a bailar y hasta me hicieran
alguna “proposición deshonesta”. Sin embargo, para ellos yo seguía siendo la chiquilina
de siempre, y eso a pesar de mis pechitos en alza y de mi cintura, que tal vez
no era de avispa, pero sí de abeja reina. Renato concurría poco
a esas reuniones, y, cuando lo hacía, ni nos mirábamos. La
animadversión seguía siendo mutua.
En el carnaval de
1958 nos disfrazamos todos con esmero, gracias a la espontánea colaboración de mamá
y sobre todo de la tía Ramona, que era modista. Así mis hermanos fueron,
por orden de edades: un mosquetero, un pirata, un cura párroco, un marciano y
un esgrimista. Yo era Cleopatra, y por si alguien no se daba
cuenta, a primera vista, de a quién representaba, llevaba
una serpiente de plástico que me rodeaba el cuello. Ya sé que la historia habla
de un áspid, pero a falta de áspid, la serpiente de plástico era un buen sucedáneo.
Mamá estaba un poco escandalizada porque se me veía el ombligo,
pero uno de mis hermanos la tranquilizó: “No te preocupes, vieja,
nadie se va a sentir tentado por ese ombliguito de recién nacido.”
A esa altura yo ya no
lloraba con sus bromas, así que le di al descarado un puñetazo en pleno estómago,
que le dejó sin habla por un buen rato. Rememorando viejos diálogos, le dije: “Disculpa,
hermanito, pero no es para tanto”, ¿cuándo aprenderás a no tomar en serio mis golpes
de kárate?
Nos pusimos caretas o
antifaces. Yo llevaba un antifaz dorado para no desentonar con la pechera
áurea de Cleopatra. Cuando ingresamos en el baile (era un club de Malvín) hubo murmullos
de asombro, y hasta aplausos. Parecíamos un desfile de modelos. Como siempre nos
separamos y yo me divertí de lo lindo. Bailé con un arlequín, un domador, un
paje, un payaso y un marqués. De pronto, cuando estaba en plena
rumba con un chimpancé, un cacique piel roja, de buena estampa,
me arrancó de los peludos brazos del primate y ya no me dejó
en toda la noche. Bailamos tangos, más rumbas, boleros, milongas, y fuimos
sacudidos por el recién estrenado seísmo del rock and roll. Mi pareja llevaba
una careta muy pintarrajeada, como correspondía a su apelativo de Cara
Rayada.
Aunque forzaba una
voz de máscara que evidentemente no era la suya, desde el primer momento
estuve segura de que se trataba de Juanjo (entre otros indicios, me llamaba por
mi nombre) y mi corazón empezó a saltar al compás de ritmos tan
variados. En ese club nunca contrataban orquestas, pero tenían un
estupendo equipo sonoro que iba alternando los géneros, a fin de (así
lo habían advertido) conformar a todos. Como era de esperar, cada nueva pieza
era recibida con aplausos y abucheos, pero en la siguiente era todo lo
contrario: abucheos y aplausos. Cuando le llegó el turno al bolero,
el cacique me dijo: Esto es muy cursi, me tomó de la mano y
me llevó al jardín, a esa altura ya colmado de parejas, cada una en su rincón
de sombra.
Creo que ya era hora
de que nos encontráramos así, Mercedes, la verdad es que te has convertido
en una mujercita. Me besó sin pedir permiso y a mí me pareció la gloria. Le
devolví el beso con hambre atrasada. Me enlazó por la cintura y
yo rodeé su cuello con mis brazos de Cleopatra. Recuerdo
que la serpiente me molestaba, así que la arranqué de un tirón y la dejé en
un cantero, con la secreta esperanza de que asustara a alguien.
Nos besamos y nos
besamos, y él murmuraba cosas lindas en mi oído. También me acariciaba de
vez en cuando, y yo diría que con discreción, el ombligo de Cleopatra y tuve la
impresión de que no le parecía el de un recién nacido. Ambos estábamos
bastante excitados cuando escuché la voz de uno de mis
hermanos: había llegado la hora del regreso. Mejor te hubieras disfrazado de
Cenicienta, dijo Cara Rayada con un tonito de despecho, Cleopatra no regresaba
a casa tan temprano. Lo dijo recuperando su verdadera voz y al mismo
tiempo se quitó la careta.
Recuerdo ese momento
como el más desgraciado de mi juventud. Tal vez ustedes lo hayan adivinado:
no era Juanjo, sino Renato. Renato, que, despojado ya de su careta de fabuloso cacique,
se había puesto la otra máscara, la de su rostro real, esa que yo siempre había
odiado y seguí por mucho tiempo odiando. Todavía hoy, a treinta
años de aquellos carnavales, siento que sobrevive en mí
una casi imperceptible hebra de aquel odio. Todavía hoy, aunque Renato sea
mi marido.
Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009)
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