(Fragmento de Palmeras salvajes)
En cuclillas y con la botella casi vacía en una mano, metió la otra en el agua, en el quieto líquido que respiraba aurora con la temperatura del agua helada sintética de los cuartos de hotel y alrededor de su muñeca crecían las olitas. Mc Cord lo miró.
—Y después viene el otoño, el primer frío, la caída lánguida de las primeras hojas coloradas y amarillas, las hojas dobles, el reflejo ascendiendo hacia la hoja que cae hasta que se tocan y se hamacan un poco y no acaban de encontrarse. Y después uno puede abrir los ojos un minuto si quiere, si se acuerda de abrirlos y mirar la sombra de las hojas vacilantes en el pecho a su lado.
—En nombre de Jesucristo Schopenhauer —dijo Mc Cord—, ¿qué ramplonería de novena clase es ésta? ¿Todavía no has tenido tu parte de hambre? ¿Todavía no has hecho tu aprendizaje de indigencia? Si no te cuidas vas a espetar esos desatinos a algún tipo que los va a creer y te alcanzará la pistola y te obligará a usarla. Deja de pensar en ti y piensa un momento en Carlota.
—Estoy hablando de eso. Pero no usaré la pistola de ningún modo. Porque he empezado demasiado tarde. Todavía creo en el amor.

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