(Fragmento del capítulo 7: Frau Eva)
Cuando llegué a mi apartada casa y me metí en la cama estas
ideas desaparecieron y todo mi pensamiento se concentró en la
gran promesa que aquel día me había deparado. Cuando yo
quisiera, mañana mismo, vería a la madre de Demian. ¡Que los
estudiantes siguieran emborrachándose y tatuándose las caras,
que el mundo estuviera corrupto y a punto de hundirse! ¡A mí qué me importaba! Yo sólo esperaba que mi destino viniera al
encuentro en una nueva imagen.
Dormí profundamente hasta muy entrada la mañana. El nuevo
día amaneció para mí como uno de esos días festivos y
solemnes que no había vivido desde las Navidades en la
infancia. Estaba lleno de profunda intranquilidad pero sin
ningún miedo. Había comenzado un día muy importante para
mí; y veía y sentía el mundo que me rodeaba como
transformado, expectante, lleno de ideas y festivo. Hasta la suave lluvia de otoño era bella, silenciosa y festiva, llena de música serena y alegre. Por primera vez en mi vida el mundo exterior coincidía perfectamente con mi mundo interior. Cuando esto sucede es fiesta para el alma y merece la pena vivir. Ninguna casa, ningún escaparate, ningún rostro en la calle me molestaba; todo era como tenía que ser, pero sin el aspecto vacío de lo cotidiano y acostumbrado: era naturaleza expectante, preparada respetuosamente a recibir al destino.
Herman Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.
(Traducido del alemán por Genoveva Dieterich).
La ilustración corresponde a la fotografía Otoño (Fall), de Eren Ozkapici,.

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